Mujeres
Había junta en "El Arroyo". Ese día se estaba sembrando
maíz en las tumbas nuevas que se abrieron en el terreno de las múcaras, al
Este. Varios hombres del lugar estaban en la siembra. Unos vinieron solos,
otros con muchachos que ya podían tomar parte en el trabajo, echando cinco y
seis granos de maíz en los hoyos y luego tapándolos con los pies; los menos
trajeron sus mujeres para que hicieran la comida en el bohío.
Desde el rancho de palos parados, tendiendo la vista hacia
el lugar de las siembras, por encima de batatales y guandules pequeños, se
alcanzaban a ver los hombres como muñequillos bajo el sol; unos inclinados
sobre la azada, otros echando el grano en el hoyo. De un lado de la tumba, al
borde del monte, salía un tenue humillo de la candela que tenían para conservar
brasas y encender los cachimbos. En el centro del batatal que había de por
medio, se levantaba un viejo higo retorcido, gigantesco, negro y musculoso, con
un sombrerito de hojas en lo alto.
Las mujeres eran tres, y estaban en la cocina del bohío. Una
era vieja, negra, delgada, con algunos dientes menos. En la cabeza tenía un
inseparable pañuelo de madrás que le ocultaba las canas, y en la boca el
cachimbo. La otra era de color amarillento, y la piel de su cara harto áspera,
no había conocido más que agua del arroyo, agua de cielo y sol. Su cuerpo era
lleno y fuerte. La más joven, una mulatita fresca, de diecinueve años,
respondía al nombre de Tatica, y tenía bastante belleza. Negro pelo se le enroscaba
en dos moños a ambos lados de la cabeza; todavía sus dientes no habían sido
ennegrecidos por el cachimbo y su cuerpo tenía toda la belleza de una fruta
sana madurada en la mata.
En una barbacoa había un caldero grande, tapado, lleno de
locrio de gallina con auyama, despidiendo vapor por los hoyitos de una lata que
le servía de tapa. Las mujeres estaban, una sentada en el pilón pelando
plátanos; otra en cuclillas, arreglando las brasas y volteando los que estaban
allí asándose, y otra, raspando los que ya lo estaban. Yo metía un cuchillo
viejo en la candela tratando de mover una batata que pretendía asar. Como sólo
tenía unos diez años y era de carácter muy apacible, las mujeres no se cuidaban
de hablar en mi presencia. De ahí que charlaran como si estuvieran solas, sobre
la parte más delicada de su pasado: aquélla que se refería a los amores.
-Cuando yo vivía con Julián, -decía la de tez amarillenta-
lo único que gané fueron golpe, ¡ay jija!, porque ese hombre na má sabía
echarle trozo a la mujer como si fuera una puerca, sin acordase ni an siquiera
de comprarle un vetío. Dígame que él dende que una miraba a otro, ya se creía
que se la diba a pegá... No jija, ta con un hombre asina e una verdadera
calamidá. Yo me metí con él porque cuando a una le dentra la gana e tené macho,
se vuelve loca...
-La falta de iperencia, -dijo la más vieja de todas- si
cuando yo me fui con el difunto Maleno hubiera sabío cómo eran laj cosa, hoy
pudiera contá algo. Supóngase utede que a mí me querían llevá pal pueblo a la
casa e don Lui, ese señor que e dueño de medio mundo e tierra, por loj lao del
Baoruco; y dipué de to ta arreglao, entonce, por ta de pendeja, me llevé d'él y
me jui... ¡Jesú! Cuando yo veo muchachitaj como eta que se meten en hombre sin calculá...
Dijo esto dirigiéndose a la más joven. La aludida, que era
la encargada de raspar los plátanos, se arregló la falda que le estaba dejando
al descubierto los muslos, y creyéndose obligada a decir algo, murmuró:
-Pa laj cosa no hay má que pedile suerte a Dio y confiá en
El...
-¿A Dio? -volvió a decir la más vieja-; e verdá, pero Dio
dice: "ayúdate que yo te ayudaré". Si tú viera pensao bien, a eta
sora pudiera viví mejor. Una muchacha buena moza siempre halla un hombre que la
pueda poné en condición, mientra que dipué que se mete con un fuñío, no le
queda má que aguantá.
-¿Pero cómo se hace una? -preguntó resignada.
-No me vengaj con eso. Lo que hay e aguantase y no echase a
perdé nuevecininga. Ya ve tú lo que hicite, que ni amore teníaj con Julito
cuando te fuite con él.
-Yo no tenía amore, pero me pasó una cosa que me comprometió
má...
-¿Noj quiere decí que te forzó?, -terció la de rostro
amarillento- ¡ay, Tatica, por Dio! Toa nosotra semo máj vieja que tú...
-Yo no he querio decí eso. Lo que a mí me pasó fue má
grande. Y yo creo que a toa la mujer de vergüenza que le pase tiene que hacé lo
mimo.
-Vamo a ve, qué podría sé... -exigió la vieja.
La llamada Tatica comenzó a relatar.
-Dende hacía tiempo Julito andaba tirándome puya, pero yo
nunca había pensao en meterme en na con él, ni con naide. En mi casa no lo
veían con malo sojo, porque a mi pai to se le diba en alabá lo trabajador que
era y qué sé yó y qué sé cuando. Cuando un día se acabó e l'agua e bebé en la
casa a eso de media tarde, y yo fui a bucá un calabazo a l'arroyo, pa llená la
tinaja. Me puse en el caño e llená, y como toavía el sol picaba, yo había
llegao con mucho calor. Relojié pa toa parte, y como no vide a naiden me fui
por la barranquita del lao allá y me pasé al bañadero e la mujere. Me quité el
camisón y una enagua, y con la otra me metí en e l'agua... Yo taba lo má quitá
de bulla bañándome porque como naide me tuviera mirando, y asina llena e
confianza, dipué de refrecame bien, salí pa fuera. Me jinqué de epalda pa la
chorrera, no fuera cosa que me viera alguno que viniera del'otro lao, y me
quité la enagua mojá. En eso me fijé que tenía en el pecho una cuanta soja, y
de un momento me puse a quitármela...
¡Ay señore!, yo taba encuerita en pelota en ese momento
cuando de ahí mimo, en frente, de atrá e la piedra esa que ta en el sitio
adonde uno se quita la ropa, casi pegao de mi se paró Julio...
-¡Anjá, Tatica! Ya te vide... -me dijo.
¡Ay, qué vergüenza, Dio mio!... Me dentraron gana e gritá,
de sali corriendo... ¡de to! Y lo que atiné fue a echame la ropa embollá en laj
pierna y a cogeme lo pecho con la mano, pa que no me viera má de la cuenta.
-¡Julio el Diache!; -le dije- ¡vete de ahí, condenao!
Y él me repondió:
-¡Qué voy yo a di! Jata que no me prometa dite conmigo, no
me meneo de ete sitio.
¡Ay, Dio mío! Yo ni an sé cómo no me decalabré toa., señore.
Porque me dentró una cosa que parecía como el prencipio de un insulto, y me
largué en la chorrera, embollá en la ropa, pero con casi to el cuerpo afuera.
-¿Y qué hizo Julio? -preguntó la más vieja con gran
ansiedad.
-El condenao, que al principio taba demigajao de risa, al ve
que yo me tiré como una loca y casi me tuve al matá, se asutó, y prencipió a
vociame:
-¡Pero bueno, Tatica!: ¿, tú ere loca? ¡Pero bueno, muchacha!:
¿te ha dentrao lo malo?
Y yo le vociaba:
-¡Tú ere un abusador, malvao!
¡Jesú! Yo taba casi fuera e mi juicio. En el agua me había
pucto toa la ropa mojá, y entonce taba entripaita, pará en la corriente, con
toa la ropa pegá del cuerpo y el agua a la rodilla, azorá como un animal
cimarrón. Y él, parao en l'orilla, blanquito del suto, diciéndome:
-¡Pero bueno, Tatica!... ¡ofrécome!... Yo no creía que tú
era loca...
-¡Quitate de ahí; -le vociaba yo-quítate de ahí, y si no voy
a dejá el condenao calabazo botao y entonce cuando me pregunten tú verá lo que
voy a decí...
-¡Pero, Tatica, por Dio!, -volvía él a deci - ¿qué te ha
dentrao, muchacha? ¡Si yo...!; Bueno...! ¡Yo no sé que...!
-¡Quitate de ahí! - volvía yo a gritá casi llorando.
A fin se quitó. Yo salí má epantá que el Diache y a toa
carrera l'eché mano a mi calabazo y me lo puse a la cabeza. El hombre que se
había mantenío alejao, ahora vino a acercárseme. Yo principié a subí la barranca,
y por má que quería apretá el paso, él diba ahí mimo, apariao, diciéndome:
-¡Tatica, por Dio!... ¡Tatica!...
Y se le atrabancaba lo que me quería decí.
¡Señore! Utede han de creé que en ese momento tuve al cojele
pena... ¡Qué sé yo!... Y entonce le dije:
-Mira, julio: lo que yo quiero e que te vaya, ¡por Dio! Y si
tú no te va, vaj a ve lo que te va a pasá, porque se lo voy a decí a mi pai...
¡J'Ave María! Yo no sé qué fue lo que le dentro. Parecía que
se le había prendío laj abipa, o que le habían mentao su mai. Me dio un
sangulutión por un brazo que el calabazo fue a caé por casa e la porra debaratao
en pedazo, y casi echando chipa por lo sojo, me gritó:
-¡Mira, carajo, mojiganga!, ¡mofia! ¡Si tú te cré que tu pai
come gente ta equivocá, porque yo me le atrabanco a cualquiera en el gañote!...
¡ Y ahora se lo vaj a decí! ¡Y bien dicho!...
Y enseguida me cerró a pecozone...
-¡Critiana!, -interrumpió la de la piel amarillenta- ¿pero
cómo se te pudo ocurrí, decalentale la sangre a un hombre?
-Si señóo... -afirma la otra.
-Animalá; animalá; -continúa Tatica- que yo taba como loca
dipué que él me había vito ejnúa, y eso fue to.
-Y dipué que te cayó a pecozone; ¿qué pasó? -preguntó la
vieja.
-¡Jesúu! Yo me taba volviendo loca, porque no podía darme
cuenta de lo que tenía. Primero me había vito encuera, entonce me taba dando
pecozone; en ve de otra cosa, lo único que me se ocurría pensá era que él tenía
razón... ¡Utede han de creé!...
-¡Ay, Julio!, ¡Ay Julio!, -principié a decile llorando- ¡por
Dio que si viene gente se va a da cuenta...
-¡Cállese, carajo!, -me gritaba él.
Yo le quería obedecé, pero no me podía aguantá y le volvía a
decí:
-¡Por Dio, Julio: ¿qué vaj tú a cometé?... ¿Me vaj a
matá?...
Ya me había dao como die pecozone, y al yo decí asina, se
paró. Pero casi loco de rabia, y jalándome por un brazo, me volvió a decí:
-¡Cállese, le he dicho! ¡Ahora mismo se va uté conmigo!
¡Camine por ahí, carajo!...
¡Ay señore! Consideren que yo me taba muriendo del miedo y
de yo no sé qué, y lo único que pude fue decile;
-¡Ta bien, Julio, ta bien!
Señore: me echó por delante, jipiando del llanto, sin hablá
una palabra; ya utede conocen el reto: ¡Jata el día de hoy!...
-¡Pero esa te la ganate tú! -dijo la vieja, escupiendo.
-¡Yo si creo! -afirmó la otra.
-¡Cómo va a sé, señore!; -volvió a decir Tatica-si dipué que
un hombre la ha vito a una encuera ya se pue decí que la gobierna... digan su
verdá...
Esa frase desconcertó a las otras mujeres.
Permanecieron un momento en silencio, como quien sabe que ha
perdido una discusión y titubea antes de declararse vencido. Ambas se ocuparon,
durante un momento, de remover los plátanos en las brasas. Al fin la razón pudo
más que todo, y la más vieja comentó...
-Bueno... dipué de to... cuando un hombre le ha vito a uno
laj parte...
-Juu... -sopló la otra por la nariz.
En ese momento se oyeron las voces de los hombres que venían
del conuco. Las mujeres entraron súbitamente en gran actividad.
-Ahi vienen...-dijo Tatica muy apurada.
-Señore!, -exclamo la más vieja, ya en pie-: si hemo perdio
toa la mañana hablando zanganá...
A lo que respondió la otra, poniendo en una yagua nueva los
plátanos que había raspado Tatica:
-¡Jesú!... Verdá que aonde na má hay mujere...
Ya mi batata estaba asada, negra y sucia de ceniza, a la
vez. Envolví mi manjar en una hoja de plátano, y me fui detrás del bohío a
comer.
No se movía una hoja. Las gallinas venían del conuco
acezando, huyéndole al sol. Silbó una manjuilita que venía en largo y cansado
vuelo y se metió en las ramas del gran jobobán. Mujió una vaca bajo la guázuma.
Se revolcó el mulo.
Ramón
Marrero Aristy
(1913-1960)
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