Un alumno llamado Cristo Rey
Impartía Letras 011 en la Universidad Autónoma de Santo
Domingo, allá en la década de 1970. El primer día que entré a un aula enorme
con cerca de 50 estudiantes, todos hablaban y reían parados en grupos. Yo, como
muchos decían, parecía una "monja altagraciana", porque aunque me
vestía de civil, prefería faldas largas y no usaba cosméticos.
Recuerdo que, pretendiendo dar una clase interesante, llevé
mi ejemplar del Diccionario de la Real Academia Española, que pesaba más que "un
matrimonio obligado" y cuando entré al aula nadie me miró.
Armada de paciencia, lo que no es propio de mí, caminé hacia
un escritorio desvencijado de latón oxidado y me paré detrás del mismo. ¡Nada!
Todos seguían hablando y ni se volteaban. Entonces, sin pensarlo, alcé el
diccionario y lo tiré contra el tope del escritorio haciendo un ruido que calló
a todo el mundo. Cuando voltearon las caras y vieron mi rostro enfurecido se
fueron a sus puestos lentamente, con la boca cerrada.
Yo pensé, "30 años de cultura trujillista autoritaria
no se borran de un plumazo; voy a tener que presionar".
No abrí la boca hasta que el silencio fue total y entonces
dije en un tono que casi no se oía: -A partir de hoy todos están quemados,
veremos quién logra pasar la materia.
Aunque me cogieron antipatía y me pusieron apodos, la clase
comenzó a desenvolverse de manera aceptable. La técnica que más me ayudó para mantenerlos
interesados fue una especie de juego donde les decía las reglas como no eran, a
ver si eran capaces de darse cuenta que no estaban correctas. Se las decía
rápido cambiando de un alumno a otro, y me bautizaron "alta tensión".
A la segunda semana de clases y con los alumnos callados y
atentos, acababa de sonar el timbre cuando entró casi corriendo un muchacho
alto, oscuro, con un afro naturalmente rojizo, camisa con pocos botones que
dejaba ver el pecho y unos pantalones desvencijados. Pero lo que más me impactó
fueron sus ojos angustiados, como si poder llegar a la clase fuera el motivo de
su existir.
Inmediatamente se armó una voceadera ¡Sáquelo! ¡Sáquelo!
Mientras yo hacía señas de que se calmaran. Cuando al fin lo hicieron, uno que
otro gritaba: ¡Ese es un tíguere que no viene a clases, no permita que se
quede! El muchacho me miraba y miraba a sus compañeros como un animal acorralado.
Respiré hondo y le dije: -Bachiller, acérquese-. Vino
rápido. ¿Cuál es su nombre?-. Con voz segura me contestó: -Cristo Rey.
Inmediatamente y llena de dudas busqué en la lista interminable de los
inscritos y efectivamente apareció su nombre. Entonces le dije. -Siéntese
delante y a partir de hoy ese va a ser su lugar. Disimuladamente le pasé mi
libreta de apuntes y mi bolígrafo pues no tenía nada, y me sorprendí al ver que
trataba de escribir todo lo que yo decía.
A la salida le recomendé que tratara de asistir a clases con
una camisa que tuviera botones. A la mañana siguiente llegó con su ropa pobre,
pero limpia y el pajón húmedo peinado hacia atrás.
Ese día tocaba pruebín, al levantar el paquetón de papeles
para distribuirlos, lo vi muy atento, mirándome. Entonces le dije: -Cristo Rey,
reparta los pruebines. A partir de hoy usted será mi ayudante.
Tembloroso, cogió los papeles y de manera ordenada los fue
distribuyendo mientras sus compañeros lo miraban y guardaban silencio.
Desde entonces llegaba el primero y me preguntaba lo que no
entendía, así que fue subiendo las notas y al terminar el curso quedó entre los
mejores.
Cada vez que recuerdo su imagen, pido a Dios que su buen
comportamiento y su gran esfuerzo lo hayan llevado a ser un hombre de bien, y
confieso que si yo fui un instrumento para que él se integrara a un camino de
superación, él también lo fue, para que yo confirmara que impartir clases es la
mejor oportunidad para conocer a seres extraordinarios, como mi siempre
recordado alumno Cristo Rey.
Jeannete
Miller
(1944-Actual)
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