LA ROSA DE LA FELICIDAD
(A Lola)
En sueños vio cierto mozo de
imaginación vehemente una hermosísima hada, que le deslumbró con su belleza y
habló a su ambición el lenguaje más extraño que jamás escuchara.
-Yo soy la Felicidad; -le dijo- el
móvil de todos los deseos humanos. Sin mí fuera el mundo un desierto sin oasis,
un lago sin tempestades, una noche sin estrellas. El deseo de alcanzarme un
día, una hora, un minuto es la fuente que ha hecho brotar todo lo noble, bello
y generoso que ha engrandecido el corazón del hombre... Por mí nació la Gloria;
el Genio apareció en el planeta porque hubo corazones que me deseaban, y los que
no pudieron esperar la dicha de verme un día sobre la tierra, aun me aguardaron
en el infinito... Surgió la Fe mostrando el cielo y hubo hombres que se
elevaron hasta la perfección, desafiando el martirio y la muerte porque la
Esperanza les habló de mí; ofreciéndoles mis sonrisas, al pie del trono de Dios...
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¡Y cuántos crímenes también he
costado a la mísera humanidad! De siglo en siglo me ha atronado los oídos con
sus clamores, sus rugidos de desesperación y de agonía...
- ¿Y no te ha alcanzado nadie? -se
atrevió a preguntar el atónito mancebo que, arrodillado a sus pies, bebía sus
palabras. - ¿No ha logrado ninguno verte rendida a su fortuna, a su deseo, a su
ambición?
-Sí, -respondió sonriendo la
deidad- alguna rara vez; mas no siempre los que me han perseguido con más
ardor.
-¡Ah, mujer ingrata! -gritó el
mancebo.
-No por mi culpa, interrumpió
ella, con gesto no exento de coquetería. - La culpa es siempre vuestra, que
sois tan ciegos que no me veis, cuando por mi capricho, o accediendo al ruego y
aun a la desesperación me pongo en vuestro camino dispuesta a guiaros a mis
encantados palacios.
-¡Oh! -profirió el mancebo con
alegría.- Si así es, dígnate tenerme compasión, que yo te veré siempre: no soy
tan ciego como los que no han sabido seguirte...
-No me conocerías...
-¿Quién que vio tu rostro, tu
sonrisa, puede olvidarte? ¿Quién que aspiró el perfume de tu ser no te adivina
después?
-Es que soy invisible para los que
están despiertos y solo me dejo ver, un instante, en los sueños de los hijos de
la imaginación.
-¿Es posible que ya no vuelva a
encontrarte? -inquirió desesperado el interlocutor de la Felicidad.- ¿Me
dejarás sumido en el dolor después de haberte mirado?
-Te ofrezco interés y protección,
-contestó solemnemente ella -si adivinas dónde estoy cuando mi capricho me
lleve a tu lado.
-Yo siempre te adivinaré en todas
partes; -se apresuró a decir el mozo-pero, pues eres invisible, concédeme al
menos una señal que me dé la seguridad de saber que estás cerca de mí.
-Mucho exiges; -contestó ella- mas
sabe que te daré esa señal con una condición: la de no ir en tu auxilio más que
dos veces en tu vida: aprovéchate de ellas, que si no, me habrás perdido para
siempre. Estaré, -continuó después de una ligera pausa, -donde veas una rosa
igual a esta -y al decirlo, la Felicidad mostró al mancebo una rosa blanca y
perfumada que arrancó de su corona.
Sonriose maliciosamente nuestro
doncel, después de haber mirado y remirado atentamente la rosa; y la devolvió
haciendo una pirueta de alegría.
-Eres mía, -gritó desde al fondo
de su pecho al ver a la Felicidad alejarse envuelta en su aureola. ¡Siempre
sabré donde estés! Con tan vistosa prueba no puede haber equivocación, es
inútil que seas invisible y misteriosa; y si en vano han corrido en pos de ti
muchos hombres, ciegos, delirantes, yo seré más afortunado, que tengo una base
en que alzar el edificio de mi ambición; tengo por estrella la hermosa flor que
me has mostrado, y donde la encuentre sabré aprisionarte y hacerme señor del
mundo y de la dicha.
Despertose el mancebo, bañada en
sudor la frente y con él despertó en su mente un mundo de quiméricas ilusiones.
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La risueña, hermosa villa que le
había visto nacer, se le antojó mezquina y triste: no cabía en ella desde que
su pecho se hinchaba de esperanzas y deseos.
En busca de aire, luz y expansión,
salió al campo... Allí podría entregarse nuevamente a sus ensueños, volver a
encontrar a la hermosa visión que poco antes le ofreciera su halagadora
sonrisa...
Al revolver un recodo del camino
encontró una gentil muchacha que
al verle se sonrojó intensamente:
era su novia.
A él le pareció inoportuno el
encuentro y quiso proseguir, mas ella le detuvo.
-¿Qué te sucede? -preguntó.- No
pareces el mismo... Tienes un ceño extraño. Me he asustado al verte así...
El contestó, mohíno, sin mirarla:
-Lo que tengo es que pienso en el
porvenir; ya no soy un muchacho.
-¿Qué quieres decir, Dios mío?
-Que me voy -respondió con voz
ronca. -Me voy de aquí.
-¿En busca de la Felicidad?
-preguntó ella. -¿Dónde hallarás la que aquí dejas?
Él la vio bañarse en llanto. Las
lágrimas caían sobre una rosa blanca prendida en su corpiño, y se detenían
entre los pétalos como brilladores diamantes.
Sorprendido el mozo al ver la
flor, la tomó con ímpetu y la examinó un instante. Era igual a la rosa de la
Felicidad.
-¿Dónde has hallado esta flor?
-preguntó temblando.
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-En mi huerto, -contestó ella, -
Estas son las que yo cultivo.
Él se rió muchísimo, con
carcajadas que repetía el eco como una burla lúgubre y sardónica... Reía de sí
mismo.
-¡Cáspita! -se decía. -Donde
quiera que vea una flor he de tomarla por aquella de la señal... Soy un
tonto... Esta flor es de las que esta chiquilla ha cultivado en su huerto, y yo
tantas veces la he ayudado a podar...
Al otro día, cuando apareció el
alba, se hallaba nuestro mancebo en el camino... Se alejaba, huía de su villa en
busca de la Felicidad.
Volvamos a encontrarle en el gran
mundo. Se ha enriquecido... es poderoso. Persiguiendo a la Felicidad ha logrado
atrapar a la Fortuna... Esta deidad le mima, le rodea de favores... pero la
Felicidad... ¡Ay! ¿Acaso la ha vuelto a ver en sus horas de triunfos y
delirios, acaso se ha adormecido una sola hora para soñar que la ve? No; jamás.
La Fortuna es cruel deidad que
exige sacrificios, y él, confundiéndola con la Felicidad, ninguno le
escatimó... Entre sus ruedas dejó la paz de su espíritu, en su fiebre, la salud
de su cuerpo ágil y robusto.
Por alcanzar la soñada Felicidad
llegó hasta el crimen; el torrente devastador de su ambición todo lo arrollaba
y arrastraba en furioso remolino, saltando con estruendo todas las vallas que encontraba.
En medio de tantos delirios, su
corazón parecía muerto; habíale enseñado a no latir para que no se opusiera a
su carrera; y dominado por aquel cerebro de fuego, replegose el sentimiento,
saltaron una a una las cuerdas de la lira divina, y ya no vibró más en ella una
nota de dulzura ni de dolor... El desdichado cerraba las únicas puertas por
donde puede penetrar la Felicidad.
Mas siempre la esperaba. ¡Cuánto
anhelaba que el suave aliento de la diosa refrescara su ardorosa frente, calmando
el torbellino de fuego que abrasaba su ser, que le hiciera sonreír y llorar en
instante de suprema conmoción!
Pero ¡ah!, en vano la aguardaba.
Conocía por sí mismo a la humanidad y la aborrecía... El mundo no puede
conocerse sin riesgo de ser infeliz. El amor fue su juguete. Demasiado ocupado
por su ambición al principio, le miró de frente cuando fue poderoso, cuando ya
no tenía corazón y solo le inspiraba hastío.
¡Qué tristes eran sus horas de
soledad y cansancio, fustigado por el remordimiento!
-Para esto he luchado tanto,
-solía decir- he gastado las potencias de mi alma, el corazón, ¡la juventud!
¡Oh, dónde se oculta la Felicidad, que mi oro no ha logrado comprarla, que mi
afán no ha logrado verla un solo instante!
Quebrantose la salud de nuestro
potentado y la ciencia no halló más remedio para él que la tranquilidad...
¿Dónde hallarla? Cuando creía morir recordó el tranquilo valle en que había
nacido y hacia él encaminó sus pasos.
Llegó una hermosa y fresca mañana
a su villa.
La primera persona que vio al
llegar, fue su antigua novia que palideció de dolor al ver los estragos que las
pasiones habían hecho en el rostro de su amado.
Ella le tendió las manos
gimiendo... Sus lágrimas caían sobre una rosa blanca que llevaba prendida en el
seno...
-Esta flor... -profirió él.
-Es de las que yo cultivo -dijo
ella, ofreciéndola.
Pero no la quiso, rió mucho,
muchísimo, de sí mismo, llamándose niño... El eco repitió sus carcajadas con
burla.
Y volvió al gran mundo y se
quebrantó de nuevo su salud con los excesos, y sintió que se le escapaba la
vida.
Una noche vio en sueños a la
Felicidad. La increpó con imperio por sus engañosas promesas, y ella se rió de
él como había reído el eco.
-¿Acaso no has visto esa rosa dos
veces? -inquirió ella, indignada.
El, entonces, recordó las rosas de
su antigua novia...
-Si-dijo la Felicidad siguiendo su
pensamiento -aquellas eran.
Él despertó del sueño y sin perder
la esperanza se encaminó a su villa otra vez... Tenía prisa; se sentía morir...
Al llegar, preguntó con afán por
la que fue su novia. Inútilmente: la muchacha había muerto la víspera...
Contó, entonces, a los vecinos
compadecidos, la historia de la rosa.
-¿Quieres volver a ver esa flor?
-le preguntó uno. -El rosal que las produce se ha trasplantado al sepulcro de
tu amada y allí florece...
-Es inútil-respondió el moribundo.
– La flor de la Felicidad solo se halla sobre el corazón de la mujer que nos
ama.
Virginia
Elena Ortea
(1866-1903)
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