En busca del enganche
El par de campesinos no podía transitar por las
congestionadas aceras de la calle El Conde.
–¡Cuánta gente, vale! Aquí el que se pierde no aparece; -dijo
uno.
Y nosotro, ¿no taremo perdío? –respondió el compañero.
–Ello... Si pudiéramos jallá a don Domingo...
–¿Pero y a quién se le pregunta aquí?
–Caracha!... No cotará llamá a cualquiera.
El más alto, Mozo de unos 22 años, fornido; en cuerpo de
camisa; con pantalón amarillo y sombrero de fieltro muy viejo y con las alas
caídas, se dirigió a un transeúnte:
–¡Oiga, amigo!
Era un joven vestido a la moda. Lucía un traje de casimir
gris, lleno de tachones y bolsillos. No les hizo caso.
–¡Gente parejera, hermano! –comentó el campesino.
–No se lleve d'eso; -respondió el otro hay que preguntá.
Era éste regordete, vestía igual que el compañero y tenía en
el pómulo derecho una pequeña cicatriz. Se veía que el otro le llevaba unos dos
años.
Volvió el más alto a la carga. Ahora se dirigía a un hombre
de unos cincuenta años:
–¡Oiga, Don!
Un semáforo había dado paso a ocho automóviles que esperaban
la luz verde, y fue tal el tráfago que produjo el arranque de las ocho
máquinas, con sus resuellos, con su bramar, que la voz del campesino se perdió.
Gritaron las bocinas de tres guaguas; chilló un vendedor de billetes. Un
muchacho de esos que no tienen hogar y que no respetan a nadie, fue a dar de
cabeza contra el más alto de los mocetones.
–Muchacho el diablo!
–Desgraciado!
El chico se puso en pie, miró azorado a los dos vales, soltó
la carcajada y les gritó: pata e puerco.
-Dicho esto se lanzó a cruzar la calle a toda velocidad. Los
campesinos no sabían qué partido tomar. El semáforo les había dado paso a seis
vehículos más; una motocicleta del ejército metía un ruido atroz y no dejaba
oír nada. Los pobres mozos estaban atolondrados, llenos de ira, provocando la
risa de esa ola humana que pasaba; gente segura de sí, que sabía hacia donde,
iba, que cruzaba entre los automóviles sin equivocar sus pasos, sin titubear, bien
vestida.
–Mire, vale: –dijo el más grande como si fuera a llorar–larguémono
a otro sitio.
El otro no respondió, pero era presa de la misma amargura
que dominaba a su compañero. Lucharon un poco con el gentío y luego echaron a
andar por una calle transversal de menos tránsito. Se fueron en dirección
norte.
II
Allá en la sección poca gente es rica. O mejor dicho: quizás
no haya gente rica. Un central azucarero acaparó casi toda la tierra. Hay grandes
montes de miles de tareas que aún no han sido derribados y que posiblemente no
lo serán durante mucho tiempo. Hay extensos potreros llenos de ganado cuyos
cuernos están numerados porque es tanto que no se le puede conocer como a las
reses de la gente pobre por la vaquita joca o el novillo prieto. Y hay inmensos
cañaverales que se unen con el cielo.
Fuera de todo eso, que está cercado de alambres, quizás no
haya cosa que valga la pena. La demás tierra es de las pocas gentes acomodadas
del lugar y del pueblo. Y esos gustan más de hacer potreros para criar ganado
que conucos para cosechar frutos. Las reses con mejor negocio. Dan leche y se
venden a buen precio. Las cosechas se pierden con mucha frecuencia una y dos
veces, y no se recupera jamás el dinero invertido. Los que cultivan la tierra
lo hacen casi exclusivamente para comer de ella. Si venden alguna carga en la
finca, solo les sirve para comprar un pantalón, una colcha o, de tiempo en
tiempo; un frasco de medicina y unos zapatos.
De esas tierras son Mon y Andrés, hermanos a quienes les
faltó el padre estando pequeños. (Lo mataron los gavilleros. Los mismos que
azotaron los campos del Este y que hicieron tanto daño a la gente humilde que
no pudo pagarles). La madre los crió trabajando. Tenían un pedazo de tierra sin
documentos. Allí fueron creciendo sin pensar que fuera posible llegar a no
tener terrenos y luego verse en el aire como la hoja que cae del árbol; hasta
que un día se dieron cuenta de que les habían cercado lo que creyeron suyo y
oyeron a un notario decirles que aquello nunca había sido de su propiedad, que
ahí estaba la Ley para comprobarlo.
Para la gente del campo, lo que no está al alcance de sus
conocimientos, es un misterio ante el cual hay que doblegarse sin intentar
defensa.
Por consideración, el propietario de todo aquello, un tal
Don Gregorio, los dejó seguir viviendo allí. Era aquel un hombre que en el
pueblo ocupaba el primer lugar, después de la patrona. La gente hablaba de él
casi con devoción como si hiciera milagros o fuera un ente sobrenatural. Mon y
Andrés no pensaron en guardarle rencor. Hallaban que todo era natural y
posiblemente su devoción y respeto hacia él crecieron más.
Pero de súbito se encontraron con que habían perdido el
deseo de trabajar y ya no le tenían ningún cariño a aquella tierra que para
ellos lo fue todo cierta vez. La que estaba pegada a ese lugar y seguramente moriría
allí, era la madre, una viejecita que hacía pequeños conucos y los mantenía
limpios desyerbando ella misma.
Aquella agricultura no podía extenderse porque la tierra era
ajena y aunque se pudiera, no producía placer ver un platanar sobre terreno que
no era propio y que el día menos pensado sería reclamado por el dueño sin que
nadie se pudiera oponer.
Hubo que buscar la vida fuera del conuco que cada día era
menor y que a no ser por la vieja ya estaría completamente abandonado. Necesariamente
fue echar días de trabajo, arriar ganado hasta los pueblos vecinos, ir a la
finca para ganar una chiripa y sacar la cédula.
Pero ese trabajo tampoco era estable, ni tenía porvenir.
Andrés y Mon cada día eran más hombres y estaban más necesitados. La madre se
hacía más vieja. Ella si que podía quedarse durante el resto de sus días ---que
no eran muchos en el pelaíto que tenían en las tierras del Don. Pero a
ellos les sentaba mejor probar suerte.
Lo habían oído decir varias veces:
-Se está enganchando gente. Quieren hombres para el
ejército. Y eso, que primero solamente llamó su atención, luego llenó sus mentes,
sus vidas, hasta convertirse en una obsesión. ¡El ejército! Eso era diferente a
pasarse la vida de peón, recibiendo órdenes y hasta palabras pasadas. El
guardia era jefe, el guardia no paga cédula, era bien recibido en todas partes,
portaba un rifle y no hacía trabajos pesados. Porque eso de andar de un lugar a
otro no era trabajo para un hombre que hubiera hecho una tumba. Para quien
hubiera amanecido arriando ganado mañoso por caminos estrechos entre montes sin
cerca, aquello era como no hacer nada.
Venían las voces:
-Engancharon a Nicasio el de Concha. Lo recomendó don
Gregorio.
¡Dizque a Nicasio! ¡Qué tollo! Ellos podían engancharse.
¿Por qué no? Había que buscar la recomendación y luego vender lo que fuera necesario
para reunir los dos pesos del pasaje y algunos centavos más. Había que cambiar
de vida. ¡Era necesario partir!
Vendieron el marrano y dos cargas. Dejaron casi sin raíces
el cuadro de batatas. Hicieron seis pesos. Llegaron al pueblo. Fueron donde don
Gregorio. Este les dio la milagrosa carta que los haría soldados. Llevaban en
el seno aquel papel como si llevaran una recomendación firmada por el mismo
Dios. Muy seguros de su buena suerte, partieron hacia la Capital.
III
La realidad es diferente de los sueños. ¡Cuánta gente viene
a la Capital! No se imaginaron nada semejante Mon y Andrés. Creyeron que
hallarían con suma facilidad a un conocido suyo a quien pensaban utilizar para
que les hiciera llegar aquella carta a su destino. Pero hasta aquel medio día
no lo habían encontrado. Hacía cuatro horas que vagaban por las partes altas de
la ciudad. Se detenían dondequiera que encontraban una persona a quien se le diera
preguntar. Generalmente se dirigían a aquellas que miraban cualquier cosa desde
las puertas de sus casas. Así le hablaron a una mujer:
pu-
-Oiga, Doña: ¿uté nos haría el favor de decino aonde vive
Don Domingo Montero?
La mujer era amable y les preguntó:
-¿Quién es él?
-Don Domingo! -respondió Andrés-¡Un hombre del pueblo e
nosotro!
La mujer los miró y luego, con cierta indulgencia, les
volvió a preguntar:
- ¿Vive en esta calle?
-Ta'quí en la Capital.
No sabía qué decirles. Pensó un poco antes de pronunciar
palabra. Al fin respondió:
-Es difícil hallarlo. Aquí no vive.
No les dijo más.
Los vales siguieron andando. Hallaron otra mujer. Era muy linda.
Le quisieron hablar, pero ésta no les prestó atención. Entró a su casa y los
dejó plantados con la palabra en la boca.
De todas las humillaciones recibidas hasta ese momento, fue
aquella la que más les dolió. Sin embargo, siguieron buscando. Vieron a un
hombre que tenía cara de bueno. Se dirigieron a él:
-Mire, Don: nos haría el favor de decino aonde vive un señor
que se ñama Don Domingo Montero bajitoncito él,que tiene mucho gallo y tá
empliao?
El interpelado sonrió con cierta ironía y les dijo:
-¡Cualquiera lo averigua!
Y volviéndoles la espalda echó a andar.
Hallaron otro. Tenía éste cara de pícaro. Era un sujeto de
buen humor. Le dirigieron la pregunta. El individuo los miró de pies a cabeza,
fingió que hacía un esfuerzo por recordar y al fin les dijo:
-Allí mismo. Sigan esta calle, cojan aquella a la izquierda,
caminen de frente, cuenten seis casas a la derecha y allí es...
Les invadió una alegría que casi no los dejaba hablar. Ni
siquiera dieron las gracias. El hombre se les borró inmediatamente. Iban
comentando emocionados:
-¿Uté vé, vale? Niño que no llora...
Eso decía Andrés. Mon respondía:
-Yo se lo decía, que había que preguntá...
Siguieron las instrucciones. Llegaron a la casa. No había
modo de confundirla. Llamaron. Por una puerta muy ancha que estaba entreabierta,
salió un hombre todo sucio de grasa. Traía un hierro en una mano. Estaba mal
humorado y se veía que acababa de interrumpir su trabajo para atender a aquella
llamada.
-¿Qué quieren?-preguntó secamente.
-¿No tá Don Domingo?-inquirió Andrés.
-¡Qué Don Domingo, ni Don Domingo! Esto es un garaje.
-Pero a nosotro no dijeron...
El hombre les estrelló la puerta en las narices y no oyó
más. Iba echando pestes. Los campesinos no tardaron en comprender. Ya no preguntarían
más. La gente es demasiado cruel.
IV
Había llegado la noche y los mozos estaban cansados de
andar. Tenían hambre. No sabían dónde iban a dormir.
–¡Tan poco chaco que uno trujo, vale! –comentaba Andrés.
–¡Y tanta gente degraciá! - respondía el otro.
Volvían nuevamente hacia el centro de la ciudad. Ya las
luces eléctricas estaban encendidas. ¡Cuánto brillo! Sus pupilas no estaban acostumbradas
a tanta claridad. Después de todo – pensaban –eran muy tranquilas aquellas
noches del bohío, cerca del fogón, fumando un bolo, hablando de cualquier cosa
o refiriendo historias.
Estaba lejos aquello. No parecía posible que alguna vez
hubiera sido realidad. Las cosas ahora se veían diferentes. Sentían como que los
habían arrancado de cuajo. Los invadía una sensación de estar en el aire. La
guardia. Don Domingo: Nada parecía verdad. Ni esas mismas calles, llenas de
gente y de luces, tenían aspecto de cosa real. Todo era vago.
Andrés habló:
–Toa la calle son iguale, Mon.
–No son iguale, por Dio. Uté e muy sonso. E que nosotros no la
conocemo.
–Eso era lo que yo quería decí.
Mon estaba impaciente, inconforme, con deseos de estallar.
–No hable uté pendejá, -respondió.
No estaba satisfecho. Le dolía haber dicho aquello, pero
¿qué otra cosa podía decir? ¡Era tan tonto Andrés! ¡Y todo lo que estaba
sucediendo era insufrible!
El hermano no respondió. Quedó un momento en silencio.
Pasado éste, desanimado, como con pena exclamó:
–No se apure, Mon. Tenga paciencia...
Siguió en silencio el otro. Apareció ante ellos una calle
con más gente que todas las que habían visto. Por allí apenas se podía
transitar. Camiones, pequeñas casillas, pulperías; polvo; carretillas ¡y gente como
nadie soñó ver! Había más que en la calle El Conde, porque aquí los vehículos
se abrían paso a fuerza de bocina.
Andrés iba a preguntar, pero lo contuvo el recuerdo de sus
últimos fracasos. Unas mujeres que había en la próxima esquina le dirigieron la
palabra:
–Ven acá, lindo.
–Oye, papasito.
Las había de todo tipo. Una de muy baja estatura, blanca,
desteñida, sin dientes, pintarrajeada como una máscara; otra gruesa como un
tonel; otra más, de cintura delgada y nalgas estupendas esa era la que hablaba.
Vestían trajes de seda artificial muy usados, ceñidos y largos. Mon se encaró
con aquella que le dirigía la palabra a su hermano y lleno de ira barboteó:
-Miren, saltiadora! ¡Vayan a robale a su pai!
Las mujeres se sintieron ofendidas, y, despechadas, los
insultaron a coro, despiadadamente.
–¡Vale del diablo!
–¡Desgraciao! ¡Dichoso tú!
Mon sintió como que le tiraban de los cabellos. Iba a
cometer una barbaridad.
–¡Bando e puta!...
Suerte a un policía. El agente intervino y evitó la pelea.
Amonestó a las mujeres y le dijo al campesino:
Y uté aprenda a tratar a la gente. Si viene del campo coja
al paso. Mon se ahogaba en ira. Con una mirada se lo dijo todo a Andrés.
Este era presa de un sordo rencor. Los dos siguieron calle
abajo. Iban casi ciegos. Ya no les impresionaba nada; ni la gente, ni los
vehículos, ni las luces. Sentíanse más arriba de todos los hombres. Quizás no tenían
un concepto definido de su estado, ni mucho menos podrían explicarlo, pero
sentíanse más arriba de todos los hombres.
A poco caminar apareció a sus ojos un mercado, fuente
emanadora de aquel gentío y de aquel bullicio. Fueron, a paso firme,
derechamente hacia un puesto de fritos.
V
Era el día siguiente. En el cuarto de baño de un segundo
piso, en una casa ocupada por estudiantes, se oía la voz de un campesino:
-Nosotro seguíamo trabajando en el fundo. Pero dende que el
notario dijo que la tierra eran de don Gregorio, no pudimo hace casi ná. Lo
rico no se cansan de tené. Ya él lo quería tó. No hay quien viva con lo dueño e
terreno. Uno no pué tené un animalito, porque dende que le ven un vasito e
potrero, di una ve le echan mano. Y como uno no e dueño... o deja el sitio o lo
pierde.
El que hablaba era Andrés. En la bañera, un joven de unos 25
años, desnudo, se enjabonaba y oía al campesino sin hablar. En la puerta
entreabierta, con la cabeza metida en el cuarto, Mon, callado, permanecía sin
tomar ninguna resolución. Andrés, seguía explicando:
–Uno se cansa de trabajá. Si te descuida, cuando viene a vé,
el día meno pensao tiene una mujer y un bando e muchacho. Y si no ha heredao
tierra, o si la ha heredao sin papele como nosotro, no tiene aonde viví. Y
antonce... uté sabe que la finca e jel colmo... Nadie se va a pasá la vida
echando diíta e trabajo o jarriando resecita. Hay que bucá otra cosa. Y sin
sabé de letra, ¿qué le queda a uno?... Pa eso mejor se engancha a la guardia,
que ahí tan siquiera no se mata uno tanto.
Andrés decía aquello lentamente, como dejando caer las
frases. El hombre de la bañera, totalmente enjabonado, abrió la ducha y comenzó
a lavarse sin responder. El campesino volvió a decir:
–Don Gregorio noj dio ete papel, –y quitándose el sombrero sacó
de éste un sobre largo-. Sacamo dó certifico e buena conducta de a peso ca uno.
Eto e pal General Jefe e la Fuerza... ¿Qué le parece a uté?
El de la bañera seguía echándose agua. Por fin terminó de
bañarse y comenzó a escurrirse con las manos. Al fin dijo, sin mirar al
campesino:
–Ahora veremos.
Alcanzó la toalla y comenzó a secarse. Luego extendió el
brazo y cogió unos calzoncillos y una camiseta que colgaban de un clavo. Cuando
se los hubo puesto le dijo al vale:
–Deja ver...
Cogió los papeles. Los miró sin interés y como si quisiera
salir pronto de los campesinos, les dijo:
–Vayan a la Fortaleza. Colóquense detrás del centinela y
díganle que llame al Cabo de Servicio. Entréguenle la carta y pídanle que se la
lleve al General. Él les dirá lo que deben hacer.
Andrés estaba optimista:
–¡Ja no! Dende que vea la firma e don Gregorio no hay que
hablá. Ese e jun enganche seguro.
–¡Vayan, vayan! –replicó el hombre, como si le molestaran,
volviéndoles la espalda.
Andrés se volvió lentamente. Mon se movió al fin y dejó
paso. Se encaminaron hacia la escalera murmurando algo.
Miguelito era del Este. Se había encontrado con aquellos
campesinos durante la noche anterior. Poco más o menos eran las ocho. Si le
hubieran preguntado por qué cogió una calle que dá al hospedaje no lo hubiera
sabido decir. Quería perder una hora y se fue por ahí.
Pasaba frente al mercado. Mientras se abría paso entre la
gente que llenaba las aceras, pensaba en cualquier cosa, menos en lo que tenía delante.
En eso oyó una voz:
–¡Don Miguelito!
Siguió de largo. ¡Hay tantos que se llaman Miguelito! No se
le ocurrió pensar que lo llamaban a él. Pero nuevamente sonó la voz:
–¡Don Miguelito! E con uté!
Volvió la cara. Un campesino se le acercaba casi corriendo.
Tropezaba con la gente, pero no se enteraba de ello. Iba abriéndose paso con la
vista fija en él. En pocos segundos lo tuvo en frente. Con una sonrisa que le
llenaba toda la boca, el vale le extendió una mano ruda, ancha.
–¡Caramba, don Miguelito! ¿Cómo tá uté?
Cogió esa mano y con cierta reserva, respondió:
-Así,... regular...
Aquella cara no le era del todo extraña, pero a pesar de
ello no acababa de reconocerla. Decía el campesino:
-Nosotro tamo aquí dende eta madrugá. Vinomo en un camión y
jata eta hora no hemo encontrao gente conocía. Suerte que al velo a uté...
Todavía no acertaba a saber quién le hablaba. Sin embargo,
su cara le era familiar. Comenzó a pensar... ¡Ah! Aquel hombre podía haber sido
peón en su casa. Así tenía que ser. Pero ¿qué buscaría allí? Resolvió
preguntarle:
–¿Y de dónde viene ahora?
–¡Pero don Miguelito! –exclamó el vale– ¿Uté no me conoce?
¿No se acuerda de André el de Ruperta?... ¿De aonde vo a vení? ¡De allá! ¡No
hace quince día que le jarrié el último ganao a Don Miguel!
No se había equivocado: don Miguel era su padre. Ya estaba
en el asunto.
-¡Ah! Sí... ¿Y en qué andas por aquí?
- Andamo, don Miguelito, porque Mon tá conmigo. Mírelo ahí,
¿no lo conoce ya?...
Miguelito volvió la cara y se encontró con el otro campesino
que estaba casi a su espalda, silencioso.
–¿Qué tal, don Miguel? –se le anticipó.
–¡Oh, Mon! ¿Tú también estás aquí?
–Si hombe. –siguió diciente Andrés– tamo bucando enganche.
Dende eta madruga andamo atrá e don Domingo, to ha sio preguntá y más preguntá,
pero no ano jallao una persona capá e decino aonde vive. Aquí...
El rostro del campesino se contrajo. Miguelito cortó:
–Supóngase... Aquí no es como en el pueblo. Se hace muy difícil
hallar a una persona. Además, don Domingo no vive en la Capital.
Al oír esto los campesinos quedaron desolados, casi
consternados. Se diría que les había faltado tierra debajo de los pies.
–¿Y ahora? –exclamó Andrés, como con pánico.
–¿Y ahora? –dijo Mon.
Al instante Miguelito se enteró de una cosa que no se le
había definido desde un principio: aquella gente tendría que ser socorrida por
él.
–¡Mire el diantre! –dijo Andrés– y nosotro que veníamo aonde
él pa que nos diera posá...
-Trujimo una recomendación de don Gregorio pa la guardia
–dijo Mon– y queríamo que él no jayurada a entregala...
-¡Y una recomendación como esa!... –exclamó Andrés con cierto
orgullo que era algo así como una promesa de seguridad para cualquiera que los
quisiera socorrer.
Miguelito estaba más que embarazado. ¿Qué hacer? El conocía bien
el caso. Los campesinos se deslumbraban con el ejército, dejan sus labranzas,
renuncian a su vida, venden cuanto tienen, para hacer un viaje como el que
hicieron éstos. Se presentan en la Capital con una carta de cualquier político
de pueblo, desconocido y sin importancia, creyendo que con eso obtendrán lo que
sueñan. Después, en la ciudad se hallan con que la cosa no es tan fácil, y
entonces sufren mil calamidades. Algunos se quedan y se convierten en
miserables, jornaleros o en vulgares rateros; otros emprenden el camino de
retorno, pero se quedan en cualquier sitio por vergüenza, por no volver
derrotado, y entonces pasan a ser cualquier cosa, menos lo que deben ser.
Sabía todo esto y se le hacía difícil tomar resolución. Por
fin se decidió a preguntar:
–¿Y en qué sitio van a dormir?
–¿Nosotro? –respondieron a coro–. Luego dijo Mon:
–No tenemo.
–¿Trajeron suficiente dinero para pagar un dormitorio?
–¡Qué va! –murmuró flojamente Andrés.
Para no desbordarse se empeñaba en recordar que su padre y
su madre eran del campo, que él mismo había nacido en el lugar donde nació
aquella gente; mas, al instante se decía:
Miguelito titubeó un instante. Los dos campesinos estaban
frente a él como esperando una sentencia de vida o muerte. Por fin, como quien
tiene que violentarse para tomar una resolución, dijo:
–Vamos a casa.
Después de haberlo dicho, se diría que era presa de la ira.
Estaba inconforme consigo mismo. ¿Por qué decirle a aquella gente vamos a casa?
No tenía nada que ver con ellos. No podría echárselos encima, ni quería.
Tampoco podía disponer de tiempo para atenderlos. Sin embargo, les había dicho:
¡Vamos a casa!
–¿Pero qué tengo yo que ver con eso? Nadie escoge el lugar
de nacimiento. Uno nace en cualquier sitio. Al hombre lo hace la educación. Yo
me crie en la ciudad y tengo otras costumbres. No he visto más a esa gente, no
he convivido con ellos, no soy como ellos, aquí me sostengo por mi propia
cuenta. Entonces ¿por qué les he dicho vamos a casa? En mi casa no cabe uno
más.
Pensaba esto y sentía un loco deseo de golpearlos. ¿Por qué
le seguían?
Así fue como los campesinos amanecieron en una casa de
estudiantes en la Capital. Por eso era que a Miguelito, en el baño, se le hacía
tan difícil responder a las palabras de Andrés, y para que no le hablaran más
de sus planes, le había dicho bruscamente:
–¡Váyanse, váyanse!
VI
Los vales volvieron a eso de las doce. Mon entró algo
abatido. Andrés confiaba en su destino. Un estudiante en calzoncillos que
inconscientemente se hacía moños con los dedos mientras leía, al sentirlos, levantó
la cabeza y les preguntó sonriendo:
–¿Cómo les fue?
Andrés se apresuró a responder:
-Fuimo a la Fuerza y no noj deján dentrá, pero el Cabo e
Servicio noj dijo que echarámo la carta al correo, que el General noj mandaría
a bucá...
El estudiante volvió a leer sin decir palabra. Se diría
había callado algo que los campesinos no deberían saber. Andrés siguió diciendo:
–¡Ofrécome! ¡Cuánta gente! Ahí había má de dociento hombre parao.
¡Y toito eperando enganche! Yo digo... Si no fuera por esa recomendación de don
Gregorio...
El estudiante no se movió. Siguió haciéndose moños. Andrés
titubéo un poco. Luego salió al patio y fue hacia el cuarto de Miguelito. Mon
se quedó donde estaba y en voz baja le dijo al estudiante.
–Ese muchacho ni an parece hermano mío. E jel critiano que habla
má pendejá. Uté lo ve asina, pero en tó mete la pata. El único que sabe la
cuatro regla de lo dó soy yo...
El de los calzoncillos tuvo que contenerse para no reír. ¡Era
tan simple aquella ingenuidad! Otra vez iba a hablar Mon cuando apareció su
hermano.
–No ha venío don Miguelito, -comentó.
La noche del hallazgo de los campesinos, Miguelito le había
dicho a sus compañeros:
–Son una pobre gente de campo, pero no se les puede dejar amanecer
en las calles. Aquí la gente es mala. Quiero que ustedes me permitan alojarlos
por una noche.
Todos accedieron y convinieron en darles la colombina de un
estudiante que se hallaba ausente, con su colchoneta, pero sin sábanas. Les
dieron, además, dos americanas viejas para que se cubrieran. Allí durmieron
apretujados, roncando durante toda la noche.
Pero ya hacía cinco días que estaban los campesinos allí y
no habían recibido la ansiada llamada. Ya los habitantes de la casa, gente joven
y despreocupada, estaban acostumbrados a ellos. Les llamaban los estudiantes,
en raptos de buen humor, y los mismos vales parecían sentirse allí como en su casa.
Habían cobrado confianza, hacían mandados y durante todo el día estaban
refiriendo historias absurdas, o formando planes ingenuamente.
–Dende que no enganchemo --decía Andrés-, vamo a ve si noj
mandan pa lo lao de casa... Allá hay gente a la que yo quisiera presentámele
uniformao. ¡Mira que la mojiganga del Merencio que ahora lo han nombrao dique
Pedanio!...
–Dende que uno é guardia la cosa cambia, afirmaba Mon- De
una ve lo tan adulando, pretándole atención. ¡Pero yo que loj conoco!...
Los demás se divertían oyéndolos. Sólo Miguelito se había
tornado huraño y vivía conteniendo el mal humor. En uno de sus peores momentos
fue cuando Andrés se le acercó a decirle:
–Mire, don Miguelito: nosotro queremo que uté no saque de eto.
Ya hace sei día que tamo eperando y no ano recibío conteta. E que a uno le hace
falta una gente que lo lleve. Hágano el favor de dentrano en la Fuerza o de
hablá con el General. Nosotro...
Hasta aquí pudo oírlo. Por fin estalló:
–¡No sean brutos! –les dijo bruscamente–. ¿A quién diablos se
le ocurre que yo pueda presentarlos? Ustedes no van a conseguir nada. ¡Sépanlo
de una vez! Para engancharse se necesita ser familia de un ministro, tener
amigos influyentes. Don Gregorio es un pobre campesino que fuera de su casa no
vale un centavo. ¡No sueñen con enganche!
Los vales oían sin darles crédito a sus oídos. Andrés había
abierto los ojos desmesuradamente. Mon estaba pálido. Parecían dos estúpidos.
–¡No diga eso, don Miguelito! –casi suplicaba Andrés– ¡No diga
eso!
–¡Como lo oyen!
Siguió hablando el que fuera hasta ese día su protector. Les
dijo que
todo era inútil, que ellos eran hombres de campo, que volvieran
otra vez a ocupar su lugar.
–¡Busquen tierra hasta en el infierno si no la encuentran en
otra parte, pero no olviden lo que son! Y además ¿no han vivido siempre allá en
la sección? ¡Ahora quieren ser hacendados!...
De haberles dado una paliza no los hubiera dejado en aquel
estado. Estaban desvencijados. No tenían fuerzas. Fue muy rudo el golpe.
Miguelito los miró un instante. Su aspecto pareció
impresionarlo. Calló de súbito y salió hacia el patio. ¡Diablos! ¿Qué le estaba
pasando? Se hallaba como si se hubiera excedido. No encontraba forma de
justificar lo que había hecho. Pero ¿no estaba él ya hastiado? Sin embargo, no
podía dejar de pensar:
–¿Qué hace aquí esa buena gente? ¿A qué vienen estos
hombres? Dejan su campo; abandonan lo que entienden y se meten en la ciudad... ¡a
crearles embarazos a los otros y verse ellos así!...
Su preocupación subía de tono, y al fin terminaba recriminándose:
–¿Pero había necesidad de que les hablara así?...
Las ideas se le volvían un brollo. Se volvió y alcanzó a ver
a los dos mozos recostados en la balaustrada, como gente a quien le han sacado
el alma. No se dio cuenta de lo que hizo, pero caminó hacia ellos. Luego, sin
poderlo prever ni remediar, cuando estuvo frente a los vales, sin mirarlos,
como queriendo sujetar las frases dijo:
–Sin embargo... le podríamos poner un telegrama al
General... Quizás...
Los mozos se enderezaron súbitamente. Parecían deslumbrados.
Lo miraron como si, habiéndolo creído muerto, de momento resucitara ante sus
ojos.
–Hombe, don Miguelito, ¡hágano ese favor! –decía Andrés.
–¡Haga algo, hombe! –decía Mon.
Miguelito cada vez más se perdía en confusiones. Se llevó la
mano al bolsillo. Algo inesperado le sucedió. No tenía dinero ni lo tendría durante
muchos días. Su comida y la de aquella gente le estaba siendo acreditada por
los compañeros.
–¿No tienen treinta y cinco centavos? –preguntó.
–Yo tengo quince –dijo Mon.
–A mí se me acabaron, –murmuró Andrés.
¡Qué cosa! Ahora Miguelito pensaba:
–¿Por qué les habré dicho esto? Mejor hubiera sido dejarlos
como estaban. ¡Ahora me he echado encima un nuevo lío!
Y cada vez estaba más inconforme consigo mismo. Se vio
obligado a decir.
–Bueno. Esperen. De hoy a mañana yo conseguiré.
Pero seguía preguntándose:
–¿Qué he hecho?
Y volvía a pensar:
–¿Qué hacen aquí estos pobres hombres? Dejaron el campo. ¿A qué
vienen?
Hasta que al fin, súbitamente concluyó:
–¡No haré nada por ellos!
Se fue a la calle. Por la noche volvió a la casa, eran las
once. Fue al cuarto donde dormían los campesinos y se encontró con que habían tenido
que abandonar la cama porque el dueño había llegado. Mon estaba metido en una
caja grande vacía que utilizaban los estudiantes para echar ropa sucia; estaba
encogido como un niño en el vientre de la madre, entre pajas y trapos, con el
saco sucio puesto a guisa de abrigo. Andrés estaba sentado en el mosaico
pelado, también con su saco puesto, recostado en la pared, con la boca abierta.
Ambos roncaban. Así, como estaban, se veían los dos seres más abandonados del mundo.
Miguelito pensó:
–¡Pobre gente!
Y fue hacia su cuarto. Sin embargo, sentía ira, y no cesaba
de repetirse:
–¿A qué vienen?
VII
Al día siguiente, cuando Miguelito despertó, Andrés y Mon
estaban frente a su cama.
–Nosotro no vamo,
–decía el último. Ya tenemo aquí mucho día y no se va a
conseguí ná. No tenemo un chele y ya le hemo dao mucha moletia a uté...
Estaba triste el mozo y decía aquello como un retazo de
pobre esperanza. Con cada palabra parecía que se le rompía algo muy íntimo que
sangraba.
–Nosotro le agradecemo lo favore que nos ha hecho, –decía Andrés–.
Noj vamo a dir.
Miguelito no quería mirarlos. Estaba acostado de vientre,
con la cabeza enterrada en la almohada y la cara más bien vuelta hacia la pared.
Así les volvía la espalda.
–Uté hizo lo que pudo. Ahora noj vamo... –repetía Andrés.
–Eso no es nada, –dijo–. Yo hubiera querido servirles mejor.
El que fuera su protector no se movía; no volvía la cara.
Los dejaba decir sus palabras y las sentía caer como gotas de algo amargo. –Noj
vamo, decía Mon, como con pena, igual que si estuviera cansado.
–Le diremo adió... –murmuraba Andrés.
Miguelito hacía esfuerzos desesperados por mantenerse en
aquella posición. Le parecía que los campesinos permanecían más de un día frente
a su cama. Sin dar cuenta preguntó:
–¿Llevan algo?
Mon dijo:
–No.
¡Demonios! ¿Qué había hecho? ¿Para qué preguntarles? Ahora
se
encontraba sobre espinas. Le dolía algo.
Sin embargo, como quien pierde el equilibrio y después de
resbalar sigue dando tumbos hasta caer, sin poder controlarse volvió a preguntar:
–¿Consiguieron algún camión?
–Qué vá... Noj vamo a pié.
¡Otro absurdo! Ahora se decía:
–A pié! ¡Y sigo de necio! ¡Sigo preguntando! ¿Acaso me
importa esa gente?
Sin embargo, algo cruel le roía. No quería pensarlo, pero en
su mente se dibujaba una carretera dura, áspera, bajo un sol de fuego. Y un
enorme número en llamas llenaba el horizonte: 200. ¡Doscientos! Doscientos
kilómetros tendría que caminar aquella gente para llegar
a su casa. Y sin comida... Sin dinero...
Podría haberles regalado un par de zapatos, un sombrero,
¡cualquier cosa! Para que lo vendieran. Pero no fue capaz de moverse ni de
mirarlos.
Ahí estaba la carretera, larga, desolada, bajo el sol
implacable. Y el gran número en llamas cubriendo el horizonte: ¡200!
–Adió don Miguelito, –rezongó Mon con voz quebrada.
–Adió...–murmuró Andrés.
No los oyó. No se enteró de nada. No respondió.
–Adioó...
Fue lo último que dijeron.
Seguramente la puerta emitió algún sonido. Debieron oírse
los pasos de los vales al salir de aquel cuarto y luego al pasar por el que
estaba contiguo. Alguien afuera debió despedirlos con un débil adiós.
Miguelito seguía con la cara enterrada en la almohada,
inmóvil. Y veia la carretera larga, interminable, desolada, bajo el sol. Sobre
ella iban los dos campesinos gastándose, y el gran número de cifras en llamas
seguía cubriendo el horizonte: 200.
¡Doscientos!
Ramón
Marrero Aristy
(1913-1960)
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