sábado, 25 de abril de 2026

LA ROSA DE LA FELICIDAD - Virginia Elena Ortea

 

LA ROSA DE LA FELICIDAD

 (A Lola)

 

En sueños vio cierto mozo de imaginación vehemente una hermosísima hada, que le deslumbró con su belleza y habló a su ambición el lenguaje más extraño que jamás escuchara.

 

-Yo soy la Felicidad; -le dijo- el móvil de todos los deseos humanos. Sin mí fuera el mundo un desierto sin oasis, un lago sin tempestades, una noche sin estrellas. El deseo de alcanzarme un día, una hora, un minuto es la fuente que ha hecho brotar todo lo noble, bello y generoso que ha engrandecido el corazón del hombre... Por mí nació la Gloria; el Genio apareció en el planeta porque hubo corazones que me deseaban, y los que no pudieron esperar la dicha de verme un día sobre la tierra, aun me aguardaron en el infinito... Surgió la Fe mostrando el cielo y hubo hombres que se elevaron hasta la perfección, desafiando el martirio y la muerte porque la Esperanza les habló de mí; ofreciéndoles mis sonrisas, al pie del trono de Dios...

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¡Y cuántos crímenes también he costado a la mísera humanidad! De siglo en siglo me ha atronado los oídos con sus clamores, sus rugidos de desesperación y de agonía...

 

- ¿Y no te ha alcanzado nadie? -se atrevió a preguntar el atónito mancebo que, arrodillado a sus pies, bebía sus palabras. - ¿No ha logrado ninguno verte rendida a su fortuna, a su deseo, a su ambición?

 

-Sí, -respondió sonriendo la deidad- alguna rara vez; mas no siempre los que me han perseguido con más ardor.

 

-¡Ah, mujer ingrata! -gritó el mancebo.

 

-No por mi culpa, interrumpió ella, con gesto no exento de coquetería. - La culpa es siempre vuestra, que sois tan ciegos que no me veis, cuando por mi capricho, o accediendo al ruego y aun a la desesperación me pongo en vuestro camino dispuesta a guiaros a mis encantados palacios.

 

-¡Oh! -profirió el mancebo con alegría.- Si así es, dígnate tenerme compasión, que yo te veré siempre: no soy tan ciego como los que no han sabido seguirte...

 

-No me conocerías...

 

-¿Quién que vio tu rostro, tu sonrisa, puede olvidarte? ¿Quién que aspiró el perfume de tu ser no te adivina después?

 

-Es que soy invisible para los que están despiertos y solo me dejo ver, un instante, en los sueños de los hijos de la imaginación.

 

-¿Es posible que ya no vuelva a encontrarte? -inquirió desesperado el interlocutor de la Felicidad.- ¿Me dejarás sumido en el dolor después de haberte mirado?

 

-Te ofrezco interés y protección, -contestó solemnemente ella -si adivinas dónde estoy cuando mi capricho me lleve a tu lado.

 

-Yo siempre te adivinaré en todas partes; -se apresuró a decir el mozo-pero, pues eres invisible, concédeme al menos una señal que me dé la seguridad de saber que estás cerca de mí.

 

-Mucho exiges; -contestó ella- mas sabe que te daré esa señal con una condición: la de no ir en tu auxilio más que dos veces en tu vida: aprovéchate de ellas, que si no, me habrás perdido para siempre. Estaré, -continuó después de una ligera pausa, -donde veas una rosa igual a esta -y al decirlo, la Felicidad mostró al mancebo una rosa blanca y perfumada que arrancó de su corona.

 

Sonriose maliciosamente nuestro doncel, después de haber mirado y remirado atentamente la rosa; y la devolvió haciendo una pirueta de alegría.

 

-Eres mía, -gritó desde al fondo de su pecho al ver a la Felicidad alejarse envuelta en su aureola. ¡Siempre sabré donde estés! Con tan vistosa prueba no puede haber equivocación, es inútil que seas invisible y misteriosa; y si en vano han corrido en pos de ti muchos hombres, ciegos, delirantes, yo seré más afortunado, que tengo una base en que alzar el edificio de mi ambición; tengo por estrella la hermosa flor que me has mostrado, y donde la encuentre sabré aprisionarte y hacerme señor del mundo y de la dicha.

 

Despertose el mancebo, bañada en sudor la frente y con él despertó en su mente un mundo de quiméricas ilusiones.

 

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La risueña, hermosa villa que le había visto nacer, se le antojó mezquina y triste: no cabía en ella desde que su pecho se hinchaba de esperanzas y deseos.

 

En busca de aire, luz y expansión, salió al campo... Allí podría entregarse nuevamente a sus ensueños, volver a encontrar a la hermosa visión que poco antes le ofreciera su halagadora sonrisa...

 

Al revolver un recodo del camino encontró una gentil muchacha que

al verle se sonrojó intensamente: era su novia.

 

A él le pareció inoportuno el encuentro y quiso proseguir, mas ella le detuvo.

 

-¿Qué te sucede? -preguntó.- No pareces el mismo... Tienes un ceño extraño. Me he asustado al verte así...

El contestó, mohíno, sin mirarla:

 

-Lo que tengo es que pienso en el porvenir; ya no soy un muchacho.

 

-¿Qué quieres decir, Dios mío?

 

-Que me voy -respondió con voz ronca. -Me voy de aquí.

 

-¿En busca de la Felicidad? -preguntó ella. -¿Dónde hallarás la que aquí dejas?

 

Él la vio bañarse en llanto. Las lágrimas caían sobre una rosa blanca prendida en su corpiño, y se detenían entre los pétalos como brilladores diamantes.

 

Sorprendido el mozo al ver la flor, la tomó con ímpetu y la examinó un instante. Era igual a la rosa de la Felicidad.

 

-¿Dónde has hallado esta flor? -preguntó temblando.

 

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-En mi huerto, -contestó ella, - Estas son las que yo cultivo.

 

Él se rió muchísimo, con carcajadas que repetía el eco como una burla lúgubre y sardónica... Reía de sí mismo.

 

-¡Cáspita! -se decía. -Donde quiera que vea una flor he de tomarla por aquella de la señal... Soy un tonto... Esta flor es de las que esta chiquilla ha cultivado en su huerto, y yo tantas veces la he ayudado a podar...

 

Al otro día, cuando apareció el alba, se hallaba nuestro mancebo en el camino... Se alejaba, huía de su villa en busca de la Felicidad.

 

Volvamos a encontrarle en el gran mundo. Se ha enriquecido... es poderoso. Persiguiendo a la Felicidad ha logrado atrapar a la Fortuna... Esta deidad le mima, le rodea de favores... pero la Felicidad... ¡Ay! ¿Acaso la ha vuelto a ver en sus horas de triunfos y delirios, acaso se ha adormecido una sola hora para soñar que la ve? No; jamás.

 

La Fortuna es cruel deidad que exige sacrificios, y él, confundiéndola con la Felicidad, ninguno le escatimó... Entre sus ruedas dejó la paz de su espíritu, en su fiebre, la salud de su cuerpo ágil y robusto.

 

Por alcanzar la soñada Felicidad llegó hasta el crimen; el torrente devastador de su ambición todo lo arrollaba y arrastraba en furioso remolino, saltando con estruendo todas las vallas que encontraba.

 

En medio de tantos delirios, su corazón parecía muerto; habíale enseñado a no latir para que no se opusiera a su carrera; y dominado por aquel cerebro de fuego, replegose el sentimiento, saltaron una a una las cuerdas de la lira divina, y ya no vibró más en ella una nota de dulzura ni de dolor... El desdichado cerraba las únicas puertas por donde puede penetrar la Felicidad.

 

Mas siempre la esperaba. ¡Cuánto anhelaba que el suave aliento de la diosa refrescara su ardorosa frente, calmando el torbellino de fuego que abrasaba su ser, que le hiciera sonreír y llorar en instante de suprema conmoción!

 

Pero ¡ah!, en vano la aguardaba. Conocía por sí mismo a la humanidad y la aborrecía... El mundo no puede conocerse sin riesgo de ser infeliz. El amor fue su juguete. Demasiado ocupado por su ambición al principio, le miró de frente cuando fue poderoso, cuando ya no tenía corazón y solo le inspiraba hastío.

 

¡Qué tristes eran sus horas de soledad y cansancio, fustigado por el remordimiento!

 

-Para esto he luchado tanto, -solía decir- he gastado las potencias de mi alma, el corazón, ¡la juventud! ¡Oh, dónde se oculta la Felicidad, que mi oro no ha logrado comprarla, que mi afán no ha logrado verla un solo instante!

 

Quebrantose la salud de nuestro potentado y la ciencia no halló más remedio para él que la tranquilidad... ¿Dónde hallarla? Cuando creía morir recordó el tranquilo valle en que había nacido y hacia él encaminó sus pasos.

 

Llegó una hermosa y fresca mañana a su villa.

 

La primera persona que vio al llegar, fue su antigua novia que palideció de dolor al ver los estragos que las pasiones habían hecho en el rostro de su amado.

 

Ella le tendió las manos gimiendo... Sus lágrimas caían sobre una rosa blanca que llevaba prendida en el seno...

 

-Esta flor... -profirió él.

 

-Es de las que yo cultivo -dijo ella, ofreciéndola.

 

Pero no la quiso, rió mucho, muchísimo, de sí mismo, llamándose niño... El eco repitió sus carcajadas con burla.

 

Y volvió al gran mundo y se quebrantó de nuevo su salud con los excesos, y sintió que se le escapaba la vida.

 

Una noche vio en sueños a la Felicidad. La increpó con imperio por sus engañosas promesas, y ella se rió de él como había reído el eco.

 

-¿Acaso no has visto esa rosa dos veces? -inquirió ella, indignada.

 

El, entonces, recordó las rosas de su antigua novia...

 

-Si-dijo la Felicidad siguiendo su pensamiento -aquellas eran.

 

Él despertó del sueño y sin perder la esperanza se encaminó a su villa otra vez... Tenía prisa; se sentía morir...

 

Al llegar, preguntó con afán por la que fue su novia. Inútilmente: la muchacha había muerto la víspera...

 

Contó, entonces, a los vecinos compadecidos, la historia de la rosa.

 

-¿Quieres volver a ver esa flor? -le preguntó uno. -El rosal que las produce se ha trasplantado al sepulcro de tu amada y allí florece...

 

-Es inútil-respondió el moribundo. – La flor de la Felicidad solo se halla sobre el corazón de la mujer que nos ama.

 

Virginia Elena Ortea

(1866-1903)

 

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