LA CARNADA
Una esquina en San Francisco de Macorís, próxima a la
iglesia católica. Una esquina quieta, como garita de centinela en la vía
empolvada que es calle en el pueblo y carretera a través de los campos. Puesto
de observación, ojo del barrio de múltiples pupilas, una sombra alcahueta para
los desocupados que charlan con la vista extendida sobre la perspectiva copuda
del parque y un descanso para el caminante.
En ella hace alto un viajero. Viene descalzo, con pantalón
de fuerte azul arremangado. Oscuro y crespo. En la mano una funda listada de
vientre deforme y en los brazos, un bulto. Trae calor. Un calor de kilómetros
recorridos a pie. Del bulto sale un lloro de bebé. En cuclillas, el hombre da
libre curso a su extrañeza. Para su cerebro –que ahogan las brumas de la
ignorancia– es algo inexplicable el llanto del niño.
—¡Usté ha visto! –se queja a dos asiduos de la estratégica
garita–, dende Rincón no ha parao de jimiquear.
El día no pasa de media tarde, pero el tiempo nublado y
tenso de electricidad amenaza lluvia.
—Cuidado si ese niño tiene hambre– insinúa la pupila
estudiantil de ese ojo sin sueño que es la esquina.
—¿Hambre?… Asina como usté lo ve, este bicho ha tragaó ma
pan que el caray, ya ni an lo quiere.
El estudiante se inclina y examina al niño que patalea y se
desgañita entre los dobleces de una sábana.
—Amigo –dice–, ese niño tiene hambre, hambre de leche, y si
no tiene hambre, le hace falta su madre.
—Y malo que tá…
—¿Malo, por qué? ¿Es huérfano?
—Como si lo fuera… Se lo robé a la may.
—Eso se llama meter la pata –sentenció el compañero del
estudiante–. ¿Y qué va a hacer con esa criatura ahora?
—Me va a servir de carná pa pescar una mujer.
Los contertulios de la esquina celebraron ruidosamente la
respuesta del secuestrador. Mientras, el llanto del niño había subido de tono.
—¿Te va a callar asimplao?
—Pero algo tiene ese niño –impacientose el estudiante–.
Regístrelo.
El hombre desenvuelve al niño, lo palpa y pregunta al fin:
—¿Tú quiere dir al monte? ¿Eh? Ve a ver…
La risa discreta de los dos amigos tremoló en el aire gris.
—E´ que él no tiene pacencia pa liriarlo –opinó un campesino
recién agregado al grupo.
Entretanto ya el viajero había despojado al bebé de su
camisita y lo instaba a confesar sus necesidades.
—¿Eh? Ve a ver bien… ¿Tú quiere dir al monte?
—Oiga –dijo el estudiante–, mejor será que atraque el paso
porque va a llover.
—En eso mesmo taba pensando yo –confirmó el campesino–.
Aguacero machucho que horitica cae.
—Déjelo caer, que pa eso cogí la sábana ma grande.
Como el hombre echa a andar con el niño desnudo en los
brazos, el estudiante manifiesta sus temores.
—Se le va a resfriar, hombre de Dios. Mire que ya sopla
brisa de agua.
—No se apure tanto, compay –contestó el viajero–, que asina
como usté lo ve e ma fueite que un cancle.
***
Berto iba pensando camino de Pontón. Saboreaba su venganza.
Sentíase fuerte y satisfecho en medio del cerrado bombardeo del aguacero. Así
se hacía… La misión del macho es dominar a la hembra, vencerla y tratarla como
le venga en ganas. ¿Qué derechos asistían a Elisa para repudiarlo después de
haberle dado ese hijo?, sí ¿qué derechos? Querer a una mujer determinada es un
favor que se le hace, pero no hay bicho más ingrato que la mujer. Ella está ahí
para entregarse, para servir, para agradecer, y sin embargo Elisa se resistía,
se negaba después del nacimiento del niño. ¡Porquería de mocoso! Era
incomprensible… ¿Y por qué?, sí ¿por qué?… ¡Ah, ya! Porque le había pegado, ¿y
eso qué? ¿Acaso no había Berto zurrado otras mujeres que se morían por él? Esa
parejera de Elisa la domaría él… Después de todo qué son dos fuetizas ¿no había
descuidado su café? y ¿no se encontró un día con el fogón apagado, sin un plátano
siquiera? ¿Y cuál fue su excusa? Una estupidez: algo así como que entraba en el
mes y no podía con su alma. No eran más que fisiqueras. ¡Je!, ya lo creo que la
pela sirvió de algo. Se vio mal es verdad y fue necesario hospitalizarla en La
Vega, pero al menos esa dramática entrada en el noveno mes le precipitó la
salida. Era un mes economizado. ¿Y después? Después… Elisa le cerró las puertas
tras haberlo hecho prender, se negó a recibirlo. ¡Ah…! ¿Conque el hijo podía
más que él? A Berto no lo plantaba ninguna mujerzuela vieja. Se vengaría. Buscó
la manera de hacerla suya de nuevo, se torturó el cerebro ignorante sin
encontrar nada fuera de la violencia. Elisa se quejó a la Policía, y él, ante
el ruido de las calabazas, huyó. En Pontón, inclinado sobre el conuco, concibió
su plan y al cabo de algunos meses volvió a La Vega, a su trabajo de peón. Peón
había sido en Macorís también, pero La Vega le gustaba más a causa de Elisa ¡y
tan malagradecida! Cuando le fracasó el intento de reconquistarla por medio de
los celos, decidió quemar su último cartucho. Así, se deslizó en la pieza en
ausencia de la madre y se robó al mocoso, que juzgaba culpable de su
humillación. Berto rió triunfalmente al imaginarse la cara de Elisa ante el
catre vacío, en que momentos antes el niño dormía su sueño inocente de criatura
inerme.
El aguacero lo calaba hasta los huesos, lo helaba. De
repente oyó el llanto del niño. Había llorado todo el camino sin causa
aparente; ahora siquiera sería de frío. Porque hacía frío y mucho viento. De la
sábana corrían largos hilos de agua y el niño se desgañitaba en un lloro
desesperado. Berto Pensó entonces en calmarlo.
—Cállese, compay –consoló al acurrucarlo mejor en sus brazos
chorreantes–, cállese que horitica llegamo. Mire que su pay no tiene mucha
pacencia.
Media tarde otra vez. Una media tarde lloviznosa y triste,
porque era octubre y en octubre llueve mucho. Un rancho en Pontón. El rancho en
que viven la madre de Berto y su hermano menor. Piso de tierra, techumbre de
yaguas, paredes de tablas de palma. Dos piezas. El dormitorio está oscuro. No
lo ventila ninguna ventana. En el catre mugriento duerme una criatura. La vieja
María acerca un candil a la carita y la contempla largamente. Es su nieto y se
le muere. Muchas fricciones y muchos bebedizos le han dado sus manos callosas y
arrugadas, pero ha sido inútil. El niño de Berto se muere; lo carboniza la
fiebre.
Sus hijos fuman sendos cachimbos en la otra pieza, y la
vieja se llena de angustia. Todo lo ha hecho. Toda su ciencia de curandera se
la ha prodigado ¿qué hacer?…
El mal tiempo arreció. Grandes ráfagas levantaban las yaguas
al pasar, soplando por cada rendija un temor. En el camino se quejaron los
frenos de la guagua. Un segundo después entraba Elisa en el rancho a medio
mojar. A su vista Berto se levantó, la pipa en la mano y en los ojos una
llamarada de triunfo. El peje había mordido en la carnada.
—¿Dónde está mi hijo?
La pregunta fue formulada airadamente, con cierto tono
amenazante que encendió la cólera del hombre. —¿Qué te crees tú? –prorrumpió,
dando un paso hacia Elisa–. Aquí mando yo y puedo aplataite de una tabaná… ¿Y
quién e el pay de ese mocoso, yo o el Espíritu Santo? mujer que quiera ver mi
hijo tiene que ser mía.
Elisa lanzó un juramento y luchó por desasirse de la mano
que le destrozaba el brazo.
—Déjala, Berto –rogó la madre desde la pieza vecina–, el
niño se muere.
Berto la soltó, súbitamente impresionado.
Arrodillada ante el catre mugriento, Elisa sollozaba.
—¡Mi probe angelito!… ¡Mi probe angelito!
El bebé parecía dormir con su dulce boquita entreabierta. Y
su mamá, aterrada, le clavaba los ojos encima sin atreverse a tocarlo, como si
temiera romper el hilo de su vida agonizante con la aspereza de sus manos de
planchadora.
—Vamo a friccionarlo otra vuelta –propuso la vieja.
Sus dedos expertos comenzaron a frotar con mixtura de hojas
el cuerpecito regordete del enfermito, semejante a un muñeco de lustroso
chocolate. El niño no reaccionó. Toda la noche estuvieron velándolo. Al apuntar
el alba, Elisa gritó y lo tomó en sus brazos, cubriéndolo de besos y de
lágrimas. La vieja encendió las velas, la ayudó a amortajarlo y continuaron
velando entre cánticos.
A la mañana siguiente, el hermano de Berto clavó la tapa de
la rústica cajita. Los hombres montaron a caballo.
—Yo lo llevo –dijo Berto, ocupado en calzarse la espuela en
el pie desnudo.
—Tú no lleva ná, te llevarán –bramó Elisa al descargar
inesperadamente el machete sobre la nuca del hombre agachado.
Berto intentó erguirse. Cortóle el movimiento un segundo
machetazo.
Hubo un rebullicio de mujeres que gritaban y jinetes
desmontados que acudían. Desarmaron a Elisa enloquecida, pero demasiado tarde.
Berto expiraba tinto en su propia sangre, con sólo una mano y desnucado.
Cuando la interrogaron en el Tribunal, Elisa dijo
simplemente:
—Haga lo que le dé la gana, Señor Juez, pero yo no me
arrepiento de ná, porque si mi muerto e´ ma grande, hay que convenir que su
crimen le gana al mío en maldá. Dígame, Señor Juez ¿qué culpa tenía mi probe
angelito? Que le diba a servir de carná, dizque…, po el peje se jondió al
pescador con línea y tó. Berto era un cobarde y lo cobarde se matan asina, con
su propio machete… y últimamente y sin que sea una ofensa: si yo lo dejo vivo,
¿qué le hubiera usté hecho?…
Hilma
Contreras
(1913-2006)
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