La fértil agonía del amor
Emilia me miraba de reojo, y con sus grandes silencios me
envolvía como en una atmósfera de polvo y nubes densas. Entonces el sudor me
chorreaba por las caderas, y debajo de mi impecable traje de gabardina a rayas percibía
el cosquilleo de las gotas, rodando, asustadas, y ahogándome en una humedad
casi de río revuelto, de arroyo en penumbras, de sombría catarata cuyo origen
no era sino el deseo.
Hube de sentarme muchas veces en mi escritorio de
funcionario cabal para admirar su perfil, sus piernas carnosas y rectas a la
vez, sus muslos azules, o verdes –n o sé–, que imaginaba como cubiertos de un
barniz brillante y transparente. Pero lo que más me enervaba era sentir su
respiración cargada de jadeos cerca de mis oídos, cuando me traía, con manos
temblorosas, los oficios, las cartas, toda aquella montaña de papel que
preparaba cotidianamente para que yo firmase con una paciencia de cartógrafo, y
con indudable mirada de burócrata que debía olvidarse del amor por la mujer del
compañero.
Estaban separados desde hacía largas semanas; no sé por qué
en ese momento pensé en la pobreza de su matrimonio, en su agrio sentido de la
realidad. Me vi de pronto atraído por sus grandes ojos color ciruela y por una
boca que, sin ser carnosa, tenía justos los límites de almendra madura que
tienen las bocas que emergen desde las novelas de las revistas de moda. Desde
que miré con interés sus manos largas y coloreadas con uñas perfectamente
esculpidas, pensé en caricias, en informales besos, en madrugadas furtivas.
Pero todo ese mundo imaginario se reducía a un silencio que se congelaba cuando
había la oportunidad de expresarle una frase galante, un piropo; esperaba la
"coyuntura", como dicen los políticos de izquierda, pero cuando esta
aparecía, mis instintos reculaban, l1enándome de un deseo insatisfecho que me
hacía agonizar cada mañana, en los momentos en que sentía el ruido de sus dedos
sobre el teclado y el ruido de sus palabras confusas y abigarradas agolpándose
en mi oído, en mi imposibilidad de siquiera tocar una de sus manos.
El deseo se fue haciendo obsesivo. No podía concentrar mi
actividad. Las llamadas no tenían sentido si junto al teléfono no estaba
Emilia. (Me miraba con ojos terriblemente ansiosos. Yo que iba a decirle: era
en verdad mi jefe; tan impecable, tan vestido siempre de azul; con esa
inteligencia que atrae el amor de las mujeres como si el hombre fuese miel y el
amor abejas girando. Yo repetía su nombre por las noches... Gabriel, Gabriel, y
sabiendo que traicionaba la memoria de Juan, lo hacía. Cuando me acercaba con
las manos llenas de papeles para indicarle donde debía firmar los formularios
de capias azules o rasadas, pensaba que su timidez lo llevaría al descalabro.
¿Pero y la mía? Muchas veces, antes de mi separación de Juan, pensé en darle un
beso, así de repente. ¿Pero cómo reaccionaría un hambre circunspecto y tan
formal? Sabía perfectamente que su mirada no era la de un amigo. Además –y esto
es importante– sus mejillas se sonrojaban can frecuencia, y yo, como mujer que
he sentido el amor y que he visto tantas mejillas sonrojadas, sabía que él
deseo le llenaba los sentidos).
Aquella mañana llegué temprano. Emilia llevaba zapatillas
doradas, no precisamente las que debieran usarse en las oficinas. Miré su
tobillo derecho y descubrí un lunar; una mancha azulada, muy bella, que parecía
flotar sobre una piel suave, untuosa, cálida quizás. Me quedé mirando fijamente
aquella mancha en la que comenzaba el misterio de un cuerpo que sólo Juan
conocía plenamente. Largo tiempo estuve ensimismado en ese lunar que me ayudaba
a construir, con imaginación temerosa, los muslos brillantes; los senos que
flotaban casi en el aire cuando Emilia llegaba en las mañanas con ese perfume
cama de palmeras en flor; el ombligo profundo, que imaginaba como un pozo de
mieles y azúcares. Miré esa mancha y la mancha comenzó lentamente a
desaparecer. La vi difuminarse como esos cuadros que se deshacen, se disuelven,
en las películas de Bertolucci; como esas nubes claras que de tanto estirarse
se convierten también en azul del cielo, en recuerdo de manchas casi
transparentes. (Me miraba profundamente. Ahora, tal y Como lo hacía desde
semanas atrás, clavaba sus ojos en mis manos, en mi cuerpo, en mis labios. Era
un tipo de fruición que me hacía sentir orgullosa y molesta a la vez. No era la
mirada dura y persistente de Juan, aquella mirada que sólo tenía sentido si el
futuro inmediato era el lecho, esa cama grande y cuadrada en donde nos
desahogábamos con mecánica frecuencia. No. Los ojos de Gabriel caían
pesadamente en mis encantos haciendo fuerza sobre ellos, absorbiéndolos, si
absorbiéndolos, porque yo sentía sobre la piel ese Cosquilleo que comenzó
siendo como una caricia y que posteriormente tomó a transformar el mundo de
nuestros alrededores). Vi el lunar desaparecer. Aquella tarde me quedé
pensativo. Aunque revisé en casa los papeles que Emilia había ordenado, deseaba
seguir viéndola. Quería trasladarla a mi habitación, seguir contemplándola
intensamente, hasta colocarla dentro de mí, hasta convertirla en algo así como
una parte de mis situaciones. Su foto, conseguida del periódico cuando cumplió
los 24 años, no me servía de nada. La había colocado cerca del pequeño florero
que adornaba mi habitación, en el mismo marco en que estuvo la foto de Odilia,
mi penúltima amante. Comparaba este amor nuevo, este amor lleno de
incomunicaciones con el de Odilia, gritón y miserable, y comprendía las
dificultades que se me presentarían. Decía Odilia que la mujer era como una
gata rabiosa, porque cuando el deseo la atenazaba, preparaba las garras y se
daba por entera agrediendo al hombre que amaba; pero con Emilia no sucedía lo
mismo. Mi silencio y ese deseo reprimido eran como el reflejo del propio ser de
Emilia. Yo esperaba que ella diese el primer traspiés, la primera oportunidad.
Cuando la llamaba por teléfono ciertas noches con la intención de invitarla a
cenar, preparaba de antemano los argumentos que habría de utilizar; le diría
que me sentía solo, que sabía que también ella lo estaba, que deseaba discutir
con ella, fuera de las horas de oficina, algunos problemas personales, porque
le había tomado gran confianza, que luego de la cena daríamos un paseo en el
automóvil, y que más tarde hablaríamos de importantes proyectos. No le haría
ver que una vez hecho ese primer contacto la llevaría a bailar y a tomar
algunos tragos en La Fuente, en el Maunaloa, o en cualquiera de esos centros
festivos en los cuales es posible hablar al ritmo de orquesta. (Me miré el
tobillo cuando el agua tibia y dulce rodaba por mis piernas aquella mañana y
noté la desaparición de la mancha heredada de mi madre. Era una mancha de
familia. Juan me decía que era lo más bello de mí. Pero desapareció como por
encanto. Mi abuela también la tuvo). Mis llamadas telefónicas, sin embargo, se
convertían en contactos y conversatorios sin objetivo; pronto perdía el sentido
de todo cuanto había planeado, y durante largas horas conversaba con Emilia de
proyectos futuros, de posibles aumentos de los precios del petróleo, de los
nuevos maquillajes Max Factor, marca que ella utilizaba aunque no era la más
cara ni la más elegante. Se me iba la vida en ese esfuerzo mental que precedía
a mi intención de romper la barrera y lanzarme sobre Emilia para siempre, sin
embargo, me detenía el terror de verla decir no. Ese día de abril, si mal no
recuerdo, me miré el tobillo derecho y vi en él la mancha azul de Emilia. Un
lunar similar al de ella se había apoderado de mi pie derecho. Quedé
estupefacto. (No dije nada. Pero comenté con Gabriel, mi jefe, la pérdida del lunar.
Los lunares se heredan, son el resultado de viejas leyes de la herencia).
Cuando me lo dijo ya lo sabía. No quise señalarle la coincidencia. Hubiese
podido informarle que a mí me había salido una mancha similar a la de ella, y
precisamente en el mismo sitio. Pero hubiese producido terror en su
temperamento frágil; o tal vez ello hubiese permitido una profunda conversación
sobre lo penetrante del verdadero amor y abierto las puertas para un
entendimiento, para unas relaciones que en su imposibilidad me llenaban de
angustia. (Es que a la mañana siguiente me sentí mal y no quise ir a la
oficina. Gabriel me llamó. Decía que mi imagen no podía separarse de su cabeza,
que era realmente una obsesión de trabajo el pensar en mí y el buscar mi ayuda
en cada momento. Yo pude decirle: no Gabriel, lo que sucede es que estás
enamorado de mí y no tienes el valor de expresarte, entonces me miras con esos
ojos negros y con ese ardor que no te deja concentrarte…).
Y es lógico que suceda, la presión psicológica ha sido fuerte.
Yo creo, doctor, que estoy cambiando profundamente. Me parece que no bastan
esas explicaciones, porque no sólo es cuestión de haberme enamorado, sino que
quiero a esa mujer, y no tengo modo de expresarle cómo la quiero. (Por la tarde
del miércoles 15 de abril Gabriel me ha llamado. Mi certificado médico ha
estado unos cuantos días en el gran escritorio, porque tampoco él ha asistido
al trabajo. Carola, mi sustituta, me ha dicho que aún no envía un certificado,
como lo he hecho yo. Sin embargo, en sus llamadas intensas y agobiantes,
Gabriel no me dice ni me pregunta sobre nuestra mutua distancia, y sobre el
coincidente alejamiento de la oficina. Debería decirle claramente que mis manos
se han hecho gruesas de improviso, que mi pie, casi infantil, se ha hecho casi
pie de hombre, con vellos y sudores fríos; que mis cejas han crecido de pronto,
teniendo que afeitármelas para volver a dibujar sobre el arco finas cejas de
mujer. Juan me ha llamado esta tarde para el intento de un arreglo. No me he
atrevido a decidir nada; mi mundo comienza a dar vueltas y estoy perdida como
en un marasmo, y Juan ni siquiera lo comprendería; estoy segura de que sería
feliz junto a Gabriel, pero lo mismo que a él, una timidez terrible,
devastadora, me acosa, y sólo puedo tenerlo en sueños, cuando reacciona mi
espíritu y 10 veo posarse sobre mi como una mariposa, y acariciarme y hacerme
el amor con la mayor de las suavidades del mundo). He notado en Emilia como un
dejo de tristeza, y no dudo que su ausencia de la oficina se deba a mi retiro
por unos días hasta poder dar con los motivos y resultados de este cambio. Hoy
he observado mis manos y casi son las mismas de Emilia. Si me dejase crecer las
uñas y usase uno de esos pigmentos para decorarlas no habría diferencia. Las
paso sobre mi cuerpo, sobre ciertas partes de mi cuerpo, imaginándome qué
sentiría si estas manos fuesen las de Emilia realmente. Ello me produce una
extraña sensación, porque cuando cierro los ojos, son esas manos algo
diferente, y siento, al posarlas sobre mis sentidos, como si estuviesen fuera
de mí, con la terrible certeza de que lo que siento es, precisamente lo mismo
que sentiría Emilia al hacerlo.
(Entonces reconstruyo aquellos momentos, y creo que sería
imposible acariciar a Gabriel con estas manos rústicas, con estos dedos que no
son los míos, con estos labios que se han ido poniendo duros, masculinamente
duros, y con los que besaría a Gabriel a pesar de todo. Ayer ha sido un día
insólito; Juan ha venido, ha tocado esa puerta, y entrado. Me ha mirado con asombro:
–¡Has cambiado mucho en poco tiempo, Emilia!, me ha dicho. Le he contestado que
mi corazón se entrega lentamente a otro hombre, que ya no me interesan sus
propuestas, y que el cariño que sentía por él ha terminado definitivamente.
Entonces ha tomado mis manos con un gesto de amor, con ademán de
reconciliación, y estas manos ahora rudas se han zafado violentamente de las de
Juan, acobardadas, porque son como manos de hombre, que no quieren sentir tacto
de hombre. Las he pasado por mis cabellos y he tenido la sensación de que
Gabriel ha puesto sus dedos sobre mi frente, y he llorado, llorado mucho, pero
mis propias manos me consuelan, porque las hago recorrer mis mejillas pensando
que Gabriel está aquí, junto a mí, diciéndome por fin que el amor nos hará felices)
.
Salir o no salir. Esta mañana me miré al espejo y supe de
improviso que había tenido a Emilia para siempre. Ya no sólo eran sus manos,
sino sus senos, sus dientes; yo mismo era ella, y ella era quien desde el
espejo me miraba coquetamente. Sólo dos semanas habían sido suficientes para
que mi pensamiento la interiorizara de tal manera que sus atributos pasaran a
ser parte de mí. (Quise salir y no pude, Gabriel estaba en mí, vivo, atento,
como un viento de la noche que acecha tras el ventanal. Mis labios sintieron el
nacimiento del bigote azulado; soñé que me enamoraba de mí misma, porque
Gabriel era yo, y yo era Gabriel, sudaba, temblorosa o tembloroso, por así
decirlo, porque mi sexo comenzaba a cambiar. No le había dicho nada, pero la
última vez que conversamos nuestras voces se transmutaron al punto de que
cuando le hablé emití el sonido de su propia expresión sonora, dulce, la
expresión del jefe administrativo que me miraba con fruición las manos y que
soñaba con mi garganta, y que pensaba en mí –ahora lo comprendo– con deseos
profundos de tenerme). Esa tarde me decidí. Sabía, casi intuía a ciencia cierta
lo que había pasado con Emilia. Aquellas conversaciones, aquel cambio de
carácter, aquel hablarme del amor del hombre por la mujer, cuando yo debía
haberle dicho a ella lo del amor de la mujer que el hombre debe sentir siempre;
aquella confusa sensación de ardor en los labios cuando la brisa fresca de la
noche me reemitía al recuerdo, y aquel desear que el recuerdo se invirtiera, y
que ella fuese, realmente tan asustadiza como yo, y yo tan tímido como ella.
Todas estas sensaciones me decían que cada uno había pasado a formar parte del
otro. Ella era él, es decir, yo; y en cambio él era ella, es decir ella, porque
comenzaba a desear el nuevo encuentro, el encuentro de seres cambiados,
trocados por el amor. Hasta qué punto ella me reconocería en él, y hasta qué
punto yo me reconocería en ella. Debíamos resolver cuanto antes el enigma,
vernos desde el otro sexo, desde nuestra nueva realidad vital, desde nuestra
nueva manera de afrontar la vida. El encuentro inicial – después de las
forzadas vacaciones– nos haría trazar la estrategia, la estrategia final,
porque al fin y al cabo tendríamos que seguir viviendo. Vi esa nube, y pensé en
mi manera de ver la vida; pensé en mis ropas de hombre ahora inservibles, y en
sus ropas de mujer; en sus viejas modas –porque se hicieron viejas en solo
horas–, y pensé – lo mismo que yo– en el encuentro, en esa necesidad. Entonces
–ambos a dos–, y dentro del más gris de los silencios, hicimos la cita. Emilia
me enviaría al apartamento uno de sus mejores vestidos, aquel del escote, le
mostraría el comienzo de mis senos, y llevaría un tinte de labios encantador.
Yo le devolvería con el mensajero mi traje azul a rayas, ese que huele a
lavanda y que le hará quedar convertido en un caballero con suficiente garbo
como para atraer la mirada de quien es ahora mi propia encarnación. Entraremos
a la oficina uno después del otro. Nadie notará que hemos cambiado; yo llevo su
lunar en mi tobillo, y ella lleva mi bigote y mi tibio pene que ahora comienza
a conocer, lo mismo que yo poseo su sexo azulado, de lacias trencillas y
carnosas empellas. Se sentará en mi escritorio. Me sentaré en su escritorio. Me
aposentaré como una mariposa en su silla giratoria de secretaria eficiente. Se
sentará en mi antes sillón de ejecutivo. Nos miraremos. Simplemente miraremos
desde el forro de las cosas. Ella mirara en mí su viejo retrato, y levantaré
lentamente la falda para mostrar su tobillo, aquel que dio origen a mi
inquietud, y será entonces cuando ella, tan tímida como yo, verá difuminarse de
mi pie el lunar azul, y sentirá en sus carnes de hombre emerger esa mancha... y
poco a poco hablaremos de amor, y todo habrá de ser como antes. Y pasará el
amor, porque todo tiene que pasar. Y nuevamente estaremos de vacaciones,
cambiando constantemente, buscando ser el uno para el otro de manera terrible,
de manera infructuosa, pero siempre en la agonía de hacer realidad el amor.
Marcio
Veloz Maggiolo
(1936-2021)