AL POBRE NO LO LLAMAN PARA COSA BUENA
El vale Juan era mendigo habitual
y vivía en la sección de los Mameyes.
Una mañana lo encontré en la
población mejor ataviado que de costumbre. Llevaba una camisa de listado muy
aplanchada, un pantalón de fuerte azul bien limpio, y montaba un buey de silla,
con aparejo nuevo y una jáquima muy blanca
pasada por el narigón.
-Vale Juan-le dije, empuñando su
única mano, ¿cómo va?
- Ahí entreverado -me contestó.
-Pues ni tan mal es, a juzgar por
las apariencias. Hoy parece usted un potentado rural.
-Es que ya yo estoy muy escamado y
sé lo que les espera a los pobres. Me mandó a buscar don Francisco y me dije:
pues me pongo los trapitos de cristianar y arreglo a Bonito que parezca el buey
de un presidente. Y así me he puesto.
-Hombre, qué idea tiene usted de
los pobres...
-Es que la gente no sabe
distinguir, y yo no quiero que me confundan. Hay dos clases de pobres. Pobres a
nativitate y pobres de mala fortuna. Los primeros, aunque hayan de heredar
riquezas, nacen pobres.
Un individuo haragán, estúpido o
sinservir, siempre es pobre a nativitate, y aunque ría por primera vez entre
plumas y bordados, acabará llorando.)
-¿Y los otros, cómo son, vale
Juan?
-¡Los otros son como yo, caramba!,
que nada me ha valido para salvarme. ¿Quién salva a uno de que lo metan a
soldado y en una pelea lo dejen manco? Porque yo si hubiera podido desertar sin
peligro, lo hubiera hecho; pero si desertaba, me cogían, me amarraban y por
primera providencia mandaban a fusilarme; y lo esencial que uno necesita para
hacer las cosas es estar vivo. Así fue que tuve que quedarme en las filas hasta
que me quebraron un brazo. Y supóngase, un agricultor pobre con un ala menos...
-¿De manera que los pobres de la
segunda clase son los que van a la guerra?
-Ellos solos no. En el mundo hay
dos clases de circunstancias. Las que un hombre de talento puede prever y las
que ningún talento en el mundo puede calcular. Al hombre de fortuna todas las
circunstancias incalculables le favorecen. Al desgraciado todas le son
adversas, y nunca puede salir de pobre.
-La desgracia lo ha hecho a usted
pesimista, vale Juan.
-Ello no; es que las cosas son
así, y no tengo culpa. No fui yo quien hizo el mundo con tantas jorobas y
torceduras. Insisto en que al pobre no lo llaman para cosa buena, y voy a
contarle un cuento que lo prueba.
Cuando gobernaba en Puerto Plata
el general Lovera, que era malo con colmo, convocó para un día señalado a todos
los pobres del distrito, a que se reunieran en la plaza del pueblo arriba. Cada
quien calculaba sacar la tripa de mal año. "Que nos va a dar ropa",
decía uno. "No, que lo que va a dar es dinero, que recibió muchísimo por
un vapor que llegó de la Capital". Y así cada uno echaba alegremente sus
cuentas...
Llegó el día de la reunión y la
plaza parecía una corte de los milagros. Cojos, mancos, tullidos, ciegos,
tuertos, llagosos... Era aquello una florescencia de cementerio, como si cada
tumba se hubiese abierto y echado al exterior su tétrico contenido.
Momentos después llegó el general
Lovera seguido de mil hombres de tropa que cercaron la plaza. Avanzó el jefe,
con su cara de estrafalario furibundo y con ronca voz comenzó a interrogar a
los pobres uno a uno.
-Usted, ¿de qué vive?
-Yo, de la caridad pública. Ya ve
que me falta un brazo y no puedo trabajar.
-Pues pase a aquel lado le
contestaba él señalándole el flanco izquierdo de la plaza.
Ya solo faltaba un pobre por ser
interrogado, y el general Lovera le hizo la pregunta consabida.
-Yo-le contestó aquel, que era un
hombrecillo flaco y desmedrado, con cara de gato-yo vivo de lo mío. No me falta
nada. Y se sonó los bolsillos del pantalón, que produjeron un ruido argentino.
-Pues váyase a su casa, que con
usted no es la cosa -le contestó con su voz atronadora el general Lovera.
Entonces, dirigiéndose al
comandante de la fuerza, le gritó:
-Cumpla la orden. ¡Fusíleme a
todos estos sinservires! -Y se fue.
Se armó una gritería de lamentos
entre la multitud de pobres. Todos gemían y lloriqueaban su desgracia, y
anatematizaban el nombre de su sacrificador Lovera.
El que se las dio de rico se
acercó entonces al grupo de los condenados a muerte, y un compadre suyo llamado
Juan José, que se encontraba allí, le increpó diciéndole:
-Hombre; compadre Toño, solo usted
es malo. Si usted sabía esto, ¿cómo no me dijo algo, en vez de dejar que me
sacrifiquen así, como un marrano?
-Compadre-le contestó el falso
rico-: Yo no sabía nada. Lo único que yo sé es que al pobre no lo yaman pa na
güeno. Por eso me preparé, llenándome los bolsillos de tiestos de platos.
Así terminó su cuento el vale
Juan, y yo, pensativo, le dije:
-Demontre, con usted y el general
Lovera, cualquiera teme
ser pobre.
-Cójale el peso al cuento -me
contestó él. Lo que soy yo no me arrepiento de haberme vestido de limpio y de
engalanar a Bonito para ir a ver a don Francisco. Quizás así me haga una buena
proposición. De otra manera, lo contrario.
JOSÉ
RAMÓN LÓPEZ
(1866-1922)



