DOS PESOS PARA CIRILO
Pedro Valbuena se detuvo frente a la ventanilla de la
oficina de pagos y observó atento a través del enrejado cómo manipulaba el
cajero los billetes crujientes, recién estrenados. Sin apartar la mirada un
solo instante de las hábiles manos del hombre, admiró una vez más la destreza
con que rompían el cintillo de papel y contaban con rapidez increíble los
billetes amontonados, levantando los extremos con movimientos impecables de los
dedos, nerviosos y ágiles. Como siempre, intentó seguir mentalmente el conteo
vertiginoso, pero quedó rezagado ante la pericia del otro. Las manos
prodigiosas ejecutaron dos movimientos casi simultáneos, y el fajo de billetes
quedó aprisionado dentro de una cinta elástica que sonó ruidosamente al chocar
contra el paquete. Un nuevo movimiento, y el resto de los billetes quedó al
alcance de Pedro, en el espacio abierto que dejaba en su parte inferior la
rejilla metálica. Con una leve sonrisa, lo retiró haciendo un impreciso gesto
de conformidad: por nada del mundo habría confesado su incapacidad para
realizar tan velozmente como el otro el conteo, y esperaría hasta desaparecer
de su vista para comprobar si su sueldo estaba completo.
Se retiró cuatro pasos y, protegido tras una columna, contó
lentamente los billetes abriéndolos en abanico entre el pulgar y el índice...
"Cinco de a veinte, cuatro de a diez y doce de a uno"... Seguramente
había contado mal y volvió a hacerlo: "Cinco de a veinte, cuatro de a diez
y doce de a uno... Doce de a uno"... Sí. Le habían pagado dos pesos de
más. Con movimiento impulsivo giró a su derecha y dio dos pasos hacia la
ventanilla del pagador, pero se detuvo en seco antes de alcanzarla. Nadie le
vio realizar aquel movimiento: el cajero conservaba la cabeza baja mientras ejecutaba
sus manipulaciones habituales, y la larga fila de hombres por cobrar avanzaba
lentamente, sin hacer caso de su presencia. Tras un breve instante de
vacilación, Pedro se dirigió a la puerta de la fábrica con la mano derecha
dentro del bolsillo del pantalón, cerrada con fuerza alrededor del pequeño fajo
de billetes...
José Cambronal se despojó de la camisa y la colgó de uno de
los postes que sostenían la alambrada de púas. Echó una ojeada sobre el terreno
que debía desbrozar y calculó que había trabajo para tres horas cuando menos.
Se colocó las manos frente a la cara y escupió con fuerza sobre las palmas
encallecidas; las frotó entre sí y empuñó el machete que recogió del suelo.
Con las piernas bien abiertas y el torso inclinado hacia
adelante inició el golpear rítmico del brazo armado sobre la maleza tu pida que
se entrelazaba a sus pies. El machete se alzaba y descendía en movimientos
regulares y precisos. Uno desde la izquierda, otro desde la derecha... Uno,
dos. Uno, dos. Uno, dos... "Dos pesos", le había dicho a la mujer y,
para evitar todo regateo, reafirmó: "Ni un centavo menos". Pero ella
dijo, simplemente: "Está bien", y le volvió la espalda. Dos pesos era
un buen precio por aquel trabajo. Aunque era preciso desmontar primero,
desyerbar después, y, finalmente, amontonar el desbrozo para facilitar su quema
cuando se secara, no le tomaría más de tres horas realizarlo todo. Podría estar
llegando al rancho alrededor de las tres. Aquel día se comería tarde, pero se
comería... La culpa no sería de él esta vez. Había salido casi de madrugada,
dejando atrás los gritos de los niños. Con el machete en la mano fue ofreciendo
su trabajo de casa en casa a lo largo de la carretera, pero hasta las doce no
había encontrado nada que hacer. Valió la pena, sin embargo, esperar hasta
entonces: dos pesos en tres horas estaban más que bien, sobre todo en esta
época de paro. En tiempos de zafra siempre había el recurso de ofrecerse a
última hora a los blancos del ingenio, pero en este tiempo muerto se necesitaba
mucha suerte para ganarse dos pesos tan fácilmente... Y la mujer no había
regateado. Tal vez hubiera podido pedirle un poco más...
Cirilo Villamán mordió la colilla apagada del cigarro y lo
trasladó de uno a otro extremo de la boca con un movimiento lateral de los labios
fruncidos. Estaba sentado en un cajón, ocupando uno de los cuatro lados de la
improvisada mesa de dominó. Sobre la tosca tabla colocada horizontalmente sobre
un barril, las fichas formaban una letra L negra, punteada de blanco. Mientras
chupaba maquinalmente el cigarro sin lumbre, Cirilo colocó ruidosamente -casi
con rabia- una pieza en el extremo de la hilera que se extendía sobre la
mesa... "Cuadré a cinco", se dijo. "Hay cuatro cincos en juego.
Yo tengo el doble, pero mi frente salió a cinco y dio después otro: debe tener
por lo menos uno más. Aunque me maten el doble, le doy un pase a este de mi
derecha y le abro juego al frente....
Estaban en el patio de la bodega, protegidos del sol por el ramaje
tupido del mango que extendía su follaje sobre las cuatro cabezas inclinadas
hacia la mesa de juego. Las tardes de los movimiento en el negocio y para
Cirilo lunes eran de poco constituía ya una costumbre llenar aquellas horas
muertas organizando la mesa de dominó. Aparte del hecho de que tres de los tercios
eran siempre los mismos, otra circunstancia jamás variaba en aquellas sesiones:
el bodeguero y su frente ganaban siempre, porque Cirilo Villamán no era hombre
que dejara las cosas al azar...
"Es la primera vez que se equivoca", pensaba Pedro
Valbuena en tanto se dirigía a la parada de autobuses. Tres años recibiendo su
sueldo cada mes a través de aquella rejilla, y era hoy cuando comprobaba el
primer error... Pero ¿por qué no había devuelto los dos pesos, como fue su
primera intención? A Pedro le gustaba analizar sus propios actos y
sentimientos, y ninguna ocasión más indicada para hacerlo que aquellos largos
recorridos en el autobús que lo transportaba diariamente desde la fábrica hasta
su casa de las afueras de la ciudad... Aunque su primer impulso había sido
devolver el dinero, algo le impidió llevar a cabo su propósito. Fue como si una
fuerza extraña hubiese detenido su ademán. Pero él sabía que ningún acto humano
se produce por sí solo; que aun los que aparentan ser más impulsivos, tienen
una causa oculta que puede siempre descubrirse. Y nada le placía más a Pedro
que hallar esa razón de ser escondida y misteriosa... Evidentemente, ni el
cajero ni ningún otro de los presentes se había percatado de lo sucedido.
Nadie tampoco observó su gesto trunco al acercarse de nuevo a
la ventanilla, Ninguna persona podía, pues, acusarlo de haber dispuesto de
aquellos dos pesos... Pedro se sonrió imperceptiblemente: aquella impunidad le
proporcionaba una sensación de íntimo bienestar... Cuando se comprobara la
falta del dinero, se movilizaría todo el departamento de contabilidad de la fábrica.
Se revisarían una y otra vez las nóminas. Se contaría y recontaría el efectivo
en caja. Tal vez fuera necesario trabajar hasta la noche... Cerró los ojos y se
acomodó mejor en el asiento del autobús, ampliando la sonrisa que jugueteaba en
su rostro. Le pareció ver encendidas las bombillas de la oficina y a los empleados
en camisa, sudorosos, inclinados sobre los libros y las máquinas de sumar,
tratando inútilmente de descubrir el destino de aquellos dos pesos...
José Cambronal, en cuclillas bajo el sol inclemente que
castigaba su espalda desnuda, se ensañaba contra la yerba crecida. Después de
una hora de trabajo, había logrado avanzar hasta casi la mitad del terreno.
Probablemente acabaría antes del término que se había fijado. El secreto era no
parar ni un momento. Si lo hacía, el cansancio llegaba de golpe y le llenaba de
dolores la espalda y la cintura, agarrotándole los brazos. Pero mientras
siguiera así, golpeando sin cesar con el machete, no sentía la fatiga y le
parecía que su brazo no era parte de su cuerpo, sino algo independiente que se
movía por sí solo, como dotado de vida propia. Él mismo se sentía en este
instante como una máquina movida por un impulso extraño a su voluntad, aunque a
veces creía estar oyendo los gritos de los niños... Sus hijos tenían varias
formas de llorar y José sabía distinguirlas muy bien unas de otras. Había los
gritos de rabia, que eran agudos y largos como la sirena del ingenio. Había los
de dolor, más cortos y graves. Y había los otros, roncos, profundos,
interminables: los gritos de hambre. José no podía oír estos últimos.
Simplemente no podía... Esa madrugada lo habían despertado aquellos gritos.
Comenzaron suavemente, como murmullos, se hincharon luego hasta ser como
aullidos, y luego bajaron de nuevo hasta convertirse en una especie de
estertor... No soportó mucho tiempo: se tiró del catre, se puso a oscuras el
pantalón y la camisa, afiló brevemente el machete en la piedra de amolar, y salió
a la carretera sin tomar siquiera un jarro de agua...
Con las manos abiertas y las palmas boca abajo sobre la
mesa, Cirilo entremezclaba las fichas para iniciar una nueva partida. Habían ya
jugado cinco y seguramente aquella sería la última para el infeliz que estaba
sentado a su izquierda: ya no daba para más... A veinticinco centavos por
partida, las ganancias sumarían un peso y medio. Claro que había que reducirlas
a la mitad, porque la parte de Pepe había que reembolsársela después que el
otro se fuera. Pero así y todo quedaban setenticinco centavos, que repartidos
entre los tres tocarían a veinticinco por cabeza. No había estado mal la tarde.
Cirilo se asombraba de que nadie hubiera ni siquiera sospechado del truco que empleaba
en el juego. Y sin embargo lo hacía frente a las narices de todos. El sistema
en sí era sencillísimo. Lo único necesario era cierta habilidad manual y mucha
práctica. Él necesitó meses para dominarlo a la perfección. Todo estaba en la
forma de voltear y colocar las fichas después de cada partida. Agrupándolas por
pintas y mezclándolas con cuidado, sin separar los grupos uno de otro, Cirilo
sabía, al comenzar el juego, cómo estaba compuesta la mano de cada uno de los
jugadores con un ochenta por ciento de exactitud. Con eso y una serie de
señales secretas cuidadosamente ensayadas, no se podía perder. Había practicado
el sistema con su compadre Pepe y el muchacho que le ayudaba en la bodega, y
para los tres aquella ya constituía una fuente regular de ganancias seguras.
Cirilo clasificaba a los clientes en diferentes categorías, pero prefería
trabajar al vicioso. Esta especie no le costaba esfuerzo alguno: ellos mismos
se colocaban voluntariamente dentro de la trampa. Bastaba que se sentaran los
tres a la mesa de juego. El tipo se acerca, se detiene tras uno de ellos y
comienza por obenquear. Luego pide un lugar, y una vez allí, nada ni nadie es
capaz de desprenderlo de la mesa hasta haberse dejado desplumar el último
centavo. Cuando las cosas sucedían de ese modo, Cirilo se sentía como un pescador
que ha cogido un pez sin usar carnada. Claro que a veces surgían problemas,
porque este tipo de individuos suele pedir crédito. En este punto era necesario
parar, y en ocasiones esto costaba trabajo y alguna violencia. A Cirilo no le
gustaba la violencia. En los casos en que las circunstancias la hacían
indispensable, intervenía Pepe. Pero estas situaciones críticas no eran frecuentes.
Lo corriente era ver al hombre registrarse una vez más los bolsillos, ponerse
en pie tranquilamente y largarse sin decir nada...
Cuando Pedro Valbuena había ya abandonado el autobús y se
acercaba con paso rápido a su casa, vio la espalda desnuda del hombre oscuro
agachado en el jardín. Sintió un súbito desagrado y reprimió un gesto de
impaciencia. "Otra vez Adela tirando los cuartos", se dijo. En este
punto su mujer era completamente irresponsable. Parecía no haber conocido jamás
el valor del dinero y lo malgastaba en una forma que lo indigna ba. Pedro no
podía soportar su hábito de comportarse como si fueran ricos. Pasó junto a José
sin mirarlo, y tan pronto la puerta giró sobre sus goznes, interpeló a la mujer
que venía a su encuentro: "¿Qué hace ese hombre en el patio?". Ella
se detuvo bruscamente: "La yerba estaba muy alta. A pesar de que me has
estado prometiendo ocuparte de eso cada semana, nunca lo has hecho. No podía
esperar más. Sabes muy bien que no puedo tolerar el abandono y el
descuido". "¿Cuánto?", le interrumpió él. "Lo contraté por
dos pesos..." dijo ella, con un hilo de voz.
Era, sin duda, realmente curioso: dos pesos, precisamente...
Se asomó a la ventana y preguntó en voz alta: "¿Dos pesos nada más que por
cortar esa yerba?".
José Cambronal estaba dándole los toques finales a su labor.
Junto a la alambrada en que remataba el patio, amontonaba la yerba recién
cortada para facilitar su quema.
Después de preparar el último montón, se puso la camisa y se
dirigió hacia la casa. Sentía los riñones destrozados y las manos hinchadas
apenas podían sostener el machete. "Ya terminé, doña", dijo mientras
subía lentamente los escalones que conducían del patio a la cocina. Adela se
dirigió a su marido: "Anda, Pedro, dale dos pesos a este hombre".
Sin mirarla, Pedro se asomó de nuevo a la ventana. Hubiera deseado
que algo estuviese mal; que el trabajo adoleciera de algún defecto que pudiera
echarle en cara a aquel hombre. Pero todo parecía estar bien. La yerba había
desaparecido por completo y en el fondo del patio se alzaban cinco montones de
desbrozo perfectamente alineados y de igual tamaño. Introdujo la mano en el
bolsillo y sacó el fajo de billetes. No era precisamente este el destino que él
hubiese deseado darles a aquellos dos pesos, pero no había otra alternativa.
Separó dos billetes del resto y se los pasó al hombre que lo observaba en
silencio...
Aquel resultó ser un caso normal: no hubo contratiempo alguno.
Una vez finalizada la partida, el hombre se puso en pie, se despidió con una
frase ininteligible y se marchó tranquilamente. Cirilo sabía que las cosas iban
a suceder así. El conocía la gente. A veces le bastaba una mirada para saber de
antemano cómo reaccionaría una persona. ¿Dónde habría llegado si hubiese
estudiado? Pero él no tuvo tiempo de ir a la escuela. Siempre hubo otras cosas
más importantes que hacer desde que era niño. Por ejemplo, trabajar como un
burro, de sol a sol, mientras el viejo se emborrachaba tranquilamente en la
casa...
Pero, después de todo, no le pesaba. El contacto directo con
la vida y las dificultades que tuvo que vencer le enseñaron desde muy temprano
más de lo que hubiera aprendido en cualquier escuela. Sobre todo, en lo que se
refiere a conocer a la gente. En ese aspecto, Cirilo se consideraba el mejor.
No solo no conocía a nadie capaz de engañarle, sino que se consideraba a sí
mismo capaz de enredar a cualquiera.
Había encendido de nuevo la colilla del cigarro y estaba en aquel
instante apoyado en el mostrador de la bodega, mirando hacia la carretera por
la puerta entreabierta. Un hombre venía acercándose rápidamente por la orilla.
Aun antes de distinguir sus facciones, lo conoció por la forma de caminar. Era
José Cambronal, el negro que vivía con Caridad. Entrecerrando los ojos y
expulsando una nube de humo por la boca, Cirilo se entregó con fruición a su
manía de adivinar los actos y pensamientos de la gente... Viene con el machete
y son ya las dos y media de la tarde. Debe haber encontrado algún trabajo hoy, porque
de lo contrario habría vuelto antes a comerle la comida a Caridad. Estuvo
chapeando, porque tiene las rodilleras del pantalón sucias y húmedas. Viene
cansado, sin duda, porque cojea un poco al andar y camina sin mover casi los
brazos. Probablemente está loco por beberse un trago de ron: por eso apuró el
paso tan pronto vio la bodega abierta... Y debe tener en el bolsillo algo así
como un peso y medio... Tal vez dos... Solo tendré que dejarlo beber un trago,
y, con una pequeña insinuación, lo haré sentarse a la mesa de juego...
"Una manito nada más, mientras te lo bebes tranquilamente, José....
Una vez más Cirilo tuvo razón. Media hora más tarde,
exactamente a las tres, cuando Pedro Valbuena repetía en la casa una vez más a
su mujer que "a pesar de todo, aquel trabajo no valía dos pesos",
José Cambronal abandonaba con paso lento la bodega, presa de un cansancio
infinito. Cirilo, con una sonrisa en los labios, cerraba el cajón de madera del
mostrador donde quedaban, bien acondicionados con los demás, dos billetes
crujientes de a peso. Y trescientos metros más abajo, al borde de la carretera,
en un rancho de yaguas y cana, el grito ronco de dos niños desnudos crecía
interminablemente bajo el cielo indiferente y gris de Altocerro que se tiende
por igual sobre la casa de Pedro Valbuena, la bodega de Cirilo Villamán y el
rancho de José Cambronal.
Virgilio
Díaz Grullón
(1924-2001)
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