UN BAECISTA CON LILÍS
General Matías era llamado comúnmente uno de los más audaces
guerrilleros dominicanos. Había sido siempre, en política, contrario al general
Lilís, quien había hecho no pocos esfuerzos por tenerlo a su lado, sin lograr conseguirlo.
Cierta vez el general Matías pasaba por la pena de tener en peligro
de muerte a su mujer, bella señora con quien se había casado hacía dos años,
tan notable de bondad como de hermosura, cualidades que heredaba de sus padres,
un distinguido español y una dominicana procedente de una de las mejores familias
del Cibao. Grande era su preocupación junto al lecho de la enferma que, según
él, era tan "buena como el pan". Un médico de los más acreditados de
su tiempo fue llamado con urgencia a la casa de aquel hombre de armas.
Enterose Lilís de la gravedad de la gentil señora y de los desesperados
esfuerzos de su marido para devolverle la salud, y le escribió una carta cuya
entrega confió a uno de los oficiales de su Estado Mayor. El pliego iba escrito
de puño y letra del Presidente, y le fue entregado en propias manos por el
oficial. La bella caligrafía de Lilís hirió los ojos del atribulado general apenas
abrió el sobre de elegante papel de hilo.
Antes de rasgarlo pensó hallar dentro de él terminante orden
de arresto o cosa aún más grave; pero se rehízo apenas comenzó a leer:
"Estimado general: Me he enterado con profunda pena de la
gravedad de la madama y cumplo un deseo que no puedo ocultarle, cual es el de
su pronto y cabal restablecimiento, seguro, como estoy, de que su vida le es
tan cara como la propia de usted, por las nobles prendas personales de que está
ella adornada, y, como puedo facilitarle cuantos medios concurran a la rápida
conducción de médicos a su casa o el traslado de ella a la ciudad, si
necesitara la intervención de cirujano, no me justificaría si pudiendo serle
útil en todo esto, dejara de hacerlo por la circunstancia de ser usted mi
contrario en política, que nada tiene que ver con mi leal empeño en la
salvación de su digna consorte, ya que esto es cosa aparte de lo que nos tiene
divididos en opinión, y no es justo que haya siempre de servirse por un
interés. Mientras aguardo su respuesta quedo de usted, General, atto. amigo y
S. S. Ulises Heureaux".
Al general Matías le brillaron los ojos de emoción al
terminar la lectura de la carta. No esperaba este rasgo de hidalguía y, aunque
no necesitó utilizar tan generosos servicios, por no haber sido necesario, los
agradeció sinceramente en carta que dirigió días después al Presidente.
Una vez restablecida, la buena señora tuvo por conveniente que
su marido cambiara de actitud para con el general Lilís, por aquel acto de
gentileza y generosidad que, aun inspirado en la habilidad política del
dictador, no carecía de importancia para ellos. Lilís, por su parte, sacó
partido de aquella estudiada cortesía, logrando al fin, y por gestiones de uno
de sus mejores allegados, que el general Matías se decidiera a ser su amigo
político; pero en la duda respecto de si la adhesión de aquel valiente general
era sincera, juzgó prudente utilizar sus servicios tan pronto como se
presentara una oportunidad.
Un año más tarde sobrevino la revolución del año 1886,
conocida por revolución de Moya a causa de tener como caudillo del movimiento
insurgente al general Casimiro N. de Moya. Salió Lilís con destino al Cibao, al
frente de sus tropas, llevando a su lado al general Matías, cuya fidelidad
deseaba poner a prueba, y lo envió como segundo jefe de las fuerzas que debían
franquear el camino entre La Vega y Santiago. A los pocos días las fuerzas del
Gobierno tuvieron un encuentro con las de la revolución, que derrotaron
causándoles algunos muertos y heridos. En la acción distinguiose por su arrojo
el general Matías. Súpolo Lilís y preguntó al jefe de las fuerzas qué opinión
se había formado de ese general. "Muy valiente", respondió el
interpelado. "Es un león en figura de hombre, solo que tiene un defecto
que me ha llenado de disgusto". "¿Cuál?" -preguntó muy intrigado
Lilís-. "Que en lo crudo del combate, mientras los demás compañeros
gritaban entusiasmados ¡Viva el general Lilís!, a él, tan acostumbrado a
exclamar en otro tiempo ¡Viva Báez!', nadie en esta ocasión le oyó lanzar un solo
viva, como si hubiera enmudecido en la pelea". A lo que respondió Lilís de
buen humor: "¡No se apure, mi amigo, que el gallo no mata con el pico,
sino con las espuelas!".
Ramón
Emilio Jiménez
(1866-1970)
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