viernes, 17 de abril de 2026

El Mundo es Algo Chico, Librado - Pedro Antonio Valdez

 

El Mundo es Algo Chico, Librado

Pedro Antonio Valdez

Sentado a la sombra de una de las paredes del patio, leyendo el periódico, así como está, a Librado Jiménez jamás se le ocurriría pensar en su muerte, y mucho menos en que podía sorprenderle hora y media después, rayando las cinco, bajo la cuaja de ese domingo primero de marzo.

Para aquel viernes doce de 1974, Anita era una muchachita que tal vez no llegaba a los catorce, su madre le recogía los moños con aceite de coco y llevaba unos ojos grandes por los que, si uno se fijaba bien, se le podía vislumbrar el alma. Pero hoy recargada sobre el tapiz garabateado del autobús, "que esta tarde parece correr más rápido que nunca", ella era una mujer hecha y derecha que cargaba una mirada parca, un bolso de jeans desteñido, dieciséis pesos, un revólver aún sin estrenar y una sola misión sobre la tierra: Asesinar a Librado Jiménez.

 

Pedro Antonio Valdez. Poeta, cuentista, novelista, dramaturgo, ensayista, antólogo. Nació en la Vega en 1968. Primer premio en el Concurso de Cuentos de Casa de Teatro 1989 con El Mundo es algo chico, Librado. Premio Nacional de Cuentos 1992 con Papeles de Astarot, Premio Internacional Alberto Gutiérrez de la Solana, celebrado en Estados Unidos, con su obra teatral Paradise, en 1998. Premio Nacional de Novela 1998 con Bachata del ángel caído,

Disparó

Kansas City.- Steve L. Green, un policía fuera de servicio, mantuvo ayer a la expectativa al público y a las autoridades amenazando con suicidarse. Después de tres horas de conversaciones con quienes trataban de persuadirlo, el hombre puso el cañón de su Magnum 357 en la boca y se hizo un disparo. (Reuter).

-¡Qué barbarazo!- fue la primera reacción de Librado al leer la noticia. -Un tipo con residencia americana, y mira lo que hace.

Fue y trajo una cerveza. Miró las fotografías del policía, un moreno corpulento que traía una camiseta en inglés. El suicida bajó la frente hasta contenérsela con la palma izquierda y dejó la impresión de quedarse dormido; luego levantó la cabeza, observó hacia Librado con ojos de laberinto, se llevó la arandela del cañón a la boca como si fuera una pastilla amarga y se pegó un tiro.

Librado tembló de pánico con la vibración del disparo. Cambió la página del periódico y continuó leyendo despreocupadamente, como quien no sospecha nada.

Bueno, habíamos quedado en que para el mentado viernes Anita todavía llevaba dientes de leche y tenía recién repollados en el pecho unos senos de rosita, inocentones y tiernos. Tan así era, que esa noche venía golpeando una lata con la punta del zapato al son de "el puente se va a caer...", y no como hoy, en el autobús destartalado, fumando un cigarrillo mientras ve los letreros de la ciudad que vuelan por la ventanilla trayéndole su destino.

La tarde de ese domingo primero de marzo era calurosa y el sudor le había producido un molestoso olor a periódico viejo. Librado continuaba leyendo desinteresado, siendo tauro y a lo mejor sin sospechar todavía que el horóscopo era su única salida. En las crónicas sociales se encontró con la ablandar de vez en foto de un cura al que tuviera que cuando en el cuarto de torturas de la fortaleza, para los tiempos de la revolución. Le había hecho escupir hasta el último diente, y el mierda nunca dijo nada.

Un silencio amargo y empalagoso poblaba los cuartos y los muebles. Desde hacía mucho vivía solo. Su mujer siempre sufrió de la presión y ahora tenía diez años de muerta. Su único hijo se fue de la casa luego del entierro y no volvió a verlo jamás. Pero eso ya no importaba gran cosa. Ahora él era un sargento retirado que recibía su pensión cada fin de mes y esos recuerdos no eran más que historia patria. A medida que el autobús se colaba perezoso por el garaje de la estación, Anita sentía como una pelota de trapo amasándosele en el estómago. Su respiración era más frecuente y un sudor microscópico le patinaba entre los dedos. Todo eso podía ser cualquier cosa, pero no miedo. No, porque la noche del viernes aquel sí que la entrecogió el miedo, y la sensación no era esa. Si mal no recuerda, ella venía por la calzada izquierda saltando las rayas del cemento cuando se topó de golpe con un señor que se tambaleaba soplando un espíritu de ron y cigarro, y ella, que por aquellas alturas veía a los hombres con más curiosidad que otra cosa, sintió vergüenza, dobló a la derecha y siguió su camino, sin enterarse de que ya se había marcado su desgracia.

Tauro (abril 21 a mayo 21). -La falta de un detallado análisis de acciones pasadas pondrá hoy en peligro su estabilidad emocional. Trate de hacer un viaje para su seguridad personal.

La única solución de su desgracia estaba en la página siete de la primera plana. Allá, inequívoco y gris, estaba el horóscopo. Sin embargo, faltaban cuarenta minutos para las cinco, a esa hora llegarían para matarlo y Librado de lo más campante, hojeando un aburrido suplemento dominical.

Hizo un buche de cerveza. La sintió amarga. Pero lo triste del caso no era eso, sino que esa podía ser su última cerveza, y estaba amarga.

Febrero 18,1984

(Tomado del diario de Anita)

Pero el caso es que una, como maestra de escuela, debe tener principios. Yo le conté a Heriberto el problema que me pasó a los trece años, de burra, porque me dolía no decirselo a quien amo tanto. Él dijo que no te apures, que me quería igual. Y así fue, hasta que vino con esa propuesta, muy serio él, que si no terminamos ahora mismo. Yo sentí asco y miedo, por eso rompimos antenoche. Ay, Dios, qué hago ahora que no creo en ningún hombre. Ya he pensado meterme a monja, pero es tan grande el odio que llevo aquí dentro... ¿Por qué nací mujer en este mundo?...

Librado debería reparar en el horóscopo. De lo contrario, su asesinato le sería una cuestión absurda y sin gracia. Estará por echarse un sueño cuando lo joda el timbre. El recogerá el periódico, lo tirará sobre la consola y abrirá la puerta: Una mujer desconocida, trece segundos para las cinco, un revólver inexplicable, la inmovilidad del tráfico, un ruido único, apagado, y una bala rompiéndole indecible la caja del pecho; luego, la sorpresa inmensa, un cansancio absoluto y caerá como una guanábana. Eso sería todo.

El único familiar cercano era su hijo, pero no iría al entierro. Cuando se entere del caso brindará en algún prostíbulo. Justo ese primero de marzo se acostaría por única vez con una mujer. Dos días después regresaría a la pensión, se tomará dos dedos de ron, enviaría una nota y se ahorcará con el alambre de la plancha.

El párroco de la capilla Jesús Redentor se llamaba Cándido Herrero, a esa hora continuará en su habitación, tenía setenta y dos años y no le haría la misa al cadáver de Librado. Un cura recién salido del seminario abrirá la puerta, no entra y, como sabiéndose inoportuno, le recordará:

-Dice el sacristán que el cortejo está en el templo, padre Cándido.

No le responderá. Su rostro estaba amargo y ausente, como si se escarbara el alma. El cura se retirará para regresar a los cinco minutos y pedirle, con curiosidad disfrazada de ruego: "¿Por qué no intercede por él, padre?"

El anciano se volteará en cámara lenta. Fueron muchos los golpes y humillaciones que recibió cuando Librado era sargento.

-Tenía el alma más sucia que ese trapo, hermano -dirá. Bajará la cabeza, lo autoriza a oficiar la misa y lo oirá retirarse hacia la capilla. Ya solo, se pondrá de rodillas, toma una Biblia y se hundirá en un obscuro silencio, como si retara: "Dios no lo perdonará... Yo tampoco”.

Continuando con la cuestión aquella de Anita, ese domingo ya son casi las cinco, la calle estaba más sola que nunca y dentro de algunos minutos mataría a un hombre. Jamás había caminado por ese barrio, pero solía soñar tan intensamente con ese momento, que sólo tenía que hacer lo mismo que en el sueño para dar con el domicilio de Librado; por eso, cada paso le parecía la repetición de algo que en verdad venía haciendo desde mucho tiempo atrás.

Para ella, matar a Librado sería una cuestión automática y rutinaria. Ya había ejecutado todo en el sueño, así que su misión se limitaba a llegar a la casa, tocar el timbre y hacer el disparo. Solamente podría fallarle el discurso que prepara en el autobús. Cuando Librado abriera la puerta, ella se pondría algo pálida, metería su mano en el bolso y escucharía el martilleo del arma. Desechando el horóscopo, así

El cura joven se vestirá con una sotana nueva, ensayará unos cuantos gestos en el vestidor y saldrá con la altivez de un ángel. Sería su primera misa de difunto, por lo que un regocijo reprimido y lógico lo embargaba. Pero cuando suba al púlpito y mire a su alrededor, se quedará desanimado. Abajo, el féretro se verá sin una flor, como si fuera una caja de arenque; sentados junto al pasillo estaban los ventiún rasos que harían los honores militares en el cementerio y, situada junto al ataúd, una señora muy conocida que lloraba por paga. Sumados harán veintidós, y veintitrés con el difunto, quien llevaría un saco azul marino y una chalina color menta de espíritu.

El cura nuevo sentirá un grave desencanto, hablará sin gusto alguno durante media hora, rociará la última cruz de agua bendita sobre el cadáver y lo despachará para el cementerio, casi con un suspiro. Todavía en el vestidor lo asaltarían los gritos de la mujer que lloraba por paga.

Entrado el mediodía, retornará a la habitación. El padre Cándido lo recibirá con un aire algo soberbio, como si confirmara: "Ya lo sabía yo, hermano: Dios no lo perdonará". Los dos van a mirarse y quedarán en silencio. Al atardecer, ese silencio costaría al padre Cándido tres o cuatro lágrimas.

(Esta es la nota que enviaría el hijo de Librado)

Vivir es un grave problema; tú eras quien lo decía siempre. Yo namás te miraba y me hacia el gallo loco, pero sabiendo mejor que nadie esa verdad. Nunca te conté lo que yo he pasado. Papá era una vaina. Cada sábado se daba su juma y venía a darnos golpes a mamá y a mí. Por eso yo lo odiaba tanto. Mamá sufría de la presión por las malas sangres que él le hacía, porque, como era sargento, vivía haciendo y deshaciendo sin que nadie lo jodiera. Mamá la pobre lo aguantaba todo, hasta que un día supimos que el sargento Jiménez (papá) violó una muchachita. La vieja lo cogió muy a pecho; de ahí se quedó triste y con el tiempo se fue apagando como una lámpara en la obscuridad de su cuarto. Antes de morirse me llamó, su cara llena de sombras y la voz amarga: "Es un perro, mi hijo, pero quiéralo, que es su papá". Sin embargo, después que la enterraron yo me escapé y no regresé a verlo Jamás. La vida es un error grave. ¡Y ahora resulta que la niña que papá violó hace años eras tú, Anita! El día que me contaste todo yo quería que me tragara la tierra; por eso después te dije que fuéramos a un motel, que iba a metértelo. Pero lo que yo buscaba era darte un pretexto para que me odiaras, porque me siento culpable de tu desgracia. Adiós, amor. Piensa en mí para mi cumpleaños. Perdóname. Te amo. La vida es una mierda.

A Librado lo único que puede salvarlo de la muerte es el horóscopo. Él pasa la página inadvertido, pero la vuelve atrás... lo lee y no le pone caso alguno. Ahora nada puede salvarlo. Se dispone a echarse un sueño, pero ya es tarde: lo jodió el timbre. El recoge el periódico, lo tira sobre la consola y va a abrir la puerta... Faltan trece segundos para las cinco.

 

 

Para Virna, quizás.

 

Pedro Antonio Valdez

(1968-Actual)

 

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