martes, 21 de abril de 2026

LA CARNADA - Hila Contreras

 

LA CARNADA

 

Una esquina en San Francisco de Macorís, próxima a la iglesia católica. Una esquina quieta, como garita de centinela en la vía empolvada que es calle en el pueblo y carretera a través de los campos. Puesto de observación, ojo del barrio de múltiples pupilas, una sombra alcahueta para los desocupados que charlan con la vista extendida sobre la perspectiva copuda del parque y un descanso para el caminante.

En ella hace alto un viajero. Viene descalzo, con pantalón de fuerte azul arremangado. Oscuro y crespo. En la mano una funda listada de vientre deforme y en los brazos, un bulto. Trae calor. Un calor de kilómetros recorridos a pie. Del bulto sale un lloro de bebé. En cuclillas, el hombre da libre curso a su extrañeza. Para su cerebro –que ahogan las brumas de la ignorancia– es algo inexplicable el llanto del niño.

—¡Usté ha visto! –se queja a dos asiduos de la estratégica garita–, dende Rincón no ha parao de jimiquear.

El día no pasa de media tarde, pero el tiempo nublado y tenso de electricidad amenaza lluvia.

—Cuidado si ese niño tiene hambre– insinúa la pupila estudiantil de ese ojo sin sueño que es la esquina.

—¿Hambre?… Asina como usté lo ve, este bicho ha tragaó ma pan que el caray, ya ni an lo quiere.

El estudiante se inclina y examina al niño que patalea y se desgañita entre los dobleces de una sábana.

—Amigo –dice–, ese niño tiene hambre, hambre de leche, y si no tiene hambre, le hace falta su madre.

—Y malo que tá…

—¿Malo, por qué? ¿Es huérfano?

—Como si lo fuera… Se lo robé a la may.

—Eso se llama meter la pata –sentenció el compañero del estudiante–. ¿Y qué va a hacer con esa criatura ahora?

—Me va a servir de carná pa pescar una mujer.

Los contertulios de la esquina celebraron ruidosamente la respuesta del secuestrador. Mientras, el llanto del niño había subido de tono.

—¿Te va a callar asimplao?

—Pero algo tiene ese niño –impacientose el estudiante–. Regístrelo.

El hombre desenvuelve al niño, lo palpa y pregunta al fin:

—¿Tú quiere dir al monte? ¿Eh? Ve a ver…

La risa discreta de los dos amigos tremoló en el aire gris.

—E´ que él no tiene pacencia pa liriarlo –opinó un campesino recién agregado al grupo.

Entretanto ya el viajero había despojado al bebé de su camisita y lo instaba a confesar sus necesidades.

—¿Eh? Ve a ver bien… ¿Tú quiere dir al monte?

—Oiga –dijo el estudiante–, mejor será que atraque el paso porque va a llover.

—En eso mesmo taba pensando yo –confirmó el campesino–. Aguacero machucho que horitica cae.

—Déjelo caer, que pa eso cogí la sábana ma grande.

Como el hombre echa a andar con el niño desnudo en los brazos, el estudiante manifiesta sus temores.

—Se le va a resfriar, hombre de Dios. Mire que ya sopla brisa de agua.

—No se apure tanto, compay –contestó el viajero–, que asina como usté lo ve e ma fueite que un cancle.

***

Berto iba pensando camino de Pontón. Saboreaba su venganza. Sentíase fuerte y satisfecho en medio del cerrado bombardeo del aguacero. Así se hacía… La misión del macho es dominar a la hembra, vencerla y tratarla como le venga en ganas. ¿Qué derechos asistían a Elisa para repudiarlo después de haberle dado ese hijo?, sí ¿qué derechos? Querer a una mujer determinada es un favor que se le hace, pero no hay bicho más ingrato que la mujer. Ella está ahí para entregarse, para servir, para agradecer, y sin embargo Elisa se resistía, se negaba después del nacimiento del niño. ¡Porquería de mocoso! Era incomprensible… ¿Y por qué?, sí ¿por qué?… ¡Ah, ya! Porque le había pegado, ¿y eso qué? ¿Acaso no había Berto zurrado otras mujeres que se morían por él? Esa parejera de Elisa la domaría él… Después de todo qué son dos fuetizas ¿no había descuidado su café? y ¿no se encontró un día con el fogón apagado, sin un plátano siquiera? ¿Y cuál fue su excusa? Una estupidez: algo así como que entraba en el mes y no podía con su alma. No eran más que fisiqueras. ¡Je!, ya lo creo que la pela sirvió de algo. Se vio mal es verdad y fue necesario hospitalizarla en La Vega, pero al menos esa dramática entrada en el noveno mes le precipitó la salida. Era un mes economizado. ¿Y después? Después… Elisa le cerró las puertas tras haberlo hecho prender, se negó a recibirlo. ¡Ah…! ¿Conque el hijo podía más que él? A Berto no lo plantaba ninguna mujerzuela vieja. Se vengaría. Buscó la manera de hacerla suya de nuevo, se torturó el cerebro ignorante sin encontrar nada fuera de la violencia. Elisa se quejó a la Policía, y él, ante el ruido de las calabazas, huyó. En Pontón, inclinado sobre el conuco, concibió su plan y al cabo de algunos meses volvió a La Vega, a su trabajo de peón. Peón había sido en Macorís también, pero La Vega le gustaba más a causa de Elisa ¡y tan malagradecida! Cuando le fracasó el intento de reconquistarla por medio de los celos, decidió quemar su último cartucho. Así, se deslizó en la pieza en ausencia de la madre y se robó al mocoso, que juzgaba culpable de su humillación. Berto rió triunfalmente al imaginarse la cara de Elisa ante el catre vacío, en que momentos antes el niño dormía su sueño inocente de criatura inerme.

El aguacero lo calaba hasta los huesos, lo helaba. De repente oyó el llanto del niño. Había llorado todo el camino sin causa aparente; ahora siquiera sería de frío. Porque hacía frío y mucho viento. De la sábana corrían largos hilos de agua y el niño se desgañitaba en un lloro desesperado. Berto Pensó entonces en calmarlo.

—Cállese, compay –consoló al acurrucarlo mejor en sus brazos chorreantes–, cállese que horitica llegamo. Mire que su pay no tiene mucha pacencia.

Media tarde otra vez. Una media tarde lloviznosa y triste, porque era octubre y en octubre llueve mucho. Un rancho en Pontón. El rancho en que viven la madre de Berto y su hermano menor. Piso de tierra, techumbre de yaguas, paredes de tablas de palma. Dos piezas. El dormitorio está oscuro. No lo ventila ninguna ventana. En el catre mugriento duerme una criatura. La vieja María acerca un candil a la carita y la contempla largamente. Es su nieto y se le muere. Muchas fricciones y muchos bebedizos le han dado sus manos callosas y arrugadas, pero ha sido inútil. El niño de Berto se muere; lo carboniza la fiebre.

Sus hijos fuman sendos cachimbos en la otra pieza, y la vieja se llena de angustia. Todo lo ha hecho. Toda su ciencia de curandera se la ha prodigado ¿qué hacer?…

El mal tiempo arreció. Grandes ráfagas levantaban las yaguas al pasar, soplando por cada rendija un temor. En el camino se quejaron los frenos de la guagua. Un segundo después entraba Elisa en el rancho a medio mojar. A su vista Berto se levantó, la pipa en la mano y en los ojos una llamarada de triunfo. El peje había mordido en la carnada.

—¿Dónde está mi hijo?

La pregunta fue formulada airadamente, con cierto tono amenazante que encendió la cólera del hombre. —¿Qué te crees tú? –prorrumpió, dando un paso hacia Elisa–. Aquí mando yo y puedo aplataite de una tabaná… ¿Y quién e el pay de ese mocoso, yo o el Espíritu Santo? mujer que quiera ver mi hijo tiene que ser mía.

Elisa lanzó un juramento y luchó por desasirse de la mano que le destrozaba el brazo.

—Déjala, Berto –rogó la madre desde la pieza vecina–, el niño se muere.

Berto la soltó, súbitamente impresionado.

Arrodillada ante el catre mugriento, Elisa sollozaba.

—¡Mi probe angelito!… ¡Mi probe angelito!

El bebé parecía dormir con su dulce boquita entreabierta. Y su mamá, aterrada, le clavaba los ojos encima sin atreverse a tocarlo, como si temiera romper el hilo de su vida agonizante con la aspereza de sus manos de planchadora.

—Vamo a friccionarlo otra vuelta –propuso la vieja.

Sus dedos expertos comenzaron a frotar con mixtura de hojas el cuerpecito regordete del enfermito, semejante a un muñeco de lustroso chocolate. El niño no reaccionó. Toda la noche estuvieron velándolo. Al apuntar el alba, Elisa gritó y lo tomó en sus brazos, cubriéndolo de besos y de lágrimas. La vieja encendió las velas, la ayudó a amortajarlo y continuaron velando entre cánticos.

A la mañana siguiente, el hermano de Berto clavó la tapa de la rústica cajita. Los hombres montaron a caballo.

—Yo lo llevo –dijo Berto, ocupado en calzarse la espuela en el pie desnudo.

—Tú no lleva ná, te llevarán –bramó Elisa al descargar inesperadamente el machete sobre la nuca del hombre agachado.

Berto intentó erguirse. Cortóle el movimiento un segundo machetazo.

Hubo un rebullicio de mujeres que gritaban y jinetes desmontados que acudían. Desarmaron a Elisa enloquecida, pero demasiado tarde. Berto expiraba tinto en su propia sangre, con sólo una mano y desnucado.

Cuando la interrogaron en el Tribunal, Elisa dijo simplemente:

—Haga lo que le dé la gana, Señor Juez, pero yo no me arrepiento de ná, porque si mi muerto e´ ma grande, hay que convenir que su crimen le gana al mío en maldá. Dígame, Señor Juez ¿qué culpa tenía mi probe angelito? Que le diba a servir de carná, dizque…, po el peje se jondió al pescador con línea y tó. Berto era un cobarde y lo cobarde se matan asina, con su propio machete… y últimamente y sin que sea una ofensa: si yo lo dejo vivo, ¿qué le hubiera usté hecho?…

 

Hilma Contreras

(1913-2006)

 

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