sábado, 11 de abril de 2026

Celosía - Néstor Caro

 

Celosía

 

 

 

¡Eto maldito bueye han llegao a créese que son gente!

En La Malena, la voz del patrón Malavé es como el ruido del trueno en el barranco:

-Trabajen, muchachos, que si las cosas cambian no habrá problemas para ustedes. Ustedes lo saben, conmigo se progresa si se trabaja con empeño.

 

La voz de Malavé es la misma de siempre, anunciando a los peones mejorías ilusorias. Mejorías que cobraron pesadumbre en el cantar que rueda todavía sobre la tierra negra de La Malena:

 

Oye, Celosia,

Yo si te quería,

La mañana clara

Siempre lo veia.

Tú tienes cadenas,

Yo tengo carreta,

Tu vida y la mia

Es lenta agonía.

Oye, Celosia,

Yo si te quería...

 

Juan Ramón, desde la puerta del barracón que sirve de vivienda a los peones, mira hacia el alto con los ojos tristes que le quedaron al marcharse Celosía. ¡Su compañero de faena! Si supiera escaparse y reunirse con él en la montaña. Pero la vida de los hombres es distinta. Aunque en La Malena se repita que son peores que los perros, los hombres necesitan otras cosas. No basta con el verdor de la sabana. El trabajo hay que cambiarlo por cosas urgentes.

 

Y las cosas urgentes a veces pesan como las cadenas de las que huyó Celosía.

–o–

–Ese lamento del dianche va siendo molestoso. Ya es tiempo de que se averigüe de dónde viene, porque me está poniendo nervioso. El otro día me dijeron que era fotuto é carnicería y cuando fueron por esos laos, ni muestra de matanza encontraron ¡Válgame Dios con la jeringa!... Conversa el patrón en la enramada.

 

–Pue mire, Malavé, ya tan diciendo lo jabladore dique que detrá del caobal hay un trabajo (*) que le pusién a Macanero. Y que tó lo que se oye e jun grito e muerto. Y que e tan fino er grito, que e diun ajorcao.

 

–¿Eso dicen, vale Crescencio?

 

–Eso memo, Don Malavé.

 

Los dos hombres se acercan con caras de espanto.

 

–Los muertos no salen de día, vale Crescencio.

–Eso depende, patrón. Lo muerto que tan diconforme no entran en sesteadera. Se pasan las'ora del día y de la noche mortificando al Espíritu Santo pá que le

dé su venganza. Y la cosa e má fuerte cuando al difunto no lo han dejao hacé su oracione.

 

–Lo que uté dice no tá claro, Crescencio...

El vale Crescencio vino de El Seybo con un poco de malicia y los hilos de una hamaca vieja. Con relatos de muertos y su machete moreno lleva tiempo en La Malena, con privilegios y hamaca nueva.

 

–Suelte la lengua, Crescencio, que ya va largo el asunto del lamento. Flójela pá siempre-expresa impaciente Malavé.

 

–Pue mire, Malavé, pá que lo sepa completo: Er diablo er Macanero que uté tiene aquí de come gente, tando de buca vida pá lo lao de Yuma, le pidió amore a una muchacha de ná, y como no lo quiso, le hizo fuerza. Así como uté lo ve con su carita relamía. Ese ejer grito que sale del río. E que la muchachita anda detrá der

Macanero.

 

–¿Y quién se lo dijo a uté, Crescencio, que tan firme lo repite?

 

–A mí naide me lo dijo, así como pá decirlo palante, pero guárdeme la confianza y el secreto, por lo parejero del Macanero. No é que yo tenga miedo ni por cosa parecía.

 

–No tema, Crescencio, que yo seré Malavé por muchos años.

 

Entre el cielo y la montaña la mirada de Juan Ramón, el carretera, busca con el cariño de siempre a Celosía. ¿Dónde estará ahora el buey de tiro que oía sus palabras y caminaba contento cuando le oía cantar aquello de "La mañana clara siempre lo veía?

 

Ahora sólo queda en La Malena la odiosa figura de Macanero, con la cabeza cuadrada y los dientes apretados, amarillos. Simple sureño sin fortuna. Y en los amaneceres, la tierra húmeda, las vacas paridoras y los peones sin fuerza.

 

Juan Ramón siempre quiso estar cerca de Celosía para cuando llegara la "buena". Entonces agitaría los puños con fuerza y gritaría:

–¡Deme un trago, bodeguero, pá brindar por Celosía!

 

Ahora sólo queda para Juan Ramón el camino hacia la muerte. Ya los peones, cuando lo ven cruzar hacia los potreros, dicen apenados: Ya el viejo no sirve. Desde que se fue Celosía, aunque no tome aguardiente parece que se está cayendo.

 

Juan Ramón hubiera querido demostrarle su cariño al buey manso que se hermanó con él en La Malena. Mordiéndose los labios le corrieron muchas lágrimas por la cara de bronce cuando supo lo de Macanero. Lágrimas de hombre sin esperanzas, vencido sobre la tierra negra de La Malena.

 

Gruesos nubarrones se agrupan en la tarde sobre la tierra negra de La Malena. Viento y llovizna comienzan a empujar la faena. La voz de Malavé se oye en el potrero:

–¡Apuren, que viene agua! ¡Tranquen bien las puertas! Díganle a Macanero que eche un vistazo por la sabana a ver si encuentra la yunta del Coliflor y Agapito,

muchachos, que ya vienen los aguaceros.

 

La espalda de Macanero se dibuja sobre la vereda. Cabeza cuadrada y dientes apretados. Amarillos. Es el guapo del sitio.

 

La mano fuerte de Malavé "Pá manejá los peones". El diablo del hombrecito siempre lo ha dicho:

–Los hombres sirven menos que los perros. En su hoja de servicio se cuentan la violencia y el homicidio. Y el garrotazo de Celosía.

 

–Maldito ete aguacero. Tá bien que me pongan a mandá peone, pero a bucá yunta de bueye en medio de un aguacero no e pá un macho. E que tó los hombre no son má que uno perro. Hata el mardito Malavé se tá decomponiendo.

 

La sabana es triste cuando llueve, la grama se embriaga en el aguacero y los charcos parecen cristales. En las ancas del viento viaja el extraño lamento.

 

–¡Eh, Coliflor! ¿Dónde diablo tan metio eto bueye der diablo? ¡Agapito, aeeeh! ¡Salgan der monte, mañoso!... ¡Salgan, bueye der diablo! ¡Mardita sea mi suerte!

Macanero recorre la sabana dando voces a la yunta desaparecida. Es el macho en el sitio y no se atreve a volver sin ella. Malavé estará esperándolo para decirle que no sirve para nada. Es mejor evitar una desgracia. Ya hace muchos años que no mata un hombre y cuando lo haga tendrá que irse muy lejos.

–¡Coliflor y Agapito, aeeeh, salgan del monte!

¡Salgan!

 

Los ruegos de Macanero se meten en la vereda y suben a la montaña de donde baja desde hace años un extraño lamento que llega hasta La Malena. Cerca del

arroyo aparece una sóla bestia y Macanero grita entusiasmado:

¡Por fin, aquí tá Coliflor! Sólo falta Agapito. Acércate, Coliflor, ven a tu lazo.

 

La bestia parece clavada en la sabana. Imposible mirarla a los ojos con la cabeza vuelta hacia el arroyo.

 

–¡Por fin, encontré uno! –repite Macanero–. El otro vendrá mañana. Ven a tu lazo, Coliflor. Ven, compañero.

 

Hombre y lazo saltan hacia las nubes en medio de un grito desesperado. La bestia corre como un hombre que quisiera ocultar una herida en la cara. Corre hacía la montaña de pastizales inmensos.

 

En La Malena la mañana siempre es de ajetreo. Yugos y sogas y cadenas, salen de la enramada. El tiro de caña será fuerte. Hay que complacer a Malavé, que es un hombre de empuje, pa' que ayude. Es una mañana de sol y alegría. El sol resecará la tierra negra de la sabana. Alegres como los pájaros irán los peones a la faena. No se podrá cantar el placer de la muerte de Macanero. Allí estará Malavé con su cara amarrada y su voz como tirada en el tinajón del barranco. Dirá que un buey mató a Macanero y pedirá que le recen a su alma de hombre

bueno. Los peones no querrán decirle con claridad que Macanero era peor que los perros; pero allí estará Juan Ramón con la boca llena de risa, y estará también el cantar de la sabana:

Oye, Celosía,

Yo si te quería...

 

 

Néstor Caro

(1917-1983)

 

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