jueves, 16 de abril de 2026

Envidia - Jeannette Miller

 

Envidia

 

María tenía la boca como un semáforo: roja, carnosa y circular, con la capacidad de parar y acelerar a los hombres. Sus labios, pintados con Revlon Red, ondulaban al hablar y mientras se movían los muchachos se quedaban inmóviles y boquiabiertos, sintiendo la suavidad del lipstick sobre sus cuellos y sus pechos, saboreando de antemano lo que la imaginación de cada uno alcanzaba mientras apuntaban para la noche. María era una maga de la voz; ronca y aterciopelada, la utilizaba con inflexiones de artista de radionovela a la vez que hacía mohines con esos labios desesperantes con los que lograba enloquecer a los hombres.

Yo la odiaba. Y no sólo yo, sino todas las muchachas del barrio.

-Esa desgraciada. Ojalá se le rompa una pata o la atropelle un carro decía Clemencita que estaba enamorada de Marito García y éste ni la miraba cuando sentada en la fila de sillas alquiladas se quedaba esperando a que la sacara a bailar, en las pocas noches en que la mamá de Ivonne le permitía usar el tocadiscos nuevo y hacíamos una fiestecita de ocho a once que los tígueres llamaban UCNF, agregando una letra al movimiento cívico de mayor arraigo que existía en contra de los Trujillo, esos malditos, y que al final se desglosaba como Un Coge Nalgas Familiar.

Los muchachos ni nos miraban cuando ella se ponía esos pantalones apretados y entraba tarde a las fiestas después de haberse hecho esperar, con una blusa que dejaba entrever el nacimiento de los pechos y los pobres muchachos rifándose entre ellos los turnos para bailar con ella y ahí se fuñía la cosa porque no había para nadie en esas horas tristes de la indiferencia en que a nosotras nos daba taquicardia, ansiedad, rabia, envidia, odio y ganas de matarla, de salir de ella, de quitar ese obstáculo que no nos permitía ser, existir ante los ojos de  esos buenos pendejos, mariconazos, cundangos desgraciados, que sólo tenían ojos para ella.

-Algún día la voy a matar y me voy a beber su sangre se consolaba Tatica, quien había dejado a Julio porque un día en el Rialto, mientras la besaba en la última fila del segundo piso le susurró -Sí, déjame, María- cuando trataba de meterle mano debajo de la falda y ella se la detenía.

Cada día el odio crecía más abonado por el desfile de María al rayar las cinco, acabada de bañar, con una base rosada de Pons que le ponía el cutis nacarado, los pantalones apretados, las nalgas brincando empujadas por el tongoneo de las caderas, la melena a media espalda teñida con Negro Eterno, y una estela de agua de rosas que a mí me parecía nauseabunda, pero que a los muchachos los hacía desmayar de placer. Ya desde las cuatro y media iban llegando para esperarla en la esquina de las monjas que tenía los escaloncitos, pues era una entrada clausurada, y allí se sentaban Miguelito, José Joaquín, Ernesto, Marito, Julio y René mientras nosotras nos quedábamos en la galería de doña Enriqueta, a conversar con ella y comer despacio los ricos dulces que brindaba cada tarde, pero que se nos atragantaban al sentir el taconeo y apostarnos, dizque por casualidad, en la barandilla y ver a los muchachos alborotados mientras María caminaba despacio, provocativa e insinuante, perfecta tocaya de la Félix y de la Victoria, pero más peligrosa porque la teníamos ahí.

El día del cumpleaños de Lucy la gota rebosó la copa. María llegó casi a las nueve y contradiciendo su hábito de bailar con todos frente a nuestras narices, no aceptó invitaciones. No hubo manera de que diera un paso, los discos de Marco Antonio Muñiz y de Vicentico Valdés no despertaron sus ganas de demostrar que ella era la dominadora. Se sentó en una de las mesitas redondas cubierta por un mantel rosado y cruzó las piernas.

Antes de que terminara de sentarse había seis sillas a su alrededor e igual número de vasos con Coca cola, Seven up, cuba libre, ron a la roca, ron solo y cerveza, ella estalló en una risa burlona y agarró el ron a la roca empicándose un señor trago que dejó a todo el mundo perplejo.

Mírala, esa maldita cuero, es una borrachona —masculló Niní.

Por cuánto me bebo yo un trago así-exclamó Mercedes.

-A mí me matan a pescozones en casa cuando me atrevo a beber un poquito de cerveza y este cuerazo bebe más que un hombre y no to' hombre -casi gritó Tatica.

-Yo no sé cómo todavía la invitan. A mí me dijo mi prima que ella vive con un piloto de la aviación que es casado, pero que se las da de señorita porque en su casa la botan si saben eso. Y estos bolsa floja, babiándose por ella.

-Bueno, a lo mejor es que quieren tirársela.

-¡No hombre! ¿Tú no los ves como unos perritos detrás de la carne? Cualquiera de esos se casaría con ella, aunque la haya repasado un pelotón.

-Oye, dizque nosotras somos frías y bailamos despegadas de abajo.

-¡Coño!, pero quién va a estar quemándose con un pendejo que ni es novio de uno para que después diga el buen gustazo que se dio y nos desacredite.

-Que se vayan pa'l carajo.

María agarraba el vaso de tamaño mediano y bebía despaciosamente. Su boca había quedado estampada como un corazón partido por el borde del vidrio.

Prendió un cigarrillo y se esmeraba en exhalar el humo formando una nube gruesa y redonda que se diluía envolviendo a los que estaban a su alrededor. No valía que pusieran el último disco de Cortijo, ni Severa con Jhonny. Discos vienen, discos van, y nadie se movía de la mesa.

Entonces ella se paró despaciosamente, hizo como que buscaba algo, paseó su mirada entre los asistentes, nos vio, sonrió y enfiló hacia nosotras.

Yo tenía un vestido floreado con cretona; Lucy un trajecito estrecho color mandarina con unas hebillas doradas que su mamá tuvo que ir a buscar a la calle El Conde porque por aquí no aparecían; cada una tenía sus mejores galas, pero no había servido de nada pues los idiotas apenas nos saludaron.

Al llegar junto a nosotras María nos dijo casi con desprecio ¿No tienen Envidia de Vicentico Valdez? Porque si no lo tienen, lo voy a buscar a mi casa. Dicho y hecho, salió con el cortejo de babosos y a los cinco minutos sonaba la voz embriagadora de Vicentico, Envidia, tengo envidia del pañuelo, que tal vez secó tu llanto... y haciéndonos morir de envidia, María bailó uno a uno con los seis varones la misma canción, despacito, pegadito, acarameladito, mientras nosotras, cada vez más, nos hundíamos en la desgracia.

En nuestro afán de consolarnos comenzamos a murmurar sobre ella, a recordar su historia. María era de una familia pobre. Cuando chiquita la mandaban a una escuela de barrio donde había que llevar su silla. Aunque era tierna y amistosa nuestras mamás la tenían a menos y nunca nos dejaron juntar con ella. Si ahora la invitábamos a las fiestas era por miedo a que los muchachos no fueran a ir, pero de ahí a ser amigas, a alternar, ni soñarlo.

Además, no tenía clase, se vestía con colores chillones y telas baratas, y como era tan india y un poco achinada se veía baratona, achopiada. Cuando comenzó a desarrollar se le pegó una facha de cuero que no se la despintaba nadie y tía Cristina decía que eso no se quitaba porque con eso se nace.

Nunca la invitamos a montar patines ni bicicleta, pues ella no tenía. Se quedaba sola mirándonos muy triste mientras cuidaba a sus hermanitos. Tampoco recuerdo haberla visto en ninguno de mis cumpleaños. Pero ahora María nos estaba jodiendo. Con su mirada burlona y su sonrisa escandalosa parecía decirnos. Sí, ustedes son finas, tienen dinero, pero los machos son míos. Y nos lo demostraba de una manera humillante, exhibiendo que ellos sólo tenían ojos para ella y que nosotras estábamos paradas haciendo turno esperando a que se cansara de bailar, para recoger las sobras.

No tuvimos que decir nada. Nos miramos y todas supimos que todas sabíamos. Entonces Clemencita sonrió y dijo con esa vocecita inteligente que tanto me gustaba. Si la montaña no viene a nosotros, nosotros vamos a la montaña. -Se acercó al grupo de muchachos, sonrió a María y comenzó a hablar con ella. -¿Quién te hizo ese vestido tan bonito?

A la media hora sólo se oían risas y todas estábamos bailando.

 

Jeannete Miller

(1944-Actual)

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