lunes, 27 de abril de 2026

LA LLAMABAN AURORA - Aída Cartagena Portalatín

 

LA LLAMABAN AURORA

(Pasión por Donna Summer)

 

Mami me decía Colita. Colita García. Pero la señora Sarah me inscribió en la escuela pública con el nombre de Aurora. ¡Nada de Colita!, gritó. Seguí sintiéndome interiormente Colita y oyéndome Aurora en la voz de los otros. No voy a perdonarle esa risa burlona que mastica cuando me llama Aurora, discriminándome, porque quien me puso así "nunca ha visto amanecer". No. Noo. ¡Y noo! No voy a quedarme con ella aquí, en su casa, cierto que me paga los estudios, que le dice a todo el mundo que soy un talento, sin embargo, estoy rebosada de ella y de las hermanas del colegio, la sor Fantina, larguirucha y flaca como la Twiggy de la Televé, y de la madre superiora, sabia pero con fachada de Aldonza la de Sancho, y dale con los teoremas, y dale con lo del triángulo rectángulo, y qué son líneas paralelas, y fúñete Colita-Aurora con castigos y llamadas telefónicas para que la señora Sarah me ataque como una metralleta. No. Noo. Y nooo. ¡No!

Dije que no. No quiero a la señora Sarah ni me interesa su casa hermosa, ni voy a envejecer dentro de sus cuatro paredes como un árbol para carbón. No, no voy a quedarme con ella como un árbol quemándose bajo un sol de canícula. No. No voy a quedarme triste, cabizbaja, como las hojas golpeadas por vendavales y lluvias con tronadas, dentro de estas paredes rodeadas de un césped siempre verde y de algunos arbustos frutales. Ni acepto aquello, dale que dale, de que Aurora es una negrita inteligente, ni de que me divierten los negros, ni que los negros con su jazz y su ritmo, o que los negros alegran el mundo, y vete a la tienda y tráeme el último disco de Donna Summer, y que algo deben hacer los negros, que está bien que diviertan a los blancos. No. Noo. Y noo. Me complace esa música sin fin de la Donna Summer, garrapateando, aullando sin cesar, o cayendo como una cascadita vibrante y excitante. Pero no es cierto que doña Sarah me va a guardar para siempre dentro de su caja de música excitante, qué el jazz, que el boogaloo, que el ragtime o los beguín, etc. Ya a esa vieja no le pega eso. Ella creía que no iba a marcharme, me agradaría que viera como camino ligero a tomar la guagua, arrastrando este bulto pesado con la ropa y mis libros. Aquí, chófer, me quedo en Haina.

Camino un poquito respirando aire de cañaverales. Me siento en el restaurante Candita, donde bebo un Seven Up muy frío. Hambre, eso es lo que tengo, y me paso a la barra La Enana donde tomo una Pepsi y como dos panes. Me marcho de prisa.

La música de Donna Summer llena toda la casucha y se extiende por toda la barriada. Cómo recuerdo esa sin fin cascadita, maullando. La música y su cantar se extienden por toda la casucha, por toda la barriada, es la misma tonada que estremece y excita a la señora Sarah. Al diantre con todo, pero heme aquí, exactamente a 14 kilómetros de la capital. Son las siete de la noche, entro a la iglesia y me escondo detrás del altar de san Isidro Labrador quita el agua y pon el sol. Que el santo me encubra. Que no me descubran. Santo, santo, santo, llenas están las calles de buscatrabajo y harapientos. La la la la laa, ya ya ya ya yaaa.

Junto a una pared de La Enana una chica se cimbrea. La voz de Donna se ensancha con el volumen que sube en el aparato un billetero. La voz de Donna llena de nuevo la barra, el barrio, el pueblo. Trato de recogerme los cabellos moteados, duros, si nací con ellos así, así se quedan. Lo absurdo es que me discriminen y hagan alarde de mi sabiduría porque soy casi bachiller. No. Noo. Y noo. ¡No! Me revienta ver cómo tantos millones de blancos se deleitan ahora con la Donna Summer, la negrita que canta excitante. Una vez llegaban al delirio con Armstrong, después con Makeba. Qué el jazz y todo ritmo que nace tan alegre. ¡Felicidades! No, si yo fuera la Donna Summer recogiera todos los discos que se encuentran en las tiendas, en los dancing, cabaretes, hoteles y moteles y en las casas high.

 

Alzo vuelo como ayudanta, convencida por la mister del técnico azucarero, y en este New York, piso 11, cocino, lavo, plancho, hago los mandados, aguanto las pesadeces del bodeguero, el italiano hijo de su mamma, que me hala el pelo y dice negrita fea..., que de dónde soy, que si esto o lo otro. O a la señora gringa: Colita, por qué te dilatas tanto, le explico que el hijo de su mamma me detiene, o que me detengo para ver al Giordano que le da una cuchillada al Manfredi, todo por un muerto del barrio que cada uno considera debe ser llevado a su funeraria respectiva, y al police que dice con mucha calma: el muerto es el Giordano.

Voy a tener que organizarme mentalmente, como en una secuencia de anuncios clasificados por Denis W, publicada en un periódico de cualquiera parte del mundo. Me metieron en la cabeza que esto es el Mundolibre, y aquí encuentro que esa tipa de Ohio me explota como a una esclava. No entiendo eso de Mundolibre y Explotación, y ese Colita qué ignorante eres, pues sí, nada sabía de monopolios, donde compro el sostenedor es la cadena Woordwoordt con 300 tiendas producción y venta, y de ida o venida polices por aquí, más polices por allá, vaya, atrevido, le grito a uno que me toca una... (entiendes?), yo a usted estoy cansada de verlo tomando traguitos de tequila detrás del mostrador del viejo mexicano, y esto aquí con tantos polices, y las ITT, y desde aquí reguero de CIAS por todo el mundo, violencia diaria, tortura, cómo golpean por simples conjeturas a ese tipo sin empleo, desclasado, con apariencia de somnoliento drogado, y el desclasado se deja pegar, esto no es ser macho en Dominicana. El police se vuelve un guapo como en los filmes del West. Si este es el Mundolibre, sobresobrado, sobreexplotado, voy a enajenarme. ¡Y no. Noo. Y no! Me marcho y regreso donde la señora Sarah, con su música continua, la de Donna Summer, con las mismas calamidades, gritándome a cada instante: disparatas. Y grita y aúlla de soberbia cuando leo en los periódicos las injusticias que se cometen en África del Sur con los negros. No conformes con los linchamientos de Soweto y Johannesburgo, a Steve Biko lo mutilaron en una celda carcelaria de Pretoria. La señora Sarah me toma por las greñas, grita en forma descomunal: disparatas, disparatas, me arrastra hasta el tocadiscos donde sube todo el volumen. Ahora ni mi llanto lo oigo. Donna Summer, mi negrita querida, llena con su voz y excita con su ritmo la casa de la señora Sarah.

 

Aída Cartagena Portalatín

(1918-1994)

 

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