Los muchachos del Memphis
Polanco, el Ciguapo, primera
base
Estábamos jugando pelota frente
al mar. Cuando de pronto vimos un barco entrando en tierra, enfilando hacia
nosotros como un fantasma monumental y gris. Yo, que corro igual de espalda que
de frente, me quedé con el madero al hombro, boquiabierto, sin sentir siquiera
el pelotazo en la cabeza. El barco venía por encima de las aguas y casi lo
vimos deslizarse hasta el campo de juego. Nadie corrió ni se movió de su
posición. A lo lejos el mar estaba poblándose de náufragos, mientras nosotros
permanecíamos con los guantes en las manos, buscando otro cielo donde jugar.
J. Cansen, el Niño Manco,
jardinero central
Había sido su idea, o más bien su
audacia la que nos impulsó a ir todas las noches al Memphis, encallado a cien
pies de la costa. Para no llegar a nuestras casas todos mojados, nos
desnudábamos y guardábamos la ropa entre las piedras de los acantilados. Nos
íbamos a nado, de tres en fondo, susurrando nuestros nombres a cada brazada.
Adelante iba el Niño Manco, nadando con su único brazo, haciendo espumas con su
muñón, más veloz que todos nosotros en el agua y todos sabíamos que había en el
terreno. Él decía que un tiburón, pero perdido el brazo en las muelas de un
trapiche. Aun así era el cuarto bate y el capitán del equipo. Los infantes de
marina le habían enseñado a jugar béisbol en el patio de la Fortaleza Ozama.
Los conocía bien y entendía su idioma. Quizás por eso fue el único que no se
alarmó la primera noche que nos aventuramos al Memphis, cuando vimos flotando a
nuestro lado el antebrazo de un marino, tatuado con un ancla enorme y morada.
El antebrazo iba en dirección contraria a la nuestra y se esforzaba en llegar a
la costa: "Ese es McKenzie Blue... no lo toquen dijo el Niño-... Vive en
el horizonte".
Ravelo, la Plaga, tercera base
Desde el sarampión hasta las
paperas, incluyendo los dolores de muelas y los catarros, todas las
enfermedades nos las había transmitido sin contemplaciones y con la misma
intensidad y virulencia con que él mismo las había sufrido. Nadie quería
caminar a su lado ni pasar por su calle, pero desgraciadamente casi todos
vivíamos en un mismo barrio, y a cada vuelta de esquina nos topábamos con sus
erupciones, su flema y su fiebre. No hubo manera de expulsarlo del equipo:
cuando jugábamos sin él, alguno de nosotros se rompía una pierna o un brazo, o
se perdía nuestra única pelota o caía un aguacero que nos enlodaba hasta los
sueños: "Que venga el azaroso ése de Ravelo", decíamos, y volvía a
salir el sol. Al principio nadie quería llevarlo al Memphis, pero un buen día
se presentó afirmando que había ido solo y que había visto una sirena en los camarotes.
Tancredo Rondón, el Noño,
jardinero izquierdo
La verdad era que estaba muy
nervioso. Mi papá acababa de comprar un Ford T, último modelo, 1916, y había
decidido llevarme al farallón para iluminar con los faroles el lugar del
siniestro. Había muchos carros estacionados en la playa incluso por los
acantilados, proyectando sus luces hacia el barco en busca de algún náufrago o
sobreviviente. Todavía una semana después de haberse varado el Memphis, mi papá
seguía prestando sus luces a la tragedia. Los días primeros yo creía que él
estaba realmente condolido con la desaparición de más de cuarenta marinos, pero
una noche oí a mamá decirle que estaba bueno de exhibir el carrito, que ya todo
el mundo lo había visto y sabía que era el primer Ford-T que rodaba por las
calles de Santo Domingo. No eran sin embargo las jornadas de rescate lo que me preocupaba,
sino el temor de que fueran a sorprender a los muchachos yendo y viniendo del
Memphis, en unos abordajes impúdicos y vandálicos de los cuales yo también era
cómplice.
Mustafa Rancel, el Turco
Midas, paracorto
La tentación del saqueo salió de
él, no había duda, aunque lo llamara "sobras de Rey", fue Mustafá
Rancel el que nos propuso que nos lleváramos todo lo humanamente transportable
del barco: "Hasta la chatarra se vende", nos dijo, mirando con avidez
el inmenso casco cuarteado del Memphis. Para empezar, abrió baúles y maletas abandonados,
seleccionó uniformes y polainas, y nos sugirió que recogiéramos todos los
chalecos salvavidas que encontráramos en el crucero de guerra: "Cualquier
descamisado los comprará", aventuró a decir, presumiendo que los chalecos
salvavidas eran más prácticos y duraderos que cualquier vestimenta
convencional. Luego se le ocurrió desmantelar todos los camarotes, eligiendo
las mejores sábanas y colchones para venderlos en los hoteles de chinos. No
satisfecho entró en la cabina de proa y se apropió del telégrafo, el cual
cambió por dos bates y seis guantes de béisbol. Después lo vimos cargando las
herramientas de avería, apuntando y borrando en el libro de bitácora cálculos
insospechados. Finalmente, cuando le mostramos un pesado vargueño donde había
varias banderas norteamericanas, nos dijo, casi desdeñando la mercancía:
"Enróllenlas... las venderemos como alfombras".
Lupo Navarro, el Soñador,
lanzador
A nuestro barrio le llamaban El
Mondongo, quizás porque se había formado al lado de El Matadero, cerca del
terreno donde jugábamos pelota. Nuestros padres eran carniceros, matarifes,
desolladores, traficantes de vísceras y despojos. No todos, porque había dos o
tres del equipo que vivían en la avenida Independencia. Eran los riquitos del
grupo. Sus papás tenían carros, casas con balcones, jardines que llegaban hasta
el mar, y no cagaban en letrina sino en inodoros portátiles, que, según ellos,
se los habían comprado a los infantes de marina. No era un secreto para nadie
que los niños de familia jamás pasaban por El Matadero. Si venían a jugar
pelota con nosotros era porque se escapaban de sus estancias. Después la
tentación de la sirena fue más grande que cualquier castigo. Ella era todavía
para nosotros un limbo de placeres, un musgo ajeno a la ciudad. Sólo la oímos
cantar, pero no sabíamos de dónde venía su voz que parecía escondida en el
silencio del Memphis. Cantaba como si estuviera enamorada, sin música, a
cappella con el oleaje. Nosotros recorríamos el barco de punta a punta sin encontrarla:
buceábamos desperdigados por los arrecifes, buscando su nombre en los labios de
los ahogados; organizábamos serenatas de mar y le preguntábamos a los pájaros
si ella había donado su cuerpo al resplandor. Sólo para honrarla, educamos una
multitud de peces en nuestras manos, y aunque la presentíamos comprometida en
la oscuridad, aguardábamos a que subiera con la mañana. Una tarde le escribí un
largo poema en la arena, pero una bandada de golondrinas lo alzó en su vuelo.
Celso Pumarol, el Guayo, segunda
base
Ya lo habíamos vendido casi todo,
"a domicilio y sin regateo", tal como nos lo había ordenado Mustafá
Rangel; hasta teníamos una flotilla de botes salvavidas para alquilarlos en las
mañanas y llevar a algunos curiosos hasta el Memphis. Pero al caer la tarde los
sacábamos de servicio porque la noche se había convertido para nosotros en un
reducto privado, en un solar flotante donde sólo había espacio para el amor. Aunque
Ravelo, la Plaga, sostenía que él había sido el único en ver a la sirena, lo cierto
fue que un sereno de la Capitanía del Puerto terminó siendo el primero en
presentárnosla. Aquella noche, abriendo y cerrando escotillas, nos condujo
hasta donde nunca habíamos llegado, hasta el rocalloso corazón del Memphis. Nos
la enseñó tendida sobre los corales y los sargazos que habían penetrado en el
fondo del casco. Estaba desnuda y sonriente, y su piel parecía lavada por el
limo de muchos insomnios. Casi sin darnos cuenta, Ponciano nos incitó a
poseerla de uno en uno y cuantas veces quisiéramos. Esa noche yo fui el primero
en desdoblar su fragancia y el último en abandonarla.
Negro Benítez, el Plebe,
jardinero derecho
"¿Cuándo es que va a
zozó-zozobrar la vaina ésta?", solía siempre tartamudear el Negro Benítez.
Era el único que le irritaba la figura espectral del Memphis. Podía decirse que
lo odiaba desde el primer día que lo había visto en el terreno de juego. Y no
sólo al Memphis, sino también a toda la tripulación que había sobrevivido.
Todos nos hicimos de la vista gorda el día que lo vimos desnudando el cadáver de
un marino. Fue la primera noche que exploramos el Memphis, cuando todavía la
gente trataba de rescatar a los infantes de marina.
Luego de despojarlo de la ropa,
empezó a patearlo y a abofetearlo, farfullando: "Nonó-nosotros tenemos que
salvarlos... mienmién-mientras ustedes vienen a jodernos". Por eso, tal
vez, era el que con menos frecuencia subía al barco; la noche que conocimos a
la sirena, fue el único que la repudió antes de tocarla: "A ésta la
conozco yo-exclamó con sorna—. Es una puta de El Matadero... y está momó-mojada
de vicio".
Benjamín Ogando, la Guinea,
receptor
Después de varias semanas de
haber guardado en secreto el hallazgo de nuestra sirena, Ponciano, el sereno de
la Capitanía del Puerto, empezó a subir a bordo a los muchachos de otros
barrios: "Las sirenas como los tesoros -nos dijo-, hay que
compartirlos". Pero nosotros no estábamos conformes, porque ya no sólo
pasábamos noches enteras haciendo fila en la cubierta, sino que, cuando nos
llegaba el turno, había que pagarle a Ponciano cinco centavos para ver a la
sirena y diez para acostarse con ella. Ahora la contemplábamos más resuelta y
carnal, aun desnuda pero cubiertos los senos con un chaleco salva vidas,
tendida sobre una lona de campamento, fumando cigarrillos Lucky Strike. Más
tarde nos fue imposible volver a verla, ni siquiera de lejos, porque ya los
adultos que trabajaban en las inmediaciones del Puerto también hacían fila para
conocerla. Cuando Ponciano subió la tarifa "aceptando sólo dólares",
los infantes de marina, que ya habían invadido la ciudad y todo el país,
desplazaron a los criollos de su lasciva curiosidad. Fue una noche de navidad
cuando nos enteramos de que la sirena había aparecido muerta en los arrecifes.
Ponciano fue el primero en decírmelo, quizás porque soy el más viejo del grupo.
Yo le transmití la noticia inmediatamente a los muchachos. Esa noche fuimos
todos juntos a los arrecifes. Más que el cadáver, una de las cosas que
recordamos cuando vimos la silueta de la sirena embalsamada en su lecho de
corales, fue el comentario que hizo el Negro Benítez, quien por primera vez en
su vida dejo de ser plebe: "Mumú-murió en sus aguas... de por sí...
¿nonó-no decían ustedes que era una sirena?".
Lepe Lizardo, la Flecha,
taponero
Realmente ya estábamos por
devolvernos, cuando vimos de pronto, en medio de la noche, el antebrazo de
aquel marino nadando ahora mar adentro: "¡Ése es McKenzie Blue!",
exclamamos todos. A pesar del oleaje, el antebrazo esquivó los arrecifes,
palpitando entre la lluvia, emergiendo más musculoso y ágil que nunca, enorme y
brillante, mostrando en cada brazada el tatuaje, con nuestra sirena aferrada a
su ancla.
Camarena Son, el Bayby,
entrenador
El Memphis pasó veinte años
varado en el mar. Nunca terminó de hundirse ni nadie se ocupó nunca de
desencallarlo; ni siquiera el día que se fueron los infantes de marina se
molestaron en removerlo. La gente que pasaba por el malecón lo veía emproado y
desnudo como un negro cascarón semoviente. Muchos lo contemplaban con indiferencia,
otros con desprecio, incluso algunos con indignación y asco, sobre todo los que
ya sabían que el Memphis, con el paso de los años, se había convertido en una
madriguera de rateros, en un escondrijo de chulos y proxenetas que se daban
cita en la madrugada para violar y pervertir menores, para repartir la
mercancía robada, para secuestrar y torturar a los adversarios del régimen:
"En el Memphis sentó residencia la escoria", fue lo último que oí a
mis espaldas.
Salcedo de Jesús, Zicote,
cargabates
Cada día más un olor envenenado,
sulfuroso, nauseabundo invade al Memphis. Las ratas cruzan por las bordas
desvencijadas, por la sala de calderas, por el cuarto de máquinas, bajan y
suben por las escotillas. En noches de luna llena se ilumina la nueva podredumbre
de sus inquilinos: mendigos dementes, soplones y calieses de tugurios, riferas crapulosas
y prostitutas fétidas que aguardan su turno para abortar antes del amanecer:
"¡El Memphis es una cloaca seca por donde se arrastran los delincuentes
más sádicos y depravados, el hampa de la ciudad!"... Así nos llaman ahora,
y es verdad. Pero se olvidan que alguna vez fuimos inocentes, hace mucho tiempo
ya, antes que asaltaran nuestro cielo, cuando éramos muchachos y jugábamos
pelota frente al mar.
Pedro
Peix
(1952-2015)
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