domingo, 26 de abril de 2026

LA MALA MADRASTRA - Virginia Elena Ortea

 

LA MALA MADRASTRA

 

 

El día en que murió la esposa de Don Prudencio debieron llorar los ángeles en el cielo, como por acá lloraron cuantos tuvieron la pena de presenciar esa desgracia; y no ciertamente porque se quedase él viudo, que bien se sabe que de ese dolor no ha muerto ningún marido, sino de pena a los tres niñitos que dejó la difunta al pie del lecho, llamándola porque la creían dormida, que las pobres criaturitas ni siquiera estaban en edad de saber lo que es la muerte.

 

Figúrese, lector, que la mayorcita del cuadro tenía cinco años, el que la seguía tres, y el más pequeñín, un angelito más blanco y sano que una masa de pan, apenas balbuceaba el dulce nombre de su pobre madre.

 

Después del entierro quedose el viudo en la mayor perplejidad; hasta entonces no se había podido dar cuenta de la falta que hace una mujer en una casa. Toda ella era confusión, inquietud, pena... Ni la buena voluntad de las parientas solícitas, ni las mejores sirvientas, bien pagadas, le valían para poder vivir sin enojos y rompederos de cabeza, así es que vino a ver, -sin tener que pensarlo gran cosa -que lo mejor que podía hacer para restablecer el orden doméstico y la tranquilidad de su espíritu era volver a casarse.

 

Todavía estaba joven y de buen ver; no le faltaba posición...

 

Pues señor, dejó escurrir un par de años y antes de que acabara el último mes del segundo, se dio a buscar novia.

 

Y no tardó en encontrarla: su estrella le llevó a conocer una joven agraciadísima, cuyo nombre hirió la imaginación de Don Prudencio tanto como su rostro angelical: llamábase Modesta.

 

Enamorose perdidamente nuestro viudo. Miró a su pretendida como un dechado de perfecciones, y no contento de hacer de nuevo la felicidad que se llevó de su hogar la madre de sus hijos, apresuró la boda cuanto pudo, y un día vieron los huerfanitos llegar a las puertas de su casa una hermosa mujer a quien debían llamar mamá, y les fue dicho que venía a ocupar el sitio de la que ya no recordaban.

 

Pasaron días y más días. Pasó un año y pasó otro.

 

Los vecinos de Don Prudencio cuchicheaban en un principio porque se notaba que las mejillas de sus niños perdían la morbidez y el sonrosado color. Murmuraron después porque se oían gemidos infantiles en su hogar, y pusieron el grito en el cielo cuando supieron de toda verdad que los pobres huérfanos eran cruelmente maltratados por la madrastra.

 

Flacuchos y endebles crecían, con ojos que tenían una expresión de dolor y reproche que inspiraba compasión.

 

La niñita, que era formalita y tímida, vivía con un espanto que atrofiaba su voluntad por completo, sumiéndola en una especie de idiotismo; el que la seguía, que hubiera sido un muchacho francote, juguetón y alegre, se había convertido en taimado, sabiendo encubrir sus picardihuelas con perfecto disimulo; el otro, también vivo y travieso como una ardilla, apenas podía contener las turbulencias naturales de su carácter y fue siempre más víctima que los otros, porque el pobrecillo era el que más ocasión daba al enojo de su feroz cancerbero.

 

Y así crecían, como flores que no alcanzan un rayo de sol ni una gota de lluvia... Crecían pálidos, temerosos, tristes, sin una mano que les acariciase, sin una voz que les dijese una dulce expresión, sin cuido, sin amor. Crecían bajo la mirada cruel y dura de la madrastra, mirada que siempre parecía buscar en sus espantados rostros un motivo de injuria, una ocasión al desahogo de su perversidad.

 

¿Y Don Prudencio? Don Prudencio paraba poco en casa, y cuando estaba allí, Modesta se quejaba tanto de los niños, y, sabía quejarse tan bien, que el marido se daba por satisfecho, creyéralo o no, no encontrándose con el ánimo de ir al fondo de aquella odiosa hipocresía a buscar la verdad y redimir sus infelices hijos de la feroz tiranía en que estaban sumidos...

 

Por más que parezca mentira, estos casos de sugestión son muy frecuentes: hay seres que ejercen una extraña influencia en el ánimo de otros, influencia cuyo poder ilimitado tiene por base segura el fingimiento, por arma poderosa la debilidad, el blando ruego, las lágrimas. Las mujeres de instintos dominadores son las más solapadas y duchas en este arte indigno; las que mejor saben subyugar una voluntad sin que de ello pueda darse cuenta el sugestionado, que todo es obra de una paciencia premeditada, y de la fuerza de la costumbre. Las de carácter franco y vehemente jamás sabrán dominar; la espontaneidad no deja prevalecer el disimulo.

 

Modesta era maestra de hipocresía. Su rostro, de Medusa a los ojos de sus hijastros, solo tenía sonrisas bondadosas para los demás, la voz que era espanto de los niños, se saturaba de dulzura melosa cuando hablaba a los extraños... Y había logrado dominar a su marido con tal imperio, que en vano la razón, la justicia y la sangre se alzaban reclamando al padre a favor de las inocentes víctimas. Los verdosos ojos de Modesta con una mirada le desarmaban, a su boca pequeña, de labios delgados que siempre tenían una sonrisa, bastaba una palabra con su tono humilde y acariciador para reinar en aquella voluntad que no sabemos si debía inspirar compasión o desprecio por la pasiva frialdad que le hacía cómplice de su mala mujer.

 

Y los niños, en tanto, saturaban su corazón en aquella fuente de hipocresía y maldad en que se miraban... Solo conocían el mal, y la mala semilla germinó en sus corazones y dio fruto. Así es que, no conociendo la compasión, por nadie la sentían, y eran crueles; eran aduladores porque necesitaban adular a su madrastra mientras la odiaban; eran desconfiados, porque unos a otros se acusaban para salvarse; embusteros porque la necesidad les obligaba a mentir; golosos, que la mezquina mujer les contaba los bocados... En fin, atrofiadas sus naturales inclinaciones, habían adquirido todas las malas cualidades en la desdichada escuela en que aprendían.

 

La madrastra también tenía hijos; estos se mimaban, se querían, eran servidos por los pobres huerfanitos. A ellos habían de adularlos estos ostensiblemente, no sin que se escapasen de alguna cruel maldad a espaldas de la madre, porque

en el fondo de su pecho los tristes odiaban de todo corazón sus nuevos hermanos, y les tenían una envidia dolorosa y feroz...

 

Aquel no era hogar, era un infierno. Escuchábanse en él sin cesar imprecaciones, injurias, azotes y gemidos angustiosos.

 

La bonita faz de Modesta, en tanto, a despecho de su hipocresía, no tardó en expresar la dureza de su corazón, marcada en líneas severas que a nadie engañaban, en las sombrías tenebridades de las claras pupilas; su sonrisa llegó a parecer una mueca forzada y odiosa. Su voz un zumbido siniestro.

 

Y envejecía siendo joven, envejecía de carrera, adelgazaba sin quebranto, se desvanecía como una sombra.

 

El marido también estaba flaco y enfermizo; parecía la víctima de un vampiro... Y la hacienda que poseían se desmoronaba; la mísera economía de Modesta; su mezquindad, cuya huella quedaba con marca indeleble en el hambriento rostro de los huérfanos; lejos de acrecentar sus bienes parecían mermarlos como una maldición.

 

Un día la mala madrastra despertó sintiéndose enferma; en la cama le pasó, y otro, y otro, y un año, y dos.

 

La penosa dolencia recrudecida por la ira se hacía más cruel y dolorosa. ¡La ira sola la mataba!

 

Nadie la cuidaba, nadie la compadecía... Los niños sufrían más mientras estuvo ella en la cama, porque el furor de la impaciencia de Modesta se volvía siempre contra ellos... ¡Pobres niños! ¡Infame que es la mano que les maltrata! ¡Villano el corazón que no les compadece! ... La infancia es la única época de la vida que se pasa sin que la herida del dolor envenene sus días... ¡Ay de la criatura que haga aciagas esas horas que debieran ser de ventura! ¡Ay del que agosta el perfume de esas almas que empiezan a surgir, y siembra en ellas con el encono de su propio corazón la perversidad, la desconfianza, el dolo, donde solo debiera imperar la inocencia!

 

El hogar en que imperaba la voluntad absoluta de Modesta, cada día estaba más lúgubre, cada día más sombrío...

 

Quejábase la infeliz en el lecho; los niños huían de ella sin compasión a sus lamentos, alegrándose con cruel cinismo de la libertad en que les dejaba su dolencia... El padre vivía mal humorado y silencioso...

 

Las comadres del barrio decían que el alma de la primera mujer de Don Prudencio, velando en un rincón de la casa y gimiendo a cada injusticia, la fatalizaba, le daba el fúnebre aspecto que tenía.

 

Un día murió la madrastra. Sus hijos, únicos seres que sintieron las efusiones de su cariño, se espantaron, al ver inmóvil aquel ser cuyos furores solo lograba silenciar el profundo sueño de la muerte, y la lloraron sin hallar quien les consolase.

 

El marido, como esclavo que sacude una cadena de flores, herizada de agudísimas espinas, respiró sintiéndose dueño de sí mismo una vez más, y sintió más compasión a sus hijos que dolor por la difunta...

 

Los hijastros, ebrios de alegría, apenas podían disimular su felicidad en aquel su primer día de libertad, de esperanza, de ventura...

 

Entonces, la niña mayor, ya una mujercita, se hizo cargo del gobierno de su desgraciada casa... Se hizo cargo de los niños de su madrastra. Y como nunca vio bondad en nadie, ni conocía la compasión ni sabía lo que era la generosidad, con ruin encono, siguió el ejemplo legado por la funesta mujer que la crió a ella... Siguió sus huellas y también fue madrastra... Madrastra de los pobres hijos de Modesta...

 

El hogar aquel sigue siendo un antro de lágrimas, quejas, imprecaciones y azotes; el padre no se ocupa de los hijos, apenas vive con ellos. La lobreguez de las paredes que cobijan esa desgraciada familia se acentúa cada día más; hay más miseria, más mala suerte en todo.

 

Y las comadres del barrio dicen que el alma de la primera mujer de Don Prudencio no es la que la fataliza con su presencia... Creen que Modesta es la que va por ella, a gemir las injusticias que sufren sus hijos con la vengativa muchacha a quien ella enseñó a ser mala madrastra.

 

Virginia Elena Ortea

(1866-1903)

 

 

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