Chito
A cada latigazo el cuerpecito de Chito culebreaba de dolor.
La mano de Pancho castigaba duro con una soga la carne del muchacho que,
retorciéndose como un bicho, pedía perdón.
Al fin se vio libre
y, lloroso, se arrinconó a gritar la segunda pela que por mentiroso le daba el
padre en ese día.
En la boca de Chito cabían todas las mentiras y, no por eso
dejaba de ser simpático el chico aquél. Con sus ojos negros y vivaces, su cara
ancha color de pan tostado y su gorra, siempre rota y nunca bien puesta,
encarnaba al rapaz campesino, ladrón de nidos altos y de camarones en las
cuevas del río. Nadie como él para tumbar unos cocos o lazar un becerro.
Hacía un momento que el padre le había ordenado amarrar unos
burros. Una, dos, tres veces repitió Pancho la orden y Chito seguía jugando.
Entonces, soga en mano, lo llamó. –¿Todavía no te ha dío?
–Sí señor, pero toy aquí porque Teresa me dijo que fuera al
río con ella. –¿E verdá eso?
No era cierto y Chito se ganó la zurra. –¿Te dolió? –dijo
Teresa a su hermano cuando estuvieron solos. –Chip… va a dolé. –¿Si eh?, ¿y esa
lágrima?
–¿Eso?... de risa, –contestó frescamente el muchacho
limpiándose los ojos con el dorso de la mano. Luego, se subió los calzones, que
ya le quedaban por las corvas. Con el ripio que le servía de cinturón se los
amarró en la mitad de la barriga desnuda que, de puro sucia, parecía berrenda.
Cogió un lazo, y, después de enseñarle la lengua a su hermana en una mueca rápida,
salió.
Iba tan contento como el carpintero que entre un chillido y
otro fabricaba su nido en lo alto de una palma. Lo vio Chito y le tiró una
piedra. El pájaro, con un chillido más sonoro que antes, casi burlón, abrió las
alas y se perdió entre el verde de las ramazones.
Cantando así siguió el camino
Chito:
“Yo soy americano
que ando poraquí
buscando quien me afeite
del bozo la narí”.
El pájaro chillaba de nuevo en otra palma. Muchacho y
carpintero eran iguales.
En el bohío, Teresa se le acercó al padre:
–¿Me voy a bañá, viejo?
–Ve, pero, no te dilate, y llévate un calabazo pa que traiga
agua.
Se fue la muchacha, y Pancho se quedó fumando su cachimbo,
rumiando indeseables pensamientos. Estaba preocupado. En esos días, una
patrulla del ejército yanqui que invadía el país había caído sobre su rancho
con la maldad del guaraguao sobre el nidal de la gallina recentina. Lo acusaron
de ayudar a los gavilleros, como llamaban los blancos a los dominicanos que por
deber habían renunciado a la sombra del bohío y prefirieron el sol sin piedad
de las sabanas; y el agua fresca de las tinajas hogareñas por la que en baches
y huellas de animales les daba la manigua, teatro de heroísmo patriótico unas
veces, y otras tantas de salvaje defensa del pellejo.
Pancho negó la acusación y eso no bastó: una multa subida o
contribución fue el castigo que le impusieron para cuando volvieran.
La multa, la multa… Ese era el comienzo del pretexto que
empleaba el blanco para manchar de rojo y negro los caminos claros de esos
campos de sol. Tal vez eran los 15 años de la muchacha, que florecían en gracia
y tentación… O el pardo de silla y carga que llevaba su estampa.
Así pensaba cuando un grupo de uniformados manchó de
amarillo el patio verde del bohío. El corazón comenzó a galoparle dentro del
pecho. Le pidieron el dinero, y él habló largo y claro para que le concedieran
una prórroga.
El jefe le dejó hablar y, luego dijo:
–Oh, ¿you no tener the money? Well –y se le fue acercando,
poco a poco, sin calor en la sangre, con los ojos entrecerrados de perversidad.
Pecho a pecho, la cara roja del blanco junto a la oscura del
criollo, se medían… se medían.
Pancho esponjó los brazos y el yanqui, de un empellón brutal
lo arrinconó junto a una tinaja. El caído se puso de pie. La animalidad
ancestral surgía detrás del hombre. No le arredraba la pelea ni su resultado,
pero ahí venía del río, con los cabellos chorreando agua, y el cuerpo limpio y
húmedo adivinándose a través del traje, la hija por quien debía vivir.
Chito Traía el calabazo a la cabeza y en la cara morena la
desconfianza ante la gente extraña. Pancho hizo ademán de ir a ella, y nuevos
ultrajes se le hicieron. Con la soga que pegó a su hijo lo amarraron. Mientras
tanto, ahí estaba la muchacha como una fruta sin espinas, fácil al querer del
blanco. El coraje y la rabia nublaron de lágrimas el cielo lucio de los ojos de
Pancho. Su impotencia y el llanto de la hija daban blandura de dolor a aquel
cuadro endurecido por la crueldad fría del atropello.
Una sierpe de lascivia se enroscaba en Teresa que, sin
poder, se defendía mientras el padre vuelto niño suplicaba:
–No por Dio… No me la toque. –Y se retorcía corajudo y
valiente.
Un ruido extraño atajó las intenciones del jefe. Eran como
caballos que corrían lejanos, tropel de patas que anulaban distancia.
Atencionó un momento el hombre. Después abrió la puerta del
único aposento e hizo pasar sus hombres al interior. Desenfundó la pistola y,
pegándole el cañón a la muchacha sobre el seno ordenó:
–Todo quien venga you decir no haber nadie, ¿you understand?
–llevándose consigo a Pancho se encerró a esperar.
El frío del acero secó las lágrimas de Teresa. La dejó
alelada y útil para la celada a los posibles insurgentes.
A la puerta del bohío los pasos se apagaron y a los blancos
les volvió el alma al cuerpo. Era Chito quien llegaba.
No bien hubo echado pie a tierra, Teresa sin saber lo que
hacía, le repitió lo mismo que le dijo el jefe:
–Aquí no hay nadie.
Chito no comprendió y, como si a su vez le tocara decir
algo, borbotó limpiándose el sudor:
–Concho, tuve que dale tuel galope a ese mañoso, porque
porai ta Ramón Natera con lo gavillero, son ma qui abeja… si pechan a lo
blanco, lo pelan a tuitico.
En el aposento los soldados comenzaron a inquietarse, tanto
por el número que anunciaba el muchacho como por el hombre que los mandaba:
Ramón Natera: el azote del yanqui en la región del Este.
En menos tiempo del que se gasta en decirlo, mientras lo
dejaba en libertad, el jefe silbó al oído de Pancho:
–Si you no decir a gavillero que blanco haber estado aquí,
mi ser amigo tuyo –y de una vez abrió la puerta trasera del bohío. Uno a uno se
fueron tirando al monte, rápidos, silenciosos, como guineas que presiente
peligro.
El miedo se los llevó.
Pancho salió. Tenía todavía la soga con que lo amarraron
entre las manos y en el rostro la huella de la incertidumbre.
–¿Ande tan lo gavillero? –interrogó.
Chito, con la vista fija en la cuerda y atemorizado
retrocedió hasta las faldas de Teresa. Ni la hermano que lo protegía, ni el
padre que seguía preguntando, comprendieron su actitud, hasta que el muchacho
con ganas de llorar musitó:
–Perdóneme mi pay, era embute mío. Mientras los pechos
vaciaban con lasitud la ansiedad dominante, entre un chillido y otro, el
carpintero martillaba de nuevo fabricando su nido en otra palma.
José
Rijo
(1915-1992)
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