domingo, 19 de abril de 2026

EN DONDE SE TRATA DE LOS TRES CONSEJOS - Sócrate Nolasco

 

EN DONDE SE TRATA DE LOS TRES CONSEJOS

 

Un capitán del rey, que había venido a menos después de perder una pierna y arruinarse en guerra santa contra los herejes, desilusionado se retiró a un pueblo remoto a vivir con su familia. Tres hijos le quedaron de su difunta esposa. El último se llamaba Prudencio: Prudencio Pérez de Sandoval. De los otros dos se extraviaron las actas de nacimiento y se olvidaron los nombres. El día que el mayor cumplió 18 años el padre lo llamó aparte y le habló de esta manera:

–Hijo: esta población es pequeña, la nación grande, los años que he vivido muchos y pocos los que por vivir me faltan; lo cual me empaña la vista sin permitirme columbrar el porvenir de ustedes. Tan pobre he venido a ser que el día que muera no dejaré más que mi espada mohosa, un caballo de guerra que al envejecer se ha puesto barrigón, esta casa y… un nombre que el rey no recuerda. Has debido comprender que, aunque la casa es pequeña en ella todos mis hijos caben y ninguno sobra. Medita esta noche, que a veces la almohada resulta buena consejera.

Al día siguiente el joven se despidió, luego de aconsejarles a sus hermanos que velaran por el padre, y se fue por esos mundos de Dios a correr tierra. Después de quince días de caminar buscando trabajo en lugares diferentes llegó a la hacienda de un señor que tenía fama de rico, en donde encontró qué hacer por el tiempo que quisiera. Con mucho ánimo se dio a trabajar durante un año, al término del cual calculó que había ganado bastante dinero y pidió el arreglo de cuenta. Se la arreglaron. Lo curioso fue que el hacendado, al pagarle, como quien no dice nada le preguntó:

–Joven: ¿desea usted su dinero en oro, o en plata, o prefiere en cambio que le pague con tres consejos?

–Señor: –respondió el trabajador sin vacilar– sus consejos serán valiosos; pero seguramente no compensarán lo que gané para remediar las necesidades de mi familia: entrégueme inmediatamente mi dinero.

Se fue el trabajador contento y todavía tres días después iba pensando en la infeliz extravagancia de aquel hombre. ¡Miren que venirle a uno con mansergas en cambio de trescientos sesenticinco días de trabajar de seis a seis! Eso no se le propone ni al pobre de juicio que pretendió asar la manteca. Iba pensando así cuando al pasar frente a un caserío oyó voces, mientras venía a su alcance un caballero a quien le preguntó:

–Buen señor: ¿qué estará ocurriendo allí?

–¿Allí?… ¿Pero es que usted no sabe que hoy son las mejores jugadas del año? Allí están jugando gallos, dados y barajas, –respondió. Para allí voy y si usted quiere entraremos juntos y jugaremos en vaca. Yo… no lo digo por alabarme: no pierdo nunca.

Entraron, y el trabajador se asombró al ver la facilidad conque pasaban tantas monedas de mano a mano. Aunque él no sabía de gallos ni de albures, siguiendo los consejos del improvisado amigo, creyó fácil aumentar la suma que llevaba. Jugó, y en un dos por tres perdió cuanto había ganado durante un año. Intentaba volver atrás; pero pensando que no sería aceptado por el patrono a quien le había contestado con destemplanza, siguió su camino y llegó a la casa paterna sin un centavo y contando historias.

Cuando el segundo de los hijos, que acababa de cumplir 18 años, supo el fracaso del hermano mayor decidió a su vez ir a probar fortuna. Le pidió la bendición al padre, abrazó a los hermanos y salió sin rumbo fijo. Anduvo trece días de fundo en fundo, en vano. Al término de tres semanas llegó a la hacienda del rico. Llamó desde la verja y perros bravos vinieron a su encuentro. Ladraron tanto que tuvo el dueño que salir a ver si se trataba de un vagabundo o de un bandolero. De pronto confundió el propietario al nuevo trabajador con el que había tenido durante un año a su servicio. Lo aceptó. Era pundonoroso como el primero. Trabajó a destajo, sin perder día, durante tres años.

–Ya he ganado bastante para establecer un negocio y cambiar la condición de mi familia… –pensó– y le pidió al rico que arreglaran cuentas.

El señor no opuso reparo. Contó moneda sobre moneda la ganancia del trabajador; pero cuando este iba a tomar la suma extendió el brazo derecho y posando la mano sobre el dinero retardó la entrega y sin venir a cuento propuso:

–Joven: ha sido usted un buen servidor y quisiera favorecerlo. Me he preguntado y le pregunto si en lugar de esta suma, que no es gran cosa, no será mejor pagarle con tres consejos, que en momento oportuno puedan serle más útiles, y que me quede yo con el dinero.

–Señor: –respondió el trabajador abriendo los ojos– ignoro y no negaré la virtud de sus consejos; pero ni creo ni he oído decir que las necesidades se remedian con razones. Entrégueme lo mío y quédese con lo suyo.

Habló con firmeza varonil mirando de igual a igual al hombre que lo había exprimido sin miramiento durante mil noventa y cinco días, no comprendiendo por qué a la hora del pago pretendía confundirlo con uno de tantos estúpidos.

El hacendado, sin pestañar ni darse por ofendido, retiró la mano y afablemente despidió a su trabajador, obsequiándolo con una hogaza y una botella de vino.

El joven, asegurando el oro en su alforja, respiró como quien se salva de un peligro y emprendió el regreso. Después de tres jornadas de caminar lo alcanzó un jinete que iba en un alazán fogoso y entraron en conversación. Era de buen talante y de palabra desenvuelta, el caballero. A poco de ir juntos parecía un camarada.

–¿Adónde se dirige usted, amigo mío? –preguntó el desconocido. Redundióle que regresaba al pueblo… tal, después de tres años de estar trabajando.

–En la misma dirección voy yo. Seguiremos juntos, que por ningún camino largo es conveniente andar solo y por ese menos. Y puesto que conozco estos lugares, siempre aprovecho la vereda de travesía en cuya entrada estamos, porque acorta el trayecto en no menos de dos jornadas y porque de trecho en trecho habitan personas muy honorables. Tengo, precisamente, que pasar por la residencia de un compadre mío, rico ganadero. En su establo dejé un caballo de paso fino. En él podrá ir usted montado, que un joven de buena familia como se comprende que es usted, con solo mirarlo, no debe aparecer andando a pie por los caminos, dando ocasión a que lo confundan con uno de tantos peones. Hay que ponerse en el lugar que a uno le corresponde, compañero.

Entraron por la vereda. A poco de andar oyeron música de guitarra, güira, pandero y cantos bien concertados. El caballero refrenó, miró el sol, calculó la hora, y dijo:

–Tenemos tiempo. Dentro de un par de horas llegaremos a la casa de mi compadre.

Animándose y animándole, agregó:

–Compañero, me huele a fiesta… Entremos, gocemos, que a la ocasión la pintan calva, la vida es corta y hay que saberla disfrutar oportunamente.

Desviándose de la vereda llegaron a un fundo. A la sombra de espaciosa enramada varias parejas bailaban y cantaban. En sitio aparte dos hombres jugaban al naipe. El dueño del negocio les brindó a los recién llegados «un buen trago de anisete» que sabía a gloria, confortaba los nervios y calentaba la sangre. El caballero, que daba para todo, tomó a una bailadora por la cintura después de decirle a él en alta voz:

–Compañero: coja usted la suya y demos una vueltecita, que ya mis pies están sintiendo cosquillas.

Al decir «la suya» aludió a una jovencita de melena al viento, cintura de avispa prieta, saya de verdes ramazones y corpiño rojo, que se acercaba ofreciéndose al trabajador. Los cuatro formaron círculo uniéndose por las manos; cumpliendo la regla cada hombre debía decir y dijo una copla que alternando contestaron las bailadoras. El caballero tarareó y cantó melifluamente:

 

–Yo soy como el gallo padre,

que sabe de traba fina:

adonde quiera que llego

canto… ¡y recojo gallina!

 

Taconeando, le respondió la moza que con él formó pareja:

–Mire que me pisa un pie.

Mire que m'está pisando.

¡Mire que nos ve mi madre!

¡Mire que m'está mirando!

 

Cuando al trabajador le tocó su turno no sabía qué cantar. Por fortuna le vino a la memoria la copla que repetía hasta aburrir un alocado de su pueblo, siempre que empinaba el codo, y así pudo salir del paso:

 

–Me güele a piña madura.

Me güele a flor de copá.

Me güele a mujé bonita…

¡Acabada de empolvá!

 

La del corpiño rojo y la melena al viento contestó:

 

–Dende que lo vi venir

le dije a mi corazón:

¡qué piedrecita tan buena…

pa yo darme un trompezón!

 

–Música, música muchachos, ¡qu'esto se va arreglando! –ordenó el dueño del negocio dando palmadas.

Sonaron guitarra, güira, pandero y gargantas, y marcando el compás con repiques de taconeos respondieron las bailadoras. Su compañera lo incitó con miradas y arqueos de brazos. Ciñéndose a él empezó a danzar con cimbreos de culebrón, mientras cantaba eslabonando una tonadilla:

–¡Ay qué jovencito

tan buen bailadó!

Lo pusién los Reye…

¡Me lo manda Dió!

¡Ay loileló!

Si me pide un beso…

¡le regalo do!

¡Ay loileló!

Si me muerde un labio…

¡le muerdo los do!

¡Ay loileló!

Si nos ve mi taita…

¡se lo manda a Dio!

¡Ay!…

 

Un trabucazo que le dispararon en los oídos, o un garrotazo que le dieron en la cabeza, le quedó zumbando durante horas. Volvió en sí confuso, queriendo desprenderse numerosos clavos que le perforaban las sienes. Se lastimó y el dolor le hizo comprender que le faltaba una mano, cortada a cercén. ¡Su mano! Una anciana caritativa y chacharera que lo recogió y lo cuidaba en su bohío, «porque era madre», le dijo que ya la mano estaba enterrada… Agregó un pero.

 –Pero… lo de la mano sería lo de menos. Manco se vive. Lo que a mí no me gusta –explicaba entrecerrando los ojos– es el chichón que se está regando en la cabeza entera. Con menos se han ido otros al otro mundo, cuando no se han vuelto locos. ¿Su compañero de viaje?… dende que lo vido caer con la mano mocha cargó con la alforja y se fue dizque a guardársela a usted por lo que tiene adentro. Dijo que volverá con el curandero después de darle aviso al Capitán de Partido. Pero ni ha vuelto, ni se sabe quién es, ni de dónde es, ni qué gallina puso ese güevo, ni si él mismo preparó la trifulca en combinación con el amo, ese sospechoso… Y como tarda en venir ya me se está figurando que es caballerito de industria: casi un hereje. ¡Y que me perdone el Señor el día del juicio si hago un mal pensamiento!… –remató la bondadosa señora.

Mocho, apaleado y desbalijado… Cuando pudo y como pudo retornó al camino real, se orientó y prosiguió viaje. Así lo vieron llegar a la casa paterna, en donde durante meses en vez de ayuda sirvió de carga.

Entonces el menor de los hermanos resolvió salir también a correr mundo y probar fortuna.

Pero como dicen que en la ausencia hasta el amor se olvida y ya él tenía una novia de quince años, que era un primor, y no quería que fuera de otro, decidió casarse y dejarla en la casa paterna. Quince días después del matrimonio abrazó por última vez a su mujer, que lloraba a lágrima viva, y arrodillado ante el padre habló con reposo de persona madura:

–Padre: écheme la bendición. Le confío mi esposa. Ante usted y ella juro que no regresaré en la triste condición de mi segundo hermano ni contando historias, como el primero. Jefe, o gusano. Cuanto necesario fuere trabajaré para restablecer el buen nombre de la familia.

Anduvo durante meses pasando apuros, desempeñando trabajos circunstanciales. De tumbo en tumbo fue a caer en un tramposo que, después de exprimirlo en trabajo rudo, a la hora de arreglar cuentas las enredó de manera que no valieron peritos y hubo de recurrir a un garrote persuasivo. Pagó así; pero la mayor parte de lo ganado quedó en las uñas del juez… que la justicia cuesta caro.

Se encaminó por otro rumbo, llegó a otros lugares y trabajó sin provecho. Pasaron años antes de entrar al servicio de aquel hacendado, famoso por su riqueza. Trabajó durante siete años y cuando intentaba pedir el arreglo de su cuenta el propietario tuvo que ir al extranjero a reclamar cuantiosa herencia. Tanta paciencia tuvo el señor, que regresó después de otros siete años largos, aunque riquísimo, encanecido, meditabundo y más callado que antes.

–Pues señor, –pensaba Prudencio–, a este la riqueza no le luce, o parece que el tanto gozar por allá lo ha dejado triste. El sábado le pidió que arreglaran cuentas. El propietario lo miró extrañado de que se quisiera ir. Luego sacó un papel de la gaveta de su escritorio y se lo entregó sin decir palabra. Era su cuenta. Callado siempre fue amontonando onzas sobre onzas de oro hasta la ganancia total.

–Esto, no más, es cuanto usted ha ganado, –musitó abstraído. Dígame si estamos de acuerdo.

Contó y respondió:

–De acuerdo, señor.

De repente se animó el rico, extendió el brazo izquierdo y poniendo la mano sobre el montón de dinero, propuso.

Prudencio, usted ha comenzado a encanecer en esta casa; aquí ha sido un guardián de mis intereses, un defensor y un amigo, y yo quisiera asegurar su porvenir. Se me ha ocurrido pensar que le podrían ser más utiles que esta modesta suma tres consejos. En cambio, yo me quedaría con el dinero.

Al trabajador, asombrado de semejante proposición, se le pusieron las pupilas ariscas y por primera vez le escudriñó los ojos al que había creído hombre de bien. Lo miró y volvió a mirarlo en silencio. Ni en el rostro ni en la vista advertía más que aquella inalterable rectitud que solo había visto trascender del semblante de su anciano padre. ¿Quién le dictó entonces la respuesta increíble? Casi no salía de él.

–Señor, tengo fe en usted; y aunque el que se somete a recibir órdenes de otro necesidad tiene, el corazón me dice que usted quiere favorecerme: déme los tres consejos y… pase lo que pase.

Para que los conceptos se fijaran en la memoria de su trabajador, midiendo y pesando cada palabra, el hacendado dijo sentenciosamente:

Primero: NUNCA PREGUNTES LO QUE NO TE IMPORTE, NI TRATES DE AVERIGUARLO.

Segundo: NUNCA DEJES CAMINO REAL POR VEREDA.

Tercero: NUNCA TE LLEVES DE PRIMERAS NUEVAS.

Medita y entiende estos tres principios, y fíjate sobre todo en el segundo, que las palabras suelen tener más de un significado. Además, para tí tengo esta hogaza, que no pesará al fin en tu alforja. Cuando sientas hambre la partirás solo delante del que te ayudó a trabajar. Entiéndeme: la Caridad, virtud cristiana, principia por uno mismo. Ahora me dirás si te vas quejoso.

–Señor: me voy conforme, y desearía saber si en caso de necesidad podré volver a trabajar a las órdenes de usted.

–No lo necesitarás, si sigues los tres consejos.

Se despidieron como si en lugar de patrono y trabajador fueran de condición igual. Prudencio caminó toda la mañana y, ya al medio día, al cruzar un arroyo sintió hambre y sed. Se detuvo. Ahí lo alcanzó un jinete de pistolas en el arzón y sable al cinto, que cabalgaba en una mula negra.

–Caminante, –le preguntó sin saludar– ¿podrías proporcionarme un pedazo de pan y un trago de vino? Noto que tu alforja pesa…

De primera intención se inclinó a obsequiar al desconocido, pero repentinamente la advertencia final del hacendado se le encendió en la memoria:

–Lo siento mucho, buen señor. Voy a pie, bebo agua del río y… ando de alforja al hombro –respondió.

–Sin embargo, –insistió el de la mula– noto que tu alforja pesa… Aunque si yo, que ando bien montado, necesito de otro es natural que un vagamundo no vaya mejor provisto… Dijo despectivamente, clavó espuelas y su mula reanudó el trote.

Pedigüeño y camorrista… mal compañero de mesa, –pensó Pérez de Sandoval. Cuando vio al malhablado perderse en la lejanía, a la sombra de un almácigo se sentó y partió su gran hogaza y… ¡Virgen Santísima!, estaba llena de monedas de oro, todas envueltas en un papel que tenía escritos los tres consejos, detallada su cuenta hasta la suma total y, en otro escrito, leyó la orden de pasar a la capital del reino a recibir cantidad triple a la ganada, por los servicios rendidos durante los años que el señor estuvo ausente. Tembló. Miró hacia todas partes. Envolvió con cuidado su dinero y la orden de pago y los colocó en un secreto de la alforja. Luego comió, bebió y meditando reanudó su marcha. Cerrada la noche se detuvo frente a la única vivienda que había visto en el trayecto recorrido. Desde la empalizada pidió a voces que le dieran posada hasta el día siguiente. Se la dieron observándolo de reojo. A una señal de uno que parecía mudo le prepararon cena y se la sirvieron en una mesa al pie de la cual estaba una mujer encadenada. Cuando terminó de comer le echaron las sobras a la infeliz. Aquel maltrato lo apenaba y ya iba a preguntar la causa de la oprobiosa prisión; pero recordó el primer consejo. Calló. A la hora de acostarse lo apartaron en una habitación que más parecía calabozo que dormitorio. Afuera rondaban con pisadas sordas. ¡Uf, qué tufo de muladar!, se dijo. Luego pudo distinguir esqueletos amontonados. ¡Huesos humanos! Además… cráneos, canillas, y más huesos dispersos. ¡Pero qué hedor, Dios Santo! Dos cadáveres, en principio de descomposición y recostados de la pared, lo estaban mirando. Se sentó al borde del catre y rezó la oración que en la infancia le enseñó su madre:

–Señor San Silvestre,

de Montemayor,

protégeme siempre,

–sé mi Salvador–

de brujo, de hereje,

y de hombre malhechor… Amén.

A media noche sintió que un cuerpo se acomodaba en el mismo lecho y trataba de acariciarlo. Eludió el contacto y, del otro lado, rozó con un muerto que tenía de compañero.

–No pierdas tu tiempo en rezar, –le secretearon– apresúrate y vete, o resígnate a quedarte en compañía de aquellos dos que te están mirando… y del que tienes al lado. No sé por qué te repugna nuestro contacto: mañana olerás como él y como yo. ¡La putrefacción es tan natural!

–¿Por dónde huir? –se interrogaba. Sin pegar los ojos esperó que amaneciera. Antes de salir el sol rechinó un cerrojo, se abrió la puerta y lo guiaron al comedor en donde le habían preparado abundante desayuno. Bebió el café a sorbos largos; pero no pudo probar bocado.

–El huésped ha perdido el apetito… –dijeron detrás de él.

No miró. Quiso pagar y no se lo permitieron. En seguida se despidió dando las gracias por las finas y gratuitas atenciones recibidas.

Después de andar leguas, alejándose apresuradamente, encontró a un viajero, alto y recio, que venía a caballo en dirección contraria y que lo detuvo inquiriendo noticias que le eran indispensables, según dijo. Principió preguntándole de dónde venía y Prudencio le respondió la verdad.

–¡Ah! –exclamó el preguntón– le sirvió al que paga con argumentos. ¿Y en dónde pasó la noche? Me advierten que en este trayecto hay solo una vivienda en donde ocurren cosas horripilantes. Para librar de peligro a un hombre de bien, como buen cristiano hágame el favor de decirme si ha pasado la noche en ella y qué ha visto, y cómo escapó con vida.

A punto estuvo de darle al caminante oportuno alerta; pero de súbito le vino a la mente el nunca te metas en lo que no te importa, parte del primer consejo, y contestó que nada había visto de extraño en aquella casa. –Pero en conciencia, –insistió el hombre– no podrá usted negar lo que vio mientras cenaba; pues de público se afirma que la comida ahí a nadie se la cobran, porque el espectáculo que se ofrece al pie de la mesa resulta más caro que el precio de la comida. Lo humanitario es ser sincero y denunciar las horrendas fechorías, cosa de que la autoridad competente les ponga término, que en donde los buenos se ponen de acuerdo no prevalecen los malhechores.

–Pues allí nada de raro he visto, señor, y no es honroso decir mal de quien se ha recibido favor.

–No comería en esa mesa… Pero en el dormitorio, en donde todos aseguran que pasan cosas espeluznantes, ¿qué vio usted y cómo se pudo salvar?

–Señor mío, no niego lo que otros hayan podido ver; de mí debo decir que dormí cómodamente y afirmo que ni en sueño noté nada semejante a lo que a usted le han contado.

–Pues devuélvase y acompáñeme, –le ordenó el viajero, que estaba armado de todas armas.

A regañadientes tuvo que obedecerle, que hombre desarmado y a pie no es hombre. Retrocedía vigilado por aquel bárbaro, sudando angustia y encomendándose a las ánimas benditas del purgatorio. Llegaron a la casa siniestra. Entraron y se fijó en que la mujer seguía encadenada.

–Caminante: –le dijo el hombre– esta mujer ha venido penando desde hace veintiún años. Está condenada a permanecer en cadena hasta que por aquí pase una persona que no pretenda averiguar la causa de su cautiverio. Usted no la ha preguntado, y ni siquiera ha dicho que la vio: es usted su salvador. A usted le corresponde libertarla: suéltela –ordenó autoritariamente. En cuanto a la habitación en donde le hice pasar la noche, es el depósito de los cadáveres de esos que, ignoro con qué fin, vinieron averiguando la vida ajena. A usted le pertenecen tres acémilas cargadas de barras de oro, que es el premio destinado al transeúnte que tuviera la cualidad de ser discreto: virtud escasa. Agrego este caballo de silla: monte en él y retírese pronto, que me están entrando ganas, a mí también, de averiguar si ha obrado usted con discernimiento propio o aleccionado por el hermano de esa que fue mi esposa. ¡Ah!: tome esta pistola cargada y… sea hombre de sangre en el ojo. Aprenda a defender lo suyo y no se deje volver a arrear como carnero, ni permita en adelante que lo insulten los que cabalgan en mulas prietas. No sea blandito, que los malhechores que andan robando y amenazando tampoco quieren que los despachen al otro mundo.

Montó Pérez de Sandoval en su caballo. Iba ahora de pistola al cinto y dueño de caudalosa riqueza. Arreó. Al día siguiente, ya al ponerse el sol, le dio alcance un viajero que cabalgaba en rucio brioso y lujosamente enjaezado. Era de palabra fácil. Entraron en conversación. A poco de andar juntos oyeron voces, cantares, música, y sin que le preguntaran explicó el elegante caballero que allí cerca celebraban grandes fiestas a las cuales iba como invitado de honor.

–Si es de su gusto acompáñeme: –dijo– le aseguro que nos divertiremos a las mil maravillas, sin tener que gastar dinero.

Rehusó la invitación con tan sencillas razones que el caballero las creyó, o fingió creerlas.

A poco andar, apenas se separaron, le dio alcance otro caballero que montaba un ruano fogoso. Era joven elegante, simpático, decidor y escudriñador: pronto, casi adivinando, supo para donde iba.

–Me alegro, –dijo– porque seremos compañeros de viaje y así nos ayudaremos en caso de un mal encuentro, que este camino es muy peligroso. Lo he recorrido en varias ocasiones y lo conozco palmo a palmo. Por eso y algo que en voz baja le iré contando aprovecho esta travesía por donde hay fundos de gente mansa y se acorta el viaje en no menos de dos jornadas. Sígame por aquí y ganaremos tiempo.

–Señor mío, –respondió Sandoval recordando el nunca dejes camino real por vereda– tengo interés en no desviarme de este camino… y al responder acarició ostensiblemente su pistola.

Se atravesó el del ruano impidiendo el tránsito. Lo miró a él. Lo miró él. Los cuatro ojos fulguraron y se fruncieron los entrecejos. Sin despedirse, el desconocido arreó y se perdió de vista entrando por la vereda.

Caminó el trabajador enriquecido, durante toda la noche y al amanecer llegó a un claro en donde tres hombres enfurecidos se insultaban y reñían. Murieron dos: uno era el jinete del caballo ruano. Amarrada a un tronco, tascando el freno y queriendo soltarse, estaba la mula negra. El tercer combatiente, mal herido y moribundo, le suplicó que se detuviera, le diera agua y oyera su confesión.

–No soy sacerdote, –aclaró– y no debo usurpar un papel sagrado.

–No importa: la confesión alivia aunque no sea de arrepentimiento. No me arrepiento. Los aceché y me la pagaron. Eran dos malos que después de pervertirme pretendían engañarme en el reparto del dinero que le quitamos a…

Detalló el atraco en que desbalijaron al segundo de sus hermanos, cuando lo aturdieron a golpes y dejaron manco.

–Sépase que si maté fue por castigar a dos bandoleros, –agregó el moribundo.

Sin la vela del alma ni asomo de arrepentimiento murieron aquellos tres salteadores. A su vera, en lotes desiguales brillaban seiscientos veinte doblones, que eran los de su hermano. Tomó seiscientos, puso los restantes sobre «el de la confesión» en pago de su servicio, continuó viaje y dos días después llegó a su pueblo. Un anciano salía de un tarantín dando traspiés de borracho y cantando con voz rajada:

–El que juega siempre pierde;

y el que bebe… s'emborracha;

y al que se fía de mujere…

¡lo pica una cucaracha!

–Pues señor, si es Juan Antonio, el alocado… –murmuró. ¡Cómo ha envejecido!

Frente a la casa paterna se detuvo, estupefacto. Sentada en un sillón, sin importarle el qué dirán, su esposa estaba acariciándole la cabeza a un hombre.

–¿Lo mato, o los mato? –se interrogó. ¡Miren que nadar tanto para venirme a ahogar en la orilla! Tanto sufrimiento, tantos años de trabajo para mejorar la situación de quien no ha sabido respetar mi ausencia.

–Buen señor, –le preguntó a un cualquiera que pasaba– ¿podría usted decirme quién es el afortunado a quien trata con tanto cariño esa señora?

–Lo que se está mirando no se pregunta, –respondió el interpelado haciendo un guiño de malicia. ¿Quién va a ser sino su amante? Y si le cuento que el marido se perdió por esos mundos procurando ganar con qué rodearla de comodidades. Así se le paga a un simple.

–La casa es mía, –se dijo, resuelto, el viajero.

Desenfundó la pistola y entraba en el patio, cuando recordó el tercer consejo del hacendado: nunca te lleves de primeras nuevas. Resopló y piafó una de las acémilas entendiendo que había llegado al término de su viaje, y sonó un grito de alborozo de la mujer:

–¡Es él! ¡Es él! ¡Hijo, mira a tu padre! ¡Ahora sí vamos a ser felices! Corrieron hacia él con los brazos abiertos y detrás, alegres, llegaron agrupándose los demás familiares, menos el padre que había muerto hacía siete años. Así se enteró de que el joven a quien acariciaba su esposa era hijo suyo y que precisamente ese día había cantado la primera misa.

La noticia de la asombrosa riqueza del más joven de los hermanos se divulgó por la nación entera. Su Majestad el Rey, magnánimo y siempre oportuno, en premio de los méritos y numerosos servicios de Don Prudencio Pérez de Sandoval, discurrió, decretó y ordenó que le notificaran que se había hecho acreedor al título de vizconde: –Vizconde de los Tres Consejos– debiendo ostentar en el centro de su escudo un gavilán de fuego con una pierna manca en memoria de aquel viejo capitán, honor del reino y espanto de los herejes.

Sócrate Nolasco

(1884-1980)

 

sábado, 18 de abril de 2026

En busca del enganche - Ramón Marrero Aristy

 

En busca del enganche

 

El par de campesinos no podía transitar por las congestionadas aceras de la calle El Conde.

–¡Cuánta gente, vale! Aquí el que se pierde no aparece; -dijo uno.

Y nosotro, ¿no taremo perdío? –respondió el compañero.

–Ello... Si pudiéramos jallá a don Domingo...

–¿Pero y a quién se le pregunta aquí?

–Caracha!... No cotará llamá a cualquiera.

El más alto, Mozo de unos 22 años, fornido; en cuerpo de camisa; con pantalón amarillo y sombrero de fieltro muy viejo y con las alas caídas, se dirigió a un transeúnte:

–¡Oiga, amigo!

Era un joven vestido a la moda. Lucía un traje de casimir gris, lleno de tachones y bolsillos. No les hizo caso.

–¡Gente parejera, hermano! –comentó el campesino.

–No se lleve d'eso; -respondió el otro hay que preguntá.

Era éste regordete, vestía igual que el compañero y tenía en el pómulo derecho una pequeña cicatriz. Se veía que el otro le llevaba unos dos años.

Volvió el más alto a la carga. Ahora se dirigía a un hombre de unos cincuenta años:

–¡Oiga, Don!

Un semáforo había dado paso a ocho automóviles que esperaban la luz verde, y fue tal el tráfago que produjo el arranque de las ocho máquinas, con sus resuellos, con su bramar, que la voz del campesino se perdió. Gritaron las bocinas de tres guaguas; chilló un vendedor de billetes. Un muchacho de esos que no tienen hogar y que no respetan a nadie, fue a dar de cabeza contra el más alto de los mocetones.

–Muchacho el diablo!

­–Desgraciado!

El chico se puso en pie, miró azorado a los dos vales, soltó la carcajada y les gritó: pata e puerco.

-Dicho esto se lanzó a cruzar la calle a toda velocidad. Los campesinos no sabían qué partido tomar. El semáforo les había dado paso a seis vehículos más; una motocicleta del ejército metía un ruido atroz y no dejaba oír nada. Los pobres mozos estaban atolondrados, llenos de ira, provocando la risa de esa ola humana que pasaba; gente segura de sí, que sabía hacia donde, iba, que cruzaba entre los automóviles sin equivocar sus pasos, sin titubear, bien vestida.

–Mire, vale: –dijo el más grande como si fuera a llorar–larguémono a otro sitio.

El otro no respondió, pero era presa de la misma amargura que dominaba a su compañero. Lucharon un poco con el gentío y luego echaron a andar por una calle transversal de menos tránsito. Se fueron en dirección norte.

 

II

 

Allá en la sección poca gente es rica. O mejor dicho: quizás no haya gente rica. Un central azucarero acaparó casi toda la tierra. Hay grandes montes de miles de tareas que aún no han sido derribados y que posiblemente no lo serán durante mucho tiempo. Hay extensos potreros llenos de ganado cuyos cuernos están numerados porque es tanto que no se le puede conocer como a las reses de la gente pobre por la vaquita joca o el novillo prieto. Y hay inmensos cañaverales que se unen con el cielo.

Fuera de todo eso, que está cercado de alambres, quizás no haya cosa que valga la pena. La demás tierra es de las pocas gentes acomodadas del lugar y del pueblo. Y esos gustan más de hacer potreros para criar ganado que conucos para cosechar frutos. Las reses con mejor negocio. Dan leche y se venden a buen precio. Las cosechas se pierden con mucha frecuencia una y dos veces, y no se recupera jamás el dinero invertido. Los que cultivan la tierra lo hacen casi exclusivamente para comer de ella. Si venden alguna carga en la finca, solo les sirve para comprar un pantalón, una colcha o, de tiempo en tiempo; un frasco de medicina y unos zapatos.

De esas tierras son Mon y Andrés, hermanos a quienes les faltó el padre estando pequeños. (Lo mataron los gavilleros. Los mismos que azotaron los campos del Este y que hicieron tanto daño a la gente humilde que no pudo pagarles). La madre los crió trabajando. Tenían un pedazo de tierra sin documentos. Allí fueron creciendo sin pensar que fuera posible llegar a no tener terrenos y luego verse en el aire como la hoja que cae del árbol; hasta que un día se dieron cuenta de que les habían cercado lo que creyeron suyo y oyeron a un notario decirles que aquello nunca había sido de su propiedad, que ahí estaba la Ley para comprobarlo.

Para la gente del campo, lo que no está al alcance de sus conocimientos, es un misterio ante el cual hay que doblegarse sin intentar defensa.

Por consideración, el propietario de todo aquello, un tal Don Gregorio, los dejó seguir viviendo allí. Era aquel un hombre que en el pueblo ocupaba el primer lugar, después de la patrona. La gente hablaba de él casi con devoción como si hiciera milagros o fuera un ente sobrenatural. Mon y Andrés no pensaron en guardarle rencor. Hallaban que todo era natural y posiblemente su devoción y respeto hacia él crecieron más.

Pero de súbito se encontraron con que habían perdido el deseo de trabajar y ya no le tenían ningún cariño a aquella tierra que para ellos lo fue todo cierta vez. La que estaba pegada a ese lugar y seguramente moriría allí, era la madre, una viejecita que hacía pequeños conucos y los mantenía limpios desyerbando ella misma.

Aquella agricultura no podía extenderse porque la tierra era ajena y aunque se pudiera, no producía placer ver un platanar sobre terreno que no era propio y que el día menos pensado sería reclamado por el dueño sin que nadie se pudiera oponer.

Hubo que buscar la vida fuera del conuco que cada día era menor y que a no ser por la vieja ya estaría completamente abandonado. Necesariamente fue echar días de trabajo, arriar ganado hasta los pueblos vecinos, ir a la finca para ganar una chiripa y sacar la cédula.

Pero ese trabajo tampoco era estable, ni tenía porvenir. Andrés y Mon cada día eran más hombres y estaban más necesitados. La madre se hacía más vieja. Ella si que podía quedarse durante el resto de sus días ---que no eran muchos en el pelaíto que tenían en las tierras del Don. Pero a ellos les sentaba mejor probar suerte.

Lo habían oído decir varias veces:

-Se está enganchando gente. Quieren hombres para el ejército. Y eso, que primero solamente llamó su atención, luego llenó sus mentes, sus vidas, hasta convertirse en una obsesión. ¡El ejército! Eso era diferente a pasarse la vida de peón, recibiendo órdenes y hasta palabras pasadas. El guardia era jefe, el guardia no paga cédula, era bien recibido en todas partes, portaba un rifle y no hacía trabajos pesados. Porque eso de andar de un lugar a otro no era trabajo para un hombre que hubiera hecho una tumba. Para quien hubiera amanecido arriando ganado mañoso por caminos estrechos entre montes sin cerca, aquello era como no hacer nada.

Venían las voces:

-Engancharon a Nicasio el de Concha. Lo recomendó don Gregorio.

¡Dizque a Nicasio! ¡Qué tollo! Ellos podían engancharse. ¿Por qué no? Había que buscar la recomendación y luego vender lo que fuera necesario para reunir los dos pesos del pasaje y algunos centavos más. Había que cambiar de vida. ¡Era necesario partir!

Vendieron el marrano y dos cargas. Dejaron casi sin raíces el cuadro de batatas. Hicieron seis pesos. Llegaron al pueblo. Fueron donde don Gregorio. Este les dio la milagrosa carta que los haría soldados. Llevaban en el seno aquel papel como si llevaran una recomendación firmada por el mismo Dios. Muy seguros de su buena suerte, partieron hacia la Capital.

III

 

La realidad es diferente de los sueños. ¡Cuánta gente viene a la Capital! No se imaginaron nada semejante Mon y Andrés. Creyeron que hallarían con suma facilidad a un conocido suyo a quien pensaban utilizar para que les hiciera llegar aquella carta a su destino. Pero hasta aquel medio día no lo habían encontrado. Hacía cuatro horas que vagaban por las partes altas de la ciudad. Se detenían dondequiera que encontraban una persona a quien se le diera preguntar. Generalmente se dirigían a aquellas que miraban cualquier cosa desde las puertas de sus casas. Así le hablaron a una mujer:

pu-

-Oiga, Doña: ¿uté nos haría el favor de decino aonde vive Don Domingo Montero?

La mujer era amable y les preguntó:

-¿Quién es él?

-Don Domingo! -respondió Andrés-¡Un hombre del pueblo e nosotro!

La mujer los miró y luego, con cierta indulgencia, les volvió a preguntar:

- ¿Vive en esta calle?

-Ta'quí en la Capital.

No sabía qué decirles. Pensó un poco antes de pronunciar palabra. Al fin respondió:

-Es difícil hallarlo. Aquí no vive.

No les dijo más.

Los vales siguieron andando. Hallaron otra mujer. Era muy linda. Le quisieron hablar, pero ésta no les prestó atención. Entró a su casa y los dejó plantados con la palabra en la boca.

De todas las humillaciones recibidas hasta ese momento, fue aquella la que más les dolió. Sin embargo, siguieron buscando. Vieron a un hombre que tenía cara de bueno. Se dirigieron a él:

-Mire, Don: nos haría el favor de decino aonde vive un señor que se ñama Don Domingo Montero bajitoncito él,que tiene mucho gallo y tá empliao?

El interpelado sonrió con cierta ironía y les dijo:

-¡Cualquiera lo averigua!

Y volviéndoles la espalda echó a andar.

Hallaron otro. Tenía éste cara de pícaro. Era un sujeto de buen humor. Le dirigieron la pregunta. El individuo los miró de pies a cabeza, fingió que hacía un esfuerzo por recordar y al fin les dijo:

-Allí mismo. Sigan esta calle, cojan aquella a la izquierda, caminen de frente, cuenten seis casas a la derecha y allí es...

Les invadió una alegría que casi no los dejaba hablar. Ni siquiera dieron las gracias. El hombre se les borró inmediatamente. Iban comentando emocionados:

-¿Uté vé, vale? Niño que no llora...

Eso decía Andrés. Mon respondía:

-Yo se lo decía, que había que preguntá...

Siguieron las instrucciones. Llegaron a la casa. No había modo de confundirla. Llamaron. Por una puerta muy ancha que estaba entreabierta, salió un hombre todo sucio de grasa. Traía un hierro en una mano. Estaba mal humorado y se veía que acababa de interrumpir su trabajo para atender a aquella llamada.

-¿Qué quieren?-preguntó secamente.

-¿No tá Don Domingo?-inquirió Andrés.

-¡Qué Don Domingo, ni Don Domingo! Esto es un garaje.

-Pero a nosotro no dijeron...

El hombre les estrelló la puerta en las narices y no oyó más. Iba echando pestes. Los campesinos no tardaron en comprender. Ya no preguntarían más. La gente es demasiado cruel.

 

IV

 

Había llegado la noche y los mozos estaban cansados de andar. Tenían hambre. No sabían dónde iban a dormir.

–¡Tan poco chaco que uno trujo, vale! –comentaba Andrés.

–¡Y tanta gente degraciá! - respondía el otro.

Volvían nuevamente hacia el centro de la ciudad. Ya las luces eléctricas estaban encendidas. ¡Cuánto brillo! Sus pupilas no estaban acostumbradas a tanta claridad. Después de todo – pensaban –eran muy tranquilas aquellas noches del bohío, cerca del fogón, fumando un bolo, hablando de cualquier cosa o refiriendo historias.

Estaba lejos aquello. No parecía posible que alguna vez hubiera sido realidad. Las cosas ahora se veían diferentes. Sentían como que los habían arrancado de cuajo. Los invadía una sensación de estar en el aire. La guardia. Don Domingo: Nada parecía verdad. Ni esas mismas calles, llenas de gente y de luces, tenían aspecto de cosa real. Todo era vago.

Andrés habló:

–Toa la calle son iguale, Mon.

–No son iguale, por Dio. Uté e muy sonso. E que nosotros no la conocemo.

–Eso era lo que yo quería decí.

Mon estaba impaciente, inconforme, con deseos de estallar.

–No hable uté pendejá, -respondió.

No estaba satisfecho. Le dolía haber dicho aquello, pero ¿qué otra cosa podía decir? ¡Era tan tonto Andrés! ¡Y todo lo que estaba sucediendo era insufrible!

El hermano no respondió. Quedó un momento en silencio. Pasado éste, desanimado, como con pena exclamó:

–No se apure, Mon. Tenga paciencia...

Siguió en silencio el otro. Apareció ante ellos una calle con más gente que todas las que habían visto. Por allí apenas se podía transitar. Camiones, pequeñas casillas, pulperías; polvo; carretillas ¡y gente como nadie soñó ver! Había más que en la calle El Conde, porque aquí los vehículos se abrían paso a fuerza de bocina.

Andrés iba a preguntar, pero lo contuvo el recuerdo de sus últimos fracasos. Unas mujeres que había en la próxima esquina le dirigieron la palabra:

–Ven acá, lindo.

–Oye, papasito.

Las había de todo tipo. Una de muy baja estatura, blanca, desteñida, sin dientes, pintarrajeada como una máscara; otra gruesa como un tonel; otra más, de cintura delgada y nalgas estupendas esa era la que hablaba. Vestían trajes de seda artificial muy usados, ceñidos y largos. Mon se encaró con aquella que le dirigía la palabra a su hermano y lleno de ira barboteó:

-Miren, saltiadora! ¡Vayan a robale a su pai!

Las mujeres se sintieron ofendidas, y, despechadas, los insultaron a coro, despiadadamente.

–¡Vale del diablo!

–¡Desgraciao! ¡Dichoso tú!

Mon sintió como que le tiraban de los cabellos. Iba a cometer una barbaridad.

–¡Bando e puta!...

Suerte a un policía. El agente intervino y evitó la pelea. Amonestó a las mujeres y le dijo al campesino:

Y uté aprenda a tratar a la gente. Si viene del campo coja al paso. Mon se ahogaba en ira. Con una mirada se lo dijo todo a Andrés.

Este era presa de un sordo rencor. Los dos siguieron calle abajo. Iban casi ciegos. Ya no les impresionaba nada; ni la gente, ni los vehículos, ni las luces. Sentíanse más arriba de todos los hombres. Quizás no tenían un concepto definido de su estado, ni mucho menos podrían explicarlo, pero sentíanse más arriba de todos los hombres.

A poco caminar apareció a sus ojos un mercado, fuente emanadora de aquel gentío y de aquel bullicio. Fueron, a paso firme, derechamente hacia un puesto de fritos.

 

V

 

Era el día siguiente. En el cuarto de baño de un segundo piso, en una casa ocupada por estudiantes, se oía la voz de un campesino:

-Nosotro seguíamo trabajando en el fundo. Pero dende que el notario dijo que la tierra eran de don Gregorio, no pudimo hace casi ná. Lo rico no se cansan de tené. Ya él lo quería tó. No hay quien viva con lo dueño e terreno. Uno no pué tené un animalito, porque dende que le ven un vasito e potrero, di una ve le echan mano. Y como uno no e dueño... o deja el sitio o lo pierde.

El que hablaba era Andrés. En la bañera, un joven de unos 25 años, desnudo, se enjabonaba y oía al campesino sin hablar. En la puerta entreabierta, con la cabeza metida en el cuarto, Mon, callado, permanecía sin tomar ninguna resolución. Andrés, seguía explicando:

–Uno se cansa de trabajá. Si te descuida, cuando viene a vé, el día meno pensao tiene una mujer y un bando e muchacho. Y si no ha heredao tierra, o si la ha heredao sin papele como nosotro, no tiene aonde viví. Y antonce... uté sabe que la finca e jel colmo... Nadie se va a pasá la vida echando diíta e trabajo o jarriando resecita. Hay que bucá otra cosa. Y sin sabé de letra, ¿qué le queda a uno?... Pa eso mejor se engancha a la guardia, que ahí tan siquiera no se mata uno tanto.

Andrés decía aquello lentamente, como dejando caer las frases. El hombre de la bañera, totalmente enjabonado, abrió la ducha y comenzó a lavarse sin responder. El campesino volvió a decir:

–Don Gregorio noj dio ete papel, –y quitándose el sombrero sacó de éste un sobre largo-. Sacamo dó certifico e buena conducta de a peso ca uno. Eto e pal General Jefe e la Fuerza... ¿Qué le parece a uté?

El de la bañera seguía echándose agua. Por fin terminó de bañarse y comenzó a escurrirse con las manos. Al fin dijo, sin mirar al campesino:

–Ahora veremos.

Alcanzó la toalla y comenzó a secarse. Luego extendió el brazo y cogió unos calzoncillos y una camiseta que colgaban de un clavo. Cuando se los hubo puesto le dijo al vale:

–Deja ver...

Cogió los papeles. Los miró sin interés y como si quisiera salir pronto de los campesinos, les dijo:

–Vayan a la Fortaleza. Colóquense detrás del centinela y díganle que llame al Cabo de Servicio. Entréguenle la carta y pídanle que se la lleve al General. Él les dirá lo que deben hacer.

Andrés estaba optimista:

–¡Ja no! Dende que vea la firma e don Gregorio no hay que hablá. Ese e jun enganche seguro.

–¡Vayan, vayan! –replicó el hombre, como si le molestaran, volviéndoles la espalda.

Andrés se volvió lentamente. Mon se movió al fin y dejó paso. Se encaminaron hacia la escalera murmurando algo.

Miguelito era del Este. Se había encontrado con aquellos campesinos durante la noche anterior. Poco más o menos eran las ocho. Si le hubieran preguntado por qué cogió una calle que dá al hospedaje no lo hubiera sabido decir. Quería perder una hora y se fue por ahí.

Pasaba frente al mercado. Mientras se abría paso entre la gente que llenaba las aceras, pensaba en cualquier cosa, menos en lo que tenía delante. En eso oyó una voz:

–¡Don Miguelito!

Siguió de largo. ¡Hay tantos que se llaman Miguelito! No se le ocurrió pensar que lo llamaban a él. Pero nuevamente sonó la voz:

–¡Don Miguelito! E con uté!

Volvió la cara. Un campesino se le acercaba casi corriendo. Tropezaba con la gente, pero no se enteraba de ello. Iba abriéndose paso con la vista fija en él. En pocos segundos lo tuvo en frente. Con una sonrisa que le llenaba toda la boca, el vale le extendió una mano ruda, ancha.

–¡Caramba, don Miguelito! ¿Cómo tá uté?

Cogió esa mano y con cierta reserva, respondió:

-Así,... regular...

Aquella cara no le era del todo extraña, pero a pesar de ello no acababa de reconocerla. Decía el campesino:

 

-Nosotro tamo aquí dende eta madrugá. Vinomo en un camión y jata eta hora no hemo encontrao gente conocía. Suerte que al velo a uté...

Todavía no acertaba a saber quién le hablaba. Sin embargo, su cara le era familiar. Comenzó a pensar... ¡Ah! Aquel hombre podía haber sido peón en su casa. Así tenía que ser. Pero ¿qué buscaría allí? Resolvió preguntarle:

–¿Y de dónde viene ahora?

–¡Pero don Miguelito! –exclamó el vale­– ¿Uté no me conoce? ¿No se acuerda de André el de Ruperta?... ¿De aonde vo a vení? ¡De allá! ¡No hace quince día que le jarrié el último ganao a Don Miguel!

No se había equivocado: don Miguel era su padre. Ya estaba en el asunto.

-¡Ah! Sí... ¿Y en qué andas por aquí?

- Andamo, don Miguelito, porque Mon tá conmigo. Mírelo ahí, ¿no lo conoce ya?...

Miguelito volvió la cara y se encontró con el otro campesino que estaba casi a su espalda, silencioso.

–¿Qué tal, don Miguel? –se le anticipó.

–¡Oh, Mon! ¿Tú también estás aquí?

–Si hombe. –siguió diciente Andrés– tamo bucando enganche. Dende eta madruga andamo atrá e don Domingo, to ha sio preguntá y más preguntá, pero no ano jallao una persona capá e decino aonde vive. Aquí...

El rostro del campesino se contrajo. Miguelito cortó:

–Supóngase... Aquí no es como en el pueblo. Se hace muy difícil hallar a una persona. Además, don Domingo no vive en la Capital.

Al oír esto los campesinos quedaron desolados, casi consternados. Se diría que les había faltado tierra debajo de los pies.

–¿Y ahora? –exclamó Andrés, como con pánico.

–¿Y ahora? ­–dijo Mon.

Al instante Miguelito se enteró de una cosa que no se le había definido desde un principio: aquella gente tendría que ser socorrida por él.

–¡Mire el diantre! –dijo Andrés– y nosotro que veníamo aonde él pa que nos diera posá...

-Trujimo una recomendación de don Gregorio pa la guardia –dijo Mon– y queríamo que él no jayurada a entregala...

 

-¡Y una recomendación como esa!... –exclamó Andrés con cierto orgullo que era algo así como una promesa de seguridad para cualquiera que los quisiera socorrer.

Miguelito estaba más que embarazado. ¿Qué hacer? El conocía bien el caso. Los campesinos se deslumbraban con el ejército, dejan sus labranzas, renuncian a su vida, venden cuanto tienen, para hacer un viaje como el que hicieron éstos. Se presentan en la Capital con una carta de cualquier político de pueblo, desconocido y sin importancia, creyendo que con eso obtendrán lo que sueñan. Después, en la ciudad se hallan con que la cosa no es tan fácil, y entonces sufren mil calamidades. Algunos se quedan y se convierten en miserables, jornaleros o en vulgares rateros; otros emprenden el camino de retorno, pero se quedan en cualquier sitio por vergüenza, por no volver derrotado, y entonces pasan a ser cualquier cosa, menos lo que deben ser.

Sabía todo esto y se le hacía difícil tomar resolución. Por fin se decidió a preguntar:

–¿Y en qué sitio van a dormir?

–¿Nosotro? –respondieron a coro–. Luego dijo Mon:

–No tenemo.

–¿Trajeron suficiente dinero para pagar un dormitorio?

–¡Qué va! –murmuró flojamente Andrés.

Para no desbordarse se empeñaba en recordar que su padre y su madre eran del campo, que él mismo había nacido en el lugar donde nació aquella gente; mas, al instante se decía:

Miguelito titubeó un instante. Los dos campesinos estaban frente a él como esperando una sentencia de vida o muerte. Por fin, como quien tiene que violentarse para tomar una resolución, dijo:

–Vamos a casa.

Después de haberlo dicho, se diría que era presa de la ira. Estaba inconforme consigo mismo. ¿Por qué decirle a aquella gente vamos a casa? No tenía nada que ver con ellos. No podría echárselos encima, ni quería. Tampoco podía disponer de tiempo para atenderlos. Sin embargo, les había dicho: ¡Vamos a casa!

–¿Pero qué tengo yo que ver con eso? Nadie escoge el lugar de nacimiento. Uno nace en cualquier sitio. Al hombre lo hace la educación. Yo me crie en la ciudad y tengo otras costumbres. No he visto más a esa gente, no he convivido con ellos, no soy como ellos, aquí me sostengo por mi propia cuenta. Entonces ¿por qué les he dicho vamos a casa? En mi casa no cabe uno más.

Pensaba esto y sentía un loco deseo de golpearlos. ¿Por qué le seguían?

Así fue como los campesinos amanecieron en una casa de estudiantes en la Capital. Por eso era que a Miguelito, en el baño, se le hacía tan difícil responder a las palabras de Andrés, y para que no le hablaran más de sus planes, le había dicho bruscamente:

–¡Váyanse, váyanse!

 

VI

 

Los vales volvieron a eso de las doce. Mon entró algo abatido. Andrés confiaba en su destino. Un estudiante en calzoncillos que inconscientemente se hacía moños con los dedos mientras leía, al sentirlos, levantó la cabeza y les preguntó sonriendo:

–¿Cómo les fue?

Andrés se apresuró a responder:

-Fuimo a la Fuerza y no noj deján dentrá, pero el Cabo e Servicio noj dijo que echarámo la carta al correo, que el General noj mandaría a bucá...

El estudiante volvió a leer sin decir palabra. Se diría había callado algo que los campesinos no deberían saber. Andrés siguió diciendo:

–¡Ofrécome! ¡Cuánta gente! Ahí había má de dociento hombre parao. ¡Y toito eperando enganche! Yo digo... Si no fuera por esa recomendación de don Gregorio...

El estudiante no se movió. Siguió haciéndose moños. Andrés titubéo un poco. Luego salió al patio y fue hacia el cuarto de Miguelito. Mon se quedó donde estaba y en voz baja le dijo al estudiante.

–Ese muchacho ni an parece hermano mío. E jel critiano que habla má pendejá. Uté lo ve asina, pero en tó mete la pata. El único que sabe la cuatro regla de lo dó soy yo...

El de los calzoncillos tuvo que contenerse para no reír. ¡Era tan simple aquella ingenuidad! Otra vez iba a hablar Mon cuando apareció su hermano.

–No ha venío don Miguelito, -comentó.

La noche del hallazgo de los campesinos, Miguelito le había dicho a sus compañeros:

–Son una pobre gente de campo, pero no se les puede dejar amanecer en las calles. Aquí la gente es mala. Quiero que ustedes me permitan alojarlos por una noche.

Todos accedieron y convinieron en darles la colombina de un estudiante que se hallaba ausente, con su colchoneta, pero sin sábanas. Les dieron, además, dos americanas viejas para que se cubrieran. Allí durmieron apretujados, roncando durante toda la noche.

Pero ya hacía cinco días que estaban los campesinos allí y no habían recibido la ansiada llamada. Ya los habitantes de la casa, gente joven y despreocupada, estaban acostumbrados a ellos. Les llamaban los estudiantes, en raptos de buen humor, y los mismos vales parecían sentirse allí como en su casa. Habían cobrado confianza, hacían mandados y durante todo el día estaban refiriendo historias absurdas, o formando planes ingenuamente.

–Dende que no enganchemo --decía Andrés-, vamo a ve si noj mandan pa lo lao de casa... Allá hay gente a la que yo quisiera presentámele uniformao. ¡Mira que la mojiganga del Merencio que ahora lo han nombrao dique Pedanio!...

–Dende que uno é guardia la cosa cambia, afirmaba Mon- De una ve lo tan adulando, pretándole atención. ¡Pero yo que loj conoco!...

Los demás se divertían oyéndolos. Sólo Miguelito se había tornado huraño y vivía conteniendo el mal humor. En uno de sus peores momentos fue cuando Andrés se le acercó a decirle:

–Mire, don Miguelito: nosotro queremo que uté no saque de eto. Ya hace sei día que tamo eperando y no ano recibío conteta. E que a uno le hace falta una gente que lo lleve. Hágano el favor de dentrano en la Fuerza o de hablá con el General. Nosotro...

Hasta aquí pudo oírlo. Por fin estalló:

–¡No sean brutos! –les dijo bruscamente–. ¿A quién diablos se le ocurre que yo pueda presentarlos? Ustedes no van a conseguir nada. ¡Sépanlo de una vez! Para engancharse se necesita ser familia de un ministro, tener amigos influyentes. Don Gregorio es un pobre campesino que fuera de su casa no vale un centavo. ¡No sueñen con enganche!

Los vales oían sin darles crédito a sus oídos. Andrés había abierto los ojos desmesuradamente. Mon estaba pálido. Parecían dos estúpidos.

–¡No diga eso, don Miguelito! –casi suplicaba Andrés– ¡No diga eso!

–¡Como lo oyen!

Siguió hablando el que fuera hasta ese día su protector. Les dijo que

todo era inútil, que ellos eran hombres de campo, que volvieran otra vez a ocupar su lugar.

–¡Busquen tierra hasta en el infierno si no la encuentran en otra parte, pero no olviden lo que son! Y además ¿no han vivido siempre allá en la sección? ¡Ahora quieren ser hacendados!...

De haberles dado una paliza no los hubiera dejado en aquel estado. Estaban desvencijados. No tenían fuerzas. Fue muy rudo el golpe.

Miguelito los miró un instante. Su aspecto pareció impresionarlo. Calló de súbito y salió hacia el patio. ¡Diablos! ¿Qué le estaba pasando? Se hallaba como si se hubiera excedido. No encontraba forma de justificar lo que había hecho. Pero ¿no estaba él ya hastiado? Sin embargo, no podía dejar de pensar:

–¿Qué hace aquí esa buena gente? ¿A qué vienen estos hombres? Dejan su campo; abandonan lo que entienden y se meten en la ciudad... ¡a crearles embarazos a los otros y verse ellos así!...

Su preocupación subía de tono, y al fin terminaba recriminándose:

–¿Pero había necesidad de que les hablara así?...

 

Las ideas se le volvían un brollo. Se volvió y alcanzó a ver a los dos mozos recostados en la balaustrada, como gente a quien le han sacado el alma. No se dio cuenta de lo que hizo, pero caminó hacia ellos. Luego, sin poderlo prever ni remediar, cuando estuvo frente a los vales, sin mirarlos, como queriendo sujetar las frases dijo:

–Sin embargo... le podríamos poner un telegrama al General... Quizás...

Los mozos se enderezaron súbitamente. Parecían deslumbrados. Lo miraron como si, habiéndolo creído muerto, de momento resucitara ante sus ojos.

–Hombe, don Miguelito, ¡hágano ese favor! –decía Andrés.

–¡Haga algo, hombe! –decía Mon.

Miguelito cada vez más se perdía en confusiones. Se llevó la mano al bolsillo. Algo inesperado le sucedió. No tenía dinero ni lo tendría durante muchos días. Su comida y la de aquella gente le estaba siendo acreditada por los compañeros.

–¿No tienen treinta y cinco centavos? –preguntó.

–Yo tengo quince –dijo Mon.

–A mí se me acabaron, –murmuró Andrés.

¡Qué cosa! Ahora Miguelito pensaba:

–¿Por qué les habré dicho esto? Mejor hubiera sido dejarlos como estaban. ¡Ahora me he echado encima un nuevo lío!

Y cada vez estaba más inconforme consigo mismo. Se vio obligado a decir.

–Bueno. Esperen. De hoy a mañana yo conseguiré.

Pero seguía preguntándose:

–¿Qué he hecho?

Y volvía a pensar:

–¿Qué hacen aquí estos pobres hombres? Dejaron el campo. ¿A qué vienen?

 

Hasta que al fin, súbitamente concluyó:

–¡No haré nada por ellos!

Se fue a la calle. Por la noche volvió a la casa, eran las once. Fue al cuarto donde dormían los campesinos y se encontró con que habían tenido que abandonar la cama porque el dueño había llegado. Mon estaba metido en una caja grande vacía que utilizaban los estudiantes para echar ropa sucia; estaba encogido como un niño en el vientre de la madre, entre pajas y trapos, con el saco sucio puesto a guisa de abrigo. Andrés estaba sentado en el mosaico pelado, también con su saco puesto, recostado en la pared, con la boca abierta. Ambos roncaban. Así, como estaban, se veían los dos seres más abandonados del mundo. Miguelito pensó:

–¡Pobre gente!

Y fue hacia su cuarto. Sin embargo, sentía ira, y no cesaba de repetirse:

–¿A qué vienen?

 

VII

 

Al día siguiente, cuando Miguelito despertó, Andrés y Mon estaban frente a su cama.

–Nosotro no vamo,

–decía el último. Ya tenemo aquí mucho día y no se va a conseguí ná. No tenemo un chele y ya le hemo dao mucha moletia a uté...

Estaba triste el mozo y decía aquello como un retazo de pobre esperanza. Con cada palabra parecía que se le rompía algo muy íntimo que sangraba.

–Nosotro le agradecemo lo favore que nos ha hecho, –decía Andrés–. Noj vamo a dir.

Miguelito no quería mirarlos. Estaba acostado de vientre, con la cabeza enterrada en la almohada y la cara más bien vuelta hacia la pared. Así les volvía la espalda.

–Uté hizo lo que pudo. Ahora noj vamo... –repetía Andrés.

–Eso no es nada, –dijo–. Yo hubiera querido servirles mejor.

El que fuera su protector no se movía; no volvía la cara. Los dejaba decir sus palabras y las sentía caer como gotas de algo amargo. –Noj vamo, decía Mon, como con pena, igual que si estuviera cansado.

–Le diremo adió... –murmuraba Andrés.

Miguelito hacía esfuerzos desesperados por mantenerse en aquella posición. Le parecía que los campesinos permanecían más de un día frente a su cama. Sin dar cuenta preguntó:

–¿Llevan algo?

Mon dijo:

–No.

¡Demonios! ¿Qué había hecho? ¿Para qué preguntarles? Ahora se

encontraba sobre espinas. Le dolía algo.

Sin embargo, como quien pierde el equilibrio y después de resbalar sigue dando tumbos hasta caer, sin poder controlarse volvió a preguntar:

–¿Consiguieron algún camión?

–Qué vá... Noj vamo a pié.

¡Otro absurdo! Ahora se decía:

–A pié! ¡Y sigo de necio! ¡Sigo preguntando! ¿Acaso me importa esa gente?

Sin embargo, algo cruel le roía. No quería pensarlo, pero en su mente se dibujaba una carretera dura, áspera, bajo un sol de fuego. Y un enorme número en llamas llenaba el horizonte: 200. ¡Doscientos! Doscientos kilómetros tendría que caminar aquella gente para llegar

a su casa. Y sin comida... Sin dinero...

Podría haberles regalado un par de zapatos, un sombrero, ¡cualquier cosa! Para que lo vendieran. Pero no fue capaz de moverse ni de mirarlos.

Ahí estaba la carretera, larga, desolada, bajo el sol implacable. Y el gran número en llamas cubriendo el horizonte: ¡200!

­–Adió don Miguelito, –rezongó Mon con voz quebrada.

–Adió...­–murmuró Andrés.

No los oyó. No se enteró de nada. No respondió.

–Adioó...

Fue lo último que dijeron.

Seguramente la puerta emitió algún sonido. Debieron oírse los pasos de los vales al salir de aquel cuarto y luego al pasar por el que estaba contiguo. Alguien afuera debió despedirlos con un débil adiós.

Miguelito seguía con la cara enterrada en la almohada, inmóvil. Y veia la carretera larga, interminable, desolada, bajo el sol. Sobre ella iban los dos campesinos gastándose, y el gran número de cifras en llamas seguía cubriendo el horizonte: 200.

¡Doscientos!

 

Ramón Marrero Aristy

(1913-1960)

 

 

viernes, 17 de abril de 2026

El Mundo es Algo Chico, Librado - Pedro Antonio Valdez

 

El Mundo es Algo Chico, Librado

Pedro Antonio Valdez

Sentado a la sombra de una de las paredes del patio, leyendo el periódico, así como está, a Librado Jiménez jamás se le ocurriría pensar en su muerte, y mucho menos en que podía sorprenderle hora y media después, rayando las cinco, bajo la cuaja de ese domingo primero de marzo.

Para aquel viernes doce de 1974, Anita era una muchachita que tal vez no llegaba a los catorce, su madre le recogía los moños con aceite de coco y llevaba unos ojos grandes por los que, si uno se fijaba bien, se le podía vislumbrar el alma. Pero hoy recargada sobre el tapiz garabateado del autobús, "que esta tarde parece correr más rápido que nunca", ella era una mujer hecha y derecha que cargaba una mirada parca, un bolso de jeans desteñido, dieciséis pesos, un revólver aún sin estrenar y una sola misión sobre la tierra: Asesinar a Librado Jiménez.

 

Pedro Antonio Valdez. Poeta, cuentista, novelista, dramaturgo, ensayista, antólogo. Nació en la Vega en 1968. Primer premio en el Concurso de Cuentos de Casa de Teatro 1989 con El Mundo es algo chico, Librado. Premio Nacional de Cuentos 1992 con Papeles de Astarot, Premio Internacional Alberto Gutiérrez de la Solana, celebrado en Estados Unidos, con su obra teatral Paradise, en 1998. Premio Nacional de Novela 1998 con Bachata del ángel caído,

Disparó

Kansas City.- Steve L. Green, un policía fuera de servicio, mantuvo ayer a la expectativa al público y a las autoridades amenazando con suicidarse. Después de tres horas de conversaciones con quienes trataban de persuadirlo, el hombre puso el cañón de su Magnum 357 en la boca y se hizo un disparo. (Reuter).

-¡Qué barbarazo!- fue la primera reacción de Librado al leer la noticia. -Un tipo con residencia americana, y mira lo que hace.

Fue y trajo una cerveza. Miró las fotografías del policía, un moreno corpulento que traía una camiseta en inglés. El suicida bajó la frente hasta contenérsela con la palma izquierda y dejó la impresión de quedarse dormido; luego levantó la cabeza, observó hacia Librado con ojos de laberinto, se llevó la arandela del cañón a la boca como si fuera una pastilla amarga y se pegó un tiro.

Librado tembló de pánico con la vibración del disparo. Cambió la página del periódico y continuó leyendo despreocupadamente, como quien no sospecha nada.

Bueno, habíamos quedado en que para el mentado viernes Anita todavía llevaba dientes de leche y tenía recién repollados en el pecho unos senos de rosita, inocentones y tiernos. Tan así era, que esa noche venía golpeando una lata con la punta del zapato al son de "el puente se va a caer...", y no como hoy, en el autobús destartalado, fumando un cigarrillo mientras ve los letreros de la ciudad que vuelan por la ventanilla trayéndole su destino.

La tarde de ese domingo primero de marzo era calurosa y el sudor le había producido un molestoso olor a periódico viejo. Librado continuaba leyendo desinteresado, siendo tauro y a lo mejor sin sospechar todavía que el horóscopo era su única salida. En las crónicas sociales se encontró con la ablandar de vez en foto de un cura al que tuviera que cuando en el cuarto de torturas de la fortaleza, para los tiempos de la revolución. Le había hecho escupir hasta el último diente, y el mierda nunca dijo nada.

Un silencio amargo y empalagoso poblaba los cuartos y los muebles. Desde hacía mucho vivía solo. Su mujer siempre sufrió de la presión y ahora tenía diez años de muerta. Su único hijo se fue de la casa luego del entierro y no volvió a verlo jamás. Pero eso ya no importaba gran cosa. Ahora él era un sargento retirado que recibía su pensión cada fin de mes y esos recuerdos no eran más que historia patria. A medida que el autobús se colaba perezoso por el garaje de la estación, Anita sentía como una pelota de trapo amasándosele en el estómago. Su respiración era más frecuente y un sudor microscópico le patinaba entre los dedos. Todo eso podía ser cualquier cosa, pero no miedo. No, porque la noche del viernes aquel sí que la entrecogió el miedo, y la sensación no era esa. Si mal no recuerda, ella venía por la calzada izquierda saltando las rayas del cemento cuando se topó de golpe con un señor que se tambaleaba soplando un espíritu de ron y cigarro, y ella, que por aquellas alturas veía a los hombres con más curiosidad que otra cosa, sintió vergüenza, dobló a la derecha y siguió su camino, sin enterarse de que ya se había marcado su desgracia.

Tauro (abril 21 a mayo 21). -La falta de un detallado análisis de acciones pasadas pondrá hoy en peligro su estabilidad emocional. Trate de hacer un viaje para su seguridad personal.

La única solución de su desgracia estaba en la página siete de la primera plana. Allá, inequívoco y gris, estaba el horóscopo. Sin embargo, faltaban cuarenta minutos para las cinco, a esa hora llegarían para matarlo y Librado de lo más campante, hojeando un aburrido suplemento dominical.

Hizo un buche de cerveza. La sintió amarga. Pero lo triste del caso no era eso, sino que esa podía ser su última cerveza, y estaba amarga.

Febrero 18,1984

(Tomado del diario de Anita)

Pero el caso es que una, como maestra de escuela, debe tener principios. Yo le conté a Heriberto el problema que me pasó a los trece años, de burra, porque me dolía no decirselo a quien amo tanto. Él dijo que no te apures, que me quería igual. Y así fue, hasta que vino con esa propuesta, muy serio él, que si no terminamos ahora mismo. Yo sentí asco y miedo, por eso rompimos antenoche. Ay, Dios, qué hago ahora que no creo en ningún hombre. Ya he pensado meterme a monja, pero es tan grande el odio que llevo aquí dentro... ¿Por qué nací mujer en este mundo?...

Librado debería reparar en el horóscopo. De lo contrario, su asesinato le sería una cuestión absurda y sin gracia. Estará por echarse un sueño cuando lo joda el timbre. El recogerá el periódico, lo tirará sobre la consola y abrirá la puerta: Una mujer desconocida, trece segundos para las cinco, un revólver inexplicable, la inmovilidad del tráfico, un ruido único, apagado, y una bala rompiéndole indecible la caja del pecho; luego, la sorpresa inmensa, un cansancio absoluto y caerá como una guanábana. Eso sería todo.

El único familiar cercano era su hijo, pero no iría al entierro. Cuando se entere del caso brindará en algún prostíbulo. Justo ese primero de marzo se acostaría por única vez con una mujer. Dos días después regresaría a la pensión, se tomará dos dedos de ron, enviaría una nota y se ahorcará con el alambre de la plancha.

El párroco de la capilla Jesús Redentor se llamaba Cándido Herrero, a esa hora continuará en su habitación, tenía setenta y dos años y no le haría la misa al cadáver de Librado. Un cura recién salido del seminario abrirá la puerta, no entra y, como sabiéndose inoportuno, le recordará:

-Dice el sacristán que el cortejo está en el templo, padre Cándido.

No le responderá. Su rostro estaba amargo y ausente, como si se escarbara el alma. El cura se retirará para regresar a los cinco minutos y pedirle, con curiosidad disfrazada de ruego: "¿Por qué no intercede por él, padre?"

El anciano se volteará en cámara lenta. Fueron muchos los golpes y humillaciones que recibió cuando Librado era sargento.

-Tenía el alma más sucia que ese trapo, hermano -dirá. Bajará la cabeza, lo autoriza a oficiar la misa y lo oirá retirarse hacia la capilla. Ya solo, se pondrá de rodillas, toma una Biblia y se hundirá en un obscuro silencio, como si retara: "Dios no lo perdonará... Yo tampoco”.

Continuando con la cuestión aquella de Anita, ese domingo ya son casi las cinco, la calle estaba más sola que nunca y dentro de algunos minutos mataría a un hombre. Jamás había caminado por ese barrio, pero solía soñar tan intensamente con ese momento, que sólo tenía que hacer lo mismo que en el sueño para dar con el domicilio de Librado; por eso, cada paso le parecía la repetición de algo que en verdad venía haciendo desde mucho tiempo atrás.

Para ella, matar a Librado sería una cuestión automática y rutinaria. Ya había ejecutado todo en el sueño, así que su misión se limitaba a llegar a la casa, tocar el timbre y hacer el disparo. Solamente podría fallarle el discurso que prepara en el autobús. Cuando Librado abriera la puerta, ella se pondría algo pálida, metería su mano en el bolso y escucharía el martilleo del arma. Desechando el horóscopo, así

El cura joven se vestirá con una sotana nueva, ensayará unos cuantos gestos en el vestidor y saldrá con la altivez de un ángel. Sería su primera misa de difunto, por lo que un regocijo reprimido y lógico lo embargaba. Pero cuando suba al púlpito y mire a su alrededor, se quedará desanimado. Abajo, el féretro se verá sin una flor, como si fuera una caja de arenque; sentados junto al pasillo estaban los ventiún rasos que harían los honores militares en el cementerio y, situada junto al ataúd, una señora muy conocida que lloraba por paga. Sumados harán veintidós, y veintitrés con el difunto, quien llevaría un saco azul marino y una chalina color menta de espíritu.

El cura nuevo sentirá un grave desencanto, hablará sin gusto alguno durante media hora, rociará la última cruz de agua bendita sobre el cadáver y lo despachará para el cementerio, casi con un suspiro. Todavía en el vestidor lo asaltarían los gritos de la mujer que lloraba por paga.

Entrado el mediodía, retornará a la habitación. El padre Cándido lo recibirá con un aire algo soberbio, como si confirmara: "Ya lo sabía yo, hermano: Dios no lo perdonará". Los dos van a mirarse y quedarán en silencio. Al atardecer, ese silencio costaría al padre Cándido tres o cuatro lágrimas.

(Esta es la nota que enviaría el hijo de Librado)

Vivir es un grave problema; tú eras quien lo decía siempre. Yo namás te miraba y me hacia el gallo loco, pero sabiendo mejor que nadie esa verdad. Nunca te conté lo que yo he pasado. Papá era una vaina. Cada sábado se daba su juma y venía a darnos golpes a mamá y a mí. Por eso yo lo odiaba tanto. Mamá sufría de la presión por las malas sangres que él le hacía, porque, como era sargento, vivía haciendo y deshaciendo sin que nadie lo jodiera. Mamá la pobre lo aguantaba todo, hasta que un día supimos que el sargento Jiménez (papá) violó una muchachita. La vieja lo cogió muy a pecho; de ahí se quedó triste y con el tiempo se fue apagando como una lámpara en la obscuridad de su cuarto. Antes de morirse me llamó, su cara llena de sombras y la voz amarga: "Es un perro, mi hijo, pero quiéralo, que es su papá". Sin embargo, después que la enterraron yo me escapé y no regresé a verlo Jamás. La vida es un error grave. ¡Y ahora resulta que la niña que papá violó hace años eras tú, Anita! El día que me contaste todo yo quería que me tragara la tierra; por eso después te dije que fuéramos a un motel, que iba a metértelo. Pero lo que yo buscaba era darte un pretexto para que me odiaras, porque me siento culpable de tu desgracia. Adiós, amor. Piensa en mí para mi cumpleaños. Perdóname. Te amo. La vida es una mierda.

A Librado lo único que puede salvarlo de la muerte es el horóscopo. Él pasa la página inadvertido, pero la vuelve atrás... lo lee y no le pone caso alguno. Ahora nada puede salvarlo. Se dispone a echarse un sueño, pero ya es tarde: lo jodió el timbre. El recoge el periódico, lo tira sobre la consola y va a abrir la puerta... Faltan trece segundos para las cinco.

 

 

Para Virna, quizás.

 

Pedro Antonio Valdez

(1968-Actual)

 

jueves, 16 de abril de 2026

Envidia - Jeannette Miller

 

Envidia

 

María tenía la boca como un semáforo: roja, carnosa y circular, con la capacidad de parar y acelerar a los hombres. Sus labios, pintados con Revlon Red, ondulaban al hablar y mientras se movían los muchachos se quedaban inmóviles y boquiabiertos, sintiendo la suavidad del lipstick sobre sus cuellos y sus pechos, saboreando de antemano lo que la imaginación de cada uno alcanzaba mientras apuntaban para la noche. María era una maga de la voz; ronca y aterciopelada, la utilizaba con inflexiones de artista de radionovela a la vez que hacía mohines con esos labios desesperantes con los que lograba enloquecer a los hombres.

Yo la odiaba. Y no sólo yo, sino todas las muchachas del barrio.

-Esa desgraciada. Ojalá se le rompa una pata o la atropelle un carro decía Clemencita que estaba enamorada de Marito García y éste ni la miraba cuando sentada en la fila de sillas alquiladas se quedaba esperando a que la sacara a bailar, en las pocas noches en que la mamá de Ivonne le permitía usar el tocadiscos nuevo y hacíamos una fiestecita de ocho a once que los tígueres llamaban UCNF, agregando una letra al movimiento cívico de mayor arraigo que existía en contra de los Trujillo, esos malditos, y que al final se desglosaba como Un Coge Nalgas Familiar.

Los muchachos ni nos miraban cuando ella se ponía esos pantalones apretados y entraba tarde a las fiestas después de haberse hecho esperar, con una blusa que dejaba entrever el nacimiento de los pechos y los pobres muchachos rifándose entre ellos los turnos para bailar con ella y ahí se fuñía la cosa porque no había para nadie en esas horas tristes de la indiferencia en que a nosotras nos daba taquicardia, ansiedad, rabia, envidia, odio y ganas de matarla, de salir de ella, de quitar ese obstáculo que no nos permitía ser, existir ante los ojos de  esos buenos pendejos, mariconazos, cundangos desgraciados, que sólo tenían ojos para ella.

-Algún día la voy a matar y me voy a beber su sangre se consolaba Tatica, quien había dejado a Julio porque un día en el Rialto, mientras la besaba en la última fila del segundo piso le susurró -Sí, déjame, María- cuando trataba de meterle mano debajo de la falda y ella se la detenía.

Cada día el odio crecía más abonado por el desfile de María al rayar las cinco, acabada de bañar, con una base rosada de Pons que le ponía el cutis nacarado, los pantalones apretados, las nalgas brincando empujadas por el tongoneo de las caderas, la melena a media espalda teñida con Negro Eterno, y una estela de agua de rosas que a mí me parecía nauseabunda, pero que a los muchachos los hacía desmayar de placer. Ya desde las cuatro y media iban llegando para esperarla en la esquina de las monjas que tenía los escaloncitos, pues era una entrada clausurada, y allí se sentaban Miguelito, José Joaquín, Ernesto, Marito, Julio y René mientras nosotras nos quedábamos en la galería de doña Enriqueta, a conversar con ella y comer despacio los ricos dulces que brindaba cada tarde, pero que se nos atragantaban al sentir el taconeo y apostarnos, dizque por casualidad, en la barandilla y ver a los muchachos alborotados mientras María caminaba despacio, provocativa e insinuante, perfecta tocaya de la Félix y de la Victoria, pero más peligrosa porque la teníamos ahí.

El día del cumpleaños de Lucy la gota rebosó la copa. María llegó casi a las nueve y contradiciendo su hábito de bailar con todos frente a nuestras narices, no aceptó invitaciones. No hubo manera de que diera un paso, los discos de Marco Antonio Muñiz y de Vicentico Valdés no despertaron sus ganas de demostrar que ella era la dominadora. Se sentó en una de las mesitas redondas cubierta por un mantel rosado y cruzó las piernas.

Antes de que terminara de sentarse había seis sillas a su alrededor e igual número de vasos con Coca cola, Seven up, cuba libre, ron a la roca, ron solo y cerveza, ella estalló en una risa burlona y agarró el ron a la roca empicándose un señor trago que dejó a todo el mundo perplejo.

Mírala, esa maldita cuero, es una borrachona —masculló Niní.

Por cuánto me bebo yo un trago así-exclamó Mercedes.

-A mí me matan a pescozones en casa cuando me atrevo a beber un poquito de cerveza y este cuerazo bebe más que un hombre y no to' hombre -casi gritó Tatica.

-Yo no sé cómo todavía la invitan. A mí me dijo mi prima que ella vive con un piloto de la aviación que es casado, pero que se las da de señorita porque en su casa la botan si saben eso. Y estos bolsa floja, babiándose por ella.

-Bueno, a lo mejor es que quieren tirársela.

-¡No hombre! ¿Tú no los ves como unos perritos detrás de la carne? Cualquiera de esos se casaría con ella, aunque la haya repasado un pelotón.

-Oye, dizque nosotras somos frías y bailamos despegadas de abajo.

-¡Coño!, pero quién va a estar quemándose con un pendejo que ni es novio de uno para que después diga el buen gustazo que se dio y nos desacredite.

-Que se vayan pa'l carajo.

María agarraba el vaso de tamaño mediano y bebía despaciosamente. Su boca había quedado estampada como un corazón partido por el borde del vidrio.

Prendió un cigarrillo y se esmeraba en exhalar el humo formando una nube gruesa y redonda que se diluía envolviendo a los que estaban a su alrededor. No valía que pusieran el último disco de Cortijo, ni Severa con Jhonny. Discos vienen, discos van, y nadie se movía de la mesa.

Entonces ella se paró despaciosamente, hizo como que buscaba algo, paseó su mirada entre los asistentes, nos vio, sonrió y enfiló hacia nosotras.

Yo tenía un vestido floreado con cretona; Lucy un trajecito estrecho color mandarina con unas hebillas doradas que su mamá tuvo que ir a buscar a la calle El Conde porque por aquí no aparecían; cada una tenía sus mejores galas, pero no había servido de nada pues los idiotas apenas nos saludaron.

Al llegar junto a nosotras María nos dijo casi con desprecio ¿No tienen Envidia de Vicentico Valdez? Porque si no lo tienen, lo voy a buscar a mi casa. Dicho y hecho, salió con el cortejo de babosos y a los cinco minutos sonaba la voz embriagadora de Vicentico, Envidia, tengo envidia del pañuelo, que tal vez secó tu llanto... y haciéndonos morir de envidia, María bailó uno a uno con los seis varones la misma canción, despacito, pegadito, acarameladito, mientras nosotras, cada vez más, nos hundíamos en la desgracia.

En nuestro afán de consolarnos comenzamos a murmurar sobre ella, a recordar su historia. María era de una familia pobre. Cuando chiquita la mandaban a una escuela de barrio donde había que llevar su silla. Aunque era tierna y amistosa nuestras mamás la tenían a menos y nunca nos dejaron juntar con ella. Si ahora la invitábamos a las fiestas era por miedo a que los muchachos no fueran a ir, pero de ahí a ser amigas, a alternar, ni soñarlo.

Además, no tenía clase, se vestía con colores chillones y telas baratas, y como era tan india y un poco achinada se veía baratona, achopiada. Cuando comenzó a desarrollar se le pegó una facha de cuero que no se la despintaba nadie y tía Cristina decía que eso no se quitaba porque con eso se nace.

Nunca la invitamos a montar patines ni bicicleta, pues ella no tenía. Se quedaba sola mirándonos muy triste mientras cuidaba a sus hermanitos. Tampoco recuerdo haberla visto en ninguno de mis cumpleaños. Pero ahora María nos estaba jodiendo. Con su mirada burlona y su sonrisa escandalosa parecía decirnos. Sí, ustedes son finas, tienen dinero, pero los machos son míos. Y nos lo demostraba de una manera humillante, exhibiendo que ellos sólo tenían ojos para ella y que nosotras estábamos paradas haciendo turno esperando a que se cansara de bailar, para recoger las sobras.

No tuvimos que decir nada. Nos miramos y todas supimos que todas sabíamos. Entonces Clemencita sonrió y dijo con esa vocecita inteligente que tanto me gustaba. Si la montaña no viene a nosotros, nosotros vamos a la montaña. -Se acercó al grupo de muchachos, sonrió a María y comenzó a hablar con ella. -¿Quién te hizo ese vestido tan bonito?

A la media hora sólo se oían risas y todas estábamos bailando.

 

Jeannete Miller

(1944-Actual)

miércoles, 15 de abril de 2026

EL GENERAL FICO - JOSÉ RAMÓN LÓPEZ

 

EL GENERAL FICO

 

Venía cabizbajo de Las Escaleretas a La Palma, siguiendo a lo largo del camino en su caballo rucio avispado, al que soltó las riendas sobre el cuello, por lo que el rocín iba paso entre paso, imprimiendo al jinete un movimiento oscilatorio que le inclinaba tan pronto a uno como a otro lado de la bestia.

 

El jinete era feo. Las piernas, encorvadas por el hábito de montar a caballo, encajaban sobre el cuerpo del animal circunvalándolo como una cincha, y estaban envainadas en sendos pantalones, anchos y sobrecortos, que dejaban en descubierto cuatro dedos de jarrete musculoso y peludo; y después unas medias de a real, caídas sobre los zapatos de orejas salpicados de lodo, con enormes espuelas de cobre bien aseguradas, rechonchos y sin lustre, fundas de los enormes pies que no se calzaban sino los domingos y fiestas de guardar. El tronco era robusto, cuadrado, ordinariote, terrible con su chaquetita corta y mal traída, de gusto y hechura rural, huyéndole a la pretina de los calzones, a dos dedos de ella, con anchos bolsillos donde guardaba el descomunal cachimbo de tape y la vejiga de toro henchida de picado andullo, y dejando ver los pliegues de la camisa listada y la ancha correa de que pendían el sable truculento, el cuchillo Colin de luciente y afilada hoja, y su revólver de Mitigüeso, que así lo llamaba. Y como coronamiento de aquel sagitario tremebundo, de aquel ecuestre Hércules pigmeo, una cabeza sobre cuello apoplético, con la faz cetrina teniendo por frente una pulgada de surcos rugosos entre el cabello apretado y las alborotadas cejas tras las cuales brillaban, emboscados como salteadores, dos ojillos negros de expresión felina, entrecerrados ahora, mirando paralelamente a

la nariz de forma cónica, rematada en trompa y como queriendo zamparse en la espaciosa boca de labios gordos y negruzcos, que se abría hasta cerca del remate de las quijadas como agallas de tiburón que, con los pómulos salientes, le cuadraban la cara. De esta, a manera de velamen, se destacaban una chiva larga y puntiaguda, y dos orejas espantadizas, desconfiadas, adelantándose en acecho para oír mejor. Y por sobre todo ese conjunto abigarrado y monstruoso un breñal de cabellera amoldada al sombrero y al pañuelo que llevaba atado, y afectando las formas de un paraguas o de un hongo.

 

Era el general Fico, cacique el más temido en los alrededores. Machetero brutal y alevoso, holgazán consuetudinario que vivía cobrando el barato de todo en toda la comarca.

 

De súbito se irguió como por resorte, arrendó el caballo, y en todo su ser se reflejó una expresión de fuerza bruta irritada, de tigre hambriento que olfatea la presa y se alista a caer de un brinco sobre ella. Aguzó el oído, y creció la ferocidad innata de su gesto, avivada por la pasión; sus ojos despedían relámpagos, y sus músculos se marcaban con brusquedad sobre la piel, como las venas hinchadas de sangre. Se apeó del caballo, sacó su revólver y se lanzó con paso cauteloso hacia la selva por entre la cual iba el camino. Cinco minutos hacía que andaba así, escudriñando por entre el claro de los troncos y las malezas, cuando vociferó una interjección de rabia, y se quedó parado entre dos

ceibas de alto y grueso tronco.

 

--Ei diablo me yebe. ¡Bien sabía yo que era beidá! Y me oyén eso do sinseibires, bagamundo je ofisio, y se han laigao. ¡Si yo cojo ese güele fieta y a esa arratrá!

 

Aquí se contuvo, y volvió a examinar los árboles.

-No hay dúa-continuó-. La señai no manca. Aquí taba ei picando el palo con su cuchiyo, sin atrebeise a miraila y ella detrá de lotro palo con lo sojo bajo, ei calabazo de agua en ei suelo y jasiendo un agujero en la tierra con el deo grande dei pie. Eso jueron lo golpe que oí. Pero ai freí será ei reí. No ar plazo que no se cumpla, ni deuda que no se pague.

 

Y regresó mascullando tacos y maldiciones al camino, donde volvió a enhorquetarse sobre su caballo, y siguió marcha a la casa del vale Pedro, que se veía sobre un cerrito a distancia de un cuarto de milla, contrastando su techo pajizo y su maderamen de tablas de palma con el verde panorama, ondulado de colinas y vallejuelos, que la rodeaba.

 

Ya no iba cabizbajo. El pensamiento airado no se refleja mansamente en la fisonomía: es el resplandor de un incendio que caldea el rostro y se propaga al ademán. Entre uno y otro parpadeo flameaban sus ojillos como brasas sopladas, y se aventaban sus narices a compás de las crispaduras de sus puños. De cuando en cuando espoleaba maquinalmente el rucio, que en la primera arrancada hacía traquetear el sable encabado, golpeándolo sobre un costado de la silla. Torció a la izquierda y ganó la vereda que conducía a casa del vale Pedro.

 

Ideas salvajes de deseos, venganza y exterminio azotaban el pequeño cerebro del general Fico. Estaba locamente enamorado de Rosa, hija del vale Pedro, la más linda campesina de los alrededores; pero la muchacha se resistía a corresponder esa ferviente pasión carnal de groseras manifestaciones, y desechaba las oportunidades de encontrarse con el fauno que no le perdía pies ni pisadas, en su empeño de conquistarla a todo trance. Él había perdido la tranquilidad de bestia saciada con los nuevos apetitos que le aguijoneaban. Su pobre mujer y sus chiquitines andaban ahora temblando cuando él estaba en casa, porque se quedaba horas y más horas meciéndose en la hamaca, con el gesto áspero de mastín en guardia, echando pestes como si para eso y para hartarse solamente tuviera la boca: cuando no les llovía una granizada de puntapiés y garrotazos sin motivo alguno. Recordaba en este momento las facciones de Rosa, dulces como una sonrisa; su lozanía robusta y graciosa, que parecía que iba a estallar como la concha de una granada y a avivar el sonrosado de las mejillas; sus ojos negros de miradas acariciadoras, su pelo reluciente, que de tan negro se tornasolaba, y aquel cuerpo de ondas firmes, acopio virgen de bellezas tentadoras...

 

Y que un patiporsuelo que iba a las fiestas sin chaqueta le disputara la posesión de ese tesoro, a él, al primer varón de Los Ranchos, al que hacía temblar a hombres y a mujeres y con su nombre se acallaba a los pequeñuelos traviesos... a él, que disponía de todo, que cobraba primicias así de las labranzas como de las muchachas casaderas... ¡No, no podía ser! Aquello acabaría mal si esos tercos no entraban en razón. Porque no le cabía duda: las negativas empecatadas de Rosa provenían de que andaba en tejemenejes con ese perdido de Julián, a quien tenía que meter en cintura haciéndole sentir todo el peso de su autoridad. Había visto sus cuchicheos en la fiesta del domingo anterior, y aún recordaba que Rosa se puso como una amapola cuando Julián, con el güiro en la mano, entonó unas décimas cuyo pie forzado era:

 

La mujei que te parió

puede desir en beidá

que tiene rosa en su casa

sin tenei mata sembrá.

 

Y ella también estaba esa noche más adornada que de costumbre: estrenaba un trajecito blanco con chambra y falda de arandelas; una mantilla rosada, y un ramito de clavellinas matizadas en el pelo. ¡Qué muchacha! Olía a gloria y era de chuparse los dedos. Pero urgía proceder de firme y rápidamente, porque la cosa iba de largo: acababa de ver la señal de que hablaban en el monte, saliendo ella con pretexto de ir por agua al río. Y para ganar tiempo resolvía ponerlo en conocimiento del vale Pedro, cosa de que espantara a Julián y vigilara a Rosa, en lo que él ideaba algo que le asegurara la posesión de la muchacha.

 

Al desembocar a un recodo de la vereda se encontró con aquella.

 

-Bueno día le dé Dio-le dijo Rosa, toda asustada. Llevaba su calabazo de agua pendiente, por el agujero, del índice encorvado. Efectivamente había estado conversando en el monte con Julián, tranquilizándole de sus celos de Fico, cuando oyeron los pasos de este. Se le había adelantado, y la turbó encontrarse con él toda sudorosa, jadeante, temiendo que sospechara algo al verle los colores encandilados y el traje lleno de cadillos.

 

-Bueno día le contestó Fico acentuando mucho las sílabas; y luego añadió:

-¿Qué jeso? ¿Hay arguna laguna en ei monte, que no ba ja

bucai agua po la berea?

-No, jue que...

 

-Sí, ya sé lo que… é. Agora memo iba a desíselo a tu taita, poique esa no son cosa de donseya honeta. Qué poibení te quea co nese arrancao que no tiene conuco y anda de fieta en juego y de juego en fieta. Poique yo sor claro: de dai un mai paso se da con quien deje: con hombre que sean batante pa yebai qué comé y qué betí.

 

-Pero, general, si yo con ninguno... -tartamudeó Rosa.

-No me diga na que yo lo sé to. Y como tengo que mirai poi tojutede, si no acaban eso, bor a jasei que recluten pa soidao a Julián.

 

¡Binge santa!, ¿qué dise uté, generai? A soidao... ¿Y poique? ¿Qué ha jecho ese bendito? Poi Dio... Déjelo quieto...

 

-Y te atrebej a intereaite por ei alante mí. Un vagamundo que no tiene ma sembrao que tre sepe plátano. Cuaiquiea te coje jata tirria. Mira: si diaquí a trej día no sé con seguridá que lo haj dejao, ba pai pueblo. Hor é lune. Ei sábado, o me aj dicho que sí o buela ei co nala de cabuya, camino e Pueito Plata.

 

La pobre Rosa se deshizo en lágrimas y ruegos: que no lo persiguiera; que se habían visto por casualidad, y ella no podía ponerle mala cara a ese cristiano que se había criado junto con ella; que qué mal le habían hecho ellos para que los tratara como a jibaros...

 

Pero no alcanzaba nada. Fico al fin la dejó plantada en medio de la trilla, recordándole al volverse su amenaza: ¿Soy o no autoridad?, se preguntaba él. Vamos, Fico, ¿para qué te ha entregado el mando el Gobierno?... ¡No faltaba más: perderle así el respeto!...

 

El sábado siguiente, muy de mañanita, iba el pobre Julián entre cuatro cívicos, atados los brazos a la espalda, guiado como un marrano a la fortaleza de Puerto Plata, donde le meterían en el siniestro cubo con los criminales más atroces, para luego salir a montar la guardia y quedar condenado a envejecer bajo un fusil.

 

En aquella mañana tan hermosa comenzaban sus amarguras. Mientras él ahogaba los sollozos de dolor y rabia, la naturaleza saludaba la dicha de vivir con la alegría de sus cantos aurorales. El inmenso azul se teñía de franjas purpurinas que asomaban como cabellera hirsuta por la cima de los montes negruzcos que se veían al oriente, despertándolo todo; levantose una brisita fresca y reposada, mensajera del perfume de la selva; cantando al pasar por entre las añosas ramas, e inclinándose a susurrar secretos a los inmensos pastos de yerba de guinea, esmaltados de rocío, que se inclinaban para oírla. El gorjeo de los ruiseñores se unía a los tiernos arrullos de la paloma, y al suave murmurar del Bajabonico; cantaban los gallos, sultanes de su harén, y las vacas con la ubre repleta mugían tristemente llamando a sus becerros. Y el hombre también comenzaba su labor: hendiendo las nieblas que se disipaban, subían alegres de las rústicas cocinas densas columnas de humo como matinal incienso al Dios que hizo del amor el génesis y el impulso de la vida.

 

Y el infeliz Julián, aquel mozo robusto como una ceiba, de mirada enérgica y facciones agradables, aquel pobre muchacho, bueno y fuerte, amante y laborioso, veía todo eso con los ojos húmedos, y le parecía imposible que a su edad y entre esas lomas, bordes del inmenso tazón de suelo fértil en que había

vivido, pudiera el dolor arrancarle lágrimas. Ni se fijaba en los sombríos verdes y olorosos, en los ganados relucientes y gordos que retozaban a distancia, ni en los bohíos encaramados como cabras en lo alto de las colinas y picachos. Solamente cuando pasó frente a casa de Rosa salió del atontamiento en que su

repentina desgracia le tenía sumido. ¿Perderla?... ¿y por qué? Por el capricho de un asno satiriaco y omnipotente. ¿Cómo sería posible? ¿Aquel trozo de alma, aquella hermosura como flor silvestre que se iba derechamente a él para que la recibiera en sus brazos y la trasplantara a su corazón, no había de ser suya? ¿Por qué andaban las cosas tan destartaladas en el mundo? ¿Por qué el Gobierno escogía para representar la autoridad a un truhán como el general Fico? ¿Acaso no había buenos hombres en Los Ranchos? ¡Ah! Pero los del campo son el ganado humano: les ponen un mayoral, mejor cuanto más malo, para que arree la manada a votar por el candidato oficial, o a tomar las armas y batirse sin saber por qué ni para qué. Nada de prédica, nada de escuelas, nada de caminos, nada de policía. Opresión brutal. Garrote y fandango: corromperlos, pegarles y sacarlos a bailar. Y en cambio de eso, que el mayoral haga lo demás. Que estupre, robe, exaccione, mate... con tal que el día de guerra o de elecciones traiga su gente.

 

Todo eso le trasteaba confusamente la cabeza a Julián: creía tener derecho a rebelarse contra tamaña iniquidad. ¿Eso era Gobierno?... Si un toro furioso le embestía en el camino, ¿no se defendería? ¿Y qué toro se igualaba al general Fico?...

 

Luego pensó en su madre, en la pobre viejecita que estaría a estas horas hecha un río de lágrimas, sin amparo, sin auxilio, quizá maltratada por ese malacasta... Estiró los brazos como para quebrar las cuerdas, y tomó tal impulso que derribó a los dos que lo sujetaban; pero los otros lo dejaron sin sentido a culatazos, llevándole luego bien seguro y casi a rastras hasta la población.

 

Pasó una semana más sin que Fico se dejara ver por los alrededores de la casa de Rosa; pero a los ocho días la esperó a la vera del rio, y cuando ella asomó pálida y ojerosa, pintado su dolor en el semblante, le preguntó que cuál era su resolución. Y ella volvió a deshacerse en ruegos y protestas: que sacara a Julián de soldado porque no había nada entre los dos; que si estaba desesperada era

por la idea de que ella fuese la causa de la desgracia de un prójimo: fuera de ahí nada. En cuanto a lo otro no, no insistiera, porque primero moriría que tener frutos que no fueran de bendición.

 

Él la contemplaba extasiado. Arrobábale su hermosura, ora grave de mater dolorosa, con la delgadez semitransparente arrebolada de ideales, y se arrodilló, suplicante a su vez, implorando un jirón de amor, por el que le ofrecía su poder omnímodo, su brazo omnipotente, su voluntad que dominaba las otras desde Tiburcio hasta Las Hojas Anchas, desde el mar hasta La Cumbre. Satanás enamorado debe tener la hermosura siniestra y tenebrosa que la fiebre del amor creó en Fico. Arrebatado por su pasión vehemente, como que tenía fuertes asideros en la carne, tomó una de las manos de Rosa y estampó en ella besos de fuego, que resonaron en la soledad confundiéndose con el bullicio argentino de la corriente.

 

-Jesús – gritó Rosa, retirando con violencia la mano y haciendo un gesto de asco y de desprecio. Miró a todos lados buscando un salvador, pero allí, fuera del monstruo, solo había pájaros y peces. Entonces echó a correr por el repecho de la hoya, hasta que salió al camino. Él se quedó mirándola con los brazos cruzados, torvos los ojos, meciendo la cabeza sobre su cuello toruno. Estaba sentenciada. La miseria y el dolor, como círculo de fuego, no tardarían en rendirla.

 

No transcurrió mucho sin que se esparcieran rumores funestos en toda la comarca que riega el Bajabonico. Rosa y el vale Pedro comenzaron a notar aislamiento, vacío en torno de ellos. Se pasaban los días sin que a su puerta se oyera el ¡Alabado sea Dios! o el ¡Dios sea en esta casa! de una visita. Rosa decía a veces con una sonrisa de enfermo que se le estaba olvidando ya el contestar ¡Por siempre! Sospechaba el manejo oculto. Bien se le alcanzaba que todo era obra de Fico, quien los había señalado como objeto de su prevención y de su tirria, espantando a los atemorizados vecinos, que ninguna clase de solidaridad querrían con los amenazados por el tiranuelo. Así había excomulgado a muchos. Pero Rosa tranquilizaba a su padre achacándole a lo afanados que andaban en todas las casas con la madurez de la cosecha.

 

No sabía nada de Julián, lo que la traía desasosegada e inquieta. A veces se iba al monte para escapar a las miradas de su anciano padre, y allí daba rienda suelta a su llanto. Traía a la memoria las horas de dicha en que bajo los mismos árboles relamía a hurtadillas con la vista la varonil hermosura de su novio; y ahora se encontraba sola: él quién sabe cómo; ella bajeada y perseguida por el enemigo de su recato, que tal vez a cuáles extremos la conduciría.

 

Una tarde, al regresar del cercano monte, la encontró siña Nicolasa, y con misteriosos ademanes le indicó que quería hablarle de algo reservado, y la llevó tras una mata de bambú muy ahijada, como enorme mazo de plumas gigantescas.

 

Allí le contó que había sabido lo que el general Fico quería contra ellos, pues lo oyó hablando a la vera del camino con tres de sus hombres, mientras ella recogía leña en el monte.

 

Su plan era reclutar para soldado al vale Pedro; y cuando Rosa quedara sola, acabar poco a poco con cuanto tenían, mientras el viejo se pudriera haciendo guardias; hoy una vaca, mañana un caballo, después otra bestia... Así irían llevándoselo todo, hasta dejarlos en la inopia y los tres bribones se encargarían de vender a medias en otra parte lo robado.

 

Rosa, aunque no le sorprendió la noticia, pues ya lo venía temiendo, se aterró: Julián era mozo y podía esperar a que las cosas cambiaran; pero su pobre taita, viejecito que ya miraba al suelo, se le iba a morir en el servicio. Le debía más que la vida, que cualquiera la da; le debía una consagración idólatra, con ternuras y delicadezas femeniles; había sido para ella, desde el mes de nacida, padre y madre al mismo tiempo: casi ni la había dejado ocasión de notar la falta de la que la echó al mundo. Y ahora que estaba en sus manos el salvarlo, ¿no lo haría? ¡Pero qué sacrificio era necesario! Entregar su virginidad como flor a un verraco. Encenegarse con aquella fiera, y renunciar a la realidad de sus sueños, a la vida de amor idílico con Julián, que ya consideraba como cosa hecha. Desprenderse de la riqueza, de los goces materiales, es durísimo trance; pero deshacerse de un ideal, arrancarlo después que sus raíces profundizaron en el corazón, es la muerte del alma: sigue existiendo el cuerpo, pero no vive: las piedras crecen también.

 

Y no daba espera la maldad del general Fico. A la mañana siguiente iba a empezar la ejecución de sus planes tenebrosos. Esa noche el vale Pedro notó la aflicción de su hija, y quiso averiguar la causa: ella estuvo tentada a confesárselo todo; pero previó la amargura del buen viejo: y quién sabe si su rectitud en materia de honra pudiera llevarlo hasta a un combate en que de seguro moriría... y quiso economizarle esos dolores: sonrió forzadamente y dijo que estaba indispuesta... poca cosa...

 

¡Qué noche! ¡Cuánto ir y venir con la imaginación, buscando una salida para todos! Pero no había otro remedio: para salvar a los demás precisaba que ella quedara en prenda.

 

Cuando asomaron los claros del día, ya su resolución era firme: se sacrificaba entregándose a aquel hombre implacable que le causaba horror. Coló el café y salió luego con dos calabazos, más que por buscar agua para aguardar a Fico en el camino y tratar accediendo a sus infamias.

 

No esperó mucho. Desde lejos lo vio venir cabalgando en su rucio, y rodeado de sus cuatro hombres, los brazos de sus maldades, que venían a llevarse al vale Pedro. Le llamó aparte, y la horrible transacción quedó consumada. Ella estaría a media noche en la puerta tranquera, y él perdonaba al vale Pedro.

 

Oíase el segundo canto de los gallos cuando Rosa se deslizó como una sombra y se detuvo en la tranquera, donde se recostó casi desvanecida. Otra sombra avanzó entonces y empezó a hablarle en voz baja; pero cuando se disponía a saltar las varas, sonó una interjección seguida del relampagueo de un cuchillo que se hundió en las entrañas del general Fico, para salir goteando sangre al caer el cuerpo de este bandido.

 

El matador era Julián. Se había escapado de la fortaleza, y venía a ver a Rosa para ocultarse en cuanto amaneciera cuando reconoció en las tinieblas a Fico, que entraba en la vereda. Lo siguió andando por el monte sin perderlo de vista, luchando entre los celos y el temor de alguna nueva infamia y, resuelto a saberlo todo, se apostó en acecho cuando Fico se detuvo frente a la tranquera del vale Pedro.

 

Rosa, defendiéndose de las acusaciones que su amante, tentado de matarla, le imputaba, refiriole lo acontecido; y cuando el vale Pedro salió a las voces, tuvo que convenir en que era necesario escapar esa misma noche. Recogieron algunas bestias, y cargando con cuanto les fue posible, se encaminaron hacia los cortes de Jamao, refugio inviolable, saldo de cuentas de los que tienen alguna que arreglar con la justicia.

 

En La Palma, cuidando la propiedad del vale Pedro mientras la vendían, quedó la madre de Julián, aguardando a que su hijo viniera una noche a buscarla.

 

En cuanto al general Fico, hasta el Gobierno abandonó su causa cuando dio las espaldas a este mundo, y al cabo de un mes nadie se acordaba de él sino para bendecir al que libró la comarca de tan perniciosa alimaña.

 

JOSÉ RAMÓN LÓPEZ

(1866-1922)

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