sábado, 11 de abril de 2026

Celosía - Néstor Caro

 

Celosía

 

 

 

¡Eto maldito bueye han llegao a créese que son gente!

En La Malena, la voz del patrón Malavé es como el ruido del trueno en el barranco:

-Trabajen, muchachos, que si las cosas cambian no habrá problemas para ustedes. Ustedes lo saben, conmigo se progresa si se trabaja con empeño.

 

La voz de Malavé es la misma de siempre, anunciando a los peones mejorías ilusorias. Mejorías que cobraron pesadumbre en el cantar que rueda todavía sobre la tierra negra de La Malena:

 

Oye, Celosia,

Yo si te quería,

La mañana clara

Siempre lo veia.

Tú tienes cadenas,

Yo tengo carreta,

Tu vida y la mia

Es lenta agonía.

Oye, Celosia,

Yo si te quería...

 

Juan Ramón, desde la puerta del barracón que sirve de vivienda a los peones, mira hacia el alto con los ojos tristes que le quedaron al marcharse Celosía. ¡Su compañero de faena! Si supiera escaparse y reunirse con él en la montaña. Pero la vida de los hombres es distinta. Aunque en La Malena se repita que son peores que los perros, los hombres necesitan otras cosas. No basta con el verdor de la sabana. El trabajo hay que cambiarlo por cosas urgentes.

 

Y las cosas urgentes a veces pesan como las cadenas de las que huyó Celosía.

–o–

–Ese lamento del dianche va siendo molestoso. Ya es tiempo de que se averigüe de dónde viene, porque me está poniendo nervioso. El otro día me dijeron que era fotuto é carnicería y cuando fueron por esos laos, ni muestra de matanza encontraron ¡Válgame Dios con la jeringa!... Conversa el patrón en la enramada.

 

–Pue mire, Malavé, ya tan diciendo lo jabladore dique que detrá del caobal hay un trabajo (*) que le pusién a Macanero. Y que tó lo que se oye e jun grito e muerto. Y que e tan fino er grito, que e diun ajorcao.

 

–¿Eso dicen, vale Crescencio?

 

–Eso memo, Don Malavé.

 

Los dos hombres se acercan con caras de espanto.

 

–Los muertos no salen de día, vale Crescencio.

–Eso depende, patrón. Lo muerto que tan diconforme no entran en sesteadera. Se pasan las'ora del día y de la noche mortificando al Espíritu Santo pá que le

dé su venganza. Y la cosa e má fuerte cuando al difunto no lo han dejao hacé su oracione.

 

–Lo que uté dice no tá claro, Crescencio...

El vale Crescencio vino de El Seybo con un poco de malicia y los hilos de una hamaca vieja. Con relatos de muertos y su machete moreno lleva tiempo en La Malena, con privilegios y hamaca nueva.

 

–Suelte la lengua, Crescencio, que ya va largo el asunto del lamento. Flójela pá siempre-expresa impaciente Malavé.

 

–Pue mire, Malavé, pá que lo sepa completo: Er diablo er Macanero que uté tiene aquí de come gente, tando de buca vida pá lo lao de Yuma, le pidió amore a una muchacha de ná, y como no lo quiso, le hizo fuerza. Así como uté lo ve con su carita relamía. Ese ejer grito que sale del río. E que la muchachita anda detrá der

Macanero.

 

–¿Y quién se lo dijo a uté, Crescencio, que tan firme lo repite?

 

–A mí naide me lo dijo, así como pá decirlo palante, pero guárdeme la confianza y el secreto, por lo parejero del Macanero. No é que yo tenga miedo ni por cosa parecía.

 

–No tema, Crescencio, que yo seré Malavé por muchos años.

 

Entre el cielo y la montaña la mirada de Juan Ramón, el carretera, busca con el cariño de siempre a Celosía. ¿Dónde estará ahora el buey de tiro que oía sus palabras y caminaba contento cuando le oía cantar aquello de "La mañana clara siempre lo veía?

 

Ahora sólo queda en La Malena la odiosa figura de Macanero, con la cabeza cuadrada y los dientes apretados, amarillos. Simple sureño sin fortuna. Y en los amaneceres, la tierra húmeda, las vacas paridoras y los peones sin fuerza.

 

Juan Ramón siempre quiso estar cerca de Celosía para cuando llegara la "buena". Entonces agitaría los puños con fuerza y gritaría:

–¡Deme un trago, bodeguero, pá brindar por Celosía!

 

Ahora sólo queda para Juan Ramón el camino hacia la muerte. Ya los peones, cuando lo ven cruzar hacia los potreros, dicen apenados: Ya el viejo no sirve. Desde que se fue Celosía, aunque no tome aguardiente parece que se está cayendo.

 

Juan Ramón hubiera querido demostrarle su cariño al buey manso que se hermanó con él en La Malena. Mordiéndose los labios le corrieron muchas lágrimas por la cara de bronce cuando supo lo de Macanero. Lágrimas de hombre sin esperanzas, vencido sobre la tierra negra de La Malena.

 

Gruesos nubarrones se agrupan en la tarde sobre la tierra negra de La Malena. Viento y llovizna comienzan a empujar la faena. La voz de Malavé se oye en el potrero:

–¡Apuren, que viene agua! ¡Tranquen bien las puertas! Díganle a Macanero que eche un vistazo por la sabana a ver si encuentra la yunta del Coliflor y Agapito,

muchachos, que ya vienen los aguaceros.

 

La espalda de Macanero se dibuja sobre la vereda. Cabeza cuadrada y dientes apretados. Amarillos. Es el guapo del sitio.

 

La mano fuerte de Malavé "Pá manejá los peones". El diablo del hombrecito siempre lo ha dicho:

–Los hombres sirven menos que los perros. En su hoja de servicio se cuentan la violencia y el homicidio. Y el garrotazo de Celosía.

 

–Maldito ete aguacero. Tá bien que me pongan a mandá peone, pero a bucá yunta de bueye en medio de un aguacero no e pá un macho. E que tó los hombre no son má que uno perro. Hata el mardito Malavé se tá decomponiendo.

 

La sabana es triste cuando llueve, la grama se embriaga en el aguacero y los charcos parecen cristales. En las ancas del viento viaja el extraño lamento.

 

–¡Eh, Coliflor! ¿Dónde diablo tan metio eto bueye der diablo? ¡Agapito, aeeeh! ¡Salgan der monte, mañoso!... ¡Salgan, bueye der diablo! ¡Mardita sea mi suerte!

Macanero recorre la sabana dando voces a la yunta desaparecida. Es el macho en el sitio y no se atreve a volver sin ella. Malavé estará esperándolo para decirle que no sirve para nada. Es mejor evitar una desgracia. Ya hace muchos años que no mata un hombre y cuando lo haga tendrá que irse muy lejos.

–¡Coliflor y Agapito, aeeeh, salgan del monte!

¡Salgan!

 

Los ruegos de Macanero se meten en la vereda y suben a la montaña de donde baja desde hace años un extraño lamento que llega hasta La Malena. Cerca del

arroyo aparece una sóla bestia y Macanero grita entusiasmado:

¡Por fin, aquí tá Coliflor! Sólo falta Agapito. Acércate, Coliflor, ven a tu lazo.

 

La bestia parece clavada en la sabana. Imposible mirarla a los ojos con la cabeza vuelta hacia el arroyo.

 

–¡Por fin, encontré uno! –repite Macanero–. El otro vendrá mañana. Ven a tu lazo, Coliflor. Ven, compañero.

 

Hombre y lazo saltan hacia las nubes en medio de un grito desesperado. La bestia corre como un hombre que quisiera ocultar una herida en la cara. Corre hacía la montaña de pastizales inmensos.

 

En La Malena la mañana siempre es de ajetreo. Yugos y sogas y cadenas, salen de la enramada. El tiro de caña será fuerte. Hay que complacer a Malavé, que es un hombre de empuje, pa' que ayude. Es una mañana de sol y alegría. El sol resecará la tierra negra de la sabana. Alegres como los pájaros irán los peones a la faena. No se podrá cantar el placer de la muerte de Macanero. Allí estará Malavé con su cara amarrada y su voz como tirada en el tinajón del barranco. Dirá que un buey mató a Macanero y pedirá que le recen a su alma de hombre

bueno. Los peones no querrán decirle con claridad que Macanero era peor que los perros; pero allí estará Juan Ramón con la boca llena de risa, y estará también el cantar de la sabana:

Oye, Celosía,

Yo si te quería...

 

 

Néstor Caro

(1917-1983)

 

viernes, 10 de abril de 2026

ANSELMA Y MALENA - Tomás Hernández Franco

 

ANSELMA Y MALENA

 

Después de haber dejado pasar tantos años sin referirme jamás a la historia de Anselma y de Malena, ahora me digo que es tiempo de contarla, aun cuando tengo la seguridad de que en esto trato de engañarme, pues todos saben que nadie puede contar bien una historia que no ha terminado todavía y que, tal como están las cosas, parece que no terminará nunca.

La verdad es que, hace tiempo, estuve pensando en que algún día tendría que escribir sobre Anselma y Malena. Esa vaga seguridad del principio se me fue convirtiendo con los días en una convicción cada vez más arraigada. Pero cometí el error de no buscar, durante todo el tiempo que tuve disponible, las palabras que iban a servir definitivamente para este asunto, y ahora me encuentro con que todas estas de que hago un uso tan banal cada día no son, precisamente, las que hacen falta, ni las que pueden dar a todo esto el sereno ambiente de silencio que, ahora, es imprescindible. He dicho silencio, solamente, pero afirmo que el verdadero ambiente sería una mezcla de silencio y decoro. Ahora ya he dicho silencio y decoro, y creo que esas dos palabras bastarían y pudieran sobrar para explicar toda la historia: es decir, la historia desde que comenzó hasta como está hoy en día, en su lento, pesado, eterno desarrollo.

Es realmente difícil escribir con un argumento como este de Anselma y de Malena, que ha acaparado casi un siglo en el tiempo y que no ha tenido ni un solo momento verdaderamente culminante: argumento sin diálogo y sin grandes pasiones y que, además, ofrece la dificultad de que uno de sus principales actores, el marido, murió muy al principio de todo esto. Aun cuando él fue el indiscutido organizador de este asunto, hace años que el único recuerdo concreto que se tiene de su existencia es un largo, ancho y encorvado sable de coronel de dragones, amarrado a un alto clavo negro que hay en la pared cada año más blanca de cal y de aire. Si ese hombre estuviera vivo todavía, la historia fuera fácil de escribir o, a lo mejor, no hubiera historia y yo no tuviera esta dificultad de no saberla contar.

Es cierto que Juana existe y que, a todas luces, ya está también en el camino de hacerse eterna, y esta realidad me ofrece la cooperación de cuatro personajes, contando al muerto naturalmente, pero aun así es un material insuficiente, porque si el marido jugó un papel tan importante al principio, él mismo no quiso jamás darse por enterado de la situación, cuando eso le era posible, y es bien sabido que después de su muerte ni siquiera su nombre ha sido pronunciado en aquella casa. Juana pudiera estar en condiciones de aportar algunos datos muy valiosos, pero ella misma tuvo conciencia del drama mucho tiempo después del drama comenzado, o quién sabe si nunca ha tenido la conciencia de él y todavía esto puede que no sea cierto completamente, porque Juana no tenía para qué darse cuenta de nada, ya que ella era, sin proponérselo, el drama mismo, o su mayor parte o el punto de convergencia de todos los elementos de esta historia.

Lo mejor es, pues, ordenar claramente mis cuatro personajes. En primer lugar está el difunto, coronel de dragones, del cual queda una segura prueba de su existencia en aquel sable largo, ancho y encorvado que pende de un clavo pared blanca y que es, también, una prueba de lo que debió ser negro en una el carácter de aquel hombre: seco, duro, taciturno, inflexible. Después está Malena, la viuda, con sus ciento cinco años de edad, viuda desde hace setenta, absolutamente lúcida y muda por propia determinación, empotrada en un alto sillón de paralítica, escueta y nítida como un filo. Frente a ella, también en otro sillón de paralítica, está Anselma, con ciento dos años de edad solamente y cuarenta de estar allí, frente a Malena, pronunciando cada mucho tiempo alguna palabra casi dicha en secreto, lúcida también con su lucidez analfabeta de siempre, resignada a que no llegue la muerte, agrietada a trechos como una corteza de roble, inmóvil como si fuera la sombra humilde de Malena. Por entre las dos vaga, frecuente y callada, la silueta encorvada de Juana, con su apellido que no se dice y con sus ochenta años.

Y esa es toda la historia. Ahora es cuando, justamente, me hacen falta las palabras que no conozco y que debieran dar esa eterna sensación de silencio y decoro. Sensación de algo pétreo, tangible, casi hosco; tacto a distancia de lo inconmovible y huraño que debe ser el alma de la roca. Inverosímil certeza de que en el fondo de esto hay una gran lápida dura humedecida de lágrimas nocturnas... Pero yo escribiré la historia hasta el final, hasta el final de mi propia posibilidad, y me alegraría en contrarla otra vez escrita por alguien que la sepa escribir o por alguien que pueda saber cómo termina, si es que puede terminar algún día.

La aldea nunca tuvo más de una calle y esa calle bastó siempre para todas las divisiones del amor, del odio y del dinero. Un domingo, en un gran galopar de caballos, tiros al aire y derroches de aguardiente barato, Malena y el coronel "unieron sus destinos"-así se decía entonces- allá en la ciudad. Cuando la cabalgata, ya de regreso, atronó la polvorienta calle, el único que miró con alguna inquietud hacia la puerta de Anselma fue el recién desposado coronel. Anselma no estaba a la puerta. Lloraba en algún sitio del patio, sin grandes penas, sin grandes rencores. Lloraba porque le parecía justo llorar en una ocasión así.

En aquel tiempo no era agradable la vida de los coroneles de dragones y quizá ese era el motivo de que ellos mismos no fueran tampoco muy agradables. Malena, que no podía hacer otra cosa, hija ella misma de otro coronel de dragones, se metió en la vida matrimonial con ese alarde tan común a las mujeres de entonces y que las hacía, el día siguiente al de las bodas, aparecer ya con veinte años más encima. Esa vejez milagrosa, lograda en una simple noche, por ser caso tan repetido, no asombraba ni siquiera a los propios maridos, quienes desde el primer día de vida conyugal veían, mustias y un poco derrengadas, transitar por sus casas las sombras cansadas de las mujeres que habían creído conocer. Diríase que la juventud de las abuelas residía únicamente en la hosca virginidad que guardaron para la bendición nupcial y que el abrazo un poco ebrio de los novios las dejaba ajadas para siempre. En el fondo, había otra cosa también: la súbita vejez era consecuencia de una deliberada forma de la voluntad, feroz secreto sin palabras trasmitido de madre a hija por generaciones, como única forma de la dignidad de la mujer casada. La eterna fidelidad al marido debía demostrarse con la eterna imposibilidad de gustar a otro hombre. Además de esa obligación obvia, los deberes y derechos de una mujer casada no variaban mucho de los de una buena ama de llaves de confianza.

Ante la indiferencia del coronel, Malena, envejecida de la noche a la mañana, nunca se enteró de que, a pocos metros de distancia, proseguían los amores de su marido y Anselma. La aldea no había hecho ni un guiño de malicia porque aquello no tenía importancia.

Así nació Juana.

Una noche cualquiera, sin preámbulos innecesarios, el coronel la trajo a la casa envuelta en unos trapos y se la obsequió a Malena:

-Cuídala como a tu hija... porque es hija mía.

Malena no preguntó -su deber no era preguntar- por la madre de la criatura. Para gran satisfacción del coronel su único movimiento de rebeldía consistió en hacer, desde esa noche, cama aparte y en redoblar su meticulosa actividad en los cuidados de la casa.

Las relaciones de Anselma y el coronel habían sido el producto de una larga paciencia. Desde muy niña, la muchacha había quedado huérfana y sin más amparo que el que le ofrecía una tía borracha. Cuando Anselma estaba por los catorce años, sin que ella se enterara y sin grandes regateos, el coronel la había comprado. Con libre entrada a la choza desde aquel día, su único trabajo fue esperar, con saboreada espera, que aquella muchacha un poco salvaje estuviera "a punto", como se decía a sí mismo. Ningún otro hombre pretendió jamás ponerse en el camino de Anselma, porque de todos era sabido que pertenecía, por derecho de compra, al coronel.

Anselma había estado "a punto" pocos días antes del matrimonio de Malena. Se entregó como tenía que entregarse, como se lo había aconsejado la tía durante tanto tiempo, con mucho respeto por aquel hombre y con un poquito de asco también. Muerta su tía, consideró como algo muy lógico que su hija fuera a parar a la casa de la doña, por quien sentía, sin conocerla, una profunda veneración.

Al coronel lo trajeron de la gallera bien macheteado y bien muerto un domingo cualquiera. Malena se vistió de negro para toda la vida y para toda la vida, también, cerró las puertas de la casa. No obstante, todo parecía muy alegre por el exceso de limpieza, por el manso cloquear de las gallinas, los grandes ramos de rosas del Perú y el incesante juego de la chiquilla en el patio. El envejecimiento de Anselma, precipitado por la soledad y la miseria, fue tan rápido como el de Malena y para vivir recurrió a la caridad aldeana, siempre despectiva, ofensiva y hostil.

Juana tenía treinta años cuando supo que su verdadera madre era Anselma, la mendiga. Apergaminada, envejecida y fea, sin recordar cómo había sido su padre, la noticia no la emocionó demasiado y hasta le parecía bastante lógico como complemento de su vida vacía. Un día que quiso preguntar demasiado, Malena le contestó un simple:

-Puede ser...

Y hasta muchos años después no se volvió a hablar una sola palabra de este asunto. Sintiéndose hija de Malena, Juana socorría, desde lejos, a Anselma, hasta que la escasez de recursos y la invalidez de ambas fueron haciendo casi imposible aquel trabajo para ella, que no sabía cómo repartirse entre ambos deberes. Un día, planteó clara la cuestión:

-Si Anselma es mi madre la debo traer aquí...

-Como es su madre, usted puede hacer lo que quiera... sin consultarme.

Malena pestañeó, mirando el viejo sable encorvado. Aquel día unos hombres trajeron a Anselma y la dejaron en su silla frente a Malena:

-Buenas tardes, doña Malena...

-Buenas tardes..., señora.

Sobre el silencio definitivo se han ido amontonando los años. Los días no han podido traer ninguna variación. Algunas mañanas, cuando Juana se acerca a Anselma, esta le dice en un soplo:

-Me parece que la doña está enferma y que pasó la noche mal.

Otras veces es Malena la que indica:

-Debe abrigar a la señora, tosió mucho anoche...

Ni Anselma ni Malena se han atrevido jamás a tocar un alimento antes de que las dos hayan sido servidas. Una vez que Malena rodó del sillón y quedó como muerta en el suelo, en los ojillos grises de Anselma brotaron dos lágrimas y estuvo rezando largo tiempo:

-¡La pobrecita se ha salvado de milagro!

Juana tiene ochenta años. Las dos viejecitas están ahí todavía, dormitando en el ancho rayo de sol que entra por la ventana, cada vez más pequeñas y más flacas, cada vez más silenciosas. En el patio siguen floreciendo los rosales del Perú y cloquean las gallinas. En el crepúsculo, el viejo sable del coronel parece una gran cruz torcida.

 

Tomás Hernández Franco

(1904-1952)

 

 

jueves, 9 de abril de 2026

UN BAECISTA CON LILÍS - Ramón Emilio Jiménez

UN BAECISTA CON LILÍS

 

General Matías era llamado comúnmente uno de los más audaces guerrilleros dominicanos. Había sido siempre, en política, contrario al general Lilís, quien había hecho no pocos esfuerzos por tenerlo a su lado, sin lograr conseguirlo.

Cierta vez el general Matías pasaba por la pena de tener en peligro de muerte a su mujer, bella señora con quien se había casado hacía dos años, tan notable de bondad como de hermosura, cualidades que heredaba de sus padres, un distinguido español y una dominicana procedente de una de las mejores familias del Cibao. Grande era su preocupación junto al lecho de la enferma que, según él, era tan "buena como el pan". Un médico de los más acreditados de su tiempo fue llamado con urgencia a la casa de aquel hombre de armas.

Enterose Lilís de la gravedad de la gentil señora y de los desesperados esfuerzos de su marido para devolverle la salud, y le escribió una carta cuya entrega confió a uno de los oficiales de su Estado Mayor. El pliego iba escrito de puño y letra del Presidente, y le fue entregado en propias manos por el oficial. La bella caligrafía de Lilís hirió los ojos del atribulado general apenas abrió el sobre de elegante papel de hilo.

Antes de rasgarlo pensó hallar dentro de él terminante orden de arresto o cosa aún más grave; pero se rehízo apenas comenzó a leer:

"Estimado general: Me he enterado con profunda pena de la gravedad de la madama y cumplo un deseo que no puedo ocultarle, cual es el de su pronto y cabal restablecimiento, seguro, como estoy, de que su vida le es tan cara como la propia de usted, por las nobles prendas personales de que está ella adornada, y, como puedo facilitarle cuantos medios concurran a la rápida conducción de médicos a su casa o el traslado de ella a la ciudad, si necesitara la intervención de cirujano, no me justificaría si pudiendo serle útil en todo esto, dejara de hacerlo por la circunstancia de ser usted mi contrario en política, que nada tiene que ver con mi leal empeño en la salvación de su digna consorte, ya que esto es cosa aparte de lo que nos tiene divididos en opinión, y no es justo que haya siempre de servirse por un interés. Mientras aguardo su respuesta quedo de usted, General, atto. amigo y S. S. Ulises Heureaux".

Al general Matías le brillaron los ojos de emoción al terminar la lectura de la carta. No esperaba este rasgo de hidalguía y, aunque no necesitó utilizar tan generosos servicios, por no haber sido necesario, los agradeció sinceramente en carta que dirigió días después al Presidente.

Una vez restablecida, la buena señora tuvo por conveniente que su marido cambiara de actitud para con el general Lilís, por aquel acto de gentileza y generosidad que, aun inspirado en la habilidad política del dictador, no carecía de importancia para ellos. Lilís, por su parte, sacó partido de aquella estudiada cortesía, logrando al fin, y por gestiones de uno de sus mejores allegados, que el general Matías se decidiera a ser su amigo político; pero en la duda respecto de si la adhesión de aquel valiente general era sincera, juzgó prudente utilizar sus servicios tan pronto como se presentara una oportunidad.

 

Un año más tarde sobrevino la revolución del año 1886, conocida por revolución de Moya a causa de tener como caudillo del movimiento insurgente al general Casimiro N. de Moya. Salió Lilís con destino al Cibao, al frente de sus tropas, llevando a su lado al general Matías, cuya fidelidad deseaba poner a prueba, y lo envió como segundo jefe de las fuerzas que debían franquear el camino entre La Vega y Santiago. A los pocos días las fuerzas del Gobierno tuvieron un encuentro con las de la revolución, que derrotaron causándoles algunos muertos y heridos. En la acción distinguiose por su arrojo el general Matías. Súpolo Lilís y preguntó al jefe de las fuerzas qué opinión se había formado de ese general. "Muy valiente", respondió el interpelado. "Es un león en figura de hombre, solo que tiene un defecto que me ha llenado de disgusto". "¿Cuál?" -preguntó muy intrigado Lilís-. "Que en lo crudo del combate, mientras los demás compañeros gritaban entusiasmados ¡Viva el general Lilís!, a él, tan acostumbrado a exclamar en otro tiempo ¡Viva Báez!', nadie en esta ocasión le oyó lanzar un solo viva, como si hubiera enmudecido en la pelea". A lo que respondió Lilís de buen humor: "¡No se apure, mi amigo, que el gallo no mata con el pico, sino con las espuelas!".

 

Ramón Emilio Jiménez

(1866-1970)


Pití - Jeannette Miller

 

Pití

 

El ingeniero abrió la puerta de la oficina y alcanzó a ver al guardián embebido en un celular donde trataba de trataba de escribir algunas palabras.

 

-¡Coño, Pití! yo te pago para que estés atento a cualquier cosa, no para que llames las veinticuatro horas del día a Haití, que ya hace tiempo que el terremoto pasó.

El muchacho levantó la vista despacio y no dijo nada mientras caminaba lentamente hacia el pequeño patio donde comenzó a regar las matas.

Era un hombre muy bello. Negro como el betún, sus dientes se destacaban por una blancura increíble y la perfecta disposición en dos hileras donde no faltaba nada. Ojos rasgados con pestañas tupidas y una languidez que acentuaba el diseño de su cuerpo alto, delgado, que le permitía deslizarse como un gato sin que nadie lo sintiera.

Únicamente hablaba para responder las preguntas del jefe, quien lo dejaba vivir en el patio, aunque solo trabajaba de noche. Durante el día asistía a la escuela pública y estaba terminando el bachillerato. Así que se levantaba temprano y desde que el jefe llegaba, salía para regresar justo a la hora en que comenzaba su turno.

Aunque todavía chapuceaba el español, tenía sus papeles en regla y hasta una Cédula de Identidad y Electoral que afirmaba que Piti había nacido en Pedernales y que por lo tanto gozaba de la nacionalidad dominicana. Para conseguirla tuvo que pagar diez mil pesos, porque aunque trataba de no encontrarse con agentes ni militares, se sentía más seguro con el documento, y es que a menos que no hubiera una orden de arriba, a los haitianos con cédula los dejaban tranquilos, pues los policías de bajo rango sabían que ya ese negro había pagado su peaje y que parte de ese dinero iba al bolsillo de los jefes.

Se llamaba Raphael Enedí, pero en la cédula le pusieron Rafael Pérez, sin embargo, todo el mundo lo llamaba Pití, especie de nombre genérico con que nombraban a los haitianos para no tener que enredarse con esas pronunciaciones ininteligibles, y que los que sabían aseguraban que era una adaptación de petite; además, el sobrenombre lo señalaba como haitiano.

Pití había llegado cuando el terremoto y primero trabajó tres meses en una construcción sacando piedras. Cuando el maestro de la obra vio su comportamiento y se dio cuenta de que sabía leer y escribir, lo recomendó al ingeniero como guardián nocturno, pues ya el hombre había tenido problemas con un vigilante que le hizo una cuenta de teléfono de siete mil pesos y una mañana cuando abrió la puerta, el guardián se había ido dejando la factura telefónica encima de la mesa de la recepcionista, asegurada con una piedra cubierta de lodo rojo.

El ruido de la llave en la puerta de entrada anunció que llegaba Lucía, la muchacha que limpiaba la oficina y que además colaba café, servía agua, sacaba la basura, etc.

Era una cibaeña blanca, gordita y muy graciosa; de todo se reía y constantemente ponía buena cara, aunque el ingeniero, al que apodaban Fierabrá, le pidiera el café acompañado de un coño. –Pero, ¡coño!, ¿es que aquí no van a colar café hoy? – Lucía sonreía como si fuera una gracia y corría a preparar el café como al ingeniero le gustaba, oscuro y que le llegara bien caliente. –¡Que me queme el jocico, ¿oíste? Yo no bebo café frío ni agua 'e tindanga.

Lucía tenía dieciocho años, la piel clara y el pelo castaño, y por eso todos le decían "Rubia". Eso pasaba con quienes eran más claros que oscuros; podían tener el pelo negro, pero le decían rubia o rubio, quizás porque los encontraban muy blancos en una población mayormente negra y mulata. Pero ¡cuidado con quien le decía negro a otro, aunque este fuera color teléfono! –Mire, yo no soy negro, negros son los haitianos. ¿Usted no ve que nosotros somos marrones, buen fresco? –. Y así continuaba el mito de los negros que se creían blancos y que eran más racistas que nadie. En mi casa negro yo y el caldero-, afirmaban algunos mientras miraban con desprecio a cualquier persona que tuviera un tonito quemado o el pelo crespo.

Todas las mujeres usaban desrizado, y era tanta la demanda que el tratamiento iba desde marcas muy caras hasta un producto que se hacía en los patios con el líquido que soltaba la papa podrida y que tenía la facultad de alisar el pelo. A ese líquido le agregaban vaselina y perfume, y en los salones de belleza las peinadoras recomendaban aun a las mujeres de pelo lacio, que se untaran un poco de desrizado, pues era lo que daba el último toque a cualquier cabellera y dejaba un pelo que retozaba con la brisa. Además, no se rizaba con el agua, así que podías bañarte en el río o en la playa y siempre ibas a tener una melena lacia.

No fueron pocas las mujeres que se quedaron calvas o con claros en la cabeza producto de que esa mezcla para desrizar quemaba el pelo y lo arrancaba de raíz, solo aquellas saloneras que sabían aplicarlo con el peine acostado para que no tocara el cuero cabelludo, podían hacer alarde de su pericia y pregonar que en su salón de belleza se hacían los mejores desrizados. Tan buenos eran los resultados, que nadie se daba cuenta de que esa melena sin una sola onda, era falsa.

Y resulta que Lucía se enamoró de Pití y Pití de Lucía. En la oficina comenzaron a sospechar porque cuando tenían que dirigirse la palabra se turbaban, hasta que un domingo el chofer del jefe los vio en las pacas de la Duarte, comprando ropa y muy agarrados de mano.

Al otro día se armó un lío muy grande en la oficina. Era lunes y todo el mundo llegaba con sus cuentos del fin de semana. Casi al mediodía apareció René riéndose, haciendo chistes a Lucía y a Pití, diciendo que los había visto, que qué bien escondido se lo tenían, que desde cuándo estaban juntos, y ella se puso a llorar. Pití trató de contestarle al chofer del jefe, vino la discusión y al final lo botaron por conducta inapropiada, pues uno no podía tener relaciones románticas con compañeros del personal, lo cual era una enorme mentira, porque no habían sido uno ni dos los casos en que se enredaban y todo el mundo lo sabía. Pero como Pití era negro y haitiano, y Lucía blanca y cibaeña, sus amores actuaron como un pescozón sin mano, o peor todavía, como un mentís al racismo que la mayoría esgrimía detrás de chistes y frases de doble sentido.

Poco tiempo después de que botaran a Pití, Lucía se tuvo que ir, pues no la dejaban quieta con una serie de relajos y de indecencias por haberse acostado con un haitiano.

Nadie supo que el día que Lucía salió, Piti la esperaba en la esquina con una maleta casi vacía para coger el autobús que iba hacia el Este.

Tres años después, entrando a un hotel cinco estrellas que acababan de inaugurar en Bávaro, el ingeniero se quitó los lentes, se estregó los ojos y vio a Pití atravesar el lobby vestido como un príncipe, mientras arreglaba el gafete de su identificación que rezaba: Rafael Pérez, Asistente de Administración.

 

Jeannete Miller

(1944-Actual)

 

 

Chito - José Rijo

 

Chito

 

A cada latigazo el cuerpecito de Chito culebreaba de dolor. La mano de Pancho castigaba duro con una soga la carne del muchacho que, retorciéndose como un bicho, pedía perdón.

 Al fin se vio libre y, lloroso, se arrinconó a gritar la segunda pela que por mentiroso le daba el padre en ese día.

En la boca de Chito cabían todas las mentiras y, no por eso dejaba de ser simpático el chico aquél. Con sus ojos negros y vivaces, su cara ancha color de pan tostado y su gorra, siempre rota y nunca bien puesta, encarnaba al rapaz campesino, ladrón de nidos altos y de camarones en las cuevas del río. Nadie como él para tumbar unos cocos o lazar un becerro.

Hacía un momento que el padre le había ordenado amarrar unos burros. Una, dos, tres veces repitió Pancho la orden y Chito seguía jugando.

Entonces, soga en mano, lo llamó. –¿Todavía no te ha dío?

–Sí señor, pero toy aquí porque Teresa me dijo que fuera al río con ella. –¿E verdá eso?

No era cierto y Chito se ganó la zurra. –¿Te dolió? –dijo Teresa a su hermano cuando estuvieron solos. –Chip… va a dolé. –¿Si eh?, ¿y esa lágrima?

–¿Eso?... de risa, –contestó frescamente el muchacho limpiándose los ojos con el dorso de la mano. Luego, se subió los calzones, que ya le quedaban por las corvas. Con el ripio que le servía de cinturón se los amarró en la mitad de la barriga desnuda que, de puro sucia, parecía berrenda. Cogió un lazo, y, después de enseñarle la lengua a su hermana en una mueca rápida, salió.

Iba tan contento como el carpintero que entre un chillido y otro fabricaba su nido en lo alto de una palma. Lo vio Chito y le tiró una piedra. El pájaro, con un chillido más sonoro que antes, casi burlón, abrió las alas y se perdió entre el verde de las ramazones.

Cantando así siguió el camino Chito:

“Yo soy americano

que ando poraquí

buscando quien me afeite

del bozo la narí”.

 

El pájaro chillaba de nuevo en otra palma. Muchacho y carpintero eran iguales.

En el bohío, Teresa se le acercó al padre:

–¿Me voy a bañá, viejo?

–Ve, pero, no te dilate, y llévate un calabazo pa que traiga agua.

Se fue la muchacha, y Pancho se quedó fumando su cachimbo, rumiando indeseables pensamientos. Estaba preocupado. En esos días, una patrulla del ejército yanqui que invadía el país había caído sobre su rancho con la maldad del guaraguao sobre el nidal de la gallina recentina. Lo acusaron de ayudar a los gavilleros, como llamaban los blancos a los dominicanos que por deber habían renunciado a la sombra del bohío y prefirieron el sol sin piedad de las sabanas; y el agua fresca de las tinajas hogareñas por la que en baches y huellas de animales les daba la manigua, teatro de heroísmo patriótico unas veces, y otras tantas de salvaje defensa del pellejo.

Pancho negó la acusación y eso no bastó: una multa subida o contribución fue el castigo que le impusieron para cuando volvieran.

La multa, la multa… Ese era el comienzo del pretexto que empleaba el blanco para manchar de rojo y negro los caminos claros de esos campos de sol. Tal vez eran los 15 años de la muchacha, que florecían en gracia y tentación… O el pardo de silla y carga que llevaba su estampa.

Así pensaba cuando un grupo de uniformados manchó de amarillo el patio verde del bohío. El corazón comenzó a galoparle dentro del pecho. Le pidieron el dinero, y él habló largo y claro para que le concedieran una prórroga.

El jefe le dejó hablar y, luego dijo:

–Oh, ¿you no tener the money? Well –y se le fue acercando, poco a poco, sin calor en la sangre, con los ojos entrecerrados de perversidad.

Pecho a pecho, la cara roja del blanco junto a la oscura del criollo, se medían… se medían.

Pancho esponjó los brazos y el yanqui, de un empellón brutal lo arrinconó junto a una tinaja. El caído se puso de pie. La animalidad ancestral surgía detrás del hombre. No le arredraba la pelea ni su resultado, pero ahí venía del río, con los cabellos chorreando agua, y el cuerpo limpio y húmedo adivinándose a través del traje, la hija por quien debía vivir.

Chito Traía el calabazo a la cabeza y en la cara morena la desconfianza ante la gente extraña. Pancho hizo ademán de ir a ella, y nuevos ultrajes se le hicieron. Con la soga que pegó a su hijo lo amarraron. Mientras tanto, ahí estaba la muchacha como una fruta sin espinas, fácil al querer del blanco. El coraje y la rabia nublaron de lágrimas el cielo lucio de los ojos de Pancho. Su impotencia y el llanto de la hija daban blandura de dolor a aquel cuadro endurecido por la crueldad fría del atropello.

Una sierpe de lascivia se enroscaba en Teresa que, sin poder, se defendía mientras el padre vuelto niño suplicaba:

–No por Dio… No me la toque. –Y se retorcía corajudo y valiente.

 

Un ruido extraño atajó las intenciones del jefe. Eran como caballos que corrían lejanos, tropel de patas que anulaban distancia.

 

Atencionó un momento el hombre. Después abrió la puerta del único aposento e hizo pasar sus hombres al interior. Desenfundó la pistola y, pegándole el cañón a la muchacha sobre el seno ordenó:

–Todo quien venga you decir no haber nadie, ¿you understand? –llevándose consigo a Pancho se encerró a esperar.

El frío del acero secó las lágrimas de Teresa. La dejó alelada y útil para la celada a los posibles insurgentes.

A la puerta del bohío los pasos se apagaron y a los blancos les volvió el alma al cuerpo. Era Chito quien llegaba.

No bien hubo echado pie a tierra, Teresa sin saber lo que hacía, le repitió lo mismo que le dijo el jefe:

–Aquí no hay nadie.

Chito no comprendió y, como si a su vez le tocara decir algo, borbotó limpiándose el sudor:

–Concho, tuve que dale tuel galope a ese mañoso, porque porai ta Ramón Natera con lo gavillero, son ma qui abeja… si pechan a lo blanco, lo pelan a tuitico.

En el aposento los soldados comenzaron a inquietarse, tanto por el número que anunciaba el muchacho como por el hombre que los mandaba: Ramón Natera: el azote del yanqui en la región del Este.

En menos tiempo del que se gasta en decirlo, mientras lo dejaba en libertad, el jefe silbó al oído de Pancho:

–Si you no decir a gavillero que blanco haber estado aquí, mi ser amigo tuyo –y de una vez abrió la puerta trasera del bohío. Uno a uno se fueron tirando al monte, rápidos, silenciosos, como guineas que presiente peligro.

El miedo se los llevó.

 

Pancho salió. Tenía todavía la soga con que lo amarraron entre las manos y en el rostro la huella de la incertidumbre.

 

–¿Ande tan lo gavillero? –interrogó.

 

Chito, con la vista fija en la cuerda y atemorizado retrocedió hasta las faldas de Teresa. Ni la hermano que lo protegía, ni el padre que seguía preguntando, comprendieron su actitud, hasta que el muchacho con ganas de llorar musitó:

–Perdóneme mi pay, era embute mío. Mientras los pechos vaciaban con lasitud la ansiedad dominante, entre un chillido y otro, el carpintero martillaba de nuevo fabricando su nido en otra palma.

 

José Rijo

(1915-1992)

El antojo - Manuel del Cabral

 

El antojo

 

Toribio apenas se sonríe; muy de tarde en tarde muestra el hueso blando de su sonrisa; solo cuando mira a su madre deja caer una mirada dulce y triste a la vez; la mira con más pena que la que él mismo se tiene.

El reloj le ha dado siete golpes al pueblo. Toribio aún no bosteza. Su hermano toca a la puerta:

-Toribio, levántate que ya es hora de ordeñar.

Pero Toribio piensa, no duerme. Y vuelve la voz a su puerta:

-Hermano, que ya es tarde. Mira que las vacas vienen de beber el agua de la madrugada; mugen y pisotean los verdes del camino.

Y Toribio, por fin, desde el fondo de su catre:

-Sí, ya voy, hermano.

Pocos minutos más tarde, se veía en el corral, entre un vago velo de vaho y bajo una sombra de pájaros, a un hombre en cuclillas y con un cubo entre sus piernas, exprimiendo las ubres sonrosadas de una vaca.

A su regreso, varias veces se detiene entre las altas yerbas o sobre algún tronco; medita y constantemente acaricia a su inseparable compañero Buda, su perro, a quien parece que no manosea, sino que le conversa y le cuenta cosas que solo el can debe escuchar. Y, en realidad, qué lejos de la tierra y qué satisfechos brillan los ojos de Toribio cuando tiene entre los brazos a su galgo retozón. Es que Toribio no sabe qué hacer cuando Buda le lame las manos, los brazos, y se le encarama por todo el cuerpo con algo de temblor familiar y pegajoso para luego echársele a los pies con esa gracia humilde que tiene todo lo transparente.

¿Hay tal vez un idioma entre Toribio y su cuadrúpedo? ¿Es que brota siempre una fuente de cosas que se corresponden entre aquel ser y su perro? ¿Es esta correspondencia una simple manifestación de simpatía entre lo humano y lo irracional?

Pero Toribio lleva con una asombrosa sencillez su vida. Casi toca a lo simple, a lo anónimo, a lo inútil. Sin embargo, en su terca amistad con Buda hay detalles reveladores de una no cotidiana simpleza. Y Toribio no lo puede ocultar. En la mañana y a ciertas horas de la noche, por las manos de Toribio pasa como un temblor de rito que luego resbala hasta la cola sedosa de Buda. Pero hay algo más, y es el manifiesto odio de Toribio hacia su padre, cuya bondad tan perfecta es casi ridícula. La mirada paternal del buen viejo, a pesar de su dulzura, es siempre una cuchilla para Toribio. Y cuanto más el anciano se multiplica en bondades hacia su hijo, la reacción de este es mayor; Toribio lo repele lo mismo que si fuese un constante polo opuesto.

Puede afirmarse que todo aquel fuerte cariño hacia su perro se vuelve sobre su padre hecho odio.

¿Qué secreto de la naturaleza, qué ocultos poderes actúan vencedores sobre el instinto de Toribio?

Y aún hay algo más... ¿Por qué en ciertas noches oscuras y a la hora en que las pisadas sin gente de la calle pasan con algo no manuable, Toribio desde la ventana de su habitación, lanza sospechosos ladridos, semejantes a los que emite cuando de súbito ve la luna?

¿Y su olfato? ¡Su maravilloso olfato! Cuando se pierden esos menudos y difíciles objetos personales, es sorprendente verle cómo pega su nariz a los muebles, las sábanas, los rincones, y luego, arrastrándola sobre el piso, casi barriendo con su hocico, de pronto se levanta, y trae entre sus manos los objetos perdidos.

Pero ¿y sus furias? Solo la dulzura de su madre suaviza la antigua y profunda selva que hay en las entrañas de Toribio. Hasta el amor y la alegría le vienen como un sudor salvaje. Su sensación erótica, en vez de acariciar, baja a sus pies y patea, y sale corriendo, saltando por el campo; sale en busca de la sequía para revolcarse sobre la tierra del camino.

Su padre vuelve y lo mira, y con gordos lagrimones quisiera lavar aquella vida. Mientras tanto, Toribio medita para bajar las escaleras por donde ha pasado su padre. Toma poses extrañas. Cree que el buen anciano lo puede ahorcar con sus luengas y puras barbas. De pronto tiembla, se clectriza como los gatos; el trueno y el relámpago lo acurrucan en un rincón oscuro, y junto con Buda, friolento y erizado, aúlla. Pero ni la rabia del cielo lo hace temblar tanto como la presencia de su padre.

Su hermano mayor casi da gritos con los ojos... Quiere darle luz a todo aquel oscuro drama hogareño; y con las manos en el bolsillo o ya cruzadas, llena de pisadas nerviosas y nocturnas su pequeña habitación.

Sebastián, el padre, no abre la boca. Parece que el dolor le ha cosido con un terrible hilo los labios. Solo su frente se levanta a veces para que sus pupilas puedan ver la otra y lejana noche de los astrónomos; tal vez busca en uno de los poros del cielo el signo que guíe la sombra de su hijo.

¿Estará su hijo más cerca de la bestia que del hombre? ¿Qué facultades tan espléndidas de la intuición hacen de él esta fuerza ciega pero inequívoca en su relación con el olfato humano?

Toribio no comprende nada. Se sienta por la mañana a la mesa, y como un hijo cualquiera, toma junto con los hermanos el desayuno; luego, casi sin palabras, mira con una profunda y tierna mirada a su madre; se levanta y, con Buda a su lado, llega hasta el corral; respira bien la loma, y con el cubo lleno de campo blanco, regresa cuando el sol le da ya en la coronilla.

Toribio cumple con su labor diariamente. Pero hoy no ha ido al corral. Ni se ha levantado. Ni ha tomado el desayuno. Ni siquiera se ha oído el extraño y acostumbrado ladrido que, a medianoche, ante la luna o ante la oscuridad con pasos, sale de su habitación.

El silencio se hace duro, se materializa en las caras de los de la casa. El temor y la duda trituran las palabras de los familiares. Una lluvia persistente concentra más aquel silencio humano.

Lentamente uno de los hermanos abre la puerta. Toribio duerme sin tiempo. A su lado está Buda con los ojos líquidos. Toribio está desnudo. El hermano, sorprendido y tembloroso, se acerca a él; luego, casi aterrado, da vuelta al cadáver, y ve, con asombro, que el final de la columna vertebral del difunto se prolonga en un hermoso rabo de perro.

Hubo un silencio, un silencio definitivo. Mientras, con su cara tumbada sobre el catre, la madre hace recuerdos...

Una vez, estando encinta ella tuvo un antojo...

 

Manuel del Cabral

(1907-1999)

 

Los muchachos del Memphis

 

Los muchachos del Memphis

 

Polanco, el Ciguapo, primera base

Estábamos jugando pelota frente al mar. Cuando de pronto vimos un barco entrando en tierra, enfilando hacia nosotros como un fantasma monumental y gris. Yo, que corro igual de espalda que de frente, me quedé con el madero al hombro, boquiabierto, sin sentir siquiera el pelotazo en la cabeza. El barco venía por encima de las aguas y casi lo vimos deslizarse hasta el campo de juego. Nadie corrió ni se movió de su posición. A lo lejos el mar estaba poblándose de náufragos, mientras nosotros permanecíamos con los guantes en las manos, buscando otro cielo donde jugar.

J. Cansen, el Niño Manco, jardinero central

Había sido su idea, o más bien su audacia la que nos impulsó a ir todas las noches al Memphis, encallado a cien pies de la costa. Para no llegar a nuestras casas todos mojados, nos desnudábamos y guardábamos la ropa entre las piedras de los acantilados. Nos íbamos a nado, de tres en fondo, susurrando nuestros nombres a cada brazada. Adelante iba el Niño Manco, nadando con su único brazo, haciendo espumas con su muñón, más veloz que todos nosotros en el agua y todos sabíamos que había en el terreno. Él decía que un tiburón, pero perdido el brazo en las muelas de un trapiche. Aun así era el cuarto bate y el capitán del equipo. Los infantes de marina le habían enseñado a jugar béisbol en el patio de la Fortaleza Ozama. Los conocía bien y entendía su idioma. Quizás por eso fue el único que no se alarmó la primera noche que nos aventuramos al Memphis, cuando vimos flotando a nuestro lado el antebrazo de un marino, tatuado con un ancla enorme y morada. El antebrazo iba en dirección contraria a la nuestra y se esforzaba en llegar a la costa: "Ese es McKenzie Blue... no lo toquen dijo el Niño-... Vive en el horizonte".

Ravelo, la Plaga, tercera base

Desde el sarampión hasta las paperas, incluyendo los dolores de muelas y los catarros, todas las enfermedades nos las había transmitido sin contemplaciones y con la misma intensidad y virulencia con que él mismo las había sufrido. Nadie quería caminar a su lado ni pasar por su calle, pero desgraciadamente casi todos vivíamos en un mismo barrio, y a cada vuelta de esquina nos topábamos con sus erupciones, su flema y su fiebre. No hubo manera de expulsarlo del equipo: cuando jugábamos sin él, alguno de nosotros se rompía una pierna o un brazo, o se perdía nuestra única pelota o caía un aguacero que nos enlodaba hasta los sueños: "Que venga el azaroso ése de Ravelo", decíamos, y volvía a salir el sol. Al principio nadie quería llevarlo al Memphis, pero un buen día se presentó afirmando que había ido solo y que había visto una sirena en los camarotes.

Tancredo Rondón, el Noño, jardinero izquierdo

La verdad era que estaba muy nervioso. Mi papá acababa de comprar un Ford T, último modelo, 1916, y había decidido llevarme al farallón para iluminar con los faroles el lugar del siniestro. Había muchos carros estacionados en la playa incluso por los acantilados, proyectando sus luces hacia el barco en busca de algún náufrago o sobreviviente. Todavía una semana después de haberse varado el Memphis, mi papá seguía prestando sus luces a la tragedia. Los días primeros yo creía que él estaba realmente condolido con la desaparición de más de cuarenta marinos, pero una noche oí a mamá decirle que estaba bueno de exhibir el carrito, que ya todo el mundo lo había visto y sabía que era el primer Ford-T que rodaba por las calles de Santo Domingo. No eran sin embargo las jornadas de rescate lo que me preocupaba, sino el temor de que fueran a sorprender a los muchachos yendo y viniendo del Memphis, en unos abordajes impúdicos y vandálicos de los cuales yo también era cómplice.

Mustafa Rancel, el Turco Midas, paracorto

La tentación del saqueo salió de él, no había duda, aunque lo llamara "sobras de Rey", fue Mustafá Rancel el que nos propuso que nos lleváramos todo lo humanamente transportable del barco: "Hasta la chatarra se vende", nos dijo, mirando con avidez el inmenso casco cuarteado del Memphis. Para empezar, abrió baúles y maletas abandonados, seleccionó uniformes y polainas, y nos sugirió que recogiéramos todos los chalecos salvavidas que encontráramos en el crucero de guerra: "Cualquier descamisado los comprará", aventuró a decir, presumiendo que los chalecos salvavidas eran más prácticos y duraderos que cualquier vestimenta convencional. Luego se le ocurrió desmantelar todos los camarotes, eligiendo las mejores sábanas y colchones para venderlos en los hoteles de chinos. No satisfecho entró en la cabina de proa y se apropió del telégrafo, el cual cambió por dos bates y seis guantes de béisbol. Después lo vimos cargando las herramientas de avería, apuntando y borrando en el libro de bitácora cálculos insospechados. Finalmente, cuando le mostramos un pesado vargueño donde había varias banderas norteamericanas, nos dijo, casi desdeñando la mercancía: "Enróllenlas... las venderemos como alfombras".

Lupo Navarro, el Soñador, lanzador

A nuestro barrio le llamaban El Mondongo, quizás porque se había formado al lado de El Matadero, cerca del terreno donde jugábamos pelota. Nuestros padres eran carniceros, matarifes, desolladores, traficantes de vísceras y despojos. No todos, porque había dos o tres del equipo que vivían en la avenida Independencia. Eran los riquitos del grupo. Sus papás tenían carros, casas con balcones, jardines que llegaban hasta el mar, y no cagaban en letrina sino en inodoros portátiles, que, según ellos, se los habían comprado a los infantes de marina. No era un secreto para nadie que los niños de familia jamás pasaban por El Matadero. Si venían a jugar pelota con nosotros era porque se escapaban de sus estancias. Después la tentación de la sirena fue más grande que cualquier castigo. Ella era todavía para nosotros un limbo de placeres, un musgo ajeno a la ciudad. Sólo la oímos cantar, pero no sabíamos de dónde venía su voz que parecía escondida en el silencio del Memphis. Cantaba como si estuviera enamorada, sin música, a cappella con el oleaje. Nosotros recorríamos el barco de punta a punta sin encontrarla: buceábamos desperdigados por los arrecifes, buscando su nombre en los labios de los ahogados; organizábamos serenatas de mar y le preguntábamos a los pájaros si ella había donado su cuerpo al resplandor. Sólo para honrarla, educamos una multitud de peces en nuestras manos, y aunque la presentíamos comprometida en la oscuridad, aguardábamos a que subiera con la mañana. Una tarde le escribí un largo poema en la arena, pero una bandada de golondrinas lo alzó en su vuelo.

Celso Pumarol, el Guayo, segunda base

Ya lo habíamos vendido casi todo, "a domicilio y sin regateo", tal como nos lo había ordenado Mustafá Rangel; hasta teníamos una flotilla de botes salvavidas para alquilarlos en las mañanas y llevar a algunos curiosos hasta el Memphis. Pero al caer la tarde los sacábamos de servicio porque la noche se había convertido para nosotros en un reducto privado, en un solar flotante donde sólo había espacio para el amor. Aunque Ravelo, la Plaga, sostenía que él había sido el único en ver a la sirena, lo cierto fue que un sereno de la Capitanía del Puerto terminó siendo el primero en presentárnosla. Aquella noche, abriendo y cerrando escotillas, nos condujo hasta donde nunca habíamos llegado, hasta el rocalloso corazón del Memphis. Nos la enseñó tendida sobre los corales y los sargazos que habían penetrado en el fondo del casco. Estaba desnuda y sonriente, y su piel parecía lavada por el limo de muchos insomnios. Casi sin darnos cuenta, Ponciano nos incitó a poseerla de uno en uno y cuantas veces quisiéramos. Esa noche yo fui el primero en desdoblar su fragancia y el último en abandonarla.

Negro Benítez, el Plebe, jardinero derecho

"¿Cuándo es que va a zozó-zozobrar la vaina ésta?", solía siempre tartamudear el Negro Benítez. Era el único que le irritaba la figura espectral del Memphis. Podía decirse que lo odiaba desde el primer día que lo había visto en el terreno de juego. Y no sólo al Memphis, sino también a toda la tripulación que había sobrevivido. Todos nos hicimos de la vista gorda el día que lo vimos desnudando el cadáver de un marino. Fue la primera noche que exploramos el Memphis, cuando todavía la gente trataba de rescatar a los infantes de marina.

Luego de despojarlo de la ropa, empezó a patearlo y a abofetearlo, farfullando: "Nonó-nosotros tenemos que salvarlos... mienmién-mientras ustedes vienen a jodernos". Por eso, tal vez, era el que con menos frecuencia subía al barco; la noche que conocimos a la sirena, fue el único que la repudió antes de tocarla: "A ésta la conozco yo-exclamó con sorna—. Es una puta de El Matadero... y está momó-mojada de vicio".

Benjamín Ogando, la Guinea, receptor

Después de varias semanas de haber guardado en secreto el hallazgo de nuestra sirena, Ponciano, el sereno de la Capitanía del Puerto, empezó a subir a bordo a los muchachos de otros barrios: "Las sirenas como los tesoros -nos dijo-, hay que compartirlos". Pero nosotros no estábamos conformes, porque ya no sólo pasábamos noches enteras haciendo fila en la cubierta, sino que, cuando nos llegaba el turno, había que pagarle a Ponciano cinco centavos para ver a la sirena y diez para acostarse con ella. Ahora la contemplábamos más resuelta y carnal, aun desnuda pero cubiertos los senos con un chaleco salva vidas, tendida sobre una lona de campamento, fumando cigarrillos Lucky Strike. Más tarde nos fue imposible volver a verla, ni siquiera de lejos, porque ya los adultos que trabajaban en las inmediaciones del Puerto también hacían fila para conocerla. Cuando Ponciano subió la tarifa "aceptando sólo dólares", los infantes de marina, que ya habían invadido la ciudad y todo el país, desplazaron a los criollos de su lasciva curiosidad. Fue una noche de navidad cuando nos enteramos de que la sirena había aparecido muerta en los arrecifes. Ponciano fue el primero en decírmelo, quizás porque soy el más viejo del grupo. Yo le transmití la noticia inmediatamente a los muchachos. Esa noche fuimos todos juntos a los arrecifes. Más que el cadáver, una de las cosas que recordamos cuando vimos la silueta de la sirena embalsamada en su lecho de corales, fue el comentario que hizo el Negro Benítez, quien por primera vez en su vida dejo de ser plebe: "Mumú-murió en sus aguas... de por sí... ¿nonó-no decían ustedes que era una sirena?".

Lepe Lizardo, la Flecha, taponero

Realmente ya estábamos por devolvernos, cuando vimos de pronto, en medio de la noche, el antebrazo de aquel marino nadando ahora mar adentro: "¡Ése es McKenzie Blue!", exclamamos todos. A pesar del oleaje, el antebrazo esquivó los arrecifes, palpitando entre la lluvia, emergiendo más musculoso y ágil que nunca, enorme y brillante, mostrando en cada brazada el tatuaje, con nuestra sirena aferrada a su ancla.

Camarena Son, el Bayby, entrenador

El Memphis pasó veinte años varado en el mar. Nunca terminó de hundirse ni nadie se ocupó nunca de desencallarlo; ni siquiera el día que se fueron los infantes de marina se molestaron en removerlo. La gente que pasaba por el malecón lo veía emproado y desnudo como un negro cascarón semoviente. Muchos lo contemplaban con indiferencia, otros con desprecio, incluso algunos con indignación y asco, sobre todo los que ya sabían que el Memphis, con el paso de los años, se había convertido en una madriguera de rateros, en un escondrijo de chulos y proxenetas que se daban cita en la madrugada para violar y pervertir menores, para repartir la mercancía robada, para secuestrar y torturar a los adversarios del régimen: "En el Memphis sentó residencia la escoria", fue lo último que oí a mis espaldas.

Salcedo de Jesús, Zicote, cargabates

Cada día más un olor envenenado, sulfuroso, nauseabundo invade al Memphis. Las ratas cruzan por las bordas desvencijadas, por la sala de calderas, por el cuarto de máquinas, bajan y suben por las escotillas. En noches de luna llena se ilumina la nueva podredumbre de sus inquilinos: mendigos dementes, soplones y calieses de tugurios, riferas crapulosas y prostitutas fétidas que aguardan su turno para abortar antes del amanecer: "¡El Memphis es una cloaca seca por donde se arrastran los delincuentes más sádicos y depravados, el hampa de la ciudad!"... Así nos llaman ahora, y es verdad. Pero se olvidan que alguna vez fuimos inocentes, hace mucho tiempo ya, antes que asaltaran nuestro cielo, cuando éramos muchachos y jugábamos pelota frente al mar.

Pedro Peix

(1952-2015)

 

La mujer de Honorio López - Marcio Veloz Maggiolo

La mujer de Honorio López - Marcio Veloz Maggiolo

 

Honorio López era tímido pero valiente. Las tropas del general Cabral lo vieron realizar numerosas hazañas. Negro y curtido por el sol, Honorio López se había ganado a sangre y fuego el rango de sargento mayor en las luchas contra el imperio español.

 

La noche del 28 de diciembre de 1863, Valentín Lezcano, también sargento de la guerra de restauración, se acercó a él y le dijo:

 

—Honorio, tengo que contarte algo que a lo mejor no te va a gustar mucho.

 

—A ver, a ver- contestó Honorio mientras chupaba un improvisado cigarro hecho con hojas de yagrumo y de naranja.

 

—Me han dicho que tu mujer te la está pegando.

 

Honorio arrojó el cigarro y arrugó el ceño.

 

—¿Quién te lo dijo?

 

—Yo mismo lo he comprobado hace unos días, cuando venía de Managüey. Honorio se puso morado de la rabia.

 

—Dos años de peleas y de vainas y esa maldita mujer ni siquiera me ha sabido ser fiel.

 

Se retiró del lugar y durante la noche, tendido en su hamaca de cabuya, no pudo conciliar el sueño. Al día siguiente, cuando Valentín Lezcano fue en busca de Honorio para decirle que lo de la noche anterior fue una broma por ser día de los Santos Inocentes, no lo encontró, sin embargo, encontró huellas frescas de cabalgadura, y pudo comprobar que Honorio López se había marchado del campamento durante las últimas horas de la madrugada.

 

Honorio López cabalgaba con rapidez, dejando atrás los pueblos fronterizos, pueblos que lindaban con la miseria. Tardaría dos días en llegar y dos días en volver, pero le arreglaría sus cuentas a la mujer, aquella maldita mujer que según Valentín Lezcano le era infiel y se burlaba de su valor y de su hombría.

 

Durante la mañana del primer día Honorio no se detuvo en sitio alguno. Iba en busca de su objetivo y nada lo entretenía. No le importaba si las tropas españolas lo reconocían o si era denunciado por algún hijo de perra. Su caballo color barro espumeaba insistentemente, pero el jinete no atendía más que a los planes terribles que elaboraba en su pensamiento.

 

Una gran sequía abrasaba los pastos de la sabana y los niños se morían de tabardillo y hambre.

 

Por momentos se oían los cañones españoles disparar contra las guerrillas montunas. El eco de las descargas se metía entre las lomas, rebotando de un lugar a otro como una bola de caucho.

 

Honorio cruzó cientos de sembrados misteriosos, y aceleró el paso en las tierras donde podía ser avistado por el enemigo.

 

Por fin, después de más de día y medio de camino, alcanzó a ver el bohío de su mujer. Honorio pensaba que en la noche vendría el maldito con quien ella le engañaba y que entonces podría matarlos a los dos.

 

Decidió esperar y esperó. A sólo unos cuantos metros de su vieja vivienda, Honorio observaba los movimientos de la mujer que salía al pequeño conuco, que lavaba algunos trapos sucios y que en dos ocasiones salió de la casa a realizar alguna pequeña diligencia.

 

Al fin llegó la noche y Honorio se acercó un poco más a la casa. Quería ver de cerca la llegada del intruso. A eso de las nueve, cuando la luz del bohío se había apagado, Honorio vio la figura de un hombre introducirse en la casucha por la parte delantera.

 

—¡Ahí está ese cabrón! –se dijo, e impulsado por una marejada de rabia y celos empuñó el machete y saltó sobre los yerbajos. Sus ojos estaban rojos como brasas. Empujó la puerta y, derribándola, pasó machete en mano a la habitación de la mujer que dormía. Todo fue tan violento que ella no sintió cuando el filo del arma sobre la nuca hizo rodar su cabeza por debajo del catre. Entre las sombras Honorio distinguió la silueta del hombre que se había levantado al ruido sospechoso de los pasos del marido. Honorio López le asestó el primer golpe sin saber dónde, luego siguió lanzando machetazos con una furia incontenible, hasta que la sangre le tornó calma.

 

Había vengado su honra. Salió de la casa con gran sigilo, y montando su caballo partió nuevamente hacia el campamento, seguro de que había cumplido con un deber casi sagrado.

 

—¡Fue un crimen terrible, Santo Dios!

 

—También murió el hermano de Anselma, el que venía a cuidarla por las noches, porque como Honorio anda alzao.

 

—Al hijo de yegua que hizo eso el diablo habrá de cobrarle.

 

—¡Mira que matar a dos infelices así!

 

—Sabe Dios a quién se le metió el espíritu malo entre las costillas.

 

—Dicen que ni cuenta se dieron Anselma y el hermano.

 

—El pobre Honorio por allá y viene un hijo de puta y le mata la mujer y el cuñao.

 

—Que a lo mejor al Honorio también lo han matao.

 

—Así mismo, así mismo, a lo mejor lo cogió un tiro de los blancos.

 

Honorio López llegó al campamento pasado el mediodía. Cuando entró y ató su bestia junto a una javilla todos le miraron con desprecio.

 

—El general te anda buscando, buen pendejo –le voceó uno que estaba trizando astillas de cuaba con un largo cuchillo.

 

—Y… ¿qué quiere el general?

 

—Hace dos días que pelamos contra las tropas de Zúñiga y tú ni te apareciste por los alrededores.

 

—Yo andaba en otra pelea.

 

—Cuando el general te agarre se te acabarán las marrullas.

 

No bien habían salido estas últimas palabras de los labios finos y resecos de un recluta, cuando hizo su aparición la cuadrilla del general. La encabeza Valentín Lezcano, que tirándose del caballo se apresuró a saludar a Honorio.

 

—Maté a mi mujer anoche, te agradezco tu informe.

 

Lezcano no supo qué responder. Hubiera querido decirle que aquello había sido una broma de esas que se juegan el día de los Santos Inocentes. Lezcano tragó en seco, y cuando se disponía a explicarle a Honorio las cosas tales y como eran, oyó una voz que dijo:

 

—¡Arresten a Honorio López!

 

Dos capitanes de puesto le tomaron por ambos brazos, y sin forcejeos lo llevaron donde el general. Lezcano se quedó con los labios entreabiertos. La orden de prisión evitaba por el momento las explicaciones, pero en lo profundo de su pecho sentía una angustia amarga, inevitable.

 

Cuando Honorio caminaba escoltado hacia la tierra del general, pensaba que alguien lo había visto cometer el crimen y que la denuncia había llegado hasta los oídos del jefe de la tropa.

 

—General, éste es el desertor –dijo el más joven de los oficiales.

 

—¿Usted se llama Honorio López?

 

—Sí, señor

 

—¿Sabe lo que significa deserción?

 

—No deserté, señor; salí a resolver un problema personal.

 

—La guerra de independencia no acepta problemas personales; los problemas de la patria son el problema de todos. Ha violado usted las leyes de la revolución y queda condenado a la pena de muerte. ¡Fusílenlo inmediatamente! Capitán, escoja ocho hombres y ejecútelo.

 

—Bien, mi general –respondió el oficial joven.

 

El general dio media vuelta y quedó de espaldas al reo. Honorio López no dijo una sola palabra.

 

Valentín Lezcano vio como la ataban y le vendaban los ojos a Honorio. Cuando la fusilería estuvo perfectamente alineada, el oficial joven dio la orden:

 

—¡Listos, apunten, fuego!

 

Por lo menos seis de los ocho disparos del pelotón de fusilamiento hicieron blanco en la cabeza de Honorio López. —¡Sargento Lezcano –se oyó la voz del capitán, dele usted el tiro de gracia!

 

El sargento Lezcano levantó sorprendido el rostro. ¿Por qué yo?, hubiera querido preguntarle al capitán. Desenfundó su revólver y se acercó al cadáver del amigo. Ya los fusileros regresaban hacia sus puestos de campaña cuando se oyó el disparo producido por el arma del sargento Valentín Lezcano. Todos volvieron el rostro al escuchar el ruido sordo que produjo al caer el cuerpo del sargento.

 

No salían de su asombro:

 

—¡Lezcano se ha pegado un tiro!

 

—¡Estaría loco el pobre Lezcano!

 

—Eran muy amigos, muy amigos, Honorio y Lezcano.

 

—¡Pero si ya estaba muerto, un tiro más o un tiro menos ni importaba!

 

Un viejo clarín ronco y cansado tocó a combate. De inmediato los soldados corrieron a sus puestos y la caballería enfiló hacia campo raso, dispuesta a arrollar con sus cascos las huestes españolas. El sol de la frontera y los perros de la sabana tardaron sólo cuatro días en hacer desaparecer los cuerpos de Honorio López y Valentín Lezcano, “muertos en combate”, según el impecable y verídico diario del general.

 

FIN

 

La fértil agonía del amor, edición 2015 

Celosía - Néstor Caro

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