LA MALA MADRASTRA
El día en que murió la esposa de
Don Prudencio debieron llorar los ángeles en el cielo, como por acá lloraron
cuantos tuvieron la pena de presenciar esa desgracia; y no ciertamente porque
se quedase él viudo, que bien se sabe que de ese dolor no ha muerto ningún
marido, sino de pena a los tres niñitos que dejó la difunta al pie del lecho,
llamándola porque la creían dormida, que las pobres criaturitas ni siquiera
estaban en edad de saber lo que es la muerte.
Figúrese, lector, que la mayorcita
del cuadro tenía cinco años, el que la seguía tres, y el más pequeñín, un
angelito más blanco y sano que una masa de pan, apenas balbuceaba el dulce
nombre de su pobre madre.
Después del entierro quedose el
viudo en la mayor perplejidad; hasta entonces no se había podido dar cuenta de
la falta que hace una mujer en una casa. Toda ella era confusión, inquietud,
pena... Ni la buena voluntad de las parientas solícitas, ni las mejores
sirvientas, bien pagadas, le valían para poder vivir sin enojos y rompederos de
cabeza, así es que vino a ver, -sin tener que pensarlo gran cosa -que lo mejor
que podía hacer para restablecer el orden doméstico y la tranquilidad de su
espíritu era volver a casarse.
Todavía estaba joven y de buen
ver; no le faltaba posición...
Pues señor, dejó escurrir un par
de años y antes de que acabara el último mes del segundo, se dio a buscar
novia.
Y no tardó en encontrarla: su
estrella le llevó a conocer una joven agraciadísima, cuyo nombre hirió la
imaginación de Don Prudencio tanto como su rostro angelical: llamábase Modesta.
Enamorose perdidamente nuestro
viudo. Miró a su pretendida como un dechado de perfecciones, y no contento de
hacer de nuevo la felicidad que se llevó de su hogar la madre de sus hijos,
apresuró la boda cuanto pudo, y un día vieron los huerfanitos llegar a las
puertas de su casa una hermosa mujer a quien debían llamar mamá, y les fue
dicho que venía a ocupar el sitio de la que ya no recordaban.
Pasaron días y más días. Pasó un
año y pasó otro.
Los vecinos de Don Prudencio
cuchicheaban en un principio porque se notaba que las mejillas de sus niños
perdían la morbidez y el sonrosado color. Murmuraron después porque se oían
gemidos infantiles en su hogar, y pusieron el grito en el cielo cuando supieron
de toda verdad que los pobres huérfanos eran cruelmente maltratados por la
madrastra.
Flacuchos y endebles crecían, con
ojos que tenían una expresión de dolor y reproche que inspiraba compasión.
La niñita, que era formalita y
tímida, vivía con un espanto que atrofiaba su voluntad por completo, sumiéndola
en una especie de idiotismo; el que la seguía, que hubiera sido un muchacho
francote, juguetón y alegre, se había convertido en taimado, sabiendo encubrir
sus picardihuelas con perfecto disimulo; el otro, también vivo y travieso como
una ardilla, apenas podía contener las turbulencias naturales de su carácter y
fue siempre más víctima que los otros, porque el pobrecillo era el que más
ocasión daba al enojo de su feroz cancerbero.
Y así crecían, como flores que no
alcanzan un rayo de sol ni una gota de lluvia... Crecían pálidos, temerosos,
tristes, sin una mano que les acariciase, sin una voz que les dijese una dulce
expresión, sin cuido, sin amor. Crecían bajo la mirada cruel y dura de la
madrastra, mirada que siempre parecía buscar en sus espantados rostros un
motivo de injuria, una ocasión al desahogo de su perversidad.
¿Y Don Prudencio? Don Prudencio
paraba poco en casa, y cuando estaba allí, Modesta se quejaba tanto de los
niños, y, sabía quejarse tan bien, que el marido se daba por satisfecho, creyéralo
o no, no encontrándose con el ánimo de ir al fondo de aquella odiosa hipocresía
a buscar la verdad y redimir sus infelices hijos de la feroz tiranía en que
estaban sumidos...
Por más que parezca mentira, estos
casos de sugestión son muy frecuentes: hay seres que ejercen una extraña
influencia en el ánimo de otros, influencia cuyo poder ilimitado tiene por base
segura el fingimiento, por arma poderosa la debilidad, el blando ruego, las
lágrimas. Las mujeres de instintos dominadores son las más solapadas y duchas
en este arte indigno; las que mejor saben subyugar una voluntad sin que de ello
pueda darse cuenta el sugestionado, que todo es obra de una paciencia
premeditada, y de la fuerza de la costumbre. Las de carácter franco y vehemente
jamás sabrán dominar; la espontaneidad no deja prevalecer el disimulo.
Modesta era maestra de hipocresía.
Su rostro, de Medusa a los ojos de sus hijastros, solo tenía sonrisas
bondadosas para los demás, la voz que era espanto de los niños, se saturaba de dulzura
melosa cuando hablaba a los extraños... Y había logrado dominar a su marido con
tal imperio, que en vano la razón, la justicia y la sangre se alzaban
reclamando al padre a favor de las inocentes víctimas. Los verdosos ojos de
Modesta con una mirada le desarmaban, a su boca pequeña, de labios delgados que
siempre tenían una sonrisa, bastaba una palabra con su tono humilde y
acariciador para reinar en aquella voluntad que no sabemos si debía inspirar
compasión o desprecio por la pasiva frialdad que le hacía cómplice de su mala
mujer.
Y los niños, en tanto, saturaban
su corazón en aquella fuente de hipocresía y maldad en que se miraban... Solo
conocían el mal, y la mala semilla germinó en sus corazones y dio fruto. Así es
que, no conociendo la compasión, por nadie la sentían, y eran crueles; eran
aduladores porque necesitaban adular a su madrastra mientras la odiaban; eran
desconfiados, porque unos a otros se acusaban para salvarse; embusteros porque
la necesidad les obligaba a mentir; golosos, que la mezquina mujer les contaba
los bocados... En fin, atrofiadas sus naturales inclinaciones, habían adquirido
todas las malas cualidades en la desdichada escuela en que aprendían.
La madrastra también tenía hijos;
estos se mimaban, se querían, eran servidos por los pobres huerfanitos. A ellos
habían de adularlos estos ostensiblemente, no sin que se escapasen de alguna
cruel maldad a espaldas de la madre, porque
en el fondo de su pecho los
tristes odiaban de todo corazón sus nuevos hermanos, y les tenían una envidia
dolorosa y feroz...
Aquel no era hogar, era un
infierno. Escuchábanse en él sin cesar imprecaciones, injurias, azotes y
gemidos angustiosos.
La bonita faz de Modesta, en
tanto, a despecho de su hipocresía, no tardó en expresar la dureza de su
corazón, marcada en líneas severas que a nadie engañaban, en las sombrías
tenebridades de las claras pupilas; su sonrisa llegó a parecer una mueca
forzada y odiosa. Su voz un zumbido siniestro.
Y envejecía siendo joven, envejecía
de carrera, adelgazaba sin quebranto, se desvanecía como una sombra.
El marido también estaba flaco y
enfermizo; parecía la víctima de un vampiro... Y la hacienda que poseían se
desmoronaba; la mísera economía de Modesta; su mezquindad, cuya huella quedaba
con marca indeleble en el hambriento rostro de los huérfanos; lejos de
acrecentar sus bienes parecían mermarlos como una maldición.
Un día la mala madrastra despertó
sintiéndose enferma; en la cama le pasó, y otro, y otro, y un año, y dos.
La penosa dolencia recrudecida por
la ira se hacía más cruel y dolorosa. ¡La ira sola la mataba!
Nadie la cuidaba, nadie la
compadecía... Los niños sufrían más mientras estuvo ella en la cama, porque el
furor de la impaciencia de Modesta se volvía siempre contra ellos... ¡Pobres
niños! ¡Infame que es la mano que les maltrata! ¡Villano el corazón que no les
compadece! ... La infancia es la única época de la vida que se pasa sin que la
herida del dolor envenene sus días... ¡Ay de la criatura que haga aciagas esas
horas que debieran ser de ventura! ¡Ay del que agosta el perfume de esas almas
que empiezan a surgir, y siembra en ellas con el encono de su propio corazón la
perversidad, la desconfianza, el dolo, donde solo debiera imperar la inocencia!
El hogar en que imperaba la
voluntad absoluta de Modesta, cada día estaba más lúgubre, cada día más
sombrío...
Quejábase la infeliz en el lecho;
los niños huían de ella sin compasión a sus lamentos, alegrándose con cruel
cinismo de la libertad en que les dejaba su dolencia... El padre vivía mal humorado
y silencioso...
Las comadres del barrio decían que
el alma de la primera mujer de Don Prudencio, velando en un rincón de la casa y
gimiendo a cada injusticia, la fatalizaba, le daba el fúnebre aspecto que
tenía.
Un día murió la madrastra. Sus
hijos, únicos seres que sintieron las efusiones de su cariño, se espantaron, al
ver inmóvil aquel ser cuyos furores solo lograba silenciar el profundo sueño de
la muerte, y la lloraron sin hallar quien les consolase.
El marido, como esclavo que sacude
una cadena de flores, herizada de agudísimas espinas, respiró sintiéndose dueño
de sí mismo una vez más, y sintió más compasión a sus hijos que dolor por la
difunta...
Los hijastros, ebrios de alegría,
apenas podían disimular su felicidad en aquel su primer día de libertad, de
esperanza, de ventura...
Entonces, la niña mayor, ya una
mujercita, se hizo cargo del gobierno de su desgraciada casa... Se hizo cargo
de los niños de su madrastra. Y como nunca vio bondad en nadie, ni conocía la
compasión ni sabía lo que era la generosidad, con ruin encono, siguió el
ejemplo legado por la funesta mujer que la crió a ella... Siguió sus huellas y
también fue madrastra... Madrastra de los pobres hijos de Modesta...
El hogar aquel sigue siendo un
antro de lágrimas, quejas, imprecaciones y azotes; el padre no se ocupa de los
hijos, apenas vive con ellos. La lobreguez de las paredes que cobijan esa desgraciada
familia se acentúa cada día más; hay más miseria, más mala suerte en todo.
Y las comadres del barrio dicen
que el alma de la primera mujer de Don Prudencio no es la que la fataliza con
su presencia... Creen que Modesta es la que va por ella, a gemir las injusticias
que sufren sus hijos con la vengativa muchacha a quien ella enseñó a ser mala
madrastra.
Virginia
Elena Ortea
(1866-1903)