EN DONDE SE TRATA DE LOS TRES CONSEJOS
Un capitán del rey, que había venido a menos después de
perder una pierna y arruinarse en guerra santa contra los herejes,
desilusionado se retiró a un pueblo remoto a vivir con su familia. Tres hijos
le quedaron de su difunta esposa. El último se llamaba Prudencio: Prudencio
Pérez de Sandoval. De los otros dos se extraviaron las actas de nacimiento y se
olvidaron los nombres. El día que el mayor cumplió 18 años el padre lo llamó
aparte y le habló de esta manera:
–Hijo: esta población es pequeña, la nación grande, los años
que he vivido muchos y pocos los que por vivir me faltan; lo cual me empaña la
vista sin permitirme columbrar el porvenir de ustedes. Tan pobre he venido a
ser que el día que muera no dejaré más que mi espada mohosa, un caballo de
guerra que al envejecer se ha puesto barrigón, esta casa y… un nombre que el
rey no recuerda. Has debido comprender que, aunque la casa es pequeña en ella
todos mis hijos caben y ninguno sobra. Medita esta noche, que a veces la
almohada resulta buena consejera.
Al día siguiente el joven se despidió, luego de aconsejarles
a sus hermanos que velaran por el padre, y se fue por esos mundos de Dios a
correr tierra. Después de quince días de caminar buscando trabajo en lugares
diferentes llegó a la hacienda de un señor que tenía fama de rico, en donde
encontró qué hacer por el tiempo que quisiera. Con mucho ánimo se dio a
trabajar durante un año, al término del cual calculó que había ganado bastante
dinero y pidió el arreglo de cuenta. Se la arreglaron. Lo curioso fue que el
hacendado, al pagarle, como quien no dice nada le preguntó:
–Joven: ¿desea usted su dinero en oro, o en plata, o
prefiere en cambio que le pague con tres consejos?
–Señor: –respondió el trabajador sin vacilar– sus consejos
serán valiosos; pero seguramente no compensarán lo que gané para remediar las
necesidades de mi familia: entrégueme inmediatamente mi dinero.
Se fue el trabajador contento y todavía tres días después
iba pensando en la infeliz extravagancia de aquel hombre. ¡Miren que venirle a
uno con mansergas en cambio de trescientos sesenticinco días de trabajar de
seis a seis! Eso no se le propone ni al pobre de juicio que pretendió asar la
manteca. Iba pensando así cuando al pasar frente a un caserío oyó voces,
mientras venía a su alcance un caballero a quien le preguntó:
–Buen señor: ¿qué estará ocurriendo allí?
–¿Allí?… ¿Pero es que usted no sabe que hoy son las mejores
jugadas del año? Allí están jugando gallos, dados y barajas, –respondió. Para
allí voy y si usted quiere entraremos juntos y jugaremos en vaca. Yo… no lo
digo por alabarme: no pierdo nunca.
Entraron, y el trabajador se asombró al ver la facilidad
conque pasaban tantas monedas de mano a mano. Aunque él no sabía de gallos ni
de albures, siguiendo los consejos del improvisado amigo, creyó fácil aumentar
la suma que llevaba. Jugó, y en un dos por tres perdió cuanto había ganado
durante un año. Intentaba volver atrás; pero pensando que no sería aceptado por
el patrono a quien le había contestado con destemplanza, siguió su camino y
llegó a la casa paterna sin un centavo y contando historias.
Cuando el segundo de los hijos, que acababa de cumplir 18
años, supo el fracaso del hermano mayor decidió a su vez ir a probar fortuna.
Le pidió la bendición al padre, abrazó a los hermanos y salió sin rumbo fijo.
Anduvo trece días de fundo en fundo, en vano. Al término de tres semanas llegó
a la hacienda del rico. Llamó desde la verja y perros bravos vinieron a su
encuentro. Ladraron tanto que tuvo el dueño que salir a ver si se trataba de un
vagabundo o de un bandolero. De pronto confundió el propietario al nuevo
trabajador con el que había tenido durante un año a su servicio. Lo aceptó. Era
pundonoroso como el primero. Trabajó a destajo, sin perder día, durante tres
años.
–Ya he ganado bastante para establecer un negocio y cambiar
la condición de mi familia… –pensó– y le pidió al rico que arreglaran cuentas.
El señor no opuso reparo. Contó moneda sobre moneda la
ganancia del trabajador; pero cuando este iba a tomar la suma extendió el brazo
derecho y posando la mano sobre el dinero retardó la entrega y sin venir a
cuento propuso:
–Joven: ha sido usted un buen servidor y quisiera
favorecerlo. Me he preguntado y le pregunto si en lugar de esta suma, que no es
gran cosa, no será mejor pagarle con tres consejos, que en momento oportuno
puedan serle más útiles, y que me quede yo con el dinero.
–Señor: –respondió el trabajador abriendo los ojos– ignoro y
no negaré la virtud de sus consejos; pero ni creo ni he oído decir que las
necesidades se remedian con razones. Entrégueme lo mío y quédese con lo suyo.
Habló con firmeza varonil mirando de igual a igual al hombre
que lo había exprimido sin miramiento durante mil noventa y cinco días, no
comprendiendo por qué a la hora del pago pretendía confundirlo con uno de
tantos estúpidos.
El hacendado, sin pestañar ni darse por ofendido, retiró la
mano y afablemente despidió a su trabajador, obsequiándolo con una hogaza y una
botella de vino.
El joven, asegurando el oro en su alforja, respiró como
quien se salva de un peligro y emprendió el regreso. Después de tres jornadas
de caminar lo alcanzó un jinete que iba en un alazán fogoso y entraron en
conversación. Era de buen talante y de palabra desenvuelta, el caballero. A
poco de ir juntos parecía un camarada.
–¿Adónde se dirige usted, amigo mío? –preguntó el
desconocido. Redundióle que regresaba al pueblo… tal, después de tres años de
estar trabajando.
–En la misma dirección voy yo. Seguiremos juntos, que por
ningún camino largo es conveniente andar solo y por ese menos. Y puesto que
conozco estos lugares, siempre aprovecho la vereda de travesía en cuya entrada
estamos, porque acorta el trayecto en no menos de dos jornadas y porque de
trecho en trecho habitan personas muy honorables. Tengo, precisamente, que
pasar por la residencia de un compadre mío, rico ganadero. En su establo dejé
un caballo de paso fino. En él podrá ir usted montado, que un joven de buena
familia como se comprende que es usted, con solo mirarlo, no debe aparecer
andando a pie por los caminos, dando ocasión a que lo confundan con uno de
tantos peones. Hay que ponerse en el lugar que a uno le corresponde, compañero.
Entraron por la vereda. A poco de andar oyeron música de
guitarra, güira, pandero y cantos bien concertados. El caballero refrenó, miró
el sol, calculó la hora, y dijo:
–Tenemos tiempo. Dentro de un par de horas llegaremos a la
casa de mi compadre.
Animándose y animándole, agregó:
–Compañero, me huele a fiesta… Entremos, gocemos, que a la
ocasión la pintan calva, la vida es corta y hay que saberla disfrutar
oportunamente.
Desviándose de la vereda llegaron a un fundo. A la sombra de
espaciosa enramada varias parejas bailaban y cantaban. En sitio aparte dos
hombres jugaban al naipe. El dueño del negocio les brindó a los recién llegados
«un buen trago de anisete» que sabía a gloria, confortaba los nervios y
calentaba la sangre. El caballero, que daba para todo, tomó a una bailadora por
la cintura después de decirle a él en alta voz:
–Compañero: coja usted la suya y demos una vueltecita, que
ya mis pies están sintiendo cosquillas.
Al decir «la suya» aludió a una jovencita de melena al
viento, cintura de avispa prieta, saya de verdes ramazones y corpiño rojo, que
se acercaba ofreciéndose al trabajador. Los cuatro formaron círculo uniéndose
por las manos; cumpliendo la regla cada hombre debía decir y dijo una copla que
alternando contestaron las bailadoras. El caballero tarareó y cantó
melifluamente:
–Yo soy como el gallo padre,
que sabe de traba fina:
adonde quiera que llego
canto… ¡y recojo gallina!
Taconeando, le respondió la moza que con él formó pareja:
–Mire que me pisa un pie.
Mire que m'está pisando.
¡Mire que nos ve mi madre!
¡Mire que m'está mirando!
Cuando al trabajador le tocó su turno no sabía qué cantar.
Por fortuna le vino a la memoria la copla que repetía hasta aburrir un alocado
de su pueblo, siempre que empinaba el codo, y así pudo salir del paso:
–Me güele a piña madura.
Me güele a flor de copá.
Me güele a mujé bonita…
¡Acabada de empolvá!
La del corpiño rojo y la melena al viento contestó:
–Dende que lo vi venir
le dije a mi corazón:
¡qué piedrecita tan buena…
pa yo darme un trompezón!
–Música, música muchachos, ¡qu'esto se va arreglando!
–ordenó el dueño del negocio dando palmadas.
Sonaron guitarra, güira, pandero y gargantas, y marcando el
compás con repiques de taconeos respondieron las bailadoras. Su compañera lo
incitó con miradas y arqueos de brazos. Ciñéndose a él empezó a danzar con
cimbreos de culebrón, mientras cantaba eslabonando una tonadilla:
–¡Ay qué jovencito
tan buen bailadó!
Lo pusién los Reye…
¡Me lo manda Dió!
¡Ay loileló!
Si me pide un beso…
¡le regalo do!
¡Ay loileló!
Si me muerde un labio…
¡le muerdo los do!
¡Ay loileló!
Si nos ve mi taita…
¡se lo manda a Dio!
¡Ay!…
Un trabucazo que le dispararon en los oídos, o un garrotazo
que le dieron en la cabeza, le quedó zumbando durante horas. Volvió en sí
confuso, queriendo desprenderse numerosos clavos que le perforaban las sienes.
Se lastimó y el dolor le hizo comprender que le faltaba una mano, cortada a
cercén. ¡Su mano! Una anciana caritativa y chacharera que lo recogió y lo
cuidaba en su bohío, «porque era madre», le dijo que ya la mano estaba
enterrada… Agregó un pero.
–Pero… lo de la mano
sería lo de menos. Manco se vive. Lo que a mí no me gusta –explicaba
entrecerrando los ojos– es el chichón que se está regando en la cabeza entera.
Con menos se han ido otros al otro mundo, cuando no se han vuelto locos. ¿Su
compañero de viaje?… dende que lo vido caer con la mano mocha cargó con la
alforja y se fue dizque a guardársela a usted por lo que tiene adentro. Dijo
que volverá con el curandero después de darle aviso al Capitán de Partido. Pero
ni ha vuelto, ni se sabe quién es, ni de dónde es, ni qué gallina puso ese
güevo, ni si él mismo preparó la trifulca en combinación con el amo, ese
sospechoso… Y como tarda en venir ya me se está figurando que es caballerito de
industria: casi un hereje. ¡Y que me perdone el Señor el día del juicio si hago
un mal pensamiento!… –remató la bondadosa señora.
Mocho, apaleado y desbalijado… Cuando pudo y como pudo
retornó al camino real, se orientó y prosiguió viaje. Así lo vieron llegar a la
casa paterna, en donde durante meses en vez de ayuda sirvió de carga.
Entonces el menor de los hermanos resolvió salir también a
correr mundo y probar fortuna.
Pero como dicen que en la ausencia hasta el amor se olvida y
ya él tenía una novia de quince años, que era un primor, y no quería que fuera
de otro, decidió casarse y dejarla en la casa paterna. Quince días después del
matrimonio abrazó por última vez a su mujer, que lloraba a lágrima viva, y
arrodillado ante el padre habló con reposo de persona madura:
–Padre: écheme la bendición. Le confío mi esposa. Ante usted
y ella juro que no regresaré en la triste condición de mi segundo hermano ni
contando historias, como el primero. Jefe, o gusano. Cuanto necesario fuere
trabajaré para restablecer el buen nombre de la familia.
Anduvo durante meses pasando apuros, desempeñando trabajos
circunstanciales. De tumbo en tumbo fue a caer en un tramposo que, después de
exprimirlo en trabajo rudo, a la hora de arreglar cuentas las enredó de manera
que no valieron peritos y hubo de recurrir a un garrote persuasivo. Pagó así;
pero la mayor parte de lo ganado quedó en las uñas del juez… que la justicia
cuesta caro.
Se encaminó por otro rumbo, llegó a otros lugares y trabajó
sin provecho. Pasaron años antes de entrar al servicio de aquel hacendado,
famoso por su riqueza. Trabajó durante siete años y cuando intentaba pedir el
arreglo de su cuenta el propietario tuvo que ir al extranjero a reclamar
cuantiosa herencia. Tanta paciencia tuvo el señor, que regresó después de otros
siete años largos, aunque riquísimo, encanecido, meditabundo y más callado que
antes.
–Pues señor, –pensaba Prudencio–, a este la riqueza no le
luce, o parece que el tanto gozar por allá lo ha dejado triste. El sábado le
pidió que arreglaran cuentas. El propietario lo miró extrañado de que se quisiera
ir. Luego sacó un papel de la gaveta de su escritorio y se lo entregó sin decir
palabra. Era su cuenta. Callado siempre fue amontonando onzas sobre onzas de
oro hasta la ganancia total.
–Esto, no más, es cuanto usted ha ganado, –musitó abstraído.
Dígame si estamos de acuerdo.
Contó y respondió:
–De acuerdo, señor.
De repente se animó el rico, extendió el brazo izquierdo y
poniendo la mano sobre el montón de dinero, propuso.
Prudencio, usted ha comenzado a encanecer en esta casa; aquí
ha sido un guardián de mis intereses, un defensor y un amigo, y yo quisiera
asegurar su porvenir. Se me ha ocurrido pensar que le podrían ser más utiles
que esta modesta suma tres consejos. En cambio, yo me quedaría con el dinero.
Al trabajador, asombrado de semejante proposición, se le
pusieron las pupilas ariscas y por primera vez le escudriñó los ojos al que
había creído hombre de bien. Lo miró y volvió a mirarlo en silencio. Ni en el
rostro ni en la vista advertía más que aquella inalterable rectitud que solo
había visto trascender del semblante de su anciano padre. ¿Quién le dictó
entonces la respuesta increíble? Casi no salía de él.
–Señor, tengo fe en usted; y aunque el que se somete a
recibir órdenes de otro necesidad tiene, el corazón me dice que usted quiere
favorecerme: déme los tres consejos y… pase lo que pase.
Para que los conceptos se fijaran en la memoria de su
trabajador, midiendo y pesando cada palabra, el hacendado dijo
sentenciosamente:
–Primero: NUNCA PREGUNTES LO QUE NO TE IMPORTE, NI
TRATES DE AVERIGUARLO.
–Segundo: NUNCA DEJES CAMINO REAL POR VEREDA.
–Tercero: NUNCA TE LLEVES DE PRIMERAS NUEVAS.
Medita y entiende estos tres principios, y fíjate sobre todo
en el segundo, que las palabras suelen tener más de un significado. Además,
para tí tengo esta hogaza, que no pesará al fin en tu alforja. Cuando sientas
hambre la partirás solo delante del que te ayudó a trabajar. Entiéndeme: la
Caridad, virtud cristiana, principia por uno mismo. Ahora me dirás si te vas
quejoso.
–Señor: me voy conforme, y desearía saber si en caso de
necesidad podré volver a trabajar a las órdenes de usted.
–No lo necesitarás, si sigues los tres consejos.
Se despidieron como si en lugar de patrono y trabajador fueran
de condición igual. Prudencio caminó toda la mañana y, ya al medio día, al
cruzar un arroyo sintió hambre y sed. Se detuvo. Ahí lo alcanzó un jinete de
pistolas en el arzón y sable al cinto, que cabalgaba en una mula negra.
–Caminante, –le preguntó sin saludar– ¿podrías
proporcionarme un pedazo de pan y un trago de vino? Noto que tu alforja pesa…
De primera intención se inclinó a obsequiar al desconocido,
pero repentinamente la advertencia final del hacendado se le encendió en la
memoria:
–Lo siento mucho, buen señor. Voy a pie, bebo agua del río
y… ando de alforja al hombro –respondió.
–Sin embargo, –insistió el de la mula– noto que tu alforja
pesa… Aunque si yo, que ando bien montado, necesito de otro es natural que un
vagamundo no vaya mejor provisto… Dijo despectivamente, clavó espuelas y su
mula reanudó el trote.
Pedigüeño y camorrista… mal compañero de mesa, –pensó Pérez
de Sandoval. Cuando vio al malhablado perderse en la lejanía, a la sombra de un
almácigo se sentó y partió su gran hogaza y… ¡Virgen Santísima!, estaba llena
de monedas de oro, todas envueltas en un papel que tenía escritos los tres
consejos, detallada su cuenta hasta la suma total y, en otro escrito, leyó la
orden de pasar a la capital del reino a recibir cantidad triple a la ganada,
por los servicios rendidos durante los años que el señor estuvo ausente.
Tembló. Miró hacia todas partes. Envolvió con cuidado su dinero y la orden de
pago y los colocó en un secreto de la alforja. Luego comió, bebió y meditando
reanudó su marcha. Cerrada la noche se detuvo frente a la única vivienda que
había visto en el trayecto recorrido. Desde la empalizada pidió a voces que le
dieran posada hasta el día siguiente. Se la dieron observándolo de reojo. A una
señal de uno que parecía mudo le prepararon cena y se la sirvieron en una mesa
al pie de la cual estaba una mujer encadenada. Cuando terminó de comer le
echaron las sobras a la infeliz. Aquel maltrato lo apenaba y ya iba a preguntar
la causa de la oprobiosa prisión; pero recordó el primer consejo. Calló. A la
hora de acostarse lo apartaron en una habitación que más parecía calabozo que
dormitorio. Afuera rondaban con pisadas sordas. ¡Uf, qué tufo de muladar!, se
dijo. Luego pudo distinguir esqueletos amontonados. ¡Huesos humanos! Además…
cráneos, canillas, y más huesos dispersos. ¡Pero qué hedor, Dios Santo! Dos
cadáveres, en principio de descomposición y recostados de la pared, lo estaban
mirando. Se sentó al borde del catre y rezó la oración que en la infancia le
enseñó su madre:
–Señor San Silvestre,
de Montemayor,
protégeme siempre,
–sé mi Salvador–
de brujo, de hereje,
y de hombre malhechor… Amén.
A media noche sintió que un cuerpo se acomodaba en el mismo
lecho y trataba de acariciarlo. Eludió el contacto y, del otro lado, rozó con
un muerto que tenía de compañero.
–No pierdas tu tiempo en rezar, –le secretearon– apresúrate
y vete, o resígnate a quedarte en compañía de aquellos dos que te están
mirando… y del que tienes al lado. No sé por qué te repugna nuestro contacto:
mañana olerás como él y como yo. ¡La putrefacción es tan natural!
–¿Por dónde huir? –se interrogaba. Sin pegar los ojos esperó
que amaneciera. Antes de salir el sol rechinó un cerrojo, se abrió la puerta y
lo guiaron al comedor en donde le habían preparado abundante desayuno. Bebió el
café a sorbos largos; pero no pudo probar bocado.
–El huésped ha perdido el apetito… –dijeron detrás de él.
No miró. Quiso pagar y no se lo permitieron. En seguida se
despidió dando las gracias por las finas y gratuitas atenciones recibidas.
Después de andar leguas, alejándose apresuradamente,
encontró a un viajero, alto y recio, que venía a caballo en dirección contraria
y que lo detuvo inquiriendo noticias que le eran indispensables, según dijo.
Principió preguntándole de dónde venía y Prudencio le respondió la verdad.
–¡Ah! –exclamó el preguntón– le sirvió al que paga con
argumentos. ¿Y en dónde pasó la noche? Me advierten que en este trayecto hay
solo una vivienda en donde ocurren cosas horripilantes. Para librar de peligro
a un hombre de bien, como buen cristiano hágame el favor de decirme si ha
pasado la noche en ella y qué ha visto, y cómo escapó con vida.
A punto estuvo de darle al caminante oportuno alerta; pero
de súbito le vino a la mente el nunca te metas en lo que no te importa,
parte del primer consejo, y contestó que nada había visto de extraño en aquella
casa. –Pero en conciencia, –insistió el hombre– no podrá usted negar lo que vio
mientras cenaba; pues de público se afirma que la comida ahí a nadie se la
cobran, porque el espectáculo que se ofrece al pie de la mesa resulta más caro
que el precio de la comida. Lo humanitario es ser sincero y denunciar las
horrendas fechorías, cosa de que la autoridad competente les ponga término, que
en donde los buenos se ponen de acuerdo no prevalecen los malhechores.
–Pues allí nada de raro he visto, señor, y no es honroso
decir mal de quien se ha recibido favor.
–No comería en esa mesa… Pero en el dormitorio, en donde
todos aseguran que pasan cosas espeluznantes, ¿qué vio usted y cómo se pudo
salvar?
–Señor mío, no niego lo que otros hayan podido ver; de mí
debo decir que dormí cómodamente y afirmo que ni en sueño noté nada semejante a
lo que a usted le han contado.
–Pues devuélvase y acompáñeme, –le ordenó el viajero, que
estaba armado de todas armas.
A regañadientes tuvo que obedecerle, que hombre desarmado y
a pie no es hombre. Retrocedía vigilado por aquel bárbaro, sudando angustia y
encomendándose a las ánimas benditas del purgatorio. Llegaron a la casa
siniestra. Entraron y se fijó en que la mujer seguía encadenada.
–Caminante: –le dijo el hombre– esta mujer ha venido penando
desde hace veintiún años. Está condenada a permanecer en cadena hasta que por
aquí pase una persona que no pretenda averiguar la causa de su cautiverio.
Usted no la ha preguntado, y ni siquiera ha dicho que la vio: es usted su
salvador. A usted le corresponde libertarla: suéltela –ordenó autoritariamente.
En cuanto a la habitación en donde le hice pasar la noche, es el depósito de
los cadáveres de esos que, ignoro con qué fin, vinieron averiguando la vida
ajena. A usted le pertenecen tres acémilas cargadas de barras de oro, que es el
premio destinado al transeúnte que tuviera la cualidad de ser discreto: virtud
escasa. Agrego este caballo de silla: monte en él y retírese pronto, que me están
entrando ganas, a mí también, de averiguar si ha obrado usted con
discernimiento propio o aleccionado por el hermano de esa que fue mi esposa.
¡Ah!: tome esta pistola cargada y… sea hombre de sangre en el ojo. Aprenda a
defender lo suyo y no se deje volver a arrear como carnero, ni permita en
adelante que lo insulten los que cabalgan en mulas prietas. No sea blandito,
que los malhechores que andan robando y amenazando tampoco quieren que los
despachen al otro mundo.
Montó Pérez de Sandoval en su caballo. Iba ahora de pistola
al cinto y dueño de caudalosa riqueza. Arreó. Al día siguiente, ya al ponerse
el sol, le dio alcance un viajero que cabalgaba en rucio brioso y lujosamente
enjaezado. Era de palabra fácil. Entraron en conversación. A poco de andar juntos
oyeron voces, cantares, música, y sin que le preguntaran explicó el elegante
caballero que allí cerca celebraban grandes fiestas a las cuales iba como
invitado de honor.
–Si es de su gusto acompáñeme: –dijo– le aseguro que nos
divertiremos a las mil maravillas, sin tener que gastar dinero.
Rehusó la invitación con tan sencillas razones que el
caballero las creyó, o fingió creerlas.
A poco andar, apenas se separaron, le dio alcance otro
caballero que montaba un ruano fogoso. Era joven elegante, simpático, decidor y
escudriñador: pronto, casi adivinando, supo para donde iba.
–Me alegro, –dijo– porque seremos compañeros de viaje y así
nos ayudaremos en caso de un mal encuentro, que este camino es muy peligroso.
Lo he recorrido en varias ocasiones y lo conozco palmo a palmo. Por eso y algo
que en voz baja le iré contando aprovecho esta travesía por donde hay fundos de
gente mansa y se acorta el viaje en no menos de dos jornadas. Sígame por aquí y
ganaremos tiempo.
–Señor mío, –respondió Sandoval recordando el nunca dejes
camino real por vereda– tengo interés en no desviarme de este camino… y al
responder acarició ostensiblemente su pistola.
Se atravesó el del ruano impidiendo el tránsito. Lo miró a
él. Lo miró él. Los cuatro ojos fulguraron y se fruncieron los entrecejos. Sin
despedirse, el desconocido arreó y se perdió de vista entrando por la vereda.
Caminó el trabajador enriquecido, durante toda la noche y al
amanecer llegó a un claro en donde tres hombres enfurecidos se insultaban y
reñían. Murieron dos: uno era el jinete del caballo ruano. Amarrada a un
tronco, tascando el freno y queriendo soltarse, estaba la mula negra. El tercer
combatiente, mal herido y moribundo, le suplicó que se detuviera, le diera agua
y oyera su confesión.
–No soy sacerdote, –aclaró– y no debo usurpar un papel
sagrado.
–No importa: la confesión alivia aunque no sea de
arrepentimiento. No me arrepiento. Los aceché y me la pagaron. Eran dos malos
que después de pervertirme pretendían engañarme en el reparto del dinero que le
quitamos a…
Detalló el atraco en que desbalijaron al segundo de sus
hermanos, cuando lo aturdieron a golpes y dejaron manco.
–Sépase que si maté fue por castigar a dos bandoleros,
–agregó el moribundo.
Sin la vela del alma ni asomo de arrepentimiento murieron
aquellos tres salteadores. A su vera, en lotes desiguales brillaban seiscientos
veinte doblones, que eran los de su hermano. Tomó seiscientos, puso los
restantes sobre «el de la confesión» en pago de su servicio, continuó viaje y
dos días después llegó a su pueblo. Un anciano salía de un tarantín dando
traspiés de borracho y cantando con voz rajada:
–El que juega siempre pierde;
y el que bebe… s'emborracha;
y al que se fía de mujere…
¡lo pica una cucaracha!
–Pues señor, si es Juan Antonio, el alocado… –murmuró. ¡Cómo
ha envejecido!
Frente a la casa paterna se detuvo, estupefacto. Sentada en
un sillón, sin importarle el qué dirán, su esposa estaba acariciándole la
cabeza a un hombre.
–¿Lo mato, o los mato? –se interrogó. ¡Miren que nadar tanto
para venirme a ahogar en la orilla! Tanto sufrimiento, tantos años de trabajo
para mejorar la situación de quien no ha sabido respetar mi ausencia.
–Buen señor, –le preguntó a un cualquiera que pasaba– ¿podría
usted decirme quién es el afortunado a quien trata con tanto cariño esa señora?
–Lo que se está mirando no se pregunta, –respondió el
interpelado haciendo un guiño de malicia. ¿Quién va a ser sino su amante? Y si
le cuento que el marido se perdió por esos mundos procurando ganar con qué
rodearla de comodidades. Así se le paga a un simple.
–La casa es mía, –se dijo, resuelto, el viajero.
Desenfundó la pistola y entraba en el patio, cuando recordó
el tercer consejo del hacendado: nunca te lleves de primeras nuevas. Resopló y
piafó una de las acémilas entendiendo que había llegado al término de su viaje,
y sonó un grito de alborozo de la mujer:
–¡Es él! ¡Es él! ¡Hijo, mira a tu padre! ¡Ahora sí vamos a
ser felices! Corrieron hacia él con los brazos abiertos y detrás, alegres,
llegaron agrupándose los demás familiares, menos el padre que había muerto
hacía siete años. Así se enteró de que el joven a quien acariciaba su esposa
era hijo suyo y que precisamente ese día había cantado la primera misa.
La noticia de la asombrosa riqueza del más joven de los
hermanos se divulgó por la nación entera. Su Majestad el Rey, magnánimo y
siempre oportuno, en premio de los méritos y numerosos servicios de Don
Prudencio Pérez de Sandoval, discurrió, decretó y ordenó que le notificaran que
se había hecho acreedor al título de vizconde: –Vizconde de los Tres Consejos–
debiendo ostentar en el centro de su escudo un gavilán de fuego con una pierna
manca en memoria de aquel viejo capitán, honor del reino y espanto de los herejes.
Sócrate
Nolasco
(1884-1980)