miércoles, 22 de abril de 2026

LA FUERZA ANIQUILADA - Aída Cartagena Portalatín

 

LA FUERZA ANIQUILADA

 

¡Ayayay, tía!, llegó Prebis con los dominicanos ausentes. Un avión de Nuevayork la trajo para pasar las navidades, ¡si la vieras!, vestida como Barajita la de la capital o la Comaisita de La Vega, collares sobre collares, pulsas y más pulsas, además, una peluca rubia. Y lo que sacaron esta mañana del carro es para perder la cuenta: diez maletas, cuatro cajas, flores de papel y dos muñecas. Y qué, ¿no te preguntó por mí? Ese nombre americano de Prebis es una mentecatería de mi comadre Prebisteria Sánchez, y lo que tú dices que la pone tan fisquibis es una manera de creer que le va a dar changüí a todos los de Guaco. Fran-Francisco, no me interesa, pero dime: ¿Qué otra cosa viste? Tía-madrina, no hablé con ella, al ratito llegó un ingeniero o arquitecto con una funda muy grande llenita de papeletas de nosotros para cambiárselas por las de los americanos. Ayayay, tía, ¡cuántos billetes!

Las noticias de Fran-Francisco corrieron por todo el campo. Y llegaron para verla los vecinos, los hermanos, los compadres, los amigos, etc., etc. La Prebis fue la nota social durante aquellas navidades. Ya Prebisteria no lavaba por paga, ya Prebisteria no planchaba por paga, ya Prebisteria no se acostaba por paga, ahora Prebisteria se encontraba zaratacos a los vecinos de Guaco.

Sin embargo, felizmente para ella, a los tres días apareció por su casa, para verla y recordar, Andrejulio. Este se apoderó de Prebisteria y de un radio de transistores que ella compró para su hija. El radio los unió más, oían las estaciones de la república, con preferencia las de la capital, y por onda larga las de Aruba o de Bucaramanga, y gozaban sobre un catre los programas de peticiones. La Prebis dijo que era fan de la Montiel.

Y el sargento Valenzuela hizo que le dedicaran "Bésame mucho" cantado por Sarita Montiel, y si no había interferencias, a

Andrejulio le interesaba oír las verdades que decía Fidel desde

La Habana. Cuatro días después ella encargó, como el que tenía en Nuevayork, un box-spring, y claro, claro, jayayay, tía, qué lujo! Botaron el catre de tijera, y, claro, claro, se hizo más confortable el sueño, oír la radio y alargar las conversaciones, etc., etc., pero ella no estaba tan feliz porque para eso yo trabajo overtime y ahora eso de que mi hija no viva aquí no tiene perdón, y las tantas cosas que le traje a mi Calandria y a sus hijos, y los de aquí se regustan diciéndome que baila en un cabaret de la capital. Creo que hice mal dejándola sin bautizar. Cosas del demonio, quién sabe. Todo fue como un relámpago, el cura tomó el hisopo lleno de agua bendita en una mano y en la otra el boleto del civil, te dije que fue como un relámpago, le tiró el boleto a mi compadre y mirándonos con ojos de cuyaya vieja, gritó: eso no es de gente, y la dejó sin bautizar. El cura se sintió ofendido con el nombre: Calandria era nombre de pájaro, no de gente, ni estaba en el almanaque.

Calandria. Por ella había hecho esos sacrificios de trabajar overtime para venir, para traerle de todo. Algo conmovido, Andrejulio la invitó a que viajaran a la capital. ¡Ayayay, tía, qué fracaso! El chófer volvió al volante seis veces después que los polis de carretera registraban el equipaje, y tanto él como Andrés le explicaban que la Prebis no tenía cédula al día porque residía en Nuevayork. ¡Andrés, Andrés, Andrejulio, cómo me trata la vida! Aquellos madrugones para no caer en el troubel, que es como si majaran o te quitaran el aire, y en el coche bajo tierra agarrada a una correa camino de la manufactura, y hasta tres docenas de sábanas diarias para la Canón, y si son fundas hasta seis docenas, y cuando termino me levanto y cierro la máquina y pienso que voy a desplomarme, pero, Andrés, money, very mucho dinero, y de regreso tú y la Calandria en mi pensamiento, esa hija que sacó algo de mí, ¿me recuerdas, Andrejulio, antes de gastarme así y perder mi lozanía?, ¿recuerdas, Andrés, lo que me pasó contigo en el barranco?, a veces creo que tengo un libro de registro en la cabeza, ¿dónde se va todo ahora? Ay, hijo del alma, las penas me van apagando y gastando el cuerpo y la Calandria bailando en un cabaret, y tú más indiferente ahora, solo te quedas media noche en el spring por temor a esa otra que te pare los hijos, o por miedo a la guerrilla con que asustan radios y periódicos, y pensar que dentro de diez días tengo que tomar el avión, ay, Andrés, ese avión para quí parallá y subebaja a lo loco y yo con el cuerpo tan adolorido y los huesos que pensaba iban a decacararse.

Andrejulio cumplió la promesa y llegaron a la capital, era tan difícil llegar a Villa Duarte como en los días de la revolución. Allí estaba el cabaret donde bailaba Calandria, allí una amiga le cuidaba los muchachos, allí, allí... Y aquello de Andrés no dejan pasar, Andrés yo quiero pasar, Andrés, mi hija. Pero vino un poli y otro poli y otro poli y la gente fue retrocediendo. La Prebis hizo una señal al que tenía más rayas, le pasó diez pesos de regalo y el paquete con la dirección: Llévele todo eso a Calandria. Los trajes son para ella y los jerséis para los niños. Dígales que nos veremos el año que viene, aunque tenga que venir nadando.

Cuando regresaron a Guaco la radio de trans le aclaró lo de los registros y lo del cierre de Villa Duarte. El noticiero lo explicaba claro: "Por la mañana hubo detonaciones cerca de Puente Seco, próximo al farallón, donde un regimiento completo atrapó a Amaury. Luego, a las 10, en la Duarte arriba, cayó el Tuerto, presunto miembro de una banda de atracadores". ¡Ayayay, tía, qué viaje más, más...!

La Prebis resolvió no volver, en su país tenían que poner orden los americanos, tenían que dirigirlo todo los americanos. ¡Tía, ayayay qué loca! Pero tres años después, gastada fisicamente por el trabajo, calor o no, lluvia o no, nieve o no, lava, plancha, corre, cocina, el troubel, etc., víctima de una depresión nerviosa la devolvieron a su país. A ella que había gas tado todas sus fuerzas en la manufactura de los americanos. ¡Ayayay, tía, "remember" te mandó Prebisteria Sánchez!

 

Aída Cartagena Portalatín

(1918-1994)

 

 

martes, 21 de abril de 2026

La fértil agonía del amor - Marcio Veloz Maggiolo

 

La fértil agonía del amor

 

Emilia me miraba de reojo, y con sus grandes silencios me envolvía como en una atmósfera de polvo y nubes densas. Entonces el sudor me chorreaba por las caderas, y debajo de mi impecable traje de gabardina a rayas percibía el cosquilleo de las gotas, rodando, asustadas, y ahogándome en una humedad casi de río revuelto, de arroyo en penumbras, de sombría catarata cuyo origen no era sino el deseo.

Hube de sentarme muchas veces en mi escritorio de funcionario cabal para admirar su perfil, sus piernas carnosas y rectas a la vez, sus muslos azules, o verdes –n o sé–, que imaginaba como cubiertos de un barniz brillante y transparente. Pero lo que más me enervaba era sentir su respiración cargada de jadeos cerca de mis oídos, cuando me traía, con manos temblorosas, los oficios, las cartas, toda aquella montaña de papel que preparaba cotidianamente para que yo firmase con una paciencia de cartógrafo, y con indudable mirada de burócrata que debía olvidarse del amor por la mujer del compañero.

Estaban separados desde hacía largas semanas; no sé por qué en ese momento pensé en la pobreza de su matrimonio, en su agrio sentido de la realidad. Me vi de pronto atraído por sus grandes ojos color ciruela y por una boca que, sin ser carnosa, tenía justos los límites de almendra madura que tienen las bocas que emergen desde las novelas de las revistas de moda. Desde que miré con interés sus manos largas y coloreadas con uñas perfectamente esculpidas, pensé en caricias, en informales besos, en madrugadas furtivas. Pero todo ese mundo imaginario se reducía a un silencio que se congelaba cuando había la oportunidad de expresarle una frase galante, un piropo; esperaba la "coyuntura", como dicen los políticos de izquierda, pero cuando esta aparecía, mis instintos reculaban, l1enándome de un deseo insatisfecho que me hacía agonizar cada mañana, en los momentos en que sentía el ruido de sus dedos sobre el teclado y el ruido de sus palabras confusas y abigarradas agolpándose en mi oído, en mi imposibilidad de siquiera tocar una de sus manos.

El deseo se fue haciendo obsesivo. No podía concentrar mi actividad. Las llamadas no tenían sentido si junto al teléfono no estaba Emilia. (Me miraba con ojos terriblemente ansiosos. Yo que iba a decirle: era en verdad mi jefe; tan impecable, tan vestido siempre de azul; con esa inteligencia que atrae el amor de las mujeres como si el hombre fuese miel y el amor abejas girando. Yo repetía su nombre por las noches... Gabriel, Gabriel, y sabiendo que traicionaba la memoria de Juan, lo hacía. Cuando me acercaba con las manos llenas de papeles para indicarle donde debía firmar los formularios de capias azules o rasadas, pensaba que su timidez lo llevaría al descalabro. ¿Pero y la mía? Muchas veces, antes de mi separación de Juan, pensé en darle un beso, así de repente. ¿Pero cómo reaccionaría un hambre circunspecto y tan formal? Sabía perfectamente que su mirada no era la de un amigo. Además –y esto es importante– sus mejillas se sonrojaban can frecuencia, y yo, como mujer que he sentido el amor y que he visto tantas mejillas sonrojadas, sabía que él deseo le llenaba los sentidos).

Aquella mañana llegué temprano. Emilia llevaba zapatillas doradas, no precisamente las que debieran usarse en las oficinas. Miré su tobillo derecho y descubrí un lunar; una mancha azulada, muy bella, que parecía flotar sobre una piel suave, untuosa, cálida quizás. Me quedé mirando fijamente aquella mancha en la que comenzaba el misterio de un cuerpo que sólo Juan conocía plenamente. Largo tiempo estuve ensimismado en ese lunar que me ayudaba a construir, con imaginación temerosa, los muslos brillantes; los senos que flotaban casi en el aire cuando Emilia llegaba en las mañanas con ese perfume cama de palmeras en flor; el ombligo profundo, que imaginaba como un pozo de mieles y azúcares. Miré esa mancha y la mancha comenzó lentamente a desaparecer. La vi difuminarse como esos cuadros que se deshacen, se disuelven, en las películas de Bertolucci; como esas nubes claras que de tanto estirarse se convierten también en azul del cielo, en recuerdo de manchas casi transparentes. (Me miraba profundamente. Ahora, tal y Como lo hacía desde semanas atrás, clavaba sus ojos en mis manos, en mi cuerpo, en mis labios. Era un tipo de fruición que me hacía sentir orgullosa y molesta a la vez. No era la mirada dura y persistente de Juan, aquella mirada que sólo tenía sentido si el futuro inmediato era el lecho, esa cama grande y cuadrada en donde nos desahogábamos con mecánica frecuencia. No. Los ojos de Gabriel caían pesadamente en mis encantos haciendo fuerza sobre ellos, absorbiéndolos, si absorbiéndolos, porque yo sentía sobre la piel ese Cosquilleo que comenzó siendo como una caricia y que posteriormente tomó a transformar el mundo de nuestros alrededores). Vi el lunar desaparecer. Aquella tarde me quedé pensativo. Aunque revisé en casa los papeles que Emilia había ordenado, deseaba seguir viéndola. Quería trasladarla a mi habitación, seguir contemplándola intensamente, hasta colocarla dentro de mí, hasta convertirla en algo así como una parte de mis situaciones. Su foto, conseguida del periódico cuando cumplió los 24 años, no me servía de nada. La había colocado cerca del pequeño florero que adornaba mi habitación, en el mismo marco en que estuvo la foto de Odilia, mi penúltima amante. Comparaba este amor nuevo, este amor lleno de incomunicaciones con el de Odilia, gritón y miserable, y comprendía las dificultades que se me presentarían. Decía Odilia que la mujer era como una gata rabiosa, porque cuando el deseo la atenazaba, preparaba las garras y se daba por entera agrediendo al hombre que amaba; pero con Emilia no sucedía lo mismo. Mi silencio y ese deseo reprimido eran como el reflejo del propio ser de Emilia. Yo esperaba que ella diese el primer traspiés, la primera oportunidad. Cuando la llamaba por teléfono ciertas noches con la intención de invitarla a cenar, preparaba de antemano los argumentos que habría de utilizar; le diría que me sentía solo, que sabía que también ella lo estaba, que deseaba discutir con ella, fuera de las horas de oficina, algunos problemas personales, porque le había tomado gran confianza, que luego de la cena daríamos un paseo en el automóvil, y que más tarde hablaríamos de importantes proyectos. No le haría ver que una vez hecho ese primer contacto la llevaría a bailar y a tomar algunos tragos en La Fuente, en el Maunaloa, o en cualquiera de esos centros festivos en los cuales es posible hablar al ritmo de orquesta. (Me miré el tobillo cuando el agua tibia y dulce rodaba por mis piernas aquella mañana y noté la desaparición de la mancha heredada de mi madre. Era una mancha de familia. Juan me decía que era lo más bello de mí. Pero desapareció como por encanto. Mi abuela también la tuvo). Mis llamadas telefónicas, sin embargo, se convertían en contactos y conversatorios sin objetivo; pronto perdía el sentido de todo cuanto había planeado, y durante largas horas conversaba con Emilia de proyectos futuros, de posibles aumentos de los precios del petróleo, de los nuevos maquillajes Max Factor, marca que ella utilizaba aunque no era la más cara ni la más elegante. Se me iba la vida en ese esfuerzo mental que precedía a mi intención de romper la barrera y lanzarme sobre Emilia para siempre, sin embargo, me detenía el terror de verla decir no. Ese día de abril, si mal no recuerdo, me miré el tobillo derecho y vi en él la mancha azul de Emilia. Un lunar similar al de ella se había apoderado de mi pie derecho. Quedé estupefacto. (No dije nada. Pero comenté con Gabriel, mi jefe, la pérdida del lunar. Los lunares se heredan, son el resultado de viejas leyes de la herencia). Cuando me lo dijo ya lo sabía. No quise señalarle la coincidencia. Hubiese podido informarle que a mí me había salido una mancha similar a la de ella, y precisamente en el mismo sitio. Pero hubiese producido terror en su temperamento frágil; o tal vez ello hubiese permitido una profunda conversación sobre lo penetrante del verdadero amor y abierto las puertas para un entendimiento, para unas relaciones que en su imposibilidad me llenaban de angustia. (Es que a la mañana siguiente me sentí mal y no quise ir a la oficina. Gabriel me llamó. Decía que mi imagen no podía separarse de su cabeza, que era realmente una obsesión de trabajo el pensar en mí y el buscar mi ayuda en cada momento. Yo pude decirle: no Gabriel, lo que sucede es que estás enamorado de mí y no tienes el valor de expresarte, entonces me miras con esos ojos negros y con ese ardor que no te deja concentrarte…).

Y es lógico que suceda, la presión psicológica ha sido fuerte. Yo creo, doctor, que estoy cambiando profundamente. Me parece que no bastan esas explicaciones, porque no sólo es cuestión de haberme enamorado, sino que quiero a esa mujer, y no tengo modo de expresarle cómo la quiero. (Por la tarde del miércoles 15 de abril Gabriel me ha llamado. Mi certificado médico ha estado unos cuantos días en el gran escritorio, porque tampoco él ha asistido al trabajo. Carola, mi sustituta, me ha dicho que aún no envía un certificado, como lo he hecho yo. Sin embargo, en sus llamadas intensas y agobiantes, Gabriel no me dice ni me pregunta sobre nuestra mutua distancia, y sobre el coincidente alejamiento de la oficina. Debería decirle claramente que mis manos se han hecho gruesas de improviso, que mi pie, casi infantil, se ha hecho casi pie de hombre, con vellos y sudores fríos; que mis cejas han crecido de pronto, teniendo que afeitármelas para volver a dibujar sobre el arco finas cejas de mujer. Juan me ha llamado esta tarde para el intento de un arreglo. No me he atrevido a decidir nada; mi mundo comienza a dar vueltas y estoy perdida como en un marasmo, y Juan ni siquiera lo comprendería; estoy segura de que sería feliz junto a Gabriel, pero lo mismo que a él, una timidez terrible, devastadora, me acosa, y sólo puedo tenerlo en sueños, cuando reacciona mi espíritu y 10 veo posarse sobre mi como una mariposa, y acariciarme y hacerme el amor con la mayor de las suavidades del mundo). He notado en Emilia como un dejo de tristeza, y no dudo que su ausencia de la oficina se deba a mi retiro por unos días hasta poder dar con los motivos y resultados de este cambio. Hoy he observado mis manos y casi son las mismas de Emilia. Si me dejase crecer las uñas y usase uno de esos pigmentos para decorarlas no habría diferencia. Las paso sobre mi cuerpo, sobre ciertas partes de mi cuerpo, imaginándome qué sentiría si estas manos fuesen las de Emilia realmente. Ello me produce una extraña sensación, porque cuando cierro los ojos, son esas manos algo diferente, y siento, al posarlas sobre mis sentidos, como si estuviesen fuera de mí, con la terrible certeza de que lo que siento es, precisamente lo mismo que sentiría Emilia al hacerlo.

(Entonces reconstruyo aquellos momentos, y creo que sería imposible acariciar a Gabriel con estas manos rústicas, con estos dedos que no son los míos, con estos labios que se han ido poniendo duros, masculinamente duros, y con los que besaría a Gabriel a pesar de todo. Ayer ha sido un día insólito; Juan ha venido, ha tocado esa puerta, y entrado. Me ha mirado con asombro: –¡Has cambiado mucho en poco tiempo, Emilia!, me ha dicho. Le he contestado que mi corazón se entrega lentamente a otro hombre, que ya no me interesan sus propuestas, y que el cariño que sentía por él ha terminado definitivamente. Entonces ha tomado mis manos con un gesto de amor, con ademán de reconciliación, y estas manos ahora rudas se han zafado violentamente de las de Juan, acobardadas, porque son como manos de hombre, que no quieren sentir tacto de hombre. Las he pasado por mis cabellos y he tenido la sensación de que Gabriel ha puesto sus dedos sobre mi frente, y he llorado, llorado mucho, pero mis propias manos me consuelan, porque las hago recorrer mis mejillas pensando que Gabriel está aquí, junto a mí, diciéndome por fin que el amor nos hará felices) .

Salir o no salir. Esta mañana me miré al espejo y supe de improviso que había tenido a Emilia para siempre. Ya no sólo eran sus manos, sino sus senos, sus dientes; yo mismo era ella, y ella era quien desde el espejo me miraba coquetamente. Sólo dos semanas habían sido suficientes para que mi pensamiento la interiorizara de tal manera que sus atributos pasaran a ser parte de mí. (Quise salir y no pude, Gabriel estaba en mí, vivo, atento, como un viento de la noche que acecha tras el ventanal. Mis labios sintieron el nacimiento del bigote azulado; soñé que me enamoraba de mí misma, porque Gabriel era yo, y yo era Gabriel, sudaba, temblorosa o tembloroso, por así decirlo, porque mi sexo comenzaba a cambiar. No le había dicho nada, pero la última vez que conversamos nuestras voces se transmutaron al punto de que cuando le hablé emití el sonido de su propia expresión sonora, dulce, la expresión del jefe administrativo que me miraba con fruición las manos y que soñaba con mi garganta, y que pensaba en mí –ahora lo comprendo– con deseos profundos de tenerme). Esa tarde me decidí. Sabía, casi intuía a ciencia cierta lo que había pasado con Emilia. Aquellas conversaciones, aquel cambio de carácter, aquel hablarme del amor del hombre por la mujer, cuando yo debía haberle dicho a ella lo del amor de la mujer que el hombre debe sentir siempre; aquella confusa sensación de ardor en los labios cuando la brisa fresca de la noche me reemitía al recuerdo, y aquel desear que el recuerdo se invirtiera, y que ella fuese, realmente tan asustadiza como yo, y yo tan tímido como ella. Todas estas sensaciones me decían que cada uno había pasado a formar parte del otro. Ella era él, es decir, yo; y en cambio él era ella, es decir ella, porque comenzaba a desear el nuevo encuentro, el encuentro de seres cambiados, trocados por el amor. Hasta qué punto ella me reconocería en él, y hasta qué punto yo me reconocería en ella. Debíamos resolver cuanto antes el enigma, vernos desde el otro sexo, desde nuestra nueva realidad vital, desde nuestra nueva manera de afrontar la vida. El encuentro inicial – después de las forzadas vacaciones– nos haría trazar la estrategia, la estrategia final, porque al fin y al cabo tendríamos que seguir viviendo. Vi esa nube, y pensé en mi manera de ver la vida; pensé en mis ropas de hombre ahora inservibles, y en sus ropas de mujer; en sus viejas modas –porque se hicieron viejas en solo horas–, y pensé – lo mismo que yo– en el encuentro, en esa necesidad. Entonces –ambos a dos–, y dentro del más gris de los silencios, hicimos la cita. Emilia me enviaría al apartamento uno de sus mejores vestidos, aquel del escote, le mostraría el comienzo de mis senos, y llevaría un tinte de labios encantador. Yo le devolvería con el mensajero mi traje azul a rayas, ese que huele a lavanda y que le hará quedar convertido en un caballero con suficiente garbo como para atraer la mirada de quien es ahora mi propia encarnación. Entraremos a la oficina uno después del otro. Nadie notará que hemos cambiado; yo llevo su lunar en mi tobillo, y ella lleva mi bigote y mi tibio pene que ahora comienza a conocer, lo mismo que yo poseo su sexo azulado, de lacias trencillas y carnosas empellas. Se sentará en mi escritorio. Me sentaré en su escritorio. Me aposentaré como una mariposa en su silla giratoria de secretaria eficiente. Se sentará en mi antes sillón de ejecutivo. Nos miraremos. Simplemente miraremos desde el forro de las cosas. Ella mirara en mí su viejo retrato, y levantaré lentamente la falda para mostrar su tobillo, aquel que dio origen a mi inquietud, y será entonces cuando ella, tan tímida como yo, verá difuminarse de mi pie el lunar azul, y sentirá en sus carnes de hombre emerger esa mancha... y poco a poco hablaremos de amor, y todo habrá de ser como antes. Y pasará el amor, porque todo tiene que pasar. Y nuevamente estaremos de vacaciones, cambiando constantemente, buscando ser el uno para el otro de manera terrible, de manera infructuosa, pero siempre en la agonía de hacer realidad el amor.

 

Marcio Veloz Maggiolo

(1936-2021)

 

LA CARNADA - Hila Contreras

 

LA CARNADA

 

Una esquina en San Francisco de Macorís, próxima a la iglesia católica. Una esquina quieta, como garita de centinela en la vía empolvada que es calle en el pueblo y carretera a través de los campos. Puesto de observación, ojo del barrio de múltiples pupilas, una sombra alcahueta para los desocupados que charlan con la vista extendida sobre la perspectiva copuda del parque y un descanso para el caminante.

En ella hace alto un viajero. Viene descalzo, con pantalón de fuerte azul arremangado. Oscuro y crespo. En la mano una funda listada de vientre deforme y en los brazos, un bulto. Trae calor. Un calor de kilómetros recorridos a pie. Del bulto sale un lloro de bebé. En cuclillas, el hombre da libre curso a su extrañeza. Para su cerebro –que ahogan las brumas de la ignorancia– es algo inexplicable el llanto del niño.

—¡Usté ha visto! –se queja a dos asiduos de la estratégica garita–, dende Rincón no ha parao de jimiquear.

El día no pasa de media tarde, pero el tiempo nublado y tenso de electricidad amenaza lluvia.

—Cuidado si ese niño tiene hambre– insinúa la pupila estudiantil de ese ojo sin sueño que es la esquina.

—¿Hambre?… Asina como usté lo ve, este bicho ha tragaó ma pan que el caray, ya ni an lo quiere.

El estudiante se inclina y examina al niño que patalea y se desgañita entre los dobleces de una sábana.

—Amigo –dice–, ese niño tiene hambre, hambre de leche, y si no tiene hambre, le hace falta su madre.

—Y malo que tá…

—¿Malo, por qué? ¿Es huérfano?

—Como si lo fuera… Se lo robé a la may.

—Eso se llama meter la pata –sentenció el compañero del estudiante–. ¿Y qué va a hacer con esa criatura ahora?

—Me va a servir de carná pa pescar una mujer.

Los contertulios de la esquina celebraron ruidosamente la respuesta del secuestrador. Mientras, el llanto del niño había subido de tono.

—¿Te va a callar asimplao?

—Pero algo tiene ese niño –impacientose el estudiante–. Regístrelo.

El hombre desenvuelve al niño, lo palpa y pregunta al fin:

—¿Tú quiere dir al monte? ¿Eh? Ve a ver…

La risa discreta de los dos amigos tremoló en el aire gris.

—E´ que él no tiene pacencia pa liriarlo –opinó un campesino recién agregado al grupo.

Entretanto ya el viajero había despojado al bebé de su camisita y lo instaba a confesar sus necesidades.

—¿Eh? Ve a ver bien… ¿Tú quiere dir al monte?

—Oiga –dijo el estudiante–, mejor será que atraque el paso porque va a llover.

—En eso mesmo taba pensando yo –confirmó el campesino–. Aguacero machucho que horitica cae.

—Déjelo caer, que pa eso cogí la sábana ma grande.

Como el hombre echa a andar con el niño desnudo en los brazos, el estudiante manifiesta sus temores.

—Se le va a resfriar, hombre de Dios. Mire que ya sopla brisa de agua.

—No se apure tanto, compay –contestó el viajero–, que asina como usté lo ve e ma fueite que un cancle.

***

Berto iba pensando camino de Pontón. Saboreaba su venganza. Sentíase fuerte y satisfecho en medio del cerrado bombardeo del aguacero. Así se hacía… La misión del macho es dominar a la hembra, vencerla y tratarla como le venga en ganas. ¿Qué derechos asistían a Elisa para repudiarlo después de haberle dado ese hijo?, sí ¿qué derechos? Querer a una mujer determinada es un favor que se le hace, pero no hay bicho más ingrato que la mujer. Ella está ahí para entregarse, para servir, para agradecer, y sin embargo Elisa se resistía, se negaba después del nacimiento del niño. ¡Porquería de mocoso! Era incomprensible… ¿Y por qué?, sí ¿por qué?… ¡Ah, ya! Porque le había pegado, ¿y eso qué? ¿Acaso no había Berto zurrado otras mujeres que se morían por él? Esa parejera de Elisa la domaría él… Después de todo qué son dos fuetizas ¿no había descuidado su café? y ¿no se encontró un día con el fogón apagado, sin un plátano siquiera? ¿Y cuál fue su excusa? Una estupidez: algo así como que entraba en el mes y no podía con su alma. No eran más que fisiqueras. ¡Je!, ya lo creo que la pela sirvió de algo. Se vio mal es verdad y fue necesario hospitalizarla en La Vega, pero al menos esa dramática entrada en el noveno mes le precipitó la salida. Era un mes economizado. ¿Y después? Después… Elisa le cerró las puertas tras haberlo hecho prender, se negó a recibirlo. ¡Ah…! ¿Conque el hijo podía más que él? A Berto no lo plantaba ninguna mujerzuela vieja. Se vengaría. Buscó la manera de hacerla suya de nuevo, se torturó el cerebro ignorante sin encontrar nada fuera de la violencia. Elisa se quejó a la Policía, y él, ante el ruido de las calabazas, huyó. En Pontón, inclinado sobre el conuco, concibió su plan y al cabo de algunos meses volvió a La Vega, a su trabajo de peón. Peón había sido en Macorís también, pero La Vega le gustaba más a causa de Elisa ¡y tan malagradecida! Cuando le fracasó el intento de reconquistarla por medio de los celos, decidió quemar su último cartucho. Así, se deslizó en la pieza en ausencia de la madre y se robó al mocoso, que juzgaba culpable de su humillación. Berto rió triunfalmente al imaginarse la cara de Elisa ante el catre vacío, en que momentos antes el niño dormía su sueño inocente de criatura inerme.

El aguacero lo calaba hasta los huesos, lo helaba. De repente oyó el llanto del niño. Había llorado todo el camino sin causa aparente; ahora siquiera sería de frío. Porque hacía frío y mucho viento. De la sábana corrían largos hilos de agua y el niño se desgañitaba en un lloro desesperado. Berto Pensó entonces en calmarlo.

—Cállese, compay –consoló al acurrucarlo mejor en sus brazos chorreantes–, cállese que horitica llegamo. Mire que su pay no tiene mucha pacencia.

Media tarde otra vez. Una media tarde lloviznosa y triste, porque era octubre y en octubre llueve mucho. Un rancho en Pontón. El rancho en que viven la madre de Berto y su hermano menor. Piso de tierra, techumbre de yaguas, paredes de tablas de palma. Dos piezas. El dormitorio está oscuro. No lo ventila ninguna ventana. En el catre mugriento duerme una criatura. La vieja María acerca un candil a la carita y la contempla largamente. Es su nieto y se le muere. Muchas fricciones y muchos bebedizos le han dado sus manos callosas y arrugadas, pero ha sido inútil. El niño de Berto se muere; lo carboniza la fiebre.

Sus hijos fuman sendos cachimbos en la otra pieza, y la vieja se llena de angustia. Todo lo ha hecho. Toda su ciencia de curandera se la ha prodigado ¿qué hacer?…

El mal tiempo arreció. Grandes ráfagas levantaban las yaguas al pasar, soplando por cada rendija un temor. En el camino se quejaron los frenos de la guagua. Un segundo después entraba Elisa en el rancho a medio mojar. A su vista Berto se levantó, la pipa en la mano y en los ojos una llamarada de triunfo. El peje había mordido en la carnada.

—¿Dónde está mi hijo?

La pregunta fue formulada airadamente, con cierto tono amenazante que encendió la cólera del hombre. —¿Qué te crees tú? –prorrumpió, dando un paso hacia Elisa–. Aquí mando yo y puedo aplataite de una tabaná… ¿Y quién e el pay de ese mocoso, yo o el Espíritu Santo? mujer que quiera ver mi hijo tiene que ser mía.

Elisa lanzó un juramento y luchó por desasirse de la mano que le destrozaba el brazo.

—Déjala, Berto –rogó la madre desde la pieza vecina–, el niño se muere.

Berto la soltó, súbitamente impresionado.

Arrodillada ante el catre mugriento, Elisa sollozaba.

—¡Mi probe angelito!… ¡Mi probe angelito!

El bebé parecía dormir con su dulce boquita entreabierta. Y su mamá, aterrada, le clavaba los ojos encima sin atreverse a tocarlo, como si temiera romper el hilo de su vida agonizante con la aspereza de sus manos de planchadora.

—Vamo a friccionarlo otra vuelta –propuso la vieja.

Sus dedos expertos comenzaron a frotar con mixtura de hojas el cuerpecito regordete del enfermito, semejante a un muñeco de lustroso chocolate. El niño no reaccionó. Toda la noche estuvieron velándolo. Al apuntar el alba, Elisa gritó y lo tomó en sus brazos, cubriéndolo de besos y de lágrimas. La vieja encendió las velas, la ayudó a amortajarlo y continuaron velando entre cánticos.

A la mañana siguiente, el hermano de Berto clavó la tapa de la rústica cajita. Los hombres montaron a caballo.

—Yo lo llevo –dijo Berto, ocupado en calzarse la espuela en el pie desnudo.

—Tú no lleva ná, te llevarán –bramó Elisa al descargar inesperadamente el machete sobre la nuca del hombre agachado.

Berto intentó erguirse. Cortóle el movimiento un segundo machetazo.

Hubo un rebullicio de mujeres que gritaban y jinetes desmontados que acudían. Desarmaron a Elisa enloquecida, pero demasiado tarde. Berto expiraba tinto en su propia sangre, con sólo una mano y desnucado.

Cuando la interrogaron en el Tribunal, Elisa dijo simplemente:

—Haga lo que le dé la gana, Señor Juez, pero yo no me arrepiento de ná, porque si mi muerto e´ ma grande, hay que convenir que su crimen le gana al mío en maldá. Dígame, Señor Juez ¿qué culpa tenía mi probe angelito? Que le diba a servir de carná, dizque…, po el peje se jondió al pescador con línea y tó. Berto era un cobarde y lo cobarde se matan asina, con su propio machete… y últimamente y sin que sea una ofensa: si yo lo dejo vivo, ¿qué le hubiera usté hecho?…

 

Hilma Contreras

(1913-2006)

 

lunes, 20 de abril de 2026

Guanuma - Néstor Varo

 Guanuma

 

 

 

El llano verdeante está frente a los altos piramidales de Guanuma. Entre los cerros el camino alargado hasta perderse a la vista es sitio frecuente de "propios y recueros" que pasan cantando bajo espléndida luna o abrasados por el sol de fuego que hacia el mediodía se prodiga en los lugares. Es camino con historias. Unas recostadas sobre la habladuría de los compadres y otras inverosímiles y crueles, aferradas a la noche del viajante con luciérnagas y duendes que espantan el silencio.

 

Badalillo es solamente un manso hilo de agua que sesea en el llano antes de hundir la cola en Charcambrienta, celosa laguna con la pupila de aguas azulosas y el fondo lleno de fango asesino.

 

Los lugareños de los altos piramidales de Guanuma bajan al llano por el afán y las urgencias. En cada rezongo del potro cansado se agrietan, al igual que en un ladrillo machacado, la esperanza y el querer vivir mejor de los hombres que trabajan la tierra alta de Guanuma.

 

Pero después de todo, con afán y con urgencias, el llano del frente es verdeante y por él, antes de perderse entre las lomas, pasa el Pancho Valera mentao, macho sin entrega y sin lunares, varón de la madrugada y de los amaneceres; con una sonrisa para todos los días y un alegre cancionero en la mochila.

¿Quién es el Pancho Valera mentao?, parecen preguntar los truenos que resuenan a lo largo del cielo de Guanuma. ¿Será uno de esos que detienen aguaceros con cruces de cenizas y señales de oración, o será un "parejero" con sombrero de cana que hace sonar las espuelas al pasar ante los ojos de una mujer?

 

Más que al trueno los lugareños le temen al rayo que no da tiempo a morir con oración. El Pancho Valera mentao ha visto morir a su lado a "propios y recueros" fulminados por los rayos que le temen a él, que tiene arreglos con el "socio" y viaja en la noche con la sonrisa de siempre y el cancionero madrugador.

–O–

Sol muy alto el de esta tarde. Supremo vigilante del Alto de Guanuma. La voz del "socio" se anuncia en un trueno lejano que cruza veloz por todo el cielo asustando las nubes. Con el favor del sol la figura de un jinete comienza a escalar el alto. Detrás de la sombra rueda discreto un inmodesto cantar:

Pancho Valera es mentao

En el Alto de Guanuma;

No le importan pareceres,

Ni come en plato prestao.

Su sonrisa es de caimito

Y el maldito es bien plantao;

Usa sombrero de cana

y espolines plateaos...

 

El caballo conoce el terreno que pisa y parece que cuenta las piedras del camino. Se sabe bien enjaezado y ya quisiera soldar su figura de bronce animado a la de su erguido jinete, que va siendo legendaria.

 

Frente al rancho de Ceferino Constanzo un relincho sugiere la presencia de la hembra esclavizada al cabestro. La brida se estira junto al cuello de la bestia y sangra la boca de donde partió el relincho. El Pancho Valera mentao palidece antes de musitar respetuoso:

– Buenos días, Don Cefe.

Para oír solamente, un seco:

– Buenos días, Valera.

 

Estampa fuerte ésta del encuentro del Pancho Valera con Ceferino Constanzo. Lejos de parecer contrito respetuoso, Ceferino Constanzo es altivo y clava su mirada de fiera en el hombre que tiene arreglos con el "socio" y llama Relámpago a su caballo. Pálido hasta parecer febril, el Pancho Valera hunde sus espuelas en los ijares del caballo y se aleja, dejando a su espalda un hálito de misterio que se acuna en el silencio. En el silencio ilímite del Alto Guanuma.

 

En el alto, apenas si hablan los lugareños. El sol acabará muy pronto su tarea y luego vendrá la noche. Sobre los árboles caerá un rosario de avemarías y todos los vecinos se persignarán y pedirán clemencia a las ánimas. El camino quedará borrado durante toda la noche y abrirá sus precipicios a la voluntad de los duendes. En el pico de Santa María la lechuza dirá su deseo y, en el instante, en el "casi ya" de los vecinos, se oirá un grito largo, adolorido, proferido por los difuntos.

 

¿Quién anda en la noche en el alto de Guanuma? Sólo el Pancho Valera mentao es capaz de recorrer todo el lugar, porque es amigo del "socio" y le tiene el alma vendida a por unos cuantos placeres; sólo él con un farol pintado de rojo, irá cuesta arriba y cuesta abajo con los ojos desorbitados como le gustan al "socio"; sólo él es capaz de asomarse a los caminos en las noches largas del Alto de Guanuma.

 

Los vecinos imploran al sueño que les haga olvidar las historias llenas de duendes que recorren todos los caminos. Si ocurre algo, que sea con Valera, el varón del sitio, el de los espolines de plata y el sombrero grande de cana.

 

– El padre de todos los cuentos es el mismo Valera – informa una voz en el rancho que está frente al pico de Santa María.

 

–  No diga eso, Don Cefe – contesta alguien desde un rincón cuajado de sombra espesa.

 

–  El Valera es hombre de cuidado. Tiene las mismas cosas de Badalillo, coquetea y coquetea, y si uno le coge confianza lo empuja pa' la laguna. Yo recuerdo el lance que tuvo en Mata María con el Negro Trinidad. Los dos dizque eran buenos amigos, y hasta bebían tragos de la misma botella; pero vino la mala -el "no te mereces mis atenciones", el tú o yo en este sitio- y cuando el Negro Trinidad quiso aclarar el punto, ya tenía el acero en la barriga y los cuajarones de sangre le cerraban la garganta. Después... se vido al Pancho Valera, que entonces no era mentao, secar el cuchillo con el pañuelo, treparse al caballo impaciente y seguir sin rumbo como un pedazo del viento.

 

–  Esos cuentos los ha inventao él pa'cogerse el sitio, observen que cuando me mira se pone pálido. Pa'pleitos yo no tengo agallas, pero a este hombre no le temo – replica con bríos Ceferino Constanzo.

 

– Pues a mí... que me reviente la rueda de una carreta en el camino o me parta un rayo en el conuco, pero eso de tener líos con un amigo del "socio" y quedarse uno sin una tumba en el cementerio no me parece negocio. La otra noche lo vieron hablando con el "socio" y cuando se dio cuenta de que lo miraban hizo una señal y donde él estaba parao lo que encontraron fue candela -comenta con lengua temblorosa Simeón, el higüeyano.

 

– A Ceferino Constanzo no le venden esa. Pa'mí tó lo que se dice de él es mentira. Si está condenao con el "socio" cuando menos a mí me respeta.

–O–

Amanecer distinto éste del Alto de Guanuma. Desde los cielos, luceros semiapagados miran hacia el camino irregular que se pierde entre los altos piramidales.

 

Las gotas de rocío dormidas sobre las hojas de los árboles ven pasar a los recueros recién salidos del sueño de la madrugada.

 

A lo largo del camino el silencio es divisa. Imposible pregonar la última ocurrencia. Todos los lugareños van contritos y azorados hasta donde lo exige el menester. La noche estuvo cuajada de sombras espesas y los perros aullaron como nunca. A medianoche se oyó en el sitio el galopar de un caballo magnífico y un grito prolongado, agorero.

 

Lentamente bajan del Alto de Guanuma hombres urgencias. En el decir, lleno de miedo, baja con ellos la que buscan en el favor del camino la satisfacción de las

última ocurrencia:

– El Pancho Valera mentao ya no vive en el Alto de Guanuma. ¡Se lo llevó el diablo!

 

Sobre el llano verdeante el viento silba un inmodesto cantar:

No come en plato de naide,

Y el maldito es bien plantao;

Usa sombrero de cana

Y espolines plateaos.

 

Néstor Caro

(1917-1983)

domingo, 19 de abril de 2026

EN DONDE SE TRATA DE LOS TRES CONSEJOS - Sócrate Nolasco

 

EN DONDE SE TRATA DE LOS TRES CONSEJOS

 

Un capitán del rey, que había venido a menos después de perder una pierna y arruinarse en guerra santa contra los herejes, desilusionado se retiró a un pueblo remoto a vivir con su familia. Tres hijos le quedaron de su difunta esposa. El último se llamaba Prudencio: Prudencio Pérez de Sandoval. De los otros dos se extraviaron las actas de nacimiento y se olvidaron los nombres. El día que el mayor cumplió 18 años el padre lo llamó aparte y le habló de esta manera:

–Hijo: esta población es pequeña, la nación grande, los años que he vivido muchos y pocos los que por vivir me faltan; lo cual me empaña la vista sin permitirme columbrar el porvenir de ustedes. Tan pobre he venido a ser que el día que muera no dejaré más que mi espada mohosa, un caballo de guerra que al envejecer se ha puesto barrigón, esta casa y… un nombre que el rey no recuerda. Has debido comprender que, aunque la casa es pequeña en ella todos mis hijos caben y ninguno sobra. Medita esta noche, que a veces la almohada resulta buena consejera.

Al día siguiente el joven se despidió, luego de aconsejarles a sus hermanos que velaran por el padre, y se fue por esos mundos de Dios a correr tierra. Después de quince días de caminar buscando trabajo en lugares diferentes llegó a la hacienda de un señor que tenía fama de rico, en donde encontró qué hacer por el tiempo que quisiera. Con mucho ánimo se dio a trabajar durante un año, al término del cual calculó que había ganado bastante dinero y pidió el arreglo de cuenta. Se la arreglaron. Lo curioso fue que el hacendado, al pagarle, como quien no dice nada le preguntó:

–Joven: ¿desea usted su dinero en oro, o en plata, o prefiere en cambio que le pague con tres consejos?

–Señor: –respondió el trabajador sin vacilar– sus consejos serán valiosos; pero seguramente no compensarán lo que gané para remediar las necesidades de mi familia: entrégueme inmediatamente mi dinero.

Se fue el trabajador contento y todavía tres días después iba pensando en la infeliz extravagancia de aquel hombre. ¡Miren que venirle a uno con mansergas en cambio de trescientos sesenticinco días de trabajar de seis a seis! Eso no se le propone ni al pobre de juicio que pretendió asar la manteca. Iba pensando así cuando al pasar frente a un caserío oyó voces, mientras venía a su alcance un caballero a quien le preguntó:

–Buen señor: ¿qué estará ocurriendo allí?

–¿Allí?… ¿Pero es que usted no sabe que hoy son las mejores jugadas del año? Allí están jugando gallos, dados y barajas, –respondió. Para allí voy y si usted quiere entraremos juntos y jugaremos en vaca. Yo… no lo digo por alabarme: no pierdo nunca.

Entraron, y el trabajador se asombró al ver la facilidad conque pasaban tantas monedas de mano a mano. Aunque él no sabía de gallos ni de albures, siguiendo los consejos del improvisado amigo, creyó fácil aumentar la suma que llevaba. Jugó, y en un dos por tres perdió cuanto había ganado durante un año. Intentaba volver atrás; pero pensando que no sería aceptado por el patrono a quien le había contestado con destemplanza, siguió su camino y llegó a la casa paterna sin un centavo y contando historias.

Cuando el segundo de los hijos, que acababa de cumplir 18 años, supo el fracaso del hermano mayor decidió a su vez ir a probar fortuna. Le pidió la bendición al padre, abrazó a los hermanos y salió sin rumbo fijo. Anduvo trece días de fundo en fundo, en vano. Al término de tres semanas llegó a la hacienda del rico. Llamó desde la verja y perros bravos vinieron a su encuentro. Ladraron tanto que tuvo el dueño que salir a ver si se trataba de un vagabundo o de un bandolero. De pronto confundió el propietario al nuevo trabajador con el que había tenido durante un año a su servicio. Lo aceptó. Era pundonoroso como el primero. Trabajó a destajo, sin perder día, durante tres años.

–Ya he ganado bastante para establecer un negocio y cambiar la condición de mi familia… –pensó– y le pidió al rico que arreglaran cuentas.

El señor no opuso reparo. Contó moneda sobre moneda la ganancia del trabajador; pero cuando este iba a tomar la suma extendió el brazo derecho y posando la mano sobre el dinero retardó la entrega y sin venir a cuento propuso:

–Joven: ha sido usted un buen servidor y quisiera favorecerlo. Me he preguntado y le pregunto si en lugar de esta suma, que no es gran cosa, no será mejor pagarle con tres consejos, que en momento oportuno puedan serle más útiles, y que me quede yo con el dinero.

–Señor: –respondió el trabajador abriendo los ojos– ignoro y no negaré la virtud de sus consejos; pero ni creo ni he oído decir que las necesidades se remedian con razones. Entrégueme lo mío y quédese con lo suyo.

Habló con firmeza varonil mirando de igual a igual al hombre que lo había exprimido sin miramiento durante mil noventa y cinco días, no comprendiendo por qué a la hora del pago pretendía confundirlo con uno de tantos estúpidos.

El hacendado, sin pestañar ni darse por ofendido, retiró la mano y afablemente despidió a su trabajador, obsequiándolo con una hogaza y una botella de vino.

El joven, asegurando el oro en su alforja, respiró como quien se salva de un peligro y emprendió el regreso. Después de tres jornadas de caminar lo alcanzó un jinete que iba en un alazán fogoso y entraron en conversación. Era de buen talante y de palabra desenvuelta, el caballero. A poco de ir juntos parecía un camarada.

–¿Adónde se dirige usted, amigo mío? –preguntó el desconocido. Redundióle que regresaba al pueblo… tal, después de tres años de estar trabajando.

–En la misma dirección voy yo. Seguiremos juntos, que por ningún camino largo es conveniente andar solo y por ese menos. Y puesto que conozco estos lugares, siempre aprovecho la vereda de travesía en cuya entrada estamos, porque acorta el trayecto en no menos de dos jornadas y porque de trecho en trecho habitan personas muy honorables. Tengo, precisamente, que pasar por la residencia de un compadre mío, rico ganadero. En su establo dejé un caballo de paso fino. En él podrá ir usted montado, que un joven de buena familia como se comprende que es usted, con solo mirarlo, no debe aparecer andando a pie por los caminos, dando ocasión a que lo confundan con uno de tantos peones. Hay que ponerse en el lugar que a uno le corresponde, compañero.

Entraron por la vereda. A poco de andar oyeron música de guitarra, güira, pandero y cantos bien concertados. El caballero refrenó, miró el sol, calculó la hora, y dijo:

–Tenemos tiempo. Dentro de un par de horas llegaremos a la casa de mi compadre.

Animándose y animándole, agregó:

–Compañero, me huele a fiesta… Entremos, gocemos, que a la ocasión la pintan calva, la vida es corta y hay que saberla disfrutar oportunamente.

Desviándose de la vereda llegaron a un fundo. A la sombra de espaciosa enramada varias parejas bailaban y cantaban. En sitio aparte dos hombres jugaban al naipe. El dueño del negocio les brindó a los recién llegados «un buen trago de anisete» que sabía a gloria, confortaba los nervios y calentaba la sangre. El caballero, que daba para todo, tomó a una bailadora por la cintura después de decirle a él en alta voz:

–Compañero: coja usted la suya y demos una vueltecita, que ya mis pies están sintiendo cosquillas.

Al decir «la suya» aludió a una jovencita de melena al viento, cintura de avispa prieta, saya de verdes ramazones y corpiño rojo, que se acercaba ofreciéndose al trabajador. Los cuatro formaron círculo uniéndose por las manos; cumpliendo la regla cada hombre debía decir y dijo una copla que alternando contestaron las bailadoras. El caballero tarareó y cantó melifluamente:

 

–Yo soy como el gallo padre,

que sabe de traba fina:

adonde quiera que llego

canto… ¡y recojo gallina!

 

Taconeando, le respondió la moza que con él formó pareja:

–Mire que me pisa un pie.

Mire que m'está pisando.

¡Mire que nos ve mi madre!

¡Mire que m'está mirando!

 

Cuando al trabajador le tocó su turno no sabía qué cantar. Por fortuna le vino a la memoria la copla que repetía hasta aburrir un alocado de su pueblo, siempre que empinaba el codo, y así pudo salir del paso:

 

–Me güele a piña madura.

Me güele a flor de copá.

Me güele a mujé bonita…

¡Acabada de empolvá!

 

La del corpiño rojo y la melena al viento contestó:

 

–Dende que lo vi venir

le dije a mi corazón:

¡qué piedrecita tan buena…

pa yo darme un trompezón!

 

–Música, música muchachos, ¡qu'esto se va arreglando! –ordenó el dueño del negocio dando palmadas.

Sonaron guitarra, güira, pandero y gargantas, y marcando el compás con repiques de taconeos respondieron las bailadoras. Su compañera lo incitó con miradas y arqueos de brazos. Ciñéndose a él empezó a danzar con cimbreos de culebrón, mientras cantaba eslabonando una tonadilla:

–¡Ay qué jovencito

tan buen bailadó!

Lo pusién los Reye…

¡Me lo manda Dió!

¡Ay loileló!

Si me pide un beso…

¡le regalo do!

¡Ay loileló!

Si me muerde un labio…

¡le muerdo los do!

¡Ay loileló!

Si nos ve mi taita…

¡se lo manda a Dio!

¡Ay!…

 

Un trabucazo que le dispararon en los oídos, o un garrotazo que le dieron en la cabeza, le quedó zumbando durante horas. Volvió en sí confuso, queriendo desprenderse numerosos clavos que le perforaban las sienes. Se lastimó y el dolor le hizo comprender que le faltaba una mano, cortada a cercén. ¡Su mano! Una anciana caritativa y chacharera que lo recogió y lo cuidaba en su bohío, «porque era madre», le dijo que ya la mano estaba enterrada… Agregó un pero.

 –Pero… lo de la mano sería lo de menos. Manco se vive. Lo que a mí no me gusta –explicaba entrecerrando los ojos– es el chichón que se está regando en la cabeza entera. Con menos se han ido otros al otro mundo, cuando no se han vuelto locos. ¿Su compañero de viaje?… dende que lo vido caer con la mano mocha cargó con la alforja y se fue dizque a guardársela a usted por lo que tiene adentro. Dijo que volverá con el curandero después de darle aviso al Capitán de Partido. Pero ni ha vuelto, ni se sabe quién es, ni de dónde es, ni qué gallina puso ese güevo, ni si él mismo preparó la trifulca en combinación con el amo, ese sospechoso… Y como tarda en venir ya me se está figurando que es caballerito de industria: casi un hereje. ¡Y que me perdone el Señor el día del juicio si hago un mal pensamiento!… –remató la bondadosa señora.

Mocho, apaleado y desbalijado… Cuando pudo y como pudo retornó al camino real, se orientó y prosiguió viaje. Así lo vieron llegar a la casa paterna, en donde durante meses en vez de ayuda sirvió de carga.

Entonces el menor de los hermanos resolvió salir también a correr mundo y probar fortuna.

Pero como dicen que en la ausencia hasta el amor se olvida y ya él tenía una novia de quince años, que era un primor, y no quería que fuera de otro, decidió casarse y dejarla en la casa paterna. Quince días después del matrimonio abrazó por última vez a su mujer, que lloraba a lágrima viva, y arrodillado ante el padre habló con reposo de persona madura:

–Padre: écheme la bendición. Le confío mi esposa. Ante usted y ella juro que no regresaré en la triste condición de mi segundo hermano ni contando historias, como el primero. Jefe, o gusano. Cuanto necesario fuere trabajaré para restablecer el buen nombre de la familia.

Anduvo durante meses pasando apuros, desempeñando trabajos circunstanciales. De tumbo en tumbo fue a caer en un tramposo que, después de exprimirlo en trabajo rudo, a la hora de arreglar cuentas las enredó de manera que no valieron peritos y hubo de recurrir a un garrote persuasivo. Pagó así; pero la mayor parte de lo ganado quedó en las uñas del juez… que la justicia cuesta caro.

Se encaminó por otro rumbo, llegó a otros lugares y trabajó sin provecho. Pasaron años antes de entrar al servicio de aquel hacendado, famoso por su riqueza. Trabajó durante siete años y cuando intentaba pedir el arreglo de su cuenta el propietario tuvo que ir al extranjero a reclamar cuantiosa herencia. Tanta paciencia tuvo el señor, que regresó después de otros siete años largos, aunque riquísimo, encanecido, meditabundo y más callado que antes.

–Pues señor, –pensaba Prudencio–, a este la riqueza no le luce, o parece que el tanto gozar por allá lo ha dejado triste. El sábado le pidió que arreglaran cuentas. El propietario lo miró extrañado de que se quisiera ir. Luego sacó un papel de la gaveta de su escritorio y se lo entregó sin decir palabra. Era su cuenta. Callado siempre fue amontonando onzas sobre onzas de oro hasta la ganancia total.

–Esto, no más, es cuanto usted ha ganado, –musitó abstraído. Dígame si estamos de acuerdo.

Contó y respondió:

–De acuerdo, señor.

De repente se animó el rico, extendió el brazo izquierdo y poniendo la mano sobre el montón de dinero, propuso.

Prudencio, usted ha comenzado a encanecer en esta casa; aquí ha sido un guardián de mis intereses, un defensor y un amigo, y yo quisiera asegurar su porvenir. Se me ha ocurrido pensar que le podrían ser más utiles que esta modesta suma tres consejos. En cambio, yo me quedaría con el dinero.

Al trabajador, asombrado de semejante proposición, se le pusieron las pupilas ariscas y por primera vez le escudriñó los ojos al que había creído hombre de bien. Lo miró y volvió a mirarlo en silencio. Ni en el rostro ni en la vista advertía más que aquella inalterable rectitud que solo había visto trascender del semblante de su anciano padre. ¿Quién le dictó entonces la respuesta increíble? Casi no salía de él.

–Señor, tengo fe en usted; y aunque el que se somete a recibir órdenes de otro necesidad tiene, el corazón me dice que usted quiere favorecerme: déme los tres consejos y… pase lo que pase.

Para que los conceptos se fijaran en la memoria de su trabajador, midiendo y pesando cada palabra, el hacendado dijo sentenciosamente:

Primero: NUNCA PREGUNTES LO QUE NO TE IMPORTE, NI TRATES DE AVERIGUARLO.

Segundo: NUNCA DEJES CAMINO REAL POR VEREDA.

Tercero: NUNCA TE LLEVES DE PRIMERAS NUEVAS.

Medita y entiende estos tres principios, y fíjate sobre todo en el segundo, que las palabras suelen tener más de un significado. Además, para tí tengo esta hogaza, que no pesará al fin en tu alforja. Cuando sientas hambre la partirás solo delante del que te ayudó a trabajar. Entiéndeme: la Caridad, virtud cristiana, principia por uno mismo. Ahora me dirás si te vas quejoso.

–Señor: me voy conforme, y desearía saber si en caso de necesidad podré volver a trabajar a las órdenes de usted.

–No lo necesitarás, si sigues los tres consejos.

Se despidieron como si en lugar de patrono y trabajador fueran de condición igual. Prudencio caminó toda la mañana y, ya al medio día, al cruzar un arroyo sintió hambre y sed. Se detuvo. Ahí lo alcanzó un jinete de pistolas en el arzón y sable al cinto, que cabalgaba en una mula negra.

–Caminante, –le preguntó sin saludar– ¿podrías proporcionarme un pedazo de pan y un trago de vino? Noto que tu alforja pesa…

De primera intención se inclinó a obsequiar al desconocido, pero repentinamente la advertencia final del hacendado se le encendió en la memoria:

–Lo siento mucho, buen señor. Voy a pie, bebo agua del río y… ando de alforja al hombro –respondió.

–Sin embargo, –insistió el de la mula– noto que tu alforja pesa… Aunque si yo, que ando bien montado, necesito de otro es natural que un vagamundo no vaya mejor provisto… Dijo despectivamente, clavó espuelas y su mula reanudó el trote.

Pedigüeño y camorrista… mal compañero de mesa, –pensó Pérez de Sandoval. Cuando vio al malhablado perderse en la lejanía, a la sombra de un almácigo se sentó y partió su gran hogaza y… ¡Virgen Santísima!, estaba llena de monedas de oro, todas envueltas en un papel que tenía escritos los tres consejos, detallada su cuenta hasta la suma total y, en otro escrito, leyó la orden de pasar a la capital del reino a recibir cantidad triple a la ganada, por los servicios rendidos durante los años que el señor estuvo ausente. Tembló. Miró hacia todas partes. Envolvió con cuidado su dinero y la orden de pago y los colocó en un secreto de la alforja. Luego comió, bebió y meditando reanudó su marcha. Cerrada la noche se detuvo frente a la única vivienda que había visto en el trayecto recorrido. Desde la empalizada pidió a voces que le dieran posada hasta el día siguiente. Se la dieron observándolo de reojo. A una señal de uno que parecía mudo le prepararon cena y se la sirvieron en una mesa al pie de la cual estaba una mujer encadenada. Cuando terminó de comer le echaron las sobras a la infeliz. Aquel maltrato lo apenaba y ya iba a preguntar la causa de la oprobiosa prisión; pero recordó el primer consejo. Calló. A la hora de acostarse lo apartaron en una habitación que más parecía calabozo que dormitorio. Afuera rondaban con pisadas sordas. ¡Uf, qué tufo de muladar!, se dijo. Luego pudo distinguir esqueletos amontonados. ¡Huesos humanos! Además… cráneos, canillas, y más huesos dispersos. ¡Pero qué hedor, Dios Santo! Dos cadáveres, en principio de descomposición y recostados de la pared, lo estaban mirando. Se sentó al borde del catre y rezó la oración que en la infancia le enseñó su madre:

–Señor San Silvestre,

de Montemayor,

protégeme siempre,

–sé mi Salvador–

de brujo, de hereje,

y de hombre malhechor… Amén.

A media noche sintió que un cuerpo se acomodaba en el mismo lecho y trataba de acariciarlo. Eludió el contacto y, del otro lado, rozó con un muerto que tenía de compañero.

–No pierdas tu tiempo en rezar, –le secretearon– apresúrate y vete, o resígnate a quedarte en compañía de aquellos dos que te están mirando… y del que tienes al lado. No sé por qué te repugna nuestro contacto: mañana olerás como él y como yo. ¡La putrefacción es tan natural!

–¿Por dónde huir? –se interrogaba. Sin pegar los ojos esperó que amaneciera. Antes de salir el sol rechinó un cerrojo, se abrió la puerta y lo guiaron al comedor en donde le habían preparado abundante desayuno. Bebió el café a sorbos largos; pero no pudo probar bocado.

–El huésped ha perdido el apetito… –dijeron detrás de él.

No miró. Quiso pagar y no se lo permitieron. En seguida se despidió dando las gracias por las finas y gratuitas atenciones recibidas.

Después de andar leguas, alejándose apresuradamente, encontró a un viajero, alto y recio, que venía a caballo en dirección contraria y que lo detuvo inquiriendo noticias que le eran indispensables, según dijo. Principió preguntándole de dónde venía y Prudencio le respondió la verdad.

–¡Ah! –exclamó el preguntón– le sirvió al que paga con argumentos. ¿Y en dónde pasó la noche? Me advierten que en este trayecto hay solo una vivienda en donde ocurren cosas horripilantes. Para librar de peligro a un hombre de bien, como buen cristiano hágame el favor de decirme si ha pasado la noche en ella y qué ha visto, y cómo escapó con vida.

A punto estuvo de darle al caminante oportuno alerta; pero de súbito le vino a la mente el nunca te metas en lo que no te importa, parte del primer consejo, y contestó que nada había visto de extraño en aquella casa. –Pero en conciencia, –insistió el hombre– no podrá usted negar lo que vio mientras cenaba; pues de público se afirma que la comida ahí a nadie se la cobran, porque el espectáculo que se ofrece al pie de la mesa resulta más caro que el precio de la comida. Lo humanitario es ser sincero y denunciar las horrendas fechorías, cosa de que la autoridad competente les ponga término, que en donde los buenos se ponen de acuerdo no prevalecen los malhechores.

–Pues allí nada de raro he visto, señor, y no es honroso decir mal de quien se ha recibido favor.

–No comería en esa mesa… Pero en el dormitorio, en donde todos aseguran que pasan cosas espeluznantes, ¿qué vio usted y cómo se pudo salvar?

–Señor mío, no niego lo que otros hayan podido ver; de mí debo decir que dormí cómodamente y afirmo que ni en sueño noté nada semejante a lo que a usted le han contado.

–Pues devuélvase y acompáñeme, –le ordenó el viajero, que estaba armado de todas armas.

A regañadientes tuvo que obedecerle, que hombre desarmado y a pie no es hombre. Retrocedía vigilado por aquel bárbaro, sudando angustia y encomendándose a las ánimas benditas del purgatorio. Llegaron a la casa siniestra. Entraron y se fijó en que la mujer seguía encadenada.

–Caminante: –le dijo el hombre– esta mujer ha venido penando desde hace veintiún años. Está condenada a permanecer en cadena hasta que por aquí pase una persona que no pretenda averiguar la causa de su cautiverio. Usted no la ha preguntado, y ni siquiera ha dicho que la vio: es usted su salvador. A usted le corresponde libertarla: suéltela –ordenó autoritariamente. En cuanto a la habitación en donde le hice pasar la noche, es el depósito de los cadáveres de esos que, ignoro con qué fin, vinieron averiguando la vida ajena. A usted le pertenecen tres acémilas cargadas de barras de oro, que es el premio destinado al transeúnte que tuviera la cualidad de ser discreto: virtud escasa. Agrego este caballo de silla: monte en él y retírese pronto, que me están entrando ganas, a mí también, de averiguar si ha obrado usted con discernimiento propio o aleccionado por el hermano de esa que fue mi esposa. ¡Ah!: tome esta pistola cargada y… sea hombre de sangre en el ojo. Aprenda a defender lo suyo y no se deje volver a arrear como carnero, ni permita en adelante que lo insulten los que cabalgan en mulas prietas. No sea blandito, que los malhechores que andan robando y amenazando tampoco quieren que los despachen al otro mundo.

Montó Pérez de Sandoval en su caballo. Iba ahora de pistola al cinto y dueño de caudalosa riqueza. Arreó. Al día siguiente, ya al ponerse el sol, le dio alcance un viajero que cabalgaba en rucio brioso y lujosamente enjaezado. Era de palabra fácil. Entraron en conversación. A poco de andar juntos oyeron voces, cantares, música, y sin que le preguntaran explicó el elegante caballero que allí cerca celebraban grandes fiestas a las cuales iba como invitado de honor.

–Si es de su gusto acompáñeme: –dijo– le aseguro que nos divertiremos a las mil maravillas, sin tener que gastar dinero.

Rehusó la invitación con tan sencillas razones que el caballero las creyó, o fingió creerlas.

A poco andar, apenas se separaron, le dio alcance otro caballero que montaba un ruano fogoso. Era joven elegante, simpático, decidor y escudriñador: pronto, casi adivinando, supo para donde iba.

–Me alegro, –dijo– porque seremos compañeros de viaje y así nos ayudaremos en caso de un mal encuentro, que este camino es muy peligroso. Lo he recorrido en varias ocasiones y lo conozco palmo a palmo. Por eso y algo que en voz baja le iré contando aprovecho esta travesía por donde hay fundos de gente mansa y se acorta el viaje en no menos de dos jornadas. Sígame por aquí y ganaremos tiempo.

–Señor mío, –respondió Sandoval recordando el nunca dejes camino real por vereda– tengo interés en no desviarme de este camino… y al responder acarició ostensiblemente su pistola.

Se atravesó el del ruano impidiendo el tránsito. Lo miró a él. Lo miró él. Los cuatro ojos fulguraron y se fruncieron los entrecejos. Sin despedirse, el desconocido arreó y se perdió de vista entrando por la vereda.

Caminó el trabajador enriquecido, durante toda la noche y al amanecer llegó a un claro en donde tres hombres enfurecidos se insultaban y reñían. Murieron dos: uno era el jinete del caballo ruano. Amarrada a un tronco, tascando el freno y queriendo soltarse, estaba la mula negra. El tercer combatiente, mal herido y moribundo, le suplicó que se detuviera, le diera agua y oyera su confesión.

–No soy sacerdote, –aclaró– y no debo usurpar un papel sagrado.

–No importa: la confesión alivia aunque no sea de arrepentimiento. No me arrepiento. Los aceché y me la pagaron. Eran dos malos que después de pervertirme pretendían engañarme en el reparto del dinero que le quitamos a…

Detalló el atraco en que desbalijaron al segundo de sus hermanos, cuando lo aturdieron a golpes y dejaron manco.

–Sépase que si maté fue por castigar a dos bandoleros, –agregó el moribundo.

Sin la vela del alma ni asomo de arrepentimiento murieron aquellos tres salteadores. A su vera, en lotes desiguales brillaban seiscientos veinte doblones, que eran los de su hermano. Tomó seiscientos, puso los restantes sobre «el de la confesión» en pago de su servicio, continuó viaje y dos días después llegó a su pueblo. Un anciano salía de un tarantín dando traspiés de borracho y cantando con voz rajada:

–El que juega siempre pierde;

y el que bebe… s'emborracha;

y al que se fía de mujere…

¡lo pica una cucaracha!

–Pues señor, si es Juan Antonio, el alocado… –murmuró. ¡Cómo ha envejecido!

Frente a la casa paterna se detuvo, estupefacto. Sentada en un sillón, sin importarle el qué dirán, su esposa estaba acariciándole la cabeza a un hombre.

–¿Lo mato, o los mato? –se interrogó. ¡Miren que nadar tanto para venirme a ahogar en la orilla! Tanto sufrimiento, tantos años de trabajo para mejorar la situación de quien no ha sabido respetar mi ausencia.

–Buen señor, –le preguntó a un cualquiera que pasaba– ¿podría usted decirme quién es el afortunado a quien trata con tanto cariño esa señora?

–Lo que se está mirando no se pregunta, –respondió el interpelado haciendo un guiño de malicia. ¿Quién va a ser sino su amante? Y si le cuento que el marido se perdió por esos mundos procurando ganar con qué rodearla de comodidades. Así se le paga a un simple.

–La casa es mía, –se dijo, resuelto, el viajero.

Desenfundó la pistola y entraba en el patio, cuando recordó el tercer consejo del hacendado: nunca te lleves de primeras nuevas. Resopló y piafó una de las acémilas entendiendo que había llegado al término de su viaje, y sonó un grito de alborozo de la mujer:

–¡Es él! ¡Es él! ¡Hijo, mira a tu padre! ¡Ahora sí vamos a ser felices! Corrieron hacia él con los brazos abiertos y detrás, alegres, llegaron agrupándose los demás familiares, menos el padre que había muerto hacía siete años. Así se enteró de que el joven a quien acariciaba su esposa era hijo suyo y que precisamente ese día había cantado la primera misa.

La noticia de la asombrosa riqueza del más joven de los hermanos se divulgó por la nación entera. Su Majestad el Rey, magnánimo y siempre oportuno, en premio de los méritos y numerosos servicios de Don Prudencio Pérez de Sandoval, discurrió, decretó y ordenó que le notificaran que se había hecho acreedor al título de vizconde: –Vizconde de los Tres Consejos– debiendo ostentar en el centro de su escudo un gavilán de fuego con una pierna manca en memoria de aquel viejo capitán, honor del reino y espanto de los herejes.

Sócrate Nolasco

(1884-1980)

 

sábado, 18 de abril de 2026

En busca del enganche - Ramón Marrero Aristy

 

En busca del enganche

 

El par de campesinos no podía transitar por las congestionadas aceras de la calle El Conde.

–¡Cuánta gente, vale! Aquí el que se pierde no aparece; -dijo uno.

Y nosotro, ¿no taremo perdío? –respondió el compañero.

–Ello... Si pudiéramos jallá a don Domingo...

–¿Pero y a quién se le pregunta aquí?

–Caracha!... No cotará llamá a cualquiera.

El más alto, Mozo de unos 22 años, fornido; en cuerpo de camisa; con pantalón amarillo y sombrero de fieltro muy viejo y con las alas caídas, se dirigió a un transeúnte:

–¡Oiga, amigo!

Era un joven vestido a la moda. Lucía un traje de casimir gris, lleno de tachones y bolsillos. No les hizo caso.

–¡Gente parejera, hermano! –comentó el campesino.

–No se lleve d'eso; -respondió el otro hay que preguntá.

Era éste regordete, vestía igual que el compañero y tenía en el pómulo derecho una pequeña cicatriz. Se veía que el otro le llevaba unos dos años.

Volvió el más alto a la carga. Ahora se dirigía a un hombre de unos cincuenta años:

–¡Oiga, Don!

Un semáforo había dado paso a ocho automóviles que esperaban la luz verde, y fue tal el tráfago que produjo el arranque de las ocho máquinas, con sus resuellos, con su bramar, que la voz del campesino se perdió. Gritaron las bocinas de tres guaguas; chilló un vendedor de billetes. Un muchacho de esos que no tienen hogar y que no respetan a nadie, fue a dar de cabeza contra el más alto de los mocetones.

–Muchacho el diablo!

­–Desgraciado!

El chico se puso en pie, miró azorado a los dos vales, soltó la carcajada y les gritó: pata e puerco.

-Dicho esto se lanzó a cruzar la calle a toda velocidad. Los campesinos no sabían qué partido tomar. El semáforo les había dado paso a seis vehículos más; una motocicleta del ejército metía un ruido atroz y no dejaba oír nada. Los pobres mozos estaban atolondrados, llenos de ira, provocando la risa de esa ola humana que pasaba; gente segura de sí, que sabía hacia donde, iba, que cruzaba entre los automóviles sin equivocar sus pasos, sin titubear, bien vestida.

–Mire, vale: –dijo el más grande como si fuera a llorar–larguémono a otro sitio.

El otro no respondió, pero era presa de la misma amargura que dominaba a su compañero. Lucharon un poco con el gentío y luego echaron a andar por una calle transversal de menos tránsito. Se fueron en dirección norte.

 

II

 

Allá en la sección poca gente es rica. O mejor dicho: quizás no haya gente rica. Un central azucarero acaparó casi toda la tierra. Hay grandes montes de miles de tareas que aún no han sido derribados y que posiblemente no lo serán durante mucho tiempo. Hay extensos potreros llenos de ganado cuyos cuernos están numerados porque es tanto que no se le puede conocer como a las reses de la gente pobre por la vaquita joca o el novillo prieto. Y hay inmensos cañaverales que se unen con el cielo.

Fuera de todo eso, que está cercado de alambres, quizás no haya cosa que valga la pena. La demás tierra es de las pocas gentes acomodadas del lugar y del pueblo. Y esos gustan más de hacer potreros para criar ganado que conucos para cosechar frutos. Las reses con mejor negocio. Dan leche y se venden a buen precio. Las cosechas se pierden con mucha frecuencia una y dos veces, y no se recupera jamás el dinero invertido. Los que cultivan la tierra lo hacen casi exclusivamente para comer de ella. Si venden alguna carga en la finca, solo les sirve para comprar un pantalón, una colcha o, de tiempo en tiempo; un frasco de medicina y unos zapatos.

De esas tierras son Mon y Andrés, hermanos a quienes les faltó el padre estando pequeños. (Lo mataron los gavilleros. Los mismos que azotaron los campos del Este y que hicieron tanto daño a la gente humilde que no pudo pagarles). La madre los crió trabajando. Tenían un pedazo de tierra sin documentos. Allí fueron creciendo sin pensar que fuera posible llegar a no tener terrenos y luego verse en el aire como la hoja que cae del árbol; hasta que un día se dieron cuenta de que les habían cercado lo que creyeron suyo y oyeron a un notario decirles que aquello nunca había sido de su propiedad, que ahí estaba la Ley para comprobarlo.

Para la gente del campo, lo que no está al alcance de sus conocimientos, es un misterio ante el cual hay que doblegarse sin intentar defensa.

Por consideración, el propietario de todo aquello, un tal Don Gregorio, los dejó seguir viviendo allí. Era aquel un hombre que en el pueblo ocupaba el primer lugar, después de la patrona. La gente hablaba de él casi con devoción como si hiciera milagros o fuera un ente sobrenatural. Mon y Andrés no pensaron en guardarle rencor. Hallaban que todo era natural y posiblemente su devoción y respeto hacia él crecieron más.

Pero de súbito se encontraron con que habían perdido el deseo de trabajar y ya no le tenían ningún cariño a aquella tierra que para ellos lo fue todo cierta vez. La que estaba pegada a ese lugar y seguramente moriría allí, era la madre, una viejecita que hacía pequeños conucos y los mantenía limpios desyerbando ella misma.

Aquella agricultura no podía extenderse porque la tierra era ajena y aunque se pudiera, no producía placer ver un platanar sobre terreno que no era propio y que el día menos pensado sería reclamado por el dueño sin que nadie se pudiera oponer.

Hubo que buscar la vida fuera del conuco que cada día era menor y que a no ser por la vieja ya estaría completamente abandonado. Necesariamente fue echar días de trabajo, arriar ganado hasta los pueblos vecinos, ir a la finca para ganar una chiripa y sacar la cédula.

Pero ese trabajo tampoco era estable, ni tenía porvenir. Andrés y Mon cada día eran más hombres y estaban más necesitados. La madre se hacía más vieja. Ella si que podía quedarse durante el resto de sus días ---que no eran muchos en el pelaíto que tenían en las tierras del Don. Pero a ellos les sentaba mejor probar suerte.

Lo habían oído decir varias veces:

-Se está enganchando gente. Quieren hombres para el ejército. Y eso, que primero solamente llamó su atención, luego llenó sus mentes, sus vidas, hasta convertirse en una obsesión. ¡El ejército! Eso era diferente a pasarse la vida de peón, recibiendo órdenes y hasta palabras pasadas. El guardia era jefe, el guardia no paga cédula, era bien recibido en todas partes, portaba un rifle y no hacía trabajos pesados. Porque eso de andar de un lugar a otro no era trabajo para un hombre que hubiera hecho una tumba. Para quien hubiera amanecido arriando ganado mañoso por caminos estrechos entre montes sin cerca, aquello era como no hacer nada.

Venían las voces:

-Engancharon a Nicasio el de Concha. Lo recomendó don Gregorio.

¡Dizque a Nicasio! ¡Qué tollo! Ellos podían engancharse. ¿Por qué no? Había que buscar la recomendación y luego vender lo que fuera necesario para reunir los dos pesos del pasaje y algunos centavos más. Había que cambiar de vida. ¡Era necesario partir!

Vendieron el marrano y dos cargas. Dejaron casi sin raíces el cuadro de batatas. Hicieron seis pesos. Llegaron al pueblo. Fueron donde don Gregorio. Este les dio la milagrosa carta que los haría soldados. Llevaban en el seno aquel papel como si llevaran una recomendación firmada por el mismo Dios. Muy seguros de su buena suerte, partieron hacia la Capital.

III

 

La realidad es diferente de los sueños. ¡Cuánta gente viene a la Capital! No se imaginaron nada semejante Mon y Andrés. Creyeron que hallarían con suma facilidad a un conocido suyo a quien pensaban utilizar para que les hiciera llegar aquella carta a su destino. Pero hasta aquel medio día no lo habían encontrado. Hacía cuatro horas que vagaban por las partes altas de la ciudad. Se detenían dondequiera que encontraban una persona a quien se le diera preguntar. Generalmente se dirigían a aquellas que miraban cualquier cosa desde las puertas de sus casas. Así le hablaron a una mujer:

pu-

-Oiga, Doña: ¿uté nos haría el favor de decino aonde vive Don Domingo Montero?

La mujer era amable y les preguntó:

-¿Quién es él?

-Don Domingo! -respondió Andrés-¡Un hombre del pueblo e nosotro!

La mujer los miró y luego, con cierta indulgencia, les volvió a preguntar:

- ¿Vive en esta calle?

-Ta'quí en la Capital.

No sabía qué decirles. Pensó un poco antes de pronunciar palabra. Al fin respondió:

-Es difícil hallarlo. Aquí no vive.

No les dijo más.

Los vales siguieron andando. Hallaron otra mujer. Era muy linda. Le quisieron hablar, pero ésta no les prestó atención. Entró a su casa y los dejó plantados con la palabra en la boca.

De todas las humillaciones recibidas hasta ese momento, fue aquella la que más les dolió. Sin embargo, siguieron buscando. Vieron a un hombre que tenía cara de bueno. Se dirigieron a él:

-Mire, Don: nos haría el favor de decino aonde vive un señor que se ñama Don Domingo Montero bajitoncito él,que tiene mucho gallo y tá empliao?

El interpelado sonrió con cierta ironía y les dijo:

-¡Cualquiera lo averigua!

Y volviéndoles la espalda echó a andar.

Hallaron otro. Tenía éste cara de pícaro. Era un sujeto de buen humor. Le dirigieron la pregunta. El individuo los miró de pies a cabeza, fingió que hacía un esfuerzo por recordar y al fin les dijo:

-Allí mismo. Sigan esta calle, cojan aquella a la izquierda, caminen de frente, cuenten seis casas a la derecha y allí es...

Les invadió una alegría que casi no los dejaba hablar. Ni siquiera dieron las gracias. El hombre se les borró inmediatamente. Iban comentando emocionados:

-¿Uté vé, vale? Niño que no llora...

Eso decía Andrés. Mon respondía:

-Yo se lo decía, que había que preguntá...

Siguieron las instrucciones. Llegaron a la casa. No había modo de confundirla. Llamaron. Por una puerta muy ancha que estaba entreabierta, salió un hombre todo sucio de grasa. Traía un hierro en una mano. Estaba mal humorado y se veía que acababa de interrumpir su trabajo para atender a aquella llamada.

-¿Qué quieren?-preguntó secamente.

-¿No tá Don Domingo?-inquirió Andrés.

-¡Qué Don Domingo, ni Don Domingo! Esto es un garaje.

-Pero a nosotro no dijeron...

El hombre les estrelló la puerta en las narices y no oyó más. Iba echando pestes. Los campesinos no tardaron en comprender. Ya no preguntarían más. La gente es demasiado cruel.

 

IV

 

Había llegado la noche y los mozos estaban cansados de andar. Tenían hambre. No sabían dónde iban a dormir.

–¡Tan poco chaco que uno trujo, vale! –comentaba Andrés.

–¡Y tanta gente degraciá! - respondía el otro.

Volvían nuevamente hacia el centro de la ciudad. Ya las luces eléctricas estaban encendidas. ¡Cuánto brillo! Sus pupilas no estaban acostumbradas a tanta claridad. Después de todo – pensaban –eran muy tranquilas aquellas noches del bohío, cerca del fogón, fumando un bolo, hablando de cualquier cosa o refiriendo historias.

Estaba lejos aquello. No parecía posible que alguna vez hubiera sido realidad. Las cosas ahora se veían diferentes. Sentían como que los habían arrancado de cuajo. Los invadía una sensación de estar en el aire. La guardia. Don Domingo: Nada parecía verdad. Ni esas mismas calles, llenas de gente y de luces, tenían aspecto de cosa real. Todo era vago.

Andrés habló:

–Toa la calle son iguale, Mon.

–No son iguale, por Dio. Uté e muy sonso. E que nosotros no la conocemo.

–Eso era lo que yo quería decí.

Mon estaba impaciente, inconforme, con deseos de estallar.

–No hable uté pendejá, -respondió.

No estaba satisfecho. Le dolía haber dicho aquello, pero ¿qué otra cosa podía decir? ¡Era tan tonto Andrés! ¡Y todo lo que estaba sucediendo era insufrible!

El hermano no respondió. Quedó un momento en silencio. Pasado éste, desanimado, como con pena exclamó:

–No se apure, Mon. Tenga paciencia...

Siguió en silencio el otro. Apareció ante ellos una calle con más gente que todas las que habían visto. Por allí apenas se podía transitar. Camiones, pequeñas casillas, pulperías; polvo; carretillas ¡y gente como nadie soñó ver! Había más que en la calle El Conde, porque aquí los vehículos se abrían paso a fuerza de bocina.

Andrés iba a preguntar, pero lo contuvo el recuerdo de sus últimos fracasos. Unas mujeres que había en la próxima esquina le dirigieron la palabra:

–Ven acá, lindo.

–Oye, papasito.

Las había de todo tipo. Una de muy baja estatura, blanca, desteñida, sin dientes, pintarrajeada como una máscara; otra gruesa como un tonel; otra más, de cintura delgada y nalgas estupendas esa era la que hablaba. Vestían trajes de seda artificial muy usados, ceñidos y largos. Mon se encaró con aquella que le dirigía la palabra a su hermano y lleno de ira barboteó:

-Miren, saltiadora! ¡Vayan a robale a su pai!

Las mujeres se sintieron ofendidas, y, despechadas, los insultaron a coro, despiadadamente.

–¡Vale del diablo!

–¡Desgraciao! ¡Dichoso tú!

Mon sintió como que le tiraban de los cabellos. Iba a cometer una barbaridad.

–¡Bando e puta!...

Suerte a un policía. El agente intervino y evitó la pelea. Amonestó a las mujeres y le dijo al campesino:

Y uté aprenda a tratar a la gente. Si viene del campo coja al paso. Mon se ahogaba en ira. Con una mirada se lo dijo todo a Andrés.

Este era presa de un sordo rencor. Los dos siguieron calle abajo. Iban casi ciegos. Ya no les impresionaba nada; ni la gente, ni los vehículos, ni las luces. Sentíanse más arriba de todos los hombres. Quizás no tenían un concepto definido de su estado, ni mucho menos podrían explicarlo, pero sentíanse más arriba de todos los hombres.

A poco caminar apareció a sus ojos un mercado, fuente emanadora de aquel gentío y de aquel bullicio. Fueron, a paso firme, derechamente hacia un puesto de fritos.

 

V

 

Era el día siguiente. En el cuarto de baño de un segundo piso, en una casa ocupada por estudiantes, se oía la voz de un campesino:

-Nosotro seguíamo trabajando en el fundo. Pero dende que el notario dijo que la tierra eran de don Gregorio, no pudimo hace casi ná. Lo rico no se cansan de tené. Ya él lo quería tó. No hay quien viva con lo dueño e terreno. Uno no pué tené un animalito, porque dende que le ven un vasito e potrero, di una ve le echan mano. Y como uno no e dueño... o deja el sitio o lo pierde.

El que hablaba era Andrés. En la bañera, un joven de unos 25 años, desnudo, se enjabonaba y oía al campesino sin hablar. En la puerta entreabierta, con la cabeza metida en el cuarto, Mon, callado, permanecía sin tomar ninguna resolución. Andrés, seguía explicando:

–Uno se cansa de trabajá. Si te descuida, cuando viene a vé, el día meno pensao tiene una mujer y un bando e muchacho. Y si no ha heredao tierra, o si la ha heredao sin papele como nosotro, no tiene aonde viví. Y antonce... uté sabe que la finca e jel colmo... Nadie se va a pasá la vida echando diíta e trabajo o jarriando resecita. Hay que bucá otra cosa. Y sin sabé de letra, ¿qué le queda a uno?... Pa eso mejor se engancha a la guardia, que ahí tan siquiera no se mata uno tanto.

Andrés decía aquello lentamente, como dejando caer las frases. El hombre de la bañera, totalmente enjabonado, abrió la ducha y comenzó a lavarse sin responder. El campesino volvió a decir:

–Don Gregorio noj dio ete papel, –y quitándose el sombrero sacó de éste un sobre largo-. Sacamo dó certifico e buena conducta de a peso ca uno. Eto e pal General Jefe e la Fuerza... ¿Qué le parece a uté?

El de la bañera seguía echándose agua. Por fin terminó de bañarse y comenzó a escurrirse con las manos. Al fin dijo, sin mirar al campesino:

–Ahora veremos.

Alcanzó la toalla y comenzó a secarse. Luego extendió el brazo y cogió unos calzoncillos y una camiseta que colgaban de un clavo. Cuando se los hubo puesto le dijo al vale:

–Deja ver...

Cogió los papeles. Los miró sin interés y como si quisiera salir pronto de los campesinos, les dijo:

–Vayan a la Fortaleza. Colóquense detrás del centinela y díganle que llame al Cabo de Servicio. Entréguenle la carta y pídanle que se la lleve al General. Él les dirá lo que deben hacer.

Andrés estaba optimista:

–¡Ja no! Dende que vea la firma e don Gregorio no hay que hablá. Ese e jun enganche seguro.

–¡Vayan, vayan! –replicó el hombre, como si le molestaran, volviéndoles la espalda.

Andrés se volvió lentamente. Mon se movió al fin y dejó paso. Se encaminaron hacia la escalera murmurando algo.

Miguelito era del Este. Se había encontrado con aquellos campesinos durante la noche anterior. Poco más o menos eran las ocho. Si le hubieran preguntado por qué cogió una calle que dá al hospedaje no lo hubiera sabido decir. Quería perder una hora y se fue por ahí.

Pasaba frente al mercado. Mientras se abría paso entre la gente que llenaba las aceras, pensaba en cualquier cosa, menos en lo que tenía delante. En eso oyó una voz:

–¡Don Miguelito!

Siguió de largo. ¡Hay tantos que se llaman Miguelito! No se le ocurrió pensar que lo llamaban a él. Pero nuevamente sonó la voz:

–¡Don Miguelito! E con uté!

Volvió la cara. Un campesino se le acercaba casi corriendo. Tropezaba con la gente, pero no se enteraba de ello. Iba abriéndose paso con la vista fija en él. En pocos segundos lo tuvo en frente. Con una sonrisa que le llenaba toda la boca, el vale le extendió una mano ruda, ancha.

–¡Caramba, don Miguelito! ¿Cómo tá uté?

Cogió esa mano y con cierta reserva, respondió:

-Así,... regular...

Aquella cara no le era del todo extraña, pero a pesar de ello no acababa de reconocerla. Decía el campesino:

 

-Nosotro tamo aquí dende eta madrugá. Vinomo en un camión y jata eta hora no hemo encontrao gente conocía. Suerte que al velo a uté...

Todavía no acertaba a saber quién le hablaba. Sin embargo, su cara le era familiar. Comenzó a pensar... ¡Ah! Aquel hombre podía haber sido peón en su casa. Así tenía que ser. Pero ¿qué buscaría allí? Resolvió preguntarle:

–¿Y de dónde viene ahora?

–¡Pero don Miguelito! –exclamó el vale­– ¿Uté no me conoce? ¿No se acuerda de André el de Ruperta?... ¿De aonde vo a vení? ¡De allá! ¡No hace quince día que le jarrié el último ganao a Don Miguel!

No se había equivocado: don Miguel era su padre. Ya estaba en el asunto.

-¡Ah! Sí... ¿Y en qué andas por aquí?

- Andamo, don Miguelito, porque Mon tá conmigo. Mírelo ahí, ¿no lo conoce ya?...

Miguelito volvió la cara y se encontró con el otro campesino que estaba casi a su espalda, silencioso.

–¿Qué tal, don Miguel? –se le anticipó.

–¡Oh, Mon! ¿Tú también estás aquí?

–Si hombe. –siguió diciente Andrés– tamo bucando enganche. Dende eta madruga andamo atrá e don Domingo, to ha sio preguntá y más preguntá, pero no ano jallao una persona capá e decino aonde vive. Aquí...

El rostro del campesino se contrajo. Miguelito cortó:

–Supóngase... Aquí no es como en el pueblo. Se hace muy difícil hallar a una persona. Además, don Domingo no vive en la Capital.

Al oír esto los campesinos quedaron desolados, casi consternados. Se diría que les había faltado tierra debajo de los pies.

–¿Y ahora? –exclamó Andrés, como con pánico.

–¿Y ahora? ­–dijo Mon.

Al instante Miguelito se enteró de una cosa que no se le había definido desde un principio: aquella gente tendría que ser socorrida por él.

–¡Mire el diantre! –dijo Andrés– y nosotro que veníamo aonde él pa que nos diera posá...

-Trujimo una recomendación de don Gregorio pa la guardia –dijo Mon– y queríamo que él no jayurada a entregala...

 

-¡Y una recomendación como esa!... –exclamó Andrés con cierto orgullo que era algo así como una promesa de seguridad para cualquiera que los quisiera socorrer.

Miguelito estaba más que embarazado. ¿Qué hacer? El conocía bien el caso. Los campesinos se deslumbraban con el ejército, dejan sus labranzas, renuncian a su vida, venden cuanto tienen, para hacer un viaje como el que hicieron éstos. Se presentan en la Capital con una carta de cualquier político de pueblo, desconocido y sin importancia, creyendo que con eso obtendrán lo que sueñan. Después, en la ciudad se hallan con que la cosa no es tan fácil, y entonces sufren mil calamidades. Algunos se quedan y se convierten en miserables, jornaleros o en vulgares rateros; otros emprenden el camino de retorno, pero se quedan en cualquier sitio por vergüenza, por no volver derrotado, y entonces pasan a ser cualquier cosa, menos lo que deben ser.

Sabía todo esto y se le hacía difícil tomar resolución. Por fin se decidió a preguntar:

–¿Y en qué sitio van a dormir?

–¿Nosotro? –respondieron a coro–. Luego dijo Mon:

–No tenemo.

–¿Trajeron suficiente dinero para pagar un dormitorio?

–¡Qué va! –murmuró flojamente Andrés.

Para no desbordarse se empeñaba en recordar que su padre y su madre eran del campo, que él mismo había nacido en el lugar donde nació aquella gente; mas, al instante se decía:

Miguelito titubeó un instante. Los dos campesinos estaban frente a él como esperando una sentencia de vida o muerte. Por fin, como quien tiene que violentarse para tomar una resolución, dijo:

–Vamos a casa.

Después de haberlo dicho, se diría que era presa de la ira. Estaba inconforme consigo mismo. ¿Por qué decirle a aquella gente vamos a casa? No tenía nada que ver con ellos. No podría echárselos encima, ni quería. Tampoco podía disponer de tiempo para atenderlos. Sin embargo, les había dicho: ¡Vamos a casa!

–¿Pero qué tengo yo que ver con eso? Nadie escoge el lugar de nacimiento. Uno nace en cualquier sitio. Al hombre lo hace la educación. Yo me crie en la ciudad y tengo otras costumbres. No he visto más a esa gente, no he convivido con ellos, no soy como ellos, aquí me sostengo por mi propia cuenta. Entonces ¿por qué les he dicho vamos a casa? En mi casa no cabe uno más.

Pensaba esto y sentía un loco deseo de golpearlos. ¿Por qué le seguían?

Así fue como los campesinos amanecieron en una casa de estudiantes en la Capital. Por eso era que a Miguelito, en el baño, se le hacía tan difícil responder a las palabras de Andrés, y para que no le hablaran más de sus planes, le había dicho bruscamente:

–¡Váyanse, váyanse!

 

VI

 

Los vales volvieron a eso de las doce. Mon entró algo abatido. Andrés confiaba en su destino. Un estudiante en calzoncillos que inconscientemente se hacía moños con los dedos mientras leía, al sentirlos, levantó la cabeza y les preguntó sonriendo:

–¿Cómo les fue?

Andrés se apresuró a responder:

-Fuimo a la Fuerza y no noj deján dentrá, pero el Cabo e Servicio noj dijo que echarámo la carta al correo, que el General noj mandaría a bucá...

El estudiante volvió a leer sin decir palabra. Se diría había callado algo que los campesinos no deberían saber. Andrés siguió diciendo:

–¡Ofrécome! ¡Cuánta gente! Ahí había má de dociento hombre parao. ¡Y toito eperando enganche! Yo digo... Si no fuera por esa recomendación de don Gregorio...

El estudiante no se movió. Siguió haciéndose moños. Andrés titubéo un poco. Luego salió al patio y fue hacia el cuarto de Miguelito. Mon se quedó donde estaba y en voz baja le dijo al estudiante.

–Ese muchacho ni an parece hermano mío. E jel critiano que habla má pendejá. Uté lo ve asina, pero en tó mete la pata. El único que sabe la cuatro regla de lo dó soy yo...

El de los calzoncillos tuvo que contenerse para no reír. ¡Era tan simple aquella ingenuidad! Otra vez iba a hablar Mon cuando apareció su hermano.

–No ha venío don Miguelito, -comentó.

La noche del hallazgo de los campesinos, Miguelito le había dicho a sus compañeros:

–Son una pobre gente de campo, pero no se les puede dejar amanecer en las calles. Aquí la gente es mala. Quiero que ustedes me permitan alojarlos por una noche.

Todos accedieron y convinieron en darles la colombina de un estudiante que se hallaba ausente, con su colchoneta, pero sin sábanas. Les dieron, además, dos americanas viejas para que se cubrieran. Allí durmieron apretujados, roncando durante toda la noche.

Pero ya hacía cinco días que estaban los campesinos allí y no habían recibido la ansiada llamada. Ya los habitantes de la casa, gente joven y despreocupada, estaban acostumbrados a ellos. Les llamaban los estudiantes, en raptos de buen humor, y los mismos vales parecían sentirse allí como en su casa. Habían cobrado confianza, hacían mandados y durante todo el día estaban refiriendo historias absurdas, o formando planes ingenuamente.

–Dende que no enganchemo --decía Andrés-, vamo a ve si noj mandan pa lo lao de casa... Allá hay gente a la que yo quisiera presentámele uniformao. ¡Mira que la mojiganga del Merencio que ahora lo han nombrao dique Pedanio!...

–Dende que uno é guardia la cosa cambia, afirmaba Mon- De una ve lo tan adulando, pretándole atención. ¡Pero yo que loj conoco!...

Los demás se divertían oyéndolos. Sólo Miguelito se había tornado huraño y vivía conteniendo el mal humor. En uno de sus peores momentos fue cuando Andrés se le acercó a decirle:

–Mire, don Miguelito: nosotro queremo que uté no saque de eto. Ya hace sei día que tamo eperando y no ano recibío conteta. E que a uno le hace falta una gente que lo lleve. Hágano el favor de dentrano en la Fuerza o de hablá con el General. Nosotro...

Hasta aquí pudo oírlo. Por fin estalló:

–¡No sean brutos! –les dijo bruscamente–. ¿A quién diablos se le ocurre que yo pueda presentarlos? Ustedes no van a conseguir nada. ¡Sépanlo de una vez! Para engancharse se necesita ser familia de un ministro, tener amigos influyentes. Don Gregorio es un pobre campesino que fuera de su casa no vale un centavo. ¡No sueñen con enganche!

Los vales oían sin darles crédito a sus oídos. Andrés había abierto los ojos desmesuradamente. Mon estaba pálido. Parecían dos estúpidos.

–¡No diga eso, don Miguelito! –casi suplicaba Andrés– ¡No diga eso!

–¡Como lo oyen!

Siguió hablando el que fuera hasta ese día su protector. Les dijo que

todo era inútil, que ellos eran hombres de campo, que volvieran otra vez a ocupar su lugar.

–¡Busquen tierra hasta en el infierno si no la encuentran en otra parte, pero no olviden lo que son! Y además ¿no han vivido siempre allá en la sección? ¡Ahora quieren ser hacendados!...

De haberles dado una paliza no los hubiera dejado en aquel estado. Estaban desvencijados. No tenían fuerzas. Fue muy rudo el golpe.

Miguelito los miró un instante. Su aspecto pareció impresionarlo. Calló de súbito y salió hacia el patio. ¡Diablos! ¿Qué le estaba pasando? Se hallaba como si se hubiera excedido. No encontraba forma de justificar lo que había hecho. Pero ¿no estaba él ya hastiado? Sin embargo, no podía dejar de pensar:

–¿Qué hace aquí esa buena gente? ¿A qué vienen estos hombres? Dejan su campo; abandonan lo que entienden y se meten en la ciudad... ¡a crearles embarazos a los otros y verse ellos así!...

Su preocupación subía de tono, y al fin terminaba recriminándose:

–¿Pero había necesidad de que les hablara así?...

 

Las ideas se le volvían un brollo. Se volvió y alcanzó a ver a los dos mozos recostados en la balaustrada, como gente a quien le han sacado el alma. No se dio cuenta de lo que hizo, pero caminó hacia ellos. Luego, sin poderlo prever ni remediar, cuando estuvo frente a los vales, sin mirarlos, como queriendo sujetar las frases dijo:

–Sin embargo... le podríamos poner un telegrama al General... Quizás...

Los mozos se enderezaron súbitamente. Parecían deslumbrados. Lo miraron como si, habiéndolo creído muerto, de momento resucitara ante sus ojos.

–Hombe, don Miguelito, ¡hágano ese favor! –decía Andrés.

–¡Haga algo, hombe! –decía Mon.

Miguelito cada vez más se perdía en confusiones. Se llevó la mano al bolsillo. Algo inesperado le sucedió. No tenía dinero ni lo tendría durante muchos días. Su comida y la de aquella gente le estaba siendo acreditada por los compañeros.

–¿No tienen treinta y cinco centavos? –preguntó.

–Yo tengo quince –dijo Mon.

–A mí se me acabaron, –murmuró Andrés.

¡Qué cosa! Ahora Miguelito pensaba:

–¿Por qué les habré dicho esto? Mejor hubiera sido dejarlos como estaban. ¡Ahora me he echado encima un nuevo lío!

Y cada vez estaba más inconforme consigo mismo. Se vio obligado a decir.

–Bueno. Esperen. De hoy a mañana yo conseguiré.

Pero seguía preguntándose:

–¿Qué he hecho?

Y volvía a pensar:

–¿Qué hacen aquí estos pobres hombres? Dejaron el campo. ¿A qué vienen?

 

Hasta que al fin, súbitamente concluyó:

–¡No haré nada por ellos!

Se fue a la calle. Por la noche volvió a la casa, eran las once. Fue al cuarto donde dormían los campesinos y se encontró con que habían tenido que abandonar la cama porque el dueño había llegado. Mon estaba metido en una caja grande vacía que utilizaban los estudiantes para echar ropa sucia; estaba encogido como un niño en el vientre de la madre, entre pajas y trapos, con el saco sucio puesto a guisa de abrigo. Andrés estaba sentado en el mosaico pelado, también con su saco puesto, recostado en la pared, con la boca abierta. Ambos roncaban. Así, como estaban, se veían los dos seres más abandonados del mundo. Miguelito pensó:

–¡Pobre gente!

Y fue hacia su cuarto. Sin embargo, sentía ira, y no cesaba de repetirse:

–¿A qué vienen?

 

VII

 

Al día siguiente, cuando Miguelito despertó, Andrés y Mon estaban frente a su cama.

–Nosotro no vamo,

–decía el último. Ya tenemo aquí mucho día y no se va a conseguí ná. No tenemo un chele y ya le hemo dao mucha moletia a uté...

Estaba triste el mozo y decía aquello como un retazo de pobre esperanza. Con cada palabra parecía que se le rompía algo muy íntimo que sangraba.

–Nosotro le agradecemo lo favore que nos ha hecho, –decía Andrés–. Noj vamo a dir.

Miguelito no quería mirarlos. Estaba acostado de vientre, con la cabeza enterrada en la almohada y la cara más bien vuelta hacia la pared. Así les volvía la espalda.

–Uté hizo lo que pudo. Ahora noj vamo... –repetía Andrés.

–Eso no es nada, –dijo–. Yo hubiera querido servirles mejor.

El que fuera su protector no se movía; no volvía la cara. Los dejaba decir sus palabras y las sentía caer como gotas de algo amargo. –Noj vamo, decía Mon, como con pena, igual que si estuviera cansado.

–Le diremo adió... –murmuraba Andrés.

Miguelito hacía esfuerzos desesperados por mantenerse en aquella posición. Le parecía que los campesinos permanecían más de un día frente a su cama. Sin dar cuenta preguntó:

–¿Llevan algo?

Mon dijo:

–No.

¡Demonios! ¿Qué había hecho? ¿Para qué preguntarles? Ahora se

encontraba sobre espinas. Le dolía algo.

Sin embargo, como quien pierde el equilibrio y después de resbalar sigue dando tumbos hasta caer, sin poder controlarse volvió a preguntar:

–¿Consiguieron algún camión?

–Qué vá... Noj vamo a pié.

¡Otro absurdo! Ahora se decía:

–A pié! ¡Y sigo de necio! ¡Sigo preguntando! ¿Acaso me importa esa gente?

Sin embargo, algo cruel le roía. No quería pensarlo, pero en su mente se dibujaba una carretera dura, áspera, bajo un sol de fuego. Y un enorme número en llamas llenaba el horizonte: 200. ¡Doscientos! Doscientos kilómetros tendría que caminar aquella gente para llegar

a su casa. Y sin comida... Sin dinero...

Podría haberles regalado un par de zapatos, un sombrero, ¡cualquier cosa! Para que lo vendieran. Pero no fue capaz de moverse ni de mirarlos.

Ahí estaba la carretera, larga, desolada, bajo el sol implacable. Y el gran número en llamas cubriendo el horizonte: ¡200!

­–Adió don Miguelito, –rezongó Mon con voz quebrada.

–Adió...­–murmuró Andrés.

No los oyó. No se enteró de nada. No respondió.

–Adioó...

Fue lo último que dijeron.

Seguramente la puerta emitió algún sonido. Debieron oírse los pasos de los vales al salir de aquel cuarto y luego al pasar por el que estaba contiguo. Alguien afuera debió despedirlos con un débil adiós.

Miguelito seguía con la cara enterrada en la almohada, inmóvil. Y veia la carretera larga, interminable, desolada, bajo el sol. Sobre ella iban los dos campesinos gastándose, y el gran número de cifras en llamas seguía cubriendo el horizonte: 200.

¡Doscientos!

 

Ramón Marrero Aristy

(1913-1960)

 

 

LA FUERZA ANIQUILADA - Aída Cartagena Portalatín

  LA FUERZA ANIQUILADA   ¡Ayayay, tía!, llegó Prebis con los dominicanos ausentes. Un avión de Nuevayork la trajo para pasar las navida...