Pití
El ingeniero abrió la puerta de la oficina y alcanzó a ver
al guardián embebido en un celular donde trataba de trataba de escribir algunas
palabras.
-¡Coño, Pití! yo te pago para que estés atento a cualquier
cosa, no para que llames las veinticuatro horas del día a Haití, que ya hace
tiempo que el terremoto pasó.
El muchacho levantó la vista despacio y no dijo nada
mientras caminaba lentamente hacia el pequeño patio donde comenzó a regar las
matas.
Era un hombre muy bello. Negro como el betún, sus dientes se
destacaban por una blancura increíble y la perfecta disposición en dos hileras donde
no faltaba nada. Ojos rasgados con pestañas tupidas y una languidez que
acentuaba el diseño de su cuerpo alto, delgado, que le permitía deslizarse como
un gato sin que nadie lo sintiera.
Únicamente hablaba para responder las preguntas del jefe,
quien lo dejaba vivir en el patio, aunque solo trabajaba de noche. Durante el
día asistía a la escuela pública y estaba terminando el bachillerato. Así que
se levantaba temprano y desde que el jefe llegaba, salía para regresar justo a
la hora en que comenzaba su turno.
Aunque todavía chapuceaba el español, tenía sus papeles en
regla y hasta una Cédula de Identidad y Electoral que afirmaba que Piti había
nacido en Pedernales y que por lo tanto gozaba de la nacionalidad dominicana.
Para conseguirla tuvo que pagar diez mil pesos, porque aunque trataba de no encontrarse
con agentes ni militares, se sentía más seguro con el documento, y es que a
menos que no hubiera una orden de arriba, a los haitianos con cédula los
dejaban tranquilos, pues los policías de bajo rango sabían que ya ese negro
había pagado su peaje y que parte de ese dinero iba al bolsillo de los jefes.
Se llamaba Raphael Enedí, pero en la cédula le pusieron
Rafael Pérez, sin embargo, todo el mundo lo llamaba Pití, especie de nombre
genérico con que nombraban a los haitianos para no tener que enredarse con esas
pronunciaciones ininteligibles, y que los que sabían aseguraban que era una
adaptación de petite; además, el sobrenombre lo señalaba como haitiano.
Pití había llegado cuando el terremoto y primero trabajó
tres meses en una construcción sacando piedras. Cuando el maestro de la obra
vio su comportamiento y se dio cuenta de que sabía leer y escribir, lo recomendó
al ingeniero como guardián nocturno, pues ya el hombre había tenido problemas
con un vigilante que le hizo una cuenta de teléfono de siete mil pesos y una
mañana cuando abrió la puerta, el guardián se había ido dejando la factura telefónica
encima de la mesa de la recepcionista, asegurada con una piedra cubierta de
lodo rojo.
El ruido de la llave en la puerta de entrada anunció que
llegaba Lucía, la muchacha que limpiaba la oficina y que además colaba café,
servía agua, sacaba la basura, etc.
Era una cibaeña blanca, gordita y muy graciosa; de todo se
reía y constantemente ponía buena cara, aunque el ingeniero, al que apodaban
Fierabrá, le pidiera el café acompañado de un coño. –Pero, ¡coño!, ¿es que aquí
no van a colar café hoy? – Lucía sonreía como si fuera una gracia y corría a
preparar el café como al ingeniero le gustaba, oscuro y que le llegara bien
caliente. –¡Que me queme el jocico, ¿oíste? Yo no bebo café frío ni agua 'e
tindanga.
Lucía tenía dieciocho años, la piel clara y el pelo castaño,
y por eso todos le decían "Rubia". Eso pasaba con quienes eran más
claros que oscuros; podían tener el pelo negro, pero le decían rubia o rubio,
quizás porque los encontraban muy blancos en una población mayormente negra y
mulata. Pero ¡cuidado con quien le decía negro a otro, aunque este fuera color
teléfono! –Mire, yo no soy negro, negros son los haitianos. ¿Usted no ve que
nosotros somos marrones, buen fresco? –. Y así continuaba el mito de los negros
que se creían blancos y que eran más racistas que nadie. En mi casa negro yo y
el caldero-, afirmaban algunos mientras miraban con desprecio a cualquier
persona que tuviera un tonito quemado o el pelo crespo.
Todas las mujeres usaban desrizado, y era tanta la demanda
que el tratamiento iba desde marcas muy caras hasta un producto que se hacía en
los patios con el líquido que soltaba la papa podrida y que tenía la facultad
de alisar el pelo. A ese líquido le agregaban vaselina y perfume, y en los
salones de belleza las peinadoras recomendaban aun a las mujeres de pelo lacio,
que se untaran un poco de desrizado, pues era lo que daba el último toque a cualquier
cabellera y dejaba un pelo que retozaba con la brisa. Además, no se rizaba con
el agua, así que podías bañarte en el río o en la playa y siempre ibas a tener
una melena lacia.
No fueron pocas las mujeres que se quedaron calvas o con
claros en la cabeza producto de que esa mezcla para desrizar quemaba el pelo y
lo arrancaba de raíz, solo aquellas saloneras que sabían aplicarlo con el peine
acostado para que no tocara el cuero cabelludo, podían hacer alarde de su
pericia y pregonar que en su salón de belleza se hacían los mejores desrizados.
Tan buenos eran los resultados, que nadie se daba cuenta de que esa melena sin
una sola onda, era falsa.
Y resulta que Lucía se enamoró de Pití y Pití de Lucía. En
la oficina comenzaron a sospechar porque cuando tenían que dirigirse la palabra
se turbaban, hasta que un domingo el chofer del jefe los vio en las pacas de la
Duarte, comprando ropa y muy agarrados de mano.
Al otro día se armó un lío muy grande en la oficina. Era
lunes y todo el mundo llegaba con sus cuentos del fin de semana. Casi al
mediodía apareció René riéndose, haciendo chistes a Lucía y a Pití, diciendo
que los había visto, que qué bien escondido se lo tenían, que desde cuándo
estaban juntos, y ella se puso a llorar. Pití trató de contestarle al chofer
del jefe, vino la discusión y al final lo botaron por conducta inapropiada,
pues uno no podía tener relaciones románticas con compañeros del personal, lo
cual era una enorme mentira, porque no habían sido uno ni dos los casos en que se
enredaban y todo el mundo lo sabía. Pero como Pití era negro y haitiano, y
Lucía blanca y cibaeña, sus amores actuaron como un pescozón sin mano, o peor todavía,
como un mentís al racismo que la mayoría esgrimía detrás de chistes y frases de
doble sentido.
Poco tiempo después de que botaran a Pití, Lucía se tuvo que
ir, pues no la dejaban quieta con una serie de relajos y de indecencias por
haberse acostado con un haitiano.
Nadie supo que el día que Lucía salió, Piti la esperaba en
la esquina con una maleta casi vacía para coger el autobús que iba hacia el
Este.
Tres años después, entrando a un hotel cinco estrellas que
acababan de inaugurar en Bávaro, el ingeniero se quitó los lentes, se estregó
los ojos y vio a Pití atravesar el lobby vestido como un príncipe, mientras
arreglaba el gafete de su identificación que rezaba: Rafael Pérez, Asistente de
Administración.
Jeannete
Miller
(1944-Actual)
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