Se me fue poniendo triste, Andrés
- «Pedro Juan, tu Negrita se está por morir».
Eso fue todo, Andrés. Y yo me le quedé mirando, mirándole
los ojos que se le ponían de vidrio de botella de Malta. Así de quemados y
oscuros. Después, ya el cuarto se iba llenando de pesados celajes, las paredes
comenzaron a ablandarse para que allí la luz de la vela se pegara temblorosa y
yo viera la sombra de su cabeza parpadeando sobre las tablas manchadas por los
aguaceros. Ella no dijo una palabra más, sino que hizo como si mirara las vigas
del techo, y las gotas de sudor se le quedaron en la frente como si por dentro
le estuvieran hirviendo los pensamientos, los recuerdos, las tristezas de tanta
vida de apuros y trabajos. Yo la miré largamente, me clavé los codos encima de
las rodillas y me puse a mirarla y a pensar sin querer dejando que la cabeza se
embobara con todo lo vivido, con esos largos días nuestros que los malos
espíritus no se cansaron de enredar desde aquella tarde en que pedí a la
Negrita que se viniera conmigo y ella apareció en el vano de esa puerta,
trayendo una funda con su ropa y enseñando una sonrisa suave, que no era casi
una sonrisa, sino ese gesto dulce que tienen algunas santas de las que sacan en
procesión ciertos domingos por el pueblo.
Yo me quedé mirándola y recordando cosas. La vi cruzar la
habitación, yéndose a sentar debajo de la ventana por donde se metía el aire
húmedo del río y el apagado chasquido de las aguas en los pilotillos del
muelle. Allí se quedó entre lejana y resignada, como si todavía no se diera
cuenta de que en esta casa, a la que acababa de entrar, su presencia nos estaba
obligando a compartirlo todo, el silencio, el espacio, el tiempo, todo.
Cuando regresé con los plátanos para la cena, ella aún se
miraba las manos, juntas sobre las rodillas, y encajaba los tacos de los
zapatos en el barrote de la silla verde. Tuve entonces que ponerle la mano en
el hombro y decirle confianzudamente «es usted la mujer, en el anafe hay carbón
y hay tres huevos en el guardacomidas». Nunca más tuve que repetirle esto, ni
siquiera por broma. Negrita comprendió desde entonces el destino y por eso
aquella misma noche, antes de acostarnos, sin decirme nada, tomó diez centavos
de encima del pasamanos y regresó con azúcar y café. En lo adelante, cada vez
que yo miraba a la Negrita, tenía que encontrar ese mismo gesto que se me fue
metiendo en el alma y que muchas veces me dio ganas de llorar, cuando
encogiendo los hombros, me decía «¿Y qué? Yo casi no tengo hambre», y tenía que
obligarla para que tragara un pedazo de yuca o para que probara el pan con
salchichón. «Tú eres el que afana», decía, «es justo que te compres siquiera un
pantalón, yo con los trapos que tengo estoy bien, total que no salgo a ninguna
parte».
¡Y yo que la conocí por casualidad! Fue en los tiempos en
que yo tenía la «Mercedes», que era una yola grande y liviana pintada de blanco
y rojo, con el bronce de los remos siempre tan brillante que los muchachos de
«Villa Duarte» me conocían desde que yo salía del atracadero de aquel lado .
«¡A que esa es la Mercedes!», apostaban.
Una mañana vino la Negrita y me dijo que iba a la ciudad a
buscar un dinero, que me pagaba de regreso, y yo, que no sé por qué la miré de
una vez con picardía, le dije que sí, que subiera, y comencé a remar, mirándole
los ojos que se le entretenían en la espuma que corría junto a la «Mercedes».
Ya de regreso, yo no quise aceptarle su dinero. Que se
comprara caramelos, le dije, y seguí mirándola cuando ella hacía girar la
sombrilla detrás de su cabeza, moliendo la luz del sol entre las varillas
negruzcas, abiertas como una telaraña sobre el río. Ella venía sentada en la
popa e la «Mercedes» y yo
silbaba algo del Trío Reynoso. No dijimos una palabra, pero yo sé que por
dentro de lo que yo silbaba iba caminando el gusanito de la mala intención,
para hacerle cosquillas en el oído a la Negrita. Yo no me estaba dando cuenta,
hasta que me sorprendí repasando el pedacito ese, Andrés, el de «baila mi
merengue que entre las mujeres tú eres mi derriengue». Pero la Negrita no estaba
en eso aquella mañana, ella traía los ojos en el agua y su silencio era como si
viniera del fondo del río. Y es que ella era así, tenía esa manera de quedarse
lejos, que a uno a reparar en su presencia, porque ella misma se iba, dejaba
por cuenta su lugar y entonces uno comprendía que lo estaba haciendo para
dejarnos vivir, para que yo no tuviera esa mañana el lastre de su misterio que
estaba ahí, en la popa de la «Mercedes», y pudiera escuchar el chapoteo de los
remos sobre su silencio profundo, en el que bogaban hojas, papeles, pedazos de
ese mundo que la Negrita hacía difícil y cercano, inexplicable. Quizás ese
merengue de los Reynoso era lo único que verdaderamente vivía en ese instante
sobre el río. No porque yo lo silbara, porque vivía solo aun cuando nadie lo
silbara, porque permanecía oculto en la caja de los acordeones esperando
siempre la mano del que fuera a tocarlo, del que viniera a echarlo fuera, a
ponerlo en los labios de alguien, que como yo, no sabía claramente por qué lo
silbaba con la intención de que pudiera escucharlo quien ya no estaba ahí,
porque te juro, Andrés, que la Negrita desde entonces se había ido en el
silencio y aquel merengue la buscaba sin llamarla, sin yo querer, sin ninguna
palabra. Tuve entonces que decirle «ya llegamos», cuando sentí la arena contra
el fondo de la yola, y ella tuvo que bajar, quizás sin quererlo también, como
si comprendiera que los dos ya estábamos juntos en algún sitio que no era en
esa orilla. ¿En el destino, Andrés, así se llama? Yo no lo sé. Porque tendría
que averiguar si el destino es antes, o después.
Fíjate, Andrés, cómo es la vida, después de aquello como que
se achicaba el mundo, ya nos encontrábamos como tú tienes que encontrar esta
cama, ese
vaso, aquella ponchera, ese San Miguel en la pared; si es que te pones a dar
vueltas en el cuarto. Por eso en el bar de Vicente ella me puso la mano en el
hombro aquella noche de Año Nuevo, y yo me di cuenta de que sus palabras nada
tenían que ver con el gesto de sus ojos. Me saludó como siempre «Pedro Juan,
cómo le va?» pero su mirada estaba lejana como si no me viera en este mundo,
sino en otro mundo en el que yo no hacía nada con aquel trago de «Jacas» en la
mano, porque dejaría ese trago, y ya le hablaría riendo, ya caminaríamos hacia
un lado del bar, ya bailaríamos cerca de la vellonera, y ese era el que
importaba a sus ojos, el que estaba dentro y lejos de mí, el que ya estaba con
ella en algún sitio mientras la Negrita reía con su vestido de flores y yo la
soltaba y le daba vueltas para que los muchachos aplaudieran con el fuego del
ron en los ojos, mirando las caderas y mi mano que rodaba a veces sobre su
espalda mojada. Tal vez fue esa noche cuando mejor lo comprendimos los dos. Por
eso cuando Candito trató de echarle el brazo, ella se dejó caer sobre mi hombro
y yo seguí hablándole como si nada a la cara arrugada de «el ñato», que del
otro lado de la mesa hacía por entenderme entre los humos de la borrachera,
achicando los ojos y repitiendo como hipnotizado «así es, así es, así es».
Yo recuerdo cada fecha, Andrés, porque las cosas se iban
sucediendo de manera que no podían evitarse. Era como si te leyeran la taza y
te dijeran que vas a hacer un viaje y después tú, en medio de ese viaje,
pensaras que cuando te leyeron la taza te lo avisaron. Sólo que a nosotros
nadie nos anunciaba nada, sino que sucedían las cosas ellas solas, pero
sucedían así, como suceden esas cosas que se anuncian, que se dicen antes, y
que nadie puede evitar después que ya se han visto en una taza, o lo han dicho
las barajas. Y a nosotros, Andrés, nos pasaban las cosas así mismo.
Después de aquella noche de Año Nuevo, en el bar de Vicente,
con Candito y «el ñato» ya yo sabía que la Negrita y yo éramos peces de un
mismo chinchorro, por eso, cuando al atardecer de cinco de enero, la vi bajar
por la escalera del puente viejo, le dije al señor vestido de blanco que me
perdonara, pero que yo tenía el viaje comprometido, y justo cuando se apagó la
última nube sobre el malecón comenzaron a brillar los faroles de los carros
sobre el puente, yo había amarrado la «Mercedes» a un pilotillo del muelle y
subíamos la cuesta de la Calle Atarazana, la Negrita hablando de los hijos de
su hermana Carmen, que ya no creían en los Reyes y yo diciéndole que no
importaba, que les compráramos esa muñeca y ese trompo porque en el fondo a
todos los niños les gusta jugar aunque no les importe el Día de Reyes. Te
cuento eso, para que ves por qué me acuerdo de las fechas, porque cuando
regresamos de la ciudad, justamente pasando bajo la puerta de San Diego, la
Negrita hizo como si quisiera tragarse el cielo por la nariz, echó la cara
hacia atrás, cerró los ojos y respiró muy hondo, que yo oí su respiración
creyendo que lloraba o algo así, y la vi pegada a las piedras, entreabriendo
ahora los ojos y diciéndome que esa soledad la había hecho sentirse de repente
feliz y me tocó el hombro con su mano extendida. A la verdad que en aquel
momento, Andrés, todo parecía haberse detenido. Sólo faltaba que yo me le
acercara como lo hice, con la boca abierta, y me le apretara ahí, entre las
piernas, sintiendo que ella se me amarraba con sus muslos duros y ahí, pegados
a esas piedras de San Diego, yo vi cómo la noche se iba abriendo poco a poco y
la escuchaba a ella como hablándome desde muy hondo, diciéndome que me quería y
que ella sabía bien que esto tenía que pasar porque algo se lo estaba diciendo
en el oído desde hacía mucho tiempo, y yo diciéndole que sí, que yo también lo
sabía y que por eso, cuando la vi bajar esa tarde por la escalera del puente
viejo le dije al hombre que tenía el viaje comprometido, y entonces recordé
cuando se apagó la última nube sobre el malecón y vi los carros con los faroles
encendidos en el puente, y me le pegué bien fuerte a la Negrita, bien adentro,
y así me estuve hasta que comenzaron a ladrar los perros por esas
calles que bajan del Alcázar y yo me retiraba un poco a cerrarme el pantalón,
mientras ella se agachaba a recoger el paquete con la muñeca, y el trompo.
Y te digo que todo esto pasaba como si estuviera escrito,
como si fuera algo que se cumplía según estaba dispuesto, porque ni ella ni yo,
te lo aseguro, hicimos nunca lo más mínimo por llegar a nada. Y ella mucho
menos que yo, que por lo menos dejaba que las cosas fueran pasando. Pero la
Negrita ni siquiera eso porque ella insistía en negarse a la realidad y sólo
actuaba así como si fuera en un sueño, como si fuera sonámbula. Así como cerró
los ojos aquella noche bajando por San Diego, cuando empezó a sentirse sola, lo
hizo siempre, siempre igual, en el bar cuando Candito quiso echarle el brazo,
en la popa de la «Mercedes» cuando se quedaba callada y ausente, en la playita
del Isabela cuando algún sábado por la tarde nos fuimos río arriba mirando los
barrios en la orilla, siempre lo hizo igual, así, dejándose hacer, desprendiéndose
de ahí, de su lugar, dejando espacio al misterio que nos empujaba, que nos
separaba de los demás, y nos juntaba inevitablemente, Andrés.
Por eso llegó el día en que los dos creímos que ya todo
estaba decidido, y así, sin pensarlo, como si me lo hubieran ordenado, le pedí
a la Negrita que se viniera conmigo a esta casa que tú sabes que estuvo siempre
sola, porque yo no había tenido nunca antes a nadie en quien confiar hasta el
punto de creer que su compañía podía hacerme sentir mejor. Y como te conté, esa
misma tarde ella se apareció en el vano de esa puerta, con la sonrisa suya que
no era casi sonrisa sino una manera de parecerse a las santas que hay en la
iglesia de Villa Duarte, y yo la vi ahí, como me está pareciendo verla ahora
mismo, ahí parada la Negrita, llenando desde entonces esta casa con ese gesto
de gente buena que tenía y que hacía que uno la quisiera sin decírselo, porque
hasta eso creía uno que podía avergonzarla. Desde ese día, Andrés, desde esa
tarde, todo fue tan triste y tan duro, que sólo la buena voluntad de la Negrita
pudo darle fuerzas a uno para llevarlo con resignación y con un poco de fe
hasta el día de hoy, en que te estoy contando todo esto, pensando en que lo
único que me da valor para hacerlo todavía es ese recuerdo de ella, de esa
sombra de ella ahí en el vano de la puerta como el primer día, su cabeza ahí en
la pared, sus pies ahí en el os barrotes de la silla, el recuerdo de su voz que
se deja correr a veces desde el patio, los celajes de su imagen que cruza
todavía por delante de la cama y viene a sentarse aquí, a mi lado, sin hablar.
Nuestra vida fue dura, Andrés. Primero fue un tiempo de
lluvias que se metió y llovía entonces sin parar día y noche y yo me estaba
sintiendo ya mortificado porque la gente no quería cruzar en yola a la ciudad
en esos días, sino que prefería hacerlo en un carrito por el puente, y la
Negrita pasaba las de Caín teniendo que hacer las cosas de la casa con lo poco
que podía yo traerle en esos días, veinticinco centavos unas veces, cuarenta
otras y así. Entonces fue que vino el ciclón ese, «Inés» (ya tú no estaba aquí
para ese tiempo) y comenzaron a decir por el radio que venía a cruzar por
Macorís y que se iba a llevar la capital. Como yo conozco lo que le gusta
alarmar a la gente que habla por el radio, le dije a ella que no se apurara,
que eso no venía para acá, que los ciclones se van a morir por Barahona o se
meten a Haití, pero cuando a media mañana volvía a la casa, ella me esperó con
los ojos muy grandes, diciéndome que en el ventorrillo de doña Pura le
enseñaron un «Listín» con un mapa que tenía una flecha diciendo por dónde venía
«Inés» y que a las ocho de la noche esto no se iba a entender. Yo le dije que
lo mejor era comprarse algo para no pasarlo así y le pregunté si tenía
suficiente gas para la lámpara.
Volvimos a la casa con plátanos y café y una botella de gas,
y la Negrita empezó a tapar con periódicos viejos todos los huecos en las
paredes. Ya a
las cuatro de la tarde la gente por aquí se había puesto a creerle demasiado a
los del radio y fue entonces cuando llegó una guagüita de la Defensa Civil,
vociferando que no se salvaría nadie dentro de su casa, que las inundaciones
nos arrastrarían inevitablemente porque la fuerza del ciclón era terrible y
había que trasladarse a un refugio que había más arriba del puente, en una
escuela. Te repito que yo nunca le he creído a esas gentes que vociferan cosas,
Andrés, como si quisieran meter miedo, y por eso me le encaré a la Negrita
cuando quiso meterme en la romería que se armó, entre una cantidad de tontos que
empezaron a irse de sus casas sólo con lo que llevaban encima, y le dije que
no, que ni siquiera le haría caso a la orden de la comandancia, de llevar las
yolas un poco más arriba, que eso no pasaría por aquí. Y me dio mucha pena
después cuando la vi llorosa, temblando de miedo en un rincón, y me puse a
contarle que cuando San Zenón fue otra cosa, que ahora no pasaría lo mismo
porque la gente lo que tenía que hacer era no salir a la calle a emborracharse,
que yo no iba a aconsejarle lo malo para ella. Ya la tenía convencida, cuando
al oscurecer, se presentó un camión de guardias que llegaban a las casas
golpeando con los fusiles en las puertas y diciendo improperios «porque el
Gobierno nos quería hacer un favor y estos muertos de hambre estaban de mal agradecidos»
y así fue como nos fueron obligando a todos los que estábamos en nuestras casas
a subir a los camiones.
Estaba lloviendo muy fuerte, Andrés, y yo recuerdo que
cuando cargué a la Negrita y la ayudé a agarrarse de la baranda, me viré a
recoger la colchoneta que ella había dejado en el suelo. Fue entonces cuando oí
como un resbalón y de una vez un golpe seco, cuando vino a gritar ya estaba yo
agarrándola y veía su cara rota, llenándose de sangre que le corría con la
fuerza de la lluvia por el pecho y los brazos. La Negrita me miraba con unos
ojos desesperados debajo de la herida gruesa como un labio, «me caí, me caí,
Pedro Juan» me dijo y yo le puse mi camisa apretada en su frente, ya caminando
el camión, porque los guardias dijeron que allá en el refugio se ocuparían de
ella los que tenían que ver con eso. No te voy a contar lo que pasamos esa vez
en aquel edificio con las ventanas rotas, por donde se metía todo el aguacero y
el viento y donde no había un solo escalón para sentarse la Negrita con su dolor
de cabeza y su fiebre, a tomar un trago de café caliente que yo le había
conseguido. Nos pasamos la noche pegados a la pared, oyendo la lluvia y la
gritería de los niños, porque el ciclón no vino esa vez. Desde entonces ella
sentía esos dolores de cabeza que le quitaban el sueño muchas veces. Pero ella
me lo ocultaba, me decía que no, que no le dolía, que para qué comprar
calmantes si con cinco centavos se podía traer salsa de tomates y azúcar. Pero
yo la sorprendía de vez en cuando apretándose las sienes con los puños, o aquí
acostada, de cara a la pared crujiéndole los dientes de tanto aguantar el
dolor. Yo sé que tú me dirás que exagero, pero te aseguro que ya para entonces,
yo presentía todo esto, era como yo lo había leído en algún sitio, que lo de nosotros
no se quedaba así nada más; pero tú vas a decir que yo exagero seguramente.
Pues la verdad, Andrés, es que todo vino tan mal que sólo para algo mejor pudo
haber sido.
Te imaginas ahora por qué vendí la «Mercedes». ¿Sabes
cuántas radiografías le hicieron a la Negrita con ochenta pesos? Total que como
quiera hubiera tenido que salir de esa yola, porque desde el día en que al hijo
de Anjito se le ocurrió ponerle motor y techo a la suya, la gente no se subió
más a una yola corriente. Entonces fue que vino la protesta de los que no
teníamos dinero para comprar un motor y nos estábamos muriendo del hambre, y
por eso es que ahora se turnan, las de motor un día y otro día las sin motor.
Pero como quiera ya no es lo mismo, Andrés, no fue lo mismo. La gravedad de la
Negrita vino precisamente cuando ya no se trabajaba todos los días en el río
porque ya habían aparecido las yolas con motor. Yo sé que tal vez, ganando más
dinero, se hubiera podido salvar a la Negrita, yo no sé, pero quizás. Sólo que
después que un hombre se ha pasado la vida cruzando por encima de ese río,
¿cómo diablos encontrar un chele en la tierra que no sea haciendo lo mal hecho,
Andrés? Y yo no hice lo mal hecho, ni la Negrita hubiera vivido un minuto de
más por un dinero sucio. Por eso te digo que no exagero, eso tenía que pasar
para que fuera mejor porque lo nuestro no se quedaba así, porque era como si lo
hubieran dicho las barajas.
Y se me fue poniendo triste, Andrés. Los ojos se le fueron
perdiendo entre las fiebres y ya la Negrita no veía ni escuchaba nada sino que
vivía con un panal de avispas bravas en la cabeza, con una bulla que la tenía
aturdida, y sudada, se le perdían las manos en la cama (ahí andan sus manos,
Andrés, la sombra de sus manos solas) y se callaba, encogida como un pájaro
muerto.
Yo cerré la ventana, Andrés, para que la luz no la asustara
más, para que se quedara aquí sobre las sábanas como un montón de oscuridad,
para que siguiéramos ella y yo lo que habíamos empezado sin saber y que no
podía terminar (no te exagero).
La Negrita se me fue poniendo triste y ya no sonrió otra
vez, ni dijo nada, ni se movió jamás, hasta aquella noche, con la luz de la
vela temblando en la pared, con un silencio parecido a este, se volvió hacia mí
con la más dolorosa dulzura:
–«Pedro Juan, tu Negrita se está por morir».
Eso fue todo, Andrés. Y yo me le quedé mirando, la miré
largamente, me puse a mirarla y a pensar sin querer, dejando que la cabeza se
embobara con todo lo vivido.
Ahora te he llamado a ti, Andrés, porque siento que esto ya
va a seguir y necesito a alguien que me guíe. Nadie mejor que tú que tanto me
quisiste, que me conociste tanto como yo a ti porque estuvimos juntos desde
aquellos
días en que braceábamos desnudos en el río, cuando el viejo Payano nos enseñaba
a remar y a achicar la yola con un jarro. Por eso te he llamado, Andrés, porque
crecimos juntos y nos hicimos hombres en esta vida, llevando gente de un lado
al otro, navegando esta misma agua, cruzando este mismo río. Por eso, Andrés,
porque asimismo también te vi morir un día cuando no aguantaste más el hambre y
me dijiste «no doy un viaje más», y dejaste la yola a medio varar y después te
vi flotando debajo del puente, con los ojos amarillos e hinchados. Por eso,
Andrés, porque te conocí, porque sé que donde estás debes haber visto llegar a
la Negrita, porque tú sabes dónde está, dónde me espera. Porque me voy a morir,
por eso te he llamado, Andrés, y te lo he dicho todo. Mira, ya empiezo a
morirme. Me estoy alejando de esta cama, voy a cerrar los ojos. Silbaré aquel
merengue del Trío Reynoso, ¿sabes cuál es Andrés? Entonces tú me tomas las
manos y me llevas donde está la Negrita, ¿quieres?
René
del Risco Bermúdez
(1937-1972)