domingo, 3 de mayo de 2026

UN BAECISTA CON LILÍS

 

UN BAECISTA CON LILÍS

 

General Matías era llamado comúnmente uno de los más audaces guerrilleros dominicanos. Había sido siempre, en política, contrario al general Lilís, quien había hecho no pocos esfuerzos por tenerlo a su lado, sin lograr conseguirlo.

Cierta vez el general Matías pasaba por la pena de tener en peligro de muerte a su mujer, bella señora con quien se había casado hacía dos años, tan notable de bondad como de hermosura, cualidades que heredaba de sus padres, un distinguido español y una dominicana procedente de una de las mejores familias del Cibao. Grande era su preocupación junto al lecho de la enferma que, según él, era tan "buena como el pan". Un médico de los más acreditados de su tiempo fue llamado con urgencia a la casa de aquel hombre de armas.

Enterose Lilís de la gravedad de la gentil señora y de los desesperados esfuerzos de su marido para devolverle la salud, y le escribió una carta cuya entrega confió a uno de los oficiales de su Estado Mayor. El pliego iba escrito de puño y letra del Presidente, y le fue entregado en propias manos por el oficial. La bella caligrafía de Lilís hirió los ojos del atribulado general apenas abrió el sobre de elegante papel de hilo.

Antes de rasgarlo pensó hallar dentro de él terminante orden de arresto o cosa aún más grave; pero se rehízo apenas comenzó a leer:

"Estimado general: Me he enterado con profunda pena de la gravedad de la madama y cumplo un deseo que no puedo ocultarle, cual es el de su pronto y cabal restablecimiento, seguro, como estoy, de que su vida le es tan cara como la propia de usted, por las nobles prendas personales de que está ella adornada, y, como puedo facilitarle cuantos medios concurran a la rápida conducción de médicos a su casa o el traslado de ella a la ciudad, si necesitara la intervención de cirujano, no me justificaría si pudiendo serle útil en todo esto, dejara de hacerlo por la circunstancia de ser usted mi contrario en política, que nada tiene que ver con mi leal empeño en la salvación de su digna consorte, ya que esto es cosa aparte de lo que nos tiene divididos en opinión, y no es justo que haya siempre de servirse por un interés. Mientras aguardo su respuesta quedo de usted, General, atto. amigo y S. S. Ulises Heureaux".

Al general Matías le brillaron los ojos de emoción al terminar la lectura de la carta. No esperaba este rasgo de hidalguía y, aunque no necesitó utilizar tan generosos servicios, por no haber sido necesario, los agradeció sinceramente en carta que dirigió días después al Presidente.

Una vez restablecida, la buena señora tuvo por conveniente que su marido cambiara de actitud para con el general Lilís, por aquel acto de gentileza y generosidad que, aun inspirado en la habilidad política del dictador, no carecía de importancia para ellos. Lilís, por su parte, sacó partido de aquella estudiada cortesía, logrando al fin, y por gestiones de uno de sus mejores allegados, que el general Matías se decidiera a ser su amigo político; pero en la duda respecto de si la adhesión de aquel valiente general era sincera, juzgó prudente utilizar sus servicios tan pronto como se presentara una oportunidad.

 

Un año más tarde sobrevino la revolución del año 1886, conocida por revolución de Moya a causa de tener como caudillo del movimiento insurgente al general Casimiro N. de Moya. Salió Lilís con destino al Cibao, al frente de sus tropas, llevando a su lado al general Matías, cuya fidelidad deseaba poner a prueba, y lo envió como segundo jefe de las fuerzas que debían franquear el camino entre La Vega y Santiago. A los pocos días las fuerzas del Gobierno tuvieron un encuentro con las de la revolución, que derrotaron causándoles algunos muertos y heridos. En la acción distinguiose por su arrojo el general Matías. Súpolo Lilís y preguntó al jefe de las fuerzas qué opinión se había formado de ese general. "Muy valiente", respondió el interpelado. "Es un león en figura de hombre, solo que tiene un defecto que me ha llenado de disgusto". "¿Cuál?" -preguntó muy intrigado Lilís-. "Que en lo crudo del combate, mientras los demás compañeros gritaban entusiasmados ¡Viva el general Lilís!, a él, tan acostumbrado a exclamar en otro tiempo ¡Viva Báez!', nadie en esta ocasión le oyó lanzar un solo viva, como si hubiera enmudecido en la pelea". A lo que respondió Lilís de buen humor: "¡No se apure, mi amigo, que el gallo no mata con el pico, sino con las espuelas!".

 

Ramón Emilio Jiménez

(1866-1970)

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