lunes, 22 de junio de 2026

CRÓNICA PUERTOPLATEÑA - Virginia Elena Ortea

 

I

Acabo de conocer, mis queridas lectoras, al protagonista de aquel trágico drama acaecido en la plaza principal de la villa de Moca en los últimos del mes de mayo próximo pasado; drama que conmovió profundamente a la sociedad dominicana, absorta ante el cadáver de la hermosa Emilia Michel, pobre niña cuyo pecho destrozado regó con sangre las flores que le sirvieron de poético lecho por un instante, al caer sin vida, muerta por las manos de un amante desesperadamente celoso.

 

Le acabo de conocer a él... He ido a visitarle a su prisión acompañando a la hermana del desdichado joven, atribulada muchacha que en los umbrales de la vida aún, y bien necesitada de consuelos, ha dejado su hogar para venir a darlos con su presencia, su simpatía y sus lágrimas a quien tanto necesita de la santa caridad del espíritu: la compasión.

 

Es él un adolescente - no ha cumplido veinte años – en cuya faz que aún tiene el brillo y hermoso sonrosado de la infancia, no hallará de seguro el más observador un solo rasgo que denuncie la imprudencia y dureza del perverso, ni la solapada expresión del hipócrita.

 

La frente del joven Lara no tiene depresión alguna que pueda hacerla repulsiva; es francamente despejada y su negrísimo cabello cae con naturalidad sobre ella sin ocultarla; entre sus ondas se destacan ya algunas hebras blancas, "nacidas" -me dijo al observarlo yo- "desde que estoy en la cárcel."

 

Sus facciones son correctas; apenas le asoma un ligerísimo bozo, y una barbilla alfonsina, que le ha nacido también en la prisión, empieza a sombrear y dar expresión varonil a su aniñado rostro. Sus ojos, grandes y brillantes, no miran con la malicia del astuto ni tienen la vaguedad del criminal; solo vi en ellos una tristeza profunda y mucha luz al animarse hablando del desgraciado suceso, luz que brillaba húmeda por reprimidas lágrimas, cuantas veces nombré a su malograda novia.

 

La primera impresión que sentí al verle fue sorpresa. Yo esperaba encontrar un hombre, y hallé un niño; pensé oír palabras de firmeza, cuando no el alardeo de carácter intransigente, propio del hombre capaz de llevar a cabo una acción violenta y reprochable; creí que el preso rehuiría el tratar del penoso asunto, y de tocarle había de defenderse acusando, como hace todo el que obra mal y confía su defensa al mal juicio que haya de levantar sobre el contrario. ¡Qué sé yo! Estaba tan predispuesta que, al llegar a las puertas de la prisión, mi pecho latía furiosamente, y temí cometer - llevada de mi carácter impresionable y la aversión que me inspira toda injusticia y mezquindad - una indiscreción a la primera palabra inconveniente del joven.

 

Pero no: el pobre muchacho apenas me vio, casi sin preámbulos, como quien se expansiona con anhelo, me dijo que deseaba conocerme y hablarme de esa desgracia; que yo le podía entender y juzgar y darle mi opinión. Preguntome qué juicio había yo formado de él.

 

No pude menos de sonreír con pena ante esta sinceridad efusiva y contestarle que le consideraba un niño desgraciado.

 

Entonces me contó sus amores, tan trágicamente truncados. Recuerda los detalles con amargo placer. No atina a hablar de otra cosa; su pensamiento está fijo en esos recuerdos que evoca sin cesar.

 

Piensa en su amada cual si viviera aún; el delirio de ese amor vehemente no ha cesado. No siente remordimiento porque no sabe cómo pasó todo aquello, de qué tan lejana estaba apasionado y su mente un momento antes, y todavía le parece mentira. siente dolor, dolor inconsolable de haberla perdido.

 

-Sobre el pecho tenía una rosa que yo le había dado esa tarde -dijo- y yo tenía una blanca, regalo de ella. ¿Cómo he podido hacerle daño, si la menor contrariedad o pesar que ella sufría era doblemente sentido por mí, que la amaba más que a mí mismo?

 

Y no solo la quería, la quiere. Para él vive ella. Tiene su alma, para amarla, esa tenacidad que ni la muerte desprende, que solo puede existir en los grandes amores, y nunca en cualquier corazón. El asegura que en sus sueños la oye llamarle con cariño y él despierta para gemir: "llévame, llévame!" Y ella le dice que sí, y él confía en que no le tiene rencor, y que vela por él.

 

Conmovida ante la grandeza de este dolor quise hallar palabras de consuelo. Aquella relación sin artificio, que brotaba con la espontánea elocuencia de la sinceridad y el sentimiento, me arrobaba. La hermana del joven, presente a la entrevista, lloraba silenciosamente y yo rebuscaba en mi imaginación las frases que pudieran servir de lenitivo en tan inmensa pena, sintiéndome incapaz de consolarla.

 

Recordé la misericordia de Dios y las esperanzas que ofrece. En su nombre, le dije, había de esforzarse en obtener la calma necesaria en el amargo trance. Los grandes dolores de la vida parecen una prueba para acercarnos a Él. Cuando todas las ilusiones del mundo nos faltan, Él nos queda; y El solo puede ver con justicia el fondo de las almas y juzgarlas según sus intenciones.

 

El joven preso espera y confía en Dios; pero su mayor deseo es que Él le conceda unirse a la que ama. He tenido que reñirle como a un niño, alarmada ante el peligroso delirio.

 

Le he hecho presente cuánto puede aguardar del porvenir quien posee el hermoso don de la juventud y ha despertado tan prematuramente a la experiencia por medio del dolor; el dolor que es fuente del bien, la bondad, la compasión y la grandeza de espíritu.

 

Después de calmado, mi joven amigo ha vuelto a reanudar su narración.

 

Copio recordando con exactitud sus palabras, segura de que mis lectores las acogerán con interés. Una historia de amor desgraciado tiene singular atractivo, aun para los oídos menos acostumbrados a escuchar exquisiteces y para los corazones más suspicaces y fríos ante las hermosas manifestaciones del alma: porque la ternura es flor de sutilísimo perfume que embalsama hasta el pie del ciego que se posa sobre ella, con ánimo de destrozarla.

 

-Yo la quería desde que éramos niños-dijo- y desde entonces no ha habido paz para mi corazón. Mi carácter exaltado y vehemente, excitado por sus desdenes, hizo de los primeros tiempos de mi juventud un penoso martirio.

 

-He comprendido, efectivamente -le interrumpí- que es usted excesivamente apasionado, y de genio irreflexivo.

 

-Y es verdad-replicó. - Para todo tengo una actividad febril y el impulso de mi corazón me arrastra de tal modo, que jamás me ha dado tiempo a pensar lo que hago. No sé cuántas veces he puesto mi vida en peligro con imprudencias en que no he puesto atención... Mis amigos por casualidad han podido librarme del suicidio, cuya idea, en momentos de arrebato desgraciado, me ha sugerido, y no ha sido llevada a cabo sin la menor reflexión, por la intervención oportuna que me ha salvado. Esto es una desdicha, pero ¿cómo remediarla, si el carácter parece ser parte de nosotros mismos, y creemos tan imposible su dominio?

 

-La experiencia, acaso-dije, - y el dolor de la falta a que nos arrastró, sea su único remedio.

 

-Pero ese remedio suele llegar tarde, -contestó melancólico él-demasiado tarde... Continúo. Cuando al fin logré ser aceptado por la mujer amada, mi felicidad no tuvo ejemplo; nadie ha podido dar mayores pruebas de amor. Comprometido ya, y satisfecho, todo me parecía poco para hacer sentir a mi adorada la intensidad de mi cariño. Recuerdo que por entonces estuvo ella ausente de mí un mes que pasó en La Vega; pues en ese corto tiempo, además de escribirle diariamente y haberle puesto más de veinte telegramas, estuve a verla ocho veces.

 

Mis celos, grandes como mi amor, con él vivían en perpetua lucha. Una mirada de ella para otro, una palabra, eran un choque eléctrico terrible en todo mi ser, que me ponía al borde de la desesperación; pero si la veía, cuando más quejoso estaba, con una expresión de cariño me desarmaba, a tal punto, que todo lo olvidaba como por encanto, para embriagarme en la loca felicidad que sentía renacer.

 

II

 

-¿Y sabía ella, -inquirí- el ascendiente que tenía sobre usted?

 

-Lo sabía, estaba segura de él; conocía tan bien mi debilidad como la desesperación en que me sumían sus geniadas. ¡Que si sabía lo bien querida que era! En cierta ocasión me aconsejó un amigo, como remedio seguro para atraer la sumisión de la mujer amada, el fingimiento de una indiferencia sistemática y aun excitar sus celos haciéndome amar de otra. Esto pasaba antes de nuestro compromiso. Mi primera tentativa de indiferencia la hice poniéndome en viaje hacia un pueblo vecino, al amanecer de un día en que se celebraba una fiesta en el nuestro.

 

Ella supo que me ausentaba y dijo a sus amigas con esa firmeza de seguridad que solo puede tener la mujer que se siente amada, como lo era ella, que iría a misa, lo más hermosa que pudiera, convencida de que yo había de verla antes de que terminara la mañana. Efectivamente, una hora, lo más, llevaba de camino, cuando arrepentido del viaje, y no pudiendo resistir aquella contrariedad que yo mismo me impusiera, resolví volver grupas, arrostrando las rechiflas de mis compañeros, y corrí hacia Moca devorando distancias con loco afán, y llegué a la plaza a tiempo que ella desde la iglesia me señalara a sus amigas... Yo era incapaz de ausentarme de Millo(*) voluntaria mente por un solo día.

 

En otra ocasión, vi su expresivo semblante lleno de asombro y contrariedad en momentos en que, con ideas de despertar sus celos, galanteaba yo a otra muchacha. Siendo esta mi intención, debí sentirme satisfecho de mi bella obra, y más, si con ello lograba despertar el ansiado interés de mi amada; pero no, yo la quería con tal ternura que el pensamiento de que ella pudiera sufrir un solo instante la tortura de los celos, me hizo perder la cabeza; sentí aguda pena, mil veces mayor que la que ella sintiera y las que yo había sentido por mí mismo, y desfalleciendo de emoción y arrepentimiento no me humillé a decirle toda la verdad, gracias a un esfuerzo de la voluntad que me dejó casi enfermo de desaliento.

 

-Ese es amor, verdadero amor, -interrumpí, y sorprendida de tan delicado sentimiento, casi a pesar mío exclamé: -Y pudo usted herir ese pecho que guardaba el deseado corazón! ¡Pudo usted hacer ese daño!

 

-No salgo de mi sorpresa de haber podido hacerlo-respondió tan contristado, que me arrepentí de mis palabras; - pero tenga en cuenta la rapidez del hecho y la locura que envolvió mi cerebro en un torbellino de fuego... Yo no me pertenecí en aquel momento. Si algún obstáculo me hubiera detenido un instante en aquella hora fatal, si me dirige ella una mirada de reproche, si llego a tocarla antes, y ella expresa dolor, ¿cuánto iba a poder herirla, yo, que sentía con tal intensidad la pena más insignificante que ella sufriera, y para quien una queja de esa mujer adorada era una herida que me desgarraba el corazón? Sí, yo que no tuve nunca valor para hacerla llorar, lo tuve para hacerla morir... Eso sí, una sola vez sufrió; antes jamás le hice agravio ni le causé pena voluntariamente.

 

Miré con curiosidad, al oír estas palabras, el rostro juvenil del preso, impregnado de tristeza y congoja. Su expresión era la de la sinceridad: no tiene arte para decir lo que desea, ni sabe hacer bonitas frases; se inspira en sí mismo y habla lo que siente con esa facilidad- casi elocuencia - que solo tiene el que se apasiona sin trabas, y con el anhelo que da el afán que sentimos de desahogar las penas que nos afligen. El dolor es gran maestro de filosofía, y el corazón que le siente en toda su magnífica solemnidad, no sabrá ser perverso, no, y es capaz de elevarse en sus alas a la mayor altura a que podemos aspirar desde la profunda miseria que es la vida. Hijas del dolor son las más hermosas páginas de la historia de la humanidad.

 

- ¿Y es cierto, -pregunté yo a mi pesar, queriendo saber toda la verdad de esta triste relación, - es cierto que la había amenazado usted muchas veces con la muerte?

 

-No, no lo creo, se lo aseguro a usted, -me apresuré a decir.

 

-Mas, sin tener la intención, ¿quién, con verdadero despecho, ha medido sus palabras? La calma fría y pensadora no es atributo de la pasión, los arrebatos de la locura están a espaldas del amor aguijoneado, siempre, como está la sombra tras el cuerpo que da el frente a la luz, y cuando quien habla se inspira en esa impaciencia efervescente: ¿acaso será dueño de sus palabras quien apenas es dueño del cuerpo que tiembla como una hoja a la presencia del ser amado, cual dice usted que le ha pasado tantas veces? Después de conocerle, después de oírle, no creo que pudiese premeditar la horrible catástrofe; no, mas no extrañaría que su corazón vehemente se desbordara en imprudentes frases: el que sabe amar como usted, no sabe meditar; el cálculo es privilegio de la falta de sentimiento. En estos casos, los arrebatos más brutales son verdaderas pruebas de amor, que nunca estarán al alcance de las almas frías y egoístas.

 

-Es verdad, es verdad, -repitió el joven como si mis palabras respondieran a su propio pensamiento, -y recuerdo que, en el calor de nuestras discusiones, cuando estaba celoso, bien hice presente a Millo que yo mismo no sabía qué alcance podía tener la situación desesperante en que me colocaba si no atendía a mis razones y súplicas, pensando en la probabilidad que había de que ocurriera una desgracia, sí, la de que un momento de locura me arrastrara al suicidio a que ya había atentado otras veces... Nunca creí que llegara a ser tan horrible el desenlace.

 

Después de un breve instante de silencio el preso continuó.

 

-Nuestras relaciones duraron poco; no había paz entre su carácter travieso y despreocupado de muchacha mimada y bonita, y mi amor, exigente y profundo. Una trivialidad les puso término; un arrebato de mis celos, y una tranquila y desesperan-

te indiferencia por parte de ella.

 

Entonces hice lo que hacen todos: me lancé, para llenar el vacío doloroso que en mi alma dejaba el rompimiento, a toda clase de aventuras. Ella había salido de Moca a raíz del disgusto, y su ausencia se unió a la pena que me devoraba para hacerla más insufrible. En vano buscaba olvido en otros amores, al corazón no se engaña, y el falso amor del despecho que se busca para entretenerle, es peligroso calmante que apenas le adormece, para empujarle con nuevos bríos y más pujante delirio, en pos del verdadero objeto de su ternura.

 

Yo no tuve valor para resistir largo tiempo fingiendo indiferencia, y llegó a ser tal la pena que me consumía, que poco tardé en convencerme de lo inútil que era la tortura de procurar un olvido que jamás conseguiría, y en tratar de rehacer el lazo de que parecía depender mi vida.

 

III

 

No puedo continuar la relación empezada, sin enviar antes mis más expresivas gracias a las personas que han tenido la bondad de escribirme desde esa Capital, mostrándose interesadas por mi crónica, y felicitándome por ella.

 

Particularmente, a la dulce amiguita que dice haber derramado sus puras lágrimas leyéndola; lágrimas que me enorgullecen, aunque bien sé que no soy quien las ha hecho correr, sino la delicadísima sensibilidad de su corazón, que naturalmente se conmueve ante la catástrofe de una vida inocente truncada por la fatalidad, y de otra vida más desdichada aún, en que anidará eterno el desconsuelo de tan irremediable des-

gracia.

 

Fuente de profunda enseñanza es esta historia novelesca. Ella nos muestra cómo nunca sabremos hasta dónde pueden arrastrar las pasiones fustigadas. Las imprudencias propias y ajenas, mezclándose en el sencillo idilio para convertirle en trágico drama, que a la vez que encierra todo el horror de una muerte violenta, tan hondas influencias ha de ejercer en el porvenir, en la vida entera, no ya del infeliz protagonista de ella solo, cuanto de las dos familias que lloran a la par el luctuoso acontecimiento.

 

Sírvanos de lección a todos el ejemplo... ¡Ojalá pudiera yo alcanzar esa esperanza, y quedara satisfecha de mi obra!

 

Medrosilla he estado después de mi primera crónica, primer ensayo de este género de literatura que hacía, y sin la menor idea de qué clase de acogida podía darle el público.

Alentada por las amables frases con que he sido favorecida, me apresuro esta vez a enviar la continuación, ya que también hay quien se haya mostrado impaciente por ella.

 

El preso me decía:

 

-Estaba Millo por entonces en Santiago. Sin la menor pena por humillarme a ella, aunque yo era el que tenía motivo para estar resentido, más bien con loca alegría de haber dominado, por una dulce debilidad de mi cariño, la fiereza de mi resolución de alejarme de ella para siempre, le telegrafié suplicándole una pronta reconciliación. Ella me contestó que fuese a verla.

 

Mi felicidad ante la halagadora esperanza no tuvo igual.

 

Había llegado la contestación de mi amada algo tarde, y obtuve permiso de mi papá (*) para ir a Santiago al día siguiente.

 

Aquella noche no pude conciliar el sueño: tal era mi dicha y mi entusiasmo. Y hacia la una, sigilosamente, porque de despertar mi padre, me hubiera obligado a volver a la cama, y yo no me sentía con ánimo para permanecer en la inacción, con la fiebre de impaciencia que me enardecía, salí de casa, ensillé mi caballo, y tomé el camino que me llevaba a la gloria de volver a ver a Millo. Mi cabalgadura no corrió... ¡la hice volar! No sé cómo atravesé el no corto trecho que separa a Moca de Santiago... Antes de las cuatro de la madrugada había llegado, y no sabiendo qué hacer del tiempo en hora tan inoportuna, me di a correr las calles de la ciudad... Al amanecer, esperaba frente al balcón de Millo; la primera persona que se asomó le dio aviso de mi llegada, y así pude verla temprano.

 

Ella no se mostró ingrata, mas aplazó el arreglo definitivo de nuestras relaciones para su vuelta a Moca. Yo le di mis sortijas y obtuve una de ella; asi quedamos por entonces. Yo le escribía a menudo después, pero ella, que había venido a Puerto Plata, no contestaba mis cartas.

 

Yo estaba mohíno y despechadísimo por ello, y como no faltó quien me azuzara con cuentos que yo tenía la debilidad de oír, volví a la desesperación, a los celos y al delirio, no hallando mejor remedio para calmar la irritación de mi pecho, que buscar alivio en nuevos amores...

 

Volvió Millito a Moca y supo que yo me entretenía por otro lado, y me provocó con celos también. Siempre había quién le llevara una historia que tendiera a desunirnos; a mí, cada día hubo quién renovara la amargura que rebosaba mi alma con chismes, que yo, en la ceguedad de mi amor apasionado, creía en el primer momento, aunque pasada la impresión lo dudara, para rechazar luego de todo corazón la infamia y poner a mi amada por sobre todas esas miserias. La familia de Millo también estaba predispuesta contra mí, y algunos de ella me aborrecían, oponiéndose a nuestras relaciones, a pesar de que, antes de que se desencadenara aquel cúmulo de desdichas, me querían todos con predilección.

 

IV

 

Antes de continuar la relación del preso, permítanme mis lectores una digresión brevísima que creo oportuna.

 

La verdadera causa de los mayores males que lamentamos en la sociedad, es el afán que hay de repetir cuanto se dice, sin tener en cuenta que puede aparejar una palabra imprudente, y la responsabilidad que nos cae al hacernos inconscientes cómplices del chismoso perverso, inventor de nuevas mal intencionadas. Gente hay, que halla un extraño gozo, una cruel complacencia en dar malas noticias. Lenguas hay que emponzoñan para verter veneno sobre la herida del amor propio sobreexcitado... ¡Cuántas lágrimas y sangre se hubiera ahorrado la sociedad si supiera contener a tiempo esos ocultos factores de la fatalidad! Las desavenencias, aun entre los que más se aman, despiertan susceptibilidades peligrosas, dolorosos enconos que se vierten muchas veces en frases amarguísimas, palabras que pasan, que se olvidan, que pueden repetirse después entre sonrisas, si no las recoge el oído de un predispuesto a hacer el mal, o de un inconsciente hablador, para hacerla arma que vaya a herir el corazón del mismo que en hora de acaloramiento las profirió imprudentemente.

 

 

 

Y hay que contar con que las noticias muy repetidas, se corrigen, se aumentan, se desfiguran, hallan siempre una mano maestra que empuje la bola del enredo y le haga más denso y más funesto.

 

¡Ay! ¡Si supiéramos huir de estos escollos peligrosos, ¡qué felices podríamos ser, aun en medio de un conflicto, y en qué plácida calma se deslizara nuestra vida!

 

Pero mientras la envidia, la falta de conciencia o la intención perversa hallen nuestro apoyo en la culpable frialdad con que las dejamos obrar, o la tolerancia con que las acogemos escuchando por mera distracción, aun repitiendo inoportunamente sus concitadoras noticias, tendremos que sufrir sus graves consecuencias sin quejas; tendremos que morir conformes cuando nos arrastren a la muerte...

 

Continúo. El preso decía:

 

-A pesar de todo, yo la quería demasiado para no ser débil, para que mi amor no se sobrepusiera a mi amor propio, y volví a intentar con todo el afán de un alma enamorada, la deseada reconciliación. Ella recibía mis cartas y atendía a mis súplicas; se resistía débilmente, entreteniéndome. Al fin obtuve una esperanza definitiva para la noche fatal que tan horrible recuerdo había de dejar en mi vida. ¡Pobre Millo! Yo la vi aquella tarde vestida de blanco y le di la rosa que he dicho, y que llevó sobre el pecho hasta lo último...

 

Al anochecer, mis amigos me felicitaron por la alegría que demostraba, que rebosaba en todo mi ser, y yo, seguro de mi triunfo, los invité a celebrarlo con champaña, y aun sobreexcité más mis nervios con este vino, aunque estoy seguro que no estaba ebrio y con los brindis que enardecieron más mi sangre y mi cerebro. Yo debía tomar la miel de la dulce reconciliación después de tantas penas, y la felicidad de la esperanza realizada sostenía mi espíritu en una tensión dolorosa. Esperaba el instante de encontrarme con ella con una ansiosa impaciencia que solo puede medir quien haya sentido como yo, amor, amor verdadero. Quien no sepa definir la agonía de un instante tan supremo, que ría, que no me crea, que me acuse.

 

Me dirigí, después que dejé a mis amigos, a la iglesia: celebrábase la fiesta de la Virgen. Allí vi a Millo, hermosa, más que nunca, subyugadora... me acerqué a mendigar una mirada suya... No la obtuve... Ella sabía dónde estaba yo; pero sus ojos estaban fijos en otro lado; fijos hacia el sitio en que se hallaba el hombre de quien la celaba...

 

La caída, desde la altura de mi esperanza, al antro de los celos y la desesperación, fue rápida. Sentí vértigos. La sangre subía a mi cerebro con oleadas ardientes... Cuando concluyó la fiesta y ni una vez obtuve el alivio de una atención de mi amada, salí de la iglesia; cuando encontré por la calle un corrillo en que se decía que ella, mi adorada, amaba a otro... Yo no sé... Corrí al parque. Allí estaba ella; él, de quien yo estaba celoso, no muy lejos, gozando del bien de mirarla, bien que era mío, mío solo! Me sentí enfermo y pensé salir de aquel infierno, en volver a mi casa...

 

La encontré en mi camino, impávida, risueña, mientras yo me sentía devorado por todo el rencor furioso de un loco... No sé lo que hice... No sé cómo pasó la catástrofe. No oí las detonaciones ni supe cuándo atenté a mi vida con el último disparo. No sé cómo pasé la noche porque no puedo recordar sus horrores. Volví a darme cuenta exacta de todo aquello y a empezar a sentir el dolor de haberla perdido, cuando oí las campanas doblar a su entierro al otro día.

 

El joven preso, fatigado de la relación, con fuego y llanto en la mirada, se detuvo... Después prosiguió con ronca entonación:

 

-He sabido que ella había dicho a sus amigas que antes de arreglarse definitivamente conmigo iba a castigar mis infidelidades, haciéndome desesperar por tres días... Lo supe cuando ya no había remedio. ¡Cuando ya estaba muerta!

 

La tarde empezaba a envolverse con nubes de rosa, despojos del sol al morir, cuando terminó la penosa relación. El carcelero abrió la pesada reja que nos encerraba en el calabozo del joven, mientras nos despedíamos de él.

 

Al pensar cómo quedaba el pobre muchacho en aquel estrecho recinto, solo, frente a su recuerdo, a su dolor, a su martirio, un hondo sollozo comprimió mi pecho, y encontré demasiado grande la dicha del que puede respirar el aire libre, esperar del porvenir días hermosos, volver la vista al pasado sin estremecerse de horror.

¡Cuánta compasión me inspiró el prisionero al dejarle asomado a la reja, diciendo adiós, con su sonrisa impregnada de tristeza, conforme de quedarse allí, él, tan joven, en esa edad de la libertad, el placer, la alegría!

 

¡Amor, hermosa pasión que elevas al hombre, que has sabido alzarle con tu aliento poderoso a la cúspide de la inmortalidad, impulsándole a la aspiración de todo lo más grande, bello y generoso, por una sonrisa, a cambio de un pensamiento! Tuyas son sus obras más perfectas... Tú has creado las más hermosas inspiraciones del genio... ¡el genio eres tú! Tú que has redimido al mundo de la vulgaridad de una existencia monótona y brutal, creando el ideal, la gloria, la ilusión...

 

¡Mas qué feroz y temible eres cuando la pasión levanta tempestades, como embravecido mar que convierte sus mansas ondas en terribles abismos!

 

Tú te adormeces con la felicidad... La tranquila satisfacción te envuelve como un sudario y paraliza tus latidos; pero ¡Hay del corazón que te conoce y contigo abre puerta franca al dolor! En su congoja está el secreto de tu poderío. Hijo del dolor eres, más que de la hermosura.

 

No ha pasado para ti el tiempo, no. Eres el mismo que fue a provocar a Paris, a los pies de la famosa Helena; sujetó a Antonio a los de Cleopatra, y ha atravesado las edades, ya murmurando a los oídos del Tasso, ya rugiendo en las estrofas de Dante y Byron, sollozando en las inspiraciones de Musset y Hugo, o extasiando a Rafael ante el rostro de sus Vírgenes.

 

Eres el mismo – aunque no a todos los que te nombran les es dado conocerte, -el mismo Cupido, niño ciego y temible, que hiere a su madre..., a quien no arredran los espíritus fuertes; que ríe de la soberbia del siglo... El único dios de la edad de oro que se ha sostenido en pie sin perder uno solo de sus peligrosos atributos.

 

¡Oh! Tú eres el que has hecho un desgraciado de ese adolescente, feliz ayer en un hogar honrado, que ahora queda en la soledad de un calabozo, mirando los últimos velos del crepúsculo desde su reja.

 

¡Tú eres quien empujó la mano que hirió el corazón de Emilia Michel!.

 

Dilo así a esa juventud que recuerda cuán gentil y arrobadora era la infeliz amada de tu víctima. Dilo, recordando las hazañas tuyas que tan hondas y sangrientas huellas han dejado en la historia de la humanidad.

 

Dilo... para que todos los corazones capaces de amar, ofrezcan al prisionero su compasión y simpatía... A la vez que lleven al sepulcro de la hermosa, lágrimas y flores, como los han llevado muchas generaciones a un ideal, como ella, infeliz, la inmortal Desdémona…

 

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AGNES LOINAZ DE PIMENTEL

 

"Pues entre todos ellos, ¿quién no sabe que todo esto lo hizo la mano de Dios, que su mano retiene el alma de los vivientes, el espíritu de todo ser humano? El descubre las profundidades de las tinieblas y saca a la luz Las sombras de la muerte".

(Job. 12, 9-10:22.

 

¡Ya pasó como un sueño tu existencia! Tu juventud, que florecía como maceta de lirios en primavera, se vio troncada, deshecha por el aquilón de desgracia implacable, que te llevó a desear ese largo y tranquilo sueño en que yaces esperando la misericordia de Dios, a Dios mismo, tras el misterioso velo de la muerte.

 

¡Ah! Los que te vimos partir, inmóvil, silenciosa, con esa solemne rigidez en que se envuelve la criatura en la hora suprema; los que te vimos cruzar hoy la misma puerta que se abrió a tu paso y traspusiste en no lejano día coronada de azahares, radiante por la esperanza de una vida larga, hermosa, útil; los que vimos la desolación del esposo, el primer dolor en el corazón de los huérfanos, el desconsuelo del padre amante y los hermanos.

 

Los que sabemos del vacío que queda en el triste hogar; el frío de ese pequeño mundo ya sin el sol que le dio calor y vida... sentimos también el frío y el horror de la desgracia, y sintiéndole, estremecido el corazón te dijimos adiós, llorando tu partida, tu eterna ausencia con pesar inmenso, clamando a Dios porque nos abandonas.

 

La noche envolvía la inmensidad con su manto de crespones cuando descendías a tu última morada.

 

La tierra te abría el regazo como madre que aguarda al hijo ausente, para guardarte en él, avara del nuevo tesoro, ¡oh Dios! ¡Sin piedad a la juventud, a la dicha, al amor que arrebataba y envolvía!

 

Gimiendo miré la lobreguez en torno mío. La triste hora del crepúsculo, más triste hoy, dejaba paso a la oscuridad sin ceñir el horizonte con sus nacarados y purpúreos velos.

 

-¡Así es el dolor! -suspiré. - Estas tinieblas están en el alma de todos los que lloran!

 

Lleno de turbación el espíritu, muda la fe en ese instante, miré al cielo oscurecido... En su inmensidad brillaba resplandeciente como faro y guía celestial el lucero de la tarde, respondiendo a mi dolor, mostrando a la tierra su luz, que siempre brillara en la negrura para ofrecer la esperanza de la Omnipotencia en la hora triste del desconsuelo.

 

Aparté el alma de la tierra; la elevé al Creador en una plegaria, y la fe se prosternó ante la voluntad del Eterno.

 

Encontró a Dios mi espíritu acongojado, y bendije su mano y sus decretos... ¿Qué sabemos las criaturas, pobres átomos de la inmensidad, ¿qué sabemos de la vida y de la muerte?

 

¡Pobre amiga mía! Trocaste el alegre hogar en que reinabas dichosa, coronada con el nimbo de tu virtud y el amor de los tuyos, por el angosto lecho que te ofrece en su seno el sepulcro. Eres en él simiente de la flor del paraíso. Ya no volverás a perfumar con tu bondadosa presencia el santuario que dejas; el Eterno te reclamaba y has respondido a su voz presentando ante Él el divino perfume de tu alma.

 

En tanto, viva tu memoria como esperanza celestial en el pensamiento de los tuyos, y sea el ejemplo de tu virtud dechado para tus hijas; sírvales tu recuerdo cual les habría valido tu cuidado.

 

Tú velarás cada día tu hogar, y más cerca de la Omnipotencia, podrás rogar por los que dejas suspirando en este valle de lágrimas.

 

 

Virginia Elena Ortea

lunes, 4 de mayo de 2026

Un alumno llamado Cristo Rey - Jeannette Miller

 

Un alumno llamado Cristo Rey

 

Impartía Letras 011 en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, allá en la década de 1970. El primer día que entré a un aula enorme con cerca de 50 estudiantes, todos hablaban y reían parados en grupos. Yo, como muchos decían, parecía una "monja altagraciana", porque aunque me vestía de civil, prefería faldas largas y no usaba cosméticos.

Recuerdo que, pretendiendo dar una clase interesante, llevé mi ejemplar del Diccionario de la Real Academia Española, que pesaba más que "un matrimonio obligado" y cuando entré al aula nadie me miró.

Armada de paciencia, lo que no es propio de mí, caminé hacia un escritorio desvencijado de latón oxidado y me paré detrás del mismo. ¡Nada! Todos seguían hablando y ni se volteaban. Entonces, sin pensarlo, alcé el diccionario y lo tiré contra el tope del escritorio haciendo un ruido que calló a todo el mundo. Cuando voltearon las caras y vieron mi rostro enfurecido se fueron a sus puestos lentamente, con la boca cerrada.

Yo pensé, "30 años de cultura trujillista autoritaria no se borran de un plumazo; voy a tener que presionar".

No abrí la boca hasta que el silencio fue total y entonces dije en un tono que casi no se oía: -A partir de hoy todos están quemados, veremos quién logra pasar la materia.

Aunque me cogieron antipatía y me pusieron apodos, la clase comenzó a desenvolverse de manera aceptable. La técnica que más me ayudó para mantenerlos interesados fue una especie de juego donde les decía las reglas como no eran, a ver si eran capaces de darse cuenta que no estaban correctas. Se las decía rápido cambiando de un alumno a otro, y me bautizaron "alta tensión".

A la segunda semana de clases y con los alumnos callados y atentos, acababa de sonar el timbre cuando entró casi corriendo un muchacho alto, oscuro, con un afro naturalmente rojizo, camisa con pocos botones que dejaba ver el pecho y unos pantalones desvencijados. Pero lo que más me impactó fueron sus ojos angustiados, como si poder llegar a la clase fuera el motivo de su existir.

Inmediatamente se armó una voceadera ¡Sáquelo! ¡Sáquelo! Mientras yo hacía señas de que se calmaran. Cuando al fin lo hicieron, uno que otro gritaba: ¡Ese es un tíguere que no viene a clases, no permita que se quede! El muchacho me miraba y miraba a sus compañeros como un animal acorralado.

Respiré hondo y le dije: -Bachiller, acérquese-. Vino rápido. ¿Cuál es su nombre?-. Con voz segura me contestó: -Cristo Rey. Inmediatamente y llena de dudas busqué en la lista interminable de los inscritos y efectivamente apareció su nombre. Entonces le dije. -Siéntese delante y a partir de hoy ese va a ser su lugar. Disimuladamente le pasé mi libreta de apuntes y mi bolígrafo pues no tenía nada, y me sorprendí al ver que trataba de escribir todo lo que yo decía.

A la salida le recomendé que tratara de asistir a clases con una camisa que tuviera botones. A la mañana siguiente llegó con su ropa pobre, pero limpia y el pajón húmedo peinado hacia atrás.

Ese día tocaba pruebín, al levantar el paquetón de papeles para distribuirlos, lo vi muy atento, mirándome. Entonces le dije: -Cristo Rey, reparta los pruebines. A partir de hoy usted será mi ayudante.

Tembloroso, cogió los papeles y de manera ordenada los fue distribuyendo mientras sus compañeros lo miraban y guardaban silencio.

Desde entonces llegaba el primero y me preguntaba lo que no entendía, así que fue subiendo las notas y al terminar el curso quedó entre los mejores.

Cada vez que recuerdo su imagen, pido a Dios que su buen comportamiento y su gran esfuerzo lo hayan llevado a ser un hombre de bien, y confieso que si yo fui un instrumento para que él se integrara a un camino de superación, él también lo fue, para que yo confirmara que impartir clases es la mejor oportunidad para conocer a seres extraordinarios, como mi siempre recordado alumno Cristo Rey.

 

Jeannete Miller

(1944-Actual)

 

 

domingo, 3 de mayo de 2026

UN BAECISTA CON LILÍS

 

UN BAECISTA CON LILÍS

 

General Matías era llamado comúnmente uno de los más audaces guerrilleros dominicanos. Había sido siempre, en política, contrario al general Lilís, quien había hecho no pocos esfuerzos por tenerlo a su lado, sin lograr conseguirlo.

Cierta vez el general Matías pasaba por la pena de tener en peligro de muerte a su mujer, bella señora con quien se había casado hacía dos años, tan notable de bondad como de hermosura, cualidades que heredaba de sus padres, un distinguido español y una dominicana procedente de una de las mejores familias del Cibao. Grande era su preocupación junto al lecho de la enferma que, según él, era tan "buena como el pan". Un médico de los más acreditados de su tiempo fue llamado con urgencia a la casa de aquel hombre de armas.

Enterose Lilís de la gravedad de la gentil señora y de los desesperados esfuerzos de su marido para devolverle la salud, y le escribió una carta cuya entrega confió a uno de los oficiales de su Estado Mayor. El pliego iba escrito de puño y letra del Presidente, y le fue entregado en propias manos por el oficial. La bella caligrafía de Lilís hirió los ojos del atribulado general apenas abrió el sobre de elegante papel de hilo.

Antes de rasgarlo pensó hallar dentro de él terminante orden de arresto o cosa aún más grave; pero se rehízo apenas comenzó a leer:

"Estimado general: Me he enterado con profunda pena de la gravedad de la madama y cumplo un deseo que no puedo ocultarle, cual es el de su pronto y cabal restablecimiento, seguro, como estoy, de que su vida le es tan cara como la propia de usted, por las nobles prendas personales de que está ella adornada, y, como puedo facilitarle cuantos medios concurran a la rápida conducción de médicos a su casa o el traslado de ella a la ciudad, si necesitara la intervención de cirujano, no me justificaría si pudiendo serle útil en todo esto, dejara de hacerlo por la circunstancia de ser usted mi contrario en política, que nada tiene que ver con mi leal empeño en la salvación de su digna consorte, ya que esto es cosa aparte de lo que nos tiene divididos en opinión, y no es justo que haya siempre de servirse por un interés. Mientras aguardo su respuesta quedo de usted, General, atto. amigo y S. S. Ulises Heureaux".

Al general Matías le brillaron los ojos de emoción al terminar la lectura de la carta. No esperaba este rasgo de hidalguía y, aunque no necesitó utilizar tan generosos servicios, por no haber sido necesario, los agradeció sinceramente en carta que dirigió días después al Presidente.

Una vez restablecida, la buena señora tuvo por conveniente que su marido cambiara de actitud para con el general Lilís, por aquel acto de gentileza y generosidad que, aun inspirado en la habilidad política del dictador, no carecía de importancia para ellos. Lilís, por su parte, sacó partido de aquella estudiada cortesía, logrando al fin, y por gestiones de uno de sus mejores allegados, que el general Matías se decidiera a ser su amigo político; pero en la duda respecto de si la adhesión de aquel valiente general era sincera, juzgó prudente utilizar sus servicios tan pronto como se presentara una oportunidad.

 

Un año más tarde sobrevino la revolución del año 1886, conocida por revolución de Moya a causa de tener como caudillo del movimiento insurgente al general Casimiro N. de Moya. Salió Lilís con destino al Cibao, al frente de sus tropas, llevando a su lado al general Matías, cuya fidelidad deseaba poner a prueba, y lo envió como segundo jefe de las fuerzas que debían franquear el camino entre La Vega y Santiago. A los pocos días las fuerzas del Gobierno tuvieron un encuentro con las de la revolución, que derrotaron causándoles algunos muertos y heridos. En la acción distinguiose por su arrojo el general Matías. Súpolo Lilís y preguntó al jefe de las fuerzas qué opinión se había formado de ese general. "Muy valiente", respondió el interpelado. "Es un león en figura de hombre, solo que tiene un defecto que me ha llenado de disgusto". "¿Cuál?" -preguntó muy intrigado Lilís-. "Que en lo crudo del combate, mientras los demás compañeros gritaban entusiasmados ¡Viva el general Lilís!, a él, tan acostumbrado a exclamar en otro tiempo ¡Viva Báez!', nadie en esta ocasión le oyó lanzar un solo viva, como si hubiera enmudecido en la pelea". A lo que respondió Lilís de buen humor: "¡No se apure, mi amigo, que el gallo no mata con el pico, sino con las espuelas!".

 

Ramón Emilio Jiménez

(1866-1970)

sábado, 2 de mayo de 2026

SOR DE MOCA - Agustín Aybar

 

SOR DE MOCA…

 

Dice un adagio que "a cada puerco le llega su San Martín" o que "a cada santo le toca su día".

Y así es en todos los órdenes.

Nadie debe reírse de la desgracia de nadie, porque nadie sabe cuándo le toca al otro reírse del que de él se ríe ahora.

Lo mismo:

Nadie en la desgracia se desespere por la felicidad de otro, porque no se sabe cuándo el feliz de ahora, debatiéndose en medio de la desgracia, tendrá que envidiar al que por desgraciado despreció ayer.

Eso no es más que filosofía, impepinable.

Porque así ha sido, es y sigue siendo.

En la política ocurre lo mismo que ocurre en todos los órdenes de la vida.

Al que ayer vimos orondamente pasear en la cima del bienestar político, hoy lo vemos, cabizbajo, astroso, lacrimoso y acobardado, caminando de prisa y como quien teme a las miradas de los demás.

Y viceversa:

El que ayer fue un derrotado en todos los órdenes, el que ayer no tenía qué comer, ni qué vestir, y tenía que ir por las calles pidiendo cigarrillos, con el calzado muriéndose de risa y enseñando como lengua el dedo grande del pie, ahora lo vemos en carro "pescuezo largo", y teniendo en sus manos, aún flácidas y temblorosas por las miserias pasadas, todos los medios del buen vivir.

Por eso es que se dice, en medio de todas las desgracias, la gran frase del optimismo: "No hay que apurarse" agregando aquella gran exclamación: ¡quién sabe!...

Los pueblos, por ejemplo, se quejan muchas veces de los gobiernos que los han tenido en completo abandono mientras otros han sido objeto de todas las atenciones oficiales.

Por ejemplo, en el Gobierno de Horacio Vásquez, Moca y San José de las Matas fueron pueblos favoritos.

Para Moca y para San José de las Matas hubo de todo. El tren de empleados públicos era en su mayoría mocano y para San José de las Matas hubo todo el adelanto apetecible para una aldea de su categoría.

Los mocanos llenaban todas las oficinas públicas de la Capital y gran parte de las otras ciudades.

De ahí que no había mejor recomendación para adquirir un destino público que repetir la célebre frase: Sor de Moca.

Nos recordamos de que una vez desembarcó en Santo Domingo un vegano que había pasado más de seis años en el extranjero.

Al llegar y encontrarse con tantos mocanos, en el muelle, en el hotel, en el restorán, en el parque Colón, en el teatro, y como todos eran viejos conocidos suyos, y como el recién llegado ignoraba que se trataba de un gobierno favorable a los mocanos, llegó un momento en que dudaba de encontrarse en la Capital, y para salir de su duda le preguntó a uno:

-Oye viejo, y perdona, pero como tú sabes, uno se va al extranjero y cuando vuelve lo halla todo cambiado, así es que tú me vas a hacer el favor de decirme si la Capital la mudaron a Moca.

Y el preguntado fue más ocurrente porque contestó:

-No, lo que pasa es que a Moca la mudaron para la Capital.

Y así las cosas, hasta que cayó Horacio Vásquez.

Con la ida de Fellito Estrella Ureña al poder, le llegó a Santiago su San Martín, o sea, le tocó su día.

Ahora los santiagueros están en alza. La Capital fue desalo jada por los mocanos para dejarles el puesto a los santiagueros y por todos los confines de la República está la semilla del santiaguerismo regada. "Sor de Santiago" es ahora la frase victoriosa.

Pero como los navarreteros no son ningunos tontos, y como ellos también son santiagueses, puesto que también ellos son de Santiago, tienen perfecto derecho a reclamar su parte.

Y a ellos les ha tocado la Policía Municipal y el Cuerpo de Serenos de esta ciudad. Para ser policía o para ser sereno, no hay nada más efectivo que decir:

-Yo taba con la revolución, poique como yo no soy ma que Fellito Etrella, y ademá, como yo sor de Navarrete...

-¿Usted es de Navarrete?

-¡Que si soy!... Mi papá e de Barrancón, mi mamá e de Pontón, yo nací en El Aguacate y mi padrino son del mismo pueblo e Navarrete... Adió, si usted quie sabei ma detalle, pregúnteselo a Juan Caridá y a Cholo, que son mismamente como familia mía...

-No hay que hablar más; secretario, anote a este para sereno... porque es del campo, si hubiera nacido en el pueblo, fuera policía.

Uno que oyó ese detalle alegó: yo nací frente a frente a la iglesia y me crie, como quien dice, en la tienda de don Ricaido

Canaida y na meno don Elía, que en pa descanse, jue mi padrino, por eso era que mi papá y él eran compadre e sacramento...

-No hable más... ¿Cómo se llama usted?

-Yo... ¿yo mismo?...

--Si, usted mismo...

-Yo me ñamo Cayetano e la Cruz, pero a mí como me

conocen en to Navarrete e como Tano... Pue preguntáiselo a Juan Carida...

-Secretario, anote a ese hombre como sargento primero...

 

Agustín Aybar

(1902-1959)

 

viernes, 1 de mayo de 2026

Se me fue poniendo triste, Andrés - René del Risco Bermúdez

 

Se me fue poniendo triste, Andrés

 

- «Pedro Juan, tu Negrita se está por morir».

 

Eso fue todo, Andrés. Y yo me le quedé mirando, mirándole los ojos que se le ponían de vidrio de botella de Malta. Así de quemados y oscuros. Después, ya el cuarto se iba llenando de pesados celajes, las paredes comenzaron a ablandarse para que allí la luz de la vela se pegara temblorosa y yo viera la sombra de su cabeza parpadeando sobre las tablas manchadas por los aguaceros. Ella no dijo una palabra más, sino que hizo como si mirara las vigas del techo, y las gotas de sudor se le quedaron en la frente como si por dentro le estuvieran hirviendo los pensamientos, los recuerdos, las tristezas de tanta vida de apuros y trabajos. Yo la miré largamente, me clavé los codos encima de las rodillas y me puse a mirarla y a pensar sin querer dejando que la cabeza se embobara con todo lo vivido, con esos largos días nuestros que los malos espíritus no se cansaron de enredar desde aquella tarde en que pedí a la Negrita que se viniera conmigo y ella apareció en el vano de esa puerta, trayendo una funda con su ropa y enseñando una sonrisa suave, que no era casi una sonrisa, sino ese gesto dulce que tienen algunas santas de las que sacan en procesión ciertos domingos por el pueblo.

 

Yo me quedé mirándola y recordando cosas. La vi cruzar la habitación, yéndose a sentar debajo de la ventana por donde se metía el aire húmedo del río y el apagado chasquido de las aguas en los pilotillos del muelle. Allí se quedó entre lejana y resignada, como si todavía no se diera cuenta de que en esta casa, a la que acababa de entrar, su presencia nos estaba obligando a compartirlo todo, el silencio, el espacio, el tiempo, todo.

 

Cuando regresé con los plátanos para la cena, ella aún se miraba las manos, juntas sobre las rodillas, y encajaba los tacos de los zapatos en el barrote de la silla verde. Tuve entonces que ponerle la mano en el hombro y decirle confianzudamente «es usted la mujer, en el anafe hay carbón y hay tres huevos en el guardacomidas». Nunca más tuve que repetirle esto, ni siquiera por broma. Negrita comprendió desde entonces el destino y por eso aquella misma noche, antes de acostarnos, sin decirme nada, tomó diez centavos de encima del pasamanos y regresó con azúcar y café. En lo adelante, cada vez que yo miraba a la Negrita, tenía que encontrar ese mismo gesto que se me fue metiendo en el alma y que muchas veces me dio ganas de llorar, cuando encogiendo los hombros, me decía «¿Y qué? Yo casi no tengo hambre», y tenía que obligarla para que tragara un pedazo de yuca o para que probara el pan con salchichón. «Tú eres el que afana», decía, «es justo que te compres siquiera un pantalón, yo con los trapos que tengo estoy bien, total que no salgo a ninguna parte».

 

¡Y yo que la conocí por casualidad! Fue en los tiempos en que yo tenía la «Mercedes», que era una yola grande y liviana pintada de blanco y rojo, con el bronce de los remos siempre tan brillante que los muchachos de «Villa Duarte» me conocían desde que yo salía del atracadero de aquel lado . «¡A que esa es la Mercedes!», apostaban.

 

Una mañana vino la Negrita y me dijo que iba a la ciudad a buscar un dinero, que me pagaba de regreso, y yo, que no sé por qué la miré de una vez con picardía, le dije que sí, que subiera, y comencé a remar, mirándole los ojos que se le entretenían en la espuma que corría junto a la «Mercedes».

 

Ya de regreso, yo no quise aceptarle su dinero. Que se comprara caramelos, le dije, y seguí mirándola cuando ella hacía girar la sombrilla detrás de su cabeza, moliendo la luz del sol entre las varillas negruzcas, abiertas como una telaraña sobre el río. Ella venía sentada en la popa e la «Mercedes» y yo
silbaba algo del Trío Reynoso. No dijimos una palabra, pero yo sé que por dentro de lo que yo silbaba iba caminando el gusanito de la mala intención, para hacerle cosquillas en el oído a la Negrita. Yo no me estaba dando cuenta, hasta que me sorprendí repasando el pedacito ese, Andrés, el de «baila mi merengue que entre las mujeres tú eres mi derriengue». Pero la Negrita no estaba en eso aquella mañana, ella traía los ojos en el agua y su silencio era como si viniera del fondo del río. Y es que ella era así, tenía esa manera de quedarse lejos, que a uno a reparar en su presencia, porque ella misma se iba, dejaba por cuenta su lugar y entonces uno comprendía que lo estaba haciendo para dejarnos vivir, para que yo no tuviera esa mañana el lastre de su misterio que estaba ahí, en la popa de la «Mercedes», y pudiera escuchar el chapoteo de los remos sobre su silencio profundo, en el que bogaban hojas, papeles, pedazos de ese mundo que la Negrita hacía difícil y cercano, inexplicable. Quizás ese merengue de los Reynoso era lo único que verdaderamente vivía en ese instante sobre el río. No porque yo lo silbara, porque vivía solo aun cuando nadie lo silbara, porque permanecía oculto en la caja de los acordeones esperando siempre la mano del que fuera a tocarlo, del que viniera a echarlo fuera, a ponerlo en los labios de alguien, que como yo, no sabía claramente por qué lo silbaba con la intención de que pudiera escucharlo quien ya no estaba ahí, porque te juro, Andrés, que la Negrita desde entonces se había ido en el silencio y aquel merengue la buscaba sin llamarla, sin yo querer, sin ninguna palabra. Tuve entonces que decirle «ya llegamos», cuando sentí la arena contra el fondo de la yola, y ella tuvo que bajar, quizás sin quererlo también, como si comprendiera que los dos ya estábamos juntos en algún sitio que no era en esa orilla. ¿En el destino, Andrés, así se llama? Yo no lo sé. Porque tendría que averiguar si el destino es antes, o después.

 

Fíjate, Andrés, cómo es la vida, después de aquello como que se achicaba el mundo, ya nos encontrábamos como tú tienes que encontrar esta cama, ese
vaso, aquella ponchera, ese San Miguel en la pared; si es que te pones a dar vueltas en el cuarto. Por eso en el bar de Vicente ella me puso la mano en el hombro aquella noche de Año Nuevo, y yo me di cuenta de que sus palabras nada tenían que ver con el gesto de sus ojos. Me saludó como siempre «Pedro Juan, cómo le va?» pero su mirada estaba lejana como si no me viera en este mundo, sino en otro mundo en el que yo no hacía nada con aquel trago de «Jacas» en la mano, porque dejaría ese trago, y ya le hablaría riendo, ya caminaríamos hacia un lado del bar, ya bailaríamos cerca de la vellonera, y ese era el que importaba a sus ojos, el que estaba dentro y lejos de mí, el que ya estaba con ella en algún sitio mientras la Negrita reía con su vestido de flores y yo la soltaba y le daba vueltas para que los muchachos aplaudieran con el fuego del ron en los ojos, mirando las caderas y mi mano que rodaba a veces sobre su espalda mojada. Tal vez fue esa noche cuando mejor lo comprendimos los dos. Por eso cuando Candito trató de echarle el brazo, ella se dejó caer sobre mi hombro y yo seguí hablándole como si nada a la cara arrugada de «el ñato», que del otro lado de la mesa hacía por entenderme entre los humos de la borrachera, achicando los ojos y repitiendo como hipnotizado «así es, así es, así es».

 

Yo recuerdo cada fecha, Andrés, porque las cosas se iban sucediendo de manera que no podían evitarse. Era como si te leyeran la taza y te dijeran que vas a hacer un viaje y después tú, en medio de ese viaje, pensaras que cuando te leyeron la taza te lo avisaron. Sólo que a nosotros nadie nos anunciaba nada, sino que sucedían las cosas ellas solas, pero sucedían así, como suceden esas cosas que se anuncian, que se dicen antes, y que nadie puede evitar después que ya se han visto en una taza, o lo han dicho las barajas. Y a nosotros, Andrés, nos pasaban las cosas así mismo.

 

Después de aquella noche de Año Nuevo, en el bar de Vicente, con Candito y «el ñato» ya yo sabía que la Negrita y yo éramos peces de un mismo chinchorro, por eso, cuando al atardecer de cinco de enero, la vi bajar por la escalera del puente viejo, le dije al señor vestido de blanco que me perdonara, pero que yo tenía el viaje comprometido, y justo cuando se apagó la última nube sobre el malecón comenzaron a brillar los faroles de los carros sobre el puente, yo había amarrado la «Mercedes» a un pilotillo del muelle y subíamos la cuesta de la Calle Atarazana, la Negrita hablando de los hijos de su hermana Carmen, que ya no creían en los Reyes y yo diciéndole que no importaba, que les compráramos esa muñeca y ese trompo porque en el fondo a todos los niños les gusta jugar aunque no les importe el Día de Reyes. Te cuento eso, para que ves por qué me acuerdo de las fechas, porque cuando regresamos de la ciudad, justamente pasando bajo la puerta de San Diego, la Negrita hizo como si quisiera tragarse el cielo por la nariz, echó la cara hacia atrás, cerró los ojos y respiró muy hondo, que yo oí su respiración creyendo que lloraba o algo así, y la vi pegada a las piedras, entreabriendo ahora los ojos y diciéndome que esa soledad la había hecho sentirse de repente feliz y me tocó el hombro con su mano extendida. A la verdad que en aquel momento, Andrés, todo parecía haberse detenido. Sólo faltaba que yo me le acercara como lo hice, con la boca abierta, y me le apretara ahí, entre las piernas, sintiendo que ella se me amarraba con sus muslos duros y ahí, pegados a esas piedras de San Diego, yo vi cómo la noche se iba abriendo poco a poco y la escuchaba a ella como hablándome desde muy hondo, diciéndome que me quería y que ella sabía bien que esto tenía que pasar porque algo se lo estaba diciendo en el oído desde hacía mucho tiempo, y yo diciéndole que sí, que yo también lo sabía y que por eso, cuando la vi bajar esa tarde por la escalera del puente viejo le dije al hombre que tenía el viaje comprometido, y entonces recordé cuando se apagó la última nube sobre el malecón y vi los carros con los faroles encendidos en el puente, y me le pegué bien fuerte a la Negrita, bien adentro, y así me estuve hasta que comenzaron a ladrar los perros por esas
calles que bajan del Alcázar y yo me retiraba un poco a cerrarme el pantalón, mientras ella se agachaba a recoger el paquete con la muñeca, y el trompo.

 

Y te digo que todo esto pasaba como si estuviera escrito, como si fuera algo que se cumplía según estaba dispuesto, porque ni ella ni yo, te lo aseguro, hicimos nunca lo más mínimo por llegar a nada. Y ella mucho menos que yo, que por lo menos dejaba que las cosas fueran pasando. Pero la Negrita ni siquiera eso porque ella insistía en negarse a la realidad y sólo actuaba así como si fuera en un sueño, como si fuera sonámbula. Así como cerró los ojos aquella noche bajando por San Diego, cuando empezó a sentirse sola, lo hizo siempre, siempre igual, en el bar cuando Candito quiso echarle el brazo, en la popa de la «Mercedes» cuando se quedaba callada y ausente, en la playita del Isabela cuando algún sábado por la tarde nos fuimos río arriba mirando los barrios en la orilla, siempre lo hizo igual, así, dejándose hacer, desprendiéndose de ahí, de su lugar, dejando espacio al misterio que nos empujaba, que nos separaba de los demás, y nos juntaba inevitablemente, Andrés.

 

Por eso llegó el día en que los dos creímos que ya todo estaba decidido, y así, sin pensarlo, como si me lo hubieran ordenado, le pedí a la Negrita que se viniera conmigo a esta casa que tú sabes que estuvo siempre sola, porque yo no había tenido nunca antes a nadie en quien confiar hasta el punto de creer que su compañía podía hacerme sentir mejor. Y como te conté, esa misma tarde ella se apareció en el vano de esa puerta, con la sonrisa suya que no era casi sonrisa sino una manera de parecerse a las santas que hay en la iglesia de Villa Duarte, y yo la vi ahí, como me está pareciendo verla ahora mismo, ahí parada la Negrita, llenando desde entonces esta casa con ese gesto de gente buena que tenía y que hacía que uno la quisiera sin decírselo, porque hasta eso creía uno que podía avergonzarla. Desde ese día, Andrés, desde esa tarde, todo fue tan triste y tan duro, que sólo la buena voluntad de la Negrita pudo darle fuerzas a uno para llevarlo con resignación y con un poco de fe hasta el día de hoy, en que te estoy contando todo esto, pensando en que lo único que me da valor para hacerlo todavía es ese recuerdo de ella, de esa sombra de ella ahí en el vano de la puerta como el primer día, su cabeza ahí en la pared, sus pies ahí en el os barrotes de la silla, el recuerdo de su voz que se deja correr a veces desde el patio, los celajes de su imagen que cruza todavía por delante de la cama y viene a sentarse aquí, a mi lado, sin hablar.

 

Nuestra vida fue dura, Andrés. Primero fue un tiempo de lluvias que se metió y llovía entonces sin parar día y noche y yo me estaba sintiendo ya mortificado porque la gente no quería cruzar en yola a la ciudad en esos días, sino que prefería hacerlo en un carrito por el puente, y la Negrita pasaba las de Caín teniendo que hacer las cosas de la casa con lo poco que podía yo traerle en esos días, veinticinco centavos unas veces, cuarenta otras y así. Entonces fue que vino el ciclón ese, «Inés» (ya tú no estaba aquí para ese tiempo) y comenzaron a decir por el radio que venía a cruzar por Macorís y que se iba a llevar la capital. Como yo conozco lo que le gusta alarmar a la gente que habla por el radio, le dije a ella que no se apurara, que eso no venía para acá, que los ciclones se van a morir por Barahona o se meten a Haití, pero cuando a media mañana volvía a la casa, ella me esperó con los ojos muy grandes, diciéndome que en el ventorrillo de doña Pura le enseñaron un «Listín» con un mapa que tenía una flecha diciendo por dónde venía «Inés» y que a las ocho de la noche esto no se iba a entender. Yo le dije que lo mejor era comprarse algo para no pasarlo así y le pregunté si tenía suficiente gas para la lámpara.

 

Volvimos a la casa con plátanos y café y una botella de gas, y la Negrita empezó a tapar con periódicos viejos todos los huecos en las paredes. Ya a
las cuatro de la tarde la gente por aquí se había puesto a creerle demasiado a los del radio y fue entonces cuando llegó una guagüita de la Defensa Civil, vociferando que no se salvaría nadie dentro de su casa, que las inundaciones nos arrastrarían inevitablemente porque la fuerza del ciclón era terrible y había que trasladarse a un refugio que había más arriba del puente, en una escuela. Te repito que yo nunca le he creído a esas gentes que vociferan cosas, Andrés, como si quisieran meter miedo, y por eso me le encaré a la Negrita cuando quiso meterme en la romería que se armó, entre una cantidad de tontos que empezaron a irse de sus casas sólo con lo que llevaban encima, y le dije que no, que ni siquiera le haría caso a la orden de la comandancia, de llevar las yolas un poco más arriba, que eso no pasaría por aquí. Y me dio mucha pena después cuando la vi llorosa, temblando de miedo en un rincón, y me puse a contarle que cuando San Zenón fue otra cosa, que ahora no pasaría lo mismo porque la gente lo que tenía que hacer era no salir a la calle a emborracharse, que yo no iba a aconsejarle lo malo para ella. Ya la tenía convencida, cuando al oscurecer, se presentó un camión de guardias que llegaban a las casas golpeando con los fusiles en las puertas y diciendo improperios «porque el Gobierno nos quería hacer un favor y estos muertos de hambre estaban de mal agradecidos» y así fue como nos fueron obligando a todos los que estábamos en nuestras casas a subir a los camiones.

 

Estaba lloviendo muy fuerte, Andrés, y yo recuerdo que cuando cargué a la Negrita y la ayudé a agarrarse de la baranda, me viré a recoger la colchoneta que ella había dejado en el suelo. Fue entonces cuando oí como un resbalón y de una vez un golpe seco, cuando vino a gritar ya estaba yo agarrándola y veía su cara rota, llenándose de sangre que le corría con la fuerza de la lluvia por el pecho y los brazos. La Negrita me miraba con unos ojos desesperados debajo de la herida gruesa como un labio, «me caí, me caí, Pedro Juan» me dijo y yo le puse mi camisa apretada en su frente, ya caminando el camión, porque los guardias dijeron que allá en el refugio se ocuparían de ella los que tenían que ver con eso. No te voy a contar lo que pasamos esa vez en aquel edificio con las ventanas rotas, por donde se metía todo el aguacero y el viento y donde no había un solo escalón para sentarse la Negrita con su dolor de cabeza y su fiebre, a tomar un trago de café caliente que yo le había conseguido. Nos pasamos la noche pegados a la pared, oyendo la lluvia y la gritería de los niños, porque el ciclón no vino esa vez. Desde entonces ella sentía esos dolores de cabeza que le quitaban el sueño muchas veces. Pero ella me lo ocultaba, me decía que no, que no le dolía, que para qué comprar calmantes si con cinco centavos se podía traer salsa de tomates y azúcar. Pero yo la sorprendía de vez en cuando apretándose las sienes con los puños, o aquí acostada, de cara a la pared crujiéndole los dientes de tanto aguantar el dolor. Yo sé que tú me dirás que exagero, pero te aseguro que ya para entonces, yo presentía todo esto, era como yo lo había leído en algún sitio, que lo de nosotros no se quedaba así nada más; pero tú vas a decir que yo exagero seguramente. Pues la verdad, Andrés, es que todo vino tan mal que sólo para algo mejor pudo haber sido.

 

Te imaginas ahora por qué vendí la «Mercedes». ¿Sabes cuántas radiografías le hicieron a la Negrita con ochenta pesos? Total que como quiera hubiera tenido que salir de esa yola, porque desde el día en que al hijo de Anjito se le ocurrió ponerle motor y techo a la suya, la gente no se subió más a una yola corriente. Entonces fue que vino la protesta de los que no teníamos dinero para comprar un motor y nos estábamos muriendo del hambre, y por eso es que ahora se turnan, las de motor un día y otro día las sin motor. Pero como quiera ya no es lo mismo, Andrés, no fue lo mismo. La gravedad de la Negrita vino precisamente cuando ya no se trabajaba todos los días en el río porque ya habían aparecido las yolas con motor. Yo sé que tal vez, ganando más dinero, se hubiera podido salvar a la Negrita, yo no sé, pero quizás. Sólo que después que un hombre se ha pasado la vida cruzando por encima de ese río, ¿cómo diablos encontrar un chele en la tierra que no sea haciendo lo mal hecho, Andrés? Y yo no hice lo mal hecho, ni la Negrita hubiera vivido un minuto de más por un dinero sucio. Por eso te digo que no exagero, eso tenía que pasar para que fuera mejor porque lo nuestro no se quedaba así, porque era como si lo hubieran dicho las barajas.

 

Y se me fue poniendo triste, Andrés. Los ojos se le fueron perdiendo entre las fiebres y ya la Negrita no veía ni escuchaba nada sino que vivía con un panal de avispas bravas en la cabeza, con una bulla que la tenía aturdida, y sudada, se le perdían las manos en la cama (ahí andan sus manos, Andrés, la sombra de sus manos solas) y se callaba, encogida como un pájaro muerto.

 

Yo cerré la ventana, Andrés, para que la luz no la asustara más, para que se quedara aquí sobre las sábanas como un montón de oscuridad, para que siguiéramos ella y yo lo que habíamos empezado sin saber y que no podía terminar (no te exagero).

 

La Negrita se me fue poniendo triste y ya no sonrió otra vez, ni dijo nada, ni se movió jamás, hasta aquella noche, con la luz de la vela temblando en la pared, con un silencio parecido a este, se volvió hacia mí con la más dolorosa dulzura:

 

–«Pedro Juan, tu Negrita se está por morir».

 

Eso fue todo, Andrés. Y yo me le quedé mirando, la miré largamente, me puse a mirarla y a pensar sin querer, dejando que la cabeza se embobara con todo lo vivido.

 

Ahora te he llamado a ti, Andrés, porque siento que esto ya va a seguir y necesito a alguien que me guíe. Nadie mejor que tú que tanto me quisiste, que me conociste tanto como yo a ti porque estuvimos juntos desde aquellos
días en que braceábamos desnudos en el río, cuando el viejo Payano nos enseñaba a remar y a achicar la yola con un jarro. Por eso te he llamado, Andrés, porque crecimos juntos y nos hicimos hombres en esta vida, llevando gente de un lado al otro, navegando esta misma agua, cruzando este mismo río. Por eso, Andrés, porque asimismo también te vi morir un día cuando no aguantaste más el hambre y me dijiste «no doy un viaje más», y dejaste la yola a medio varar y después te vi flotando debajo del puente, con los ojos amarillos e hinchados. Por eso, Andrés, porque te conocí, porque sé que donde estás debes haber visto llegar a la Negrita, porque tú sabes dónde está, dónde me espera. Porque me voy a morir, por eso te he llamado, Andrés, y te lo he dicho todo. Mira, ya empiezo a morirme. Me estoy alejando de esta cama, voy a cerrar los ojos. Silbaré aquel merengue del Trío Reynoso, ¿sabes cuál es Andrés? Entonces tú me tomas las manos y me llevas donde está la Negrita, ¿quieres?

 

René del Risco Bermúdez

(1937-1972)

 

 

jueves, 30 de abril de 2026

Pití - Jeannete Miller

 

Pití

 

El ingeniero abrió la puerta de la oficina y alcanzó a ver al guardián embebido en un celular donde trataba de trataba de escribir algunas palabras.

 

-¡Coño, Pití! yo te pago para que estés atento a cualquier cosa, no para que llames las veinticuatro horas del día a Haití, que ya hace tiempo que el terremoto pasó.

El muchacho levantó la vista despacio y no dijo nada mientras caminaba lentamente hacia el pequeño patio donde comenzó a regar las matas.

Era un hombre muy bello. Negro como el betún, sus dientes se destacaban por una blancura increíble y la perfecta disposición en dos hileras donde no faltaba nada. Ojos rasgados con pestañas tupidas y una languidez que acentuaba el diseño de su cuerpo alto, delgado, que le permitía deslizarse como un gato sin que nadie lo sintiera.

Únicamente hablaba para responder las preguntas del jefe, quien lo dejaba vivir en el patio, aunque solo trabajaba de noche. Durante el día asistía a la escuela pública y estaba terminando el bachillerato. Así que se levantaba temprano y desde que el jefe llegaba, salía para regresar justo a la hora en que comenzaba su turno.

Aunque todavía chapuceaba el español, tenía sus papeles en regla y hasta una Cédula de Identidad y Electoral que afirmaba que Piti había nacido en Pedernales y que por lo tanto gozaba de la nacionalidad dominicana. Para conseguirla tuvo que pagar diez mil pesos, porque aunque trataba de no encontrarse con agentes ni militares, se sentía más seguro con el documento, y es que a menos que no hubiera una orden de arriba, a los haitianos con cédula los dejaban tranquilos, pues los policías de bajo rango sabían que ya ese negro había pagado su peaje y que parte de ese dinero iba al bolsillo de los jefes.

Se llamaba Raphael Enedí, pero en la cédula le pusieron Rafael Pérez, sin embargo, todo el mundo lo llamaba Pití, especie de nombre genérico con que nombraban a los haitianos para no tener que enredarse con esas pronunciaciones ininteligibles, y que los que sabían aseguraban que era una adaptación de petite; además, el sobrenombre lo señalaba como haitiano.

Pití había llegado cuando el terremoto y primero trabajó tres meses en una construcción sacando piedras. Cuando el maestro de la obra vio su comportamiento y se dio cuenta de que sabía leer y escribir, lo recomendó al ingeniero como guardián nocturno, pues ya el hombre había tenido problemas con un vigilante que le hizo una cuenta de teléfono de siete mil pesos y una mañana cuando abrió la puerta, el guardián se había ido dejando la factura telefónica encima de la mesa de la recepcionista, asegurada con una piedra cubierta de lodo rojo.

El ruido de la llave en la puerta de entrada anunció que llegaba Lucía, la muchacha que limpiaba la oficina y que además colaba café, servía agua, sacaba la basura, etc.

Era una cibaeña blanca, gordita y muy graciosa; de todo se reía y constantemente ponía buena cara, aunque el ingeniero, al que apodaban Fierabrá, le pidiera el café acompañado de un coño. –Pero, ¡coño!, ¿es que aquí no van a colar café hoy? – Lucía sonreía como si fuera una gracia y corría a preparar el café como al ingeniero le gustaba, oscuro y que le llegara bien caliente. –¡Que me queme el jocico, ¿oíste? Yo no bebo café frío ni agua 'e tindanga.

Lucía tenía dieciocho años, la piel clara y el pelo castaño, y por eso todos le decían "Rubia". Eso pasaba con quienes eran más claros que oscuros; podían tener el pelo negro, pero le decían rubia o rubio, quizás porque los encontraban muy blancos en una población mayormente negra y mulata. Pero ¡cuidado con quien le decía negro a otro, aunque este fuera color teléfono! –Mire, yo no soy negro, negros son los haitianos. ¿Usted no ve que nosotros somos marrones, buen fresco? –. Y así continuaba el mito de los negros que se creían blancos y que eran más racistas que nadie. En mi casa negro yo y el caldero-, afirmaban algunos mientras miraban con desprecio a cualquier persona que tuviera un tonito quemado o el pelo crespo.

Todas las mujeres usaban desrizado, y era tanta la demanda que el tratamiento iba desde marcas muy caras hasta un producto que se hacía en los patios con el líquido que soltaba la papa podrida y que tenía la facultad de alisar el pelo. A ese líquido le agregaban vaselina y perfume, y en los salones de belleza las peinadoras recomendaban aun a las mujeres de pelo lacio, que se untaran un poco de desrizado, pues era lo que daba el último toque a cualquier cabellera y dejaba un pelo que retozaba con la brisa. Además, no se rizaba con el agua, así que podías bañarte en el río o en la playa y siempre ibas a tener una melena lacia.

No fueron pocas las mujeres que se quedaron calvas o con claros en la cabeza producto de que esa mezcla para desrizar quemaba el pelo y lo arrancaba de raíz, solo aquellas saloneras que sabían aplicarlo con el peine acostado para que no tocara el cuero cabelludo, podían hacer alarde de su pericia y pregonar que en su salón de belleza se hacían los mejores desrizados. Tan buenos eran los resultados, que nadie se daba cuenta de que esa melena sin una sola onda, era falsa.

Y resulta que Lucía se enamoró de Pití y Pití de Lucía. En la oficina comenzaron a sospechar porque cuando tenían que dirigirse la palabra se turbaban, hasta que un domingo el chofer del jefe los vio en las pacas de la Duarte, comprando ropa y muy agarrados de mano.

Al otro día se armó un lío muy grande en la oficina. Era lunes y todo el mundo llegaba con sus cuentos del fin de semana. Casi al mediodía apareció René riéndose, haciendo chistes a Lucía y a Pití, diciendo que los había visto, que qué bien escondido se lo tenían, que desde cuándo estaban juntos, y ella se puso a llorar. Pití trató de contestarle al chofer del jefe, vino la discusión y al final lo botaron por conducta inapropiada, pues uno no podía tener relaciones románticas con compañeros del personal, lo cual era una enorme mentira, porque no habían sido uno ni dos los casos en que se enredaban y todo el mundo lo sabía. Pero como Pití era negro y haitiano, y Lucía blanca y cibaeña, sus amores actuaron como un pescozón sin mano, o peor todavía, como un mentís al racismo que la mayoría esgrimía detrás de chistes y frases de doble sentido.

Poco tiempo después de que botaran a Pití, Lucía se tuvo que ir, pues no la dejaban quieta con una serie de relajos y de indecencias por haberse acostado con un haitiano.

Nadie supo que el día que Lucía salió, Piti la esperaba en la esquina con una maleta casi vacía para coger el autobús que iba hacia el Este.

Tres años después, entrando a un hotel cinco estrellas que acababan de inaugurar en Bávaro, el ingeniero se quitó los lentes, se estregó los ojos y vio a Pití atravesar el lobby vestido como un príncipe, mientras arreglaba el gafete de su identificación que rezaba: Rafael Pérez, Asistente de Administración.

 

Jeannete Miller

(1944-Actual)

 

 

CRÓNICA PUERTOPLATEÑA - Virginia Elena Ortea

  I Acabo de conocer, mis queridas lectoras, al protagonista de aquel trágico drama acaecido en la plaza principal de la villa de Moca en ...