EL DESTINO DE TACHO
Por todos los caminos del
litoral, desde Samaná hasta más allá del final del golfo, la noticia había
corrido como el ruido del mar al quebrarse con el arrecife.
-A Tacho se lo comieron los
tiburones!
El negro Tacho pescaba mar afuera
cuando el cayuco hizo agua y empezó a hundirse a cien brazas de la costa. Había
pescado bastante. En todo Samaná no había hombre que conociese mejor el mar.
Pero su hora había llegado.
El negro Tacho, al ver el
cayuco lleno de agua, se lanzó a bracear entre el oleaje y ya bien cerca de la
costa los ojos de cientos de curiosos vieron como Tacho se perdía entre las
espumas mientras un líquido rojo ascendía hacia la superficie del mar.
Al poco tiempo se vieron
los escudos. Eran cuatro y uno de ellos llevaba entre los dientes el pantalón
fuerte azul de Tacho Encarnación.
Nadie, le vio más. Los
tiburones revoloteaban con una alegría funesta entre las aguas rojizas.
-¡Los tiburones se comieron
a Tacho!
La voz se convertía en un
cinturón sonoro que enroscábase en las arenosas caderas del golfo.
La mujer pujaba y pujaba.
El vientre duro, tenso como un atabal, brillaba como una calabaza madura.
Desnuda de la cintura hacia
abajo, acostada sobre un jergón asqueroso, la mujer abría las piernas
humedecidas e hinchadas tratando de expulsar la criatura.
Sus cinco hijos barrigones
y amarillos como el pan de maíz, observaban desde hacía hora y media lo difícil
que le resultaba a su madre traer al mundo un hermanito.
Caridad, una vieja de más
de ochenta años, trataba de mandar fuera a los mocosos (tres hembras y dos
varones) que una vez echados, regresaban movidos por la curiosidad y los
pujidos de la madre.
-Puje, vecina, puje, puje
más.
Dentro del bohío de tablas
y lodo amasado, la mujer sudaba copiosamente y gemía como un animal.
¡Paqué le paro otro a ese
maldito, si ni siquiera ha venío a sabé de mí!; ¡si tiene ya cinco día que no
le veo! ¿pa' qué le paro, si me la pega con Juana la de Gabriel?
-Mejor calle, vecina.
-Sí, es un hijo de perra el
muy desgraciado del Tacho ese. Ya éste será el último, no paro más, no pariré
más.
-No se debilite nomás y
puje con fuerzas, así, así.
La mujer respiró hondamente
y pujó hasta que no tuvo aliento. Se le tornó el rostro morado y los ojos se le
encandilaron.
Le dolían los riñones, y
sentía un ardor profundo en el vientre aceitado y liso como una botijuela de
barro.
Los abultados senos también
le dolían profundamente. Un dolor que parecía nacer en el pezón y se extendía
cuerpo arriba, hacia las clavículas y el cuello.
A eso de la medianoche los
niños se durmieron. Cayeron rendidos por el cansancio y la curiosidad
expectante. Una vela de sebo chisporroteaba grandes espirales de un humo
fétido.
-Vuelva a intentarlo
vecina. ¡Inténtelo!
La mujer, casi desprovista
ya de fuerzas, volvió a impulsar y esta vez sintió que se le quebraban las
entrañas. Un desgarramiento interior, parecido al sonido de telas que se
descosen con violencia le produjo un fuerte y punzante dolor en los costados al
que prosiguió un alivio tenue.
-¡Ya está, por fin, ya
está! -gritó la vieja.
La mujer entornó los
párpados, casi los cerró. Esperaba ahora oír el palmoteo de la partera en las
nalgas del recién nacido y tras el palmoteo el grito de la criatura.
Durante unos segundos sintió
temblores en todos los órganos del cuerpo; un escalofrío intenso la recorrió de
parte a parte.
No oyó el palmotear de la
partera y en vez de los gritos de la criatura escuchó un gemido de dolor que la
hizo abrir los ojos... La partera lloraba. ¡Horas de lucha para nada! ¡Horas de
agonía!
Los niños se despertaron.
El viento del mar resoplaba
con fuerzas sobre la techumbre de palma y ramas secas, de Los Cacaos.
La mujer fue abriendo los
ojos lentamente, como quien no quiere enfrentarse con la realidad. La vela de
sebo estaba casi derretida. La partera tenía a la recién nacida sujeta como un
péndulo desde los piececitos. Todavía tenía la mano derecha levantada para
palmotearla. Se había quedado estática ante aquel cuerpecito amoratado por la
asfixia.
¡Está muerta! -exclamó la
vieja, casi para sus adentro al tiempo que la mujer como una fiera, le
arrebataba el cuerpo exánime de la niña y echaba a correr campo abajo, rumbo a
los arrecifes.
-Vecina, ¿está loca?... ¡la
placenta!
La mujer no escuchaba. Un
sabor amargo como la retama le inundaba de malos presagios la boca contraída.
Unas lágrimas gruesas y tibias surcaban su rostro a medida que el viento salado
del océano apuñalaba su cuerpo completamente desnudo.
Oyó la voz a lo lejos:
-¡Vecina!
El rumor del mar se
escuchaba cada vez con más fuerzas. Los guijarros y los pequeños farallones que
circundaban la gran roca eran cada vez más abundantes, y la mujer, con su
muertecita a cuestas, caminaba a paso largo, con los senos sudados y los pies deshechos
por la imprecisión con que pisaban.
-¡Vecinaaa!
Ya no se escuchaba la vieja
voz de la partera.
La mujer se detuvo en lo
alto de la gran roca, apretó contra sí el cuerpo amoratado de la niña y
exclamó:
-Tacho, ya no te quiero ni
tú me quieres. Antes de que me dejes te dejo. Se me ha muerto la carajita.
¿pa'qué la vida entonces? Además, no quiero seguirte engañando ni quiero que me
sigas engañando con Juana la de Gabriel, así que mejor me tiro desde aquí y se
acabaron las vainas.
Los pescadores del lado
bajo de la gran roca sintieron un pesado y violento golpe cerca de los
arrecifes de la derecha. Dejaron las nasas y encendieron sus jachos de campeche
untados de cerote. Los tiburones hacían su fiesta con un trozo de carne amoratada
que había caído en las aguas.
¡Mira las malditas bestias,
sabe Dios qué pobre animalito se llevan ahí! -dijo un anciano señalando el
cuerpecito de la niña.
Viraron el cadáver de la
mujer y todos se miraron sorprendidos.
-¡Pero santo Dios, si es la
Dolores!
-¡Dolores la del Tacho!
¡Era natural, después de saber que los tiburones se jartaron al bueno de su esposo!
En la mañana, dos negros
tocaron con sus gruesos nudillos la puerta de la casa donde vivían Tacho y su
familia. Se cansaron de golpear sin obtener respuesta. Preguntaron en el
pequeño vecindario y nadie supo contestar.
El más pequeño, de pelo
grueso y pómulos duros y brillantes, mugroso y hediondo, dijo:
-Mejor nos largamos.
Dolores lo sabrá a su tiempo. Todo el mundo sabe ya lo de Tacho. Si no se lo
decimos nosotros, algún cabrón aparecerá que se lo diga.
-¿No tenía sus hijos Tacho?
-Sí que los tenía, Dolores
le buscará otro papá, se encargará de hacerlos hombres, es una buena hembra,
muy pero muy retebuena, hasta dicen que no tenía escrúpulos para acostarse con el
que se lo pidiera. Hasta dicen que esa barriga que tiene no es del pobre Tacho.
Seguro que les encontrará padre a esos chiquitos, seguro.
Los hombres partieron hacia
sabe Dios dónde. De pronto comenzó a llover y las ventanas de la aldehuela se
cerraron como párpados cansados.
MARCIO
VELOZ MAGGIOLO
(1936-2021)
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