viernes, 1 de mayo de 2026

Se me fue poniendo triste, Andrés - René del Risco Bermúdez

 

Se me fue poniendo triste, Andrés

 

- «Pedro Juan, tu Negrita se está por morir».

 

Eso fue todo, Andrés. Y yo me le quedé mirando, mirándole los ojos que se le ponían de vidrio de botella de Malta. Así de quemados y oscuros. Después, ya el cuarto se iba llenando de pesados celajes, las paredes comenzaron a ablandarse para que allí la luz de la vela se pegara temblorosa y yo viera la sombra de su cabeza parpadeando sobre las tablas manchadas por los aguaceros. Ella no dijo una palabra más, sino que hizo como si mirara las vigas del techo, y las gotas de sudor se le quedaron en la frente como si por dentro le estuvieran hirviendo los pensamientos, los recuerdos, las tristezas de tanta vida de apuros y trabajos. Yo la miré largamente, me clavé los codos encima de las rodillas y me puse a mirarla y a pensar sin querer dejando que la cabeza se embobara con todo lo vivido, con esos largos días nuestros que los malos espíritus no se cansaron de enredar desde aquella tarde en que pedí a la Negrita que se viniera conmigo y ella apareció en el vano de esa puerta, trayendo una funda con su ropa y enseñando una sonrisa suave, que no era casi una sonrisa, sino ese gesto dulce que tienen algunas santas de las que sacan en procesión ciertos domingos por el pueblo.

 

Yo me quedé mirándola y recordando cosas. La vi cruzar la habitación, yéndose a sentar debajo de la ventana por donde se metía el aire húmedo del río y el apagado chasquido de las aguas en los pilotillos del muelle. Allí se quedó entre lejana y resignada, como si todavía no se diera cuenta de que en esta casa, a la que acababa de entrar, su presencia nos estaba obligando a compartirlo todo, el silencio, el espacio, el tiempo, todo.

 

Cuando regresé con los plátanos para la cena, ella aún se miraba las manos, juntas sobre las rodillas, y encajaba los tacos de los zapatos en el barrote de la silla verde. Tuve entonces que ponerle la mano en el hombro y decirle confianzudamente «es usted la mujer, en el anafe hay carbón y hay tres huevos en el guardacomidas». Nunca más tuve que repetirle esto, ni siquiera por broma. Negrita comprendió desde entonces el destino y por eso aquella misma noche, antes de acostarnos, sin decirme nada, tomó diez centavos de encima del pasamanos y regresó con azúcar y café. En lo adelante, cada vez que yo miraba a la Negrita, tenía que encontrar ese mismo gesto que se me fue metiendo en el alma y que muchas veces me dio ganas de llorar, cuando encogiendo los hombros, me decía «¿Y qué? Yo casi no tengo hambre», y tenía que obligarla para que tragara un pedazo de yuca o para que probara el pan con salchichón. «Tú eres el que afana», decía, «es justo que te compres siquiera un pantalón, yo con los trapos que tengo estoy bien, total que no salgo a ninguna parte».

 

¡Y yo que la conocí por casualidad! Fue en los tiempos en que yo tenía la «Mercedes», que era una yola grande y liviana pintada de blanco y rojo, con el bronce de los remos siempre tan brillante que los muchachos de «Villa Duarte» me conocían desde que yo salía del atracadero de aquel lado . «¡A que esa es la Mercedes!», apostaban.

 

Una mañana vino la Negrita y me dijo que iba a la ciudad a buscar un dinero, que me pagaba de regreso, y yo, que no sé por qué la miré de una vez con picardía, le dije que sí, que subiera, y comencé a remar, mirándole los ojos que se le entretenían en la espuma que corría junto a la «Mercedes».

 

Ya de regreso, yo no quise aceptarle su dinero. Que se comprara caramelos, le dije, y seguí mirándola cuando ella hacía girar la sombrilla detrás de su cabeza, moliendo la luz del sol entre las varillas negruzcas, abiertas como una telaraña sobre el río. Ella venía sentada en la popa e la «Mercedes» y yo
silbaba algo del Trío Reynoso. No dijimos una palabra, pero yo sé que por dentro de lo que yo silbaba iba caminando el gusanito de la mala intención, para hacerle cosquillas en el oído a la Negrita. Yo no me estaba dando cuenta, hasta que me sorprendí repasando el pedacito ese, Andrés, el de «baila mi merengue que entre las mujeres tú eres mi derriengue». Pero la Negrita no estaba en eso aquella mañana, ella traía los ojos en el agua y su silencio era como si viniera del fondo del río. Y es que ella era así, tenía esa manera de quedarse lejos, que a uno a reparar en su presencia, porque ella misma se iba, dejaba por cuenta su lugar y entonces uno comprendía que lo estaba haciendo para dejarnos vivir, para que yo no tuviera esa mañana el lastre de su misterio que estaba ahí, en la popa de la «Mercedes», y pudiera escuchar el chapoteo de los remos sobre su silencio profundo, en el que bogaban hojas, papeles, pedazos de ese mundo que la Negrita hacía difícil y cercano, inexplicable. Quizás ese merengue de los Reynoso era lo único que verdaderamente vivía en ese instante sobre el río. No porque yo lo silbara, porque vivía solo aun cuando nadie lo silbara, porque permanecía oculto en la caja de los acordeones esperando siempre la mano del que fuera a tocarlo, del que viniera a echarlo fuera, a ponerlo en los labios de alguien, que como yo, no sabía claramente por qué lo silbaba con la intención de que pudiera escucharlo quien ya no estaba ahí, porque te juro, Andrés, que la Negrita desde entonces se había ido en el silencio y aquel merengue la buscaba sin llamarla, sin yo querer, sin ninguna palabra. Tuve entonces que decirle «ya llegamos», cuando sentí la arena contra el fondo de la yola, y ella tuvo que bajar, quizás sin quererlo también, como si comprendiera que los dos ya estábamos juntos en algún sitio que no era en esa orilla. ¿En el destino, Andrés, así se llama? Yo no lo sé. Porque tendría que averiguar si el destino es antes, o después.

 

Fíjate, Andrés, cómo es la vida, después de aquello como que se achicaba el mundo, ya nos encontrábamos como tú tienes que encontrar esta cama, ese
vaso, aquella ponchera, ese San Miguel en la pared; si es que te pones a dar vueltas en el cuarto. Por eso en el bar de Vicente ella me puso la mano en el hombro aquella noche de Año Nuevo, y yo me di cuenta de que sus palabras nada tenían que ver con el gesto de sus ojos. Me saludó como siempre «Pedro Juan, cómo le va?» pero su mirada estaba lejana como si no me viera en este mundo, sino en otro mundo en el que yo no hacía nada con aquel trago de «Jacas» en la mano, porque dejaría ese trago, y ya le hablaría riendo, ya caminaríamos hacia un lado del bar, ya bailaríamos cerca de la vellonera, y ese era el que importaba a sus ojos, el que estaba dentro y lejos de mí, el que ya estaba con ella en algún sitio mientras la Negrita reía con su vestido de flores y yo la soltaba y le daba vueltas para que los muchachos aplaudieran con el fuego del ron en los ojos, mirando las caderas y mi mano que rodaba a veces sobre su espalda mojada. Tal vez fue esa noche cuando mejor lo comprendimos los dos. Por eso cuando Candito trató de echarle el brazo, ella se dejó caer sobre mi hombro y yo seguí hablándole como si nada a la cara arrugada de «el ñato», que del otro lado de la mesa hacía por entenderme entre los humos de la borrachera, achicando los ojos y repitiendo como hipnotizado «así es, así es, así es».

 

Yo recuerdo cada fecha, Andrés, porque las cosas se iban sucediendo de manera que no podían evitarse. Era como si te leyeran la taza y te dijeran que vas a hacer un viaje y después tú, en medio de ese viaje, pensaras que cuando te leyeron la taza te lo avisaron. Sólo que a nosotros nadie nos anunciaba nada, sino que sucedían las cosas ellas solas, pero sucedían así, como suceden esas cosas que se anuncian, que se dicen antes, y que nadie puede evitar después que ya se han visto en una taza, o lo han dicho las barajas. Y a nosotros, Andrés, nos pasaban las cosas así mismo.

 

Después de aquella noche de Año Nuevo, en el bar de Vicente, con Candito y «el ñato» ya yo sabía que la Negrita y yo éramos peces de un mismo chinchorro, por eso, cuando al atardecer de cinco de enero, la vi bajar por la escalera del puente viejo, le dije al señor vestido de blanco que me perdonara, pero que yo tenía el viaje comprometido, y justo cuando se apagó la última nube sobre el malecón comenzaron a brillar los faroles de los carros sobre el puente, yo había amarrado la «Mercedes» a un pilotillo del muelle y subíamos la cuesta de la Calle Atarazana, la Negrita hablando de los hijos de su hermana Carmen, que ya no creían en los Reyes y yo diciéndole que no importaba, que les compráramos esa muñeca y ese trompo porque en el fondo a todos los niños les gusta jugar aunque no les importe el Día de Reyes. Te cuento eso, para que ves por qué me acuerdo de las fechas, porque cuando regresamos de la ciudad, justamente pasando bajo la puerta de San Diego, la Negrita hizo como si quisiera tragarse el cielo por la nariz, echó la cara hacia atrás, cerró los ojos y respiró muy hondo, que yo oí su respiración creyendo que lloraba o algo así, y la vi pegada a las piedras, entreabriendo ahora los ojos y diciéndome que esa soledad la había hecho sentirse de repente feliz y me tocó el hombro con su mano extendida. A la verdad que en aquel momento, Andrés, todo parecía haberse detenido. Sólo faltaba que yo me le acercara como lo hice, con la boca abierta, y me le apretara ahí, entre las piernas, sintiendo que ella se me amarraba con sus muslos duros y ahí, pegados a esas piedras de San Diego, yo vi cómo la noche se iba abriendo poco a poco y la escuchaba a ella como hablándome desde muy hondo, diciéndome que me quería y que ella sabía bien que esto tenía que pasar porque algo se lo estaba diciendo en el oído desde hacía mucho tiempo, y yo diciéndole que sí, que yo también lo sabía y que por eso, cuando la vi bajar esa tarde por la escalera del puente viejo le dije al hombre que tenía el viaje comprometido, y entonces recordé cuando se apagó la última nube sobre el malecón y vi los carros con los faroles encendidos en el puente, y me le pegué bien fuerte a la Negrita, bien adentro, y así me estuve hasta que comenzaron a ladrar los perros por esas
calles que bajan del Alcázar y yo me retiraba un poco a cerrarme el pantalón, mientras ella se agachaba a recoger el paquete con la muñeca, y el trompo.

 

Y te digo que todo esto pasaba como si estuviera escrito, como si fuera algo que se cumplía según estaba dispuesto, porque ni ella ni yo, te lo aseguro, hicimos nunca lo más mínimo por llegar a nada. Y ella mucho menos que yo, que por lo menos dejaba que las cosas fueran pasando. Pero la Negrita ni siquiera eso porque ella insistía en negarse a la realidad y sólo actuaba así como si fuera en un sueño, como si fuera sonámbula. Así como cerró los ojos aquella noche bajando por San Diego, cuando empezó a sentirse sola, lo hizo siempre, siempre igual, en el bar cuando Candito quiso echarle el brazo, en la popa de la «Mercedes» cuando se quedaba callada y ausente, en la playita del Isabela cuando algún sábado por la tarde nos fuimos río arriba mirando los barrios en la orilla, siempre lo hizo igual, así, dejándose hacer, desprendiéndose de ahí, de su lugar, dejando espacio al misterio que nos empujaba, que nos separaba de los demás, y nos juntaba inevitablemente, Andrés.

 

Por eso llegó el día en que los dos creímos que ya todo estaba decidido, y así, sin pensarlo, como si me lo hubieran ordenado, le pedí a la Negrita que se viniera conmigo a esta casa que tú sabes que estuvo siempre sola, porque yo no había tenido nunca antes a nadie en quien confiar hasta el punto de creer que su compañía podía hacerme sentir mejor. Y como te conté, esa misma tarde ella se apareció en el vano de esa puerta, con la sonrisa suya que no era casi sonrisa sino una manera de parecerse a las santas que hay en la iglesia de Villa Duarte, y yo la vi ahí, como me está pareciendo verla ahora mismo, ahí parada la Negrita, llenando desde entonces esta casa con ese gesto de gente buena que tenía y que hacía que uno la quisiera sin decírselo, porque hasta eso creía uno que podía avergonzarla. Desde ese día, Andrés, desde esa tarde, todo fue tan triste y tan duro, que sólo la buena voluntad de la Negrita pudo darle fuerzas a uno para llevarlo con resignación y con un poco de fe hasta el día de hoy, en que te estoy contando todo esto, pensando en que lo único que me da valor para hacerlo todavía es ese recuerdo de ella, de esa sombra de ella ahí en el vano de la puerta como el primer día, su cabeza ahí en la pared, sus pies ahí en el os barrotes de la silla, el recuerdo de su voz que se deja correr a veces desde el patio, los celajes de su imagen que cruza todavía por delante de la cama y viene a sentarse aquí, a mi lado, sin hablar.

 

Nuestra vida fue dura, Andrés. Primero fue un tiempo de lluvias que se metió y llovía entonces sin parar día y noche y yo me estaba sintiendo ya mortificado porque la gente no quería cruzar en yola a la ciudad en esos días, sino que prefería hacerlo en un carrito por el puente, y la Negrita pasaba las de Caín teniendo que hacer las cosas de la casa con lo poco que podía yo traerle en esos días, veinticinco centavos unas veces, cuarenta otras y así. Entonces fue que vino el ciclón ese, «Inés» (ya tú no estaba aquí para ese tiempo) y comenzaron a decir por el radio que venía a cruzar por Macorís y que se iba a llevar la capital. Como yo conozco lo que le gusta alarmar a la gente que habla por el radio, le dije a ella que no se apurara, que eso no venía para acá, que los ciclones se van a morir por Barahona o se meten a Haití, pero cuando a media mañana volvía a la casa, ella me esperó con los ojos muy grandes, diciéndome que en el ventorrillo de doña Pura le enseñaron un «Listín» con un mapa que tenía una flecha diciendo por dónde venía «Inés» y que a las ocho de la noche esto no se iba a entender. Yo le dije que lo mejor era comprarse algo para no pasarlo así y le pregunté si tenía suficiente gas para la lámpara.

 

Volvimos a la casa con plátanos y café y una botella de gas, y la Negrita empezó a tapar con periódicos viejos todos los huecos en las paredes. Ya a
las cuatro de la tarde la gente por aquí se había puesto a creerle demasiado a los del radio y fue entonces cuando llegó una guagüita de la Defensa Civil, vociferando que no se salvaría nadie dentro de su casa, que las inundaciones nos arrastrarían inevitablemente porque la fuerza del ciclón era terrible y había que trasladarse a un refugio que había más arriba del puente, en una escuela. Te repito que yo nunca le he creído a esas gentes que vociferan cosas, Andrés, como si quisieran meter miedo, y por eso me le encaré a la Negrita cuando quiso meterme en la romería que se armó, entre una cantidad de tontos que empezaron a irse de sus casas sólo con lo que llevaban encima, y le dije que no, que ni siquiera le haría caso a la orden de la comandancia, de llevar las yolas un poco más arriba, que eso no pasaría por aquí. Y me dio mucha pena después cuando la vi llorosa, temblando de miedo en un rincón, y me puse a contarle que cuando San Zenón fue otra cosa, que ahora no pasaría lo mismo porque la gente lo que tenía que hacer era no salir a la calle a emborracharse, que yo no iba a aconsejarle lo malo para ella. Ya la tenía convencida, cuando al oscurecer, se presentó un camión de guardias que llegaban a las casas golpeando con los fusiles en las puertas y diciendo improperios «porque el Gobierno nos quería hacer un favor y estos muertos de hambre estaban de mal agradecidos» y así fue como nos fueron obligando a todos los que estábamos en nuestras casas a subir a los camiones.

 

Estaba lloviendo muy fuerte, Andrés, y yo recuerdo que cuando cargué a la Negrita y la ayudé a agarrarse de la baranda, me viré a recoger la colchoneta que ella había dejado en el suelo. Fue entonces cuando oí como un resbalón y de una vez un golpe seco, cuando vino a gritar ya estaba yo agarrándola y veía su cara rota, llenándose de sangre que le corría con la fuerza de la lluvia por el pecho y los brazos. La Negrita me miraba con unos ojos desesperados debajo de la herida gruesa como un labio, «me caí, me caí, Pedro Juan» me dijo y yo le puse mi camisa apretada en su frente, ya caminando el camión, porque los guardias dijeron que allá en el refugio se ocuparían de ella los que tenían que ver con eso. No te voy a contar lo que pasamos esa vez en aquel edificio con las ventanas rotas, por donde se metía todo el aguacero y el viento y donde no había un solo escalón para sentarse la Negrita con su dolor de cabeza y su fiebre, a tomar un trago de café caliente que yo le había conseguido. Nos pasamos la noche pegados a la pared, oyendo la lluvia y la gritería de los niños, porque el ciclón no vino esa vez. Desde entonces ella sentía esos dolores de cabeza que le quitaban el sueño muchas veces. Pero ella me lo ocultaba, me decía que no, que no le dolía, que para qué comprar calmantes si con cinco centavos se podía traer salsa de tomates y azúcar. Pero yo la sorprendía de vez en cuando apretándose las sienes con los puños, o aquí acostada, de cara a la pared crujiéndole los dientes de tanto aguantar el dolor. Yo sé que tú me dirás que exagero, pero te aseguro que ya para entonces, yo presentía todo esto, era como yo lo había leído en algún sitio, que lo de nosotros no se quedaba así nada más; pero tú vas a decir que yo exagero seguramente. Pues la verdad, Andrés, es que todo vino tan mal que sólo para algo mejor pudo haber sido.

 

Te imaginas ahora por qué vendí la «Mercedes». ¿Sabes cuántas radiografías le hicieron a la Negrita con ochenta pesos? Total que como quiera hubiera tenido que salir de esa yola, porque desde el día en que al hijo de Anjito se le ocurrió ponerle motor y techo a la suya, la gente no se subió más a una yola corriente. Entonces fue que vino la protesta de los que no teníamos dinero para comprar un motor y nos estábamos muriendo del hambre, y por eso es que ahora se turnan, las de motor un día y otro día las sin motor. Pero como quiera ya no es lo mismo, Andrés, no fue lo mismo. La gravedad de la Negrita vino precisamente cuando ya no se trabajaba todos los días en el río porque ya habían aparecido las yolas con motor. Yo sé que tal vez, ganando más dinero, se hubiera podido salvar a la Negrita, yo no sé, pero quizás. Sólo que después que un hombre se ha pasado la vida cruzando por encima de ese río, ¿cómo diablos encontrar un chele en la tierra que no sea haciendo lo mal hecho, Andrés? Y yo no hice lo mal hecho, ni la Negrita hubiera vivido un minuto de más por un dinero sucio. Por eso te digo que no exagero, eso tenía que pasar para que fuera mejor porque lo nuestro no se quedaba así, porque era como si lo hubieran dicho las barajas.

 

Y se me fue poniendo triste, Andrés. Los ojos se le fueron perdiendo entre las fiebres y ya la Negrita no veía ni escuchaba nada sino que vivía con un panal de avispas bravas en la cabeza, con una bulla que la tenía aturdida, y sudada, se le perdían las manos en la cama (ahí andan sus manos, Andrés, la sombra de sus manos solas) y se callaba, encogida como un pájaro muerto.

 

Yo cerré la ventana, Andrés, para que la luz no la asustara más, para que se quedara aquí sobre las sábanas como un montón de oscuridad, para que siguiéramos ella y yo lo que habíamos empezado sin saber y que no podía terminar (no te exagero).

 

La Negrita se me fue poniendo triste y ya no sonrió otra vez, ni dijo nada, ni se movió jamás, hasta aquella noche, con la luz de la vela temblando en la pared, con un silencio parecido a este, se volvió hacia mí con la más dolorosa dulzura:

 

–«Pedro Juan, tu Negrita se está por morir».

 

Eso fue todo, Andrés. Y yo me le quedé mirando, la miré largamente, me puse a mirarla y a pensar sin querer, dejando que la cabeza se embobara con todo lo vivido.

 

Ahora te he llamado a ti, Andrés, porque siento que esto ya va a seguir y necesito a alguien que me guíe. Nadie mejor que tú que tanto me quisiste, que me conociste tanto como yo a ti porque estuvimos juntos desde aquellos
días en que braceábamos desnudos en el río, cuando el viejo Payano nos enseñaba a remar y a achicar la yola con un jarro. Por eso te he llamado, Andrés, porque crecimos juntos y nos hicimos hombres en esta vida, llevando gente de un lado al otro, navegando esta misma agua, cruzando este mismo río. Por eso, Andrés, porque asimismo también te vi morir un día cuando no aguantaste más el hambre y me dijiste «no doy un viaje más», y dejaste la yola a medio varar y después te vi flotando debajo del puente, con los ojos amarillos e hinchados. Por eso, Andrés, porque te conocí, porque sé que donde estás debes haber visto llegar a la Negrita, porque tú sabes dónde está, dónde me espera. Porque me voy a morir, por eso te he llamado, Andrés, y te lo he dicho todo. Mira, ya empiezo a morirme. Me estoy alejando de esta cama, voy a cerrar los ojos. Silbaré aquel merengue del Trío Reynoso, ¿sabes cuál es Andrés? Entonces tú me tomas las manos y me llevas donde está la Negrita, ¿quieres?

 

René del Risco Bermúdez

(1937-1972)

 

 

jueves, 30 de abril de 2026

Pití - Jeannete Miller

 

Pití

 

El ingeniero abrió la puerta de la oficina y alcanzó a ver al guardián embebido en un celular donde trataba de trataba de escribir algunas palabras.

 

-¡Coño, Pití! yo te pago para que estés atento a cualquier cosa, no para que llames las veinticuatro horas del día a Haití, que ya hace tiempo que el terremoto pasó.

El muchacho levantó la vista despacio y no dijo nada mientras caminaba lentamente hacia el pequeño patio donde comenzó a regar las matas.

Era un hombre muy bello. Negro como el betún, sus dientes se destacaban por una blancura increíble y la perfecta disposición en dos hileras donde no faltaba nada. Ojos rasgados con pestañas tupidas y una languidez que acentuaba el diseño de su cuerpo alto, delgado, que le permitía deslizarse como un gato sin que nadie lo sintiera.

Únicamente hablaba para responder las preguntas del jefe, quien lo dejaba vivir en el patio, aunque solo trabajaba de noche. Durante el día asistía a la escuela pública y estaba terminando el bachillerato. Así que se levantaba temprano y desde que el jefe llegaba, salía para regresar justo a la hora en que comenzaba su turno.

Aunque todavía chapuceaba el español, tenía sus papeles en regla y hasta una Cédula de Identidad y Electoral que afirmaba que Piti había nacido en Pedernales y que por lo tanto gozaba de la nacionalidad dominicana. Para conseguirla tuvo que pagar diez mil pesos, porque aunque trataba de no encontrarse con agentes ni militares, se sentía más seguro con el documento, y es que a menos que no hubiera una orden de arriba, a los haitianos con cédula los dejaban tranquilos, pues los policías de bajo rango sabían que ya ese negro había pagado su peaje y que parte de ese dinero iba al bolsillo de los jefes.

Se llamaba Raphael Enedí, pero en la cédula le pusieron Rafael Pérez, sin embargo, todo el mundo lo llamaba Pití, especie de nombre genérico con que nombraban a los haitianos para no tener que enredarse con esas pronunciaciones ininteligibles, y que los que sabían aseguraban que era una adaptación de petite; además, el sobrenombre lo señalaba como haitiano.

Pití había llegado cuando el terremoto y primero trabajó tres meses en una construcción sacando piedras. Cuando el maestro de la obra vio su comportamiento y se dio cuenta de que sabía leer y escribir, lo recomendó al ingeniero como guardián nocturno, pues ya el hombre había tenido problemas con un vigilante que le hizo una cuenta de teléfono de siete mil pesos y una mañana cuando abrió la puerta, el guardián se había ido dejando la factura telefónica encima de la mesa de la recepcionista, asegurada con una piedra cubierta de lodo rojo.

El ruido de la llave en la puerta de entrada anunció que llegaba Lucía, la muchacha que limpiaba la oficina y que además colaba café, servía agua, sacaba la basura, etc.

Era una cibaeña blanca, gordita y muy graciosa; de todo se reía y constantemente ponía buena cara, aunque el ingeniero, al que apodaban Fierabrá, le pidiera el café acompañado de un coño. –Pero, ¡coño!, ¿es que aquí no van a colar café hoy? – Lucía sonreía como si fuera una gracia y corría a preparar el café como al ingeniero le gustaba, oscuro y que le llegara bien caliente. –¡Que me queme el jocico, ¿oíste? Yo no bebo café frío ni agua 'e tindanga.

Lucía tenía dieciocho años, la piel clara y el pelo castaño, y por eso todos le decían "Rubia". Eso pasaba con quienes eran más claros que oscuros; podían tener el pelo negro, pero le decían rubia o rubio, quizás porque los encontraban muy blancos en una población mayormente negra y mulata. Pero ¡cuidado con quien le decía negro a otro, aunque este fuera color teléfono! –Mire, yo no soy negro, negros son los haitianos. ¿Usted no ve que nosotros somos marrones, buen fresco? –. Y así continuaba el mito de los negros que se creían blancos y que eran más racistas que nadie. En mi casa negro yo y el caldero-, afirmaban algunos mientras miraban con desprecio a cualquier persona que tuviera un tonito quemado o el pelo crespo.

Todas las mujeres usaban desrizado, y era tanta la demanda que el tratamiento iba desde marcas muy caras hasta un producto que se hacía en los patios con el líquido que soltaba la papa podrida y que tenía la facultad de alisar el pelo. A ese líquido le agregaban vaselina y perfume, y en los salones de belleza las peinadoras recomendaban aun a las mujeres de pelo lacio, que se untaran un poco de desrizado, pues era lo que daba el último toque a cualquier cabellera y dejaba un pelo que retozaba con la brisa. Además, no se rizaba con el agua, así que podías bañarte en el río o en la playa y siempre ibas a tener una melena lacia.

No fueron pocas las mujeres que se quedaron calvas o con claros en la cabeza producto de que esa mezcla para desrizar quemaba el pelo y lo arrancaba de raíz, solo aquellas saloneras que sabían aplicarlo con el peine acostado para que no tocara el cuero cabelludo, podían hacer alarde de su pericia y pregonar que en su salón de belleza se hacían los mejores desrizados. Tan buenos eran los resultados, que nadie se daba cuenta de que esa melena sin una sola onda, era falsa.

Y resulta que Lucía se enamoró de Pití y Pití de Lucía. En la oficina comenzaron a sospechar porque cuando tenían que dirigirse la palabra se turbaban, hasta que un domingo el chofer del jefe los vio en las pacas de la Duarte, comprando ropa y muy agarrados de mano.

Al otro día se armó un lío muy grande en la oficina. Era lunes y todo el mundo llegaba con sus cuentos del fin de semana. Casi al mediodía apareció René riéndose, haciendo chistes a Lucía y a Pití, diciendo que los había visto, que qué bien escondido se lo tenían, que desde cuándo estaban juntos, y ella se puso a llorar. Pití trató de contestarle al chofer del jefe, vino la discusión y al final lo botaron por conducta inapropiada, pues uno no podía tener relaciones románticas con compañeros del personal, lo cual era una enorme mentira, porque no habían sido uno ni dos los casos en que se enredaban y todo el mundo lo sabía. Pero como Pití era negro y haitiano, y Lucía blanca y cibaeña, sus amores actuaron como un pescozón sin mano, o peor todavía, como un mentís al racismo que la mayoría esgrimía detrás de chistes y frases de doble sentido.

Poco tiempo después de que botaran a Pití, Lucía se tuvo que ir, pues no la dejaban quieta con una serie de relajos y de indecencias por haberse acostado con un haitiano.

Nadie supo que el día que Lucía salió, Piti la esperaba en la esquina con una maleta casi vacía para coger el autobús que iba hacia el Este.

Tres años después, entrando a un hotel cinco estrellas que acababan de inaugurar en Bávaro, el ingeniero se quitó los lentes, se estregó los ojos y vio a Pití atravesar el lobby vestido como un príncipe, mientras arreglaba el gafete de su identificación que rezaba: Rafael Pérez, Asistente de Administración.

 

Jeannete Miller

(1944-Actual)

 

 

miércoles, 29 de abril de 2026

Mujeres - Ramón Marrero Aristy

 

Mujeres

 

Había junta en "El Arroyo". Ese día se estaba sembrando maíz en las tumbas nuevas que se abrieron en el terreno de las múcaras, al Este. Varios hombres del lugar estaban en la siembra. Unos vinieron solos, otros con muchachos que ya podían tomar parte en el trabajo, echando cinco y seis granos de maíz en los hoyos y luego tapándolos con los pies; los menos trajeron sus mujeres para que hicieran la comida en el bohío.

Desde el rancho de palos parados, tendiendo la vista hacia el lugar de las siembras, por encima de batatales y guandules pequeños, se alcanzaban a ver los hombres como muñequillos bajo el sol; unos inclinados sobre la azada, otros echando el grano en el hoyo. De un lado de la tumba, al borde del monte, salía un tenue humillo de la candela que tenían para conservar brasas y encender los cachimbos. En el centro del batatal que había de por medio, se levantaba un viejo higo retorcido, gigantesco, negro y musculoso, con un sombrerito de hojas en lo alto.

Las mujeres eran tres, y estaban en la cocina del bohío. Una era vieja, negra, delgada, con algunos dientes menos. En la cabeza tenía un inseparable pañuelo de madrás que le ocultaba las canas, y en la boca el cachimbo. La otra era de color amarillento, y la piel de su cara harto áspera, no había conocido más que agua del arroyo, agua de cielo y sol. Su cuerpo era lleno y fuerte. La más joven, una mulatita fresca, de diecinueve años, respondía al nombre de Tatica, y tenía bastante belleza. Negro pelo se le enroscaba en dos moños a ambos lados de la cabeza; todavía sus dientes no habían sido ennegrecidos por el cachimbo y su cuerpo tenía toda la belleza de una fruta sana madurada en la mata.

En una barbacoa había un caldero grande, tapado, lleno de locrio de gallina con auyama, despidiendo vapor por los hoyitos de una lata que le servía de tapa. Las mujeres estaban, una sentada en el pilón pelando plátanos; otra en cuclillas, arreglando las brasas y volteando los que estaban allí asándose, y otra, raspando los que ya lo estaban. Yo metía un cuchillo viejo en la candela tratando de mover una batata que pretendía asar. Como sólo tenía unos diez años y era de carácter muy apacible, las mujeres no se cuidaban de hablar en mi presencia. De ahí que charlaran como si estuvieran solas, sobre la parte más delicada de su pasado: aquélla que se refería a los amores.

-Cuando yo vivía con Julián, -decía la de tez amarillenta- lo único que gané fueron golpe, ¡ay jija!, porque ese hombre na má sabía echarle trozo a la mujer como si fuera una puerca, sin acordase ni an siquiera de comprarle un vetío. Dígame que él dende que una miraba a otro, ya se creía que se la diba a pegá... No jija, ta con un hombre asina e una verdadera calamidá. Yo me metí con él porque cuando a una le dentra la gana e tené macho, se vuelve loca...

-La falta de iperencia, -dijo la más vieja de todas- si cuando yo me fui con el difunto Maleno hubiera sabío cómo eran laj cosa, hoy pudiera contá algo. Supóngase utede que a mí me querían llevá pal pueblo a la casa e don Lui, ese señor que e dueño de medio mundo e tierra, por loj lao del Baoruco; y dipué de to ta arreglao, entonce, por ta de pendeja, me llevé d'él y me jui... ¡Jesú! Cuando yo veo muchachitaj como eta que se meten en hombre sin calculá...

Dijo esto dirigiéndose a la más joven. La aludida, que era la encargada de raspar los plátanos, se arregló la falda que le estaba dejando al descubierto los muslos, y creyéndose obligada a decir algo, murmuró:

-Pa laj cosa no hay má que pedile suerte a Dio y confiá en El...

-¿A Dio? -volvió a decir la más vieja-; e verdá, pero Dio dice: "ayúdate que yo te ayudaré". Si tú viera pensao bien, a eta sora pudiera viví mejor. Una muchacha buena moza siempre halla un hombre que la pueda poné en condición, mientra que dipué que se mete con un fuñío, no le queda má que aguantá.

-¿Pero cómo se hace una? -preguntó resignada.

-No me vengaj con eso. Lo que hay e aguantase y no echase a perdé nuevecininga. Ya ve tú lo que hicite, que ni amore teníaj con Julito cuando te fuite con él.

-Yo no tenía amore, pero me pasó una cosa que me comprometió má...

-¿Noj quiere decí que te forzó?, -terció la de rostro amarillento- ¡ay, Tatica, por Dio! Toa nosotra semo máj vieja que tú...

-Yo no he querio decí eso. Lo que a mí me pasó fue má grande. Y yo creo que a toa la mujer de vergüenza que le pase tiene que hacé lo mimo.

-Vamo a ve, qué podría sé... -exigió la vieja.

La llamada Tatica comenzó a relatar.

-Dende hacía tiempo Julito andaba tirándome puya, pero yo nunca había pensao en meterme en na con él, ni con naide. En mi casa no lo veían con malo sojo, porque a mi pai to se le diba en alabá lo trabajador que era y qué sé yó y qué sé cuando. Cuando un día se acabó e l'agua e bebé en la casa a eso de media tarde, y yo fui a bucá un calabazo a l'arroyo, pa llená la tinaja. Me puse en el caño e llená, y como toavía el sol picaba, yo había llegao con mucho calor. Relojié pa toa parte, y como no vide a naiden me fui por la barranquita del lao allá y me pasé al bañadero e la mujere. Me quité el camisón y una enagua, y con la otra me metí en e l'agua... Yo taba lo má quitá de bulla bañándome porque como naide me tuviera mirando, y asina llena e confianza, dipué de refrecame bien, salí pa fuera. Me jinqué de epalda pa la chorrera, no fuera cosa que me viera alguno que viniera del'otro lao, y me quité la enagua mojá. En eso me fijé que tenía en el pecho una cuanta soja, y de un momento me puse a quitármela...

¡Ay señore!, yo taba encuerita en pelota en ese momento cuando de ahí mimo, en frente, de atrá e la piedra esa que ta en el sitio adonde uno se quita la ropa, casi pegao de mi se paró Julio...

-¡Anjá, Tatica! Ya te vide... -me dijo.

¡Ay, qué vergüenza, Dio mio!... Me dentraron gana e gritá, de sali corriendo... ¡de to! Y lo que atiné fue a echame la ropa embollá en laj pierna y a cogeme lo pecho con la mano, pa que no me viera má de la cuenta.

-¡Julio el Diache!; -le dije- ¡vete de ahí, condenao!

Y él me repondió:

-¡Qué voy yo a di! Jata que no me prometa dite conmigo, no me meneo de ete sitio.

¡Ay, Dio mío! Yo ni an sé cómo no me decalabré toa., señore. Porque me dentró una cosa que parecía como el prencipio de un insulto, y me largué en la chorrera, embollá en la ropa, pero con casi to el cuerpo afuera.

-¿Y qué hizo Julio? -preguntó la más vieja con gran ansiedad.

-El condenao, que al principio taba demigajao de risa, al ve que yo me tiré como una loca y casi me tuve al matá, se asutó, y prencipió a vociame:

-¡Pero bueno, Tatica!: ¿, tú ere loca? ¡Pero bueno, muchacha!: ¿te ha dentrao lo malo?

Y yo le vociaba:

-¡Tú ere un abusador, malvao!

¡Jesú! Yo taba casi fuera e mi juicio. En el agua me había pucto toa la ropa mojá, y entonce taba entripaita, pará en la corriente, con toa la ropa pegá del cuerpo y el agua a la rodilla, azorá como un animal cimarrón. Y él, parao en l'orilla, blanquito del suto, diciéndome:

-¡Pero bueno, Tatica!... ¡ofrécome!... Yo no creía que tú era loca...

-¡Quitate de ahí; -le vociaba yo-quítate de ahí, y si no voy a dejá el condenao calabazo botao y entonce cuando me pregunten tú verá lo que voy a decí...

-¡Pero, Tatica, por Dio!, -volvía él a deci - ¿qué te ha dentrao, muchacha? ¡Si yo...!; Bueno...! ¡Yo no sé que...!

-¡Quitate de ahí! - volvía yo a gritá casi llorando.

A fin se quitó. Yo salí má epantá que el Diache y a toa carrera l'eché mano a mi calabazo y me lo puse a la cabeza. El hombre que se había mantenío alejao, ahora vino a acercárseme. Yo principié a subí la barranca, y por má que quería apretá el paso, él diba ahí mimo, apariao, diciéndome:

-¡Tatica, por Dio!... ¡Tatica!...

Y se le atrabancaba lo que me quería decí.

¡Señore! Utede han de creé que en ese momento tuve al cojele pena... ¡Qué sé yo!... Y entonce le dije:

-Mira, julio: lo que yo quiero e que te vaya, ¡por Dio! Y si tú no te va, vaj a ve lo que te va a pasá, porque se lo voy a decí a mi pai...

¡J'Ave María! Yo no sé qué fue lo que le dentro. Parecía que se le había prendío laj abipa, o que le habían mentao su mai. Me dio un sangulutión por un brazo que el calabazo fue a caé por casa e la porra debaratao en pedazo, y casi echando chipa por lo sojo, me gritó:

-¡Mira, carajo, mojiganga!, ¡mofia! ¡Si tú te cré que tu pai come gente ta equivocá, porque yo me le atrabanco a cualquiera en el gañote!... ¡ Y ahora se lo vaj a decí! ¡Y bien dicho!...

Y enseguida me cerró a pecozone...

-¡Critiana!, -interrumpió la de la piel amarillenta- ¿pero cómo se te pudo ocurrí, decalentale la sangre a un hombre?

-Si señóo... -afirma la otra.

-Animalá; animalá; -continúa Tatica- que yo taba como loca dipué que él me había vito ejnúa, y eso fue to.

-Y dipué que te cayó a pecozone; ¿qué pasó? -preguntó la vieja.

-¡Jesúu! Yo me taba volviendo loca, porque no podía darme cuenta de lo que tenía. Primero me había vito encuera, entonce me taba dando pecozone; en ve de otra cosa, lo único que me se ocurría pensá era que él tenía razón... ¡Utede han de creé!...

-¡Ay, Julio!, ¡Ay Julio!, -principié a decile llorando- ¡por Dio que si viene gente se va a da cuenta...

-¡Cállese, carajo!, -me gritaba él.

Yo le quería obedecé, pero no me podía aguantá y le volvía a decí:

-¡Por Dio, Julio: ¿qué vaj tú a cometé?... ¿Me vaj a matá?...

Ya me había dao como die pecozone, y al yo decí asina, se paró. Pero casi loco de rabia, y jalándome por un brazo, me volvió a decí:

-¡Cállese, le he dicho! ¡Ahora mismo se va uté conmigo! ¡Camine por ahí, carajo!...

¡Ay señore! Consideren que yo me taba muriendo del miedo y de yo no sé qué, y lo único que pude fue decile;

-¡Ta bien, Julio, ta bien!

Señore: me echó por delante, jipiando del llanto, sin hablá una palabra; ya utede conocen el reto: ¡Jata el día de hoy!...

-¡Pero esa te la ganate tú! -dijo la vieja, escupiendo.

-¡Yo si creo! -afirmó la otra.

-¡Cómo va a sé, señore!; -volvió a decir Tatica-si dipué que un hombre la ha vito a una encuera ya se pue decí que la gobierna... digan su verdá...

Esa frase desconcertó a las otras mujeres.

Permanecieron un momento en silencio, como quien sabe que ha perdido una discusión y titubea antes de declararse vencido. Ambas se ocuparon, durante un momento, de remover los plátanos en las brasas. Al fin la razón pudo más que todo, y la más vieja comentó...

-Bueno... dipué de to... cuando un hombre le ha vito a uno laj parte...

-Juu... -sopló la otra por la nariz.

En ese momento se oyeron las voces de los hombres que venían del conuco. Las mujeres entraron súbitamente en gran actividad.

-Ahi vienen...-dijo Tatica muy apurada.

-Señore!, -exclamo la más vieja, ya en pie-: si hemo perdio toa la mañana hablando zanganá...

A lo que respondió la otra, poniendo en una yagua nueva los plátanos que había raspado Tatica:

-¡Jesú!... Verdá que aonde na má hay mujere...

Ya mi batata estaba asada, negra y sucia de ceniza, a la vez. Envolví mi manjar en una hoja de plátano, y me fui detrás del bohío a comer.

No se movía una hoja. Las gallinas venían del conuco acezando, huyéndole al sol. Silbó una manjuilita que venía en largo y cansado vuelo y se metió en las ramas del gran jobobán. Mujió una vaca bajo la guázuma. Se revolcó el mulo.

 

Ramón Marrero Aristy

(1913-1960)

 

martes, 28 de abril de 2026

 

Masticar una rosa – ÁNGELA HERNÁNDEZ

 

Mis ojos todavía eran verdes. En la boca, en vez de dientes, tenía ventanitas. La gente se lamentaba viéndome trabajar. “Tan pequeña, metida en una cocina, un día de éstos se va a quemar”.

Pero yo era dichosa en la alquimia compleja de la ristra del ajo, los granos de habichuelas ablandándose, las mezclas olorosas de las naranjas agrias con los ajíes picantes, las transformaciones que sucedían a mis juegos.

En mis ojos, desollados por la humareda de palos tiernos que ardían en el fogón, había alegría. El lugar tenía brechas y ventanas, un mundo fresco, oliendo a peras maduras y bosque, entraba por ellas. El presente equivalía a lo que abarcaran mi corazón y mis miradas.

Cuando iba al río, una batea de ropas sucias sobre mi cabeza, miradas conmiserativas seguían mi figura, tambaleándose dentro del cuadro de aire en el que disfrutaba haciendo equilibrios, sintiendo mi cuerpo capaz de ponerse en eje con el cielo y la tierra, y de unir a ambos con la corriente cándida de las venas.

El día me pertenecía. Durante horas, provocaba espumas, avivaba las brasas con el aliento de mis pulmones, vivía la intimidad de la ceniza y el agua. Lavar ropas era recurrir al agua, al fuego, a la destreza de las manos. Agua, fuego, manos…. Las manos primero se arrugaban y crecían, después se me iban desprendiendo tiritas y las uñas se quedaban sin bordes.

Si yo callaba, todo lo demás soñaba. Huevos empollando, arritmia de yeguas musculosas, acunando en las mataduras de los lomos la avidez inescrupulosa de los insectos. Animales en el preludio del celo. Dominio de aves y humedades. Cosas que caen o se desorganizan, en tanto otras germinan, en movimiento incesante.

De vez en cuando, un repentino susto. El ángel deslizándose por la pomarrosa de mi costado izquierdo. Es sordomudo, ya lo sé, pues ignora los saltos de mi corazón. Contempla la fotografía que trae en una mano y vuelve a encaramarse hasta la copa del árbol.

Bato palmas, chapaleo en el agua, silbo, mas, como en otras ocasiones, me ignora. Superado el miedo, sol quiero que el ángel note mi presencia.

…..

Era yo la cuarta de las hermanas y la octava del grupo. Sin embargo, era la mujer que quedaba en la casa, después de mi madre. Las hembras se van primero, aprendí. No es menester que se enganche a la guardia o consigan empleo. Se marchan con un hombre, a los conventos (las monjas siempre están activas, detectando niñas con vocación de encierro) o a casa de parientes, a fin de ayudar en los quehaceres domésticos o reemplazar completamente a las mujeres de esos hogares en el trabajo. Basta un escalón por encima de nosotras para disponer de nuestra energía.

Noraima, la mayor y más amada de las hermanas, se fue con un hombre. Mi madre lloraba, nosotros corríamos de un lado a otro detrás de ella, sin entender qué había de tragedia en este acto de delirio; partir a prima noche, de manos de un joven de cabellos brillante, hacia un lugar ignorado y con un destino ignorado, mientras los hermanos adultos recorrían el monte, armados de machetes, supuestamente dispuestos a ensangrentar el honor, ya que no era posible restituirlo.

Ah, Noraima, tan hermosa, daba éxtasis contemplarla. En las mañanas se levanta con un espejito en la mano, y de pie, en la ventana, observaba su imagen sin pestañear. Luego, se empolvaba el rostro. Sorprendida aún por la vehemencia de sus propios ojos, llegaba la cocina a atizar las brasas, sobre las que hervía el agua del café. Preparaba éste y a cada uno nos distribuía un poco con un trozo de pan o casabe. Le disgustaban los oficios domésticos, con razón se marchó. Debió cuidar a los hermanos menores, soportar las presiones de los mayores que ella (quienes se sentían responsables de protegerla, y al no saber cómo cumplir esta obligación, la exprimían igual que se hace con una naranja, exigiéndole cuidados y atenciones con sus ropas y comida, pretendiendo que aprendiera a ser mujer) y encima, sobrellevar los problemas de una belleza que se erigió demasiado pronto en su cuerpo adolescente.

El maestro de la escuela no quería salir de nuestra casa. Los domingos venía del pueblo un hombre gordo y risueño, trayendo cajas repletas de alimentos, que entregaba a nuestra madre, y golosinas para nosotros. Deseaba obsequiarle una casa amueblada a Noraima. No podía entender que ella rehusara este regalo. Nuestra madre no hallaba forma de echar al hombre. Decía que su hija no iba a ser amante de un rico, que una mujer que vende el culo vale menos que una gata en calor.

Los varones hormigueaban detrás de mi hermana. La perseguían con fervor los locos, creo que en verdad no se le acercó ni uno que estuviera en sus cabales. “Con tornillos flojos en el caco”, decía mi madre, profundamente preocupada por el influjo de Noraima sobre tipos que al parecer buscaban en la honda y clara paz de sus ojos, la lucidez de que carecía. El rico, por ejemplo, se reía absurdamente, lo mismo que en un velorio, que comiendo o relatando una desgracia familiar. De la hija fallecida, hablaba con una risa nerviosa. De negocios, con una risa tartamuda. De su esperanza en relación a Noraima, con una risa lúbrica. Su arrebato provocaba seriedad en nosotros.

Al maestro de la escuela nadie lo hubiera deseado para marido de una pariente. A cada rato, los padres, tímidos ante su autoridad se veían obligados a querellarse por los hematomas que traían los hijos en nalgas y extremidades. Incluso a mí, hermana de Noraima, me apaleó porque le extravié un lapicero que me había prestado, precisamente por ser hermana de Noraima.

Noraima era el porvenir de la familia, y se fue sin más, con un guardia raso (que si hubiera sido oficial, por lo menos), dejando plantado al pretendiente aprobado por todos. Berto, se llamaba. Tenía ojos de bello color azul, y muertos. Muertos los ojos, que mirarlos era como ver una página en blanco. Mi madre les colocaba dos sillas en la sala, sentándose cerca de ellos para vigilarlos. Inútil labor, Berto ni siquiera daba una mirada sospechosa, ni deslizaba la mano, no hacía nada de lo que yo esperaba. Decían que iba a heredar un colmado. Noraima no lo quería, y también por eso se fugó con el primo, guardia raso.

Nuestra madre sollozaba. No esperaron que entrara la noche para escaparse. Ni siquiera esperó cumplir los catorce años. Y el pobre Berto… (Yo figuraba a mi hermana echando una carrera calle arriba –única calle-, lamentándose porque sus enamorados ya no nos traerían golosinas).

…….

Algo mejor llegó de Noraima: un par de zapatos blanco para mí y sendos para mis otras hermanas. Tres pares de zapatos resplandecientes, con correitas y hebilla sobre el talón. Quise tirar enseguida las descoloridas zapatillas que poseían el don de nunca acabarse (venían de pie en pie, de hermana a hermana, sucediéndose su uso). Mas, terrible suerte, los zapatos blancos no coincidían con mis pies, desproporcionadamente grandes. No logré ajustarlos, ni aceitándome la piel ni cubriéndome las plantas con espuma de jabón. Tampoco valió rellenar apretadamente el calzado con trapos, por varios días. “Son buenos, como no hemos visto antes, por eso no anchan”, sentenciaban a mi pesar.

Mi madre los vendió a la familia Marte. Y vi mis zapatos luciéndose en los pies de la hija de mi misma edad. Le iban con su vestido de organdí y sus cintas en la cabeza, le entonaban con su pulcra vestimenta. En la misa, echaba un ojo a sus pies y era como si descubriera algo mío, que no iba conmigo. Imaginaba que la mariposa que revoloteaba encima de mi cara, mientras fregaba los trastos, también iba figurar cualquier día postrada en la falda vaporosa de la niña.

Cuanto de valor llegaba a la localidad, terminaba en la familia Marte. Como un imán que limpia el entorno de metales, alrededor de sus bienes, quedaba la limpia pobreza de los otros. Hasta las tierras nuestras se agregaron a las suyas, cuando nuestro padre, gravemente enfermo, desquiciado por el médico más próximo, quien por dos años confundió una úlcera estomacal con un fallo de la próstata, debió vender la finca a bajo precio para irse a curar a la Capital. El ulular de la ambulancia anunció su regreso, una semana después. Vino a agonizar a su casa, con una larga costura en el estómago, vacíos los bolsillos, fundida el alma, por el dolor que no le impidió cobrar conciencia de la orfandad en que nos dejaba.

Aprovechando un viaje al pueblo, mi madre me compró unos mocasines de goma, el ingreso por los zapatos blancos no había alcanzado para más. Negros y feos, me encantaron. Poca atención presté a las palabras conminatorias: “Pruébatelos bien. Mira si te aprietan. Si los ensucias, no los cambian en la tienda”. Me medía la pieza del pie derecho, y con el conocimiento que de rechazarlos estaría obligada a esperar que alguien fuera nuevamente al pueblo, lo cual podría tomarse considerable tiempo, exclamé presurosa: “me sirven, son cómodos”, generalicé. Todavía reiteró mi madre: “Yo lo veo muy ajustado. Con ésos vas este año para la escuela. Mejor que te queden anchos, para que no los vayas a dejar pronto”. Insistí que me iban perfectos: “¿No ve usted lo bien que me queda?”

Luego, aterrorizada, comprobé la disparidad de mis pies. En el izquierdo, el calzado me aprisionaba hasta lo insoportable. Pero a nuestra madre, que trabajaba más horas de las que tenía el día para mantenernos vivos, no podía irle con el cuento de un pie más grande que otro. Sufrí estoicamente el martirio.

Lo más vivo de la primera comunión fue que tuve que permanecer parada durante horas. La estrechez agotadora, en la que estaban metidas mis extremidades inferiores, me destrozó los talones. Rígidas protuberancias cuajaron en mis ingles. “Secas, pronosticó luego mi madre, ensalmándolas para que no fuera a lisiarme esta inflamación de los ganglios como una merecida penitencia por mis múltiples pecados, entre los que estaban “malos pensamientos”. Peor todavía, no saber discriminarlos, “malos pensamientos que no venga”, y acudían prestos, porque cualquier cosas, como pensar en el cuerpo, era arriesgado. Trataba de no mirar jamás mi sexo, pues los ojos lo introducían al pensamiento: pecado. Igual que descubrir a mis hermanos cuando orinaban. Oír el chorro, mal pensamiento enseguida imagina el pene dando lugar a la fuente. ¿Cómo no tener malos pensamientos? Dormíamos todos en una sola habitación. Alejar de la mente ciertas partes del cuerpo, así como lo que con ellas se hace. Pero en el esfuerzo de distanciarlas, las pensaba. El pensamiento era como una tira elástica. La extendía al máximo, cuando la soltaba, golpeaba mi mano. La inevitabilidad del pecado, todos somos pecadores, confesarse antes de comulgar. Manera de limpiarse, para volver a mancharse. En la infinidad de seres sólo ha existido uno sin pecado, la Virgen María. Yo, siempre con los mismos pecados: tuve malos pensamientos, falté el respeto a los mayores, tuve malas intenciones, fue soberbia. El repertorio conocido de faltas. Pero, como todo mortal, vivía en defecto, merced a la desobediencia de unos ascendientes tan lejanos, que resultaban inimaginables en su pureza inicial.

De seguro, me sentía más corrupta que Nerón. La penitencia de los mocasines constituía una prueba de mi deseo de pureza. La merecía, sobre todo, porque incluso haciendo el esfuerzo más grande, no lograba mantenerme despierta durante el rezo del rosario. La monotonía de las Avemarías atontaba mis ojos. Los labios continuaban respondiendo cuando ya hacía rato que dormía.

Los ángeles iban descalzos. Lo había comprobado con el ángel sordomudo del río. Pero él no me hacía caso., aunque me colocara debajo de las plantas de sus pies. Andar con los pies libres debía ser el premio a su pureza. No tocaban el suelo, por eso podían ir con los pies desnudos. A nosotros, en cambio, se nos entraban huevos de lombrices, o de las terribles siete cueros, plasta de culebrillas coloradas, exageradamente vivas para devorar un vientre. Los ángeles no cogían parásitos. Era la razón de que me fascinaran.

Si fácil resultaba aguantar por vía mística el pavor de mis pies aprisionados, no sucedía lo mismo en el ámbito de la escuela. Temprano, ponía los mocasines en agua tibia enjabonada. A las dos de la tarde, me los ajustaba y emprendía la carrera hasta el plantel. Enseguida, me los desprendía, ocultándolos detrás del muro en que se apoyaba la pizarra. Ir descalza durante el recreo, pisar el suelo fresco del aula, eran circunstancias deliciosas que concluían abruptamente a la hora de salida. Mis pies, expandidos en la libertad, debían regresar a los zapatos.

Armada de valor, después de seis meses de oscura mortificación y con llagas en las puntas de los dedos y en los contornos de los pies, le solicité gravemente a mi madre que les cortara la parte trasera, a fin de convertirlos en chancletas. Argumenté sobre el crecimiento de mis pies y el calor, tanto sudaban que estuve al desmayarme en varias oportunidades.

Me decidió la visita cursada por el Director Regional de Educación a nuestra escuela. Durante ella, no pude librarme de los zapatos. El maestro, para colmo, me ordenó recitarle el poema de los padres de la patria. Me lo había enseñado mi hermano Paúl, yo lo modificaba introduciéndole oraciones musicales.

Mi palidez y sudor debieron impresionar al huésped. Pidió al maestro me permitiera sentarme, pero éste quería ostentar sus logros e insistía: “Esta niña es muy despierta. Usted verá qué memoria tiene. Vamos, Cristina, recítale la poesía”. Desfallecía. Hube de agradecer la generosidad del caballero ante mi lividez: “Déjela sentarse. Otro día recita. Hoy quizás no haya comido”. (Si mi madre hubiera oído esto lo habría considerado un insulto).

Después vi que no sólo los ángeles estaban descalzos, sino también los muertos. Ya no tuve miedo a que u n día me sepultara. “Esta niña es dura de corazón”, comentaron cuando trajeron el cadáver de mi hermano mayor. Unas gentes lloraban por las circunstancias en que murió. Les daba rabia que fuera él precisamente el único guardia que mataron los guerrilleros, antes de que los guardias mataran a todos los guerrilleros. Simpatizaban con los muertos, igual con mi hermano que con los guerrilleros. Las mujeres adultas sufrían ataques y caían al suelo. Mi madre esta vuelta lágrimas, rememorando en voz alta pormenores de la crianza del hijo, desde el embarazo hasta que se enganchó a militar. Desde ese momento nunca dejó de enviar diez pesos mensuales, en base a los cuales podíamos tener crédito en el colmado de los Marte.

Yo adoraba a mi hermano. Y recordaba especialmente cuando me levantó del suelo para explicarme por qué la imagen de Jesús tenía el corazón afuera. Sin embargo, no podía llorar de pena como los otros, porque mi hermano al fin se había quitado las gruesas botas e iba descalzo como los ángeles. Algún día lo vería bajar y subir por la pomarrosa, contemplando mi retrato en la palma de su mano. Él no me haría caso, pero igual estaría allí, sin tener que pelear con nadie.

lunes, 27 de abril de 2026

LA LLAMABAN AURORA - Aída Cartagena Portalatín

 

LA LLAMABAN AURORA

(Pasión por Donna Summer)

 

Mami me decía Colita. Colita García. Pero la señora Sarah me inscribió en la escuela pública con el nombre de Aurora. ¡Nada de Colita!, gritó. Seguí sintiéndome interiormente Colita y oyéndome Aurora en la voz de los otros. No voy a perdonarle esa risa burlona que mastica cuando me llama Aurora, discriminándome, porque quien me puso así "nunca ha visto amanecer". No. Noo. ¡Y noo! No voy a quedarme con ella aquí, en su casa, cierto que me paga los estudios, que le dice a todo el mundo que soy un talento, sin embargo, estoy rebosada de ella y de las hermanas del colegio, la sor Fantina, larguirucha y flaca como la Twiggy de la Televé, y de la madre superiora, sabia pero con fachada de Aldonza la de Sancho, y dale con los teoremas, y dale con lo del triángulo rectángulo, y qué son líneas paralelas, y fúñete Colita-Aurora con castigos y llamadas telefónicas para que la señora Sarah me ataque como una metralleta. No. Noo. Y nooo. ¡No!

Dije que no. No quiero a la señora Sarah ni me interesa su casa hermosa, ni voy a envejecer dentro de sus cuatro paredes como un árbol para carbón. No, no voy a quedarme con ella como un árbol quemándose bajo un sol de canícula. No. No voy a quedarme triste, cabizbaja, como las hojas golpeadas por vendavales y lluvias con tronadas, dentro de estas paredes rodeadas de un césped siempre verde y de algunos arbustos frutales. Ni acepto aquello, dale que dale, de que Aurora es una negrita inteligente, ni de que me divierten los negros, ni que los negros con su jazz y su ritmo, o que los negros alegran el mundo, y vete a la tienda y tráeme el último disco de Donna Summer, y que algo deben hacer los negros, que está bien que diviertan a los blancos. No. Noo. Y noo. Me complace esa música sin fin de la Donna Summer, garrapateando, aullando sin cesar, o cayendo como una cascadita vibrante y excitante. Pero no es cierto que doña Sarah me va a guardar para siempre dentro de su caja de música excitante, qué el jazz, que el boogaloo, que el ragtime o los beguín, etc. Ya a esa vieja no le pega eso. Ella creía que no iba a marcharme, me agradaría que viera como camino ligero a tomar la guagua, arrastrando este bulto pesado con la ropa y mis libros. Aquí, chófer, me quedo en Haina.

Camino un poquito respirando aire de cañaverales. Me siento en el restaurante Candita, donde bebo un Seven Up muy frío. Hambre, eso es lo que tengo, y me paso a la barra La Enana donde tomo una Pepsi y como dos panes. Me marcho de prisa.

La música de Donna Summer llena toda la casucha y se extiende por toda la barriada. Cómo recuerdo esa sin fin cascadita, maullando. La música y su cantar se extienden por toda la casucha, por toda la barriada, es la misma tonada que estremece y excita a la señora Sarah. Al diantre con todo, pero heme aquí, exactamente a 14 kilómetros de la capital. Son las siete de la noche, entro a la iglesia y me escondo detrás del altar de san Isidro Labrador quita el agua y pon el sol. Que el santo me encubra. Que no me descubran. Santo, santo, santo, llenas están las calles de buscatrabajo y harapientos. La la la la laa, ya ya ya ya yaaa.

Junto a una pared de La Enana una chica se cimbrea. La voz de Donna se ensancha con el volumen que sube en el aparato un billetero. La voz de Donna llena de nuevo la barra, el barrio, el pueblo. Trato de recogerme los cabellos moteados, duros, si nací con ellos así, así se quedan. Lo absurdo es que me discriminen y hagan alarde de mi sabiduría porque soy casi bachiller. No. Noo. Y noo. ¡No! Me revienta ver cómo tantos millones de blancos se deleitan ahora con la Donna Summer, la negrita que canta excitante. Una vez llegaban al delirio con Armstrong, después con Makeba. Qué el jazz y todo ritmo que nace tan alegre. ¡Felicidades! No, si yo fuera la Donna Summer recogiera todos los discos que se encuentran en las tiendas, en los dancing, cabaretes, hoteles y moteles y en las casas high.

 

Alzo vuelo como ayudanta, convencida por la mister del técnico azucarero, y en este New York, piso 11, cocino, lavo, plancho, hago los mandados, aguanto las pesadeces del bodeguero, el italiano hijo de su mamma, que me hala el pelo y dice negrita fea..., que de dónde soy, que si esto o lo otro. O a la señora gringa: Colita, por qué te dilatas tanto, le explico que el hijo de su mamma me detiene, o que me detengo para ver al Giordano que le da una cuchillada al Manfredi, todo por un muerto del barrio que cada uno considera debe ser llevado a su funeraria respectiva, y al police que dice con mucha calma: el muerto es el Giordano.

Voy a tener que organizarme mentalmente, como en una secuencia de anuncios clasificados por Denis W, publicada en un periódico de cualquiera parte del mundo. Me metieron en la cabeza que esto es el Mundolibre, y aquí encuentro que esa tipa de Ohio me explota como a una esclava. No entiendo eso de Mundolibre y Explotación, y ese Colita qué ignorante eres, pues sí, nada sabía de monopolios, donde compro el sostenedor es la cadena Woordwoordt con 300 tiendas producción y venta, y de ida o venida polices por aquí, más polices por allá, vaya, atrevido, le grito a uno que me toca una... (entiendes?), yo a usted estoy cansada de verlo tomando traguitos de tequila detrás del mostrador del viejo mexicano, y esto aquí con tantos polices, y las ITT, y desde aquí reguero de CIAS por todo el mundo, violencia diaria, tortura, cómo golpean por simples conjeturas a ese tipo sin empleo, desclasado, con apariencia de somnoliento drogado, y el desclasado se deja pegar, esto no es ser macho en Dominicana. El police se vuelve un guapo como en los filmes del West. Si este es el Mundolibre, sobresobrado, sobreexplotado, voy a enajenarme. ¡Y no. Noo. Y no! Me marcho y regreso donde la señora Sarah, con su música continua, la de Donna Summer, con las mismas calamidades, gritándome a cada instante: disparatas. Y grita y aúlla de soberbia cuando leo en los periódicos las injusticias que se cometen en África del Sur con los negros. No conformes con los linchamientos de Soweto y Johannesburgo, a Steve Biko lo mutilaron en una celda carcelaria de Pretoria. La señora Sarah me toma por las greñas, grita en forma descomunal: disparatas, disparatas, me arrastra hasta el tocadiscos donde sube todo el volumen. Ahora ni mi llanto lo oigo. Donna Summer, mi negrita querida, llena con su voz y excita con su ritmo la casa de la señora Sarah.

 

Aída Cartagena Portalatín

(1918-1994)

 

domingo, 26 de abril de 2026

LA MALA MADRASTRA - Virginia Elena Ortea

 

LA MALA MADRASTRA

 

 

El día en que murió la esposa de Don Prudencio debieron llorar los ángeles en el cielo, como por acá lloraron cuantos tuvieron la pena de presenciar esa desgracia; y no ciertamente porque se quedase él viudo, que bien se sabe que de ese dolor no ha muerto ningún marido, sino de pena a los tres niñitos que dejó la difunta al pie del lecho, llamándola porque la creían dormida, que las pobres criaturitas ni siquiera estaban en edad de saber lo que es la muerte.

 

Figúrese, lector, que la mayorcita del cuadro tenía cinco años, el que la seguía tres, y el más pequeñín, un angelito más blanco y sano que una masa de pan, apenas balbuceaba el dulce nombre de su pobre madre.

 

Después del entierro quedose el viudo en la mayor perplejidad; hasta entonces no se había podido dar cuenta de la falta que hace una mujer en una casa. Toda ella era confusión, inquietud, pena... Ni la buena voluntad de las parientas solícitas, ni las mejores sirvientas, bien pagadas, le valían para poder vivir sin enojos y rompederos de cabeza, así es que vino a ver, -sin tener que pensarlo gran cosa -que lo mejor que podía hacer para restablecer el orden doméstico y la tranquilidad de su espíritu era volver a casarse.

 

Todavía estaba joven y de buen ver; no le faltaba posición...

 

Pues señor, dejó escurrir un par de años y antes de que acabara el último mes del segundo, se dio a buscar novia.

 

Y no tardó en encontrarla: su estrella le llevó a conocer una joven agraciadísima, cuyo nombre hirió la imaginación de Don Prudencio tanto como su rostro angelical: llamábase Modesta.

 

Enamorose perdidamente nuestro viudo. Miró a su pretendida como un dechado de perfecciones, y no contento de hacer de nuevo la felicidad que se llevó de su hogar la madre de sus hijos, apresuró la boda cuanto pudo, y un día vieron los huerfanitos llegar a las puertas de su casa una hermosa mujer a quien debían llamar mamá, y les fue dicho que venía a ocupar el sitio de la que ya no recordaban.

 

Pasaron días y más días. Pasó un año y pasó otro.

 

Los vecinos de Don Prudencio cuchicheaban en un principio porque se notaba que las mejillas de sus niños perdían la morbidez y el sonrosado color. Murmuraron después porque se oían gemidos infantiles en su hogar, y pusieron el grito en el cielo cuando supieron de toda verdad que los pobres huérfanos eran cruelmente maltratados por la madrastra.

 

Flacuchos y endebles crecían, con ojos que tenían una expresión de dolor y reproche que inspiraba compasión.

 

La niñita, que era formalita y tímida, vivía con un espanto que atrofiaba su voluntad por completo, sumiéndola en una especie de idiotismo; el que la seguía, que hubiera sido un muchacho francote, juguetón y alegre, se había convertido en taimado, sabiendo encubrir sus picardihuelas con perfecto disimulo; el otro, también vivo y travieso como una ardilla, apenas podía contener las turbulencias naturales de su carácter y fue siempre más víctima que los otros, porque el pobrecillo era el que más ocasión daba al enojo de su feroz cancerbero.

 

Y así crecían, como flores que no alcanzan un rayo de sol ni una gota de lluvia... Crecían pálidos, temerosos, tristes, sin una mano que les acariciase, sin una voz que les dijese una dulce expresión, sin cuido, sin amor. Crecían bajo la mirada cruel y dura de la madrastra, mirada que siempre parecía buscar en sus espantados rostros un motivo de injuria, una ocasión al desahogo de su perversidad.

 

¿Y Don Prudencio? Don Prudencio paraba poco en casa, y cuando estaba allí, Modesta se quejaba tanto de los niños, y, sabía quejarse tan bien, que el marido se daba por satisfecho, creyéralo o no, no encontrándose con el ánimo de ir al fondo de aquella odiosa hipocresía a buscar la verdad y redimir sus infelices hijos de la feroz tiranía en que estaban sumidos...

 

Por más que parezca mentira, estos casos de sugestión son muy frecuentes: hay seres que ejercen una extraña influencia en el ánimo de otros, influencia cuyo poder ilimitado tiene por base segura el fingimiento, por arma poderosa la debilidad, el blando ruego, las lágrimas. Las mujeres de instintos dominadores son las más solapadas y duchas en este arte indigno; las que mejor saben subyugar una voluntad sin que de ello pueda darse cuenta el sugestionado, que todo es obra de una paciencia premeditada, y de la fuerza de la costumbre. Las de carácter franco y vehemente jamás sabrán dominar; la espontaneidad no deja prevalecer el disimulo.

 

Modesta era maestra de hipocresía. Su rostro, de Medusa a los ojos de sus hijastros, solo tenía sonrisas bondadosas para los demás, la voz que era espanto de los niños, se saturaba de dulzura melosa cuando hablaba a los extraños... Y había logrado dominar a su marido con tal imperio, que en vano la razón, la justicia y la sangre se alzaban reclamando al padre a favor de las inocentes víctimas. Los verdosos ojos de Modesta con una mirada le desarmaban, a su boca pequeña, de labios delgados que siempre tenían una sonrisa, bastaba una palabra con su tono humilde y acariciador para reinar en aquella voluntad que no sabemos si debía inspirar compasión o desprecio por la pasiva frialdad que le hacía cómplice de su mala mujer.

 

Y los niños, en tanto, saturaban su corazón en aquella fuente de hipocresía y maldad en que se miraban... Solo conocían el mal, y la mala semilla germinó en sus corazones y dio fruto. Así es que, no conociendo la compasión, por nadie la sentían, y eran crueles; eran aduladores porque necesitaban adular a su madrastra mientras la odiaban; eran desconfiados, porque unos a otros se acusaban para salvarse; embusteros porque la necesidad les obligaba a mentir; golosos, que la mezquina mujer les contaba los bocados... En fin, atrofiadas sus naturales inclinaciones, habían adquirido todas las malas cualidades en la desdichada escuela en que aprendían.

 

La madrastra también tenía hijos; estos se mimaban, se querían, eran servidos por los pobres huerfanitos. A ellos habían de adularlos estos ostensiblemente, no sin que se escapasen de alguna cruel maldad a espaldas de la madre, porque

en el fondo de su pecho los tristes odiaban de todo corazón sus nuevos hermanos, y les tenían una envidia dolorosa y feroz...

 

Aquel no era hogar, era un infierno. Escuchábanse en él sin cesar imprecaciones, injurias, azotes y gemidos angustiosos.

 

La bonita faz de Modesta, en tanto, a despecho de su hipocresía, no tardó en expresar la dureza de su corazón, marcada en líneas severas que a nadie engañaban, en las sombrías tenebridades de las claras pupilas; su sonrisa llegó a parecer una mueca forzada y odiosa. Su voz un zumbido siniestro.

 

Y envejecía siendo joven, envejecía de carrera, adelgazaba sin quebranto, se desvanecía como una sombra.

 

El marido también estaba flaco y enfermizo; parecía la víctima de un vampiro... Y la hacienda que poseían se desmoronaba; la mísera economía de Modesta; su mezquindad, cuya huella quedaba con marca indeleble en el hambriento rostro de los huérfanos; lejos de acrecentar sus bienes parecían mermarlos como una maldición.

 

Un día la mala madrastra despertó sintiéndose enferma; en la cama le pasó, y otro, y otro, y un año, y dos.

 

La penosa dolencia recrudecida por la ira se hacía más cruel y dolorosa. ¡La ira sola la mataba!

 

Nadie la cuidaba, nadie la compadecía... Los niños sufrían más mientras estuvo ella en la cama, porque el furor de la impaciencia de Modesta se volvía siempre contra ellos... ¡Pobres niños! ¡Infame que es la mano que les maltrata! ¡Villano el corazón que no les compadece! ... La infancia es la única época de la vida que se pasa sin que la herida del dolor envenene sus días... ¡Ay de la criatura que haga aciagas esas horas que debieran ser de ventura! ¡Ay del que agosta el perfume de esas almas que empiezan a surgir, y siembra en ellas con el encono de su propio corazón la perversidad, la desconfianza, el dolo, donde solo debiera imperar la inocencia!

 

El hogar en que imperaba la voluntad absoluta de Modesta, cada día estaba más lúgubre, cada día más sombrío...

 

Quejábase la infeliz en el lecho; los niños huían de ella sin compasión a sus lamentos, alegrándose con cruel cinismo de la libertad en que les dejaba su dolencia... El padre vivía mal humorado y silencioso...

 

Las comadres del barrio decían que el alma de la primera mujer de Don Prudencio, velando en un rincón de la casa y gimiendo a cada injusticia, la fatalizaba, le daba el fúnebre aspecto que tenía.

 

Un día murió la madrastra. Sus hijos, únicos seres que sintieron las efusiones de su cariño, se espantaron, al ver inmóvil aquel ser cuyos furores solo lograba silenciar el profundo sueño de la muerte, y la lloraron sin hallar quien les consolase.

 

El marido, como esclavo que sacude una cadena de flores, herizada de agudísimas espinas, respiró sintiéndose dueño de sí mismo una vez más, y sintió más compasión a sus hijos que dolor por la difunta...

 

Los hijastros, ebrios de alegría, apenas podían disimular su felicidad en aquel su primer día de libertad, de esperanza, de ventura...

 

Entonces, la niña mayor, ya una mujercita, se hizo cargo del gobierno de su desgraciada casa... Se hizo cargo de los niños de su madrastra. Y como nunca vio bondad en nadie, ni conocía la compasión ni sabía lo que era la generosidad, con ruin encono, siguió el ejemplo legado por la funesta mujer que la crió a ella... Siguió sus huellas y también fue madrastra... Madrastra de los pobres hijos de Modesta...

 

El hogar aquel sigue siendo un antro de lágrimas, quejas, imprecaciones y azotes; el padre no se ocupa de los hijos, apenas vive con ellos. La lobreguez de las paredes que cobijan esa desgraciada familia se acentúa cada día más; hay más miseria, más mala suerte en todo.

 

Y las comadres del barrio dicen que el alma de la primera mujer de Don Prudencio no es la que la fataliza con su presencia... Creen que Modesta es la que va por ella, a gemir las injusticias que sufren sus hijos con la vengativa muchacha a quien ella enseñó a ser mala madrastra.

 

Virginia Elena Ortea

(1866-1903)

 

 

sábado, 25 de abril de 2026

LA ROSA DE LA FELICIDAD - Virginia Elena Ortea

 

LA ROSA DE LA FELICIDAD

 (A Lola)

 

En sueños vio cierto mozo de imaginación vehemente una hermosísima hada, que le deslumbró con su belleza y habló a su ambición el lenguaje más extraño que jamás escuchara.

 

-Yo soy la Felicidad; -le dijo- el móvil de todos los deseos humanos. Sin mí fuera el mundo un desierto sin oasis, un lago sin tempestades, una noche sin estrellas. El deseo de alcanzarme un día, una hora, un minuto es la fuente que ha hecho brotar todo lo noble, bello y generoso que ha engrandecido el corazón del hombre... Por mí nació la Gloria; el Genio apareció en el planeta porque hubo corazones que me deseaban, y los que no pudieron esperar la dicha de verme un día sobre la tierra, aun me aguardaron en el infinito... Surgió la Fe mostrando el cielo y hubo hombres que se elevaron hasta la perfección, desafiando el martirio y la muerte porque la Esperanza les habló de mí; ofreciéndoles mis sonrisas, al pie del trono de Dios...

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¡Y cuántos crímenes también he costado a la mísera humanidad! De siglo en siglo me ha atronado los oídos con sus clamores, sus rugidos de desesperación y de agonía...

 

- ¿Y no te ha alcanzado nadie? -se atrevió a preguntar el atónito mancebo que, arrodillado a sus pies, bebía sus palabras. - ¿No ha logrado ninguno verte rendida a su fortuna, a su deseo, a su ambición?

 

-Sí, -respondió sonriendo la deidad- alguna rara vez; mas no siempre los que me han perseguido con más ardor.

 

-¡Ah, mujer ingrata! -gritó el mancebo.

 

-No por mi culpa, interrumpió ella, con gesto no exento de coquetería. - La culpa es siempre vuestra, que sois tan ciegos que no me veis, cuando por mi capricho, o accediendo al ruego y aun a la desesperación me pongo en vuestro camino dispuesta a guiaros a mis encantados palacios.

 

-¡Oh! -profirió el mancebo con alegría.- Si así es, dígnate tenerme compasión, que yo te veré siempre: no soy tan ciego como los que no han sabido seguirte...

 

-No me conocerías...

 

-¿Quién que vio tu rostro, tu sonrisa, puede olvidarte? ¿Quién que aspiró el perfume de tu ser no te adivina después?

 

-Es que soy invisible para los que están despiertos y solo me dejo ver, un instante, en los sueños de los hijos de la imaginación.

 

-¿Es posible que ya no vuelva a encontrarte? -inquirió desesperado el interlocutor de la Felicidad.- ¿Me dejarás sumido en el dolor después de haberte mirado?

 

-Te ofrezco interés y protección, -contestó solemnemente ella -si adivinas dónde estoy cuando mi capricho me lleve a tu lado.

 

-Yo siempre te adivinaré en todas partes; -se apresuró a decir el mozo-pero, pues eres invisible, concédeme al menos una señal que me dé la seguridad de saber que estás cerca de mí.

 

-Mucho exiges; -contestó ella- mas sabe que te daré esa señal con una condición: la de no ir en tu auxilio más que dos veces en tu vida: aprovéchate de ellas, que si no, me habrás perdido para siempre. Estaré, -continuó después de una ligera pausa, -donde veas una rosa igual a esta -y al decirlo, la Felicidad mostró al mancebo una rosa blanca y perfumada que arrancó de su corona.

 

Sonriose maliciosamente nuestro doncel, después de haber mirado y remirado atentamente la rosa; y la devolvió haciendo una pirueta de alegría.

 

-Eres mía, -gritó desde al fondo de su pecho al ver a la Felicidad alejarse envuelta en su aureola. ¡Siempre sabré donde estés! Con tan vistosa prueba no puede haber equivocación, es inútil que seas invisible y misteriosa; y si en vano han corrido en pos de ti muchos hombres, ciegos, delirantes, yo seré más afortunado, que tengo una base en que alzar el edificio de mi ambición; tengo por estrella la hermosa flor que me has mostrado, y donde la encuentre sabré aprisionarte y hacerme señor del mundo y de la dicha.

 

Despertose el mancebo, bañada en sudor la frente y con él despertó en su mente un mundo de quiméricas ilusiones.

 

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La risueña, hermosa villa que le había visto nacer, se le antojó mezquina y triste: no cabía en ella desde que su pecho se hinchaba de esperanzas y deseos.

 

En busca de aire, luz y expansión, salió al campo... Allí podría entregarse nuevamente a sus ensueños, volver a encontrar a la hermosa visión que poco antes le ofreciera su halagadora sonrisa...

 

Al revolver un recodo del camino encontró una gentil muchacha que

al verle se sonrojó intensamente: era su novia.

 

A él le pareció inoportuno el encuentro y quiso proseguir, mas ella le detuvo.

 

-¿Qué te sucede? -preguntó.- No pareces el mismo... Tienes un ceño extraño. Me he asustado al verte así...

El contestó, mohíno, sin mirarla:

 

-Lo que tengo es que pienso en el porvenir; ya no soy un muchacho.

 

-¿Qué quieres decir, Dios mío?

 

-Que me voy -respondió con voz ronca. -Me voy de aquí.

 

-¿En busca de la Felicidad? -preguntó ella. -¿Dónde hallarás la que aquí dejas?

 

Él la vio bañarse en llanto. Las lágrimas caían sobre una rosa blanca prendida en su corpiño, y se detenían entre los pétalos como brilladores diamantes.

 

Sorprendido el mozo al ver la flor, la tomó con ímpetu y la examinó un instante. Era igual a la rosa de la Felicidad.

 

-¿Dónde has hallado esta flor? -preguntó temblando.

 

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-En mi huerto, -contestó ella, - Estas son las que yo cultivo.

 

Él se rió muchísimo, con carcajadas que repetía el eco como una burla lúgubre y sardónica... Reía de sí mismo.

 

-¡Cáspita! -se decía. -Donde quiera que vea una flor he de tomarla por aquella de la señal... Soy un tonto... Esta flor es de las que esta chiquilla ha cultivado en su huerto, y yo tantas veces la he ayudado a podar...

 

Al otro día, cuando apareció el alba, se hallaba nuestro mancebo en el camino... Se alejaba, huía de su villa en busca de la Felicidad.

 

Volvamos a encontrarle en el gran mundo. Se ha enriquecido... es poderoso. Persiguiendo a la Felicidad ha logrado atrapar a la Fortuna... Esta deidad le mima, le rodea de favores... pero la Felicidad... ¡Ay! ¿Acaso la ha vuelto a ver en sus horas de triunfos y delirios, acaso se ha adormecido una sola hora para soñar que la ve? No; jamás.

 

La Fortuna es cruel deidad que exige sacrificios, y él, confundiéndola con la Felicidad, ninguno le escatimó... Entre sus ruedas dejó la paz de su espíritu, en su fiebre, la salud de su cuerpo ágil y robusto.

 

Por alcanzar la soñada Felicidad llegó hasta el crimen; el torrente devastador de su ambición todo lo arrollaba y arrastraba en furioso remolino, saltando con estruendo todas las vallas que encontraba.

 

En medio de tantos delirios, su corazón parecía muerto; habíale enseñado a no latir para que no se opusiera a su carrera; y dominado por aquel cerebro de fuego, replegose el sentimiento, saltaron una a una las cuerdas de la lira divina, y ya no vibró más en ella una nota de dulzura ni de dolor... El desdichado cerraba las únicas puertas por donde puede penetrar la Felicidad.

 

Mas siempre la esperaba. ¡Cuánto anhelaba que el suave aliento de la diosa refrescara su ardorosa frente, calmando el torbellino de fuego que abrasaba su ser, que le hiciera sonreír y llorar en instante de suprema conmoción!

 

Pero ¡ah!, en vano la aguardaba. Conocía por sí mismo a la humanidad y la aborrecía... El mundo no puede conocerse sin riesgo de ser infeliz. El amor fue su juguete. Demasiado ocupado por su ambición al principio, le miró de frente cuando fue poderoso, cuando ya no tenía corazón y solo le inspiraba hastío.

 

¡Qué tristes eran sus horas de soledad y cansancio, fustigado por el remordimiento!

 

-Para esto he luchado tanto, -solía decir- he gastado las potencias de mi alma, el corazón, ¡la juventud! ¡Oh, dónde se oculta la Felicidad, que mi oro no ha logrado comprarla, que mi afán no ha logrado verla un solo instante!

 

Quebrantose la salud de nuestro potentado y la ciencia no halló más remedio para él que la tranquilidad... ¿Dónde hallarla? Cuando creía morir recordó el tranquilo valle en que había nacido y hacia él encaminó sus pasos.

 

Llegó una hermosa y fresca mañana a su villa.

 

La primera persona que vio al llegar, fue su antigua novia que palideció de dolor al ver los estragos que las pasiones habían hecho en el rostro de su amado.

 

Ella le tendió las manos gimiendo... Sus lágrimas caían sobre una rosa blanca que llevaba prendida en el seno...

 

-Esta flor... -profirió él.

 

-Es de las que yo cultivo -dijo ella, ofreciéndola.

 

Pero no la quiso, rió mucho, muchísimo, de sí mismo, llamándose niño... El eco repitió sus carcajadas con burla.

 

Y volvió al gran mundo y se quebrantó de nuevo su salud con los excesos, y sintió que se le escapaba la vida.

 

Una noche vio en sueños a la Felicidad. La increpó con imperio por sus engañosas promesas, y ella se rió de él como había reído el eco.

 

-¿Acaso no has visto esa rosa dos veces? -inquirió ella, indignada.

 

El, entonces, recordó las rosas de su antigua novia...

 

-Si-dijo la Felicidad siguiendo su pensamiento -aquellas eran.

 

Él despertó del sueño y sin perder la esperanza se encaminó a su villa otra vez... Tenía prisa; se sentía morir...

 

Al llegar, preguntó con afán por la que fue su novia. Inútilmente: la muchacha había muerto la víspera...

 

Contó, entonces, a los vecinos compadecidos, la historia de la rosa.

 

-¿Quieres volver a ver esa flor? -le preguntó uno. -El rosal que las produce se ha trasplantado al sepulcro de tu amada y allí florece...

 

-Es inútil-respondió el moribundo. – La flor de la Felicidad solo se halla sobre el corazón de la mujer que nos ama.

 

Virginia Elena Ortea

(1866-1903)

 

Se me fue poniendo triste, Andrés - René del Risco Bermúdez

  Se me fue poniendo triste, Andrés   - «Pedro Juan, tu Negrita se está por morir».   Eso fue todo, Andrés. Y yo me le quedé mirando...