jueves, 16 de abril de 2026

Envidia - Jeannette Miller

 

Envidia

 

María tenía la boca como un semáforo: roja, carnosa y circular, con la capacidad de parar y acelerar a los hombres. Sus labios, pintados con Revlon Red, ondulaban al hablar y mientras se movían los muchachos se quedaban inmóviles y boquiabiertos, sintiendo la suavidad del lipstick sobre sus cuellos y sus pechos, saboreando de antemano lo que la imaginación de cada uno alcanzaba mientras apuntaban para la noche. María era una maga de la voz; ronca y aterciopelada, la utilizaba con inflexiones de artista de radionovela a la vez que hacía mohines con esos labios desesperantes con los que lograba enloquecer a los hombres.

Yo la odiaba. Y no sólo yo, sino todas las muchachas del barrio.

-Esa desgraciada. Ojalá se le rompa una pata o la atropelle un carro decía Clemencita que estaba enamorada de Marito García y éste ni la miraba cuando sentada en la fila de sillas alquiladas se quedaba esperando a que la sacara a bailar, en las pocas noches en que la mamá de Ivonne le permitía usar el tocadiscos nuevo y hacíamos una fiestecita de ocho a once que los tígueres llamaban UCNF, agregando una letra al movimiento cívico de mayor arraigo que existía en contra de los Trujillo, esos malditos, y que al final se desglosaba como Un Coge Nalgas Familiar.

Los muchachos ni nos miraban cuando ella se ponía esos pantalones apretados y entraba tarde a las fiestas después de haberse hecho esperar, con una blusa que dejaba entrever el nacimiento de los pechos y los pobres muchachos rifándose entre ellos los turnos para bailar con ella y ahí se fuñía la cosa porque no había para nadie en esas horas tristes de la indiferencia en que a nosotras nos daba taquicardia, ansiedad, rabia, envidia, odio y ganas de matarla, de salir de ella, de quitar ese obstáculo que no nos permitía ser, existir ante los ojos de  esos buenos pendejos, mariconazos, cundangos desgraciados, que sólo tenían ojos para ella.

-Algún día la voy a matar y me voy a beber su sangre se consolaba Tatica, quien había dejado a Julio porque un día en el Rialto, mientras la besaba en la última fila del segundo piso le susurró -Sí, déjame, María- cuando trataba de meterle mano debajo de la falda y ella se la detenía.

Cada día el odio crecía más abonado por el desfile de María al rayar las cinco, acabada de bañar, con una base rosada de Pons que le ponía el cutis nacarado, los pantalones apretados, las nalgas brincando empujadas por el tongoneo de las caderas, la melena a media espalda teñida con Negro Eterno, y una estela de agua de rosas que a mí me parecía nauseabunda, pero que a los muchachos los hacía desmayar de placer. Ya desde las cuatro y media iban llegando para esperarla en la esquina de las monjas que tenía los escaloncitos, pues era una entrada clausurada, y allí se sentaban Miguelito, José Joaquín, Ernesto, Marito, Julio y René mientras nosotras nos quedábamos en la galería de doña Enriqueta, a conversar con ella y comer despacio los ricos dulces que brindaba cada tarde, pero que se nos atragantaban al sentir el taconeo y apostarnos, dizque por casualidad, en la barandilla y ver a los muchachos alborotados mientras María caminaba despacio, provocativa e insinuante, perfecta tocaya de la Félix y de la Victoria, pero más peligrosa porque la teníamos ahí.

El día del cumpleaños de Lucy la gota rebosó la copa. María llegó casi a las nueve y contradiciendo su hábito de bailar con todos frente a nuestras narices, no aceptó invitaciones. No hubo manera de que diera un paso, los discos de Marco Antonio Muñiz y de Vicentico Valdés no despertaron sus ganas de demostrar que ella era la dominadora. Se sentó en una de las mesitas redondas cubierta por un mantel rosado y cruzó las piernas.

Antes de que terminara de sentarse había seis sillas a su alrededor e igual número de vasos con Coca cola, Seven up, cuba libre, ron a la roca, ron solo y cerveza, ella estalló en una risa burlona y agarró el ron a la roca empicándose un señor trago que dejó a todo el mundo perplejo.

Mírala, esa maldita cuero, es una borrachona —masculló Niní.

Por cuánto me bebo yo un trago así-exclamó Mercedes.

-A mí me matan a pescozones en casa cuando me atrevo a beber un poquito de cerveza y este cuerazo bebe más que un hombre y no to' hombre -casi gritó Tatica.

-Yo no sé cómo todavía la invitan. A mí me dijo mi prima que ella vive con un piloto de la aviación que es casado, pero que se las da de señorita porque en su casa la botan si saben eso. Y estos bolsa floja, babiándose por ella.

-Bueno, a lo mejor es que quieren tirársela.

-¡No hombre! ¿Tú no los ves como unos perritos detrás de la carne? Cualquiera de esos se casaría con ella, aunque la haya repasado un pelotón.

-Oye, dizque nosotras somos frías y bailamos despegadas de abajo.

-¡Coño!, pero quién va a estar quemándose con un pendejo que ni es novio de uno para que después diga el buen gustazo que se dio y nos desacredite.

-Que se vayan pa'l carajo.

María agarraba el vaso de tamaño mediano y bebía despaciosamente. Su boca había quedado estampada como un corazón partido por el borde del vidrio.

Prendió un cigarrillo y se esmeraba en exhalar el humo formando una nube gruesa y redonda que se diluía envolviendo a los que estaban a su alrededor. No valía que pusieran el último disco de Cortijo, ni Severa con Jhonny. Discos vienen, discos van, y nadie se movía de la mesa.

Entonces ella se paró despaciosamente, hizo como que buscaba algo, paseó su mirada entre los asistentes, nos vio, sonrió y enfiló hacia nosotras.

Yo tenía un vestido floreado con cretona; Lucy un trajecito estrecho color mandarina con unas hebillas doradas que su mamá tuvo que ir a buscar a la calle El Conde porque por aquí no aparecían; cada una tenía sus mejores galas, pero no había servido de nada pues los idiotas apenas nos saludaron.

Al llegar junto a nosotras María nos dijo casi con desprecio ¿No tienen Envidia de Vicentico Valdez? Porque si no lo tienen, lo voy a buscar a mi casa. Dicho y hecho, salió con el cortejo de babosos y a los cinco minutos sonaba la voz embriagadora de Vicentico, Envidia, tengo envidia del pañuelo, que tal vez secó tu llanto... y haciéndonos morir de envidia, María bailó uno a uno con los seis varones la misma canción, despacito, pegadito, acarameladito, mientras nosotras, cada vez más, nos hundíamos en la desgracia.

En nuestro afán de consolarnos comenzamos a murmurar sobre ella, a recordar su historia. María era de una familia pobre. Cuando chiquita la mandaban a una escuela de barrio donde había que llevar su silla. Aunque era tierna y amistosa nuestras mamás la tenían a menos y nunca nos dejaron juntar con ella. Si ahora la invitábamos a las fiestas era por miedo a que los muchachos no fueran a ir, pero de ahí a ser amigas, a alternar, ni soñarlo.

Además, no tenía clase, se vestía con colores chillones y telas baratas, y como era tan india y un poco achinada se veía baratona, achopiada. Cuando comenzó a desarrollar se le pegó una facha de cuero que no se la despintaba nadie y tía Cristina decía que eso no se quitaba porque con eso se nace.

Nunca la invitamos a montar patines ni bicicleta, pues ella no tenía. Se quedaba sola mirándonos muy triste mientras cuidaba a sus hermanitos. Tampoco recuerdo haberla visto en ninguno de mis cumpleaños. Pero ahora María nos estaba jodiendo. Con su mirada burlona y su sonrisa escandalosa parecía decirnos. Sí, ustedes son finas, tienen dinero, pero los machos son míos. Y nos lo demostraba de una manera humillante, exhibiendo que ellos sólo tenían ojos para ella y que nosotras estábamos paradas haciendo turno esperando a que se cansara de bailar, para recoger las sobras.

No tuvimos que decir nada. Nos miramos y todas supimos que todas sabíamos. Entonces Clemencita sonrió y dijo con esa vocecita inteligente que tanto me gustaba. Si la montaña no viene a nosotros, nosotros vamos a la montaña. -Se acercó al grupo de muchachos, sonrió a María y comenzó a hablar con ella. -¿Quién te hizo ese vestido tan bonito?

A la media hora sólo se oían risas y todas estábamos bailando.

 

Jeannete Miller

(1944-Actual)

miércoles, 15 de abril de 2026

EL GENERAL FICO - JOSÉ RAMÓN LÓPEZ

 

EL GENERAL FICO

 

Venía cabizbajo de Las Escaleretas a La Palma, siguiendo a lo largo del camino en su caballo rucio avispado, al que soltó las riendas sobre el cuello, por lo que el rocín iba paso entre paso, imprimiendo al jinete un movimiento oscilatorio que le inclinaba tan pronto a uno como a otro lado de la bestia.

 

El jinete era feo. Las piernas, encorvadas por el hábito de montar a caballo, encajaban sobre el cuerpo del animal circunvalándolo como una cincha, y estaban envainadas en sendos pantalones, anchos y sobrecortos, que dejaban en descubierto cuatro dedos de jarrete musculoso y peludo; y después unas medias de a real, caídas sobre los zapatos de orejas salpicados de lodo, con enormes espuelas de cobre bien aseguradas, rechonchos y sin lustre, fundas de los enormes pies que no se calzaban sino los domingos y fiestas de guardar. El tronco era robusto, cuadrado, ordinariote, terrible con su chaquetita corta y mal traída, de gusto y hechura rural, huyéndole a la pretina de los calzones, a dos dedos de ella, con anchos bolsillos donde guardaba el descomunal cachimbo de tape y la vejiga de toro henchida de picado andullo, y dejando ver los pliegues de la camisa listada y la ancha correa de que pendían el sable truculento, el cuchillo Colin de luciente y afilada hoja, y su revólver de Mitigüeso, que así lo llamaba. Y como coronamiento de aquel sagitario tremebundo, de aquel ecuestre Hércules pigmeo, una cabeza sobre cuello apoplético, con la faz cetrina teniendo por frente una pulgada de surcos rugosos entre el cabello apretado y las alborotadas cejas tras las cuales brillaban, emboscados como salteadores, dos ojillos negros de expresión felina, entrecerrados ahora, mirando paralelamente a

la nariz de forma cónica, rematada en trompa y como queriendo zamparse en la espaciosa boca de labios gordos y negruzcos, que se abría hasta cerca del remate de las quijadas como agallas de tiburón que, con los pómulos salientes, le cuadraban la cara. De esta, a manera de velamen, se destacaban una chiva larga y puntiaguda, y dos orejas espantadizas, desconfiadas, adelantándose en acecho para oír mejor. Y por sobre todo ese conjunto abigarrado y monstruoso un breñal de cabellera amoldada al sombrero y al pañuelo que llevaba atado, y afectando las formas de un paraguas o de un hongo.

 

Era el general Fico, cacique el más temido en los alrededores. Machetero brutal y alevoso, holgazán consuetudinario que vivía cobrando el barato de todo en toda la comarca.

 

De súbito se irguió como por resorte, arrendó el caballo, y en todo su ser se reflejó una expresión de fuerza bruta irritada, de tigre hambriento que olfatea la presa y se alista a caer de un brinco sobre ella. Aguzó el oído, y creció la ferocidad innata de su gesto, avivada por la pasión; sus ojos despedían relámpagos, y sus músculos se marcaban con brusquedad sobre la piel, como las venas hinchadas de sangre. Se apeó del caballo, sacó su revólver y se lanzó con paso cauteloso hacia la selva por entre la cual iba el camino. Cinco minutos hacía que andaba así, escudriñando por entre el claro de los troncos y las malezas, cuando vociferó una interjección de rabia, y se quedó parado entre dos

ceibas de alto y grueso tronco.

 

--Ei diablo me yebe. ¡Bien sabía yo que era beidá! Y me oyén eso do sinseibires, bagamundo je ofisio, y se han laigao. ¡Si yo cojo ese güele fieta y a esa arratrá!

 

Aquí se contuvo, y volvió a examinar los árboles.

-No hay dúa-continuó-. La señai no manca. Aquí taba ei picando el palo con su cuchiyo, sin atrebeise a miraila y ella detrá de lotro palo con lo sojo bajo, ei calabazo de agua en ei suelo y jasiendo un agujero en la tierra con el deo grande dei pie. Eso jueron lo golpe que oí. Pero ai freí será ei reí. No ar plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague.

 

Y regresó mascullando tacos y maldiciones al camino, donde volvió a enhorquetarse sobre su caballo, y siguió marcha a la casa del vale Pedro, que se veía sobre un cerrito a distancia de un cuarto de milla, contrastando su techo pajizo y su maderamen de tablas de palma con el verde panorama, ondulado de colinas y vallejuelos, que la rodeaba.

 

Ya no iba cabizbajo. El pensamiento airado no se refleja mansamente en la fisonomía: es el resplandor de un incendio que caldea el rostro y se propaga al ademán. Entre uno y otro parpadeo flameaban sus ojillos como brasas sopladas, y se aventaban sus narices a compás de las crispaduras de sus puños. De cuando en cuando espoleaba maquinalmente el rucio, que en la primera arrancada hacía traquetear el sable encabado, golpeándolo sobre un costado de la silla. Torció a la izquierda y ganó la vereda que conducía a casa del vale Pedro.

 

Ideas salvajes de deseos, venganza y exterminio azotaban el pequeño cerebro del general Fico. Estaba locamente enamorado de Rosa, hija del vale Pedro, la más linda campesina de los alrededores; pero la muchacha se resistía a corresponder esa ferviente pasión carnal de groseras manifestaciones, y desechaba las oportunidades de encontrarse con el fauno que no le perdía pies ni pisadas, en su empeño de conquistarla a todo trance. Él había perdido la tranquilidad de bestia saciada con los nuevos apetitos que le aguijoneaban. Su pobre mujer y sus chiquitines andaban ahora temblando cuando él estaba en casa, porque se quedaba horas y más horas meciéndose en la hamaca, con el gesto áspero de mastín en guardia, echando pestes como si para eso y para hartarse solamente tuviera la boca: cuando no les llovía una granizada de puntapiés y garrotazos sin motivo alguno. Recordaba en este momento las facciones de Rosa, dulces como una sonrisa; su lozanía robusta y graciosa, que parecía que iba a estallar como la concha de una granada y a avivar el sonrosado de las mejillas; sus ojos negros de miradas acariciadoras, su pelo reluciente, que de tan negro se tornasolaba, y aquel cuerpo de ondas firmes, acopio virgen de bellezas tentadoras...

 

Y que un patiporsuelo que iba a las fiestas sin chaqueta le disputara la posesión de ese tesoro, a él, al primer varón de Los Ranchos, al que hacía temblar a hombres y a mujeres y con su nombre se acallaba a los pequeñuelos traviesos... a él, que disponía de todo, que cobraba primicias así de las labranzas como de las muchachas casaderas... ¡No, no podía ser! Aquello acabaría mal si esos tercos no entraban en razón. Porque no le cabía duda: las negativas empecatadas de Rosa provenían de que andaba en tejemenejes con ese perdido de Julián, a quien tenía que meter en cintura haciéndole sentir todo el peso de su autoridad. Había visto sus cuchicheos en la fiesta del domingo anterior, y aún recordaba que Rosa se puso como una amapola cuando Julián, con el güiro en la mano, entonó unas décimas cuyo pie forzado era:

 

La mujei que te parió

puede desir en beidá

que tiene rosa en su casa

sin tenei mata sembrá.

 

Y ella también estaba esa noche más adornada que de costumbre: estrenaba un trajecito blanco con chambra y falda de arandelas; una mantilla rosada, y un ramito de clavellinas matizadas en el pelo. ¡Qué muchacha! Olía a gloria y era de chuparse los dedos. Pero urgía proceder de firme y rápidamente, porque la cosa iba de largo: acababa de ver la señal de que hablaban en el monte, saliendo ella con pretexto de ir por agua al río. Y para ganar tiempo resolvía ponerlo en conocimiento del vale Pedro, cosa de que espantara a Julián y vigilara a Rosa, en lo que él ideaba algo que le asegurara la posesión de la muchacha.

 

Al desembocar a un recodo de la vereda se encontró con aquella.

 

-Bueno día le dé Dio-le dijo Rosa, toda asustada. Llevaba su calabazo de agua pendiente, por el agujero, del índice encorvado. Efectivamente había estado conversando en el monte con Julián, tranquilizándole de sus celos de Fico, cuando oyeron los pasos de este. Se le había adelantado, y la turbó encontrarse con él toda sudorosa, jadeante, temiendo que sospechara algo al verle los colores encandilados y el traje lleno de cadillos.

 

-Bueno día le contestó Fico acentuando mucho las sílabas; y luego añadió:

-¿Qué jeso? ¿Hay arguna laguna en ei monte, que no ba ja

bucai agua po la berea?

-No, jue que...

 

-Sí, ya sé lo que… é. Agora memo iba a desíselo a tu taita, poique esa no son cosa de donseya honeta. Qué poibení te quea co nese arrancao que no tiene conuco y anda de fieta en juego y de juego en fieta. Poique yo sor claro: de dai un mai paso se da con quien deje: con hombre que sean batante pa yebai qué comé y qué betí.

 

-Pero, general, si yo con ninguno... -tartamudeó Rosa.

-No me diga na que yo lo sé to. Y como tengo que mirai poi tojutede, si no acaban eso, bor a jasei que recluten pa soidao a Julián.

 

¡Binge santa!, ¿qué dise uté, generai? A soidao... ¿Y poique? ¿Qué ha jecho ese bendito? Poi Dio... Déjelo quieto...

 

-Y te atrebej a intereaite por ei alante mí. Un vagamundo que no tiene ma sembrao que tre sepe plátano. Cuaiquiea te coje jata tirria. Mira: si diaquí a trej día no sé con seguridá que lo haj dejao, ba pai pueblo. Hor é lune. Ei sábado, o me aj dicho que sí o buela ei co nala de cabuya, camino e Pueito Plata.

 

La pobre Rosa se deshizo en lágrimas y ruegos: que no lo persiguiera; que se habían visto por casualidad, y ella no podía ponerle mala cara a ese cristiano que se había criado junto con ella; que qué mal le habían hecho ellos para que los tratara como a jibaros...

 

Pero no alcanzaba nada. Fico al fin la dejó plantada en medio de la trilla, recordándole al volverse su amenaza: ¿Soy o no autoridad?, se preguntaba él. Vamos, Fico, ¿para qué te ha entregado el mando el Gobierno?... ¡No faltaba más: perderle así el respeto!...

 

El sábado siguiente, muy de mañanita, iba el pobre Julián entre cuatro cívicos, atados los brazos a la espalda, guiado como un marrano a la fortaleza de Puerto Plata, donde le meterían en el siniestro cubo con los criminales más atroces, para luego salir a montar la guardia y quedar condenado a envejecer bajo un fusil.

 

En aquella mañana tan hermosa comenzaban sus amarguras. Mientras él ahogaba los sollozos de dolor y rabia, la naturaleza saludaba la dicha de vivir con la alegría de sus cantos aurorales. El inmenso azul se teñía de franjas purpurinas que asomaban como cabellera hirsuta por la cima de los montes negruzcos que se veían al oriente, despertándolo todo; levantose una brisita fresca y reposada, mensajera del perfume de la selva; cantando al pasar por entre las añosas ramas, e inclinándose a susurrar secretos a los inmensos pastos de yerba de guinea, esmaltados de rocío, que se inclinaban para oírla. El gorjeo de los ruiseñores se unía a los tiernos arrullos de la paloma, y al suave murmurar del Bajabonico; cantaban los gallos, sultanes de su harén, y las vacas con la ubre repleta mugían tristemente llamando a sus becerros. Y el hombre también comenzaba su labor: hendiendo las nieblas que se disipaban, subían alegres de las rústicas cocinas densas columnas de humo como matinal incienso al Dios que hizo del amor el génesis y el impulso de la vida.

 

Y el infeliz Julián, aquel mozo robusto como una ceiba, de mirada enérgica y facciones agradables, aquel pobre muchacho, bueno y fuerte, amante y laborioso, veía todo eso con los ojos húmedos, y le parecía imposible que a su edad y entre esas lomas, bordes del inmenso tazón de suelo fértil en que había

vivido, pudiera el dolor arrancarle lágrimas. Ni se fijaba en los sombríos verdes y olorosos, en los ganados relucientes y gordos que retozaban a distancia, ni en los bohíos encaramados como cabras en lo alto de las colinas y picachos. Solamente cuando pasó frente a casa de Rosa salió del atontamiento en que su

repentina desgracia le tenía sumido. ¿Perderla?... ¿y por qué? Por el capricho de un asno satiriaco y omnipotente. ¿Cómo sería posible? ¿Aquel trozo de alma, aquella hermosura como flor silvestre que se iba derechamente a él para que la recibiera en sus brazos y la trasplantara a su corazón, no había de ser suya? ¿Por qué andaban las cosas tan destartaladas en el mundo? ¿Por qué el Gobierno escogía para representar la autoridad a un truhán como el general Fico? ¿Acaso no había buenos hombres en Los Ranchos? ¡Ah! Pero los del campo son el ganado humano: les ponen un mayoral, mejor cuanto más malo, para que arree la manada a votar por el candidato oficial, o a tomar las armas y batirse sin saber por qué ni para qué. Nada de prédica, nada de escuelas, nada de caminos, nada de policía. Opresión brutal. Garrote y fandango: corromperlos, pegarles y sacarlos a bailar. Y en cambio de eso, que el mayoral haga lo demás. Que estupre, robe, exaccione, mate... con tal que el día de guerra o de elecciones traiga su gente.

 

Todo eso le trasteaba confusamente la cabeza a Julián: creía tener derecho a rebelarse contra tamaña iniquidad. ¿Eso era Gobierno?... Si un toro furioso le embestía en el camino, ¿no se defendería? ¿Y qué toro se igualaba al general Fico?...

 

Luego pensó en su madre, en la pobre viejecita que estaría a estas horas hecha un río de lágrimas, sin amparo, sin auxilio, quizá maltratada por ese malacasta... Estiró los brazos como para quebrar las cuerdas, y tomó tal impulso que derribó a los dos que lo sujetaban; pero los otros lo dejaron sin sentido a culatazos, llevándole luego bien seguro y casi a rastras hasta la población.

 

Pasó una semana más sin que Fico se dejara ver por los alrededores de la casa de Rosa; pero a los ocho días la esperó a la vera del rio, y cuando ella asomó pálida y ojerosa, pintado su dolor en el semblante, le preguntó que cuál era su resolución. Y ella volvió a deshacerse en ruegos y protestas: que sacara a Julián de soldado porque no había nada entre los dos; que si estaba desesperada era

por la idea de que ella fuese la causa de la desgracia de un prójimo: fuera de ahí nada. En cuanto a lo otro no, no insistiera, porque primero moriría que tener frutos que no fueran de bendición.

 

Él la contemplaba extasiado. Arrobábale su hermosura, ora grave de mater dolorosa, con la delgadez semitransparente arrebolada de ideales, y se arrodilló, suplicante a su vez, implorando un jirón de amor, por el que le ofrecía su poder omnímodo, su brazo omnipotente, su voluntad que dominaba las otras desde Tiburcio hasta Las Hojas Anchas, desde el mar hasta La Cumbre. Satanás enamorado debe tener la hermosura siniestra y tenebrosa que la fiebre del amor creó en Fico. Arrebatado por su pasión vehemente, como que tenía fuertes asideros en la carne, tomó una de las manos de Rosa y estampó en ella besos de fuego, que resonaron en la soledad confundiéndose con el bullicio argentino de la corriente.

 

-Jesús – gritó Rosa, retirando con violencia la mano y haciendo un gesto de asco y de desprecio. Miró a todos lados buscando un salvador, pero allí, fuera del monstruo, solo había pájaros y peces. Entonces echó a correr por el repecho de la hoya, hasta que salió al camino. Él se quedó mirándola con los brazos cruzados, torvos los ojos, meciendo la cabeza sobre su cuello toruno. Estaba sentenciada. La miseria y el dolor, como círculo de fuego, no tardarían en rendirla.

 

No transcurrió mucho sin que se esparcieran rumores funestos en toda la comarca que riega el Bajabonico. Rosa y el vale Pedro comenzaron a notar aislamiento, vacío en torno de ellos. Se pasaban los días sin que a su puerta se oyera el ¡Alabado sea Dios! o el ¡Dios sea en esta casa! de una visita. Rosa decía a veces con una sonrisa de enfermo que se le estaba olvidando ya el contestar ¡Por siempre! Sospechaba el manejo oculto. Bien se le alcanzaba que todo era obra de Fico, quien los había señalado como objeto de su prevención y de su tirria, espantando a los atemorizados vecinos, que ninguna clase de solidaridad querrían con los amenazados por el tiranuelo. Así había excomulgado a muchos. Pero Rosa tranquilizaba a su padre achacándole a lo afanados que andaban en todas las casas con la madurez de la cosecha.

 

No sabía nada de Julián, lo que la traía desasosegada e inquieta. A veces se iba al monte para escapar a las miradas de su anciano padre, y allí daba rienda suelta a su llanto. Traía a la memoria las horas de dicha en que bajo los mismos árboles relamía a hurtadillas con la vista la varonil hermosura de su novio; y ahora se encontraba sola: él quién sabe cómo; ella bajeada y perseguida por el enemigo de su recato, que tal vez a cuáles extremos la conduciría.

 

Una tarde, al regresar del cercano monte, la encontró siña Nicolasa, y con misteriosos ademanes le indicó que quería hablarle de algo reservado, y la llevó tras una mata de bambú muy ahijada, como enorme mazo de plumas gigantescas.

 

Allí le contó que había sabido lo que el general Fico quería contra ellos, pues lo oyó hablando a la vera del camino con tres de sus hombres, mientras ella recogía leña en el monte.

 

Su plan era reclutar para soldado al vale Pedro; y cuando Rosa quedara sola, acabar poco a poco con cuanto tenían, mientras el viejo se pudriera haciendo guardias; hoy una vaca, mañana un caballo, después otra bestia... Así irían llevándoselo todo, hasta dejarlos en la inopia y los tres bribones se encargarían de vender a medias en otra parte lo robado.

 

Rosa, aunque no le sorprendió la noticia, pues ya lo venía temiendo, se aterró: Julián era mozo y podía esperar a que las cosas cambiaran; pero su pobre taita, viejecito que ya miraba al suelo, se le iba a morir en el servicio. Le debía más que la vida, que cualquiera la da; le debía una consagración idólatra, con ternuras y delicadezas femeniles; había sido para ella, desde el mes de nacida, padre y madre al mismo tiempo: casi ni la había dejado ocasión de notar la falta de la que la echó al mundo. Y ahora que estaba en sus manos el salvarlo, ¿no lo haría? ¡Pero qué sacrificio era necesario! Entregar su virginidad como flor a un verraco. Encenegarse con aquella fiera, y renunciar a la realidad de sus sueños, a la vida de amor idílico con Julián, que ya consideraba como cosa hecha. Desprenderse de la riqueza, de los goces materiales, es durísimo trance; pero deshacerse de un ideal, arrancarlo después que sus raíces profundizaron en el corazón, es la muerte del alma: sigue existiendo el cuerpo, pero no vive: las piedras crecen también.

 

Y no daba espera la maldad del general Fico. A la mañana siguiente iba a empezar la ejecución de sus planes tenebrosos. Esa noche el vale Pedro notó la aflicción de su hija, y quiso averiguar la causa: ella estuvo tentada a confesárselo todo; pero previó la amargura del buen viejo: y quién sabe si su rectitud en materia de honra pudiera llevarlo hasta a un combate en que de seguro moriría... y quiso economizarle esos dolores: sonrió forzadamente y dijo que estaba indispuesta... poca cosa...

 

¡Qué noche! ¡Cuánto ir y venir con la imaginación, buscando una salida para todos! Pero no había otro remedio: para salvar a los demás precisaba que ella quedara en prenda.

 

Cuando asomaron los claros del día, ya su resolución era firme: se sacrificaba entregándose a aquel hombre implacable que le causaba horror. Coló el café y salió luego con dos calabazos, más que por buscar agua para aguardar a Fico en el camino y tratar accediendo a sus infamias.

 

No esperó mucho. Desde lejos lo vio venir cabalgando en su rucio, y rodeado de sus cuatro hombres, los brazos de sus maldades, que venían a llevarse al vale Pedro. Le llamó aparte, y la horrible transacción quedó consumada. Ella estaría a media noche en la puerta tranquera, y él perdonaba al vale Pedro.

 

Oíase el segundo canto de los gallos cuando Rosa se deslizó como una sombra y se detuvo en la tranquera, donde se recostó casi desvanecida. Otra sombra avanzó entonces y empezó a hablarle en voz baja; pero cuando se disponía a saltar las varas, sonó una interjección seguida del relampagueo de un cuchillo que se hundió en las entrañas del general Fico, para salir goteando sangre al caer el cuerpo de este bandido.

 

El matador era Julián. Se había escapado de la fortaleza, y venía a ver a Rosa para ocultarse en cuanto amaneciera cuando reconoció en las tinieblas a Fico, que entraba en la vereda. Lo siguió andando por el monte sin perderlo de vista, luchando entre los celos y el temor de alguna nueva infamia y, resuelto a saberlo todo, se apostó en acecho cuando Fico se detuvo frente a la tranquera del vale Pedro.

 

Rosa, defendiéndose de las acusaciones que su amante, tentado de matarla, le imputaba, refiriole lo acontecido; y cuando el vale Pedro salió a las voces, tuvo que convenir en que era necesario escapar esa misma noche. Recogieron algunas bestias, y cargando con cuanto les fue posible, se encaminaron hacia los cortes de Jamao, refugio inviolable, saldo de cuentas de los que tienen alguna que arreglar con la justicia.

 

En La Palma, cuidando la propiedad del vale Pedro mientras la vendían, quedó la madre de Julián, aguardando a que su hijo viniera una noche a buscarla.

 

En cuanto al general Fico, hasta el Gobierno abandonó su causa cuando dio las espaldas a este mundo, y al cabo de un mes nadie se acordaba de él sino para bendecir al que libró la comarca de tan perniciosa alimaña.

 

JOSÉ RAMÓN LÓPEZ

(1866-1922)

martes, 14 de abril de 2026

El gallo de la pasión - Marcio Veloz Maggiolo

 

El gallo de la pasión

 

 

Me llamo Jolozaín y soy campesino. Nací en un lugar de Judea del cual no recuerdo ni el bendito nombre. Nosotros, los de Judea, somos así, no nos interesan los nombres. Mi abuelo era también campesino, y mi tía y mi madre, y el perro y una burra, y no sé cuantos más. No recuerdo que hayamos vivido mucho en la ciudad. Mi padre le decía a todo, todo, todo el mundo que soy como idiota, como que idiota, miren eso... como que idiota, ja, pero eso es mentira, no soy ni mucho idiota, ni tanto idiota, ni soy tanto bobo como se creen muchos, ja. Mi tío-no recuerdo el nombre de mi tío- sí que era idiota. Se comía los higos verdes y le mordía el rabo a las burras. Murió de una patada entre la boca, una patada grande como un melón que lo levantó del suelo y lo hizo volar por los aires, hacia arriba, sí, hacia arriba. En toda mi vida no recuerdo a otro que no haya volado hacia arriba, todos vuelan hacia arriba. Como les iba diciendo me llamo Jolozain; Jolozaín quiere decir muchísimas cosas. Madre me las explicó un día, pero a mí se me olvidan demasiado las explicaciones así es que no puedo explicárselas a ustedes... Yo tenía un gallo. Un gallo sin plumas en la cola porque mi hermana, que según dicen no es tan idiota como yo, se las arrancaba para rascarse muy por adentro. Mi madre le decía que eso de rascarse los oídos muy por adentro –por adentrísimo, por adeeentriiiísimo, por adentrisísísisimo–, que eso de rascarse los oídos muy por ahí era peligroso, pero mi hermana se enviciaba en eso de rascarse los oídos muy por adentrísimo y ya no se conformaba con una pluma, sino que se metía en los oídos muy por adentro un pedacito de madera. Tanto se rascó que un día se quedó sordísima. Ella dice que Yavé la ha dejado sorda, pero que puede oír los ángeles cuando cantan, y bailan, y tocan sus trompetas. Ella dice que los ángeles gritan y vocean por las noches por detrás del desierto y que los lobos se arrodillan y conversan. Pero eso no es verdad. Ella es sorda y yo dizque soy idiota, pero eso no es verdad. El gallo que yo tenía no era el de la casa de los pretores. Ese gallo de la casa de los pretores era de un soldado llamado Rómulo y ese gallo de la casa de los pretores y de un soldado llamado Rómulo era más inteligente que el mío, decían los guardias que hasta era más inteligente que yo, ja, cosa que dudo, porque a pesar de que dizque soy un tonto yo sé bien que tengo mucha inteligencia. Cuando yo hablaba con el agua del pozo, allá en mi campo de Judea, todo el mundo decía que yo estaba loco; pero no es tan verdad. Yo prefiero hablar con el pozo porque uno lanza una palabra hacia adentro del pozo y el pozo le responde a uno mismo con la misma palabra y la misma palabra y la mismita palabra. Pero –ya tengo mi experiencia–, pero resulta que, si uno habla con otra persona que no es uno, esa persona entonces no es como el pozo, esa persona le responde a uno insultándolo... Yo digo mi verdad: quiero más al pozo que a las gentes.

 

Como les iba diciendo me llamo Jolozaín y dicen que soy idiota. Aquí todo el que se calla mucho parece idiota. Mi tío murió de una patada en la boca que le dio una mula a la que él le mordió el rabo. Porque mi tío -el idiota- se dedicaba a eso de morderle los rabos a las burras y a las mulas. No sé qué sabor puede tener un rabo. Pero mi tío-que era idiota- tenía las malas mañas de hacer eso y un día, zas, ja, la mula lo pateó y le rompió la boca. Las mulas por aquí son un poco salvajes y tienen las orejas gachas. Unos pajaritos del desierto se les posan sobre el tronco del rabo y ellas patean. Si no se hubiera muerto de eso-mi tío- quizás hubiera dejado de morder el rabo de los animales. Él se envició mucho y Yavé no quiere vicios, ja. Comenzó con los gatos y los perros, comenzó con los cerdos y las cabras, comenzó con todo eso y hasta con mi gallo quiso comenzar y no se lo permití, pero cuando llegó a la burra, zas, el golpe. Voló hacia arriba y luego cayó sin dientes y sin nariz y hasta sin... (un momento, pregunto, ¿María, cayó sin cabeza o con cabeza?, el tío, siií, el tío) y hasta sin cabeza. Yo digo que la mula le dio por la boca porque la mula salió luego corriendo como si temiera que él dijese alguna maldición. Todo el mundo temía las maldiciones de mi tío. Salió corriendo así. Eso se me ocurre. Fui llorando donde mi madre y le dije que la mula había matado a mi tío. Lo recogieron y a mí me dieron muchos leñazos por permitir que mi tío le mordiese el rabo a las burras. Quise decir que también a mi gallo, que quiso morder mi gallo -que no es el de la casa de los pretores; "pero si él era idiota", dije. "Sí, pero tú eres menos idiota que él", me contestaron. Yo me puse muy contento porque se habían dado cuenta de que yo no era tan idiota. Entonces fue cuando me sentí muy triste de tenía otro haberme puesto contento. Me sentí triste porque como mi tío era el más idiota yo podía parecer menos idiota; pero ahora yo soy el único idiota. Como les iba diciendo yo tenía un gallo y Rómulo gallo. Mi gallo era mudo. Mi madre decía que yo lo asustaba tanto con mis cosas que el pobre animalito de Yavé se había tenido que quedar mudo. Así era mi gallo. Mudo. Un día los ratones le comieron un ala y el gallo ni gimió ni nada. Mudo. Otro día una hija de la hermana de mi madre le dio un golpe en la rabadilla, siendo sábado, además, y el gallo ni lloró ni nada, ja.

 

Mudo. No sé cómo cantaría ese gallo. No sé cómo se las arreglaría para cantar. Yo tenía mi gallo y Rómulo tenía su gallo. Los dos teníamos un gallo de cada uno, es decir dos gallos. Entonces un día yo le lancé una piedra a una rata que vivía cerca de un basurero donde Rómulo -el de la casa de los pretores- amarraba su gallo, y la piedra en vez de darle a la rata le dio al gallo de Rómulo, y como que Rómulo era de los romanos y era muy bravo, yo me puse muy apesadumbrado, triste y miedoso. Le dijeron a Rómulo lo del gallo, y Rómulo me llamó y me dijo que por ser tan idiota no me hacía tragarme vivo, vivito, el malditísimo gallo, pero que le fuera buscando un gallo, porque si no se lo buscaba me cortaría la cabeza. Yo me puse muy triste y pensé que sin cabeza no podía servir para nada. Recordaba lo de mi tío, allí sin cabeza, no sirviendo ya para nada. Recordaba a mi madre ya Yavé, oraba para que Rómulo no me dejase sin cabeza. Entonces me dijo mi madre que sin cabeza nadie puede vivir, y me puse triste, muy triste. Cogí mi gallo debajo del sobaco y se lo llevé a Rómulo. Cuando vio que le faltaba un ala y tenía la rabadilla hinchada -desde el día del golpe en la rabadilla- y que no tenía plumas en la cola, Rómulo se puso furioso y me dijo que le buscara otro, porque ese no servía. Le dije que mi gallo era mudo también. Y esto se lo dije como por ver si me lo devolvía disgustado por los tantos remiendos que tenía mi animalito de Yavé. Me dijo que lo dejara ahí amarrado hasta que encontrara el gallo mejor. Que él tenía una gallina, pero que no le iba a soltar un gallo mudo, y manco, y jorobado y bolo. Me dijo que eso no era ni gallo ni nada, ni gallo ni... y me dijo también muchas palabrotas y se ensució en mi familia y en todo, y se enfadó y volvió a enfadarse mucho. Me dijo que lo dejara amarrado ahí. Como yo quería tanto mi gallo me puse triste. Madre me dijo que me quedara a cuidarlo allá donde hacía servicio Rómulo. Yo me quedé. Ese día fue cuando vino un hombre y me dijo que quitara el gallo de ahí, que no quería ver más ese gallo ahí. Yo le contesté que ese gallo casi no era mío y que casi era de Rómulo y que él tenía que hablar con Rómulo. Había mucho barullo y habían soltado unos ladrones. Entonces oí que otro le dijo "Pedro ven". Y se fueron. Cuando el hombre que se llamaba así se fue trajeron a otro, parecía también ladrón, le dieron una paliza como la que me dieron a mí cuando dejé que la burra lanzara las patadas a mi tío el idiota. Lo único es que a mí no me pusieron espinas en la cabeza, ni me clavaron un cerco de clavos en la frente como si fuese un turbante. A mí no. Rómulo, que venía con el hombre y que lo traía, me miró como quien amenaza si no le buscan el gallo que quiere. Entonces el gallo, que era mudo, comenzó a cantar como un condenado. Como un condenado el malditísimo gallo. Canta y canta y canta y canta Y vino Rómulo y me dijo que como el gallo se estaba sanando él se quedaría más tiempo con él.

 

Le dejé ahí el gallo y como me había acostumbrado ya a vivir sin él no volví más por ese lugar.

 

Un día Madre me mandó a llevar una jarra de leche por un camino hacia abajo y me encontré a Rómulo. Entonces quise esconderme y corrí hacia más abajo. Rómulo se reía de mí y cuando me vio correr se levantó y me dio cuatro voces.

Jolozain-

Jolozaín

Jolozaín

Jolozaín―

 

Se paró y vino a toda marcha y yo pensaba en mi tío y en mi madre y en mi hermana y pensaba y en todo el mal que había hecho y en el castigo de Yavé para con los embusteros y ladrones... Corría y la leche se salía de la jarra y se volvía a salir, los pastores se reían y ya sabía yo que Rómulo me mataría con su espada larga y con su lanza... ay, ay... Jolozaín, Jolozaín, camino abajo, se me llenaba la boca de esa espuma que ustedes saben que sale por la boca con el miedo empujándole a uno... Jolozaín, Jolozaín... Ay que mi tío y mi madre no sabrían nada de esto y que prefería yo la patada de la burra a la lanza de Rómulo, y camino abajo y camino arriba y la gente mirando y yo corriendo y la gritería (Yavé es mi pastory nada me ha de faltar y en lugar de pastos delicados me hará yacer, confortará mi alma y me guiará por sendas de justicia... ay no dará tu pie en resbaladero ni se dormirá el que te guarda -Yavé es tu escudo, tu defensa, tu mano derecha... y oigo esas pasos fuertes, esos pasos de Rómulo bienaventurado el varón que no anduvo entre las reuniones de los malos, ni en silla de escarnecedores se ha sentado, en la ley de Yavé está su delicia y en esa ley medita de día y de noche, y será como el árbol plantado junto a arroyo de aguas... ay, ay. Jolozaín, Jolozain, tengo que hablarte, tengo que hablarte... Y me detengo... Rómulo tiene sudores grandes y yo mucho miedo) la gritería, ay, gritan... Pobre tío. Rómulo se me acerca, pobre idiota de mí con la leche de mi madre por el suelo y sin gallo y sin nada de nada y con la muerte cerca muy cerca y con mis oraciones aquí junto al corazón como el rey David... ay.

 

Rómulo me haló por el brazo y le pedía yo perdón, no quise matar su gallo sino la rata, ni quise perder mi pobre animalito de Yavé... ay. Que me comienza a decir que no llore tanto, que estamos hasta en paz porque al gallo, que era mudo, le habían crecido las plumas de la cola, y hasta el ala que le faltaba, que seguía cantando y que ya ni la joroba tenía... Yo le dije que sí –ni tan idiota soy-. Se cree Rómulo que soy tan bobo como mi tío... Un gallo puede cantar, pero después que las ratas le comen el ala ésta no le sale nunca jamás. Se lo pregunté a mi madre y ella me lo dijo: el ala no sale nunca jamás.

 

 

Marcio Veloz Maggiolo

(1936-2021)

 

 

lunes, 13 de abril de 2026

EL DESTINO DE TACHO - MARCIO VELOZ MAGGIOLO

 

EL DESTINO DE TACHO

 

Por todos los caminos del litoral, desde Samaná hasta más allá del final del golfo, la noticia había corrido como el ruido del mar al quebrarse con el arrecife.

 

-A Tacho se lo comieron los tiburones!

 

El negro Tacho pescaba mar afuera cuando el cayuco hizo agua y empezó a hundirse a cien brazas de la costa. Había pescado bastante. En todo Samaná no había hombre que conociese mejor el mar. Pero su hora había llegado.

 

El negro Tacho, al ver el cayuco lleno de agua, se lanzó a bracear entre el oleaje y ya bien cerca de la costa los ojos de cientos de curiosos vieron como Tacho se perdía entre las espumas mientras un líquido rojo ascendía hacia la superficie del mar.

 

Al poco tiempo se vieron los escudos. Eran cuatro y uno de ellos llevaba entre los dientes el pantalón fuerte azul de Tacho Encarnación.

 

Nadie, le vio más. Los tiburones revoloteaban con una alegría funesta entre las aguas rojizas.

 

-¡Los tiburones se comieron a Tacho!

 

La voz se convertía en un cinturón sonoro que enroscábase en las arenosas caderas del golfo.

 

La mujer pujaba y pujaba. El vientre duro, tenso como un atabal, brillaba como una calabaza madura.

 

Desnuda de la cintura hacia abajo, acostada sobre un jergón asqueroso, la mujer abría las piernas humedecidas e hinchadas tratando de expulsar la criatura.

 

Sus cinco hijos barrigones y amarillos como el pan de maíz, observaban desde hacía hora y media lo difícil que le resultaba a su madre traer al mundo un hermanito.

 

Caridad, una vieja de más de ochenta años, trataba de mandar fuera a los mocosos (tres hembras y dos varones) que una vez echados, regresaban movidos por la curiosidad y los pujidos de la madre.

 

-Puje, vecina, puje, puje más.

 

Dentro del bohío de tablas y lodo amasado, la mujer sudaba copiosamente y gemía como un animal.

 

¡Paqué le paro otro a ese maldito, si ni siquiera ha venío a sabé de mí!; ¡si tiene ya cinco día que no le veo! ¿pa' qué le paro, si me la pega con Juana la de Gabriel?

 

-Mejor calle, vecina.

-Sí, es un hijo de perra el muy desgraciado del Tacho ese. Ya éste será el último, no paro más, no pariré más.

-No se debilite nomás y puje con fuerzas, así, así.

 

La mujer respiró hondamente y pujó hasta que no tuvo aliento. Se le tornó el rostro morado y los ojos se le encandilaron.

 

Le dolían los riñones, y sentía un ardor profundo en el vientre aceitado y liso como una botijuela de barro.

 

Los abultados senos también le dolían profundamente. Un dolor que parecía nacer en el pezón y se extendía cuerpo arriba, hacia las clavículas y el cuello.

 

A eso de la medianoche los niños se durmieron. Cayeron rendidos por el cansancio y la curiosidad expectante. Una vela de sebo chisporroteaba grandes espirales de un humo fétido.

 

-Vuelva a intentarlo vecina. ¡Inténtelo!

 

La mujer, casi desprovista ya de fuerzas, volvió a impulsar y esta vez sintió que se le quebraban las entrañas. Un desgarramiento interior, parecido al sonido de telas que se descosen con violencia le produjo un fuerte y punzante dolor en los costados al que prosiguió un alivio tenue.

 

-¡Ya está, por fin, ya está! -gritó la vieja.

 

La mujer entornó los párpados, casi los cerró. Esperaba ahora oír el palmoteo de la partera en las nalgas del recién nacido y tras el palmoteo el grito de la criatura.

 

Durante unos segundos sintió temblores en todos los órganos del cuerpo; un escalofrío intenso la recorrió de parte a parte.

 

No oyó el palmotear de la partera y en vez de los gritos de la criatura escuchó un gemido de dolor que la hizo abrir los ojos... La partera lloraba. ¡Horas de lucha para nada! ¡Horas de agonía!

 

Los niños se despertaron.

 

El viento del mar resoplaba con fuerzas sobre la techumbre de palma y ramas secas, de Los Cacaos.

 

La mujer fue abriendo los ojos lentamente, como quien no quiere enfrentarse con la realidad. La vela de sebo estaba casi derretida. La partera tenía a la recién nacida sujeta como un péndulo desde los piececitos. Todavía tenía la mano derecha levantada para palmotearla. Se había quedado estática ante aquel cuerpecito amoratado por la asfixia.

 

¡Está muerta! -exclamó la vieja, casi para sus adentro al tiempo que la mujer como una fiera, le arrebataba el cuerpo exánime de la niña y echaba a correr campo abajo, rumbo a los arrecifes.

 

-Vecina, ¿está loca?... ¡la placenta!

 

La mujer no escuchaba. Un sabor amargo como la retama le inundaba de malos presagios la boca contraída. Unas lágrimas gruesas y tibias surcaban su rostro a medida que el viento salado del océano apuñalaba su cuerpo completamente desnudo.

 

Oyó la voz a lo lejos:

-¡Vecina!

El rumor del mar se escuchaba cada vez con más fuerzas. Los guijarros y los pequeños farallones que circundaban la gran roca eran cada vez más abundantes, y la mujer, con su muertecita a cuestas, caminaba a paso largo, con los senos sudados y los pies deshechos por la imprecisión con que pisaban.

 

-¡Vecinaaa!

 

Ya no se escuchaba la vieja voz de la partera.

 

La mujer se detuvo en lo alto de la gran roca, apretó contra sí el cuerpo amoratado de la niña y exclamó:

 

-Tacho, ya no te quiero ni tú me quieres. Antes de que me dejes te dejo. Se me ha muerto la carajita. ¿pa'qué la vida entonces? Además, no quiero seguirte engañando ni quiero que me sigas engañando con Juana la de Gabriel, así que mejor me tiro desde aquí y se acabaron las vainas.

 

Los pescadores del lado bajo de la gran roca sintieron un pesado y violento golpe cerca de los arrecifes de la derecha. Dejaron las nasas y encendieron sus jachos de campeche untados de cerote. Los tiburones hacían su fiesta con un trozo de carne amoratada que había caído en las aguas.

 

¡Mira las malditas bestias, sabe Dios qué pobre animalito se llevan ahí! -dijo un anciano señalando el cuerpecito de la niña.

 

Viraron el cadáver de la mujer y todos se miraron sorprendidos.

-¡Pero santo Dios, si es la Dolores!

-¡Dolores la del Tacho! ¡Era natural, después de saber que los tiburones se jartaron al bueno de su esposo!

 

En la mañana, dos negros tocaron con sus gruesos nudillos la puerta de la casa donde vivían Tacho y su familia. Se cansaron de golpear sin obtener respuesta. Preguntaron en el pequeño vecindario y nadie supo contestar.

 

El más pequeño, de pelo grueso y pómulos duros y brillantes, mugroso y hediondo, dijo:

 

-Mejor nos largamos. Dolores lo sabrá a su tiempo. Todo el mundo sabe ya lo de Tacho. Si no se lo decimos nosotros, algún cabrón aparecerá que se lo diga.

 

-¿No tenía sus hijos Tacho?

 

-Sí que los tenía, Dolores le buscará otro papá, se encargará de hacerlos hombres, es una buena hembra, muy pero muy retebuena, hasta dicen que no tenía escrúpulos para acostarse con el que se lo pidiera. Hasta dicen que esa barriga que tiene no es del pobre Tacho. Seguro que les encontrará padre a esos chiquitos, seguro.

 

Los hombres partieron hacia sabe Dios dónde. De pronto comenzó a llover y las ventanas de la aldehuela se cerraron como párpados cansados.

 

MARCIO VELOZ MAGGIOLO

(1936-2021)

 

 

domingo, 12 de abril de 2026

DOS PESOS PARA CIRILO - Virgilio Díaz Grullón

 

DOS PESOS PARA CIRILO

 

Pedro Valbuena se detuvo frente a la ventanilla de la oficina de pagos y observó atento a través del enrejado cómo manipulaba el cajero los billetes crujientes, recién estrenados. Sin apartar la mirada un solo instante de las hábiles manos del hombre, admiró una vez más la destreza con que rompían el cintillo de papel y contaban con rapidez increíble los billetes amontonados, levantando los extremos con movimientos impecables de los dedos, nerviosos y ágiles. Como siempre, intentó seguir mentalmente el conteo vertiginoso, pero quedó rezagado ante la pericia del otro. Las manos prodigiosas ejecutaron dos movimientos casi simultáneos, y el fajo de billetes quedó aprisionado dentro de una cinta elástica que sonó ruidosamente al chocar contra el paquete. Un nuevo movimiento, y el resto de los billetes quedó al alcance de Pedro, en el espacio abierto que dejaba en su parte inferior la rejilla metálica. Con una leve sonrisa, lo retiró haciendo un impreciso gesto de conformidad: por nada del mundo habría confesado su incapacidad para realizar tan velozmente como el otro el conteo, y esperaría hasta desaparecer de su vista para comprobar si su sueldo estaba completo.

Se retiró cuatro pasos y, protegido tras una columna, contó lentamente los billetes abriéndolos en abanico entre el pulgar y el índice... "Cinco de a veinte, cuatro de a diez y doce de a uno"... Seguramente había contado mal y volvió a hacerlo: "Cinco de a veinte, cuatro de a diez y doce de a uno... Doce de a uno"... Sí. Le habían pagado dos pesos de más. Con movimiento impulsivo giró a su derecha y dio dos pasos hacia la ventanilla del pagador, pero se detuvo en seco antes de alcanzarla. Nadie le vio realizar aquel movimiento: el cajero conservaba la cabeza baja mientras ejecutaba sus manipulaciones habituales, y la larga fila de hombres por cobrar avanzaba lentamente, sin hacer caso de su presencia. Tras un breve instante de vacilación, Pedro se dirigió a la puerta de la fábrica con la mano derecha dentro del bolsillo del pantalón, cerrada con fuerza alrededor del pequeño fajo de billetes...

José Cambronal se despojó de la camisa y la colgó de uno de los postes que sostenían la alambrada de púas. Echó una ojeada sobre el terreno que debía desbrozar y calculó que había trabajo para tres horas cuando menos. Se colocó las manos frente a la cara y escupió con fuerza sobre las palmas encallecidas; las frotó entre sí y empuñó el machete que recogió del suelo.

Con las piernas bien abiertas y el torso inclinado hacia adelante inició el golpear rítmico del brazo armado sobre la maleza tu pida que se entrelazaba a sus pies. El machete se alzaba y descendía en movimientos regulares y precisos. Uno desde la izquierda, otro desde la derecha... Uno, dos. Uno, dos. Uno, dos... "Dos pesos", le había dicho a la mujer y, para evitar todo regateo, reafirmó: "Ni un centavo menos". Pero ella dijo, simplemente: "Está bien", y le volvió la espalda. Dos pesos era un buen precio por aquel trabajo. Aunque era preciso desmontar primero, desyerbar después, y, finalmente, amontonar el desbrozo para facilitar su quema cuando se secara, no le tomaría más de tres horas realizarlo todo. Podría estar llegando al rancho alrededor de las tres. Aquel día se comería tarde, pero se comería... La culpa no sería de él esta vez. Había salido casi de madrugada, dejando atrás los gritos de los niños. Con el machete en la mano fue ofreciendo su trabajo de casa en casa a lo largo de la carretera, pero hasta las doce no había encontrado nada que hacer. Valió la pena, sin embargo, esperar hasta entonces: dos pesos en tres horas estaban más que bien, sobre todo en esta época de paro. En tiempos de zafra siempre había el recurso de ofrecerse a última hora a los blancos del ingenio, pero en este tiempo muerto se necesitaba mucha suerte para ganarse dos pesos tan fácilmente... Y la mujer no había regateado. Tal vez hubiera podido pedirle un poco más...

Cirilo Villamán mordió la colilla apagada del cigarro y lo trasladó de uno a otro extremo de la boca con un movimiento lateral de los labios fruncidos. Estaba sentado en un cajón, ocupando uno de los cuatro lados de la improvisada mesa de dominó. Sobre la tosca tabla colocada horizontalmente sobre un barril, las fichas formaban una letra L negra, punteada de blanco. Mientras chupaba maquinalmente el cigarro sin lumbre, Cirilo colocó ruidosamente -casi con rabia- una pieza en el extremo de la hilera que se extendía sobre la mesa... "Cuadré a cinco", se dijo. "Hay cuatro cincos en juego. Yo tengo el doble, pero mi frente salió a cinco y dio después otro: debe tener por lo menos uno más. Aunque me maten el doble, le doy un pase a este de mi derecha y le abro juego al frente....

Estaban en el patio de la bodega, protegidos del sol por el ramaje tupido del mango que extendía su follaje sobre las cuatro cabezas inclinadas hacia la mesa de juego. Las tardes de los movimiento en el negocio y para Cirilo lunes eran de poco constituía ya una costumbre llenar aquellas horas muertas organizando la mesa de dominó. Aparte del hecho de que tres de los tercios eran siempre los mismos, otra circunstancia jamás variaba en aquellas sesiones: el bodeguero y su frente ganaban siempre, porque Cirilo Villamán no era hombre que dejara las cosas al azar...

"Es la primera vez que se equivoca", pensaba Pedro Valbuena en tanto se dirigía a la parada de autobuses. Tres años recibiendo su sueldo cada mes a través de aquella rejilla, y era hoy cuando comprobaba el primer error... Pero ¿por qué no había devuelto los dos pesos, como fue su primera intención? A Pedro le gustaba analizar sus propios actos y sentimientos, y ninguna ocasión más indicada para hacerlo que aquellos largos recorridos en el autobús que lo transportaba diariamente desde la fábrica hasta su casa de las afueras de la ciudad... Aunque su primer impulso había sido devolver el dinero, algo le impidió llevar a cabo su propósito. Fue como si una fuerza extraña hubiese detenido su ademán. Pero él sabía que ningún acto humano se produce por sí solo; que aun los que aparentan ser más impulsivos, tienen una causa oculta que puede siempre descubrirse. Y nada le placía más a Pedro que hallar esa razón de ser escondida y misteriosa... Evidentemente, ni el cajero ni ningún otro de los presentes se había percatado de lo sucedido.

Nadie tampoco observó su gesto trunco al acercarse de nuevo a la ventanilla, Ninguna persona podía, pues, acusarlo de haber dispuesto de aquellos dos pesos... Pedro se sonrió imperceptiblemente: aquella impunidad le proporcionaba una sensación de íntimo bienestar... Cuando se comprobara la falta del dinero, se movilizaría todo el departamento de contabilidad de la fábrica. Se revisarían una y otra vez las nóminas. Se contaría y recontaría el efectivo en caja. Tal vez fuera necesario trabajar hasta la noche... Cerró los ojos y se acomodó mejor en el asiento del autobús, ampliando la sonrisa que jugueteaba en su rostro. Le pareció ver encendidas las bombillas de la oficina y a los empleados en camisa, sudorosos, inclinados sobre los libros y las máquinas de sumar, tratando inútilmente de descubrir el destino de aquellos dos pesos...

José Cambronal, en cuclillas bajo el sol inclemente que castigaba su espalda desnuda, se ensañaba contra la yerba crecida. Después de una hora de trabajo, había logrado avanzar hasta casi la mitad del terreno. Probablemente acabaría antes del término que se había fijado. El secreto era no parar ni un momento. Si lo hacía, el cansancio llegaba de golpe y le llenaba de dolores la espalda y la cintura, agarrotándole los brazos. Pero mientras siguiera así, golpeando sin cesar con el machete, no sentía la fatiga y le parecía que su brazo no era parte de su cuerpo, sino algo independiente que se movía por sí solo, como dotado de vida propia. Él mismo se sentía en este instante como una máquina movida por un impulso extraño a su voluntad, aunque a veces creía estar oyendo los gritos de los niños... Sus hijos tenían varias formas de llorar y José sabía distinguirlas muy bien unas de otras. Había los gritos de rabia, que eran agudos y largos como la sirena del ingenio. Había los de dolor, más cortos y graves. Y había los otros, roncos, profundos, interminables: los gritos de hambre. José no podía oír estos últimos. Simplemente no podía... Esa madrugada lo habían despertado aquellos gritos. Comenzaron suavemente, como murmullos, se hincharon luego hasta ser como aullidos, y luego bajaron de nuevo hasta convertirse en una especie de estertor... No soportó mucho tiempo: se tiró del catre, se puso a oscuras el pantalón y la camisa, afiló brevemente el machete en la piedra de amolar, y salió a la carretera sin tomar siquiera un jarro de agua...

Con las manos abiertas y las palmas boca abajo sobre la mesa, Cirilo entremezclaba las fichas para iniciar una nueva partida. Habían ya jugado cinco y seguramente aquella sería la última para el infeliz que estaba sentado a su izquierda: ya no daba para más... A veinticinco centavos por partida, las ganancias sumarían un peso y medio. Claro que había que reducirlas a la mitad, porque la parte de Pepe había que reembolsársela después que el otro se fuera. Pero así y todo quedaban setenticinco centavos, que repartidos entre los tres tocarían a veinticinco por cabeza. No había estado mal la tarde. Cirilo se asombraba de que nadie hubiera ni siquiera sospechado del truco que empleaba en el juego. Y sin embargo lo hacía frente a las narices de todos. El sistema en sí era sencillísimo. Lo único necesario era cierta habilidad manual y mucha práctica. Él necesitó meses para dominarlo a la perfección. Todo estaba en la forma de voltear y colocar las fichas después de cada partida. Agrupándolas por pintas y mezclándolas con cuidado, sin separar los grupos uno de otro, Cirilo sabía, al comenzar el juego, cómo estaba compuesta la mano de cada uno de los jugadores con un ochenta por ciento de exactitud. Con eso y una serie de señales secretas cuidadosamente ensayadas, no se podía perder. Había practicado el sistema con su compadre Pepe y el muchacho que le ayudaba en la bodega, y para los tres aquella ya constituía una fuente regular de ganancias seguras. Cirilo clasificaba a los clientes en diferentes categorías, pero prefería trabajar al vicioso. Esta especie no le costaba esfuerzo alguno: ellos mismos se colocaban voluntariamente dentro de la trampa. Bastaba que se sentaran los tres a la mesa de juego. El tipo se acerca, se detiene tras uno de ellos y comienza por obenquear. Luego pide un lugar, y una vez allí, nada ni nadie es capaz de desprenderlo de la mesa hasta haberse dejado desplumar el último centavo. Cuando las cosas sucedían de ese modo, Cirilo se sentía como un pescador que ha cogido un pez sin usar carnada. Claro que a veces surgían problemas, porque este tipo de individuos suele pedir crédito. En este punto era necesario parar, y en ocasiones esto costaba trabajo y alguna violencia. A Cirilo no le gustaba la violencia. En los casos en que las circunstancias la hacían indispensable, intervenía Pepe. Pero estas situaciones críticas no eran frecuentes. Lo corriente era ver al hombre registrarse una vez más los bolsillos, ponerse en pie tranquilamente y largarse sin decir nada...

Cuando Pedro Valbuena había ya abandonado el autobús y se acercaba con paso rápido a su casa, vio la espalda desnuda del hombre oscuro agachado en el jardín. Sintió un súbito desagrado y reprimió un gesto de impaciencia. "Otra vez Adela tirando los cuartos", se dijo. En este punto su mujer era completamente irresponsable. Parecía no haber conocido jamás el valor del dinero y lo malgastaba en una forma que lo indigna ba. Pedro no podía soportar su hábito de comportarse como si fueran ricos. Pasó junto a José sin mirarlo, y tan pronto la puerta giró sobre sus goznes, interpeló a la mujer que venía a su encuentro: "¿Qué hace ese hombre en el patio?". Ella se detuvo bruscamente: "La yerba estaba muy alta. A pesar de que me has estado prometiendo ocuparte de eso cada semana, nunca lo has hecho. No podía esperar más. Sabes muy bien que no puedo tolerar el abandono y el descuido". "¿Cuánto?", le interrumpió él. "Lo contraté por dos pesos..." dijo ella, con un hilo de voz.

Era, sin duda, realmente curioso: dos pesos, precisamente... Se asomó a la ventana y preguntó en voz alta: "¿Dos pesos nada más que por cortar esa yerba?".

José Cambronal estaba dándole los toques finales a su labor. Junto a la alambrada en que remataba el patio, amontonaba la yerba recién cortada para facilitar su quema.

Después de preparar el último montón, se puso la camisa y se dirigió hacia la casa. Sentía los riñones destrozados y las manos hinchadas apenas podían sostener el machete. "Ya terminé, doña", dijo mientras subía lentamente los escalones que conducían del patio a la cocina. Adela se dirigió a su marido: "Anda, Pedro, dale dos pesos a este hombre".

Sin mirarla, Pedro se asomó de nuevo a la ventana. Hubiera deseado que algo estuviese mal; que el trabajo adoleciera de algún defecto que pudiera echarle en cara a aquel hombre. Pero todo parecía estar bien. La yerba había desaparecido por completo y en el fondo del patio se alzaban cinco montones de desbrozo perfectamente alineados y de igual tamaño. Introdujo la mano en el bolsillo y sacó el fajo de billetes. No era precisamente este el destino que él hubiese deseado darles a aquellos dos pesos, pero no había otra alternativa. Separó dos billetes del resto y se los pasó al hombre que lo observaba en silencio...

Aquel resultó ser un caso normal: no hubo contratiempo alguno. Una vez finalizada la partida, el hombre se puso en pie, se despidió con una frase ininteligible y se marchó tranquilamente. Cirilo sabía que las cosas iban a suceder así. El conocía la gente. A veces le bastaba una mirada para saber de antemano cómo reaccionaría una persona. ¿Dónde habría llegado si hubiese estudiado? Pero él no tuvo tiempo de ir a la escuela. Siempre hubo otras cosas más importantes que hacer desde que era niño. Por ejemplo, trabajar como un burro, de sol a sol, mientras el viejo se emborrachaba tranquilamente en la casa...

Pero, después de todo, no le pesaba. El contacto directo con la vida y las dificultades que tuvo que vencer le enseñaron desde muy temprano más de lo que hubiera aprendido en cualquier escuela. Sobre todo, en lo que se refiere a conocer a la gente. En ese aspecto, Cirilo se consideraba el mejor. No solo no conocía a nadie capaz de engañarle, sino que se consideraba a sí mismo capaz de enredar a cualquiera.

Había encendido de nuevo la colilla del cigarro y estaba en aquel instante apoyado en el mostrador de la bodega, mirando hacia la carretera por la puerta entreabierta. Un hombre venía acercándose rápidamente por la orilla. Aun antes de distinguir sus facciones, lo conoció por la forma de caminar. Era José Cambronal, el negro que vivía con Caridad. Entrecerrando los ojos y expulsando una nube de humo por la boca, Cirilo se entregó con fruición a su manía de adivinar los actos y pensamientos de la gente... Viene con el machete y son ya las dos y media de la tarde. Debe haber encontrado algún trabajo hoy, porque de lo contrario habría vuelto antes a comerle la comida a Caridad. Estuvo chapeando, porque tiene las rodilleras del pantalón sucias y húmedas. Viene cansado, sin duda, porque cojea un poco al andar y camina sin mover casi los brazos. Probablemente está loco por beberse un trago de ron: por eso apuró el paso tan pronto vio la bodega abierta... Y debe tener en el bolsillo algo así como un peso y medio... Tal vez dos... Solo tendré que dejarlo beber un trago, y, con una pequeña insinuación, lo haré sentarse a la mesa de juego... "Una manito nada más, mientras te lo bebes tranquilamente, José....

Una vez más Cirilo tuvo razón. Media hora más tarde, exactamente a las tres, cuando Pedro Valbuena repetía en la casa una vez más a su mujer que "a pesar de todo, aquel trabajo no valía dos pesos", José Cambronal abandonaba con paso lento la bodega, presa de un cansancio infinito. Cirilo, con una sonrisa en los labios, cerraba el cajón de madera del mostrador donde quedaban, bien acondicionados con los demás, dos billetes crujientes de a peso. Y trescientos metros más abajo, al borde de la carretera, en un rancho de yaguas y cana, el grito ronco de dos niños desnudos crecía interminablemente bajo el cielo indiferente y gris de Altocerro que se tiende por igual sobre la casa de Pedro Valbuena, la bodega de Cirilo Villamán y el rancho de José Cambronal.

Virgilio Díaz Grullón

(1924-2001)

sábado, 11 de abril de 2026

Celosía - Néstor Caro

 

Celosía

 

 

 

¡Eto maldito bueye han llegao a créese que son gente!

En La Malena, la voz del patrón Malavé es como el ruido del trueno en el barranco:

-Trabajen, muchachos, que si las cosas cambian no habrá problemas para ustedes. Ustedes lo saben, conmigo se progresa si se trabaja con empeño.

 

La voz de Malavé es la misma de siempre, anunciando a los peones mejorías ilusorias. Mejorías que cobraron pesadumbre en el cantar que rueda todavía sobre la tierra negra de La Malena:

 

Oye, Celosia,

Yo si te quería,

La mañana clara

Siempre lo veia.

Tú tienes cadenas,

Yo tengo carreta,

Tu vida y la mia

Es lenta agonía.

Oye, Celosia,

Yo si te quería...

 

Juan Ramón, desde la puerta del barracón que sirve de vivienda a los peones, mira hacia el alto con los ojos tristes que le quedaron al marcharse Celosía. ¡Su compañero de faena! Si supiera escaparse y reunirse con él en la montaña. Pero la vida de los hombres es distinta. Aunque en La Malena se repita que son peores que los perros, los hombres necesitan otras cosas. No basta con el verdor de la sabana. El trabajo hay que cambiarlo por cosas urgentes.

 

Y las cosas urgentes a veces pesan como las cadenas de las que huyó Celosía.

–o–

–Ese lamento del dianche va siendo molestoso. Ya es tiempo de que se averigüe de dónde viene, porque me está poniendo nervioso. El otro día me dijeron que era fotuto é carnicería y cuando fueron por esos laos, ni muestra de matanza encontraron ¡Válgame Dios con la jeringa!... Conversa el patrón en la enramada.

 

–Pue mire, Malavé, ya tan diciendo lo jabladore dique que detrá del caobal hay un trabajo (*) que le pusién a Macanero. Y que tó lo que se oye e jun grito e muerto. Y que e tan fino er grito, que e diun ajorcao.

 

–¿Eso dicen, vale Crescencio?

 

–Eso memo, Don Malavé.

 

Los dos hombres se acercan con caras de espanto.

 

–Los muertos no salen de día, vale Crescencio.

–Eso depende, patrón. Lo muerto que tan diconforme no entran en sesteadera. Se pasan las'ora del día y de la noche mortificando al Espíritu Santo pá que le

dé su venganza. Y la cosa e má fuerte cuando al difunto no lo han dejao hacé su oracione.

 

–Lo que uté dice no tá claro, Crescencio...

El vale Crescencio vino de El Seybo con un poco de malicia y los hilos de una hamaca vieja. Con relatos de muertos y su machete moreno lleva tiempo en La Malena, con privilegios y hamaca nueva.

 

–Suelte la lengua, Crescencio, que ya va largo el asunto del lamento. Flójela pá siempre-expresa impaciente Malavé.

 

–Pue mire, Malavé, pá que lo sepa completo: Er diablo er Macanero que uté tiene aquí de come gente, tando de buca vida pá lo lao de Yuma, le pidió amore a una muchacha de ná, y como no lo quiso, le hizo fuerza. Así como uté lo ve con su carita relamía. Ese ejer grito que sale del río. E que la muchachita anda detrá der

Macanero.

 

–¿Y quién se lo dijo a uté, Crescencio, que tan firme lo repite?

 

–A mí naide me lo dijo, así como pá decirlo palante, pero guárdeme la confianza y el secreto, por lo parejero del Macanero. No é que yo tenga miedo ni por cosa parecía.

 

–No tema, Crescencio, que yo seré Malavé por muchos años.

 

Entre el cielo y la montaña la mirada de Juan Ramón, el carretera, busca con el cariño de siempre a Celosía. ¿Dónde estará ahora el buey de tiro que oía sus palabras y caminaba contento cuando le oía cantar aquello de "La mañana clara siempre lo veía?

 

Ahora sólo queda en La Malena la odiosa figura de Macanero, con la cabeza cuadrada y los dientes apretados, amarillos. Simple sureño sin fortuna. Y en los amaneceres, la tierra húmeda, las vacas paridoras y los peones sin fuerza.

 

Juan Ramón siempre quiso estar cerca de Celosía para cuando llegara la "buena". Entonces agitaría los puños con fuerza y gritaría:

–¡Deme un trago, bodeguero, pá brindar por Celosía!

 

Ahora sólo queda para Juan Ramón el camino hacia la muerte. Ya los peones, cuando lo ven cruzar hacia los potreros, dicen apenados: Ya el viejo no sirve. Desde que se fue Celosía, aunque no tome aguardiente parece que se está cayendo.

 

Juan Ramón hubiera querido demostrarle su cariño al buey manso que se hermanó con él en La Malena. Mordiéndose los labios le corrieron muchas lágrimas por la cara de bronce cuando supo lo de Macanero. Lágrimas de hombre sin esperanzas, vencido sobre la tierra negra de La Malena.

 

Gruesos nubarrones se agrupan en la tarde sobre la tierra negra de La Malena. Viento y llovizna comienzan a empujar la faena. La voz de Malavé se oye en el potrero:

–¡Apuren, que viene agua! ¡Tranquen bien las puertas! Díganle a Macanero que eche un vistazo por la sabana a ver si encuentra la yunta del Coliflor y Agapito,

muchachos, que ya vienen los aguaceros.

 

La espalda de Macanero se dibuja sobre la vereda. Cabeza cuadrada y dientes apretados. Amarillos. Es el guapo del sitio.

 

La mano fuerte de Malavé "Pá manejá los peones". El diablo del hombrecito siempre lo ha dicho:

–Los hombres sirven menos que los perros. En su hoja de servicio se cuentan la violencia y el homicidio. Y el garrotazo de Celosía.

 

–Maldito ete aguacero. Tá bien que me pongan a mandá peone, pero a bucá yunta de bueye en medio de un aguacero no e pá un macho. E que tó los hombre no son má que uno perro. Hata el mardito Malavé se tá decomponiendo.

 

La sabana es triste cuando llueve, la grama se embriaga en el aguacero y los charcos parecen cristales. En las ancas del viento viaja el extraño lamento.

 

–¡Eh, Coliflor! ¿Dónde diablo tan metio eto bueye der diablo? ¡Agapito, aeeeh! ¡Salgan der monte, mañoso!... ¡Salgan, bueye der diablo! ¡Mardita sea mi suerte!

Macanero recorre la sabana dando voces a la yunta desaparecida. Es el macho en el sitio y no se atreve a volver sin ella. Malavé estará esperándolo para decirle que no sirve para nada. Es mejor evitar una desgracia. Ya hace muchos años que no mata un hombre y cuando lo haga tendrá que irse muy lejos.

–¡Coliflor y Agapito, aeeeh, salgan del monte!

¡Salgan!

 

Los ruegos de Macanero se meten en la vereda y suben a la montaña de donde baja desde hace años un extraño lamento que llega hasta La Malena. Cerca del

arroyo aparece una sóla bestia y Macanero grita entusiasmado:

¡Por fin, aquí tá Coliflor! Sólo falta Agapito. Acércate, Coliflor, ven a tu lazo.

 

La bestia parece clavada en la sabana. Imposible mirarla a los ojos con la cabeza vuelta hacia el arroyo.

 

–¡Por fin, encontré uno! –repite Macanero–. El otro vendrá mañana. Ven a tu lazo, Coliflor. Ven, compañero.

 

Hombre y lazo saltan hacia las nubes en medio de un grito desesperado. La bestia corre como un hombre que quisiera ocultar una herida en la cara. Corre hacía la montaña de pastizales inmensos.

 

En La Malena la mañana siempre es de ajetreo. Yugos y sogas y cadenas, salen de la enramada. El tiro de caña será fuerte. Hay que complacer a Malavé, que es un hombre de empuje, pa' que ayude. Es una mañana de sol y alegría. El sol resecará la tierra negra de la sabana. Alegres como los pájaros irán los peones a la faena. No se podrá cantar el placer de la muerte de Macanero. Allí estará Malavé con su cara amarrada y su voz como tirada en el tinajón del barranco. Dirá que un buey mató a Macanero y pedirá que le recen a su alma de hombre

bueno. Los peones no querrán decirle con claridad que Macanero era peor que los perros; pero allí estará Juan Ramón con la boca llena de risa, y estará también el cantar de la sabana:

Oye, Celosía,

Yo si te quería...

 

 

Néstor Caro

(1917-1983)

 

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