jueves, 9 de abril de 2026

El antojo - Manuel del Cabral

 

El antojo

 

Toribio apenas se sonríe; muy de tarde en tarde muestra el hueso blando de su sonrisa; solo cuando mira a su madre deja caer una mirada dulce y triste a la vez; la mira con más pena que la que él mismo se tiene.

El reloj le ha dado siete golpes al pueblo. Toribio aún no bosteza. Su hermano toca a la puerta:

-Toribio, levántate que ya es hora de ordeñar.

Pero Toribio piensa, no duerme. Y vuelve la voz a su puerta:

-Hermano, que ya es tarde. Mira que las vacas vienen de beber el agua de la madrugada; mugen y pisotean los verdes del camino.

Y Toribio, por fin, desde el fondo de su catre:

-Sí, ya voy, hermano.

Pocos minutos más tarde, se veía en el corral, entre un vago velo de vaho y bajo una sombra de pájaros, a un hombre en cuclillas y con un cubo entre sus piernas, exprimiendo las ubres sonrosadas de una vaca.

A su regreso, varias veces se detiene entre las altas yerbas o sobre algún tronco; medita y constantemente acaricia a su inseparable compañero Buda, su perro, a quien parece que no manosea, sino que le conversa y le cuenta cosas que solo el can debe escuchar. Y, en realidad, qué lejos de la tierra y qué satisfechos brillan los ojos de Toribio cuando tiene entre los brazos a su galgo retozón. Es que Toribio no sabe qué hacer cuando Buda le lame las manos, los brazos, y se le encarama por todo el cuerpo con algo de temblor familiar y pegajoso para luego echársele a los pies con esa gracia humilde que tiene todo lo transparente.

¿Hay tal vez un idioma entre Toribio y su cuadrúpedo? ¿Es que brota siempre una fuente de cosas que se corresponden entre aquel ser y su perro? ¿Es esta correspondencia una simple manifestación de simpatía entre lo humano y lo irracional?

Pero Toribio lleva con una asombrosa sencillez su vida. Casi toca a lo simple, a lo anónimo, a lo inútil. Sin embargo, en su terca amistad con Buda hay detalles reveladores de una no cotidiana simpleza. Y Toribio no lo puede ocultar. En la mañana y a ciertas horas de la noche, por las manos de Toribio pasa como un temblor de rito que luego resbala hasta la cola sedosa de Buda. Pero hay algo más, y es el manifiesto odio de Toribio hacia su padre, cuya bondad tan perfecta es casi ridícula. La mirada paternal del buen viejo, a pesar de su dulzura, es siempre una cuchilla para Toribio. Y cuanto más el anciano se multiplica en bondades hacia su hijo, la reacción de este es mayor; Toribio lo repele lo mismo que si fuese un constante polo opuesto.

Puede afirmarse que todo aquel fuerte cariño hacia su perro se vuelve sobre su padre hecho odio.

¿Qué secreto de la naturaleza, qué ocultos poderes actúan vencedores sobre el instinto de Toribio?

Y aún hay algo más... ¿Por qué en ciertas noches oscuras y a la hora en que las pisadas sin gente de la calle pasan con algo no manuable, Toribio desde la ventana de su habitación, lanza sospechosos ladridos, semejantes a los que emite cuando de súbito ve la luna?

¿Y su olfato? ¡Su maravilloso olfato! Cuando se pierden esos menudos y difíciles objetos personales, es sorprendente verle cómo pega su nariz a los muebles, las sábanas, los rincones, y luego, arrastrándola sobre el piso, casi barriendo con su hocico, de pronto se levanta, y trae entre sus manos los objetos perdidos.

Pero ¿y sus furias? Solo la dulzura de su madre suaviza la antigua y profunda selva que hay en las entrañas de Toribio. Hasta el amor y la alegría le vienen como un sudor salvaje. Su sensación erótica, en vez de acariciar, baja a sus pies y patea, y sale corriendo, saltando por el campo; sale en busca de la sequía para revolcarse sobre la tierra del camino.

Su padre vuelve y lo mira, y con gordos lagrimones quisiera lavar aquella vida. Mientras tanto, Toribio medita para bajar las escaleras por donde ha pasado su padre. Toma poses extrañas. Cree que el buen anciano lo puede ahorcar con sus luengas y puras barbas. De pronto tiembla, se clectriza como los gatos; el trueno y el relámpago lo acurrucan en un rincón oscuro, y junto con Buda, friolento y erizado, aúlla. Pero ni la rabia del cielo lo hace temblar tanto como la presencia de su padre.

Su hermano mayor casi da gritos con los ojos... Quiere darle luz a todo aquel oscuro drama hogareño; y con las manos en el bolsillo o ya cruzadas, llena de pisadas nerviosas y nocturnas su pequeña habitación.

Sebastián, el padre, no abre la boca. Parece que el dolor le ha cosido con un terrible hilo los labios. Solo su frente se levanta a veces para que sus pupilas puedan ver la otra y lejana noche de los astrónomos; tal vez busca en uno de los poros del cielo el signo que guíe la sombra de su hijo.

¿Estará su hijo más cerca de la bestia que del hombre? ¿Qué facultades tan espléndidas de la intuición hacen de él esta fuerza ciega pero inequívoca en su relación con el olfato humano?

Toribio no comprende nada. Se sienta por la mañana a la mesa, y como un hijo cualquiera, toma junto con los hermanos el desayuno; luego, casi sin palabras, mira con una profunda y tierna mirada a su madre; se levanta y, con Buda a su lado, llega hasta el corral; respira bien la loma, y con el cubo lleno de campo blanco, regresa cuando el sol le da ya en la coronilla.

Toribio cumple con su labor diariamente. Pero hoy no ha ido al corral. Ni se ha levantado. Ni ha tomado el desayuno. Ni siquiera se ha oído el extraño y acostumbrado ladrido que, a medianoche, ante la luna o ante la oscuridad con pasos, sale de su habitación.

El silencio se hace duro, se materializa en las caras de los de la casa. El temor y la duda trituran las palabras de los familiares. Una lluvia persistente concentra más aquel silencio humano.

Lentamente uno de los hermanos abre la puerta. Toribio duerme sin tiempo. A su lado está Buda con los ojos líquidos. Toribio está desnudo. El hermano, sorprendido y tembloroso, se acerca a él; luego, casi aterrado, da vuelta al cadáver, y ve, con asombro, que el final de la columna vertebral del difunto se prolonga en un hermoso rabo de perro.

Hubo un silencio, un silencio definitivo. Mientras, con su cara tumbada sobre el catre, la madre hace recuerdos...

Una vez, estando encinta ella tuvo un antojo...

 

Manuel del Cabral

(1907-1999)

 

Los muchachos del Memphis

 

Los muchachos del Memphis

 

Polanco, el Ciguapo, primera base

Estábamos jugando pelota frente al mar. Cuando de pronto vimos un barco entrando en tierra, enfilando hacia nosotros como un fantasma monumental y gris. Yo, que corro igual de espalda que de frente, me quedé con el madero al hombro, boquiabierto, sin sentir siquiera el pelotazo en la cabeza. El barco venía por encima de las aguas y casi lo vimos deslizarse hasta el campo de juego. Nadie corrió ni se movió de su posición. A lo lejos el mar estaba poblándose de náufragos, mientras nosotros permanecíamos con los guantes en las manos, buscando otro cielo donde jugar.

J. Cansen, el Niño Manco, jardinero central

Había sido su idea, o más bien su audacia la que nos impulsó a ir todas las noches al Memphis, encallado a cien pies de la costa. Para no llegar a nuestras casas todos mojados, nos desnudábamos y guardábamos la ropa entre las piedras de los acantilados. Nos íbamos a nado, de tres en fondo, susurrando nuestros nombres a cada brazada. Adelante iba el Niño Manco, nadando con su único brazo, haciendo espumas con su muñón, más veloz que todos nosotros en el agua y todos sabíamos que había en el terreno. Él decía que un tiburón, pero perdido el brazo en las muelas de un trapiche. Aun así era el cuarto bate y el capitán del equipo. Los infantes de marina le habían enseñado a jugar béisbol en el patio de la Fortaleza Ozama. Los conocía bien y entendía su idioma. Quizás por eso fue el único que no se alarmó la primera noche que nos aventuramos al Memphis, cuando vimos flotando a nuestro lado el antebrazo de un marino, tatuado con un ancla enorme y morada. El antebrazo iba en dirección contraria a la nuestra y se esforzaba en llegar a la costa: "Ese es McKenzie Blue... no lo toquen dijo el Niño-... Vive en el horizonte".

Ravelo, la Plaga, tercera base

Desde el sarampión hasta las paperas, incluyendo los dolores de muelas y los catarros, todas las enfermedades nos las había transmitido sin contemplaciones y con la misma intensidad y virulencia con que él mismo las había sufrido. Nadie quería caminar a su lado ni pasar por su calle, pero desgraciadamente casi todos vivíamos en un mismo barrio, y a cada vuelta de esquina nos topábamos con sus erupciones, su flema y su fiebre. No hubo manera de expulsarlo del equipo: cuando jugábamos sin él, alguno de nosotros se rompía una pierna o un brazo, o se perdía nuestra única pelota o caía un aguacero que nos enlodaba hasta los sueños: "Que venga el azaroso ése de Ravelo", decíamos, y volvía a salir el sol. Al principio nadie quería llevarlo al Memphis, pero un buen día se presentó afirmando que había ido solo y que había visto una sirena en los camarotes.

Tancredo Rondón, el Noño, jardinero izquierdo

La verdad era que estaba muy nervioso. Mi papá acababa de comprar un Ford T, último modelo, 1916, y había decidido llevarme al farallón para iluminar con los faroles el lugar del siniestro. Había muchos carros estacionados en la playa incluso por los acantilados, proyectando sus luces hacia el barco en busca de algún náufrago o sobreviviente. Todavía una semana después de haberse varado el Memphis, mi papá seguía prestando sus luces a la tragedia. Los días primeros yo creía que él estaba realmente condolido con la desaparición de más de cuarenta marinos, pero una noche oí a mamá decirle que estaba bueno de exhibir el carrito, que ya todo el mundo lo había visto y sabía que era el primer Ford-T que rodaba por las calles de Santo Domingo. No eran sin embargo las jornadas de rescate lo que me preocupaba, sino el temor de que fueran a sorprender a los muchachos yendo y viniendo del Memphis, en unos abordajes impúdicos y vandálicos de los cuales yo también era cómplice.

Mustafa Rancel, el Turco Midas, paracorto

La tentación del saqueo salió de él, no había duda, aunque lo llamara "sobras de Rey", fue Mustafá Rancel el que nos propuso que nos lleváramos todo lo humanamente transportable del barco: "Hasta la chatarra se vende", nos dijo, mirando con avidez el inmenso casco cuarteado del Memphis. Para empezar, abrió baúles y maletas abandonados, seleccionó uniformes y polainas, y nos sugirió que recogiéramos todos los chalecos salvavidas que encontráramos en el crucero de guerra: "Cualquier descamisado los comprará", aventuró a decir, presumiendo que los chalecos salvavidas eran más prácticos y duraderos que cualquier vestimenta convencional. Luego se le ocurrió desmantelar todos los camarotes, eligiendo las mejores sábanas y colchones para venderlos en los hoteles de chinos. No satisfecho entró en la cabina de proa y se apropió del telégrafo, el cual cambió por dos bates y seis guantes de béisbol. Después lo vimos cargando las herramientas de avería, apuntando y borrando en el libro de bitácora cálculos insospechados. Finalmente, cuando le mostramos un pesado vargueño donde había varias banderas norteamericanas, nos dijo, casi desdeñando la mercancía: "Enróllenlas... las venderemos como alfombras".

Lupo Navarro, el Soñador, lanzador

A nuestro barrio le llamaban El Mondongo, quizás porque se había formado al lado de El Matadero, cerca del terreno donde jugábamos pelota. Nuestros padres eran carniceros, matarifes, desolladores, traficantes de vísceras y despojos. No todos, porque había dos o tres del equipo que vivían en la avenida Independencia. Eran los riquitos del grupo. Sus papás tenían carros, casas con balcones, jardines que llegaban hasta el mar, y no cagaban en letrina sino en inodoros portátiles, que, según ellos, se los habían comprado a los infantes de marina. No era un secreto para nadie que los niños de familia jamás pasaban por El Matadero. Si venían a jugar pelota con nosotros era porque se escapaban de sus estancias. Después la tentación de la sirena fue más grande que cualquier castigo. Ella era todavía para nosotros un limbo de placeres, un musgo ajeno a la ciudad. Sólo la oímos cantar, pero no sabíamos de dónde venía su voz que parecía escondida en el silencio del Memphis. Cantaba como si estuviera enamorada, sin música, a cappella con el oleaje. Nosotros recorríamos el barco de punta a punta sin encontrarla: buceábamos desperdigados por los arrecifes, buscando su nombre en los labios de los ahogados; organizábamos serenatas de mar y le preguntábamos a los pájaros si ella había donado su cuerpo al resplandor. Sólo para honrarla, educamos una multitud de peces en nuestras manos, y aunque la presentíamos comprometida en la oscuridad, aguardábamos a que subiera con la mañana. Una tarde le escribí un largo poema en la arena, pero una bandada de golondrinas lo alzó en su vuelo.

Celso Pumarol, el Guayo, segunda base

Ya lo habíamos vendido casi todo, "a domicilio y sin regateo", tal como nos lo había ordenado Mustafá Rangel; hasta teníamos una flotilla de botes salvavidas para alquilarlos en las mañanas y llevar a algunos curiosos hasta el Memphis. Pero al caer la tarde los sacábamos de servicio porque la noche se había convertido para nosotros en un reducto privado, en un solar flotante donde sólo había espacio para el amor. Aunque Ravelo, la Plaga, sostenía que él había sido el único en ver a la sirena, lo cierto fue que un sereno de la Capitanía del Puerto terminó siendo el primero en presentárnosla. Aquella noche, abriendo y cerrando escotillas, nos condujo hasta donde nunca habíamos llegado, hasta el rocalloso corazón del Memphis. Nos la enseñó tendida sobre los corales y los sargazos que habían penetrado en el fondo del casco. Estaba desnuda y sonriente, y su piel parecía lavada por el limo de muchos insomnios. Casi sin darnos cuenta, Ponciano nos incitó a poseerla de uno en uno y cuantas veces quisiéramos. Esa noche yo fui el primero en desdoblar su fragancia y el último en abandonarla.

Negro Benítez, el Plebe, jardinero derecho

"¿Cuándo es que va a zozó-zozobrar la vaina ésta?", solía siempre tartamudear el Negro Benítez. Era el único que le irritaba la figura espectral del Memphis. Podía decirse que lo odiaba desde el primer día que lo había visto en el terreno de juego. Y no sólo al Memphis, sino también a toda la tripulación que había sobrevivido. Todos nos hicimos de la vista gorda el día que lo vimos desnudando el cadáver de un marino. Fue la primera noche que exploramos el Memphis, cuando todavía la gente trataba de rescatar a los infantes de marina.

Luego de despojarlo de la ropa, empezó a patearlo y a abofetearlo, farfullando: "Nonó-nosotros tenemos que salvarlos... mienmién-mientras ustedes vienen a jodernos". Por eso, tal vez, era el que con menos frecuencia subía al barco; la noche que conocimos a la sirena, fue el único que la repudió antes de tocarla: "A ésta la conozco yo-exclamó con sorna—. Es una puta de El Matadero... y está momó-mojada de vicio".

Benjamín Ogando, la Guinea, receptor

Después de varias semanas de haber guardado en secreto el hallazgo de nuestra sirena, Ponciano, el sereno de la Capitanía del Puerto, empezó a subir a bordo a los muchachos de otros barrios: "Las sirenas como los tesoros -nos dijo-, hay que compartirlos". Pero nosotros no estábamos conformes, porque ya no sólo pasábamos noches enteras haciendo fila en la cubierta, sino que, cuando nos llegaba el turno, había que pagarle a Ponciano cinco centavos para ver a la sirena y diez para acostarse con ella. Ahora la contemplábamos más resuelta y carnal, aun desnuda pero cubiertos los senos con un chaleco salva vidas, tendida sobre una lona de campamento, fumando cigarrillos Lucky Strike. Más tarde nos fue imposible volver a verla, ni siquiera de lejos, porque ya los adultos que trabajaban en las inmediaciones del Puerto también hacían fila para conocerla. Cuando Ponciano subió la tarifa "aceptando sólo dólares", los infantes de marina, que ya habían invadido la ciudad y todo el país, desplazaron a los criollos de su lasciva curiosidad. Fue una noche de navidad cuando nos enteramos de que la sirena había aparecido muerta en los arrecifes. Ponciano fue el primero en decírmelo, quizás porque soy el más viejo del grupo. Yo le transmití la noticia inmediatamente a los muchachos. Esa noche fuimos todos juntos a los arrecifes. Más que el cadáver, una de las cosas que recordamos cuando vimos la silueta de la sirena embalsamada en su lecho de corales, fue el comentario que hizo el Negro Benítez, quien por primera vez en su vida dejo de ser plebe: "Mumú-murió en sus aguas... de por sí... ¿nonó-no decían ustedes que era una sirena?".

Lepe Lizardo, la Flecha, taponero

Realmente ya estábamos por devolvernos, cuando vimos de pronto, en medio de la noche, el antebrazo de aquel marino nadando ahora mar adentro: "¡Ése es McKenzie Blue!", exclamamos todos. A pesar del oleaje, el antebrazo esquivó los arrecifes, palpitando entre la lluvia, emergiendo más musculoso y ágil que nunca, enorme y brillante, mostrando en cada brazada el tatuaje, con nuestra sirena aferrada a su ancla.

Camarena Son, el Bayby, entrenador

El Memphis pasó veinte años varado en el mar. Nunca terminó de hundirse ni nadie se ocupó nunca de desencallarlo; ni siquiera el día que se fueron los infantes de marina se molestaron en removerlo. La gente que pasaba por el malecón lo veía emproado y desnudo como un negro cascarón semoviente. Muchos lo contemplaban con indiferencia, otros con desprecio, incluso algunos con indignación y asco, sobre todo los que ya sabían que el Memphis, con el paso de los años, se había convertido en una madriguera de rateros, en un escondrijo de chulos y proxenetas que se daban cita en la madrugada para violar y pervertir menores, para repartir la mercancía robada, para secuestrar y torturar a los adversarios del régimen: "En el Memphis sentó residencia la escoria", fue lo último que oí a mis espaldas.

Salcedo de Jesús, Zicote, cargabates

Cada día más un olor envenenado, sulfuroso, nauseabundo invade al Memphis. Las ratas cruzan por las bordas desvencijadas, por la sala de calderas, por el cuarto de máquinas, bajan y suben por las escotillas. En noches de luna llena se ilumina la nueva podredumbre de sus inquilinos: mendigos dementes, soplones y calieses de tugurios, riferas crapulosas y prostitutas fétidas que aguardan su turno para abortar antes del amanecer: "¡El Memphis es una cloaca seca por donde se arrastran los delincuentes más sádicos y depravados, el hampa de la ciudad!"... Así nos llaman ahora, y es verdad. Pero se olvidan que alguna vez fuimos inocentes, hace mucho tiempo ya, antes que asaltaran nuestro cielo, cuando éramos muchachos y jugábamos pelota frente al mar.

Pedro Peix

(1952-2015)

 

La mujer de Honorio López - Marcio Veloz Maggiolo

La mujer de Honorio López - Marcio Veloz Maggiolo

 

Honorio López era tímido pero valiente. Las tropas del general Cabral lo vieron realizar numerosas hazañas. Negro y curtido por el sol, Honorio López se había ganado a sangre y fuego el rango de sargento mayor en las luchas contra el imperio español.

 

La noche del 28 de diciembre de 1863, Valentín Lezcano, también sargento de la guerra de restauración, se acercó a él y le dijo:

 

—Honorio, tengo que contarte algo que a lo mejor no te va a gustar mucho.

 

—A ver, a ver- contestó Honorio mientras chupaba un improvisado cigarro hecho con hojas de yagrumo y de naranja.

 

—Me han dicho que tu mujer te la está pegando.

 

Honorio arrojó el cigarro y arrugó el ceño.

 

—¿Quién te lo dijo?

 

—Yo mismo lo he comprobado hace unos días, cuando venía de Managüey. Honorio se puso morado de la rabia.

 

—Dos años de peleas y de vainas y esa maldita mujer ni siquiera me ha sabido ser fiel.

 

Se retiró del lugar y durante la noche, tendido en su hamaca de cabuya, no pudo conciliar el sueño. Al día siguiente, cuando Valentín Lezcano fue en busca de Honorio para decirle que lo de la noche anterior fue una broma por ser día de los Santos Inocentes, no lo encontró, sin embargo, encontró huellas frescas de cabalgadura, y pudo comprobar que Honorio López se había marchado del campamento durante las últimas horas de la madrugada.

 

Honorio López cabalgaba con rapidez, dejando atrás los pueblos fronterizos, pueblos que lindaban con la miseria. Tardaría dos días en llegar y dos días en volver, pero le arreglaría sus cuentas a la mujer, aquella maldita mujer que según Valentín Lezcano le era infiel y se burlaba de su valor y de su hombría.

 

Durante la mañana del primer día Honorio no se detuvo en sitio alguno. Iba en busca de su objetivo y nada lo entretenía. No le importaba si las tropas españolas lo reconocían o si era denunciado por algún hijo de perra. Su caballo color barro espumeaba insistentemente, pero el jinete no atendía más que a los planes terribles que elaboraba en su pensamiento.

 

Una gran sequía abrasaba los pastos de la sabana y los niños se morían de tabardillo y hambre.

 

Por momentos se oían los cañones españoles disparar contra las guerrillas montunas. El eco de las descargas se metía entre las lomas, rebotando de un lugar a otro como una bola de caucho.

 

Honorio cruzó cientos de sembrados misteriosos, y aceleró el paso en las tierras donde podía ser avistado por el enemigo.

 

Por fin, después de más de día y medio de camino, alcanzó a ver el bohío de su mujer. Honorio pensaba que en la noche vendría el maldito con quien ella le engañaba y que entonces podría matarlos a los dos.

 

Decidió esperar y esperó. A sólo unos cuantos metros de su vieja vivienda, Honorio observaba los movimientos de la mujer que salía al pequeño conuco, que lavaba algunos trapos sucios y que en dos ocasiones salió de la casa a realizar alguna pequeña diligencia.

 

Al fin llegó la noche y Honorio se acercó un poco más a la casa. Quería ver de cerca la llegada del intruso. A eso de las nueve, cuando la luz del bohío se había apagado, Honorio vio la figura de un hombre introducirse en la casucha por la parte delantera.

 

—¡Ahí está ese cabrón! –se dijo, e impulsado por una marejada de rabia y celos empuñó el machete y saltó sobre los yerbajos. Sus ojos estaban rojos como brasas. Empujó la puerta y, derribándola, pasó machete en mano a la habitación de la mujer que dormía. Todo fue tan violento que ella no sintió cuando el filo del arma sobre la nuca hizo rodar su cabeza por debajo del catre. Entre las sombras Honorio distinguió la silueta del hombre que se había levantado al ruido sospechoso de los pasos del marido. Honorio López le asestó el primer golpe sin saber dónde, luego siguió lanzando machetazos con una furia incontenible, hasta que la sangre le tornó calma.

 

Había vengado su honra. Salió de la casa con gran sigilo, y montando su caballo partió nuevamente hacia el campamento, seguro de que había cumplido con un deber casi sagrado.

 

—¡Fue un crimen terrible, Santo Dios!

 

—También murió el hermano de Anselma, el que venía a cuidarla por las noches, porque como Honorio anda alzao.

 

—Al hijo de yegua que hizo eso el diablo habrá de cobrarle.

 

—¡Mira que matar a dos infelices así!

 

—Sabe Dios a quién se le metió el espíritu malo entre las costillas.

 

—Dicen que ni cuenta se dieron Anselma y el hermano.

 

—El pobre Honorio por allá y viene un hijo de puta y le mata la mujer y el cuñao.

 

—Que a lo mejor al Honorio también lo han matao.

 

—Así mismo, así mismo, a lo mejor lo cogió un tiro de los blancos.

 

Honorio López llegó al campamento pasado el mediodía. Cuando entró y ató su bestia junto a una javilla todos le miraron con desprecio.

 

—El general te anda buscando, buen pendejo –le voceó uno que estaba trizando astillas de cuaba con un largo cuchillo.

 

—Y… ¿qué quiere el general?

 

—Hace dos días que pelamos contra las tropas de Zúñiga y tú ni te apareciste por los alrededores.

 

—Yo andaba en otra pelea.

 

—Cuando el general te agarre se te acabarán las marrullas.

 

No bien habían salido estas últimas palabras de los labios finos y resecos de un recluta, cuando hizo su aparición la cuadrilla del general. La encabeza Valentín Lezcano, que tirándose del caballo se apresuró a saludar a Honorio.

 

—Maté a mi mujer anoche, te agradezco tu informe.

 

Lezcano no supo qué responder. Hubiera querido decirle que aquello había sido una broma de esas que se juegan el día de los Santos Inocentes. Lezcano tragó en seco, y cuando se disponía a explicarle a Honorio las cosas tales y como eran, oyó una voz que dijo:

 

—¡Arresten a Honorio López!

 

Dos capitanes de puesto le tomaron por ambos brazos, y sin forcejeos lo llevaron donde el general. Lezcano se quedó con los labios entreabiertos. La orden de prisión evitaba por el momento las explicaciones, pero en lo profundo de su pecho sentía una angustia amarga, inevitable.

 

Cuando Honorio caminaba escoltado hacia la tierra del general, pensaba que alguien lo había visto cometer el crimen y que la denuncia había llegado hasta los oídos del jefe de la tropa.

 

—General, éste es el desertor –dijo el más joven de los oficiales.

 

—¿Usted se llama Honorio López?

 

—Sí, señor

 

—¿Sabe lo que significa deserción?

 

—No deserté, señor; salí a resolver un problema personal.

 

—La guerra de independencia no acepta problemas personales; los problemas de la patria son el problema de todos. Ha violado usted las leyes de la revolución y queda condenado a la pena de muerte. ¡Fusílenlo inmediatamente! Capitán, escoja ocho hombres y ejecútelo.

 

—Bien, mi general –respondió el oficial joven.

 

El general dio media vuelta y quedó de espaldas al reo. Honorio López no dijo una sola palabra.

 

Valentín Lezcano vio como la ataban y le vendaban los ojos a Honorio. Cuando la fusilería estuvo perfectamente alineada, el oficial joven dio la orden:

 

—¡Listos, apunten, fuego!

 

Por lo menos seis de los ocho disparos del pelotón de fusilamiento hicieron blanco en la cabeza de Honorio López. —¡Sargento Lezcano –se oyó la voz del capitán, dele usted el tiro de gracia!

 

El sargento Lezcano levantó sorprendido el rostro. ¿Por qué yo?, hubiera querido preguntarle al capitán. Desenfundó su revólver y se acercó al cadáver del amigo. Ya los fusileros regresaban hacia sus puestos de campaña cuando se oyó el disparo producido por el arma del sargento Valentín Lezcano. Todos volvieron el rostro al escuchar el ruido sordo que produjo al caer el cuerpo del sargento.

 

No salían de su asombro:

 

—¡Lezcano se ha pegado un tiro!

 

—¡Estaría loco el pobre Lezcano!

 

—Eran muy amigos, muy amigos, Honorio y Lezcano.

 

—¡Pero si ya estaba muerto, un tiro más o un tiro menos ni importaba!

 

Un viejo clarín ronco y cansado tocó a combate. De inmediato los soldados corrieron a sus puestos y la caballería enfiló hacia campo raso, dispuesta a arrollar con sus cascos las huestes españolas. El sol de la frontera y los perros de la sabana tardaron sólo cuatro días en hacer desaparecer los cuerpos de Honorio López y Valentín Lezcano, “muertos en combate”, según el impecable y verídico diario del general.

 

FIN

 

La fértil agonía del amor, edición 2015 

sábado, 21 de marzo de 2026

AL POBRE NO LO LLAMAN PARA COSA BUENA - JOSÉ RAMÓN LÓPEZ

 

AL POBRE NO LO LLAMAN PARA COSA BUENA

 

El vale Juan era mendigo habitual y vivía en la sección de los Mameyes.

 

Una mañana lo encontré en la población mejor ataviado que de costumbre. Llevaba una camisa de listado muy aplanchada, un pantalón de fuerte azul bien limpio, y montaba un buey de silla, con aparejo nuevo y una jáquima muy blanca

pasada por el narigón.

 

-Vale Juan-le dije, empuñando su única mano, ¿cómo va?

- Ahí entreverado -me contestó.

 

-Pues ni tan mal es, a juzgar por las apariencias. Hoy parece usted un potentado rural.

 

-Es que ya yo estoy muy escamado y sé lo que les espera a los pobres. Me mandó a buscar don Francisco y me dije: pues me pongo los trapitos de cristianar y arreglo a Bonito que parezca el buey de un presidente. Y así me he puesto.

 

-Hombre, qué idea tiene usted de los pobres...

 

-Es que la gente no sabe distinguir, y yo no quiero que me confundan. Hay dos clases de pobres. Pobres a nativitate y pobres de mala fortuna. Los primeros, aunque hayan de heredar riquezas, nacen pobres.

 

Un individuo haragán, estúpido o sinservir, siempre es pobre a nativitate, y aunque ría por primera vez entre plumas y bordados, acabará llorando.)

 

-¿Y los otros, cómo son, vale Juan?

 

-¡Los otros son como yo, caramba!, que nada me ha valido para salvarme. ¿Quién salva a uno de que lo metan a soldado y en una pelea lo dejen manco? Porque yo si hubiera podido desertar sin peligro, lo hubiera hecho; pero si desertaba, me cogían, me amarraban y por primera providencia mandaban a fusilarme; y lo esencial que uno necesita para hacer las cosas es estar vivo. Así fue que tuve que quedarme en las filas hasta que me quebraron un brazo. Y supóngase, un agricultor pobre con un ala menos...

 

-¿De manera que los pobres de la segunda clase son los que van a la guerra?

 

-Ellos solos no. En el mundo hay dos clases de circunstancias. Las que un hombre de talento puede prever y las que ningún talento en el mundo puede calcular. Al hombre de fortuna todas las circunstancias incalculables le favorecen. Al desgraciado todas le son adversas, y nunca puede salir de pobre.

 

-La desgracia lo ha hecho a usted pesimista, vale Juan.

 

-Ello no; es que las cosas son así, y no tengo culpa. No fui yo quien hizo el mundo con tantas jorobas y torceduras. Insisto en que al pobre no lo llaman para cosa buena, y voy a contarle un cuento que lo prueba.

 

Cuando gobernaba en Puerto Plata el general Lovera, que era malo con colmo, convocó para un día señalado a todos los pobres del distrito, a que se reunieran en la plaza del pueblo arriba. Cada quien calculaba sacar la tripa de mal año. "Que nos va a dar ropa", decía uno. "No, que lo que va a dar es dinero, que recibió muchísimo por un vapor que llegó de la Capital". Y así cada uno echaba alegremente sus cuentas...

 

Llegó el día de la reunión y la plaza parecía una corte de los milagros. Cojos, mancos, tullidos, ciegos, tuertos, llagosos... Era aquello una florescencia de cementerio, como si cada tumba se hubiese abierto y echado al exterior su tétrico contenido.

 

Momentos después llegó el general Lovera seguido de mil hombres de tropa que cercaron la plaza. Avanzó el jefe, con su cara de estrafalario furibundo y con ronca voz comenzó a interrogar a los pobres uno a uno.

 

-Usted, ¿de qué vive?

 

-Yo, de la caridad pública. Ya ve que me falta un brazo y no puedo trabajar.

 

-Pues pase a aquel lado le contestaba él señalándole el flanco izquierdo de la plaza.

 

Ya solo faltaba un pobre por ser interrogado, y el general Lovera le hizo la pregunta consabida.

 

-Yo-le contestó aquel, que era un hombrecillo flaco y desmedrado, con cara de gato-yo vivo de lo mío. No me falta nada. Y se sonó los bolsillos del pantalón, que produjeron un ruido argentino.

 

-Pues váyase a su casa, que con usted no es la cosa -le contestó con su voz atronadora el general Lovera.

 

Entonces, dirigiéndose al comandante de la fuerza, le gritó:

-Cumpla la orden. ¡Fusíleme a todos estos sinservires! -Y se fue.

 

Se armó una gritería de lamentos entre la multitud de pobres. Todos gemían y lloriqueaban su desgracia, y anatematizaban el nombre de su sacrificador Lovera.

 

El que se las dio de rico se acercó entonces al grupo de los condenados a muerte, y un compadre suyo llamado Juan José, que se encontraba allí, le increpó diciéndole:

 

-Hombre; compadre Toño, solo usted es malo. Si usted sabía esto, ¿cómo no me dijo algo, en vez de dejar que me sacrifiquen así, como un marrano?

 

-Compadre-le contestó el falso rico-: Yo no sabía nada. Lo único que yo sé es que al pobre no lo yaman pa na güeno. Por eso me preparé, llenándome los bolsillos de tiestos de platos.

 

Así terminó su cuento el vale Juan, y yo, pensativo, le dije:

 

-Demontre, con usted y el general Lovera, cualquiera teme

ser pobre.

 

-Cójale el peso al cuento -me contestó él. Lo que soy yo no me arrepiento de haberme vestido de limpio y de engalanar a Bonito para ir a ver a don Francisco. Quizás así me haga una buena proposición. De otra manera, lo contrario.

 

JOSÉ RAMÓN LÓPEZ

(1866-1922)



 

 

 

La desgracia - Juan Bosch

 

 El viejo Nicasio no acababa de hallarse a gusto con el aspecto de la mañana. Mala cosa era coger el camino a pie y que le cayera arriba el aguacero y se botara el río y se llenara de lodo la vereda del conuco.

       Con aspecto de hambrientas, las pocas gallinas del viejo se metían al bohío, persiguiendo cucarachas, o irrumpían en la cocina, aleteando para treparse en las barbacoas en busca de granitos de arroz. Nicasio cogió una mazorca de maíz y se puso a desgranarla. Revoloteando y nerviosas, las gallinas se lanzaban a sus pies.
       Desde el patio vecino una voz de mujer gritó los buenos días; después asomó su rostro de cuatro líneas y el paño negro sobre la cabeza. Nicasio se fue acercando a la palizada.
       —¿No le jalla algo raro al día? —preguntó la mujer.
       Nicasio tardó en responder. Fumaba, mascaba un grano de maíz, y seguía atendiendo a las gallinas, todo a un tiempo.
       —Ello sí, Magina. Pa mí como que se va a poner un tiempo de agua.
       —Unq unq —negó ella—. Yo hablo de otra cosa. Me da el corazón que algo malo va a pasar. Anoche sentí un perro llorando.
       Nicasio espantó las gallinas, que saltaban sobre su mano. Tornó a ver el cielo. El camino del Tireo, rojo como la huella de un golpe, flaqueaba los cerros y se perdía en la distancia; encima se veían nubes cargadas.
       —Vea Magina —dijo Nicasio al rato—, no ande creyendo zanganá. Lo por que pué pasar es que llueva.
       La mujer no entendía bien a Nicasio. Cuando se quedan solos, los viejos se ponen raros y caprichosos.
       —¿Que llueva? —preguntó ella intrigada.
       —Sí, que llueva, porque el frijol no se pue secar y se malogra la cosechita. Tengo mucho bejuco cortao.
       Magina hubiera querido contestar que el bohío de Inés no quedaba muy lejos del conuco de su padre, y que bien podía éste llevar allí los frijoles para que no los dañara la lluvia; pero se quedó callada porque Nicasio parecía no ponerle atención. Estaba empezando el sol a subir; sobre los firmes de la loma la luz se debatía con el peso de las nubes, y Nicasio observaba hacia allá. Magina lo veía con placer. Había algo simpático y viril en aquel hombre, acaso los negros ojillos llenos de vigor o el blanco bigote hirsuto. Años antes, cuando vivía la mujer de Nicasio, ella se dio cuenta de que le gustaba su vecino; pero él nunca le dijo nada, tal vez porque la difunta andaba muy enferma... Ya no podía ser. Había pasado el tiempo y los dos se habían ido gastando poco a poco... Alzó la voz:
       —Lleve el bejuco al bohío de su hija
       Él se volvió repentinamente a la mujer.
       —¿Cómo voy a trepar esa loma cargao, Magina?
       Eso dijo; pero en realidad no era por la loma por lo que no llevaba el bejuco a casa de Inés. Lo cierto es que a Nicasio no le gustaba visitar a nadie. Iba a ver a la hija sólo cuando le quedaba en camino de alguna diligencia. Le agradaba ver a los nietos; pero no se hallaba bien en casa ajena.
       —Ahora le traigo café —oyó decir a Magina.
       Observando cómo el sol despejaba por completo las nubes, esperó un rato. Llegó la mujer con el café; se lo tomó en dos sorbos; después dijo adiós, y de paso por el bohío tomó el machete y un macuto. Magina le vio tomar el callejón y salir a la sabana con paso rápido, y pensó que el viejo estaba fuerte todavía, a pesar de su pelo cano y de sus dientes gastados y negros. Cuando Nicasio desapareció entre los matorrales frente al pinar, Magina volvió a su cocina. “Ojalá y no llueva”, pensó con cierta ternura. Después se puso a hervir leche y no se acordó más de su vecino.
       Nicasio empezó a sentir el sol en la subida del Portezuelo. Se dijo que ese sol tan picante era de agua, y lamentó haber salido. Pero era tarde para volver atrás. Chorreaba sudor cuando llegó al conuco. Comenzó a trabajar inmediatamente, porque sabía que iba a llover; podía apostar pesos contra piedras a que llovería, y deseaba tener cortado todo el bejuco de frijol antes de que cayera el agua.
       No lo logró, sin embargo. Cayeron unas gotas pesadas, gruesas, a seguidas se desató un chaparrón. Nicasio recogió los bejucos que tenia cortados, los llevó a un rincón y pensó buscar hojas de plátanos para cubrirlos; pero no había tiempo. El chaparrón degeneró en aguacero violento, que azotaba árboles y tierra. Nicasio tuvo que meterse bajo un árbol. Vio el agua descender en avenidas, rojiza y más abundante cada vez. En diez minutos toda la loma estaba ahogada entre la lluvia, y no era posible ver a cinco pasos.
       —Tendré que dirme pa onde Inés —dijo Nicasio en voz alta.
       Con esas palabras pareció conjurar a los elementos. Se desató el viento; comenzó a oscurecer, como si atardeciera. En un momento el conuco parecía un río.
       Nicasio cruzó los brazos y echó a andar. Trepar la loma era difícil. Resbalaba, afincaba el machete en tierra, se agarraba a los arbustos. Inés vivía arriba, totalmente arriba. A Nicasio le parecía una locura de Manuel hacer el bohío en lugar tan extraviado. En tiempos de agua, sólo así, para buscar abrigo, podía nadie ir a casa de Manuel.
       Había pasado la hora de comer cuando el viejo alcanzó el bohío. La puerta que daba al camino estaba cerrada. Del lado del patio comenzó a ladrar un perro. Nicasio se fue corriendo bajo el alero, pues la lluvia seguía cayendo con todo su vigor, y cuando pasó por el aposento que daba al lado del patio sintió ruido y voces, palabras dichas en tono bajo. La puerta de la cocina sí estaba abierta, y el viejo saludó antes de entrar. Junto al fogón se hallaba el nieto, que le pidió la bendición de rodillas. Nicasio le miró. Era triste el niño. Tendría seis años. Se le veía el vientre crecido, el color casi traslúcido, los ojos dolientes.
       —Dios lo bendiga —dijo el abuelo.
       Detrás del fogón estaba la niña. Era más pequeña, y con su trenza oscura repartida a ambos lados del cuello y su expresión inteligente parecía una mujer que no hubiera crecido. Nicasio sonrió al verla.
       —¿Y tu mama? ¿Y Manuel? —preguntó.
       —Taita no ta —dijo el niño.
       A Nicasio le resultó sorprendente la respuesta de niño porque había oído voz de hombre en el aposento.
       —¿Que no? —preguntó.
       El nieto le miró con mayor tristeza. Siempre que hablaba parecía que iba a llorar.
       —No. El salió pa La Vega dende ayer.
       Entonces Nicasio se volvió violentamente hacia el bohío, como si pretendiera ver a través de las tablas del seto.
       —¿Y tu mama? ¿No ta aquí tu mamá?
       Se había doblado sobre el niño y esperaba ansiosamente la respuesta. Deseaba que dijera que no. Le ardía el pecho, le temblaban las manos; los ojos quemaban. No se atrevía a seguir pensando en lo que temía. Afuera caía la lluvia a chorros. Con un dedito en la boca, la niña miraba atentamente al abuelo.
       —Mama sí ta —dijo la niña con voz fina y alegre.
       —Ella ta mala y Ezequiel vino a curarla —explicó Liquito.
       La sospecha y el temor de Nicasio se aclararon de golpe. Llevaba todavía el machete en la mano, y con él cruzó el patio lleno de agua. El perro gruñó al ver al viejo. Con andar ligero, Nicasio entró en el bohío, caminó derechamente hacia el aposento y golpeó en la puerta con el cabo del machete. Oyó pasos adentro.
       —¡Abran! —ordenó.
       Oyó a la hija decir algo y le pareció que alguien abría una ventana.
       —¡Que no se vaya ese sinvergüenza! —gritó el viejo.
       Un impulso irresistible le impedía esperar. Cargó con el cuerpo sobre la puerta y oyó la aldaba caer al piso. Ezequiel, pálido, aturdido, pretendía saltar por la ventana, pero Nicasio corrió hacia allá y le cerró el camino. El viejo sentía la ira arderle en la cabeza, y precisamente por eso no quería precipitarse. Miró a su hija; miró al hombre. Los dos estaban demacrados, con los labios exangües; los dos miraban hacia abajo. Nicasio se dirigió a Inés, y al hablar le parecía que estaba comiéndose sus propios dientes.
       —¡Perra! —dijo—. ¡En el catre de tu marío, perra!
       Ezequiel —un garabato en vez de un hombre— se fue corriendo pegado a la pared, hasta que llegó a la puerta; de pronto la cruzó y salió a saltos. Nicasio no se movió. Daba asco ese desgraciado, y a Nicasio le parecía un gusano comparado con Manuel. Inés empezó a llorar.
       —¡No llore, sinvergüenza! —gritó el viejo—. ¡Si la veo llorar, la mato!
       La veía y veía a la difunta. Su mayor dolor era que una hija de la difunta hiciera tal cosa. Le tentaba el deseo de levantar el machete y abrirle la cabeza. Sacudió el machete, casi al borde de usarlo. La hija se recogió hacia un rincón, con los ojos llenos de pavor.
       —¡Váyase antes que la mate! No quiero verla otra vé. No vuelva a ponerse ante mi vista. ¡Váyase! —decía Nicasio.
       Pegada a la pared, ella iba moviéndose lentamente, en dirección a la puerta. Miraba siempre al padre; le miraba con expresión de miedo. ¡Y era bonita la condenada, con su piel amarilla y su cabello castaño!
       Como Nicasio avanzaba sobre ella, Inés pensó que el camino más corto era hacia el patio. Pero el padre le conoció la intención.
       —¡Por esa puerta no! —dijo.
       Le parecía inconcebible que la hija viera a sus hijos. Era indigna de verlos después de lo que había hecho.
       Inés comenzó a temblar y a llorar.
       —Taita. . . Perdón, taita —musitaba.
       El viejo la tomó por un brazo y la condujo hacia la puerta que daba al camino; con la punta del machete levantó la aldaba y al mismo tiempo obligaba a Inés a avanzar. Cuando la hija estuvo en el vano de la puerta, la empujó y la maldijo.
       —¡Que ni en la muerte tenga reposo tu alma! —gritó.
       Vio a su hija lanzarse al agua, que corría arrastrando lodo, y a la lluvia que caía a torrentes, y sintió deseos de echarse sobre una silla a descansar, tal vez a dormir. Si hubiera sabido llorar lo hubiera hecho, aunque hubiera sido sólo con una lágrima. Pero se rehizo pronto, cruzó el bohío y salió hacia la cocina.
       —¡Liquito! —llamó—. Busque el burro y póngase pantalón, que se van pa casa conmigo Inesita y usté.
       Salieron bajo la lluvia. Nicasio iba detrás, arreando el asno y esforzándose en no pensar. Silenciosos, los niños se dejaban llevar sin preguntar a qué se debía el viaje.
       Fue al otro día por la mañana, al decir Magina que a pesar de sus prevenciones nada malo había ocurrido, cuando Nicasio se dio cuenta de que había habido desgracia en la familia.
       —Sí pasó —explicó mientras echaba maíz a las gallinas—. Se murió Inés ayer.
       —¿Cómo? —preguntó Magina llena de asombro—. ¿Y los muchachos? ¿Y Manuel?
       —Los muchachos vinieron conmigo anoche. Manuel ta pal pueblo en el entierro.
       La vieja parecía aturdida. Se cogía la cabeza con ambas manos.
       —¿Pero de qué murió? ¿Usté ha visto qué desgracia?
       Entonces Nicasio levantó la cara.
       —Vea Magina —dijo mientras miraba fijamente a la vieja—. Morirse no es desgracia. Hay cosas peores que morirse.
       Y alejó la mirada hacia las nubes que salían por detrás de las lomas, aquellas malditas nubes por las cuales había él llegado a la casa de Inés.
       —¿Peor que morirse? —preguntó Magina—. Que yo sepa, ninguna.
       —Sí —respondió lentamente Nicasio—. Saber es peor.
       Magina no entendió. Nicasio la miró un instante, con extraños ojos de loco, y ella pensó que los viejos, cuando se quedan solos en el mundo, se vuelven raros y difíciles de comprender.


https://www.youtube.com/watch?v=7MqAmvYvT3g 

Tesis de maestría en Lingüística  

Resumen

Esta investigación tiene como título: disponibilidad Léxica de los Estudiantes de 4to Grado del Nivel Medio del Politécnico San Pablo, Distrito 02-05 San Juan Este, Año Lectivo 2020-2021, se implementó la metodología bajo el enfoque mixto, un diseño no experimental, los tipos de estudios descriptivo, exploratorio y de campo, los métodos, inductivo-deductivo y estadístico, las técnicas fueron entrevista y la observación, la población está conformada por una docente y setenta y cuatro estudiantes del Nivel Medio. En sus conclusiones, en términos de la relación entre el género de los estudiantes y la educación de los padres, se destaca que un considerable 69% de las niñas cuentan con padres que poseen niveles de escolaridad desde técnico hasta postgrado. Esta particularidad sugiere que las niñas pueden estar en una posición más favorable para el desarrollo de habilidades lingüísticas. Sin embargo, esta percepción se ve matizada por datos controvertidos, dado que un sorprendente 82% de los padres son profesionales. Esta disonancia entre las expectativas y los datos reales es digna de atención y puede influir en cómo comprendemos estas dinámicas. En el contexto de teorías expertas, estas variaciones socioculturales efectivamente desempeñan un papel significativo en el desarrollo léxico de los estudiantes. La observación de que el léxico de cada individuo está profundamente arraigado en su entorno y en los conocimientos que adquiere de su medio social y cultural respalda la influencia clave de estas variables.

viernes, 5 de noviembre de 2021

Véngase Conmigo

 Véngase conmigo 


Que no es caricia de a ratos lo que busco

pues de ellas estoy cansa'o

Este corazón vacío 

La quiere por siempre a su la'o.


No se me haga la santica

que su pecado conozco bien 

a usté le gusta que le rueguen

cuando no hay papeletas de cien. 


Y yo sin paciencia ni dinero 

qué más le puedo ofrecé 

que el tambor de mi pecho 

y estos versos en papel. 


No lo piense y véngase conmigo 

Dios ya bendijo este matrimonio 

aunque yo sea muchacho de campo

Usté y yo son un bonito binomio.


Créale al cielo lo que digo 

que yo no miento ni por riqueza 

que el tiempo le demostrará 

que no sale usté de mi cabeza.


Hágale caso a mis palabras 

acompáñeme a caminá

falta un buen tramo por recorré

y sin usté no quiero está.


Hágase la loca y véngase conmigo

que como amigo yo no la quiero

quiero cubrila con mi lengua

¿sin su amor qué haría con esto?



Un alumno llamado Cristo Rey - Jeannette Miller

  Un alumno llamado Cristo Rey   Impartía Letras 011 en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, allá en la década de 1970. El primer d...