I
Acabo de conocer, mis queridas lectoras,
al protagonista de aquel trágico drama acaecido en la plaza principal de la
villa de Moca en los últimos del mes de mayo próximo pasado; drama que conmovió
profundamente a la sociedad dominicana, absorta ante el cadáver de la hermosa
Emilia Michel, pobre niña cuyo pecho destrozado regó con sangre las flores que
le sirvieron de poético lecho por un instante, al caer sin vida, muerta por las
manos de un amante desesperadamente celoso.
Le acabo de conocer a él... He ido a
visitarle a su prisión acompañando a la hermana del desdichado joven,
atribulada muchacha que en los umbrales de la vida aún, y bien necesitada de
consuelos, ha dejado su hogar para venir a darlos con su presencia, su simpatía
y sus lágrimas a quien tanto necesita de la santa caridad del espíritu: la
compasión.
Es él un adolescente - no ha cumplido
veinte años – en cuya faz que aún tiene el brillo y hermoso sonrosado de la infancia,
no hallará de seguro el más observador un solo rasgo que denuncie la
imprudencia y dureza del perverso, ni la solapada expresión del hipócrita.
La frente del joven Lara no tiene
depresión alguna que pueda hacerla repulsiva; es francamente despejada y su
negrísimo cabello cae con naturalidad sobre ella sin ocultarla; entre sus ondas
se destacan ya algunas hebras blancas, "nacidas" -me dijo al
observarlo yo- "desde que estoy en la cárcel."
Sus facciones son correctas; apenas le
asoma un ligerísimo bozo, y una barbilla alfonsina, que le ha nacido también en
la prisión, empieza a sombrear y dar expresión varonil a su aniñado rostro. Sus
ojos, grandes y brillantes, no miran con la malicia del astuto ni tienen la
vaguedad del criminal; solo vi en ellos una tristeza profunda y mucha luz al
animarse hablando del desgraciado suceso, luz que brillaba húmeda por
reprimidas lágrimas, cuantas veces nombré a su malograda novia.
La primera impresión que sentí al verle
fue sorpresa. Yo esperaba encontrar un hombre, y hallé un niño; pensé oír
palabras de firmeza, cuando no el alardeo de carácter intransigente, propio del
hombre capaz de llevar a cabo una acción violenta y reprochable; creí que el
preso rehuiría el tratar del penoso asunto, y de tocarle había de defenderse
acusando, como hace todo el que obra mal y confía su defensa al mal juicio que
haya de levantar sobre el contrario. ¡Qué sé yo! Estaba tan predispuesta que,
al llegar a las puertas de la prisión, mi pecho latía furiosamente, y temí
cometer - llevada de mi carácter impresionable y la aversión que me inspira
toda injusticia y mezquindad - una indiscreción a la primera palabra
inconveniente del joven.
Pero no: el pobre muchacho apenas me
vio, casi sin preámbulos, como quien se expansiona con anhelo, me dijo que deseaba
conocerme y hablarme de esa desgracia; que yo le podía entender y juzgar y
darle mi opinión. Preguntome qué juicio había yo formado de él.
No pude menos de sonreír con pena ante
esta sinceridad efusiva y contestarle que le consideraba un niño desgraciado.
Entonces me contó sus amores, tan
trágicamente truncados. Recuerda los detalles con amargo placer. No atina a
hablar de otra cosa; su pensamiento está fijo en esos recuerdos que evoca sin
cesar.
Piensa en su amada cual si viviera aún;
el delirio de ese amor vehemente no ha cesado. No siente remordimiento porque
no sabe cómo pasó todo aquello, de qué tan lejana estaba apasionado y su mente
un momento antes, y todavía le parece mentira. siente dolor, dolor inconsolable
de haberla perdido.
-Sobre el pecho tenía una rosa que yo le
había dado esa tarde -dijo- y yo tenía una blanca, regalo de ella. ¿Cómo he podido
hacerle daño, si la menor contrariedad o pesar que ella sufría era doblemente
sentido por mí, que la amaba más que a mí mismo?
Y no solo la quería, la quiere. Para él
vive ella. Tiene su alma, para amarla, esa tenacidad que ni la muerte
desprende, que solo puede existir en los grandes amores, y nunca en cualquier
corazón. El asegura que en sus sueños la oye llamarle con cariño y él despierta
para gemir: "llévame, llévame!" Y ella le dice que sí, y él confía en
que no le tiene rencor, y que vela por él.
Conmovida ante la grandeza de este dolor
quise hallar palabras de consuelo. Aquella relación sin artificio, que brotaba
con la espontánea elocuencia de la sinceridad y el sentimiento, me arrobaba. La
hermana del joven, presente a la entrevista, lloraba silenciosamente y yo
rebuscaba en mi imaginación las frases que pudieran servir de lenitivo en tan inmensa
pena, sintiéndome incapaz de consolarla.
Recordé la misericordia de Dios y las
esperanzas que ofrece. En su nombre, le dije, había de esforzarse en obtener la
calma necesaria en el amargo trance. Los grandes dolores de la vida parecen una
prueba para acercarnos a Él. Cuando todas las ilusiones del mundo nos faltan,
Él nos queda; y El solo puede ver con justicia el fondo de las almas y
juzgarlas según sus intenciones.
El joven preso espera y confía en Dios;
pero su mayor deseo es que Él le conceda unirse a la que ama. He tenido que reñirle
como a un niño, alarmada ante el peligroso delirio.
Le he hecho presente cuánto puede
aguardar del porvenir quien posee el hermoso don de la juventud y ha despertado
tan prematuramente a la experiencia por medio del dolor; el dolor que es fuente
del bien, la bondad, la compasión y la grandeza de espíritu.
Después de calmado, mi joven amigo ha
vuelto a reanudar su narración.
Copio recordando con exactitud sus
palabras, segura de que mis lectores las acogerán con interés. Una historia de
amor desgraciado tiene singular atractivo, aun para los oídos menos acostumbrados
a escuchar exquisiteces y para los corazones más suspicaces y fríos ante las
hermosas manifestaciones del alma: porque la ternura es flor de sutilísimo
perfume que embalsama hasta el pie del ciego que se posa sobre ella, con ánimo
de destrozarla.
-Yo la quería desde que éramos
niños-dijo- y desde entonces no ha habido paz para mi corazón. Mi carácter
exaltado y vehemente, excitado por sus desdenes, hizo de los primeros tiempos
de mi juventud un penoso martirio.
-He comprendido, efectivamente -le
interrumpí- que es usted excesivamente apasionado, y de genio irreflexivo.
-Y es verdad-replicó. - Para todo tengo
una actividad febril y el impulso de mi corazón me arrastra de tal modo, que
jamás me ha dado tiempo a pensar lo que hago. No sé cuántas veces he puesto mi
vida en peligro con imprudencias en que no he puesto atención... Mis amigos por
casualidad han podido librarme del suicidio, cuya idea, en momentos de arrebato
desgraciado, me ha sugerido, y no ha sido llevada a cabo sin la menor
reflexión, por la intervención oportuna que me ha salvado. Esto es una
desdicha, pero ¿cómo remediarla, si el carácter parece ser parte de nosotros
mismos, y creemos tan imposible su dominio?
-La experiencia, acaso-dije, - y el
dolor de la falta a que nos arrastró, sea su único remedio.
-Pero ese remedio suele llegar tarde,
-contestó melancólico él-demasiado tarde... Continúo. Cuando al fin logré ser
aceptado por la mujer amada, mi felicidad no tuvo ejemplo; nadie ha podido dar
mayores pruebas de amor. Comprometido ya, y satisfecho, todo me parecía poco
para hacer sentir a mi adorada la intensidad de mi cariño. Recuerdo que por
entonces estuvo ella ausente de mí un mes que pasó en La Vega; pues en ese
corto tiempo, además de escribirle diariamente y haberle puesto más de veinte
telegramas, estuve a verla ocho veces.
Mis celos, grandes como mi amor, con él
vivían en perpetua lucha. Una mirada de ella para otro, una palabra, eran un choque
eléctrico terrible en todo mi ser, que me ponía al borde de la desesperación;
pero si la veía, cuando más quejoso estaba, con una expresión de cariño me
desarmaba, a tal punto, que todo lo olvidaba como por encanto, para embriagarme
en la loca felicidad que sentía renacer.
II
-¿Y sabía ella, -inquirí- el ascendiente
que tenía sobre usted?
-Lo sabía, estaba segura de él; conocía
tan bien mi debilidad como la desesperación en que me sumían sus geniadas. ¡Que
si sabía lo bien querida que era! En cierta ocasión me aconsejó un amigo, como
remedio seguro para atraer la sumisión de la mujer amada, el fingimiento de una
indiferencia sistemática y aun excitar sus celos haciéndome amar de otra. Esto
pasaba antes de nuestro compromiso. Mi primera tentativa de indiferencia la
hice poniéndome en viaje hacia un pueblo vecino, al amanecer de un día en que se
celebraba una fiesta en el nuestro.
Ella supo que me ausentaba y dijo a sus
amigas con esa firmeza de seguridad que solo puede tener la mujer que se siente
amada, como lo era ella, que iría a misa, lo más hermosa que pudiera,
convencida de que yo había de verla antes de que terminara la mañana.
Efectivamente, una hora, lo más, llevaba de camino, cuando arrepentido del
viaje, y no pudiendo resistir aquella contrariedad que yo mismo me impusiera,
resolví volver grupas, arrostrando las rechiflas de mis compañeros, y corrí
hacia Moca devorando distancias con loco afán, y llegué a la plaza a tiempo que
ella desde la iglesia me señalara a sus amigas... Yo era incapaz de ausentarme
de Millo(*) voluntaria mente por un solo día.
En otra ocasión, vi su expresivo
semblante lleno de asombro y contrariedad en momentos en que, con ideas de
despertar sus celos, galanteaba yo a otra muchacha. Siendo esta mi intención,
debí sentirme satisfecho de mi bella obra, y más, si con ello lograba despertar
el ansiado interés de mi amada; pero no, yo la quería con tal ternura que el
pensamiento de que ella pudiera sufrir un solo instante la tortura de los
celos, me hizo perder la cabeza; sentí aguda pena, mil veces mayor que la que
ella sintiera y las que yo había sentido por mí mismo, y desfalleciendo de
emoción y arrepentimiento no me humillé a decirle toda la verdad, gracias a un
esfuerzo de la voluntad que me dejó casi enfermo de desaliento.
-Ese es amor, verdadero amor, -interrumpí,
y sorprendida de tan delicado sentimiento, casi a pesar mío exclamé: -Y pudo
usted herir ese pecho que guardaba el deseado corazón! ¡Pudo usted hacer ese
daño!
-No salgo de mi sorpresa de haber podido
hacerlo-respondió tan contristado, que me arrepentí de mis palabras; - pero tenga
en cuenta la rapidez del hecho y la locura que envolvió mi cerebro en un
torbellino de fuego... Yo no me pertenecí en aquel momento. Si algún obstáculo
me hubiera detenido un instante en aquella hora fatal, si me dirige ella una
mirada de reproche, si llego a tocarla antes, y ella expresa dolor, ¿cuánto iba
a poder herirla, yo, que sentía con tal intensidad la pena más insignificante
que ella sufriera, y para quien una queja de esa mujer adorada era una herida
que me desgarraba el corazón? Sí, yo que no tuve nunca valor para hacerla
llorar, lo tuve para hacerla morir... Eso sí, una sola vez sufrió; antes jamás
le hice agravio ni le causé pena voluntariamente.
Miré con curiosidad, al oír estas
palabras, el rostro juvenil del preso, impregnado de tristeza y congoja. Su
expresión era la de la sinceridad: no tiene arte para decir lo que desea, ni sabe
hacer bonitas frases; se inspira en sí mismo y habla lo que siente con esa
facilidad- casi elocuencia - que solo tiene el que se apasiona sin trabas, y
con el anhelo que da el afán que sentimos de desahogar las penas que nos
afligen. El dolor es gran maestro de filosofía, y el corazón que le siente en
toda su magnífica solemnidad, no sabrá ser perverso, no, y es capaz de elevarse
en sus alas a la mayor altura a que podemos aspirar desde la profunda miseria
que es la vida. Hijas del dolor son las más hermosas páginas de la historia de
la humanidad.
- ¿Y es cierto, -pregunté yo a mi pesar,
queriendo saber toda la verdad de esta triste relación, - es cierto que la
había amenazado usted muchas veces con la muerte?
-No, no lo creo, se lo aseguro a usted,
-me apresuré a decir.
-Mas, sin tener la intención, ¿quién,
con verdadero despecho, ha medido sus palabras? La calma fría y pensadora no es
atributo de la pasión, los arrebatos de la locura están a espaldas del amor
aguijoneado, siempre, como está la sombra tras el cuerpo que da el frente a la
luz, y cuando quien habla se inspira en esa impaciencia efervescente: ¿acaso
será dueño de sus palabras quien apenas es dueño del cuerpo que tiembla como una
hoja a la presencia del ser amado, cual dice usted que le ha pasado tantas
veces? Después de conocerle, después de oírle, no creo que pudiese premeditar
la horrible catástrofe; no, mas no extrañaría que su corazón vehemente se
desbordara en imprudentes frases: el que sabe amar como usted, no sabe meditar;
el cálculo es privilegio de la falta de sentimiento. En estos casos, los
arrebatos más brutales son verdaderas pruebas de amor, que nunca estarán al
alcance de las almas frías y egoístas.
-Es verdad, es verdad, -repitió el joven
como si mis palabras respondieran a su propio pensamiento, -y recuerdo que, en
el calor de nuestras discusiones, cuando estaba celoso, bien hice presente a
Millo que yo mismo no sabía qué alcance podía tener la situación desesperante
en que me colocaba si no atendía a mis razones y súplicas, pensando en la
probabilidad que había de que ocurriera una desgracia, sí, la de que un momento
de locura me arrastrara al suicidio a que ya había atentado otras veces...
Nunca creí que llegara a ser tan horrible el desenlace.
Después de un breve instante de silencio
el preso continuó.
-Nuestras relaciones duraron poco; no
había paz entre su carácter travieso y despreocupado de muchacha mimada y bonita,
y mi amor, exigente y profundo. Una trivialidad les puso término; un arrebato
de mis celos, y una tranquila y desesperan-
te indiferencia por parte de ella.
Entonces hice lo que hacen todos: me
lancé, para llenar el vacío doloroso que en mi alma dejaba el rompimiento, a
toda clase de aventuras. Ella había salido de Moca a raíz del disgusto, y su
ausencia se unió a la pena que me devoraba para hacerla más insufrible. En vano
buscaba olvido en otros amores, al corazón no se engaña, y el falso amor del
despecho que se busca para entretenerle, es peligroso calmante que apenas le adormece,
para empujarle con nuevos bríos y más pujante delirio, en pos del verdadero objeto
de su ternura.
Yo no tuve valor para resistir largo
tiempo fingiendo indiferencia, y llegó a ser tal la pena que me consumía, que
poco tardé en convencerme de lo inútil que era la tortura de procurar un olvido
que jamás conseguiría, y en tratar de rehacer el lazo de que parecía depender
mi vida.
III
No puedo continuar la relación empezada,
sin enviar antes mis más expresivas gracias a las personas que han tenido la bondad
de escribirme desde esa Capital, mostrándose interesadas por mi crónica, y
felicitándome por ella.
Particularmente, a la dulce amiguita que
dice haber derramado sus puras lágrimas leyéndola; lágrimas que me
enorgullecen, aunque bien sé que no soy quien las ha hecho correr, sino la
delicadísima sensibilidad de su corazón, que naturalmente se conmueve ante la
catástrofe de una vida inocente truncada por la fatalidad, y de otra vida más
desdichada aún, en que anidará eterno el desconsuelo de tan irremediable des-
gracia.
Fuente de profunda enseñanza es esta
historia novelesca. Ella nos muestra cómo nunca sabremos hasta dónde pueden arrastrar
las pasiones fustigadas. Las imprudencias propias y ajenas, mezclándose en el
sencillo idilio para convertirle en trágico drama, que a la vez que encierra
todo el horror de una muerte violenta, tan hondas influencias ha de ejercer en
el porvenir, en la vida entera, no ya del infeliz protagonista de ella solo,
cuanto de las dos familias que lloran a la par el luctuoso acontecimiento.
Sírvanos de lección a todos el
ejemplo... ¡Ojalá pudiera yo alcanzar esa esperanza, y quedara satisfecha de mi
obra!
Medrosilla he estado después de mi
primera crónica, primer ensayo de este género de literatura que hacía, y sin la
menor idea de qué clase de acogida podía darle el público.
Alentada por las amables frases con que
he sido favorecida, me apresuro esta vez a enviar la continuación, ya que
también hay quien se haya mostrado impaciente por ella.
El preso me decía:
-Estaba Millo por entonces en Santiago.
Sin la menor pena por humillarme a ella, aunque yo era el que tenía motivo para
estar resentido, más bien con loca alegría de haber dominado, por una dulce
debilidad de mi cariño, la fiereza de mi resolución de alejarme de ella para
siempre, le telegrafié suplicándole una pronta reconciliación. Ella me contestó
que fuese a verla.
Mi felicidad ante la halagadora
esperanza no tuvo igual.
Había llegado la contestación de mi
amada algo tarde, y obtuve permiso de mi papá (*) para ir a Santiago al día
siguiente.
Aquella noche no pude conciliar el
sueño: tal era mi dicha y mi entusiasmo. Y hacia la una, sigilosamente, porque
de despertar mi padre, me hubiera obligado a volver a la cama, y yo no me
sentía con ánimo para permanecer en la inacción, con la fiebre de impaciencia
que me enardecía, salí de casa, ensillé mi caballo, y tomé el camino que me
llevaba a la gloria de volver a ver a Millo. Mi cabalgadura no corrió... ¡la
hice volar! No sé cómo atravesé el no corto trecho que separa a Moca de Santiago...
Antes de las cuatro de la madrugada había llegado, y no sabiendo qué hacer del
tiempo en hora tan inoportuna, me di a correr las calles de la ciudad... Al
amanecer, esperaba frente al balcón de Millo; la primera persona que se asomó
le dio aviso de mi llegada, y así pude verla temprano.
Ella no se mostró ingrata, mas aplazó el
arreglo definitivo de nuestras relaciones para su vuelta a Moca. Yo le di mis
sortijas y obtuve una de ella; asi quedamos por entonces. Yo le escribía a
menudo después, pero ella, que había venido a Puerto Plata, no contestaba mis
cartas.
Yo estaba mohíno y despechadísimo por
ello, y como no faltó quien me azuzara con cuentos que yo tenía la debilidad de
oír, volví a la desesperación, a los celos y al delirio, no hallando mejor
remedio para calmar la irritación de mi pecho, que buscar alivio en nuevos
amores...
Volvió Millito a Moca y supo que yo me
entretenía por otro lado, y me provocó con celos también. Siempre había quién
le llevara una historia que tendiera a desunirnos; a mí, cada día hubo quién
renovara la amargura que rebosaba mi alma con chismes, que yo, en la ceguedad
de mi amor apasionado, creía en el primer momento, aunque pasada la impresión
lo dudara, para rechazar luego de todo corazón la infamia y poner a mi amada
por sobre todas esas miserias. La familia de Millo también estaba predispuesta
contra mí, y algunos de ella me aborrecían, oponiéndose a nuestras relaciones,
a pesar de que, antes de que se desencadenara aquel cúmulo de desdichas, me querían
todos con predilección.
IV
Antes de continuar la relación del
preso, permítanme mis lectores una digresión brevísima que creo oportuna.
La verdadera causa de los mayores males
que lamentamos en la sociedad, es el afán que hay de repetir cuanto se dice,
sin tener en cuenta que puede aparejar una palabra imprudente, y la
responsabilidad que nos cae al hacernos inconscientes cómplices del chismoso
perverso, inventor de nuevas mal intencionadas. Gente hay, que halla un extraño
gozo, una cruel complacencia en dar malas noticias. Lenguas hay que emponzoñan
para verter veneno sobre la herida del amor propio sobreexcitado... ¡Cuántas
lágrimas y sangre se hubiera ahorrado la sociedad si supiera contener a tiempo
esos ocultos factores de la fatalidad! Las desavenencias, aun entre los que más
se aman, despiertan susceptibilidades peligrosas, dolorosos enconos que se
vierten muchas veces en frases amarguísimas, palabras que pasan, que se
olvidan, que pueden repetirse después entre sonrisas, si no las recoge el oído
de un predispuesto a hacer el mal, o de un inconsciente hablador, para hacerla
arma que vaya a herir el corazón del mismo que en hora de acaloramiento las
profirió imprudentemente.
Y hay que contar con que las noticias
muy repetidas, se corrigen, se aumentan, se desfiguran, hallan siempre una mano
maestra que empuje la bola del enredo y le haga más denso y más funesto.
¡Ay! ¡Si supiéramos huir de estos
escollos peligrosos, ¡qué felices podríamos ser, aun en medio de un conflicto,
y en qué plácida calma se deslizara nuestra vida!
Pero mientras la envidia, la falta de
conciencia o la intención perversa hallen nuestro apoyo en la culpable frialdad
con que las dejamos obrar, o la tolerancia con que las acogemos escuchando por
mera distracción, aun repitiendo inoportunamente sus concitadoras noticias,
tendremos que sufrir sus graves consecuencias sin quejas; tendremos que morir
conformes cuando nos arrastren a la muerte...
Continúo. El preso decía:
-A pesar de todo, yo la quería demasiado
para no ser débil, para que mi amor no se sobrepusiera a mi amor propio, y
volví a intentar con todo el afán de un alma enamorada, la deseada reconciliación.
Ella recibía mis cartas y atendía a mis súplicas; se resistía débilmente,
entreteniéndome. Al fin obtuve una esperanza definitiva para la noche fatal que
tan horrible recuerdo había de dejar en mi vida. ¡Pobre Millo! Yo la vi aquella
tarde vestida de blanco y le di la rosa que he dicho, y que llevó sobre el pecho
hasta lo último...
Al anochecer, mis amigos me felicitaron
por la alegría que demostraba, que rebosaba en todo mi ser, y yo, seguro de mi triunfo,
los invité a celebrarlo con champaña, y aun sobreexcité más mis nervios con
este vino, aunque estoy seguro que no estaba ebrio y con los brindis que
enardecieron más mi sangre y mi cerebro. Yo debía tomar la miel de la dulce
reconciliación después de tantas penas, y la felicidad de la esperanza
realizada sostenía mi espíritu en una tensión dolorosa. Esperaba el instante de
encontrarme con ella con una ansiosa impaciencia que solo puede medir quien
haya sentido como yo, amor, amor verdadero. Quien no sepa definir la agonía de
un instante tan supremo, que ría, que no me crea, que me acuse.
Me dirigí, después que dejé a mis
amigos, a la iglesia: celebrábase la fiesta de la Virgen. Allí vi a Millo,
hermosa, más que nunca, subyugadora... me acerqué a mendigar una mirada suya...
No la obtuve... Ella sabía dónde estaba yo; pero sus ojos estaban fijos en otro
lado; fijos hacia el sitio en que se hallaba el hombre de quien la celaba...
La caída, desde la altura de mi
esperanza, al antro de los celos y la desesperación, fue rápida. Sentí
vértigos. La sangre subía a mi cerebro con oleadas ardientes... Cuando concluyó
la fiesta y ni una vez obtuve el alivio de una atención de mi amada, salí de la
iglesia; cuando encontré por la calle un corrillo en que se decía que ella, mi
adorada, amaba a otro... Yo no sé... Corrí al parque. Allí estaba ella; él, de
quien yo estaba celoso, no muy lejos, gozando del bien de mirarla, bien que era
mío, mío solo! Me sentí enfermo y pensé salir de aquel infierno, en volver a mi
casa...
La encontré en mi camino, impávida,
risueña, mientras yo me sentía devorado por todo el rencor furioso de un
loco... No sé lo que hice... No sé cómo pasó la catástrofe. No oí las
detonaciones ni supe cuándo atenté a mi vida con el último disparo. No sé cómo
pasé la noche porque no puedo recordar sus horrores. Volví a darme cuenta
exacta de todo aquello y a empezar a sentir el dolor de haberla perdido, cuando
oí las campanas doblar a su entierro al otro día.
El joven preso, fatigado de la relación,
con fuego y llanto en la mirada, se detuvo... Después prosiguió con ronca
entonación:
-He sabido que ella había dicho a sus
amigas que antes de arreglarse definitivamente conmigo iba a castigar mis
infidelidades, haciéndome desesperar por tres días... Lo supe cuando ya no
había remedio. ¡Cuando ya estaba muerta!
La tarde empezaba a envolverse con nubes
de rosa, despojos del sol al morir, cuando terminó la penosa relación. El
carcelero abrió la pesada reja que nos encerraba en el calabozo del joven,
mientras nos despedíamos de él.
Al pensar cómo quedaba el pobre muchacho
en aquel estrecho recinto, solo, frente a su recuerdo, a su dolor, a su martirio,
un hondo sollozo comprimió mi pecho, y encontré demasiado grande la dicha del
que puede respirar el aire libre, esperar del porvenir días hermosos, volver la
vista al pasado sin estremecerse de horror.
¡Cuánta compasión me inspiró el
prisionero al dejarle asomado a la reja, diciendo adiós, con su sonrisa
impregnada de tristeza, conforme de quedarse allí, él, tan joven, en esa edad de
la libertad, el placer, la alegría!
¡Amor, hermosa pasión que elevas al
hombre, que has sabido alzarle con tu aliento poderoso a la cúspide de la
inmortalidad, impulsándole a la aspiración de todo lo más grande, bello y
generoso, por una sonrisa, a cambio de un pensamiento! Tuyas son sus obras más
perfectas... Tú has creado las más hermosas inspiraciones del genio... ¡el
genio eres tú! Tú que has redimido al mundo de la vulgaridad de una existencia monótona
y brutal, creando el ideal, la gloria, la ilusión...
¡Mas qué feroz y temible eres cuando la
pasión levanta tempestades, como embravecido mar que convierte sus mansas ondas
en terribles abismos!
Tú te adormeces con la felicidad... La
tranquila satisfacción te envuelve como un sudario y paraliza tus latidos; pero
¡Hay del corazón que te conoce y contigo abre puerta franca al dolor! En su
congoja está el secreto de tu poderío. Hijo del dolor eres, más que de la
hermosura.
No ha pasado para ti el tiempo, no. Eres
el mismo que fue a provocar a Paris, a los pies de la famosa Helena; sujetó a Antonio
a los de Cleopatra, y ha atravesado las edades, ya murmurando a los oídos del
Tasso, ya rugiendo en las estrofas de Dante y Byron, sollozando en las
inspiraciones de Musset y Hugo, o extasiando a Rafael ante el rostro de sus Vírgenes.
Eres el mismo – aunque no a todos los
que te nombran les es dado conocerte, -el mismo Cupido, niño ciego y temible, que
hiere a su madre..., a quien no arredran los espíritus fuertes; que ríe de la
soberbia del siglo... El único dios de la edad de oro que se ha sostenido en
pie sin perder uno solo de sus peligrosos atributos.
¡Oh! Tú eres el que has hecho un
desgraciado de ese adolescente, feliz ayer en un hogar honrado, que ahora queda
en la soledad de un calabozo, mirando los últimos velos del crepúsculo desde su
reja.
¡Tú eres quien empujó la mano que hirió
el corazón de Emilia Michel!.
Dilo así a esa juventud que recuerda
cuán gentil y arrobadora era la infeliz amada de tu víctima. Dilo, recordando
las hazañas tuyas que tan hondas y sangrientas huellas han dejado en la
historia de la humanidad.
Dilo... para que todos los corazones
capaces de amar, ofrezcan al prisionero su compasión y simpatía... A la vez que
lleven al sepulcro de la hermosa, lágrimas y flores, como los han llevado
muchas generaciones a un ideal, como ella, infeliz, la inmortal Desdémona…
…
…
…
…
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