Envidia
María tenía la boca como un semáforo: roja, carnosa y
circular, con la capacidad de parar y acelerar a los hombres. Sus labios,
pintados con Revlon Red, ondulaban al hablar y mientras se movían los muchachos
se quedaban inmóviles y boquiabiertos, sintiendo la suavidad del lipstick sobre
sus cuellos y sus pechos, saboreando de antemano lo que la imaginación de cada
uno alcanzaba mientras apuntaban para la noche. María era una maga de la voz;
ronca y aterciopelada, la utilizaba con inflexiones de artista de radionovela a
la vez que hacía mohines con esos labios desesperantes con los que lograba
enloquecer a los hombres.
Yo la odiaba. Y no sólo yo, sino todas las muchachas del
barrio.
-Esa desgraciada. Ojalá se le rompa una pata o la atropelle
un carro decía Clemencita que estaba enamorada de Marito García y éste ni la
miraba cuando sentada en la fila de sillas alquiladas se quedaba esperando a
que la sacara a bailar, en las pocas noches en que la mamá de Ivonne le
permitía usar el tocadiscos nuevo y hacíamos una fiestecita de ocho a once que
los tígueres llamaban UCNF, agregando una letra al movimiento cívico de mayor
arraigo que existía en contra de los Trujillo, esos malditos, y que al final se
desglosaba como Un Coge Nalgas Familiar.
Los muchachos ni nos miraban cuando ella se ponía esos
pantalones apretados y entraba tarde a las fiestas después de haberse hecho
esperar, con una blusa que dejaba entrever el nacimiento de los pechos y los
pobres muchachos rifándose entre ellos los turnos para bailar con ella y ahí se
fuñía la cosa porque no había para nadie en esas horas tristes de la
indiferencia en que a nosotras nos daba taquicardia, ansiedad, rabia, envidia,
odio y ganas de matarla, de salir de ella, de quitar ese obstáculo que no nos
permitía ser, existir ante los ojos de
esos buenos pendejos, mariconazos, cundangos desgraciados, que sólo
tenían ojos para ella.
-Algún día la voy a matar y me voy a beber su sangre se
consolaba Tatica, quien había dejado a Julio porque un día en el Rialto,
mientras la besaba en la última fila del segundo piso le susurró -Sí, déjame,
María- cuando trataba de meterle mano debajo de la falda y ella se la detenía.
Cada día el odio crecía más abonado por el desfile de María
al rayar las cinco, acabada de bañar, con una base rosada de Pons que le ponía
el cutis nacarado, los pantalones apretados, las nalgas brincando empujadas por
el tongoneo de las caderas, la melena a media espalda teñida con Negro Eterno,
y una estela de agua de rosas que a mí me parecía nauseabunda, pero que a los
muchachos los hacía desmayar de placer. Ya desde las cuatro y media iban
llegando para esperarla en la esquina de las monjas que tenía los escaloncitos,
pues era una entrada clausurada, y allí se sentaban Miguelito, José Joaquín,
Ernesto, Marito, Julio y René mientras nosotras nos quedábamos en la galería de
doña Enriqueta, a conversar con ella y comer despacio los ricos dulces que
brindaba cada tarde, pero que se nos atragantaban al sentir el taconeo y
apostarnos, dizque por casualidad, en la barandilla y ver a los muchachos
alborotados mientras María caminaba despacio, provocativa e insinuante,
perfecta tocaya de la Félix y de la Victoria, pero más peligrosa porque la
teníamos ahí.
El día del cumpleaños de Lucy la gota rebosó la copa. María
llegó casi a las nueve y contradiciendo su hábito de bailar con todos frente a
nuestras narices, no aceptó invitaciones. No hubo manera de que diera un paso,
los discos de Marco Antonio Muñiz y de Vicentico Valdés no despertaron sus
ganas de demostrar que ella era la dominadora. Se sentó en una de las mesitas
redondas cubierta por un mantel rosado y cruzó las piernas.
Antes de que terminara de sentarse había seis sillas a su
alrededor e igual número de vasos con Coca cola, Seven up, cuba libre, ron a la
roca, ron solo y cerveza, ella estalló en una risa burlona y agarró el ron a la
roca empicándose un señor trago que dejó a todo el mundo perplejo.
Mírala, esa maldita cuero, es una borrachona —masculló Niní.
Por cuánto me bebo yo un trago así-exclamó Mercedes.
-A mí me matan a pescozones en casa cuando me atrevo a beber
un poquito de cerveza y este cuerazo bebe más que un hombre y no to' hombre -casi
gritó Tatica.
-Yo no sé cómo todavía la invitan. A mí me dijo mi prima que
ella vive con un piloto de la aviación que es casado, pero que se las da de
señorita porque en su casa la botan si saben eso. Y estos bolsa floja,
babiándose por ella.
-Bueno, a lo mejor es que quieren tirársela.
-¡No hombre! ¿Tú no los ves como unos perritos detrás de la carne?
Cualquiera de esos se casaría con ella, aunque la haya repasado un pelotón.
-Oye, dizque nosotras somos frías y bailamos despegadas de abajo.
-¡Coño!, pero quién va a estar quemándose con un pendejo que
ni es novio de uno para que después diga el buen gustazo que se dio y nos
desacredite.
-Que se vayan pa'l carajo.
María agarraba el vaso de tamaño mediano y bebía
despaciosamente. Su boca había quedado estampada como un corazón partido por el
borde del vidrio.
Prendió un cigarrillo y se esmeraba en exhalar el humo
formando una nube gruesa y redonda que se diluía envolviendo a los que estaban
a su alrededor. No valía que pusieran el último disco de Cortijo, ni Severa con
Jhonny. Discos vienen, discos van, y nadie se movía de la mesa.
Entonces ella se paró despaciosamente, hizo como que buscaba
algo, paseó su mirada entre los asistentes, nos vio, sonrió y enfiló hacia
nosotras.
Yo tenía un vestido floreado con cretona; Lucy un trajecito
estrecho color mandarina con unas hebillas doradas que su mamá tuvo que ir a
buscar a la calle El Conde porque por aquí no aparecían; cada una tenía sus
mejores galas, pero no había servido de nada pues los idiotas apenas nos
saludaron.
Al llegar junto a nosotras María nos dijo casi con desprecio
¿No tienen Envidia de Vicentico Valdez? Porque si no lo tienen, lo voy a buscar
a mi casa. Dicho y hecho, salió con el cortejo de babosos y a los cinco minutos
sonaba la voz embriagadora de Vicentico, Envidia, tengo envidia del pañuelo,
que tal vez secó tu llanto... y haciéndonos morir de envidia, María bailó uno a
uno con los seis varones la misma canción, despacito, pegadito, acarameladito,
mientras nosotras, cada vez más, nos hundíamos en la desgracia.
En nuestro afán de consolarnos comenzamos a murmurar sobre ella,
a recordar su historia. María era de una familia pobre. Cuando chiquita la
mandaban a una escuela de barrio donde había que llevar su silla. Aunque era
tierna y amistosa nuestras mamás la tenían a menos y nunca nos dejaron juntar
con ella. Si ahora la invitábamos a las fiestas era por miedo a que los
muchachos no fueran a ir, pero de ahí a ser amigas, a alternar, ni soñarlo.
Además, no tenía clase, se vestía con colores chillones y
telas baratas, y como era tan india y un poco achinada se veía baratona, achopiada.
Cuando comenzó a desarrollar se le pegó una facha de cuero que no se la
despintaba nadie y tía Cristina decía que eso no se quitaba porque con eso se
nace.
Nunca la invitamos a montar patines ni bicicleta, pues ella
no tenía. Se quedaba sola mirándonos muy triste mientras cuidaba a sus
hermanitos. Tampoco recuerdo haberla visto en ninguno de mis cumpleaños. Pero
ahora María nos estaba jodiendo. Con su mirada burlona y su sonrisa escandalosa
parecía decirnos. Sí, ustedes son finas, tienen dinero, pero los machos son
míos. Y nos lo demostraba de una manera humillante, exhibiendo que ellos sólo
tenían ojos para ella y que nosotras estábamos paradas haciendo turno esperando
a que se cansara de bailar, para recoger las sobras.
No tuvimos que decir nada. Nos miramos y todas supimos que todas
sabíamos. Entonces Clemencita sonrió y dijo con esa vocecita inteligente que
tanto me gustaba. Si la montaña no viene a nosotros, nosotros vamos a la montaña.
-Se acercó al grupo de muchachos, sonrió a María y comenzó a hablar con ella. -¿Quién
te hizo ese vestido tan bonito?
A la media hora sólo se oían risas y todas estábamos
bailando.
Jeannete
Miller
(1944-Actual)
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