"Pues entre todos ellos, ¿quién
no sabe que todo esto lo hizo la mano de Dios, que su mano retiene el alma de
los vivientes, el espíritu de todo ser humano? El descubre las profundidades de
las tinieblas y saca a la luz Las sombras de la muerte".
(Job. 12,
9-10:22.
¡Ya pasó como un sueño tu
existencia! Tu juventud, que florecía como maceta de lirios en primavera, se
vio troncada, deshecha por el aquilón de desgracia implacable, que te llevó a
desear ese largo y tranquilo sueño en que yaces esperando la misericordia de Dios,
a Dios mismo, tras el misterioso velo de la muerte.
¡Ah! Los que te vimos partir,
inmóvil, silenciosa, con esa solemne rigidez en que se envuelve la criatura en
la hora suprema; los que te vimos cruzar hoy la misma puerta que se abrió a tu
paso y traspusiste en no lejano día coronada de azahares, radiante por la
esperanza de una vida larga, hermosa, útil; los que vimos la desolación del
esposo, el primer dolor en el corazón de los huérfanos, el desconsuelo del
padre amante y los hermanos.
Los que sabemos del vacío que
queda en el triste hogar; el frío de ese pequeño mundo ya sin el sol que le dio
calor y vida... sentimos también el frío y el horror de la desgracia, y sintiéndole,
estremecido el corazón te dijimos adiós, llorando tu partida, tu eterna
ausencia con pesar inmenso, clamando a Dios porque nos abandonas.
La noche envolvía la inmensidad
con su manto de crespones cuando descendías a tu última morada.
La tierra te abría el regazo como
madre que aguarda al hijo ausente, para guardarte en él, avara del nuevo
tesoro, ¡oh Dios! ¡Sin piedad a la juventud, a la dicha, al amor que arrebataba
y envolvía!
Gimiendo miré la lobreguez en
torno mío. La triste hora del crepúsculo, más triste hoy, dejaba paso a la
oscuridad sin ceñir el horizonte con sus nacarados y purpúreos velos.
-¡Así es el dolor! -suspiré. -
Estas tinieblas están en el alma de todos los que lloran!
Lleno de turbación el espíritu,
muda la fe en ese instante, miré al cielo oscurecido... En su inmensidad
brillaba resplandeciente como faro y guía celestial el lucero de la tarde, respondiendo
a mi dolor, mostrando a la tierra su luz, que siempre brillara en la negrura para
ofrecer la esperanza de la Omnipotencia en la hora triste del desconsuelo.
Aparté el alma de la tierra; la
elevé al Creador en una plegaria, y la fe se prosternó ante la voluntad del
Eterno.
Encontró a Dios mi espíritu
acongojado, y bendije su mano y sus decretos... ¿Qué sabemos las criaturas,
pobres átomos de la inmensidad, ¿qué sabemos de la vida y de la muerte?
¡Pobre amiga mía! Trocaste el
alegre hogar en que reinabas dichosa, coronada con el nimbo de tu virtud y el
amor de los tuyos, por el angosto lecho que te ofrece en su seno el sepulcro. Eres
en él simiente de la flor del paraíso. Ya no volverás a perfumar con tu
bondadosa presencia el santuario que dejas; el Eterno te reclamaba y has
respondido a su voz presentando ante Él el divino perfume de tu alma.
En tanto, viva tu memoria como
esperanza celestial en el pensamiento de los tuyos, y sea el ejemplo de tu
virtud dechado para tus hijas; sírvales tu recuerdo cual les habría valido tu
cuidado.
Tú velarás cada día tu hogar, y
más cerca de la Omnipotencia, podrás rogar por los que dejas suspirando en este
valle de lágrimas.
Virginia
Elena Ortea
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