lunes, 22 de junio de 2026

CRÓNICA PUERTOPLATEÑA - Virginia Elena Ortea

 

I

Acabo de conocer, mis queridas lectoras, al protagonista de aquel trágico drama acaecido en la plaza principal de la villa de Moca en los últimos del mes de mayo próximo pasado; drama que conmovió profundamente a la sociedad dominicana, absorta ante el cadáver de la hermosa Emilia Michel, pobre niña cuyo pecho destrozado regó con sangre las flores que le sirvieron de poético lecho por un instante, al caer sin vida, muerta por las manos de un amante desesperadamente celoso.

 

Le acabo de conocer a él... He ido a visitarle a su prisión acompañando a la hermana del desdichado joven, atribulada muchacha que en los umbrales de la vida aún, y bien necesitada de consuelos, ha dejado su hogar para venir a darlos con su presencia, su simpatía y sus lágrimas a quien tanto necesita de la santa caridad del espíritu: la compasión.

 

Es él un adolescente - no ha cumplido veinte años – en cuya faz que aún tiene el brillo y hermoso sonrosado de la infancia, no hallará de seguro el más observador un solo rasgo que denuncie la imprudencia y dureza del perverso, ni la solapada expresión del hipócrita.

 

La frente del joven Lara no tiene depresión alguna que pueda hacerla repulsiva; es francamente despejada y su negrísimo cabello cae con naturalidad sobre ella sin ocultarla; entre sus ondas se destacan ya algunas hebras blancas, "nacidas" -me dijo al observarlo yo- "desde que estoy en la cárcel."

 

Sus facciones son correctas; apenas le asoma un ligerísimo bozo, y una barbilla alfonsina, que le ha nacido también en la prisión, empieza a sombrear y dar expresión varonil a su aniñado rostro. Sus ojos, grandes y brillantes, no miran con la malicia del astuto ni tienen la vaguedad del criminal; solo vi en ellos una tristeza profunda y mucha luz al animarse hablando del desgraciado suceso, luz que brillaba húmeda por reprimidas lágrimas, cuantas veces nombré a su malograda novia.

 

La primera impresión que sentí al verle fue sorpresa. Yo esperaba encontrar un hombre, y hallé un niño; pensé oír palabras de firmeza, cuando no el alardeo de carácter intransigente, propio del hombre capaz de llevar a cabo una acción violenta y reprochable; creí que el preso rehuiría el tratar del penoso asunto, y de tocarle había de defenderse acusando, como hace todo el que obra mal y confía su defensa al mal juicio que haya de levantar sobre el contrario. ¡Qué sé yo! Estaba tan predispuesta que, al llegar a las puertas de la prisión, mi pecho latía furiosamente, y temí cometer - llevada de mi carácter impresionable y la aversión que me inspira toda injusticia y mezquindad - una indiscreción a la primera palabra inconveniente del joven.

 

Pero no: el pobre muchacho apenas me vio, casi sin preámbulos, como quien se expansiona con anhelo, me dijo que deseaba conocerme y hablarme de esa desgracia; que yo le podía entender y juzgar y darle mi opinión. Preguntome qué juicio había yo formado de él.

 

No pude menos de sonreír con pena ante esta sinceridad efusiva y contestarle que le consideraba un niño desgraciado.

 

Entonces me contó sus amores, tan trágicamente truncados. Recuerda los detalles con amargo placer. No atina a hablar de otra cosa; su pensamiento está fijo en esos recuerdos que evoca sin cesar.

 

Piensa en su amada cual si viviera aún; el delirio de ese amor vehemente no ha cesado. No siente remordimiento porque no sabe cómo pasó todo aquello, de qué tan lejana estaba apasionado y su mente un momento antes, y todavía le parece mentira. siente dolor, dolor inconsolable de haberla perdido.

 

-Sobre el pecho tenía una rosa que yo le había dado esa tarde -dijo- y yo tenía una blanca, regalo de ella. ¿Cómo he podido hacerle daño, si la menor contrariedad o pesar que ella sufría era doblemente sentido por mí, que la amaba más que a mí mismo?

 

Y no solo la quería, la quiere. Para él vive ella. Tiene su alma, para amarla, esa tenacidad que ni la muerte desprende, que solo puede existir en los grandes amores, y nunca en cualquier corazón. El asegura que en sus sueños la oye llamarle con cariño y él despierta para gemir: "llévame, llévame!" Y ella le dice que sí, y él confía en que no le tiene rencor, y que vela por él.

 

Conmovida ante la grandeza de este dolor quise hallar palabras de consuelo. Aquella relación sin artificio, que brotaba con la espontánea elocuencia de la sinceridad y el sentimiento, me arrobaba. La hermana del joven, presente a la entrevista, lloraba silenciosamente y yo rebuscaba en mi imaginación las frases que pudieran servir de lenitivo en tan inmensa pena, sintiéndome incapaz de consolarla.

 

Recordé la misericordia de Dios y las esperanzas que ofrece. En su nombre, le dije, había de esforzarse en obtener la calma necesaria en el amargo trance. Los grandes dolores de la vida parecen una prueba para acercarnos a Él. Cuando todas las ilusiones del mundo nos faltan, Él nos queda; y El solo puede ver con justicia el fondo de las almas y juzgarlas según sus intenciones.

 

El joven preso espera y confía en Dios; pero su mayor deseo es que Él le conceda unirse a la que ama. He tenido que reñirle como a un niño, alarmada ante el peligroso delirio.

 

Le he hecho presente cuánto puede aguardar del porvenir quien posee el hermoso don de la juventud y ha despertado tan prematuramente a la experiencia por medio del dolor; el dolor que es fuente del bien, la bondad, la compasión y la grandeza de espíritu.

 

Después de calmado, mi joven amigo ha vuelto a reanudar su narración.

 

Copio recordando con exactitud sus palabras, segura de que mis lectores las acogerán con interés. Una historia de amor desgraciado tiene singular atractivo, aun para los oídos menos acostumbrados a escuchar exquisiteces y para los corazones más suspicaces y fríos ante las hermosas manifestaciones del alma: porque la ternura es flor de sutilísimo perfume que embalsama hasta el pie del ciego que se posa sobre ella, con ánimo de destrozarla.

 

-Yo la quería desde que éramos niños-dijo- y desde entonces no ha habido paz para mi corazón. Mi carácter exaltado y vehemente, excitado por sus desdenes, hizo de los primeros tiempos de mi juventud un penoso martirio.

 

-He comprendido, efectivamente -le interrumpí- que es usted excesivamente apasionado, y de genio irreflexivo.

 

-Y es verdad-replicó. - Para todo tengo una actividad febril y el impulso de mi corazón me arrastra de tal modo, que jamás me ha dado tiempo a pensar lo que hago. No sé cuántas veces he puesto mi vida en peligro con imprudencias en que no he puesto atención... Mis amigos por casualidad han podido librarme del suicidio, cuya idea, en momentos de arrebato desgraciado, me ha sugerido, y no ha sido llevada a cabo sin la menor reflexión, por la intervención oportuna que me ha salvado. Esto es una desdicha, pero ¿cómo remediarla, si el carácter parece ser parte de nosotros mismos, y creemos tan imposible su dominio?

 

-La experiencia, acaso-dije, - y el dolor de la falta a que nos arrastró, sea su único remedio.

 

-Pero ese remedio suele llegar tarde, -contestó melancólico él-demasiado tarde... Continúo. Cuando al fin logré ser aceptado por la mujer amada, mi felicidad no tuvo ejemplo; nadie ha podido dar mayores pruebas de amor. Comprometido ya, y satisfecho, todo me parecía poco para hacer sentir a mi adorada la intensidad de mi cariño. Recuerdo que por entonces estuvo ella ausente de mí un mes que pasó en La Vega; pues en ese corto tiempo, además de escribirle diariamente y haberle puesto más de veinte telegramas, estuve a verla ocho veces.

 

Mis celos, grandes como mi amor, con él vivían en perpetua lucha. Una mirada de ella para otro, una palabra, eran un choque eléctrico terrible en todo mi ser, que me ponía al borde de la desesperación; pero si la veía, cuando más quejoso estaba, con una expresión de cariño me desarmaba, a tal punto, que todo lo olvidaba como por encanto, para embriagarme en la loca felicidad que sentía renacer.

 

II

 

-¿Y sabía ella, -inquirí- el ascendiente que tenía sobre usted?

 

-Lo sabía, estaba segura de él; conocía tan bien mi debilidad como la desesperación en que me sumían sus geniadas. ¡Que si sabía lo bien querida que era! En cierta ocasión me aconsejó un amigo, como remedio seguro para atraer la sumisión de la mujer amada, el fingimiento de una indiferencia sistemática y aun excitar sus celos haciéndome amar de otra. Esto pasaba antes de nuestro compromiso. Mi primera tentativa de indiferencia la hice poniéndome en viaje hacia un pueblo vecino, al amanecer de un día en que se celebraba una fiesta en el nuestro.

 

Ella supo que me ausentaba y dijo a sus amigas con esa firmeza de seguridad que solo puede tener la mujer que se siente amada, como lo era ella, que iría a misa, lo más hermosa que pudiera, convencida de que yo había de verla antes de que terminara la mañana. Efectivamente, una hora, lo más, llevaba de camino, cuando arrepentido del viaje, y no pudiendo resistir aquella contrariedad que yo mismo me impusiera, resolví volver grupas, arrostrando las rechiflas de mis compañeros, y corrí hacia Moca devorando distancias con loco afán, y llegué a la plaza a tiempo que ella desde la iglesia me señalara a sus amigas... Yo era incapaz de ausentarme de Millo(*) voluntaria mente por un solo día.

 

En otra ocasión, vi su expresivo semblante lleno de asombro y contrariedad en momentos en que, con ideas de despertar sus celos, galanteaba yo a otra muchacha. Siendo esta mi intención, debí sentirme satisfecho de mi bella obra, y más, si con ello lograba despertar el ansiado interés de mi amada; pero no, yo la quería con tal ternura que el pensamiento de que ella pudiera sufrir un solo instante la tortura de los celos, me hizo perder la cabeza; sentí aguda pena, mil veces mayor que la que ella sintiera y las que yo había sentido por mí mismo, y desfalleciendo de emoción y arrepentimiento no me humillé a decirle toda la verdad, gracias a un esfuerzo de la voluntad que me dejó casi enfermo de desaliento.

 

-Ese es amor, verdadero amor, -interrumpí, y sorprendida de tan delicado sentimiento, casi a pesar mío exclamé: -Y pudo usted herir ese pecho que guardaba el deseado corazón! ¡Pudo usted hacer ese daño!

 

-No salgo de mi sorpresa de haber podido hacerlo-respondió tan contristado, que me arrepentí de mis palabras; - pero tenga en cuenta la rapidez del hecho y la locura que envolvió mi cerebro en un torbellino de fuego... Yo no me pertenecí en aquel momento. Si algún obstáculo me hubiera detenido un instante en aquella hora fatal, si me dirige ella una mirada de reproche, si llego a tocarla antes, y ella expresa dolor, ¿cuánto iba a poder herirla, yo, que sentía con tal intensidad la pena más insignificante que ella sufriera, y para quien una queja de esa mujer adorada era una herida que me desgarraba el corazón? Sí, yo que no tuve nunca valor para hacerla llorar, lo tuve para hacerla morir... Eso sí, una sola vez sufrió; antes jamás le hice agravio ni le causé pena voluntariamente.

 

Miré con curiosidad, al oír estas palabras, el rostro juvenil del preso, impregnado de tristeza y congoja. Su expresión era la de la sinceridad: no tiene arte para decir lo que desea, ni sabe hacer bonitas frases; se inspira en sí mismo y habla lo que siente con esa facilidad- casi elocuencia - que solo tiene el que se apasiona sin trabas, y con el anhelo que da el afán que sentimos de desahogar las penas que nos afligen. El dolor es gran maestro de filosofía, y el corazón que le siente en toda su magnífica solemnidad, no sabrá ser perverso, no, y es capaz de elevarse en sus alas a la mayor altura a que podemos aspirar desde la profunda miseria que es la vida. Hijas del dolor son las más hermosas páginas de la historia de la humanidad.

 

- ¿Y es cierto, -pregunté yo a mi pesar, queriendo saber toda la verdad de esta triste relación, - es cierto que la había amenazado usted muchas veces con la muerte?

 

-No, no lo creo, se lo aseguro a usted, -me apresuré a decir.

 

-Mas, sin tener la intención, ¿quién, con verdadero despecho, ha medido sus palabras? La calma fría y pensadora no es atributo de la pasión, los arrebatos de la locura están a espaldas del amor aguijoneado, siempre, como está la sombra tras el cuerpo que da el frente a la luz, y cuando quien habla se inspira en esa impaciencia efervescente: ¿acaso será dueño de sus palabras quien apenas es dueño del cuerpo que tiembla como una hoja a la presencia del ser amado, cual dice usted que le ha pasado tantas veces? Después de conocerle, después de oírle, no creo que pudiese premeditar la horrible catástrofe; no, mas no extrañaría que su corazón vehemente se desbordara en imprudentes frases: el que sabe amar como usted, no sabe meditar; el cálculo es privilegio de la falta de sentimiento. En estos casos, los arrebatos más brutales son verdaderas pruebas de amor, que nunca estarán al alcance de las almas frías y egoístas.

 

-Es verdad, es verdad, -repitió el joven como si mis palabras respondieran a su propio pensamiento, -y recuerdo que, en el calor de nuestras discusiones, cuando estaba celoso, bien hice presente a Millo que yo mismo no sabía qué alcance podía tener la situación desesperante en que me colocaba si no atendía a mis razones y súplicas, pensando en la probabilidad que había de que ocurriera una desgracia, sí, la de que un momento de locura me arrastrara al suicidio a que ya había atentado otras veces... Nunca creí que llegara a ser tan horrible el desenlace.

 

Después de un breve instante de silencio el preso continuó.

 

-Nuestras relaciones duraron poco; no había paz entre su carácter travieso y despreocupado de muchacha mimada y bonita, y mi amor, exigente y profundo. Una trivialidad les puso término; un arrebato de mis celos, y una tranquila y desesperan-

te indiferencia por parte de ella.

 

Entonces hice lo que hacen todos: me lancé, para llenar el vacío doloroso que en mi alma dejaba el rompimiento, a toda clase de aventuras. Ella había salido de Moca a raíz del disgusto, y su ausencia se unió a la pena que me devoraba para hacerla más insufrible. En vano buscaba olvido en otros amores, al corazón no se engaña, y el falso amor del despecho que se busca para entretenerle, es peligroso calmante que apenas le adormece, para empujarle con nuevos bríos y más pujante delirio, en pos del verdadero objeto de su ternura.

 

Yo no tuve valor para resistir largo tiempo fingiendo indiferencia, y llegó a ser tal la pena que me consumía, que poco tardé en convencerme de lo inútil que era la tortura de procurar un olvido que jamás conseguiría, y en tratar de rehacer el lazo de que parecía depender mi vida.

 

III

 

No puedo continuar la relación empezada, sin enviar antes mis más expresivas gracias a las personas que han tenido la bondad de escribirme desde esa Capital, mostrándose interesadas por mi crónica, y felicitándome por ella.

 

Particularmente, a la dulce amiguita que dice haber derramado sus puras lágrimas leyéndola; lágrimas que me enorgullecen, aunque bien sé que no soy quien las ha hecho correr, sino la delicadísima sensibilidad de su corazón, que naturalmente se conmueve ante la catástrofe de una vida inocente truncada por la fatalidad, y de otra vida más desdichada aún, en que anidará eterno el desconsuelo de tan irremediable des-

gracia.

 

Fuente de profunda enseñanza es esta historia novelesca. Ella nos muestra cómo nunca sabremos hasta dónde pueden arrastrar las pasiones fustigadas. Las imprudencias propias y ajenas, mezclándose en el sencillo idilio para convertirle en trágico drama, que a la vez que encierra todo el horror de una muerte violenta, tan hondas influencias ha de ejercer en el porvenir, en la vida entera, no ya del infeliz protagonista de ella solo, cuanto de las dos familias que lloran a la par el luctuoso acontecimiento.

 

Sírvanos de lección a todos el ejemplo... ¡Ojalá pudiera yo alcanzar esa esperanza, y quedara satisfecha de mi obra!

 

Medrosilla he estado después de mi primera crónica, primer ensayo de este género de literatura que hacía, y sin la menor idea de qué clase de acogida podía darle el público.

Alentada por las amables frases con que he sido favorecida, me apresuro esta vez a enviar la continuación, ya que también hay quien se haya mostrado impaciente por ella.

 

El preso me decía:

 

-Estaba Millo por entonces en Santiago. Sin la menor pena por humillarme a ella, aunque yo era el que tenía motivo para estar resentido, más bien con loca alegría de haber dominado, por una dulce debilidad de mi cariño, la fiereza de mi resolución de alejarme de ella para siempre, le telegrafié suplicándole una pronta reconciliación. Ella me contestó que fuese a verla.

 

Mi felicidad ante la halagadora esperanza no tuvo igual.

 

Había llegado la contestación de mi amada algo tarde, y obtuve permiso de mi papá (*) para ir a Santiago al día siguiente.

 

Aquella noche no pude conciliar el sueño: tal era mi dicha y mi entusiasmo. Y hacia la una, sigilosamente, porque de despertar mi padre, me hubiera obligado a volver a la cama, y yo no me sentía con ánimo para permanecer en la inacción, con la fiebre de impaciencia que me enardecía, salí de casa, ensillé mi caballo, y tomé el camino que me llevaba a la gloria de volver a ver a Millo. Mi cabalgadura no corrió... ¡la hice volar! No sé cómo atravesé el no corto trecho que separa a Moca de Santiago... Antes de las cuatro de la madrugada había llegado, y no sabiendo qué hacer del tiempo en hora tan inoportuna, me di a correr las calles de la ciudad... Al amanecer, esperaba frente al balcón de Millo; la primera persona que se asomó le dio aviso de mi llegada, y así pude verla temprano.

 

Ella no se mostró ingrata, mas aplazó el arreglo definitivo de nuestras relaciones para su vuelta a Moca. Yo le di mis sortijas y obtuve una de ella; asi quedamos por entonces. Yo le escribía a menudo después, pero ella, que había venido a Puerto Plata, no contestaba mis cartas.

 

Yo estaba mohíno y despechadísimo por ello, y como no faltó quien me azuzara con cuentos que yo tenía la debilidad de oír, volví a la desesperación, a los celos y al delirio, no hallando mejor remedio para calmar la irritación de mi pecho, que buscar alivio en nuevos amores...

 

Volvió Millito a Moca y supo que yo me entretenía por otro lado, y me provocó con celos también. Siempre había quién le llevara una historia que tendiera a desunirnos; a mí, cada día hubo quién renovara la amargura que rebosaba mi alma con chismes, que yo, en la ceguedad de mi amor apasionado, creía en el primer momento, aunque pasada la impresión lo dudara, para rechazar luego de todo corazón la infamia y poner a mi amada por sobre todas esas miserias. La familia de Millo también estaba predispuesta contra mí, y algunos de ella me aborrecían, oponiéndose a nuestras relaciones, a pesar de que, antes de que se desencadenara aquel cúmulo de desdichas, me querían todos con predilección.

 

IV

 

Antes de continuar la relación del preso, permítanme mis lectores una digresión brevísima que creo oportuna.

 

La verdadera causa de los mayores males que lamentamos en la sociedad, es el afán que hay de repetir cuanto se dice, sin tener en cuenta que puede aparejar una palabra imprudente, y la responsabilidad que nos cae al hacernos inconscientes cómplices del chismoso perverso, inventor de nuevas mal intencionadas. Gente hay, que halla un extraño gozo, una cruel complacencia en dar malas noticias. Lenguas hay que emponzoñan para verter veneno sobre la herida del amor propio sobreexcitado... ¡Cuántas lágrimas y sangre se hubiera ahorrado la sociedad si supiera contener a tiempo esos ocultos factores de la fatalidad! Las desavenencias, aun entre los que más se aman, despiertan susceptibilidades peligrosas, dolorosos enconos que se vierten muchas veces en frases amarguísimas, palabras que pasan, que se olvidan, que pueden repetirse después entre sonrisas, si no las recoge el oído de un predispuesto a hacer el mal, o de un inconsciente hablador, para hacerla arma que vaya a herir el corazón del mismo que en hora de acaloramiento las profirió imprudentemente.

 

 

 

Y hay que contar con que las noticias muy repetidas, se corrigen, se aumentan, se desfiguran, hallan siempre una mano maestra que empuje la bola del enredo y le haga más denso y más funesto.

 

¡Ay! ¡Si supiéramos huir de estos escollos peligrosos, ¡qué felices podríamos ser, aun en medio de un conflicto, y en qué plácida calma se deslizara nuestra vida!

 

Pero mientras la envidia, la falta de conciencia o la intención perversa hallen nuestro apoyo en la culpable frialdad con que las dejamos obrar, o la tolerancia con que las acogemos escuchando por mera distracción, aun repitiendo inoportunamente sus concitadoras noticias, tendremos que sufrir sus graves consecuencias sin quejas; tendremos que morir conformes cuando nos arrastren a la muerte...

 

Continúo. El preso decía:

 

-A pesar de todo, yo la quería demasiado para no ser débil, para que mi amor no se sobrepusiera a mi amor propio, y volví a intentar con todo el afán de un alma enamorada, la deseada reconciliación. Ella recibía mis cartas y atendía a mis súplicas; se resistía débilmente, entreteniéndome. Al fin obtuve una esperanza definitiva para la noche fatal que tan horrible recuerdo había de dejar en mi vida. ¡Pobre Millo! Yo la vi aquella tarde vestida de blanco y le di la rosa que he dicho, y que llevó sobre el pecho hasta lo último...

 

Al anochecer, mis amigos me felicitaron por la alegría que demostraba, que rebosaba en todo mi ser, y yo, seguro de mi triunfo, los invité a celebrarlo con champaña, y aun sobreexcité más mis nervios con este vino, aunque estoy seguro que no estaba ebrio y con los brindis que enardecieron más mi sangre y mi cerebro. Yo debía tomar la miel de la dulce reconciliación después de tantas penas, y la felicidad de la esperanza realizada sostenía mi espíritu en una tensión dolorosa. Esperaba el instante de encontrarme con ella con una ansiosa impaciencia que solo puede medir quien haya sentido como yo, amor, amor verdadero. Quien no sepa definir la agonía de un instante tan supremo, que ría, que no me crea, que me acuse.

 

Me dirigí, después que dejé a mis amigos, a la iglesia: celebrábase la fiesta de la Virgen. Allí vi a Millo, hermosa, más que nunca, subyugadora... me acerqué a mendigar una mirada suya... No la obtuve... Ella sabía dónde estaba yo; pero sus ojos estaban fijos en otro lado; fijos hacia el sitio en que se hallaba el hombre de quien la celaba...

 

La caída, desde la altura de mi esperanza, al antro de los celos y la desesperación, fue rápida. Sentí vértigos. La sangre subía a mi cerebro con oleadas ardientes... Cuando concluyó la fiesta y ni una vez obtuve el alivio de una atención de mi amada, salí de la iglesia; cuando encontré por la calle un corrillo en que se decía que ella, mi adorada, amaba a otro... Yo no sé... Corrí al parque. Allí estaba ella; él, de quien yo estaba celoso, no muy lejos, gozando del bien de mirarla, bien que era mío, mío solo! Me sentí enfermo y pensé salir de aquel infierno, en volver a mi casa...

 

La encontré en mi camino, impávida, risueña, mientras yo me sentía devorado por todo el rencor furioso de un loco... No sé lo que hice... No sé cómo pasó la catástrofe. No oí las detonaciones ni supe cuándo atenté a mi vida con el último disparo. No sé cómo pasé la noche porque no puedo recordar sus horrores. Volví a darme cuenta exacta de todo aquello y a empezar a sentir el dolor de haberla perdido, cuando oí las campanas doblar a su entierro al otro día.

 

El joven preso, fatigado de la relación, con fuego y llanto en la mirada, se detuvo... Después prosiguió con ronca entonación:

 

-He sabido que ella había dicho a sus amigas que antes de arreglarse definitivamente conmigo iba a castigar mis infidelidades, haciéndome desesperar por tres días... Lo supe cuando ya no había remedio. ¡Cuando ya estaba muerta!

 

La tarde empezaba a envolverse con nubes de rosa, despojos del sol al morir, cuando terminó la penosa relación. El carcelero abrió la pesada reja que nos encerraba en el calabozo del joven, mientras nos despedíamos de él.

 

Al pensar cómo quedaba el pobre muchacho en aquel estrecho recinto, solo, frente a su recuerdo, a su dolor, a su martirio, un hondo sollozo comprimió mi pecho, y encontré demasiado grande la dicha del que puede respirar el aire libre, esperar del porvenir días hermosos, volver la vista al pasado sin estremecerse de horror.

¡Cuánta compasión me inspiró el prisionero al dejarle asomado a la reja, diciendo adiós, con su sonrisa impregnada de tristeza, conforme de quedarse allí, él, tan joven, en esa edad de la libertad, el placer, la alegría!

 

¡Amor, hermosa pasión que elevas al hombre, que has sabido alzarle con tu aliento poderoso a la cúspide de la inmortalidad, impulsándole a la aspiración de todo lo más grande, bello y generoso, por una sonrisa, a cambio de un pensamiento! Tuyas son sus obras más perfectas... Tú has creado las más hermosas inspiraciones del genio... ¡el genio eres tú! Tú que has redimido al mundo de la vulgaridad de una existencia monótona y brutal, creando el ideal, la gloria, la ilusión...

 

¡Mas qué feroz y temible eres cuando la pasión levanta tempestades, como embravecido mar que convierte sus mansas ondas en terribles abismos!

 

Tú te adormeces con la felicidad... La tranquila satisfacción te envuelve como un sudario y paraliza tus latidos; pero ¡Hay del corazón que te conoce y contigo abre puerta franca al dolor! En su congoja está el secreto de tu poderío. Hijo del dolor eres, más que de la hermosura.

 

No ha pasado para ti el tiempo, no. Eres el mismo que fue a provocar a Paris, a los pies de la famosa Helena; sujetó a Antonio a los de Cleopatra, y ha atravesado las edades, ya murmurando a los oídos del Tasso, ya rugiendo en las estrofas de Dante y Byron, sollozando en las inspiraciones de Musset y Hugo, o extasiando a Rafael ante el rostro de sus Vírgenes.

 

Eres el mismo – aunque no a todos los que te nombran les es dado conocerte, -el mismo Cupido, niño ciego y temible, que hiere a su madre..., a quien no arredran los espíritus fuertes; que ríe de la soberbia del siglo... El único dios de la edad de oro que se ha sostenido en pie sin perder uno solo de sus peligrosos atributos.

 

¡Oh! Tú eres el que has hecho un desgraciado de ese adolescente, feliz ayer en un hogar honrado, que ahora queda en la soledad de un calabozo, mirando los últimos velos del crepúsculo desde su reja.

 

¡Tú eres quien empujó la mano que hirió el corazón de Emilia Michel!.

 

Dilo así a esa juventud que recuerda cuán gentil y arrobadora era la infeliz amada de tu víctima. Dilo, recordando las hazañas tuyas que tan hondas y sangrientas huellas han dejado en la historia de la humanidad.

 

Dilo... para que todos los corazones capaces de amar, ofrezcan al prisionero su compasión y simpatía... A la vez que lleven al sepulcro de la hermosa, lágrimas y flores, como los han llevado muchas generaciones a un ideal, como ella, infeliz, la inmortal Desdémona…

 

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AGNES LOINAZ DE PIMENTEL

 

"Pues entre todos ellos, ¿quién no sabe que todo esto lo hizo la mano de Dios, que su mano retiene el alma de los vivientes, el espíritu de todo ser humano? El descubre las profundidades de las tinieblas y saca a la luz Las sombras de la muerte".

(Job. 12, 9-10:22.

 

¡Ya pasó como un sueño tu existencia! Tu juventud, que florecía como maceta de lirios en primavera, se vio troncada, deshecha por el aquilón de desgracia implacable, que te llevó a desear ese largo y tranquilo sueño en que yaces esperando la misericordia de Dios, a Dios mismo, tras el misterioso velo de la muerte.

 

¡Ah! Los que te vimos partir, inmóvil, silenciosa, con esa solemne rigidez en que se envuelve la criatura en la hora suprema; los que te vimos cruzar hoy la misma puerta que se abrió a tu paso y traspusiste en no lejano día coronada de azahares, radiante por la esperanza de una vida larga, hermosa, útil; los que vimos la desolación del esposo, el primer dolor en el corazón de los huérfanos, el desconsuelo del padre amante y los hermanos.

 

Los que sabemos del vacío que queda en el triste hogar; el frío de ese pequeño mundo ya sin el sol que le dio calor y vida... sentimos también el frío y el horror de la desgracia, y sintiéndole, estremecido el corazón te dijimos adiós, llorando tu partida, tu eterna ausencia con pesar inmenso, clamando a Dios porque nos abandonas.

 

La noche envolvía la inmensidad con su manto de crespones cuando descendías a tu última morada.

 

La tierra te abría el regazo como madre que aguarda al hijo ausente, para guardarte en él, avara del nuevo tesoro, ¡oh Dios! ¡Sin piedad a la juventud, a la dicha, al amor que arrebataba y envolvía!

 

Gimiendo miré la lobreguez en torno mío. La triste hora del crepúsculo, más triste hoy, dejaba paso a la oscuridad sin ceñir el horizonte con sus nacarados y purpúreos velos.

 

-¡Así es el dolor! -suspiré. - Estas tinieblas están en el alma de todos los que lloran!

 

Lleno de turbación el espíritu, muda la fe en ese instante, miré al cielo oscurecido... En su inmensidad brillaba resplandeciente como faro y guía celestial el lucero de la tarde, respondiendo a mi dolor, mostrando a la tierra su luz, que siempre brillara en la negrura para ofrecer la esperanza de la Omnipotencia en la hora triste del desconsuelo.

 

Aparté el alma de la tierra; la elevé al Creador en una plegaria, y la fe se prosternó ante la voluntad del Eterno.

 

Encontró a Dios mi espíritu acongojado, y bendije su mano y sus decretos... ¿Qué sabemos las criaturas, pobres átomos de la inmensidad, ¿qué sabemos de la vida y de la muerte?

 

¡Pobre amiga mía! Trocaste el alegre hogar en que reinabas dichosa, coronada con el nimbo de tu virtud y el amor de los tuyos, por el angosto lecho que te ofrece en su seno el sepulcro. Eres en él simiente de la flor del paraíso. Ya no volverás a perfumar con tu bondadosa presencia el santuario que dejas; el Eterno te reclamaba y has respondido a su voz presentando ante Él el divino perfume de tu alma.

 

En tanto, viva tu memoria como esperanza celestial en el pensamiento de los tuyos, y sea el ejemplo de tu virtud dechado para tus hijas; sírvales tu recuerdo cual les habría valido tu cuidado.

 

Tú velarás cada día tu hogar, y más cerca de la Omnipotencia, podrás rogar por los que dejas suspirando en este valle de lágrimas.

 

 

Virginia Elena Ortea

CRÓNICA PUERTOPLATEÑA - Virginia Elena Ortea

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