LA LLAMABAN AURORA
(Pasión por Donna
Summer)
Mami me decía Colita. Colita García. Pero la señora Sarah me
inscribió en la escuela pública con el nombre de Aurora. ¡Nada de Colita!,
gritó. Seguí sintiéndome interiormente Colita y oyéndome Aurora en la voz de
los otros. No voy a perdonarle esa risa burlona que mastica cuando me llama
Aurora, discriminándome, porque quien me puso así "nunca ha visto
amanecer". No. Noo. ¡Y noo! No voy a quedarme con ella aquí, en su casa,
cierto que me paga los estudios, que le dice a todo el mundo que soy un
talento, sin embargo, estoy rebosada de ella y de las hermanas del colegio, la
sor Fantina, larguirucha y flaca como la Twiggy de la Televé, y de la madre
superiora, sabia pero con fachada de Aldonza la de Sancho, y dale con los
teoremas, y dale con lo del triángulo rectángulo, y qué son líneas paralelas, y
fúñete Colita-Aurora con castigos y llamadas telefónicas para que la señora
Sarah me ataque como una metralleta. No. Noo. Y nooo. ¡No!
Dije que no. No quiero a la señora Sarah ni me interesa su
casa hermosa, ni voy a envejecer dentro de sus cuatro paredes como un árbol
para carbón. No, no voy a quedarme con ella como un árbol quemándose bajo un
sol de canícula. No. No voy a quedarme triste, cabizbaja, como las hojas golpeadas
por vendavales y lluvias con tronadas, dentro de estas paredes rodeadas de un
césped siempre verde y de algunos arbustos frutales. Ni acepto aquello, dale
que dale, de que Aurora es una negrita inteligente, ni de que me divierten los
negros, ni que los negros con su jazz y su ritmo, o que los negros alegran el
mundo, y vete a la tienda y tráeme el último disco de Donna Summer, y que algo
deben hacer los negros, que está bien que diviertan a los blancos. No. Noo. Y
noo. Me complace esa música sin fin de la Donna Summer, garrapateando, aullando
sin cesar, o cayendo como una cascadita vibrante y excitante. Pero no es cierto
que doña Sarah me va a guardar para siempre dentro de su caja de música
excitante, qué el jazz, que el boogaloo, que el ragtime o los beguín, etc. Ya a
esa vieja no le pega eso. Ella creía que no iba a marcharme, me agradaría que
viera como camino ligero a tomar la guagua, arrastrando este bulto pesado con
la ropa y mis libros. Aquí, chófer, me quedo en Haina.
Camino un poquito respirando aire de cañaverales. Me siento
en el restaurante Candita, donde bebo un Seven Up muy frío. Hambre, eso es lo
que tengo, y me paso a la barra La Enana donde tomo una Pepsi y como dos panes.
Me marcho de prisa.
La música de Donna Summer llena toda la casucha y se
extiende por toda la barriada. Cómo recuerdo esa sin fin cascadita, maullando.
La música y su cantar se extienden por toda la casucha, por toda la barriada,
es la misma tonada que estremece y excita a la señora Sarah. Al diantre con
todo, pero heme aquí, exactamente a 14 kilómetros de la capital. Son las siete
de la noche, entro a la iglesia y me escondo detrás del altar de san Isidro
Labrador quita el agua y pon el sol. Que el santo me encubra. Que no me
descubran. Santo, santo, santo, llenas están las calles de buscatrabajo y
harapientos. La la la la laa, ya ya ya ya yaaa.
Junto a una pared de La Enana una chica se cimbrea. La voz de
Donna se ensancha con el volumen que sube en el aparato un billetero. La voz de
Donna llena de nuevo la barra, el barrio, el pueblo. Trato de recogerme los
cabellos moteados, duros, si nací con ellos así, así se quedan. Lo absurdo es
que me discriminen y hagan alarde de mi sabiduría porque soy casi bachiller.
No. Noo. Y noo. ¡No! Me revienta ver cómo tantos millones de blancos se
deleitan ahora con la Donna Summer, la negrita que canta excitante. Una vez
llegaban al delirio con Armstrong, después con Makeba. Qué el jazz y todo ritmo
que nace tan alegre. ¡Felicidades! No, si yo fuera la Donna Summer recogiera
todos los discos que se encuentran en las tiendas, en los dancing, cabaretes,
hoteles y moteles y en las casas high.
Alzo vuelo como ayudanta, convencida por la mister del técnico
azucarero, y en este New York, piso 11, cocino, lavo, plancho, hago los
mandados, aguanto las pesadeces del bodeguero, el italiano hijo de su mamma,
que me hala el pelo y dice negrita fea..., que de dónde soy, que si esto o lo
otro. O a la señora gringa: Colita, por qué te dilatas tanto, le explico que el
hijo de su mamma me detiene, o que me detengo para ver al Giordano que le da
una cuchillada al Manfredi, todo por un muerto del barrio que cada uno
considera debe ser llevado a su funeraria respectiva, y al police que dice con
mucha calma: el muerto es el Giordano.
Voy a tener que organizarme mentalmente, como en una secuencia
de anuncios clasificados por Denis W, publicada en un periódico de cualquiera
parte del mundo. Me metieron en la cabeza que esto es el Mundolibre, y aquí
encuentro que esa tipa de Ohio me explota como a una esclava. No entiendo eso de
Mundolibre y Explotación, y ese Colita qué ignorante eres, pues sí, nada sabía
de monopolios, donde compro el sostenedor es la cadena Woordwoordt con 300
tiendas producción y venta, y de ida o venida polices por aquí, más polices por
allá, vaya, atrevido, le grito a uno que me toca una... (entiendes?), yo a
usted estoy cansada de verlo tomando traguitos de tequila detrás del mostrador
del viejo mexicano, y esto aquí con tantos polices, y las ITT, y desde aquí
reguero de CIAS por todo el mundo, violencia diaria, tortura, cómo golpean por
simples conjeturas a ese tipo sin empleo, desclasado, con apariencia de somnoliento
drogado, y el desclasado se deja pegar, esto no es ser macho en Dominicana. El
police se vuelve un guapo como en los filmes del West. Si este es el
Mundolibre, sobresobrado, sobreexplotado, voy a enajenarme. ¡Y no. Noo. Y no!
Me marcho y regreso donde la señora Sarah, con su música continua, la de Donna
Summer, con las mismas calamidades, gritándome a cada instante: disparatas. Y
grita y aúlla de soberbia cuando leo en los periódicos las injusticias que se
cometen en África del Sur con los negros. No conformes con los linchamientos de
Soweto y Johannesburgo, a Steve Biko lo mutilaron en una celda carcelaria de
Pretoria. La señora Sarah me toma por las greñas, grita en forma descomunal:
disparatas, disparatas, me arrastra hasta el tocadiscos donde sube todo el
volumen. Ahora ni mi llanto lo oigo. Donna Summer, mi negrita querida, llena con
su voz y excita con su ritmo la casa de la señora Sarah.
Aída
Cartagena Portalatín
(1918-1994)