El antojo
Toribio apenas se sonríe; muy de tarde en tarde muestra el
hueso blando de su sonrisa; solo cuando mira a su madre deja caer una mirada
dulce y triste a la vez; la mira con más pena que la que él mismo se tiene.
El reloj le ha dado siete golpes al pueblo. Toribio aún no
bosteza. Su hermano toca a la puerta:
-Toribio, levántate que ya es hora de ordeñar.
Pero Toribio piensa, no duerme. Y vuelve la voz a su puerta:
-Hermano, que ya es tarde. Mira que las vacas vienen de
beber el agua de la madrugada; mugen y pisotean los verdes del camino.
Y Toribio, por fin, desde el fondo de su catre:
-Sí, ya voy, hermano.
Pocos minutos más tarde, se veía en el corral, entre un vago
velo de vaho y bajo una sombra de pájaros, a un hombre en cuclillas y con un
cubo entre sus piernas, exprimiendo las ubres sonrosadas de una vaca.
A su regreso, varias veces se detiene entre las altas yerbas
o sobre algún tronco; medita y constantemente acaricia a su inseparable
compañero Buda, su perro, a quien parece que no manosea, sino que le conversa y
le cuenta cosas que solo el can debe escuchar. Y, en realidad, qué lejos de la
tierra y qué satisfechos brillan los ojos de Toribio cuando tiene entre los
brazos a su galgo retozón. Es que Toribio no sabe qué hacer cuando Buda le lame
las manos, los brazos, y se le encarama por todo el cuerpo con algo de temblor
familiar y pegajoso para luego echársele a los pies con esa gracia humilde que
tiene todo lo transparente.
¿Hay tal vez un idioma entre Toribio y su cuadrúpedo? ¿Es
que brota siempre una fuente de cosas que se corresponden entre aquel ser y su
perro? ¿Es esta correspondencia una simple manifestación de simpatía entre lo
humano y lo irracional?
Pero Toribio lleva con una asombrosa sencillez su vida. Casi
toca a lo simple, a lo anónimo, a lo inútil. Sin embargo, en su terca amistad
con Buda hay detalles reveladores de una no cotidiana simpleza. Y Toribio no lo
puede ocultar. En la mañana y a ciertas horas de la noche, por las manos de
Toribio pasa como un temblor de rito que luego resbala hasta la cola sedosa de
Buda. Pero hay algo más, y es el manifiesto odio de Toribio hacia su padre,
cuya bondad tan perfecta es casi ridícula. La mirada paternal del buen viejo, a
pesar de su dulzura, es siempre una cuchilla para Toribio. Y cuanto más el
anciano se multiplica en bondades hacia su hijo, la reacción de este es mayor;
Toribio lo repele lo mismo que si fuese un constante polo opuesto.
Puede afirmarse que todo aquel fuerte cariño hacia su perro
se vuelve sobre su padre hecho odio.
¿Qué secreto de la naturaleza, qué ocultos poderes actúan
vencedores sobre el instinto de Toribio?
Y aún hay algo más... ¿Por qué en ciertas noches oscuras y a
la hora en que las pisadas sin gente de la calle pasan con algo no manuable,
Toribio desde la ventana de su habitación, lanza sospechosos ladridos,
semejantes a los que emite cuando de súbito ve la luna?
¿Y su olfato? ¡Su maravilloso olfato! Cuando se pierden esos
menudos y difíciles objetos personales, es sorprendente verle cómo pega su
nariz a los muebles, las sábanas, los rincones, y luego, arrastrándola sobre el
piso, casi barriendo con su hocico, de pronto se levanta, y trae entre sus
manos los objetos perdidos.
Pero ¿y sus furias? Solo la dulzura de su madre suaviza la antigua
y profunda selva que hay en las entrañas de Toribio. Hasta el amor y la alegría
le vienen como un sudor salvaje. Su sensación erótica, en vez de acariciar,
baja a sus pies y patea, y sale corriendo, saltando por el campo; sale en busca
de la sequía para revolcarse sobre la tierra del camino.
Su padre vuelve y lo mira, y con gordos lagrimones quisiera
lavar aquella vida. Mientras tanto, Toribio medita para bajar las escaleras por
donde ha pasado su padre. Toma poses extrañas. Cree que el buen anciano lo
puede ahorcar con sus luengas y puras barbas. De pronto tiembla, se clectriza
como los gatos; el trueno y el relámpago lo acurrucan en un rincón oscuro, y junto
con Buda, friolento y erizado, aúlla. Pero ni la rabia del cielo lo hace
temblar tanto como la presencia de su padre.
Su hermano mayor casi da gritos con los ojos... Quiere darle
luz a todo aquel oscuro drama hogareño; y con las manos en el bolsillo o ya
cruzadas, llena de pisadas nerviosas y nocturnas su pequeña habitación.
Sebastián, el padre, no abre la boca. Parece que el dolor le
ha cosido con un terrible hilo los labios. Solo su frente se levanta a veces
para que sus pupilas puedan ver la otra y lejana noche de los astrónomos; tal
vez busca en uno de los poros del cielo el signo que guíe la sombra de su hijo.
¿Estará su hijo más cerca de la bestia que del hombre? ¿Qué facultades
tan espléndidas de la intuición hacen de él esta fuerza ciega pero inequívoca
en su relación con el olfato humano?
Toribio no comprende nada. Se sienta por la mañana a la mesa,
y como un hijo cualquiera, toma junto con los hermanos el desayuno; luego, casi
sin palabras, mira con una profunda y tierna mirada a su madre; se levanta y,
con Buda a su lado, llega hasta el corral; respira bien la loma, y con el cubo
lleno de campo blanco, regresa cuando el sol le da ya en la coronilla.
Toribio cumple con su labor diariamente. Pero hoy no ha ido
al corral. Ni se ha levantado. Ni ha tomado el desayuno. Ni siquiera se ha oído
el extraño y acostumbrado ladrido que, a medianoche, ante la luna o ante la oscuridad
con pasos, sale de su habitación.
El silencio se hace duro, se materializa en las caras de los
de la casa. El temor y la duda trituran las palabras de los familiares. Una
lluvia persistente concentra más aquel silencio humano.
Lentamente uno de los hermanos abre la puerta. Toribio duerme
sin tiempo. A su lado está Buda con los ojos líquidos. Toribio está desnudo. El
hermano, sorprendido y tembloroso, se acerca a él; luego, casi aterrado, da
vuelta al cadáver, y ve, con asombro, que el final de la columna vertebral del
difunto se prolonga en un hermoso rabo de perro.
Hubo un silencio, un silencio definitivo. Mientras, con su cara
tumbada sobre el catre, la madre hace recuerdos...
Una vez, estando encinta ella tuvo un antojo...
Manuel
del Cabral
(1907-1999)
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