lunes, 20 de abril de 2026

Guanuma - Néstor Varo

 Guanuma

 

 

 

El llano verdeante está frente a los altos piramidales de Guanuma. Entre los cerros el camino alargado hasta perderse a la vista es sitio frecuente de "propios y recueros" que pasan cantando bajo espléndida luna o abrasados por el sol de fuego que hacia el mediodía se prodiga en los lugares. Es camino con historias. Unas recostadas sobre la habladuría de los compadres y otras inverosímiles y crueles, aferradas a la noche del viajante con luciérnagas y duendes que espantan el silencio.

 

Badalillo es solamente un manso hilo de agua que sesea en el llano antes de hundir la cola en Charcambrienta, celosa laguna con la pupila de aguas azulosas y el fondo lleno de fango asesino.

 

Los lugareños de los altos piramidales de Guanuma bajan al llano por el afán y las urgencias. En cada rezongo del potro cansado se agrietan, al igual que en un ladrillo machacado, la esperanza y el querer vivir mejor de los hombres que trabajan la tierra alta de Guanuma.

 

Pero después de todo, con afán y con urgencias, el llano del frente es verdeante y por él, antes de perderse entre las lomas, pasa el Pancho Valera mentao, macho sin entrega y sin lunares, varón de la madrugada y de los amaneceres; con una sonrisa para todos los días y un alegre cancionero en la mochila.

¿Quién es el Pancho Valera mentao?, parecen preguntar los truenos que resuenan a lo largo del cielo de Guanuma. ¿Será uno de esos que detienen aguaceros con cruces de cenizas y señales de oración, o será un "parejero" con sombrero de cana que hace sonar las espuelas al pasar ante los ojos de una mujer?

 

Más que al trueno los lugareños le temen al rayo que no da tiempo a morir con oración. El Pancho Valera mentao ha visto morir a su lado a "propios y recueros" fulminados por los rayos que le temen a él, que tiene arreglos con el "socio" y viaja en la noche con la sonrisa de siempre y el cancionero madrugador.

–O–

Sol muy alto el de esta tarde. Supremo vigilante del Alto de Guanuma. La voz del "socio" se anuncia en un trueno lejano que cruza veloz por todo el cielo asustando las nubes. Con el favor del sol la figura de un jinete comienza a escalar el alto. Detrás de la sombra rueda discreto un inmodesto cantar:

Pancho Valera es mentao

En el Alto de Guanuma;

No le importan pareceres,

Ni come en plato prestao.

Su sonrisa es de caimito

Y el maldito es bien plantao;

Usa sombrero de cana

y espolines plateaos...

 

El caballo conoce el terreno que pisa y parece que cuenta las piedras del camino. Se sabe bien enjaezado y ya quisiera soldar su figura de bronce animado a la de su erguido jinete, que va siendo legendaria.

 

Frente al rancho de Ceferino Constanzo un relincho sugiere la presencia de la hembra esclavizada al cabestro. La brida se estira junto al cuello de la bestia y sangra la boca de donde partió el relincho. El Pancho Valera mentao palidece antes de musitar respetuoso:

– Buenos días, Don Cefe.

Para oír solamente, un seco:

– Buenos días, Valera.

 

Estampa fuerte ésta del encuentro del Pancho Valera con Ceferino Constanzo. Lejos de parecer contrito respetuoso, Ceferino Constanzo es altivo y clava su mirada de fiera en el hombre que tiene arreglos con el "socio" y llama Relámpago a su caballo. Pálido hasta parecer febril, el Pancho Valera hunde sus espuelas en los ijares del caballo y se aleja, dejando a su espalda un hálito de misterio que se acuna en el silencio. En el silencio ilímite del Alto Guanuma.

 

En el alto, apenas si hablan los lugareños. El sol acabará muy pronto su tarea y luego vendrá la noche. Sobre los árboles caerá un rosario de avemarías y todos los vecinos se persignarán y pedirán clemencia a las ánimas. El camino quedará borrado durante toda la noche y abrirá sus precipicios a la voluntad de los duendes. En el pico de Santa María la lechuza dirá su deseo y, en el instante, en el "casi ya" de los vecinos, se oirá un grito largo, adolorido, proferido por los difuntos.

 

¿Quién anda en la noche en el alto de Guanuma? Sólo el Pancho Valera mentao es capaz de recorrer todo el lugar, porque es amigo del "socio" y le tiene el alma vendida a por unos cuantos placeres; sólo él con un farol pintado de rojo, irá cuesta arriba y cuesta abajo con los ojos desorbitados como le gustan al "socio"; sólo él es capaz de asomarse a los caminos en las noches largas del Alto de Guanuma.

 

Los vecinos imploran al sueño que les haga olvidar las historias llenas de duendes que recorren todos los caminos. Si ocurre algo, que sea con Valera, el varón del sitio, el de los espolines de plata y el sombrero grande de cana.

 

– El padre de todos los cuentos es el mismo Valera – informa una voz en el rancho que está frente al pico de Santa María.

 

–  No diga eso, Don Cefe – contesta alguien desde un rincón cuajado de sombra espesa.

 

–  El Valera es hombre de cuidado. Tiene las mismas cosas de Badalillo, coquetea y coquetea, y si uno le coge confianza lo empuja pa' la laguna. Yo recuerdo el lance que tuvo en Mata María con el Negro Trinidad. Los dos dizque eran buenos amigos, y hasta bebían tragos de la misma botella; pero vino la mala -el "no te mereces mis atenciones", el tú o yo en este sitio- y cuando el Negro Trinidad quiso aclarar el punto, ya tenía el acero en la barriga y los cuajarones de sangre le cerraban la garganta. Después... se vido al Pancho Valera, que entonces no era mentao, secar el cuchillo con el pañuelo, treparse al caballo impaciente y seguir sin rumbo como un pedazo del viento.

 

–  Esos cuentos los ha inventao él pa'cogerse el sitio, observen que cuando me mira se pone pálido. Pa'pleitos yo no tengo agallas, pero a este hombre no le temo – replica con bríos Ceferino Constanzo.

 

– Pues a mí... que me reviente la rueda de una carreta en el camino o me parta un rayo en el conuco, pero eso de tener líos con un amigo del "socio" y quedarse uno sin una tumba en el cementerio no me parece negocio. La otra noche lo vieron hablando con el "socio" y cuando se dio cuenta de que lo miraban hizo una señal y donde él estaba parao lo que encontraron fue candela -comenta con lengua temblorosa Simeón, el higüeyano.

 

– A Ceferino Constanzo no le venden esa. Pa'mí tó lo que se dice de él es mentira. Si está condenao con el "socio" cuando menos a mí me respeta.

–O–

Amanecer distinto éste del Alto de Guanuma. Desde los cielos, luceros semiapagados miran hacia el camino irregular que se pierde entre los altos piramidales.

 

Las gotas de rocío dormidas sobre las hojas de los árboles ven pasar a los recueros recién salidos del sueño de la madrugada.

 

A lo largo del camino el silencio es divisa. Imposible pregonar la última ocurrencia. Todos los lugareños van contritos y azorados hasta donde lo exige el menester. La noche estuvo cuajada de sombras espesas y los perros aullaron como nunca. A medianoche se oyó en el sitio el galopar de un caballo magnífico y un grito prolongado, agorero.

 

Lentamente bajan del Alto de Guanuma hombres urgencias. En el decir, lleno de miedo, baja con ellos la que buscan en el favor del camino la satisfacción de las

última ocurrencia:

– El Pancho Valera mentao ya no vive en el Alto de Guanuma. ¡Se lo llevó el diablo!

 

Sobre el llano verdeante el viento silba un inmodesto cantar:

No come en plato de naide,

Y el maldito es bien plantao;

Usa sombrero de cana

Y espolines plateaos.

 

Néstor Caro

(1917-1983)

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