ANSELMA Y MALENA
Después de haber dejado pasar tantos años sin referirme jamás
a la historia de Anselma y de Malena, ahora me digo que es tiempo de contarla,
aun cuando tengo la seguridad de que en esto trato de engañarme, pues todos
saben que nadie puede contar bien una historia que no ha terminado todavía y
que, tal como están las cosas, parece que no terminará nunca.
La verdad es que, hace tiempo, estuve pensando en que algún
día tendría que escribir sobre Anselma y Malena. Esa vaga seguridad del principio
se me fue convirtiendo con los días en una convicción cada vez más arraigada.
Pero cometí el error de no buscar, durante todo el tiempo que tuve disponible,
las palabras que iban a servir definitivamente para este asunto, y ahora me
encuentro con que todas estas de que hago un uso tan banal cada día no son,
precisamente, las que hacen falta, ni las que pueden dar a todo esto el sereno
ambiente de silencio que, ahora, es imprescindible. He dicho silencio,
solamente, pero afirmo que el verdadero ambiente sería una mezcla de silencio y
decoro. Ahora ya he dicho silencio y decoro, y creo que esas dos palabras
bastarían y pudieran sobrar para explicar toda la historia: es decir, la
historia desde que comenzó hasta como está hoy en día, en su lento, pesado,
eterno desarrollo.
Es realmente difícil escribir con un argumento como este de
Anselma y de Malena, que ha acaparado casi un siglo en el tiempo y que no ha
tenido ni un solo momento verdaderamente culminante: argumento sin diálogo y
sin grandes pasiones y que, además, ofrece la dificultad de que uno de sus
principales actores, el marido, murió muy al principio de todo esto. Aun cuando
él fue el indiscutido organizador de este asunto, hace años que el único
recuerdo concreto que se tiene de su existencia es un largo, ancho y encorvado
sable de coronel de dragones, amarrado a un alto clavo negro que hay en la
pared cada año más blanca de cal y de aire. Si ese hombre estuviera vivo
todavía, la historia fuera fácil de escribir o, a lo mejor, no hubiera historia
y yo no tuviera esta dificultad de no saberla contar.
Es cierto que Juana existe y que, a todas luces, ya está
también en el camino de hacerse eterna, y esta realidad me ofrece la cooperación
de cuatro personajes, contando al muerto naturalmente, pero aun así es un
material insuficiente, porque si el marido jugó un papel tan importante al
principio, él mismo no quiso jamás darse por enterado de la situación, cuando
eso le era posible, y es bien sabido que después de su muerte ni siquiera su
nombre ha sido pronunciado en aquella casa. Juana pudiera estar en condiciones
de aportar algunos datos muy valiosos, pero ella misma tuvo conciencia del
drama mucho tiempo después del drama comenzado, o quién sabe si nunca ha tenido
la conciencia de él y todavía esto puede que no sea cierto completamente,
porque Juana no tenía para qué darse cuenta de nada, ya que ella era, sin
proponérselo, el drama mismo, o su mayor parte o el punto de convergencia de
todos los elementos de esta historia.
Lo mejor es, pues, ordenar claramente mis cuatro personajes.
En primer lugar está el difunto, coronel de dragones, del cual queda una segura
prueba de su existencia en aquel sable largo, ancho y encorvado que pende de un
clavo pared blanca y que es, también, una prueba de lo que debió ser negro en
una el carácter de aquel hombre: seco, duro, taciturno, inflexible. Después
está Malena, la viuda, con sus ciento cinco años de edad, viuda desde hace
setenta, absolutamente lúcida y muda por propia determinación, empotrada en un
alto sillón de paralítica, escueta y nítida como un filo. Frente a ella,
también en otro sillón de paralítica, está Anselma, con ciento dos años de edad
solamente y cuarenta de estar allí, frente a Malena, pronunciando cada mucho
tiempo alguna palabra casi dicha en secreto, lúcida también con su lucidez
analfabeta de siempre, resignada a que no llegue la muerte, agrietada a trechos
como una corteza de roble, inmóvil como si fuera la sombra humilde de Malena.
Por entre las dos vaga, frecuente y callada, la silueta encorvada de Juana, con
su apellido que no se dice y con sus ochenta años.
Y esa es toda la historia. Ahora es cuando, justamente, me hacen
falta las palabras que no conozco y que debieran dar esa eterna sensación de
silencio y decoro. Sensación de algo pétreo, tangible, casi hosco; tacto a
distancia de lo inconmovible y huraño que debe ser el alma de la roca.
Inverosímil certeza de que en el fondo de esto hay una gran lápida dura
humedecida de lágrimas nocturnas... Pero yo escribiré la historia hasta el final,
hasta el final de mi propia posibilidad, y me alegraría en contrarla otra vez
escrita por alguien que la sepa escribir o por alguien que pueda saber cómo
termina, si es que puede terminar algún día.
La aldea nunca tuvo más de una calle y esa calle bastó
siempre para todas las divisiones del amor, del odio y del dinero. Un domingo,
en un gran galopar de caballos, tiros al aire y derroches de aguardiente
barato, Malena y el coronel "unieron sus destinos"-así se decía
entonces- allá en la ciudad. Cuando la cabalgata, ya de regreso, atronó la
polvorienta calle, el único que miró con alguna inquietud hacia la puerta de
Anselma fue el recién desposado coronel. Anselma no estaba a la puerta. Lloraba
en algún sitio del patio, sin grandes penas, sin grandes rencores. Lloraba
porque le parecía justo llorar en una ocasión así.
En aquel tiempo no era agradable la vida de los coroneles de
dragones y quizá ese era el motivo de que ellos mismos no fueran tampoco muy
agradables. Malena, que no podía hacer otra cosa, hija ella misma de otro
coronel de dragones, se metió en la vida matrimonial con ese alarde tan común a
las mujeres de entonces y que las hacía, el día siguiente al de las bodas,
aparecer ya con veinte años más encima. Esa vejez milagrosa, lograda en una
simple noche, por ser caso tan repetido, no asombraba ni siquiera a los propios
maridos, quienes desde el primer día de vida conyugal veían, mustias y un poco
derrengadas, transitar por sus casas las sombras cansadas de las mujeres que
habían creído conocer. Diríase que la juventud de las abuelas residía
únicamente en la hosca virginidad que guardaron para la bendición nupcial y que
el abrazo un poco ebrio de los novios las dejaba ajadas para siempre. En el
fondo, había otra cosa también: la súbita vejez era consecuencia de una
deliberada forma de la voluntad, feroz secreto sin palabras trasmitido de madre
a hija por generaciones, como única forma de la dignidad de la mujer casada. La
eterna fidelidad al marido debía demostrarse con la eterna imposibilidad de gustar
a otro hombre. Además de esa obligación obvia, los deberes y derechos de una
mujer casada no variaban mucho de los de una buena ama de llaves de confianza.
Ante la indiferencia del coronel, Malena, envejecida de la noche
a la mañana, nunca se enteró de que, a pocos metros de distancia, proseguían
los amores de su marido y Anselma. La aldea no había hecho ni un guiño de
malicia porque aquello no tenía importancia.
Así nació Juana.
Una noche cualquiera, sin preámbulos innecesarios, el
coronel la trajo a la casa envuelta en unos trapos y se la obsequió a Malena:
-Cuídala como a tu hija... porque es hija mía.
Malena no preguntó -su deber no era preguntar- por la madre
de la criatura. Para gran satisfacción del coronel su único movimiento de
rebeldía consistió en hacer, desde esa noche, cama aparte y en redoblar su
meticulosa actividad en los cuidados de la casa.
Las relaciones de Anselma y el coronel habían sido el
producto de una larga paciencia. Desde muy niña, la muchacha había quedado
huérfana y sin más amparo que el que le ofrecía una tía borracha. Cuando
Anselma estaba por los catorce años, sin que ella se enterara y sin grandes
regateos, el coronel la había comprado. Con libre entrada a la choza desde
aquel día, su único trabajo fue esperar, con saboreada espera, que aquella muchacha
un poco salvaje estuviera "a punto", como se decía a sí mismo. Ningún
otro hombre pretendió jamás ponerse en el camino de Anselma, porque de todos
era sabido que pertenecía, por derecho de compra, al coronel.
Anselma había estado "a punto" pocos días antes
del matrimonio de Malena. Se entregó como tenía que entregarse, como se lo
había aconsejado la tía durante tanto tiempo, con mucho respeto por aquel
hombre y con un poquito de asco también. Muerta su tía, consideró como algo muy
lógico que su hija fuera a parar a la casa de la doña, por quien sentía, sin
conocerla, una profunda veneración.
Al coronel lo trajeron de la gallera bien macheteado y bien muerto
un domingo cualquiera. Malena se vistió de negro para toda la vida y para toda
la vida, también, cerró las puertas de la casa. No obstante, todo parecía muy
alegre por el exceso de limpieza, por el manso cloquear de las gallinas, los
grandes ramos de rosas del Perú y el incesante juego de la chiquilla en el patio.
El envejecimiento de Anselma, precipitado por la soledad y la miseria, fue tan
rápido como el de Malena y para vivir recurrió a la caridad aldeana, siempre
despectiva, ofensiva y hostil.
Juana tenía treinta años cuando supo que su verdadera madre
era Anselma, la mendiga. Apergaminada, envejecida y fea, sin recordar cómo
había sido su padre, la noticia no la emocionó demasiado y hasta le parecía
bastante lógico como complemento de su vida vacía. Un día que quiso preguntar
demasiado, Malena le contestó un simple:
-Puede ser...
Y hasta muchos años después no se volvió a hablar una sola palabra
de este asunto. Sintiéndose hija de Malena, Juana socorría, desde lejos, a
Anselma, hasta que la escasez de recursos y la invalidez de ambas fueron
haciendo casi imposible aquel trabajo para ella, que no sabía cómo repartirse
entre ambos deberes. Un día, planteó clara la cuestión:
-Si Anselma es mi madre la debo traer aquí...
-Como es su madre, usted puede hacer lo que quiera... sin consultarme.
Malena pestañeó, mirando el viejo sable encorvado. Aquel día
unos hombres trajeron a Anselma y la dejaron en su silla frente a Malena:
-Buenas tardes, doña Malena...
-Buenas tardes..., señora.
Sobre el silencio definitivo se han ido amontonando los
años. Los días no han podido traer ninguna variación. Algunas mañanas, cuando
Juana se acerca a Anselma, esta le dice en un soplo:
-Me parece que la doña está enferma y que pasó la noche mal.
Otras veces es Malena la que indica:
-Debe abrigar a la señora, tosió mucho anoche...
Ni Anselma ni Malena se han atrevido jamás a tocar un
alimento antes de que las dos hayan sido servidas. Una vez que Malena rodó del
sillón y quedó como muerta en el suelo, en los ojillos grises de Anselma
brotaron dos lágrimas y estuvo rezando largo tiempo:
-¡La pobrecita se ha salvado de milagro!
Juana tiene ochenta años. Las dos viejecitas están ahí
todavía, dormitando en el ancho rayo de sol que entra por la ventana, cada vez
más pequeñas y más flacas, cada vez más silenciosas. En el patio siguen floreciendo
los rosales del Perú y cloquean las gallinas. En el crepúsculo, el viejo sable
del coronel parece una gran cruz torcida.
Tomás
Hernández Franco
(1904-1952)
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