miércoles, 7 de octubre de 2026

Un hombre virtuoso

 

Con voz premiosa, don Juan Ramón llamó a su mujer. Tenía ya largo rato sentado a la puerta de su casa, observando hacia la de enfrente. Parecía un gato en acecho. La mujer llegó secándose las manos con el delantal.

—Siéntate aquí, porque yo tengo que ir al patio. Atiende a lo que hace Quin. En media hora ha ido dos veces a la pulpería, y eso da que pensar.

La mujer, respetuosa de las manías del marido, obedeció con resignado gesto, y cuando su cónyuge volvió rindió cuentas de su misión: nada había sucedido. Él la miró fijamente, y ella advirtió la desconfianza en sus ojos.

—Te digo que no, Juan Ramón.

Bien, no era cosa de discutir. Su mujer había sido siempre así, medio burlona, y a su edad no podría cambiar. Aceptó, pues, el resultado, pero se propuso aumentar la vigilancia para no darle después a la mujer el gusto de pensar que él no había tenido razón.

Pasado un rato, Quin dejó el martillo sobre un parador, se detuvo en la puerta, como persona que no sabe a punto fijo qué debe hacer, se atusó los enormes bigotes grises y se quedó viendo hacia la calle.

¿Qué pensaba Quin? Eso era lo que hubiera querido saber don Juan Ramón. Tenía allí, a su frente, a ese hombre de pocas carnes, de abultada y ancha frente, de mirada vaga y sonrisa un tanto maligna; estaba parado a pocos metros de él y sin embargo no le veía. ¿Por qué Quin no le veía? don Juan Ramón miraba sus viejos y arrugados pantalones de dril, su saco de paño negro, sucio y raído. Volvió Quin a pasarse la mano por el bigote y a poco adelantó un pie. Rompería a andar, seguro que empezaría a caminar.

Pero de pronto Quin dio la vuelta, tomó otra vez su martillo y se puso a clavar. Don Juan Ramón se desilusionó. Una tristeza indefinible bajó a los aposentos de su alma y amargó sus rincones más apartados. Si la mujer hubiera estado allí hubiera visto cómo los redondos y tenaces ojos de su marido habían perdido brillo. Don Juan Ramón se sintió desilusionado y hasta pensó levantarse e irse al patio. Pero no podía moverse de allí. Esperaba que algo sucedería y, además gozaba un poco del sol que entraba por la puerta y calentaba sus viejos pies friolentos.

Pasaron los minutos uno tras otro, sin descanso y sin prisa; pasó un cuarto de hora. Don Juan Ramón temía que le entrara sueño y buscaba en la calle algo en que poner su atención, un papel que volara llevado por la brisa o una mariposa que pasara con su alocado trajinar. Y de pronto advirtió que Quin había salido y con su lento andar iba camino de la pulpería. Don Juan Ramón se sintió traicionado. Aquella endiablada piedra brillante que le llamó la atención había sido la causa de su descuido. Quin iba subiendo ya la acera de la pulpería. Don Juan Ramón se puso a dar un paseo frente a su casa. Con las manos a la espalda y los ojos clavados en la pulpería, trataba de ver qué hacía Quin en ella, y no podía. Sus viejos ojos no alcanzaban ya tan lejos. ¿Y qué haría Quin en la pulpería; qué buscaba con tantos viajes a la pulpería?

Quin salió y volvía con la cara más animada. Don Juan Ramón oyó su voz, ronca y gastada, saludándole, y hasta le pareció que había levantado una mano en gesto afectuoso. Pero don Juan Ramón no se dejaba engañar por saludos. Se sentía disgustado. ¡Esa maldita piedra! Su mujer también era culpable, porque si en vez de estar por allá adentro berreando con la cocinera se hubiera quedado en la puerta, hubiera visto algo. Es que no se puede hallar gente que ligue realmente con uno.

Mordiéndose los labios, don Juan Ramón entró y cruzó hasta el patio. No quería seguir vigilando; sabía que era inútil. Hasta el patio llegaban los rítmicos golpes del martillo de Quin. Don Juan Ramón esperaría un rato, media hora más. Pero no pudo esperar tanto. Pues los golpes habían cesado y él se dirigió a su observatorio, aunque ya sin el interés de antes. Se sentó, un poco a disgusto, y desde su silla podía ver la sombra de Quin removiendo baúles y tomando medidas.

Quin trabajaba con animación porque se sentía estimulado. Cada vez que perdía el ánimo —lo cual le sucedía varias veces en la jornada— iba a la pulpería, y el pulpero, que conocía su timidez, le servía un vasito de ron antes de que llegara. Quin se escondía tras una estiba de sal, levantaba el codo, alzaba la cabeza, abría su enorme boca y se echaba en ella el ron. Se humedecía siempre los bigotes, cosa que le agradaba porque después iba remojando los labios con las gotas que pendían de los gruesos pelos, y la ilusión de que estaba bebiendo le duraba un rato largo. Pero si había gente, Quin se hacía el desentendido, hablaba con el pulpero de alguna cosa; en ocasiones hasta compraba algo que no necesitaba, y no se atrevía a echar los ojos sobre el vasito. Cuando notaba que los presentes no pensaban irse, se marchaba haciendo al pulpero una seña con la cual indicaba que volvería pronto.

Ese miedo de que la gente supiera que él bebía evitaba que Quin se emborrachara. Nadie le vio borracho nunca, y don Juan Ramón no había sospechado de él hasta el día anterior, cuando notó que había hecho cinco viajes a la pulpería en pocas horas. Don Juan Ramón había hablado varias veces con Quin, y si era verdad que lo había hallado un poco raro, a veces muy tímido y a veces más alegre de lo justo, no sospechó de él.

Allá en el taller de Quin se alzó una voz tarareando una vieja canción. Don Juan Ramón oyó y le pareció estar soñando ¿Cantando Quin, Quin cantando? No; no era posible.

—¡Ana, Ana! ¿Oyes a alguien cantar? ¿Te parece que alguien canta?

La mujer se acercó y dijo que sí, que a su juicio Quin cantaba; estaba segura de que ésa era su voz. Don Juan Ramón no quería creerlo; se levantó, decidido a averiguarlo todo, y con las manos en la espalda cruzó la calle. Quin tarareaba acompañándose del martillo. Don Juan Ramón estuvo un rato en la puerta, observándole, hasta que Quin se volvió y le miró. Algo raro halló don Juan Ramón en los ojos del baulero. Quin se cortó, dejó de cantar y se puso a buscar clavos en una cajita. Avisado ya, don Juan Ramón se hizo el distraído. Para él, lo más importante en ese momento era oler. Toda la vida se le fue a la nariz. Empezó a hablar, a elogiar los grandes baúles forrados de lata multicolor que estaban amontonados junto a una pared. Pero en realidad, lo que hacía era acercarse a Quin para percibir el olor, para cogerle el rastro de su vicio.

Sin embargo no podía. Allí hedía a todo, y el mismo Quin despedía un tufo a ropa vieja y a cola que mareaba a don Juan Ramón. Además, Quín rehuía al visitante.

Habla que habla, pasaba el tiempo y don Juan Ramón no daba señales de irse. Quin debía tener algo por dentro, porque volvía angustiado los ojos a la calle y parecía mortificado. Don Juan Ramón observaba esa inquietud de Quin y disfrutaba el inefable contento de andar tras una buena pista. Pasó media hora. Quin estaba sintiendo la necesidad de un poco de ron; perdía el sosiego, buscaba baúles que arreglar, y entre todos los que había allí no encontraba por cuál empezar. Subió el sol, y solo cuando de enfrente llamó la voz de doña Ana, diciendo que era hora de comer, decidió don Juan Ramón dejar a su víctima. Quin respiró como quien sale de un peligro y se fue derecho a la pulpería.

Quin creía que a un hombre como don Juan Ramón se le engaña fácilmente. Si al entrar en la pulpería hubiera vuelto la cara, habría visto que la puerta de don Juan Ramón no estaba cerrada: allí detrás, acechando, ardían los ojos del vecino, y cuando Quin salió a comer, don Juan Ramón se fue a ver al pulpero, a quien con fingida inocencia le sacó el secreto de los viajes de Quin.

Pasada la hora de la siesta, Quin iba a salir en busca de su primer vasito de la tarde cuando oyó que le llamaban. Su vecino cruzó la calle, esa vez con pasos enérgicos, y cuando estuvo a su lado le preguntó de buenas a primeras, con voz tan grave que impresionó a Quin de mala manera:

—Dígame, ¿va usted a beber otra vez?

El baulero no supo qué contestar. Era tímido y no se atrevía a negar ni se atrevía a decir la verdad. Se quedó perplejo, con los ojos turbios.

Don Juan Ramón le tomó por un brazo y le empujó hacia adentro. De súbito lo dejó libre, se echó hacia atrás y empezó a hablar. Lo que le salía de la boca era un chorro de palabras. Quin estaba alelado. Peroraba el otro sobre los efectos del alcohol en la naturaleza humana, y el baulero se llenaba de susto.

—…Los espíritus alcohólicos alojados en el estómago ascienden a través de las paredes estomacales, se introducen en las venas, se confunden con la sangre, destruyen las válvulas del corazón, y un día, quizá hoy mismo, acaso esta noche, mientras usted duerme se queda bonitamente muerto, sin saber por qué. Y en cuanto al cerebro…

Quin abría la boca y se quedaba inmóvil y frío. El otro veía su labio caído debajo del gran bigote y sus ojos incoloros. ¿Y era eso así, Señor? ¿Estaba él realmente en peligro de morir en ese mismo instante? El miedo empezaba a adueñarse de todo su ser y sentía la columna vertebral blanda, los pulmones agarrotados y la garganta seca. Abría los ojos cada vez más. Don Juan Ramón seguía hablando. Hablaba de Dios, de la virtud de la moral, de fisiología, de economía… Era un torrente de palabras que ahogaba a Quin.

Mientras su víctima se acongojaba y se hundía por segundos en un mar de tribulaciones, don Juan Ramón paladeaba el delicado placer de sentir que estaba salvando a una criatura caída en los horrendos antros del vicio. Veía a Quin asustado y a medida que aumentaba el miedo del vecino crecía la sensación de seguridad y de alegría que iba ganando el alma suya, su atormentada alma de hombre virtuoso.

Don Juan Ramón ignoraba de dónde le salían tantos conceptos. Él mismo se asombraba de lo mucho que sabía, y entusiasmado por su irresistible elocuencia hablaba y hablaba sin descanso, con los ojos metidos en los despavoridos ojos de Quin. Este, al fin, no pudo resistir más de pie y se dejó caer sobre un baúl, y desde allí alzaba la cabeza hacia su vecino con atribulado gesto de súplica. Pero aquello no ablandaba a don Juan Ramón, que volvió a martillar sobre lo de las paredes estomacales, las venas y el corazón. Quin apenas podía pensar ya. Sin duda esa misma noche le tocaría morir. Sus gruesos bigotes temblaban y sentía frío en los huesos.

Nunca hubiera podido decir Quin cuánto tiempo duró aquello. A él le pareció una eternidad. Su miedo llegó a nublarle la vista, a hacerle perder la noción de todo. Sobre él, incansable, don Juan Ramón suplicaba:

—Dígame que no va a beber más; por la salvación de su alma, por el bien del género humano, dígame que no va a beber más.

Quin no sabía qué responder, y tan pronto aseguraba que sí como que no. Pensaba en la noche, la horrible noche solitaria y oscura, y él muerto sobre su catre, muerto, ¡muerto! Ah, Dios, ¿por qué bebía, por qué había cogido ese maldito vicio? Y tal vez no sería en la noche, si no en la tarde; quizá sería una hora después, mientras martillaba sobre un baúl.

¿Cómo iba él a beber más; cómo? No. Juraba que no; lo juraba por sus recuerdos más sagrados. ¡Oh, morir en la soledad a media noche! Era escalofriante. No podía pensarlo. Sentía el vientre helado y le golpeaban las sienes. Y la voz de ese señor, esa voz.

Paralizado de miedo, Quin no fue esa tarde a la pulpería y en la noche no pudo dormir. En la oscuridad veía su cuerpo, con todo y ropa, con sus viejos pantalones y su saco raído, metido en un ataúd, bajo tierra. Los gusanos —millones y millones de malignos gusanos— entraban por las cuencas de sus ojos, trepaban por sus bigotes, destruían en un segundo sus flacas mejillas. Su corazón recibía de golpe una carga de alcohol y dejaba de funcionar. Lo espíritus alcohólicos —¿cómo eran esos espíritus, Señor?— subían en rauda ascensión a su cerebro y allí se metían por cuevas y hendeduras hasta envenenarlo todo y revolver la masa encefálica tal como él revolvía la cola.

Quin sentía sueño, un sueño pesado que le salía de los huesos, y hubiera querido poder abandonarse a ese sueño. Empezaba a dormirse y de pronto abría los ojos, despavorido. ¡No, no! ¿Cómo dormir, mientras la muerte acechaba? Se le helaría la sangre sin él darse cuenta, se quedaría ahí sin vida… Era insufrible; él no podía sufrir más.

Los ruidos de la noche crecían desmesuradamente. Las cucarachas se movían dentro de los baúles y parecían un ejército de gusanos que llegaba lentamente, en busca de su víctima. El tiempo se retardaba hasta lo imposible. Allí estaba el pulpero sirviendo un vasito. Quin iba a cogerlo, a echárselo en la boca, pero surgían los terribles espíritus, aquellos infernales espíritus, y Quin caía desmayado. La noche era interminable; no tenía fin; jamás acabaría. Ahí, en su catre, Quin se ahogaba.

De golpe despertó lleno de terror. Se había dormido, y ya las luces del día clareaban el aposento. ¿Estaba realmente vivo? ¿Y si era su alma la que había despertado, mientras su cuerpo yacía sin vida? La angustia de la duda roía el corazón del baulero. Se movió un poco; se llevó las manos al bigote y lo encontró en su lugar, lacio y abundante. Luego, estaba vivo, porque un alma no tiene bigote; aunque él había oído decir que el ánima de ciertos difuntos no quiere admitir, al principio, que no pertenece ya al mundo de los hombres y siente como si en realidad no lo hubiera dejado. ¡Qué tormento tan difícil de explicar! ¿Pero estaba él vestido? Pues sí, estaba vestido. Por lo visto no se quitó la ropa para acostarse. ¿Y vivía? ¿Eran verdaderos esos ruidos que llegaban de la calle?

Todavía incrédulo, Quin anduvo por su habitación, llenándose de susto cuando alguna sombra entraba por las rendijas agrandándose en el aposento. Al abrir la puerta vio a don Juan Ramón sentado enfrente, con los ojos fijos en el taller.

Quin se puso a trabajar. Estaba pálido, nervioso, y no acertaba a meter un clavo derecho. A cada momento se sorprendía disponiéndose a tomar el camino de la pulpería, pero se detenía a pensar un instante en la fuerza de los hábitos y en las paredes estomacales y los espíritus alcohólicos. ¡Y qué fuerte era eso de la costumbre! El cuerpo le pedía un vasito, uno nada más; se lo reclamaba la garganta.

Una hora después llegó don Juan Ramón le preguntó cómo había pasado la noche y volvió a hablar de los estragos del alcohol. Pero Quin no le oía. Le ardía el estómago, le temblaban las manos, le faltaba aire; le parecía que estaba perdiendo la vista. ¡Oh, qué falta le hacía un vasito, uno solo! Aguantó una hora. Don Juan Ramón se fue, pero se sentó en la acera, a vigilarle. Cuando el sol llegó a mitad del cielo, Quin empezó a sudar y a sentir náuseas. ¡Un vasito, uno solo! Sabía que si tomaba, aunque solo fueran dos dedos, se entonaría y se le pasaría aquel vértigo que le aturdía. Pero don Juan Ramón estaba enfrente vigilando y dentro de su alma estaba el miedo que le paralizaba. Martilló todavía en un cuadro de madera destinado a un baúl pequeño. De pronto un frío de hielo subió desde sus pies hasta su frente, y, cayéndose aturdido, sin vista, se dirigió al catre y se echó en él. Ya no supo más de sí ni se enteró de que los vecinos —las vecinas, para decirlo con más propiedad— entraron, arreglaron el aposento, le quitaron la ropa y se hicieron cargo de él. Cuando volvió en sí, dos días más tarde; entrada la noche, vio resplandores de luces a sus lados y oyó algo así como una confusa voz lejana que hablaba de la gracia divina. Después alguien le tomó la muñeca y le abrió la boca. Enseguida todo volvió a ser vago, distante. Por la mañana, al otro día —¿o era el mismo día, con otra luz?—, creyó oír decir, con bastante claridad:

—Fue por dejar de beber. Sobrevino una depresión…

La voz pasó a ser murmullo, y ese mismo murmullo se alejaba más, cada vez más y más y más. En el fondo de su pecho comenzó a formarse una sensación agradable de tranquilidad, de honda paz. De pronto sintió que no podía respirar. Una señora dijo que sonreía, y así debía ser, solo que bajo sus enormes bigotes nadie podía ver si movía o no los labios. Lo que sucedía era que Quin buscaba gotas de ron en los pelos; las buscaba como en un sueño. Fue su último deseo.

Don Juan Ramón estaba sentado a la cabecera del moribundo. Muy serio, vigilaba atentamente la faz de su vecino. De pronto levantó una mano, indicando que todo había acabado, y dijo solamente:

—Ya.

Sobre el rostro de Quin se había extendido velozmente un tinte lívido, y a seguidas empezaron los huesos a brotar, a crecer, a querer salirse de la piel.

Don Juan Ramón se volvió y escudriñó con ávida mirada la cara del médico. ¿Había dicho que fue por dejar de beber, o había él oído mal? Fingió indiferencia al preguntarlo.

—Sí —respondió el médico—. No siempre pueden dejarse las costumbres de golpe.

Don Juan Ramón se quedó mudo de asombro. ¿Era posible que un médico afirmara tal cosa? ¿Por qué? ¿Por qué?

Súbitamente don Juan Ramón creyó ver algo raro en los ojos del joven galeno, y de pronto, relampagueante, iluminando los rincones más oscuros de su alma, sintió la sospecha. Se puso de pie, casi de un salto, y se acercó al médico. Otra vez volvió a agitarse todo su ser, a sentir la vida entera alojada en la nariz. El instinto le decía que había dado con una buena pista, y temblaba de emoción.

Porque sin duda alguna, el médico había hablado así para calmar su propia conciencia. También el debía ser, como Quin, un desgraciado vicioso.

 

 

Juan Bosch

(1909-2001)

 

lunes, 22 de junio de 2026

CRÓNICA PUERTOPLATEÑA - Virginia Elena Ortea

 

I

Acabo de conocer, mis queridas lectoras, al protagonista de aquel trágico drama acaecido en la plaza principal de la villa de Moca en los últimos del mes de mayo próximo pasado; drama que conmovió profundamente a la sociedad dominicana, absorta ante el cadáver de la hermosa Emilia Michel, pobre niña cuyo pecho destrozado regó con sangre las flores que le sirvieron de poético lecho por un instante, al caer sin vida, muerta por las manos de un amante desesperadamente celoso.

 

Le acabo de conocer a él... He ido a visitarle a su prisión acompañando a la hermana del desdichado joven, atribulada muchacha que en los umbrales de la vida aún, y bien necesitada de consuelos, ha dejado su hogar para venir a darlos con su presencia, su simpatía y sus lágrimas a quien tanto necesita de la santa caridad del espíritu: la compasión.

 

Es él un adolescente - no ha cumplido veinte años – en cuya faz que aún tiene el brillo y hermoso sonrosado de la infancia, no hallará de seguro el más observador un solo rasgo que denuncie la imprudencia y dureza del perverso, ni la solapada expresión del hipócrita.

 

La frente del joven Lara no tiene depresión alguna que pueda hacerla repulsiva; es francamente despejada y su negrísimo cabello cae con naturalidad sobre ella sin ocultarla; entre sus ondas se destacan ya algunas hebras blancas, "nacidas" -me dijo al observarlo yo- "desde que estoy en la cárcel."

 

Sus facciones son correctas; apenas le asoma un ligerísimo bozo, y una barbilla alfonsina, que le ha nacido también en la prisión, empieza a sombrear y dar expresión varonil a su aniñado rostro. Sus ojos, grandes y brillantes, no miran con la malicia del astuto ni tienen la vaguedad del criminal; solo vi en ellos una tristeza profunda y mucha luz al animarse hablando del desgraciado suceso, luz que brillaba húmeda por reprimidas lágrimas, cuantas veces nombré a su malograda novia.

 

La primera impresión que sentí al verle fue sorpresa. Yo esperaba encontrar un hombre, y hallé un niño; pensé oír palabras de firmeza, cuando no el alardeo de carácter intransigente, propio del hombre capaz de llevar a cabo una acción violenta y reprochable; creí que el preso rehuiría el tratar del penoso asunto, y de tocarle había de defenderse acusando, como hace todo el que obra mal y confía su defensa al mal juicio que haya de levantar sobre el contrario. ¡Qué sé yo! Estaba tan predispuesta que, al llegar a las puertas de la prisión, mi pecho latía furiosamente, y temí cometer - llevada de mi carácter impresionable y la aversión que me inspira toda injusticia y mezquindad - una indiscreción a la primera palabra inconveniente del joven.

 

Pero no: el pobre muchacho apenas me vio, casi sin preámbulos, como quien se expansiona con anhelo, me dijo que deseaba conocerme y hablarme de esa desgracia; que yo le podía entender y juzgar y darle mi opinión. Preguntome qué juicio había yo formado de él.

 

No pude menos de sonreír con pena ante esta sinceridad efusiva y contestarle que le consideraba un niño desgraciado.

 

Entonces me contó sus amores, tan trágicamente truncados. Recuerda los detalles con amargo placer. No atina a hablar de otra cosa; su pensamiento está fijo en esos recuerdos que evoca sin cesar.

 

Piensa en su amada cual si viviera aún; el delirio de ese amor vehemente no ha cesado. No siente remordimiento porque no sabe cómo pasó todo aquello, de qué tan lejana estaba apasionado y su mente un momento antes, y todavía le parece mentira. siente dolor, dolor inconsolable de haberla perdido.

 

-Sobre el pecho tenía una rosa que yo le había dado esa tarde -dijo- y yo tenía una blanca, regalo de ella. ¿Cómo he podido hacerle daño, si la menor contrariedad o pesar que ella sufría era doblemente sentido por mí, que la amaba más que a mí mismo?

 

Y no solo la quería, la quiere. Para él vive ella. Tiene su alma, para amarla, esa tenacidad que ni la muerte desprende, que solo puede existir en los grandes amores, y nunca en cualquier corazón. El asegura que en sus sueños la oye llamarle con cariño y él despierta para gemir: "llévame, llévame!" Y ella le dice que sí, y él confía en que no le tiene rencor, y que vela por él.

 

Conmovida ante la grandeza de este dolor quise hallar palabras de consuelo. Aquella relación sin artificio, que brotaba con la espontánea elocuencia de la sinceridad y el sentimiento, me arrobaba. La hermana del joven, presente a la entrevista, lloraba silenciosamente y yo rebuscaba en mi imaginación las frases que pudieran servir de lenitivo en tan inmensa pena, sintiéndome incapaz de consolarla.

 

Recordé la misericordia de Dios y las esperanzas que ofrece. En su nombre, le dije, había de esforzarse en obtener la calma necesaria en el amargo trance. Los grandes dolores de la vida parecen una prueba para acercarnos a Él. Cuando todas las ilusiones del mundo nos faltan, Él nos queda; y El solo puede ver con justicia el fondo de las almas y juzgarlas según sus intenciones.

 

El joven preso espera y confía en Dios; pero su mayor deseo es que Él le conceda unirse a la que ama. He tenido que reñirle como a un niño, alarmada ante el peligroso delirio.

 

Le he hecho presente cuánto puede aguardar del porvenir quien posee el hermoso don de la juventud y ha despertado tan prematuramente a la experiencia por medio del dolor; el dolor que es fuente del bien, la bondad, la compasión y la grandeza de espíritu.

 

Después de calmado, mi joven amigo ha vuelto a reanudar su narración.

 

Copio recordando con exactitud sus palabras, segura de que mis lectores las acogerán con interés. Una historia de amor desgraciado tiene singular atractivo, aun para los oídos menos acostumbrados a escuchar exquisiteces y para los corazones más suspicaces y fríos ante las hermosas manifestaciones del alma: porque la ternura es flor de sutilísimo perfume que embalsama hasta el pie del ciego que se posa sobre ella, con ánimo de destrozarla.

 

-Yo la quería desde que éramos niños-dijo- y desde entonces no ha habido paz para mi corazón. Mi carácter exaltado y vehemente, excitado por sus desdenes, hizo de los primeros tiempos de mi juventud un penoso martirio.

 

-He comprendido, efectivamente -le interrumpí- que es usted excesivamente apasionado, y de genio irreflexivo.

 

-Y es verdad-replicó. - Para todo tengo una actividad febril y el impulso de mi corazón me arrastra de tal modo, que jamás me ha dado tiempo a pensar lo que hago. No sé cuántas veces he puesto mi vida en peligro con imprudencias en que no he puesto atención... Mis amigos por casualidad han podido librarme del suicidio, cuya idea, en momentos de arrebato desgraciado, me ha sugerido, y no ha sido llevada a cabo sin la menor reflexión, por la intervención oportuna que me ha salvado. Esto es una desdicha, pero ¿cómo remediarla, si el carácter parece ser parte de nosotros mismos, y creemos tan imposible su dominio?

 

-La experiencia, acaso-dije, - y el dolor de la falta a que nos arrastró, sea su único remedio.

 

-Pero ese remedio suele llegar tarde, -contestó melancólico él-demasiado tarde... Continúo. Cuando al fin logré ser aceptado por la mujer amada, mi felicidad no tuvo ejemplo; nadie ha podido dar mayores pruebas de amor. Comprometido ya, y satisfecho, todo me parecía poco para hacer sentir a mi adorada la intensidad de mi cariño. Recuerdo que por entonces estuvo ella ausente de mí un mes que pasó en La Vega; pues en ese corto tiempo, además de escribirle diariamente y haberle puesto más de veinte telegramas, estuve a verla ocho veces.

 

Mis celos, grandes como mi amor, con él vivían en perpetua lucha. Una mirada de ella para otro, una palabra, eran un choque eléctrico terrible en todo mi ser, que me ponía al borde de la desesperación; pero si la veía, cuando más quejoso estaba, con una expresión de cariño me desarmaba, a tal punto, que todo lo olvidaba como por encanto, para embriagarme en la loca felicidad que sentía renacer.

 

II

 

-¿Y sabía ella, -inquirí- el ascendiente que tenía sobre usted?

 

-Lo sabía, estaba segura de él; conocía tan bien mi debilidad como la desesperación en que me sumían sus geniadas. ¡Que si sabía lo bien querida que era! En cierta ocasión me aconsejó un amigo, como remedio seguro para atraer la sumisión de la mujer amada, el fingimiento de una indiferencia sistemática y aun excitar sus celos haciéndome amar de otra. Esto pasaba antes de nuestro compromiso. Mi primera tentativa de indiferencia la hice poniéndome en viaje hacia un pueblo vecino, al amanecer de un día en que se celebraba una fiesta en el nuestro.

 

Ella supo que me ausentaba y dijo a sus amigas con esa firmeza de seguridad que solo puede tener la mujer que se siente amada, como lo era ella, que iría a misa, lo más hermosa que pudiera, convencida de que yo había de verla antes de que terminara la mañana. Efectivamente, una hora, lo más, llevaba de camino, cuando arrepentido del viaje, y no pudiendo resistir aquella contrariedad que yo mismo me impusiera, resolví volver grupas, arrostrando las rechiflas de mis compañeros, y corrí hacia Moca devorando distancias con loco afán, y llegué a la plaza a tiempo que ella desde la iglesia me señalara a sus amigas... Yo era incapaz de ausentarme de Millo(*) voluntaria mente por un solo día.

 

En otra ocasión, vi su expresivo semblante lleno de asombro y contrariedad en momentos en que, con ideas de despertar sus celos, galanteaba yo a otra muchacha. Siendo esta mi intención, debí sentirme satisfecho de mi bella obra, y más, si con ello lograba despertar el ansiado interés de mi amada; pero no, yo la quería con tal ternura que el pensamiento de que ella pudiera sufrir un solo instante la tortura de los celos, me hizo perder la cabeza; sentí aguda pena, mil veces mayor que la que ella sintiera y las que yo había sentido por mí mismo, y desfalleciendo de emoción y arrepentimiento no me humillé a decirle toda la verdad, gracias a un esfuerzo de la voluntad que me dejó casi enfermo de desaliento.

 

-Ese es amor, verdadero amor, -interrumpí, y sorprendida de tan delicado sentimiento, casi a pesar mío exclamé: -Y pudo usted herir ese pecho que guardaba el deseado corazón! ¡Pudo usted hacer ese daño!

 

-No salgo de mi sorpresa de haber podido hacerlo-respondió tan contristado, que me arrepentí de mis palabras; - pero tenga en cuenta la rapidez del hecho y la locura que envolvió mi cerebro en un torbellino de fuego... Yo no me pertenecí en aquel momento. Si algún obstáculo me hubiera detenido un instante en aquella hora fatal, si me dirige ella una mirada de reproche, si llego a tocarla antes, y ella expresa dolor, ¿cuánto iba a poder herirla, yo, que sentía con tal intensidad la pena más insignificante que ella sufriera, y para quien una queja de esa mujer adorada era una herida que me desgarraba el corazón? Sí, yo que no tuve nunca valor para hacerla llorar, lo tuve para hacerla morir... Eso sí, una sola vez sufrió; antes jamás le hice agravio ni le causé pena voluntariamente.

 

Miré con curiosidad, al oír estas palabras, el rostro juvenil del preso, impregnado de tristeza y congoja. Su expresión era la de la sinceridad: no tiene arte para decir lo que desea, ni sabe hacer bonitas frases; se inspira en sí mismo y habla lo que siente con esa facilidad- casi elocuencia - que solo tiene el que se apasiona sin trabas, y con el anhelo que da el afán que sentimos de desahogar las penas que nos afligen. El dolor es gran maestro de filosofía, y el corazón que le siente en toda su magnífica solemnidad, no sabrá ser perverso, no, y es capaz de elevarse en sus alas a la mayor altura a que podemos aspirar desde la profunda miseria que es la vida. Hijas del dolor son las más hermosas páginas de la historia de la humanidad.

 

- ¿Y es cierto, -pregunté yo a mi pesar, queriendo saber toda la verdad de esta triste relación, - es cierto que la había amenazado usted muchas veces con la muerte?

 

-No, no lo creo, se lo aseguro a usted, -me apresuré a decir.

 

-Mas, sin tener la intención, ¿quién, con verdadero despecho, ha medido sus palabras? La calma fría y pensadora no es atributo de la pasión, los arrebatos de la locura están a espaldas del amor aguijoneado, siempre, como está la sombra tras el cuerpo que da el frente a la luz, y cuando quien habla se inspira en esa impaciencia efervescente: ¿acaso será dueño de sus palabras quien apenas es dueño del cuerpo que tiembla como una hoja a la presencia del ser amado, cual dice usted que le ha pasado tantas veces? Después de conocerle, después de oírle, no creo que pudiese premeditar la horrible catástrofe; no, mas no extrañaría que su corazón vehemente se desbordara en imprudentes frases: el que sabe amar como usted, no sabe meditar; el cálculo es privilegio de la falta de sentimiento. En estos casos, los arrebatos más brutales son verdaderas pruebas de amor, que nunca estarán al alcance de las almas frías y egoístas.

 

-Es verdad, es verdad, -repitió el joven como si mis palabras respondieran a su propio pensamiento, -y recuerdo que, en el calor de nuestras discusiones, cuando estaba celoso, bien hice presente a Millo que yo mismo no sabía qué alcance podía tener la situación desesperante en que me colocaba si no atendía a mis razones y súplicas, pensando en la probabilidad que había de que ocurriera una desgracia, sí, la de que un momento de locura me arrastrara al suicidio a que ya había atentado otras veces... Nunca creí que llegara a ser tan horrible el desenlace.

 

Después de un breve instante de silencio el preso continuó.

 

-Nuestras relaciones duraron poco; no había paz entre su carácter travieso y despreocupado de muchacha mimada y bonita, y mi amor, exigente y profundo. Una trivialidad les puso término; un arrebato de mis celos, y una tranquila y desesperan-

te indiferencia por parte de ella.

 

Entonces hice lo que hacen todos: me lancé, para llenar el vacío doloroso que en mi alma dejaba el rompimiento, a toda clase de aventuras. Ella había salido de Moca a raíz del disgusto, y su ausencia se unió a la pena que me devoraba para hacerla más insufrible. En vano buscaba olvido en otros amores, al corazón no se engaña, y el falso amor del despecho que se busca para entretenerle, es peligroso calmante que apenas le adormece, para empujarle con nuevos bríos y más pujante delirio, en pos del verdadero objeto de su ternura.

 

Yo no tuve valor para resistir largo tiempo fingiendo indiferencia, y llegó a ser tal la pena que me consumía, que poco tardé en convencerme de lo inútil que era la tortura de procurar un olvido que jamás conseguiría, y en tratar de rehacer el lazo de que parecía depender mi vida.

 

III

 

No puedo continuar la relación empezada, sin enviar antes mis más expresivas gracias a las personas que han tenido la bondad de escribirme desde esa Capital, mostrándose interesadas por mi crónica, y felicitándome por ella.

 

Particularmente, a la dulce amiguita que dice haber derramado sus puras lágrimas leyéndola; lágrimas que me enorgullecen, aunque bien sé que no soy quien las ha hecho correr, sino la delicadísima sensibilidad de su corazón, que naturalmente se conmueve ante la catástrofe de una vida inocente truncada por la fatalidad, y de otra vida más desdichada aún, en que anidará eterno el desconsuelo de tan irremediable des-

gracia.

 

Fuente de profunda enseñanza es esta historia novelesca. Ella nos muestra cómo nunca sabremos hasta dónde pueden arrastrar las pasiones fustigadas. Las imprudencias propias y ajenas, mezclándose en el sencillo idilio para convertirle en trágico drama, que a la vez que encierra todo el horror de una muerte violenta, tan hondas influencias ha de ejercer en el porvenir, en la vida entera, no ya del infeliz protagonista de ella solo, cuanto de las dos familias que lloran a la par el luctuoso acontecimiento.

 

Sírvanos de lección a todos el ejemplo... ¡Ojalá pudiera yo alcanzar esa esperanza, y quedara satisfecha de mi obra!

 

Medrosilla he estado después de mi primera crónica, primer ensayo de este género de literatura que hacía, y sin la menor idea de qué clase de acogida podía darle el público.

Alentada por las amables frases con que he sido favorecida, me apresuro esta vez a enviar la continuación, ya que también hay quien se haya mostrado impaciente por ella.

 

El preso me decía:

 

-Estaba Millo por entonces en Santiago. Sin la menor pena por humillarme a ella, aunque yo era el que tenía motivo para estar resentido, más bien con loca alegría de haber dominado, por una dulce debilidad de mi cariño, la fiereza de mi resolución de alejarme de ella para siempre, le telegrafié suplicándole una pronta reconciliación. Ella me contestó que fuese a verla.

 

Mi felicidad ante la halagadora esperanza no tuvo igual.

 

Había llegado la contestación de mi amada algo tarde, y obtuve permiso de mi papá (*) para ir a Santiago al día siguiente.

 

Aquella noche no pude conciliar el sueño: tal era mi dicha y mi entusiasmo. Y hacia la una, sigilosamente, porque de despertar mi padre, me hubiera obligado a volver a la cama, y yo no me sentía con ánimo para permanecer en la inacción, con la fiebre de impaciencia que me enardecía, salí de casa, ensillé mi caballo, y tomé el camino que me llevaba a la gloria de volver a ver a Millo. Mi cabalgadura no corrió... ¡la hice volar! No sé cómo atravesé el no corto trecho que separa a Moca de Santiago... Antes de las cuatro de la madrugada había llegado, y no sabiendo qué hacer del tiempo en hora tan inoportuna, me di a correr las calles de la ciudad... Al amanecer, esperaba frente al balcón de Millo; la primera persona que se asomó le dio aviso de mi llegada, y así pude verla temprano.

 

Ella no se mostró ingrata, mas aplazó el arreglo definitivo de nuestras relaciones para su vuelta a Moca. Yo le di mis sortijas y obtuve una de ella; asi quedamos por entonces. Yo le escribía a menudo después, pero ella, que había venido a Puerto Plata, no contestaba mis cartas.

 

Yo estaba mohíno y despechadísimo por ello, y como no faltó quien me azuzara con cuentos que yo tenía la debilidad de oír, volví a la desesperación, a los celos y al delirio, no hallando mejor remedio para calmar la irritación de mi pecho, que buscar alivio en nuevos amores...

 

Volvió Millito a Moca y supo que yo me entretenía por otro lado, y me provocó con celos también. Siempre había quién le llevara una historia que tendiera a desunirnos; a mí, cada día hubo quién renovara la amargura que rebosaba mi alma con chismes, que yo, en la ceguedad de mi amor apasionado, creía en el primer momento, aunque pasada la impresión lo dudara, para rechazar luego de todo corazón la infamia y poner a mi amada por sobre todas esas miserias. La familia de Millo también estaba predispuesta contra mí, y algunos de ella me aborrecían, oponiéndose a nuestras relaciones, a pesar de que, antes de que se desencadenara aquel cúmulo de desdichas, me querían todos con predilección.

 

IV

 

Antes de continuar la relación del preso, permítanme mis lectores una digresión brevísima que creo oportuna.

 

La verdadera causa de los mayores males que lamentamos en la sociedad, es el afán que hay de repetir cuanto se dice, sin tener en cuenta que puede aparejar una palabra imprudente, y la responsabilidad que nos cae al hacernos inconscientes cómplices del chismoso perverso, inventor de nuevas mal intencionadas. Gente hay, que halla un extraño gozo, una cruel complacencia en dar malas noticias. Lenguas hay que emponzoñan para verter veneno sobre la herida del amor propio sobreexcitado... ¡Cuántas lágrimas y sangre se hubiera ahorrado la sociedad si supiera contener a tiempo esos ocultos factores de la fatalidad! Las desavenencias, aun entre los que más se aman, despiertan susceptibilidades peligrosas, dolorosos enconos que se vierten muchas veces en frases amarguísimas, palabras que pasan, que se olvidan, que pueden repetirse después entre sonrisas, si no las recoge el oído de un predispuesto a hacer el mal, o de un inconsciente hablador, para hacerla arma que vaya a herir el corazón del mismo que en hora de acaloramiento las profirió imprudentemente.

 

 

 

Y hay que contar con que las noticias muy repetidas, se corrigen, se aumentan, se desfiguran, hallan siempre una mano maestra que empuje la bola del enredo y le haga más denso y más funesto.

 

¡Ay! ¡Si supiéramos huir de estos escollos peligrosos, ¡qué felices podríamos ser, aun en medio de un conflicto, y en qué plácida calma se deslizara nuestra vida!

 

Pero mientras la envidia, la falta de conciencia o la intención perversa hallen nuestro apoyo en la culpable frialdad con que las dejamos obrar, o la tolerancia con que las acogemos escuchando por mera distracción, aun repitiendo inoportunamente sus concitadoras noticias, tendremos que sufrir sus graves consecuencias sin quejas; tendremos que morir conformes cuando nos arrastren a la muerte...

 

Continúo. El preso decía:

 

-A pesar de todo, yo la quería demasiado para no ser débil, para que mi amor no se sobrepusiera a mi amor propio, y volví a intentar con todo el afán de un alma enamorada, la deseada reconciliación. Ella recibía mis cartas y atendía a mis súplicas; se resistía débilmente, entreteniéndome. Al fin obtuve una esperanza definitiva para la noche fatal que tan horrible recuerdo había de dejar en mi vida. ¡Pobre Millo! Yo la vi aquella tarde vestida de blanco y le di la rosa que he dicho, y que llevó sobre el pecho hasta lo último...

 

Al anochecer, mis amigos me felicitaron por la alegría que demostraba, que rebosaba en todo mi ser, y yo, seguro de mi triunfo, los invité a celebrarlo con champaña, y aun sobreexcité más mis nervios con este vino, aunque estoy seguro que no estaba ebrio y con los brindis que enardecieron más mi sangre y mi cerebro. Yo debía tomar la miel de la dulce reconciliación después de tantas penas, y la felicidad de la esperanza realizada sostenía mi espíritu en una tensión dolorosa. Esperaba el instante de encontrarme con ella con una ansiosa impaciencia que solo puede medir quien haya sentido como yo, amor, amor verdadero. Quien no sepa definir la agonía de un instante tan supremo, que ría, que no me crea, que me acuse.

 

Me dirigí, después que dejé a mis amigos, a la iglesia: celebrábase la fiesta de la Virgen. Allí vi a Millo, hermosa, más que nunca, subyugadora... me acerqué a mendigar una mirada suya... No la obtuve... Ella sabía dónde estaba yo; pero sus ojos estaban fijos en otro lado; fijos hacia el sitio en que se hallaba el hombre de quien la celaba...

 

La caída, desde la altura de mi esperanza, al antro de los celos y la desesperación, fue rápida. Sentí vértigos. La sangre subía a mi cerebro con oleadas ardientes... Cuando concluyó la fiesta y ni una vez obtuve el alivio de una atención de mi amada, salí de la iglesia; cuando encontré por la calle un corrillo en que se decía que ella, mi adorada, amaba a otro... Yo no sé... Corrí al parque. Allí estaba ella; él, de quien yo estaba celoso, no muy lejos, gozando del bien de mirarla, bien que era mío, mío solo! Me sentí enfermo y pensé salir de aquel infierno, en volver a mi casa...

 

La encontré en mi camino, impávida, risueña, mientras yo me sentía devorado por todo el rencor furioso de un loco... No sé lo que hice... No sé cómo pasó la catástrofe. No oí las detonaciones ni supe cuándo atenté a mi vida con el último disparo. No sé cómo pasé la noche porque no puedo recordar sus horrores. Volví a darme cuenta exacta de todo aquello y a empezar a sentir el dolor de haberla perdido, cuando oí las campanas doblar a su entierro al otro día.

 

El joven preso, fatigado de la relación, con fuego y llanto en la mirada, se detuvo... Después prosiguió con ronca entonación:

 

-He sabido que ella había dicho a sus amigas que antes de arreglarse definitivamente conmigo iba a castigar mis infidelidades, haciéndome desesperar por tres días... Lo supe cuando ya no había remedio. ¡Cuando ya estaba muerta!

 

La tarde empezaba a envolverse con nubes de rosa, despojos del sol al morir, cuando terminó la penosa relación. El carcelero abrió la pesada reja que nos encerraba en el calabozo del joven, mientras nos despedíamos de él.

 

Al pensar cómo quedaba el pobre muchacho en aquel estrecho recinto, solo, frente a su recuerdo, a su dolor, a su martirio, un hondo sollozo comprimió mi pecho, y encontré demasiado grande la dicha del que puede respirar el aire libre, esperar del porvenir días hermosos, volver la vista al pasado sin estremecerse de horror.

¡Cuánta compasión me inspiró el prisionero al dejarle asomado a la reja, diciendo adiós, con su sonrisa impregnada de tristeza, conforme de quedarse allí, él, tan joven, en esa edad de la libertad, el placer, la alegría!

 

¡Amor, hermosa pasión que elevas al hombre, que has sabido alzarle con tu aliento poderoso a la cúspide de la inmortalidad, impulsándole a la aspiración de todo lo más grande, bello y generoso, por una sonrisa, a cambio de un pensamiento! Tuyas son sus obras más perfectas... Tú has creado las más hermosas inspiraciones del genio... ¡el genio eres tú! Tú que has redimido al mundo de la vulgaridad de una existencia monótona y brutal, creando el ideal, la gloria, la ilusión...

 

¡Mas qué feroz y temible eres cuando la pasión levanta tempestades, como embravecido mar que convierte sus mansas ondas en terribles abismos!

 

Tú te adormeces con la felicidad... La tranquila satisfacción te envuelve como un sudario y paraliza tus latidos; pero ¡Hay del corazón que te conoce y contigo abre puerta franca al dolor! En su congoja está el secreto de tu poderío. Hijo del dolor eres, más que de la hermosura.

 

No ha pasado para ti el tiempo, no. Eres el mismo que fue a provocar a Paris, a los pies de la famosa Helena; sujetó a Antonio a los de Cleopatra, y ha atravesado las edades, ya murmurando a los oídos del Tasso, ya rugiendo en las estrofas de Dante y Byron, sollozando en las inspiraciones de Musset y Hugo, o extasiando a Rafael ante el rostro de sus Vírgenes.

 

Eres el mismo – aunque no a todos los que te nombran les es dado conocerte, -el mismo Cupido, niño ciego y temible, que hiere a su madre..., a quien no arredran los espíritus fuertes; que ríe de la soberbia del siglo... El único dios de la edad de oro que se ha sostenido en pie sin perder uno solo de sus peligrosos atributos.

 

¡Oh! Tú eres el que has hecho un desgraciado de ese adolescente, feliz ayer en un hogar honrado, que ahora queda en la soledad de un calabozo, mirando los últimos velos del crepúsculo desde su reja.

 

¡Tú eres quien empujó la mano que hirió el corazón de Emilia Michel!.

 

Dilo así a esa juventud que recuerda cuán gentil y arrobadora era la infeliz amada de tu víctima. Dilo, recordando las hazañas tuyas que tan hondas y sangrientas huellas han dejado en la historia de la humanidad.

 

Dilo... para que todos los corazones capaces de amar, ofrezcan al prisionero su compasión y simpatía... A la vez que lleven al sepulcro de la hermosa, lágrimas y flores, como los han llevado muchas generaciones a un ideal, como ella, infeliz, la inmortal Desdémona…

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AGNES LOINAZ DE PIMENTEL

 

"Pues entre todos ellos, ¿quién no sabe que todo esto lo hizo la mano de Dios, que su mano retiene el alma de los vivientes, el espíritu de todo ser humano? El descubre las profundidades de las tinieblas y saca a la luz Las sombras de la muerte".

(Job. 12, 9-10:22.

 

¡Ya pasó como un sueño tu existencia! Tu juventud, que florecía como maceta de lirios en primavera, se vio troncada, deshecha por el aquilón de desgracia implacable, que te llevó a desear ese largo y tranquilo sueño en que yaces esperando la misericordia de Dios, a Dios mismo, tras el misterioso velo de la muerte.

 

¡Ah! Los que te vimos partir, inmóvil, silenciosa, con esa solemne rigidez en que se envuelve la criatura en la hora suprema; los que te vimos cruzar hoy la misma puerta que se abrió a tu paso y traspusiste en no lejano día coronada de azahares, radiante por la esperanza de una vida larga, hermosa, útil; los que vimos la desolación del esposo, el primer dolor en el corazón de los huérfanos, el desconsuelo del padre amante y los hermanos.

 

Los que sabemos del vacío que queda en el triste hogar; el frío de ese pequeño mundo ya sin el sol que le dio calor y vida... sentimos también el frío y el horror de la desgracia, y sintiéndole, estremecido el corazón te dijimos adiós, llorando tu partida, tu eterna ausencia con pesar inmenso, clamando a Dios porque nos abandonas.

 

La noche envolvía la inmensidad con su manto de crespones cuando descendías a tu última morada.

 

La tierra te abría el regazo como madre que aguarda al hijo ausente, para guardarte en él, avara del nuevo tesoro, ¡oh Dios! ¡Sin piedad a la juventud, a la dicha, al amor que arrebataba y envolvía!

 

Gimiendo miré la lobreguez en torno mío. La triste hora del crepúsculo, más triste hoy, dejaba paso a la oscuridad sin ceñir el horizonte con sus nacarados y purpúreos velos.

 

-¡Así es el dolor! -suspiré. - Estas tinieblas están en el alma de todos los que lloran!

 

Lleno de turbación el espíritu, muda la fe en ese instante, miré al cielo oscurecido... En su inmensidad brillaba resplandeciente como faro y guía celestial el lucero de la tarde, respondiendo a mi dolor, mostrando a la tierra su luz, que siempre brillara en la negrura para ofrecer la esperanza de la Omnipotencia en la hora triste del desconsuelo.

 

Aparté el alma de la tierra; la elevé al Creador en una plegaria, y la fe se prosternó ante la voluntad del Eterno.

 

Encontró a Dios mi espíritu acongojado, y bendije su mano y sus decretos... ¿Qué sabemos las criaturas, pobres átomos de la inmensidad, ¿qué sabemos de la vida y de la muerte?

 

¡Pobre amiga mía! Trocaste el alegre hogar en que reinabas dichosa, coronada con el nimbo de tu virtud y el amor de los tuyos, por el angosto lecho que te ofrece en su seno el sepulcro. Eres en él simiente de la flor del paraíso. Ya no volverás a perfumar con tu bondadosa presencia el santuario que dejas; el Eterno te reclamaba y has respondido a su voz presentando ante Él el divino perfume de tu alma.

 

En tanto, viva tu memoria como esperanza celestial en el pensamiento de los tuyos, y sea el ejemplo de tu virtud dechado para tus hijas; sírvales tu recuerdo cual les habría valido tu cuidado.

 

Tú velarás cada día tu hogar, y más cerca de la Omnipotencia, podrás rogar por los que dejas suspirando en este valle de lágrimas.

 

 

Virginia Elena Ortea

lunes, 4 de mayo de 2026

Un alumno llamado Cristo Rey - Jeannette Miller

 

Un alumno llamado Cristo Rey

 

Impartía Letras 011 en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, allá en la década de 1970. El primer día que entré a un aula enorme con cerca de 50 estudiantes, todos hablaban y reían parados en grupos. Yo, como muchos decían, parecía una "monja altagraciana", porque aunque me vestía de civil, prefería faldas largas y no usaba cosméticos.

Recuerdo que, pretendiendo dar una clase interesante, llevé mi ejemplar del Diccionario de la Real Academia Española, que pesaba más que "un matrimonio obligado" y cuando entré al aula nadie me miró.

Armada de paciencia, lo que no es propio de mí, caminé hacia un escritorio desvencijado de latón oxidado y me paré detrás del mismo. ¡Nada! Todos seguían hablando y ni se volteaban. Entonces, sin pensarlo, alcé el diccionario y lo tiré contra el tope del escritorio haciendo un ruido que calló a todo el mundo. Cuando voltearon las caras y vieron mi rostro enfurecido se fueron a sus puestos lentamente, con la boca cerrada.

Yo pensé, "30 años de cultura trujillista autoritaria no se borran de un plumazo; voy a tener que presionar".

No abrí la boca hasta que el silencio fue total y entonces dije en un tono que casi no se oía: -A partir de hoy todos están quemados, veremos quién logra pasar la materia.

Aunque me cogieron antipatía y me pusieron apodos, la clase comenzó a desenvolverse de manera aceptable. La técnica que más me ayudó para mantenerlos interesados fue una especie de juego donde les decía las reglas como no eran, a ver si eran capaces de darse cuenta que no estaban correctas. Se las decía rápido cambiando de un alumno a otro, y me bautizaron "alta tensión".

A la segunda semana de clases y con los alumnos callados y atentos, acababa de sonar el timbre cuando entró casi corriendo un muchacho alto, oscuro, con un afro naturalmente rojizo, camisa con pocos botones que dejaba ver el pecho y unos pantalones desvencijados. Pero lo que más me impactó fueron sus ojos angustiados, como si poder llegar a la clase fuera el motivo de su existir.

Inmediatamente se armó una voceadera ¡Sáquelo! ¡Sáquelo! Mientras yo hacía señas de que se calmaran. Cuando al fin lo hicieron, uno que otro gritaba: ¡Ese es un tíguere que no viene a clases, no permita que se quede! El muchacho me miraba y miraba a sus compañeros como un animal acorralado.

Respiré hondo y le dije: -Bachiller, acérquese-. Vino rápido. ¿Cuál es su nombre?-. Con voz segura me contestó: -Cristo Rey. Inmediatamente y llena de dudas busqué en la lista interminable de los inscritos y efectivamente apareció su nombre. Entonces le dije. -Siéntese delante y a partir de hoy ese va a ser su lugar. Disimuladamente le pasé mi libreta de apuntes y mi bolígrafo pues no tenía nada, y me sorprendí al ver que trataba de escribir todo lo que yo decía.

A la salida le recomendé que tratara de asistir a clases con una camisa que tuviera botones. A la mañana siguiente llegó con su ropa pobre, pero limpia y el pajón húmedo peinado hacia atrás.

Ese día tocaba pruebín, al levantar el paquetón de papeles para distribuirlos, lo vi muy atento, mirándome. Entonces le dije: -Cristo Rey, reparta los pruebines. A partir de hoy usted será mi ayudante.

Tembloroso, cogió los papeles y de manera ordenada los fue distribuyendo mientras sus compañeros lo miraban y guardaban silencio.

Desde entonces llegaba el primero y me preguntaba lo que no entendía, así que fue subiendo las notas y al terminar el curso quedó entre los mejores.

Cada vez que recuerdo su imagen, pido a Dios que su buen comportamiento y su gran esfuerzo lo hayan llevado a ser un hombre de bien, y confieso que si yo fui un instrumento para que él se integrara a un camino de superación, él también lo fue, para que yo confirmara que impartir clases es la mejor oportunidad para conocer a seres extraordinarios, como mi siempre recordado alumno Cristo Rey.

 

Jeannete Miller

(1944-Actual)

 

 

domingo, 3 de mayo de 2026

UN BAECISTA CON LILÍS

 

UN BAECISTA CON LILÍS

 

General Matías era llamado comúnmente uno de los más audaces guerrilleros dominicanos. Había sido siempre, en política, contrario al general Lilís, quien había hecho no pocos esfuerzos por tenerlo a su lado, sin lograr conseguirlo.

Cierta vez el general Matías pasaba por la pena de tener en peligro de muerte a su mujer, bella señora con quien se había casado hacía dos años, tan notable de bondad como de hermosura, cualidades que heredaba de sus padres, un distinguido español y una dominicana procedente de una de las mejores familias del Cibao. Grande era su preocupación junto al lecho de la enferma que, según él, era tan "buena como el pan". Un médico de los más acreditados de su tiempo fue llamado con urgencia a la casa de aquel hombre de armas.

Enterose Lilís de la gravedad de la gentil señora y de los desesperados esfuerzos de su marido para devolverle la salud, y le escribió una carta cuya entrega confió a uno de los oficiales de su Estado Mayor. El pliego iba escrito de puño y letra del Presidente, y le fue entregado en propias manos por el oficial. La bella caligrafía de Lilís hirió los ojos del atribulado general apenas abrió el sobre de elegante papel de hilo.

Antes de rasgarlo pensó hallar dentro de él terminante orden de arresto o cosa aún más grave; pero se rehízo apenas comenzó a leer:

"Estimado general: Me he enterado con profunda pena de la gravedad de la madama y cumplo un deseo que no puedo ocultarle, cual es el de su pronto y cabal restablecimiento, seguro, como estoy, de que su vida le es tan cara como la propia de usted, por las nobles prendas personales de que está ella adornada, y, como puedo facilitarle cuantos medios concurran a la rápida conducción de médicos a su casa o el traslado de ella a la ciudad, si necesitara la intervención de cirujano, no me justificaría si pudiendo serle útil en todo esto, dejara de hacerlo por la circunstancia de ser usted mi contrario en política, que nada tiene que ver con mi leal empeño en la salvación de su digna consorte, ya que esto es cosa aparte de lo que nos tiene divididos en opinión, y no es justo que haya siempre de servirse por un interés. Mientras aguardo su respuesta quedo de usted, General, atto. amigo y S. S. Ulises Heureaux".

Al general Matías le brillaron los ojos de emoción al terminar la lectura de la carta. No esperaba este rasgo de hidalguía y, aunque no necesitó utilizar tan generosos servicios, por no haber sido necesario, los agradeció sinceramente en carta que dirigió días después al Presidente.

Una vez restablecida, la buena señora tuvo por conveniente que su marido cambiara de actitud para con el general Lilís, por aquel acto de gentileza y generosidad que, aun inspirado en la habilidad política del dictador, no carecía de importancia para ellos. Lilís, por su parte, sacó partido de aquella estudiada cortesía, logrando al fin, y por gestiones de uno de sus mejores allegados, que el general Matías se decidiera a ser su amigo político; pero en la duda respecto de si la adhesión de aquel valiente general era sincera, juzgó prudente utilizar sus servicios tan pronto como se presentara una oportunidad.

 

Un año más tarde sobrevino la revolución del año 1886, conocida por revolución de Moya a causa de tener como caudillo del movimiento insurgente al general Casimiro N. de Moya. Salió Lilís con destino al Cibao, al frente de sus tropas, llevando a su lado al general Matías, cuya fidelidad deseaba poner a prueba, y lo envió como segundo jefe de las fuerzas que debían franquear el camino entre La Vega y Santiago. A los pocos días las fuerzas del Gobierno tuvieron un encuentro con las de la revolución, que derrotaron causándoles algunos muertos y heridos. En la acción distinguiose por su arrojo el general Matías. Súpolo Lilís y preguntó al jefe de las fuerzas qué opinión se había formado de ese general. "Muy valiente", respondió el interpelado. "Es un león en figura de hombre, solo que tiene un defecto que me ha llenado de disgusto". "¿Cuál?" -preguntó muy intrigado Lilís-. "Que en lo crudo del combate, mientras los demás compañeros gritaban entusiasmados ¡Viva el general Lilís!, a él, tan acostumbrado a exclamar en otro tiempo ¡Viva Báez!', nadie en esta ocasión le oyó lanzar un solo viva, como si hubiera enmudecido en la pelea". A lo que respondió Lilís de buen humor: "¡No se apure, mi amigo, que el gallo no mata con el pico, sino con las espuelas!".

 

Ramón Emilio Jiménez

(1866-1970)

sábado, 2 de mayo de 2026

SOR DE MOCA - Agustín Aybar

 

SOR DE MOCA…

 

Dice un adagio que "a cada puerco le llega su San Martín" o que "a cada santo le toca su día".

Y así es en todos los órdenes.

Nadie debe reírse de la desgracia de nadie, porque nadie sabe cuándo le toca al otro reírse del que de él se ríe ahora.

Lo mismo:

Nadie en la desgracia se desespere por la felicidad de otro, porque no se sabe cuándo el feliz de ahora, debatiéndose en medio de la desgracia, tendrá que envidiar al que por desgraciado despreció ayer.

Eso no es más que filosofía, impepinable.

Porque así ha sido, es y sigue siendo.

En la política ocurre lo mismo que ocurre en todos los órdenes de la vida.

Al que ayer vimos orondamente pasear en la cima del bienestar político, hoy lo vemos, cabizbajo, astroso, lacrimoso y acobardado, caminando de prisa y como quien teme a las miradas de los demás.

Y viceversa:

El que ayer fue un derrotado en todos los órdenes, el que ayer no tenía qué comer, ni qué vestir, y tenía que ir por las calles pidiendo cigarrillos, con el calzado muriéndose de risa y enseñando como lengua el dedo grande del pie, ahora lo vemos en carro "pescuezo largo", y teniendo en sus manos, aún flácidas y temblorosas por las miserias pasadas, todos los medios del buen vivir.

Por eso es que se dice, en medio de todas las desgracias, la gran frase del optimismo: "No hay que apurarse" agregando aquella gran exclamación: ¡quién sabe!...

Los pueblos, por ejemplo, se quejan muchas veces de los gobiernos que los han tenido en completo abandono mientras otros han sido objeto de todas las atenciones oficiales.

Por ejemplo, en el Gobierno de Horacio Vásquez, Moca y San José de las Matas fueron pueblos favoritos.

Para Moca y para San José de las Matas hubo de todo. El tren de empleados públicos era en su mayoría mocano y para San José de las Matas hubo todo el adelanto apetecible para una aldea de su categoría.

Los mocanos llenaban todas las oficinas públicas de la Capital y gran parte de las otras ciudades.

De ahí que no había mejor recomendación para adquirir un destino público que repetir la célebre frase: Sor de Moca.

Nos recordamos de que una vez desembarcó en Santo Domingo un vegano que había pasado más de seis años en el extranjero.

Al llegar y encontrarse con tantos mocanos, en el muelle, en el hotel, en el restorán, en el parque Colón, en el teatro, y como todos eran viejos conocidos suyos, y como el recién llegado ignoraba que se trataba de un gobierno favorable a los mocanos, llegó un momento en que dudaba de encontrarse en la Capital, y para salir de su duda le preguntó a uno:

-Oye viejo, y perdona, pero como tú sabes, uno se va al extranjero y cuando vuelve lo halla todo cambiado, así es que tú me vas a hacer el favor de decirme si la Capital la mudaron a Moca.

Y el preguntado fue más ocurrente porque contestó:

-No, lo que pasa es que a Moca la mudaron para la Capital.

Y así las cosas, hasta que cayó Horacio Vásquez.

Con la ida de Fellito Estrella Ureña al poder, le llegó a Santiago su San Martín, o sea, le tocó su día.

Ahora los santiagueros están en alza. La Capital fue desalo jada por los mocanos para dejarles el puesto a los santiagueros y por todos los confines de la República está la semilla del santiaguerismo regada. "Sor de Santiago" es ahora la frase victoriosa.

Pero como los navarreteros no son ningunos tontos, y como ellos también son santiagueses, puesto que también ellos son de Santiago, tienen perfecto derecho a reclamar su parte.

Y a ellos les ha tocado la Policía Municipal y el Cuerpo de Serenos de esta ciudad. Para ser policía o para ser sereno, no hay nada más efectivo que decir:

-Yo taba con la revolución, poique como yo no soy ma que Fellito Etrella, y ademá, como yo sor de Navarrete...

-¿Usted es de Navarrete?

-¡Que si soy!... Mi papá e de Barrancón, mi mamá e de Pontón, yo nací en El Aguacate y mi padrino son del mismo pueblo e Navarrete... Adió, si usted quie sabei ma detalle, pregúnteselo a Juan Caridá y a Cholo, que son mismamente como familia mía...

-No hay que hablar más; secretario, anote a este para sereno... porque es del campo, si hubiera nacido en el pueblo, fuera policía.

Uno que oyó ese detalle alegó: yo nací frente a frente a la iglesia y me crie, como quien dice, en la tienda de don Ricaido

Canaida y na meno don Elía, que en pa descanse, jue mi padrino, por eso era que mi papá y él eran compadre e sacramento...

-No hable más... ¿Cómo se llama usted?

-Yo... ¿yo mismo?...

--Si, usted mismo...

-Yo me ñamo Cayetano e la Cruz, pero a mí como me

conocen en to Navarrete e como Tano... Pue preguntáiselo a Juan Carida...

-Secretario, anote a ese hombre como sargento primero...

 

Agustín Aybar

(1902-1959)

 

viernes, 1 de mayo de 2026

Se me fue poniendo triste, Andrés - René del Risco Bermúdez

 

Se me fue poniendo triste, Andrés

 

- «Pedro Juan, tu Negrita se está por morir».

 

Eso fue todo, Andrés. Y yo me le quedé mirando, mirándole los ojos que se le ponían de vidrio de botella de Malta. Así de quemados y oscuros. Después, ya el cuarto se iba llenando de pesados celajes, las paredes comenzaron a ablandarse para que allí la luz de la vela se pegara temblorosa y yo viera la sombra de su cabeza parpadeando sobre las tablas manchadas por los aguaceros. Ella no dijo una palabra más, sino que hizo como si mirara las vigas del techo, y las gotas de sudor se le quedaron en la frente como si por dentro le estuvieran hirviendo los pensamientos, los recuerdos, las tristezas de tanta vida de apuros y trabajos. Yo la miré largamente, me clavé los codos encima de las rodillas y me puse a mirarla y a pensar sin querer dejando que la cabeza se embobara con todo lo vivido, con esos largos días nuestros que los malos espíritus no se cansaron de enredar desde aquella tarde en que pedí a la Negrita que se viniera conmigo y ella apareció en el vano de esa puerta, trayendo una funda con su ropa y enseñando una sonrisa suave, que no era casi una sonrisa, sino ese gesto dulce que tienen algunas santas de las que sacan en procesión ciertos domingos por el pueblo.

 

Yo me quedé mirándola y recordando cosas. La vi cruzar la habitación, yéndose a sentar debajo de la ventana por donde se metía el aire húmedo del río y el apagado chasquido de las aguas en los pilotillos del muelle. Allí se quedó entre lejana y resignada, como si todavía no se diera cuenta de que en esta casa, a la que acababa de entrar, su presencia nos estaba obligando a compartirlo todo, el silencio, el espacio, el tiempo, todo.

 

Cuando regresé con los plátanos para la cena, ella aún se miraba las manos, juntas sobre las rodillas, y encajaba los tacos de los zapatos en el barrote de la silla verde. Tuve entonces que ponerle la mano en el hombro y decirle confianzudamente «es usted la mujer, en el anafe hay carbón y hay tres huevos en el guardacomidas». Nunca más tuve que repetirle esto, ni siquiera por broma. Negrita comprendió desde entonces el destino y por eso aquella misma noche, antes de acostarnos, sin decirme nada, tomó diez centavos de encima del pasamanos y regresó con azúcar y café. En lo adelante, cada vez que yo miraba a la Negrita, tenía que encontrar ese mismo gesto que se me fue metiendo en el alma y que muchas veces me dio ganas de llorar, cuando encogiendo los hombros, me decía «¿Y qué? Yo casi no tengo hambre», y tenía que obligarla para que tragara un pedazo de yuca o para que probara el pan con salchichón. «Tú eres el que afana», decía, «es justo que te compres siquiera un pantalón, yo con los trapos que tengo estoy bien, total que no salgo a ninguna parte».

 

¡Y yo que la conocí por casualidad! Fue en los tiempos en que yo tenía la «Mercedes», que era una yola grande y liviana pintada de blanco y rojo, con el bronce de los remos siempre tan brillante que los muchachos de «Villa Duarte» me conocían desde que yo salía del atracadero de aquel lado . «¡A que esa es la Mercedes!», apostaban.

 

Una mañana vino la Negrita y me dijo que iba a la ciudad a buscar un dinero, que me pagaba de regreso, y yo, que no sé por qué la miré de una vez con picardía, le dije que sí, que subiera, y comencé a remar, mirándole los ojos que se le entretenían en la espuma que corría junto a la «Mercedes».

 

Ya de regreso, yo no quise aceptarle su dinero. Que se comprara caramelos, le dije, y seguí mirándola cuando ella hacía girar la sombrilla detrás de su cabeza, moliendo la luz del sol entre las varillas negruzcas, abiertas como una telaraña sobre el río. Ella venía sentada en la popa e la «Mercedes» y yo
silbaba algo del Trío Reynoso. No dijimos una palabra, pero yo sé que por dentro de lo que yo silbaba iba caminando el gusanito de la mala intención, para hacerle cosquillas en el oído a la Negrita. Yo no me estaba dando cuenta, hasta que me sorprendí repasando el pedacito ese, Andrés, el de «baila mi merengue que entre las mujeres tú eres mi derriengue». Pero la Negrita no estaba en eso aquella mañana, ella traía los ojos en el agua y su silencio era como si viniera del fondo del río. Y es que ella era así, tenía esa manera de quedarse lejos, que a uno a reparar en su presencia, porque ella misma se iba, dejaba por cuenta su lugar y entonces uno comprendía que lo estaba haciendo para dejarnos vivir, para que yo no tuviera esa mañana el lastre de su misterio que estaba ahí, en la popa de la «Mercedes», y pudiera escuchar el chapoteo de los remos sobre su silencio profundo, en el que bogaban hojas, papeles, pedazos de ese mundo que la Negrita hacía difícil y cercano, inexplicable. Quizás ese merengue de los Reynoso era lo único que verdaderamente vivía en ese instante sobre el río. No porque yo lo silbara, porque vivía solo aun cuando nadie lo silbara, porque permanecía oculto en la caja de los acordeones esperando siempre la mano del que fuera a tocarlo, del que viniera a echarlo fuera, a ponerlo en los labios de alguien, que como yo, no sabía claramente por qué lo silbaba con la intención de que pudiera escucharlo quien ya no estaba ahí, porque te juro, Andrés, que la Negrita desde entonces se había ido en el silencio y aquel merengue la buscaba sin llamarla, sin yo querer, sin ninguna palabra. Tuve entonces que decirle «ya llegamos», cuando sentí la arena contra el fondo de la yola, y ella tuvo que bajar, quizás sin quererlo también, como si comprendiera que los dos ya estábamos juntos en algún sitio que no era en esa orilla. ¿En el destino, Andrés, así se llama? Yo no lo sé. Porque tendría que averiguar si el destino es antes, o después.

 

Fíjate, Andrés, cómo es la vida, después de aquello como que se achicaba el mundo, ya nos encontrábamos como tú tienes que encontrar esta cama, ese
vaso, aquella ponchera, ese San Miguel en la pared; si es que te pones a dar vueltas en el cuarto. Por eso en el bar de Vicente ella me puso la mano en el hombro aquella noche de Año Nuevo, y yo me di cuenta de que sus palabras nada tenían que ver con el gesto de sus ojos. Me saludó como siempre «Pedro Juan, cómo le va?» pero su mirada estaba lejana como si no me viera en este mundo, sino en otro mundo en el que yo no hacía nada con aquel trago de «Jacas» en la mano, porque dejaría ese trago, y ya le hablaría riendo, ya caminaríamos hacia un lado del bar, ya bailaríamos cerca de la vellonera, y ese era el que importaba a sus ojos, el que estaba dentro y lejos de mí, el que ya estaba con ella en algún sitio mientras la Negrita reía con su vestido de flores y yo la soltaba y le daba vueltas para que los muchachos aplaudieran con el fuego del ron en los ojos, mirando las caderas y mi mano que rodaba a veces sobre su espalda mojada. Tal vez fue esa noche cuando mejor lo comprendimos los dos. Por eso cuando Candito trató de echarle el brazo, ella se dejó caer sobre mi hombro y yo seguí hablándole como si nada a la cara arrugada de «el ñato», que del otro lado de la mesa hacía por entenderme entre los humos de la borrachera, achicando los ojos y repitiendo como hipnotizado «así es, así es, así es».

 

Yo recuerdo cada fecha, Andrés, porque las cosas se iban sucediendo de manera que no podían evitarse. Era como si te leyeran la taza y te dijeran que vas a hacer un viaje y después tú, en medio de ese viaje, pensaras que cuando te leyeron la taza te lo avisaron. Sólo que a nosotros nadie nos anunciaba nada, sino que sucedían las cosas ellas solas, pero sucedían así, como suceden esas cosas que se anuncian, que se dicen antes, y que nadie puede evitar después que ya se han visto en una taza, o lo han dicho las barajas. Y a nosotros, Andrés, nos pasaban las cosas así mismo.

 

Después de aquella noche de Año Nuevo, en el bar de Vicente, con Candito y «el ñato» ya yo sabía que la Negrita y yo éramos peces de un mismo chinchorro, por eso, cuando al atardecer de cinco de enero, la vi bajar por la escalera del puente viejo, le dije al señor vestido de blanco que me perdonara, pero que yo tenía el viaje comprometido, y justo cuando se apagó la última nube sobre el malecón comenzaron a brillar los faroles de los carros sobre el puente, yo había amarrado la «Mercedes» a un pilotillo del muelle y subíamos la cuesta de la Calle Atarazana, la Negrita hablando de los hijos de su hermana Carmen, que ya no creían en los Reyes y yo diciéndole que no importaba, que les compráramos esa muñeca y ese trompo porque en el fondo a todos los niños les gusta jugar aunque no les importe el Día de Reyes. Te cuento eso, para que ves por qué me acuerdo de las fechas, porque cuando regresamos de la ciudad, justamente pasando bajo la puerta de San Diego, la Negrita hizo como si quisiera tragarse el cielo por la nariz, echó la cara hacia atrás, cerró los ojos y respiró muy hondo, que yo oí su respiración creyendo que lloraba o algo así, y la vi pegada a las piedras, entreabriendo ahora los ojos y diciéndome que esa soledad la había hecho sentirse de repente feliz y me tocó el hombro con su mano extendida. A la verdad que en aquel momento, Andrés, todo parecía haberse detenido. Sólo faltaba que yo me le acercara como lo hice, con la boca abierta, y me le apretara ahí, entre las piernas, sintiendo que ella se me amarraba con sus muslos duros y ahí, pegados a esas piedras de San Diego, yo vi cómo la noche se iba abriendo poco a poco y la escuchaba a ella como hablándome desde muy hondo, diciéndome que me quería y que ella sabía bien que esto tenía que pasar porque algo se lo estaba diciendo en el oído desde hacía mucho tiempo, y yo diciéndole que sí, que yo también lo sabía y que por eso, cuando la vi bajar esa tarde por la escalera del puente viejo le dije al hombre que tenía el viaje comprometido, y entonces recordé cuando se apagó la última nube sobre el malecón y vi los carros con los faroles encendidos en el puente, y me le pegué bien fuerte a la Negrita, bien adentro, y así me estuve hasta que comenzaron a ladrar los perros por esas
calles que bajan del Alcázar y yo me retiraba un poco a cerrarme el pantalón, mientras ella se agachaba a recoger el paquete con la muñeca, y el trompo.

 

Y te digo que todo esto pasaba como si estuviera escrito, como si fuera algo que se cumplía según estaba dispuesto, porque ni ella ni yo, te lo aseguro, hicimos nunca lo más mínimo por llegar a nada. Y ella mucho menos que yo, que por lo menos dejaba que las cosas fueran pasando. Pero la Negrita ni siquiera eso porque ella insistía en negarse a la realidad y sólo actuaba así como si fuera en un sueño, como si fuera sonámbula. Así como cerró los ojos aquella noche bajando por San Diego, cuando empezó a sentirse sola, lo hizo siempre, siempre igual, en el bar cuando Candito quiso echarle el brazo, en la popa de la «Mercedes» cuando se quedaba callada y ausente, en la playita del Isabela cuando algún sábado por la tarde nos fuimos río arriba mirando los barrios en la orilla, siempre lo hizo igual, así, dejándose hacer, desprendiéndose de ahí, de su lugar, dejando espacio al misterio que nos empujaba, que nos separaba de los demás, y nos juntaba inevitablemente, Andrés.

 

Por eso llegó el día en que los dos creímos que ya todo estaba decidido, y así, sin pensarlo, como si me lo hubieran ordenado, le pedí a la Negrita que se viniera conmigo a esta casa que tú sabes que estuvo siempre sola, porque yo no había tenido nunca antes a nadie en quien confiar hasta el punto de creer que su compañía podía hacerme sentir mejor. Y como te conté, esa misma tarde ella se apareció en el vano de esa puerta, con la sonrisa suya que no era casi sonrisa sino una manera de parecerse a las santas que hay en la iglesia de Villa Duarte, y yo la vi ahí, como me está pareciendo verla ahora mismo, ahí parada la Negrita, llenando desde entonces esta casa con ese gesto de gente buena que tenía y que hacía que uno la quisiera sin decírselo, porque hasta eso creía uno que podía avergonzarla. Desde ese día, Andrés, desde esa tarde, todo fue tan triste y tan duro, que sólo la buena voluntad de la Negrita pudo darle fuerzas a uno para llevarlo con resignación y con un poco de fe hasta el día de hoy, en que te estoy contando todo esto, pensando en que lo único que me da valor para hacerlo todavía es ese recuerdo de ella, de esa sombra de ella ahí en el vano de la puerta como el primer día, su cabeza ahí en la pared, sus pies ahí en el os barrotes de la silla, el recuerdo de su voz que se deja correr a veces desde el patio, los celajes de su imagen que cruza todavía por delante de la cama y viene a sentarse aquí, a mi lado, sin hablar.

 

Nuestra vida fue dura, Andrés. Primero fue un tiempo de lluvias que se metió y llovía entonces sin parar día y noche y yo me estaba sintiendo ya mortificado porque la gente no quería cruzar en yola a la ciudad en esos días, sino que prefería hacerlo en un carrito por el puente, y la Negrita pasaba las de Caín teniendo que hacer las cosas de la casa con lo poco que podía yo traerle en esos días, veinticinco centavos unas veces, cuarenta otras y así. Entonces fue que vino el ciclón ese, «Inés» (ya tú no estaba aquí para ese tiempo) y comenzaron a decir por el radio que venía a cruzar por Macorís y que se iba a llevar la capital. Como yo conozco lo que le gusta alarmar a la gente que habla por el radio, le dije a ella que no se apurara, que eso no venía para acá, que los ciclones se van a morir por Barahona o se meten a Haití, pero cuando a media mañana volvía a la casa, ella me esperó con los ojos muy grandes, diciéndome que en el ventorrillo de doña Pura le enseñaron un «Listín» con un mapa que tenía una flecha diciendo por dónde venía «Inés» y que a las ocho de la noche esto no se iba a entender. Yo le dije que lo mejor era comprarse algo para no pasarlo así y le pregunté si tenía suficiente gas para la lámpara.

 

Volvimos a la casa con plátanos y café y una botella de gas, y la Negrita empezó a tapar con periódicos viejos todos los huecos en las paredes. Ya a
las cuatro de la tarde la gente por aquí se había puesto a creerle demasiado a los del radio y fue entonces cuando llegó una guagüita de la Defensa Civil, vociferando que no se salvaría nadie dentro de su casa, que las inundaciones nos arrastrarían inevitablemente porque la fuerza del ciclón era terrible y había que trasladarse a un refugio que había más arriba del puente, en una escuela. Te repito que yo nunca le he creído a esas gentes que vociferan cosas, Andrés, como si quisieran meter miedo, y por eso me le encaré a la Negrita cuando quiso meterme en la romería que se armó, entre una cantidad de tontos que empezaron a irse de sus casas sólo con lo que llevaban encima, y le dije que no, que ni siquiera le haría caso a la orden de la comandancia, de llevar las yolas un poco más arriba, que eso no pasaría por aquí. Y me dio mucha pena después cuando la vi llorosa, temblando de miedo en un rincón, y me puse a contarle que cuando San Zenón fue otra cosa, que ahora no pasaría lo mismo porque la gente lo que tenía que hacer era no salir a la calle a emborracharse, que yo no iba a aconsejarle lo malo para ella. Ya la tenía convencida, cuando al oscurecer, se presentó un camión de guardias que llegaban a las casas golpeando con los fusiles en las puertas y diciendo improperios «porque el Gobierno nos quería hacer un favor y estos muertos de hambre estaban de mal agradecidos» y así fue como nos fueron obligando a todos los que estábamos en nuestras casas a subir a los camiones.

 

Estaba lloviendo muy fuerte, Andrés, y yo recuerdo que cuando cargué a la Negrita y la ayudé a agarrarse de la baranda, me viré a recoger la colchoneta que ella había dejado en el suelo. Fue entonces cuando oí como un resbalón y de una vez un golpe seco, cuando vino a gritar ya estaba yo agarrándola y veía su cara rota, llenándose de sangre que le corría con la fuerza de la lluvia por el pecho y los brazos. La Negrita me miraba con unos ojos desesperados debajo de la herida gruesa como un labio, «me caí, me caí, Pedro Juan» me dijo y yo le puse mi camisa apretada en su frente, ya caminando el camión, porque los guardias dijeron que allá en el refugio se ocuparían de ella los que tenían que ver con eso. No te voy a contar lo que pasamos esa vez en aquel edificio con las ventanas rotas, por donde se metía todo el aguacero y el viento y donde no había un solo escalón para sentarse la Negrita con su dolor de cabeza y su fiebre, a tomar un trago de café caliente que yo le había conseguido. Nos pasamos la noche pegados a la pared, oyendo la lluvia y la gritería de los niños, porque el ciclón no vino esa vez. Desde entonces ella sentía esos dolores de cabeza que le quitaban el sueño muchas veces. Pero ella me lo ocultaba, me decía que no, que no le dolía, que para qué comprar calmantes si con cinco centavos se podía traer salsa de tomates y azúcar. Pero yo la sorprendía de vez en cuando apretándose las sienes con los puños, o aquí acostada, de cara a la pared crujiéndole los dientes de tanto aguantar el dolor. Yo sé que tú me dirás que exagero, pero te aseguro que ya para entonces, yo presentía todo esto, era como yo lo había leído en algún sitio, que lo de nosotros no se quedaba así nada más; pero tú vas a decir que yo exagero seguramente. Pues la verdad, Andrés, es que todo vino tan mal que sólo para algo mejor pudo haber sido.

 

Te imaginas ahora por qué vendí la «Mercedes». ¿Sabes cuántas radiografías le hicieron a la Negrita con ochenta pesos? Total que como quiera hubiera tenido que salir de esa yola, porque desde el día en que al hijo de Anjito se le ocurrió ponerle motor y techo a la suya, la gente no se subió más a una yola corriente. Entonces fue que vino la protesta de los que no teníamos dinero para comprar un motor y nos estábamos muriendo del hambre, y por eso es que ahora se turnan, las de motor un día y otro día las sin motor. Pero como quiera ya no es lo mismo, Andrés, no fue lo mismo. La gravedad de la Negrita vino precisamente cuando ya no se trabajaba todos los días en el río porque ya habían aparecido las yolas con motor. Yo sé que tal vez, ganando más dinero, se hubiera podido salvar a la Negrita, yo no sé, pero quizás. Sólo que después que un hombre se ha pasado la vida cruzando por encima de ese río, ¿cómo diablos encontrar un chele en la tierra que no sea haciendo lo mal hecho, Andrés? Y yo no hice lo mal hecho, ni la Negrita hubiera vivido un minuto de más por un dinero sucio. Por eso te digo que no exagero, eso tenía que pasar para que fuera mejor porque lo nuestro no se quedaba así, porque era como si lo hubieran dicho las barajas.

 

Y se me fue poniendo triste, Andrés. Los ojos se le fueron perdiendo entre las fiebres y ya la Negrita no veía ni escuchaba nada sino que vivía con un panal de avispas bravas en la cabeza, con una bulla que la tenía aturdida, y sudada, se le perdían las manos en la cama (ahí andan sus manos, Andrés, la sombra de sus manos solas) y se callaba, encogida como un pájaro muerto.

 

Yo cerré la ventana, Andrés, para que la luz no la asustara más, para que se quedara aquí sobre las sábanas como un montón de oscuridad, para que siguiéramos ella y yo lo que habíamos empezado sin saber y que no podía terminar (no te exagero).

 

La Negrita se me fue poniendo triste y ya no sonrió otra vez, ni dijo nada, ni se movió jamás, hasta aquella noche, con la luz de la vela temblando en la pared, con un silencio parecido a este, se volvió hacia mí con la más dolorosa dulzura:

 

–«Pedro Juan, tu Negrita se está por morir».

 

Eso fue todo, Andrés. Y yo me le quedé mirando, la miré largamente, me puse a mirarla y a pensar sin querer, dejando que la cabeza se embobara con todo lo vivido.

 

Ahora te he llamado a ti, Andrés, porque siento que esto ya va a seguir y necesito a alguien que me guíe. Nadie mejor que tú que tanto me quisiste, que me conociste tanto como yo a ti porque estuvimos juntos desde aquellos
días en que braceábamos desnudos en el río, cuando el viejo Payano nos enseñaba a remar y a achicar la yola con un jarro. Por eso te he llamado, Andrés, porque crecimos juntos y nos hicimos hombres en esta vida, llevando gente de un lado al otro, navegando esta misma agua, cruzando este mismo río. Por eso, Andrés, porque asimismo también te vi morir un día cuando no aguantaste más el hambre y me dijiste «no doy un viaje más», y dejaste la yola a medio varar y después te vi flotando debajo del puente, con los ojos amarillos e hinchados. Por eso, Andrés, porque te conocí, porque sé que donde estás debes haber visto llegar a la Negrita, porque tú sabes dónde está, dónde me espera. Porque me voy a morir, por eso te he llamado, Andrés, y te lo he dicho todo. Mira, ya empiezo a morirme. Me estoy alejando de esta cama, voy a cerrar los ojos. Silbaré aquel merengue del Trío Reynoso, ¿sabes cuál es Andrés? Entonces tú me tomas las manos y me llevas donde está la Negrita, ¿quieres?

 

René del Risco Bermúdez

(1937-1972)

 

 

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