domingo, 26 de abril de 2026

LA MALA MADRASTRA - Virginia Elena Ortea

 

LA MALA MADRASTRA

 

 

El día en que murió la esposa de Don Prudencio debieron llorar los ángeles en el cielo, como por acá lloraron cuantos tuvieron la pena de presenciar esa desgracia; y no ciertamente porque se quedase él viudo, que bien se sabe que de ese dolor no ha muerto ningún marido, sino de pena a los tres niñitos que dejó la difunta al pie del lecho, llamándola porque la creían dormida, que las pobres criaturitas ni siquiera estaban en edad de saber lo que es la muerte.

 

Figúrese, lector, que la mayorcita del cuadro tenía cinco años, el que la seguía tres, y el más pequeñín, un angelito más blanco y sano que una masa de pan, apenas balbuceaba el dulce nombre de su pobre madre.

 

Después del entierro quedose el viudo en la mayor perplejidad; hasta entonces no se había podido dar cuenta de la falta que hace una mujer en una casa. Toda ella era confusión, inquietud, pena... Ni la buena voluntad de las parientas solícitas, ni las mejores sirvientas, bien pagadas, le valían para poder vivir sin enojos y rompederos de cabeza, así es que vino a ver, -sin tener que pensarlo gran cosa -que lo mejor que podía hacer para restablecer el orden doméstico y la tranquilidad de su espíritu era volver a casarse.

 

Todavía estaba joven y de buen ver; no le faltaba posición...

 

Pues señor, dejó escurrir un par de años y antes de que acabara el último mes del segundo, se dio a buscar novia.

 

Y no tardó en encontrarla: su estrella le llevó a conocer una joven agraciadísima, cuyo nombre hirió la imaginación de Don Prudencio tanto como su rostro angelical: llamábase Modesta.

 

Enamorose perdidamente nuestro viudo. Miró a su pretendida como un dechado de perfecciones, y no contento de hacer de nuevo la felicidad que se llevó de su hogar la madre de sus hijos, apresuró la boda cuanto pudo, y un día vieron los huerfanitos llegar a las puertas de su casa una hermosa mujer a quien debían llamar mamá, y les fue dicho que venía a ocupar el sitio de la que ya no recordaban.

 

Pasaron días y más días. Pasó un año y pasó otro.

 

Los vecinos de Don Prudencio cuchicheaban en un principio porque se notaba que las mejillas de sus niños perdían la morbidez y el sonrosado color. Murmuraron después porque se oían gemidos infantiles en su hogar, y pusieron el grito en el cielo cuando supieron de toda verdad que los pobres huérfanos eran cruelmente maltratados por la madrastra.

 

Flacuchos y endebles crecían, con ojos que tenían una expresión de dolor y reproche que inspiraba compasión.

 

La niñita, que era formalita y tímida, vivía con un espanto que atrofiaba su voluntad por completo, sumiéndola en una especie de idiotismo; el que la seguía, que hubiera sido un muchacho francote, juguetón y alegre, se había convertido en taimado, sabiendo encubrir sus picardihuelas con perfecto disimulo; el otro, también vivo y travieso como una ardilla, apenas podía contener las turbulencias naturales de su carácter y fue siempre más víctima que los otros, porque el pobrecillo era el que más ocasión daba al enojo de su feroz cancerbero.

 

Y así crecían, como flores que no alcanzan un rayo de sol ni una gota de lluvia... Crecían pálidos, temerosos, tristes, sin una mano que les acariciase, sin una voz que les dijese una dulce expresión, sin cuido, sin amor. Crecían bajo la mirada cruel y dura de la madrastra, mirada que siempre parecía buscar en sus espantados rostros un motivo de injuria, una ocasión al desahogo de su perversidad.

 

¿Y Don Prudencio? Don Prudencio paraba poco en casa, y cuando estaba allí, Modesta se quejaba tanto de los niños, y, sabía quejarse tan bien, que el marido se daba por satisfecho, creyéralo o no, no encontrándose con el ánimo de ir al fondo de aquella odiosa hipocresía a buscar la verdad y redimir sus infelices hijos de la feroz tiranía en que estaban sumidos...

 

Por más que parezca mentira, estos casos de sugestión son muy frecuentes: hay seres que ejercen una extraña influencia en el ánimo de otros, influencia cuyo poder ilimitado tiene por base segura el fingimiento, por arma poderosa la debilidad, el blando ruego, las lágrimas. Las mujeres de instintos dominadores son las más solapadas y duchas en este arte indigno; las que mejor saben subyugar una voluntad sin que de ello pueda darse cuenta el sugestionado, que todo es obra de una paciencia premeditada, y de la fuerza de la costumbre. Las de carácter franco y vehemente jamás sabrán dominar; la espontaneidad no deja prevalecer el disimulo.

 

Modesta era maestra de hipocresía. Su rostro, de Medusa a los ojos de sus hijastros, solo tenía sonrisas bondadosas para los demás, la voz que era espanto de los niños, se saturaba de dulzura melosa cuando hablaba a los extraños... Y había logrado dominar a su marido con tal imperio, que en vano la razón, la justicia y la sangre se alzaban reclamando al padre a favor de las inocentes víctimas. Los verdosos ojos de Modesta con una mirada le desarmaban, a su boca pequeña, de labios delgados que siempre tenían una sonrisa, bastaba una palabra con su tono humilde y acariciador para reinar en aquella voluntad que no sabemos si debía inspirar compasión o desprecio por la pasiva frialdad que le hacía cómplice de su mala mujer.

 

Y los niños, en tanto, saturaban su corazón en aquella fuente de hipocresía y maldad en que se miraban... Solo conocían el mal, y la mala semilla germinó en sus corazones y dio fruto. Así es que, no conociendo la compasión, por nadie la sentían, y eran crueles; eran aduladores porque necesitaban adular a su madrastra mientras la odiaban; eran desconfiados, porque unos a otros se acusaban para salvarse; embusteros porque la necesidad les obligaba a mentir; golosos, que la mezquina mujer les contaba los bocados... En fin, atrofiadas sus naturales inclinaciones, habían adquirido todas las malas cualidades en la desdichada escuela en que aprendían.

 

La madrastra también tenía hijos; estos se mimaban, se querían, eran servidos por los pobres huerfanitos. A ellos habían de adularlos estos ostensiblemente, no sin que se escapasen de alguna cruel maldad a espaldas de la madre, porque

en el fondo de su pecho los tristes odiaban de todo corazón sus nuevos hermanos, y les tenían una envidia dolorosa y feroz...

 

Aquel no era hogar, era un infierno. Escuchábanse en él sin cesar imprecaciones, injurias, azotes y gemidos angustiosos.

 

La bonita faz de Modesta, en tanto, a despecho de su hipocresía, no tardó en expresar la dureza de su corazón, marcada en líneas severas que a nadie engañaban, en las sombrías tenebridades de las claras pupilas; su sonrisa llegó a parecer una mueca forzada y odiosa. Su voz un zumbido siniestro.

 

Y envejecía siendo joven, envejecía de carrera, adelgazaba sin quebranto, se desvanecía como una sombra.

 

El marido también estaba flaco y enfermizo; parecía la víctima de un vampiro... Y la hacienda que poseían se desmoronaba; la mísera economía de Modesta; su mezquindad, cuya huella quedaba con marca indeleble en el hambriento rostro de los huérfanos; lejos de acrecentar sus bienes parecían mermarlos como una maldición.

 

Un día la mala madrastra despertó sintiéndose enferma; en la cama le pasó, y otro, y otro, y un año, y dos.

 

La penosa dolencia recrudecida por la ira se hacía más cruel y dolorosa. ¡La ira sola la mataba!

 

Nadie la cuidaba, nadie la compadecía... Los niños sufrían más mientras estuvo ella en la cama, porque el furor de la impaciencia de Modesta se volvía siempre contra ellos... ¡Pobres niños! ¡Infame que es la mano que les maltrata! ¡Villano el corazón que no les compadece! ... La infancia es la única época de la vida que se pasa sin que la herida del dolor envenene sus días... ¡Ay de la criatura que haga aciagas esas horas que debieran ser de ventura! ¡Ay del que agosta el perfume de esas almas que empiezan a surgir, y siembra en ellas con el encono de su propio corazón la perversidad, la desconfianza, el dolo, donde solo debiera imperar la inocencia!

 

El hogar en que imperaba la voluntad absoluta de Modesta, cada día estaba más lúgubre, cada día más sombrío...

 

Quejábase la infeliz en el lecho; los niños huían de ella sin compasión a sus lamentos, alegrándose con cruel cinismo de la libertad en que les dejaba su dolencia... El padre vivía mal humorado y silencioso...

 

Las comadres del barrio decían que el alma de la primera mujer de Don Prudencio, velando en un rincón de la casa y gimiendo a cada injusticia, la fatalizaba, le daba el fúnebre aspecto que tenía.

 

Un día murió la madrastra. Sus hijos, únicos seres que sintieron las efusiones de su cariño, se espantaron, al ver inmóvil aquel ser cuyos furores solo lograba silenciar el profundo sueño de la muerte, y la lloraron sin hallar quien les consolase.

 

El marido, como esclavo que sacude una cadena de flores, herizada de agudísimas espinas, respiró sintiéndose dueño de sí mismo una vez más, y sintió más compasión a sus hijos que dolor por la difunta...

 

Los hijastros, ebrios de alegría, apenas podían disimular su felicidad en aquel su primer día de libertad, de esperanza, de ventura...

 

Entonces, la niña mayor, ya una mujercita, se hizo cargo del gobierno de su desgraciada casa... Se hizo cargo de los niños de su madrastra. Y como nunca vio bondad en nadie, ni conocía la compasión ni sabía lo que era la generosidad, con ruin encono, siguió el ejemplo legado por la funesta mujer que la crió a ella... Siguió sus huellas y también fue madrastra... Madrastra de los pobres hijos de Modesta...

 

El hogar aquel sigue siendo un antro de lágrimas, quejas, imprecaciones y azotes; el padre no se ocupa de los hijos, apenas vive con ellos. La lobreguez de las paredes que cobijan esa desgraciada familia se acentúa cada día más; hay más miseria, más mala suerte en todo.

 

Y las comadres del barrio dicen que el alma de la primera mujer de Don Prudencio no es la que la fataliza con su presencia... Creen que Modesta es la que va por ella, a gemir las injusticias que sufren sus hijos con la vengativa muchacha a quien ella enseñó a ser mala madrastra.

 

Virginia Elena Ortea

(1866-1903)

 

 

sábado, 25 de abril de 2026

LA ROSA DE LA FELICIDAD - Virginia Elena Ortea

 

LA ROSA DE LA FELICIDAD

 (A Lola)

 

En sueños vio cierto mozo de imaginación vehemente una hermosísima hada, que le deslumbró con su belleza y habló a su ambición el lenguaje más extraño que jamás escuchara.

 

-Yo soy la Felicidad; -le dijo- el móvil de todos los deseos humanos. Sin mí fuera el mundo un desierto sin oasis, un lago sin tempestades, una noche sin estrellas. El deseo de alcanzarme un día, una hora, un minuto es la fuente que ha hecho brotar todo lo noble, bello y generoso que ha engrandecido el corazón del hombre... Por mí nació la Gloria; el Genio apareció en el planeta porque hubo corazones que me deseaban, y los que no pudieron esperar la dicha de verme un día sobre la tierra, aun me aguardaron en el infinito... Surgió la Fe mostrando el cielo y hubo hombres que se elevaron hasta la perfección, desafiando el martirio y la muerte porque la Esperanza les habló de mí; ofreciéndoles mis sonrisas, al pie del trono de Dios...

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¡Y cuántos crímenes también he costado a la mísera humanidad! De siglo en siglo me ha atronado los oídos con sus clamores, sus rugidos de desesperación y de agonía...

 

- ¿Y no te ha alcanzado nadie? -se atrevió a preguntar el atónito mancebo que, arrodillado a sus pies, bebía sus palabras. - ¿No ha logrado ninguno verte rendida a su fortuna, a su deseo, a su ambición?

 

-Sí, -respondió sonriendo la deidad- alguna rara vez; mas no siempre los que me han perseguido con más ardor.

 

-¡Ah, mujer ingrata! -gritó el mancebo.

 

-No por mi culpa, interrumpió ella, con gesto no exento de coquetería. - La culpa es siempre vuestra, que sois tan ciegos que no me veis, cuando por mi capricho, o accediendo al ruego y aun a la desesperación me pongo en vuestro camino dispuesta a guiaros a mis encantados palacios.

 

-¡Oh! -profirió el mancebo con alegría.- Si así es, dígnate tenerme compasión, que yo te veré siempre: no soy tan ciego como los que no han sabido seguirte...

 

-No me conocerías...

 

-¿Quién que vio tu rostro, tu sonrisa, puede olvidarte? ¿Quién que aspiró el perfume de tu ser no te adivina después?

 

-Es que soy invisible para los que están despiertos y solo me dejo ver, un instante, en los sueños de los hijos de la imaginación.

 

-¿Es posible que ya no vuelva a encontrarte? -inquirió desesperado el interlocutor de la Felicidad.- ¿Me dejarás sumido en el dolor después de haberte mirado?

 

-Te ofrezco interés y protección, -contestó solemnemente ella -si adivinas dónde estoy cuando mi capricho me lleve a tu lado.

 

-Yo siempre te adivinaré en todas partes; -se apresuró a decir el mozo-pero, pues eres invisible, concédeme al menos una señal que me dé la seguridad de saber que estás cerca de mí.

 

-Mucho exiges; -contestó ella- mas sabe que te daré esa señal con una condición: la de no ir en tu auxilio más que dos veces en tu vida: aprovéchate de ellas, que si no, me habrás perdido para siempre. Estaré, -continuó después de una ligera pausa, -donde veas una rosa igual a esta -y al decirlo, la Felicidad mostró al mancebo una rosa blanca y perfumada que arrancó de su corona.

 

Sonriose maliciosamente nuestro doncel, después de haber mirado y remirado atentamente la rosa; y la devolvió haciendo una pirueta de alegría.

 

-Eres mía, -gritó desde al fondo de su pecho al ver a la Felicidad alejarse envuelta en su aureola. ¡Siempre sabré donde estés! Con tan vistosa prueba no puede haber equivocación, es inútil que seas invisible y misteriosa; y si en vano han corrido en pos de ti muchos hombres, ciegos, delirantes, yo seré más afortunado, que tengo una base en que alzar el edificio de mi ambición; tengo por estrella la hermosa flor que me has mostrado, y donde la encuentre sabré aprisionarte y hacerme señor del mundo y de la dicha.

 

Despertose el mancebo, bañada en sudor la frente y con él despertó en su mente un mundo de quiméricas ilusiones.

 

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La risueña, hermosa villa que le había visto nacer, se le antojó mezquina y triste: no cabía en ella desde que su pecho se hinchaba de esperanzas y deseos.

 

En busca de aire, luz y expansión, salió al campo... Allí podría entregarse nuevamente a sus ensueños, volver a encontrar a la hermosa visión que poco antes le ofreciera su halagadora sonrisa...

 

Al revolver un recodo del camino encontró una gentil muchacha que

al verle se sonrojó intensamente: era su novia.

 

A él le pareció inoportuno el encuentro y quiso proseguir, mas ella le detuvo.

 

-¿Qué te sucede? -preguntó.- No pareces el mismo... Tienes un ceño extraño. Me he asustado al verte así...

El contestó, mohíno, sin mirarla:

 

-Lo que tengo es que pienso en el porvenir; ya no soy un muchacho.

 

-¿Qué quieres decir, Dios mío?

 

-Que me voy -respondió con voz ronca. -Me voy de aquí.

 

-¿En busca de la Felicidad? -preguntó ella. -¿Dónde hallarás la que aquí dejas?

 

Él la vio bañarse en llanto. Las lágrimas caían sobre una rosa blanca prendida en su corpiño, y se detenían entre los pétalos como brilladores diamantes.

 

Sorprendido el mozo al ver la flor, la tomó con ímpetu y la examinó un instante. Era igual a la rosa de la Felicidad.

 

-¿Dónde has hallado esta flor? -preguntó temblando.

 

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-En mi huerto, -contestó ella, - Estas son las que yo cultivo.

 

Él se rió muchísimo, con carcajadas que repetía el eco como una burla lúgubre y sardónica... Reía de sí mismo.

 

-¡Cáspita! -se decía. -Donde quiera que vea una flor he de tomarla por aquella de la señal... Soy un tonto... Esta flor es de las que esta chiquilla ha cultivado en su huerto, y yo tantas veces la he ayudado a podar...

 

Al otro día, cuando apareció el alba, se hallaba nuestro mancebo en el camino... Se alejaba, huía de su villa en busca de la Felicidad.

 

Volvamos a encontrarle en el gran mundo. Se ha enriquecido... es poderoso. Persiguiendo a la Felicidad ha logrado atrapar a la Fortuna... Esta deidad le mima, le rodea de favores... pero la Felicidad... ¡Ay! ¿Acaso la ha vuelto a ver en sus horas de triunfos y delirios, acaso se ha adormecido una sola hora para soñar que la ve? No; jamás.

 

La Fortuna es cruel deidad que exige sacrificios, y él, confundiéndola con la Felicidad, ninguno le escatimó... Entre sus ruedas dejó la paz de su espíritu, en su fiebre, la salud de su cuerpo ágil y robusto.

 

Por alcanzar la soñada Felicidad llegó hasta el crimen; el torrente devastador de su ambición todo lo arrollaba y arrastraba en furioso remolino, saltando con estruendo todas las vallas que encontraba.

 

En medio de tantos delirios, su corazón parecía muerto; habíale enseñado a no latir para que no se opusiera a su carrera; y dominado por aquel cerebro de fuego, replegose el sentimiento, saltaron una a una las cuerdas de la lira divina, y ya no vibró más en ella una nota de dulzura ni de dolor... El desdichado cerraba las únicas puertas por donde puede penetrar la Felicidad.

 

Mas siempre la esperaba. ¡Cuánto anhelaba que el suave aliento de la diosa refrescara su ardorosa frente, calmando el torbellino de fuego que abrasaba su ser, que le hiciera sonreír y llorar en instante de suprema conmoción!

 

Pero ¡ah!, en vano la aguardaba. Conocía por sí mismo a la humanidad y la aborrecía... El mundo no puede conocerse sin riesgo de ser infeliz. El amor fue su juguete. Demasiado ocupado por su ambición al principio, le miró de frente cuando fue poderoso, cuando ya no tenía corazón y solo le inspiraba hastío.

 

¡Qué tristes eran sus horas de soledad y cansancio, fustigado por el remordimiento!

 

-Para esto he luchado tanto, -solía decir- he gastado las potencias de mi alma, el corazón, ¡la juventud! ¡Oh, dónde se oculta la Felicidad, que mi oro no ha logrado comprarla, que mi afán no ha logrado verla un solo instante!

 

Quebrantose la salud de nuestro potentado y la ciencia no halló más remedio para él que la tranquilidad... ¿Dónde hallarla? Cuando creía morir recordó el tranquilo valle en que había nacido y hacia él encaminó sus pasos.

 

Llegó una hermosa y fresca mañana a su villa.

 

La primera persona que vio al llegar, fue su antigua novia que palideció de dolor al ver los estragos que las pasiones habían hecho en el rostro de su amado.

 

Ella le tendió las manos gimiendo... Sus lágrimas caían sobre una rosa blanca que llevaba prendida en el seno...

 

-Esta flor... -profirió él.

 

-Es de las que yo cultivo -dijo ella, ofreciéndola.

 

Pero no la quiso, rió mucho, muchísimo, de sí mismo, llamándose niño... El eco repitió sus carcajadas con burla.

 

Y volvió al gran mundo y se quebrantó de nuevo su salud con los excesos, y sintió que se le escapaba la vida.

 

Una noche vio en sueños a la Felicidad. La increpó con imperio por sus engañosas promesas, y ella se rió de él como había reído el eco.

 

-¿Acaso no has visto esa rosa dos veces? -inquirió ella, indignada.

 

El, entonces, recordó las rosas de su antigua novia...

 

-Si-dijo la Felicidad siguiendo su pensamiento -aquellas eran.

 

Él despertó del sueño y sin perder la esperanza se encaminó a su villa otra vez... Tenía prisa; se sentía morir...

 

Al llegar, preguntó con afán por la que fue su novia. Inútilmente: la muchacha había muerto la víspera...

 

Contó, entonces, a los vecinos compadecidos, la historia de la rosa.

 

-¿Quieres volver a ver esa flor? -le preguntó uno. -El rosal que las produce se ha trasplantado al sepulcro de tu amada y allí florece...

 

-Es inútil-respondió el moribundo. – La flor de la Felicidad solo se halla sobre el corazón de la mujer que nos ama.

 

Virginia Elena Ortea

(1866-1903)

 

viernes, 24 de abril de 2026

La moneda gastada - Ramón Francisco

 

La moneda gastada

Sonrió. Instintivamente tocó el dinero en sus bolsillos. Grande, imprevista y gananciosa jornada. Tal cosa no sucedía todos los días, claro está. A ver, ¿cómo se le ocurrió? Este parecía ser un día normal, igual a todos los otros terribles días que se habían sucedido en los últimos años. Y nada había sido premeditado hoy. ¿Cómo había llegado hasta allí, hasta el puerto de su ciudad? Las cosas cambiarían en lo adelante. Sí, esta cadena de hechos fortuitos anunciaba algo. Llegar al muelle sin habérselo propuesto, bajar hasta aquel almacén donde en ese momento cargaban aquel camión, el hombre regordete que le preguntó en pleno rostro, ¿quieres trabajar?… Esta cadena de hechos fortuitos anunciaba algo, no había duda.

 

La jornada había sido dura. Tocó los músculos de los brazos doloridos. Miró sus manos, pero sonrió. Instintivamente las llevó al dinero. Habían valido la pena aquellos grandes tanques llenos de polvo blanco. Durante más de ocho horas él y varios hombres cargaron camiones, muchos camiones con estos tanques. ¡Vaya, vaya! ¡Sí que había valido la pena, sí que había ganado este dinero!

 

Rozaban las cinco de la tarde cuando regresaba a su casa. ¿Qué te parece si al pasar compramos una camisa? Ya no es posible usar esta que traes. Tan remendada está…

 

-No la envuelva, no.

 

Se despojó en plena tienda de su camisa rota y ante el sorprendido vendedor se puso la nueva «guayabera». Se miró satisfecho. ¡Contra, qué bueno es ponerse una camisa nueva! ¡Vaya, vaya! ¡Sí que valían la pena aquellos grandes tanques llenos de polvo blanco! ¡Sí que valía soportar el dolor de los músculos, caramba!

 

Después de la camisa, ¿cuánto dinero quedaba? Lo tocó. Silbó una canción con soltura inaudita:

-¡Una caja e´cigarrillo y una de fóforo, rápido!

 

Y ahora, derecho a casa, ¿eh? ¡Qué sorpresa para nuestra mujer! Hoy sí que es un día grande. ¿Y Pegao? ¡Maldito usurero! Le pagaremos esa deuda, ¡cojoyo!, que ya nos tiene cansados de tanto cobrar. ¿Alcanzará? Tocó el dinero, otra vez. Sí, por supuesto. No dará para más, pero vale la pena salir de ese condenado hombre. Silbó otra canción. Golpeó la calle con pasos fuertes, precisos, como muy pocas veces lo hacía.

 

Ahora bien, ¿qué te parece si nos tomamos un trago antes de llegar? Esto hay que celebrarlo, no hay duda. ¡Después de tanto tiempo sin ganar un solo centavo! Veamos, ¿un trago de diez?… ¡Caramba, que hoy no somos hombres de tragos de diez!… ¿Qué te parece entonces una tercia? … ¡Bueno, eso está mejor! ¡Y es justo! No podrías más, porque el dinero no es tanto.

-¡Una tercia de Cara´e gato!

 

¡Qué bueno, qué bueno!… Saboreó el licor. ¡Qué bueno, qué bueno! ¡Cuánto tiempo! ¡Cuánto tiempo! ¿Valdrá la pena sentarse un rato en aquel bar? … ¡Qué bueno, qué bueno! ¡Cuánto tiempo!

 

-Ey, ¿me puedo beber eto con un refreco aquí?

-Siéntese hombre, si no hay gente todavía.

-Tráeme un refreco.

 

Ahora sí. Está instalado. ¡Sí que habían valido la pena aquellos tanques llenos de polvo! … La vellonera desternilló un habanero. Todo su cuerpo se movió al ritmo de la música, por instinto. ¡Qué bueno, qué bueno! ¡Cuánto tiempo, cuánto tiempo! ¿Y por qué no elegir entre Pegao y un bastidor y una colchoneta?

 

¿Qué te parece, eh? ¡Un bastidor y una colchoneta! No es justo seguir durmiendo así. Si casi te caes por el bendito hoyo ese y casi se cae ella también. ¡Sí! ¡Eso es! ¡Un bastidor y una colchoneta! Hombre, hay que dormir cómodamente, así sea por una vez en la vida. Se oyó otro habanero. ¿Y esa mujer allí tan sola? Quizás quiera bailar… probemos…

 

¡Qué bueno, qué bueno! ¿Y cómo no se le habían olvidado aquellos pasos que lo hicieron el mejor bailarín de su barrio cuando era joven? ¡Qué bueno, qué bueno! Derecha, izquierda, derecha… ¡Qué bueno! Pero, ¿por qué el bastidor y la colchoneta? ¿Por qué no mejor un vestido y alguna ropa interior para ella? ¡Cómo ha soportado tantos remiendos, Santo Dios! … ¡Bébete otro trago! La verdad… Si ni siquiera puede salir a la calle con los trapos que tiene. Y no alcanza para las dos cosas, el bastidor, el vestido… ¡Bendito dilema éste! ¿Pagamos la deuda, dormimos bien o se viste ella? Anda, bebe para que puedas pensar mejor. ¿No te parece que deberías comprarle su vestido y su ropa interior? Ella ya ha sufrido tanto que vale la pena premiarla alguna vez.

 

Sonó otro habanero. Bailó otra vez. Sí que está mejor el vestido para ella, ¡qué caray!

 

Y para los hijos, ¿qué? ¡Maldita sea! ¡No se pueden tantas cosas a la vez! ¡Ahora todo el mundo necesita algo! ¡Pues entonces, el bastidor y la colchoneta! ¡Y Pegao que se espere, maldito usurero! ¡Y ella que remiende más! ¿Acaso no andas tú remendao también?

 

¡Pégame uno macho! -se dijo a sí mismo. ¡Ajá! ¡El último trago de la tercia! Un poco mareado, ¿eh? Todo el día sin comer después de una jornada tan dura. Pero, ¡bailemos la última vez! Ahora esta guaracha… ¡Qué bueno, qué bueno! ¡Cuánto tiempo, cuánto tiempo! ¡Qué ambiente el de este bar! Y tener ahora que regresar a aquella bendita choza que se moja por dentro cuando llueve…

 

-¡Llueve afuera y escampa adentro, maldito sea el Diablo!

 

Bueno, ¿y por qué no piensas en comprar unos cartones y una plancha de zinc para reparar la casa? Sí que es incómodo estar allí cuando llueve. ¡Caramba!, ¿cómo no habías pensado en ello? … Pero, ¿y el bastidor? ¿Y la colchoneta, entonces?

-¡No alcanza pa´to!

 

¿No crees que es mejor reparar la casa? Pegao que se espere. Tu mujer que remiende. Es mejor protegerse de la lluvia que dormir bien. ¿Acaso no has enfermado con ese bendito aire de la madrugada que entra por esas rendijas tan grandes? ¿Acaso no sufriste tanto aquella gripe que comenzó ese maldito día de lluvia, cuando se mojó toda la casa por dentro? …

 

Miró por un momento la botella vacía en la mesa. ¡Qué Pegao, qué ropa pa la mujer, qué ropa pa los niños, qué bastidor y colchoneta, qué agua y luz, que el bojío se moja…! ¡Maldita sea, el Diablo! ¡No alcanza pa to!

-¡Ey! ¡Tráeme un Car´e gato y un chicharrón de pollo!

 

 

Ramón Francisco

(1929-2004)

 

jueves, 23 de abril de 2026

LOS DIAMANTES - Virginia Elena Orta

 

LOS DIAMANTES

(Cuento mitológico)

 

Plutón, con un humor más negro que su reino, se paseaba por las galerías de su palacio, gesticulando y hablando, aunque nadie le escuchaba.

 

¡Cualquiera se habría acercado a calmarle en aquellos momentos, cuando su rostro mostraba el sordo furor que rugía en su pecho!

 

Plutón tenía mal genio de suyo, y como su reino no estaba en condiciones de alegrar a nadie, en sus días malos causaba verdadero pavor verle, como energúmeno, retratadas en sus rudas facciones todas las durezas de su corazón.

 

Aquel día parecía ser uno de sus peores. ¡Y cómo no!

 

Proserpina, su cara mitad, había amanecido caprichosa, inconforme, quejándose amargamente de la lobreguez de aquel reino, por ella compartido.

 

Y aunque el rostro del marido habría impuesto respeto al mismo Hércules, ella, una mujercita fina y delicada como una alondra, se había encarado con él para decirle con sobrada impertinencia cuanto a la boca llevó su rebeldía.

 

-¿Por qué estoy en este sombrío palacio, oh Destino? gemía sin importarle nada las arrugas que se multiplicaban en la frente de Plutón.- ¡Reniego mil veces de la inmortalidad aquí, que ella me condena a la eterna contemplación de vuestros sombríos dominios!

 

-No te quejes, -replicó él con admirable calma. -Eres reina, tienes una corte a tus pies.

 

-Valiente corte la tuya -exlamó ella con sorna. -Tener el Vicio, la Crueldad, la Calumnia, la Envidia a mis pies! ¡Ver de continuo los feroces rostros de los hijos del infierno, mis cortesanos, que solo me causan horror! ¡Oh! ¡Mejor quisiera estar en la tierra! ¿Por qué me arrebataste de ella, mi patria?

 

-¡La tierra! -dijo Plutón con sorna también. -pero desdichada, ¿no sabes que la tierra es un infierno, y que si allí fueras reina tendrías a tus pies una corte igual a la mía?

 

-¡Mentira, mentira! Allí no tienen rostros tan feroces como los que aquí me rodean.

 

-¡Tonta! -exclamó él con desdén. -Son los mismos, pero disfrazados hábilmente y guiados por aquella, la más vil de mis hijas, la que arrojé de aquí, y allá fijó su residencia: la Hipocresía.

 

Al escuchar el cruel insulto, Proserpina puso el grito en el cielo, y como hasta él llegaran sus lamentos y Júpiter se enterara de la desavenencia, no queriendo Plutón desacreditar su alardeado temple de voluntad y su poderío y no viendo que de otro modo pudiese calmar a su mitad, empezó a ceder, y aun a tratarla con cierta dulzura desacostumbrada.

 

No hay para qué decir que Proserpina, en vista del terreno ganado, se sostuvo en la ofensiva; no tardando en declarar que abandonaría su triste mansión para volver a la tierra.

 

Ahora bien, Plutón no quería pensar en ello, y tales son los motivos por los cuales le hallamos tan sombrío.

 

Parece que después de meditar detenidamente el asunto, el rey tomó el partido de convencer a la reina de que aún mucho peor que el infierno es nuestro desdichado valle de lágrimas, y dirigiéndose a su habitación empezó una larga perorata llena de elocuencia, exponiendo por primera vez desconocidas dotes de oratoria, explicándose con calor, presentando ejemplos, datos conmovedores; en fin, haciendo verdaderos prodigios de perspicacia y tacto.

 

¡Pero cualquiera convence a mujer de cabeza dura, que no entiende de razones!

 

Toda aquella alocución cayó en saco roto, y erre que erre seguía en sus trece la diosa del infierno. Verdad que a cada razón del marido opuso ella una réplica más o menos oportuna.

 

No se desanimó él, y continuó demostrando con irrecusables verdades sus razones, y ella, al verse vencida en aquel torneo de palabras, comenzó a llorar amargamente quejándose... de que en la tierra había algo bueno que no tenían en el infierno... las flores.

 

Nada tuvo que contestar el rey del Averno a esta verdad abrumadora, y bajando la cabeza, furioso, se apretaba las manos una con otra.

 

-Me voy para ese Paraíso que tales adornos produce- chillaba ella sin el menor respeto a su categoría. - Desdichada de mí, que con nada puedo realzar aquí mi belleza!

 

-¡Flores dijiste! -gritó el dios, o más bien rugió trémulo de ira. -Yo te daré algo mejor para que te adornes, -añadió metiendo la mano en un horno encendido que por allí había y sacando algunas brasas que apagó entre sus nervudos dedos.

 

-Toma mujer-dijo- ya tienes las flores que aquí se producen.

 

Te burlas de mí- clamó ella rechazando la mano de su esposo. Y volvió a gemir sin consuelo.

 

-No me burlo: abre tus bellos ojos y mira... Ella por curiosidad miró lo que le ofrecía, lanzando un grito de sorpresa y placer al ver los apagados carbones convertidos en piedras que lanzaban cascadas de luz fosforescente de un brillo fantástico,

deslumbrador.

 

En tanto él reía a más y mejor al depositar en la falda de su aturdida mitad los brilladores carbones.

 

Proserpina se dedicó desde ese día por completo a sus nuevas joyas, que en joyas había convertido un diablillo inteligente, a las flores del infierno.

 

Plutón, mohíno, la contemplaba cada día más vanidosa, más necia, más pagada de su belleza, que sin cesar adornaba con las fosforescentes luces de sus joyas... Llegó el caso de que el desdén de la reina alcanzara a su mismo compañero, con menoscabo de su majestad y exposición de un rompimiento peligroso; pero ello es que la Soberbia y el Orgullo se habían hecho consejeros favoritos de su Alteza, y la cegaban con maña.

 

Sabido tenemos que así sucede... casi siempre.

 

Y no es esto solo. La Envidia había revuelto a los habitantes del Averno promoviendo una verdadera rebelión. La Perfidia trabajaba activamente en ella, y las delaciones se sucedían ante el trono, de modo que el rey, desde el malhadado asunto de los carbones, no había tenido día tranquilo, y empezaba a juzgarse, por primera vez, el más desdichado.

 

Las cosas llegaron a su colmo el día que Proserpina, radiante de pedrería, quiso subir al Olimpo, para lucir en él sus esplendores. Plutón no pudo resistir su ira, y arrancando los diamantes a la reina, los arrojó con ímpetu al infinito, con tal fuerza, que por nuestra desgracia acertaron a caer en los abismos de la tierra.

 

Proserpina cayó presa del más espantoso ataque nervioso, librándose así de la furia que aún quedaba en el pecho de su rey y marido, furia que desahogó él en las desdichadas joyas.

 

-¡Malditas! -gritó.- Seréis causa de crueles ambiciones, de infames crímenes, de viles deshonras, de desdichas sin cuento.

 

Atraeréis a la Envidia hacia vuestro brillo funesto.

 

¡Seréis fuego de infierno para quien os desee!

 

A estas voces volvió en sí Proserpina, y a su vez habló interpelando a sus perdidos bienes:

 

-Benditas! ¡Ya que no puedo poseeros, llevad al pecho de la mujer que os posea los encantos que el mío ha gozado! ¡Embelleced la garganta, el cabello sobre el que os asentéis con fulgores de aureola!

 

Y Plutón, calmado su enojo, añadió burlón:

 

 

-¡Brillad, deslumbrando, sobre las cabezas que queráis perder!

 

Virginia Elena Ortea

(1866-1903)

 

 

miércoles, 22 de abril de 2026

LA FUERZA ANIQUILADA - Aída Cartagena Portalatín

 

LA FUERZA ANIQUILADA

 

¡Ayayay, tía!, llegó Prebis con los dominicanos ausentes. Un avión de Nuevayork la trajo para pasar las navidades, ¡si la vieras!, vestida como Barajita la de la capital o la Comaisita de La Vega, collares sobre collares, pulsas y más pulsas, además, una peluca rubia. Y lo que sacaron esta mañana del carro es para perder la cuenta: diez maletas, cuatro cajas, flores de papel y dos muñecas. Y qué, ¿no te preguntó por mí? Ese nombre americano de Prebis es una mentecatería de mi comadre Prebisteria Sánchez, y lo que tú dices que la pone tan fisquibis es una manera de creer que le va a dar changüí a todos los de Guaco. Fran-Francisco, no me interesa, pero dime: ¿Qué otra cosa viste? Tía-madrina, no hablé con ella, al ratito llegó un ingeniero o arquitecto con una funda muy grande llenita de papeletas de nosotros para cambiárselas por las de los americanos. Ayayay, tía, ¡cuántos billetes!

Las noticias de Fran-Francisco corrieron por todo el campo. Y llegaron para verla los vecinos, los hermanos, los compadres, los amigos, etc., etc. La Prebis fue la nota social durante aquellas navidades. Ya Prebisteria no lavaba por paga, ya Prebisteria no planchaba por paga, ya Prebisteria no se acostaba por paga, ahora Prebisteria se encontraba zaratacos a los vecinos de Guaco.

Sin embargo, felizmente para ella, a los tres días apareció por su casa, para verla y recordar, Andrejulio. Este se apoderó de Prebisteria y de un radio de transistores que ella compró para su hija. El radio los unió más, oían las estaciones de la república, con preferencia las de la capital, y por onda larga las de Aruba o de Bucaramanga, y gozaban sobre un catre los programas de peticiones. La Prebis dijo que era fan de la Montiel.

Y el sargento Valenzuela hizo que le dedicaran "Bésame mucho" cantado por Sarita Montiel, y si no había interferencias, a

Andrejulio le interesaba oír las verdades que decía Fidel desde

La Habana. Cuatro días después ella encargó, como el que tenía en Nuevayork, un box-spring, y claro, claro, jayayay, tía, qué lujo! Botaron el catre de tijera, y, claro, claro, se hizo más confortable el sueño, oír la radio y alargar las conversaciones, etc., etc., pero ella no estaba tan feliz porque para eso yo trabajo overtime y ahora eso de que mi hija no viva aquí no tiene perdón, y las tantas cosas que le traje a mi Calandria y a sus hijos, y los de aquí se regustan diciéndome que baila en un cabaret de la capital. Creo que hice mal dejándola sin bautizar. Cosas del demonio, quién sabe. Todo fue como un relámpago, el cura tomó el hisopo lleno de agua bendita en una mano y en la otra el boleto del civil, te dije que fue como un relámpago, le tiró el boleto a mi compadre y mirándonos con ojos de cuyaya vieja, gritó: eso no es de gente, y la dejó sin bautizar. El cura se sintió ofendido con el nombre: Calandria era nombre de pájaro, no de gente, ni estaba en el almanaque.

Calandria. Por ella había hecho esos sacrificios de trabajar overtime para venir, para traerle de todo. Algo conmovido, Andrejulio la invitó a que viajaran a la capital. ¡Ayayay, tía, qué fracaso! El chófer volvió al volante seis veces después que los polis de carretera registraban el equipaje, y tanto él como Andrés le explicaban que la Prebis no tenía cédula al día porque residía en Nuevayork. ¡Andrés, Andrés, Andrejulio, cómo me trata la vida! Aquellos madrugones para no caer en el troubel, que es como si majaran o te quitaran el aire, y en el coche bajo tierra agarrada a una correa camino de la manufactura, y hasta tres docenas de sábanas diarias para la Canón, y si son fundas hasta seis docenas, y cuando termino me levanto y cierro la máquina y pienso que voy a desplomarme, pero, Andrés, money, very mucho dinero, y de regreso tú y la Calandria en mi pensamiento, esa hija que sacó algo de mí, ¿me recuerdas, Andrejulio, antes de gastarme así y perder mi lozanía?, ¿recuerdas, Andrés, lo que me pasó contigo en el barranco?, a veces creo que tengo un libro de registro en la cabeza, ¿dónde se va todo ahora? Ay, hijo del alma, las penas me van apagando y gastando el cuerpo y la Calandria bailando en un cabaret, y tú más indiferente ahora, solo te quedas media noche en el spring por temor a esa otra que te pare los hijos, o por miedo a la guerrilla con que asustan radios y periódicos, y pensar que dentro de diez días tengo que tomar el avión, ay, Andrés, ese avión para quí parallá y subebaja a lo loco y yo con el cuerpo tan adolorido y los huesos que pensaba iban a decacararse.

Andrejulio cumplió la promesa y llegaron a la capital, era tan difícil llegar a Villa Duarte como en los días de la revolución. Allí estaba el cabaret donde bailaba Calandria, allí una amiga le cuidaba los muchachos, allí, allí... Y aquello de Andrés no dejan pasar, Andrés yo quiero pasar, Andrés, mi hija. Pero vino un poli y otro poli y otro poli y la gente fue retrocediendo. La Prebis hizo una señal al que tenía más rayas, le pasó diez pesos de regalo y el paquete con la dirección: Llévele todo eso a Calandria. Los trajes son para ella y los jerséis para los niños. Dígales que nos veremos el año que viene, aunque tenga que venir nadando.

Cuando regresaron a Guaco la radio de trans le aclaró lo de los registros y lo del cierre de Villa Duarte. El noticiero lo explicaba claro: "Por la mañana hubo detonaciones cerca de Puente Seco, próximo al farallón, donde un regimiento completo atrapó a Amaury. Luego, a las 10, en la Duarte arriba, cayó el Tuerto, presunto miembro de una banda de atracadores". ¡Ayayay, tía, qué viaje más, más...!

La Prebis resolvió no volver, en su país tenían que poner orden los americanos, tenían que dirigirlo todo los americanos. ¡Tía, ayayay qué loca! Pero tres años después, gastada fisicamente por el trabajo, calor o no, lluvia o no, nieve o no, lava, plancha, corre, cocina, el troubel, etc., víctima de una depresión nerviosa la devolvieron a su país. A ella que había gas tado todas sus fuerzas en la manufactura de los americanos. ¡Ayayay, tía, "remember" te mandó Prebisteria Sánchez!

 

Aída Cartagena Portalatín

(1918-1994)

 

 

martes, 21 de abril de 2026

La fértil agonía del amor - Marcio Veloz Maggiolo

 

La fértil agonía del amor

 

Emilia me miraba de reojo, y con sus grandes silencios me envolvía como en una atmósfera de polvo y nubes densas. Entonces el sudor me chorreaba por las caderas, y debajo de mi impecable traje de gabardina a rayas percibía el cosquilleo de las gotas, rodando, asustadas, y ahogándome en una humedad casi de río revuelto, de arroyo en penumbras, de sombría catarata cuyo origen no era sino el deseo.

Hube de sentarme muchas veces en mi escritorio de funcionario cabal para admirar su perfil, sus piernas carnosas y rectas a la vez, sus muslos azules, o verdes –n o sé–, que imaginaba como cubiertos de un barniz brillante y transparente. Pero lo que más me enervaba era sentir su respiración cargada de jadeos cerca de mis oídos, cuando me traía, con manos temblorosas, los oficios, las cartas, toda aquella montaña de papel que preparaba cotidianamente para que yo firmase con una paciencia de cartógrafo, y con indudable mirada de burócrata que debía olvidarse del amor por la mujer del compañero.

Estaban separados desde hacía largas semanas; no sé por qué en ese momento pensé en la pobreza de su matrimonio, en su agrio sentido de la realidad. Me vi de pronto atraído por sus grandes ojos color ciruela y por una boca que, sin ser carnosa, tenía justos los límites de almendra madura que tienen las bocas que emergen desde las novelas de las revistas de moda. Desde que miré con interés sus manos largas y coloreadas con uñas perfectamente esculpidas, pensé en caricias, en informales besos, en madrugadas furtivas. Pero todo ese mundo imaginario se reducía a un silencio que se congelaba cuando había la oportunidad de expresarle una frase galante, un piropo; esperaba la "coyuntura", como dicen los políticos de izquierda, pero cuando esta aparecía, mis instintos reculaban, l1enándome de un deseo insatisfecho que me hacía agonizar cada mañana, en los momentos en que sentía el ruido de sus dedos sobre el teclado y el ruido de sus palabras confusas y abigarradas agolpándose en mi oído, en mi imposibilidad de siquiera tocar una de sus manos.

El deseo se fue haciendo obsesivo. No podía concentrar mi actividad. Las llamadas no tenían sentido si junto al teléfono no estaba Emilia. (Me miraba con ojos terriblemente ansiosos. Yo que iba a decirle: era en verdad mi jefe; tan impecable, tan vestido siempre de azul; con esa inteligencia que atrae el amor de las mujeres como si el hombre fuese miel y el amor abejas girando. Yo repetía su nombre por las noches... Gabriel, Gabriel, y sabiendo que traicionaba la memoria de Juan, lo hacía. Cuando me acercaba con las manos llenas de papeles para indicarle donde debía firmar los formularios de capias azules o rasadas, pensaba que su timidez lo llevaría al descalabro. ¿Pero y la mía? Muchas veces, antes de mi separación de Juan, pensé en darle un beso, así de repente. ¿Pero cómo reaccionaría un hambre circunspecto y tan formal? Sabía perfectamente que su mirada no era la de un amigo. Además –y esto es importante– sus mejillas se sonrojaban can frecuencia, y yo, como mujer que he sentido el amor y que he visto tantas mejillas sonrojadas, sabía que él deseo le llenaba los sentidos).

Aquella mañana llegué temprano. Emilia llevaba zapatillas doradas, no precisamente las que debieran usarse en las oficinas. Miré su tobillo derecho y descubrí un lunar; una mancha azulada, muy bella, que parecía flotar sobre una piel suave, untuosa, cálida quizás. Me quedé mirando fijamente aquella mancha en la que comenzaba el misterio de un cuerpo que sólo Juan conocía plenamente. Largo tiempo estuve ensimismado en ese lunar que me ayudaba a construir, con imaginación temerosa, los muslos brillantes; los senos que flotaban casi en el aire cuando Emilia llegaba en las mañanas con ese perfume cama de palmeras en flor; el ombligo profundo, que imaginaba como un pozo de mieles y azúcares. Miré esa mancha y la mancha comenzó lentamente a desaparecer. La vi difuminarse como esos cuadros que se deshacen, se disuelven, en las películas de Bertolucci; como esas nubes claras que de tanto estirarse se convierten también en azul del cielo, en recuerdo de manchas casi transparentes. (Me miraba profundamente. Ahora, tal y Como lo hacía desde semanas atrás, clavaba sus ojos en mis manos, en mi cuerpo, en mis labios. Era un tipo de fruición que me hacía sentir orgullosa y molesta a la vez. No era la mirada dura y persistente de Juan, aquella mirada que sólo tenía sentido si el futuro inmediato era el lecho, esa cama grande y cuadrada en donde nos desahogábamos con mecánica frecuencia. No. Los ojos de Gabriel caían pesadamente en mis encantos haciendo fuerza sobre ellos, absorbiéndolos, si absorbiéndolos, porque yo sentía sobre la piel ese Cosquilleo que comenzó siendo como una caricia y que posteriormente tomó a transformar el mundo de nuestros alrededores). Vi el lunar desaparecer. Aquella tarde me quedé pensativo. Aunque revisé en casa los papeles que Emilia había ordenado, deseaba seguir viéndola. Quería trasladarla a mi habitación, seguir contemplándola intensamente, hasta colocarla dentro de mí, hasta convertirla en algo así como una parte de mis situaciones. Su foto, conseguida del periódico cuando cumplió los 24 años, no me servía de nada. La había colocado cerca del pequeño florero que adornaba mi habitación, en el mismo marco en que estuvo la foto de Odilia, mi penúltima amante. Comparaba este amor nuevo, este amor lleno de incomunicaciones con el de Odilia, gritón y miserable, y comprendía las dificultades que se me presentarían. Decía Odilia que la mujer era como una gata rabiosa, porque cuando el deseo la atenazaba, preparaba las garras y se daba por entera agrediendo al hombre que amaba; pero con Emilia no sucedía lo mismo. Mi silencio y ese deseo reprimido eran como el reflejo del propio ser de Emilia. Yo esperaba que ella diese el primer traspiés, la primera oportunidad. Cuando la llamaba por teléfono ciertas noches con la intención de invitarla a cenar, preparaba de antemano los argumentos que habría de utilizar; le diría que me sentía solo, que sabía que también ella lo estaba, que deseaba discutir con ella, fuera de las horas de oficina, algunos problemas personales, porque le había tomado gran confianza, que luego de la cena daríamos un paseo en el automóvil, y que más tarde hablaríamos de importantes proyectos. No le haría ver que una vez hecho ese primer contacto la llevaría a bailar y a tomar algunos tragos en La Fuente, en el Maunaloa, o en cualquiera de esos centros festivos en los cuales es posible hablar al ritmo de orquesta. (Me miré el tobillo cuando el agua tibia y dulce rodaba por mis piernas aquella mañana y noté la desaparición de la mancha heredada de mi madre. Era una mancha de familia. Juan me decía que era lo más bello de mí. Pero desapareció como por encanto. Mi abuela también la tuvo). Mis llamadas telefónicas, sin embargo, se convertían en contactos y conversatorios sin objetivo; pronto perdía el sentido de todo cuanto había planeado, y durante largas horas conversaba con Emilia de proyectos futuros, de posibles aumentos de los precios del petróleo, de los nuevos maquillajes Max Factor, marca que ella utilizaba aunque no era la más cara ni la más elegante. Se me iba la vida en ese esfuerzo mental que precedía a mi intención de romper la barrera y lanzarme sobre Emilia para siempre, sin embargo, me detenía el terror de verla decir no. Ese día de abril, si mal no recuerdo, me miré el tobillo derecho y vi en él la mancha azul de Emilia. Un lunar similar al de ella se había apoderado de mi pie derecho. Quedé estupefacto. (No dije nada. Pero comenté con Gabriel, mi jefe, la pérdida del lunar. Los lunares se heredan, son el resultado de viejas leyes de la herencia). Cuando me lo dijo ya lo sabía. No quise señalarle la coincidencia. Hubiese podido informarle que a mí me había salido una mancha similar a la de ella, y precisamente en el mismo sitio. Pero hubiese producido terror en su temperamento frágil; o tal vez ello hubiese permitido una profunda conversación sobre lo penetrante del verdadero amor y abierto las puertas para un entendimiento, para unas relaciones que en su imposibilidad me llenaban de angustia. (Es que a la mañana siguiente me sentí mal y no quise ir a la oficina. Gabriel me llamó. Decía que mi imagen no podía separarse de su cabeza, que era realmente una obsesión de trabajo el pensar en mí y el buscar mi ayuda en cada momento. Yo pude decirle: no Gabriel, lo que sucede es que estás enamorado de mí y no tienes el valor de expresarte, entonces me miras con esos ojos negros y con ese ardor que no te deja concentrarte…).

Y es lógico que suceda, la presión psicológica ha sido fuerte. Yo creo, doctor, que estoy cambiando profundamente. Me parece que no bastan esas explicaciones, porque no sólo es cuestión de haberme enamorado, sino que quiero a esa mujer, y no tengo modo de expresarle cómo la quiero. (Por la tarde del miércoles 15 de abril Gabriel me ha llamado. Mi certificado médico ha estado unos cuantos días en el gran escritorio, porque tampoco él ha asistido al trabajo. Carola, mi sustituta, me ha dicho que aún no envía un certificado, como lo he hecho yo. Sin embargo, en sus llamadas intensas y agobiantes, Gabriel no me dice ni me pregunta sobre nuestra mutua distancia, y sobre el coincidente alejamiento de la oficina. Debería decirle claramente que mis manos se han hecho gruesas de improviso, que mi pie, casi infantil, se ha hecho casi pie de hombre, con vellos y sudores fríos; que mis cejas han crecido de pronto, teniendo que afeitármelas para volver a dibujar sobre el arco finas cejas de mujer. Juan me ha llamado esta tarde para el intento de un arreglo. No me he atrevido a decidir nada; mi mundo comienza a dar vueltas y estoy perdida como en un marasmo, y Juan ni siquiera lo comprendería; estoy segura de que sería feliz junto a Gabriel, pero lo mismo que a él, una timidez terrible, devastadora, me acosa, y sólo puedo tenerlo en sueños, cuando reacciona mi espíritu y 10 veo posarse sobre mi como una mariposa, y acariciarme y hacerme el amor con la mayor de las suavidades del mundo). He notado en Emilia como un dejo de tristeza, y no dudo que su ausencia de la oficina se deba a mi retiro por unos días hasta poder dar con los motivos y resultados de este cambio. Hoy he observado mis manos y casi son las mismas de Emilia. Si me dejase crecer las uñas y usase uno de esos pigmentos para decorarlas no habría diferencia. Las paso sobre mi cuerpo, sobre ciertas partes de mi cuerpo, imaginándome qué sentiría si estas manos fuesen las de Emilia realmente. Ello me produce una extraña sensación, porque cuando cierro los ojos, son esas manos algo diferente, y siento, al posarlas sobre mis sentidos, como si estuviesen fuera de mí, con la terrible certeza de que lo que siento es, precisamente lo mismo que sentiría Emilia al hacerlo.

(Entonces reconstruyo aquellos momentos, y creo que sería imposible acariciar a Gabriel con estas manos rústicas, con estos dedos que no son los míos, con estos labios que se han ido poniendo duros, masculinamente duros, y con los que besaría a Gabriel a pesar de todo. Ayer ha sido un día insólito; Juan ha venido, ha tocado esa puerta, y entrado. Me ha mirado con asombro: –¡Has cambiado mucho en poco tiempo, Emilia!, me ha dicho. Le he contestado que mi corazón se entrega lentamente a otro hombre, que ya no me interesan sus propuestas, y que el cariño que sentía por él ha terminado definitivamente. Entonces ha tomado mis manos con un gesto de amor, con ademán de reconciliación, y estas manos ahora rudas se han zafado violentamente de las de Juan, acobardadas, porque son como manos de hombre, que no quieren sentir tacto de hombre. Las he pasado por mis cabellos y he tenido la sensación de que Gabriel ha puesto sus dedos sobre mi frente, y he llorado, llorado mucho, pero mis propias manos me consuelan, porque las hago recorrer mis mejillas pensando que Gabriel está aquí, junto a mí, diciéndome por fin que el amor nos hará felices) .

Salir o no salir. Esta mañana me miré al espejo y supe de improviso que había tenido a Emilia para siempre. Ya no sólo eran sus manos, sino sus senos, sus dientes; yo mismo era ella, y ella era quien desde el espejo me miraba coquetamente. Sólo dos semanas habían sido suficientes para que mi pensamiento la interiorizara de tal manera que sus atributos pasaran a ser parte de mí. (Quise salir y no pude, Gabriel estaba en mí, vivo, atento, como un viento de la noche que acecha tras el ventanal. Mis labios sintieron el nacimiento del bigote azulado; soñé que me enamoraba de mí misma, porque Gabriel era yo, y yo era Gabriel, sudaba, temblorosa o tembloroso, por así decirlo, porque mi sexo comenzaba a cambiar. No le había dicho nada, pero la última vez que conversamos nuestras voces se transmutaron al punto de que cuando le hablé emití el sonido de su propia expresión sonora, dulce, la expresión del jefe administrativo que me miraba con fruición las manos y que soñaba con mi garganta, y que pensaba en mí –ahora lo comprendo– con deseos profundos de tenerme). Esa tarde me decidí. Sabía, casi intuía a ciencia cierta lo que había pasado con Emilia. Aquellas conversaciones, aquel cambio de carácter, aquel hablarme del amor del hombre por la mujer, cuando yo debía haberle dicho a ella lo del amor de la mujer que el hombre debe sentir siempre; aquella confusa sensación de ardor en los labios cuando la brisa fresca de la noche me reemitía al recuerdo, y aquel desear que el recuerdo se invirtiera, y que ella fuese, realmente tan asustadiza como yo, y yo tan tímido como ella. Todas estas sensaciones me decían que cada uno había pasado a formar parte del otro. Ella era él, es decir, yo; y en cambio él era ella, es decir ella, porque comenzaba a desear el nuevo encuentro, el encuentro de seres cambiados, trocados por el amor. Hasta qué punto ella me reconocería en él, y hasta qué punto yo me reconocería en ella. Debíamos resolver cuanto antes el enigma, vernos desde el otro sexo, desde nuestra nueva realidad vital, desde nuestra nueva manera de afrontar la vida. El encuentro inicial – después de las forzadas vacaciones– nos haría trazar la estrategia, la estrategia final, porque al fin y al cabo tendríamos que seguir viviendo. Vi esa nube, y pensé en mi manera de ver la vida; pensé en mis ropas de hombre ahora inservibles, y en sus ropas de mujer; en sus viejas modas –porque se hicieron viejas en solo horas–, y pensé – lo mismo que yo– en el encuentro, en esa necesidad. Entonces –ambos a dos–, y dentro del más gris de los silencios, hicimos la cita. Emilia me enviaría al apartamento uno de sus mejores vestidos, aquel del escote, le mostraría el comienzo de mis senos, y llevaría un tinte de labios encantador. Yo le devolvería con el mensajero mi traje azul a rayas, ese que huele a lavanda y que le hará quedar convertido en un caballero con suficiente garbo como para atraer la mirada de quien es ahora mi propia encarnación. Entraremos a la oficina uno después del otro. Nadie notará que hemos cambiado; yo llevo su lunar en mi tobillo, y ella lleva mi bigote y mi tibio pene que ahora comienza a conocer, lo mismo que yo poseo su sexo azulado, de lacias trencillas y carnosas empellas. Se sentará en mi escritorio. Me sentaré en su escritorio. Me aposentaré como una mariposa en su silla giratoria de secretaria eficiente. Se sentará en mi antes sillón de ejecutivo. Nos miraremos. Simplemente miraremos desde el forro de las cosas. Ella mirara en mí su viejo retrato, y levantaré lentamente la falda para mostrar su tobillo, aquel que dio origen a mi inquietud, y será entonces cuando ella, tan tímida como yo, verá difuminarse de mi pie el lunar azul, y sentirá en sus carnes de hombre emerger esa mancha... y poco a poco hablaremos de amor, y todo habrá de ser como antes. Y pasará el amor, porque todo tiene que pasar. Y nuevamente estaremos de vacaciones, cambiando constantemente, buscando ser el uno para el otro de manera terrible, de manera infructuosa, pero siempre en la agonía de hacer realidad el amor.

 

Marcio Veloz Maggiolo

(1936-2021)

 

LA CARNADA - Hila Contreras

 

LA CARNADA

 

Una esquina en San Francisco de Macorís, próxima a la iglesia católica. Una esquina quieta, como garita de centinela en la vía empolvada que es calle en el pueblo y carretera a través de los campos. Puesto de observación, ojo del barrio de múltiples pupilas, una sombra alcahueta para los desocupados que charlan con la vista extendida sobre la perspectiva copuda del parque y un descanso para el caminante.

En ella hace alto un viajero. Viene descalzo, con pantalón de fuerte azul arremangado. Oscuro y crespo. En la mano una funda listada de vientre deforme y en los brazos, un bulto. Trae calor. Un calor de kilómetros recorridos a pie. Del bulto sale un lloro de bebé. En cuclillas, el hombre da libre curso a su extrañeza. Para su cerebro –que ahogan las brumas de la ignorancia– es algo inexplicable el llanto del niño.

—¡Usté ha visto! –se queja a dos asiduos de la estratégica garita–, dende Rincón no ha parao de jimiquear.

El día no pasa de media tarde, pero el tiempo nublado y tenso de electricidad amenaza lluvia.

—Cuidado si ese niño tiene hambre– insinúa la pupila estudiantil de ese ojo sin sueño que es la esquina.

—¿Hambre?… Asina como usté lo ve, este bicho ha tragaó ma pan que el caray, ya ni an lo quiere.

El estudiante se inclina y examina al niño que patalea y se desgañita entre los dobleces de una sábana.

—Amigo –dice–, ese niño tiene hambre, hambre de leche, y si no tiene hambre, le hace falta su madre.

—Y malo que tá…

—¿Malo, por qué? ¿Es huérfano?

—Como si lo fuera… Se lo robé a la may.

—Eso se llama meter la pata –sentenció el compañero del estudiante–. ¿Y qué va a hacer con esa criatura ahora?

—Me va a servir de carná pa pescar una mujer.

Los contertulios de la esquina celebraron ruidosamente la respuesta del secuestrador. Mientras, el llanto del niño había subido de tono.

—¿Te va a callar asimplao?

—Pero algo tiene ese niño –impacientose el estudiante–. Regístrelo.

El hombre desenvuelve al niño, lo palpa y pregunta al fin:

—¿Tú quiere dir al monte? ¿Eh? Ve a ver…

La risa discreta de los dos amigos tremoló en el aire gris.

—E´ que él no tiene pacencia pa liriarlo –opinó un campesino recién agregado al grupo.

Entretanto ya el viajero había despojado al bebé de su camisita y lo instaba a confesar sus necesidades.

—¿Eh? Ve a ver bien… ¿Tú quiere dir al monte?

—Oiga –dijo el estudiante–, mejor será que atraque el paso porque va a llover.

—En eso mesmo taba pensando yo –confirmó el campesino–. Aguacero machucho que horitica cae.

—Déjelo caer, que pa eso cogí la sábana ma grande.

Como el hombre echa a andar con el niño desnudo en los brazos, el estudiante manifiesta sus temores.

—Se le va a resfriar, hombre de Dios. Mire que ya sopla brisa de agua.

—No se apure tanto, compay –contestó el viajero–, que asina como usté lo ve e ma fueite que un cancle.

***

Berto iba pensando camino de Pontón. Saboreaba su venganza. Sentíase fuerte y satisfecho en medio del cerrado bombardeo del aguacero. Así se hacía… La misión del macho es dominar a la hembra, vencerla y tratarla como le venga en ganas. ¿Qué derechos asistían a Elisa para repudiarlo después de haberle dado ese hijo?, sí ¿qué derechos? Querer a una mujer determinada es un favor que se le hace, pero no hay bicho más ingrato que la mujer. Ella está ahí para entregarse, para servir, para agradecer, y sin embargo Elisa se resistía, se negaba después del nacimiento del niño. ¡Porquería de mocoso! Era incomprensible… ¿Y por qué?, sí ¿por qué?… ¡Ah, ya! Porque le había pegado, ¿y eso qué? ¿Acaso no había Berto zurrado otras mujeres que se morían por él? Esa parejera de Elisa la domaría él… Después de todo qué son dos fuetizas ¿no había descuidado su café? y ¿no se encontró un día con el fogón apagado, sin un plátano siquiera? ¿Y cuál fue su excusa? Una estupidez: algo así como que entraba en el mes y no podía con su alma. No eran más que fisiqueras. ¡Je!, ya lo creo que la pela sirvió de algo. Se vio mal es verdad y fue necesario hospitalizarla en La Vega, pero al menos esa dramática entrada en el noveno mes le precipitó la salida. Era un mes economizado. ¿Y después? Después… Elisa le cerró las puertas tras haberlo hecho prender, se negó a recibirlo. ¡Ah…! ¿Conque el hijo podía más que él? A Berto no lo plantaba ninguna mujerzuela vieja. Se vengaría. Buscó la manera de hacerla suya de nuevo, se torturó el cerebro ignorante sin encontrar nada fuera de la violencia. Elisa se quejó a la Policía, y él, ante el ruido de las calabazas, huyó. En Pontón, inclinado sobre el conuco, concibió su plan y al cabo de algunos meses volvió a La Vega, a su trabajo de peón. Peón había sido en Macorís también, pero La Vega le gustaba más a causa de Elisa ¡y tan malagradecida! Cuando le fracasó el intento de reconquistarla por medio de los celos, decidió quemar su último cartucho. Así, se deslizó en la pieza en ausencia de la madre y se robó al mocoso, que juzgaba culpable de su humillación. Berto rió triunfalmente al imaginarse la cara de Elisa ante el catre vacío, en que momentos antes el niño dormía su sueño inocente de criatura inerme.

El aguacero lo calaba hasta los huesos, lo helaba. De repente oyó el llanto del niño. Había llorado todo el camino sin causa aparente; ahora siquiera sería de frío. Porque hacía frío y mucho viento. De la sábana corrían largos hilos de agua y el niño se desgañitaba en un lloro desesperado. Berto Pensó entonces en calmarlo.

—Cállese, compay –consoló al acurrucarlo mejor en sus brazos chorreantes–, cállese que horitica llegamo. Mire que su pay no tiene mucha pacencia.

Media tarde otra vez. Una media tarde lloviznosa y triste, porque era octubre y en octubre llueve mucho. Un rancho en Pontón. El rancho en que viven la madre de Berto y su hermano menor. Piso de tierra, techumbre de yaguas, paredes de tablas de palma. Dos piezas. El dormitorio está oscuro. No lo ventila ninguna ventana. En el catre mugriento duerme una criatura. La vieja María acerca un candil a la carita y la contempla largamente. Es su nieto y se le muere. Muchas fricciones y muchos bebedizos le han dado sus manos callosas y arrugadas, pero ha sido inútil. El niño de Berto se muere; lo carboniza la fiebre.

Sus hijos fuman sendos cachimbos en la otra pieza, y la vieja se llena de angustia. Todo lo ha hecho. Toda su ciencia de curandera se la ha prodigado ¿qué hacer?…

El mal tiempo arreció. Grandes ráfagas levantaban las yaguas al pasar, soplando por cada rendija un temor. En el camino se quejaron los frenos de la guagua. Un segundo después entraba Elisa en el rancho a medio mojar. A su vista Berto se levantó, la pipa en la mano y en los ojos una llamarada de triunfo. El peje había mordido en la carnada.

—¿Dónde está mi hijo?

La pregunta fue formulada airadamente, con cierto tono amenazante que encendió la cólera del hombre. —¿Qué te crees tú? –prorrumpió, dando un paso hacia Elisa–. Aquí mando yo y puedo aplataite de una tabaná… ¿Y quién e el pay de ese mocoso, yo o el Espíritu Santo? mujer que quiera ver mi hijo tiene que ser mía.

Elisa lanzó un juramento y luchó por desasirse de la mano que le destrozaba el brazo.

—Déjala, Berto –rogó la madre desde la pieza vecina–, el niño se muere.

Berto la soltó, súbitamente impresionado.

Arrodillada ante el catre mugriento, Elisa sollozaba.

—¡Mi probe angelito!… ¡Mi probe angelito!

El bebé parecía dormir con su dulce boquita entreabierta. Y su mamá, aterrada, le clavaba los ojos encima sin atreverse a tocarlo, como si temiera romper el hilo de su vida agonizante con la aspereza de sus manos de planchadora.

—Vamo a friccionarlo otra vuelta –propuso la vieja.

Sus dedos expertos comenzaron a frotar con mixtura de hojas el cuerpecito regordete del enfermito, semejante a un muñeco de lustroso chocolate. El niño no reaccionó. Toda la noche estuvieron velándolo. Al apuntar el alba, Elisa gritó y lo tomó en sus brazos, cubriéndolo de besos y de lágrimas. La vieja encendió las velas, la ayudó a amortajarlo y continuaron velando entre cánticos.

A la mañana siguiente, el hermano de Berto clavó la tapa de la rústica cajita. Los hombres montaron a caballo.

—Yo lo llevo –dijo Berto, ocupado en calzarse la espuela en el pie desnudo.

—Tú no lleva ná, te llevarán –bramó Elisa al descargar inesperadamente el machete sobre la nuca del hombre agachado.

Berto intentó erguirse. Cortóle el movimiento un segundo machetazo.

Hubo un rebullicio de mujeres que gritaban y jinetes desmontados que acudían. Desarmaron a Elisa enloquecida, pero demasiado tarde. Berto expiraba tinto en su propia sangre, con sólo una mano y desnucado.

Cuando la interrogaron en el Tribunal, Elisa dijo simplemente:

—Haga lo que le dé la gana, Señor Juez, pero yo no me arrepiento de ná, porque si mi muerto e´ ma grande, hay que convenir que su crimen le gana al mío en maldá. Dígame, Señor Juez ¿qué culpa tenía mi probe angelito? Que le diba a servir de carná, dizque…, po el peje se jondió al pescador con línea y tó. Berto era un cobarde y lo cobarde se matan asina, con su propio machete… y últimamente y sin que sea una ofensa: si yo lo dejo vivo, ¿qué le hubiera usté hecho?…

 

Hilma Contreras

(1913-2006)

 

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