EL GENERAL FICO
Venía cabizbajo de Las Escaleretas
a La Palma, siguiendo a lo largo del camino en su caballo rucio avispado, al
que soltó las riendas sobre el cuello, por lo que el rocín iba paso entre paso,
imprimiendo al jinete un movimiento oscilatorio que le inclinaba tan pronto a
uno como a otro lado de la bestia.
El jinete era feo. Las piernas,
encorvadas por el hábito de montar a caballo, encajaban sobre el cuerpo del
animal circunvalándolo como una cincha, y estaban envainadas en sendos
pantalones, anchos y sobrecortos, que dejaban en descubierto cuatro dedos de
jarrete musculoso y peludo; y después unas medias de a real, caídas sobre los
zapatos de orejas salpicados de lodo, con enormes espuelas de cobre bien
aseguradas, rechonchos y sin lustre, fundas de los enormes pies que no se
calzaban sino los domingos y fiestas de guardar. El tronco era robusto,
cuadrado, ordinariote, terrible con su chaquetita corta y mal traída, de gusto
y hechura rural, huyéndole a la pretina de los calzones, a dos dedos de ella,
con anchos bolsillos donde guardaba el descomunal cachimbo de tape y la vejiga
de toro henchida de picado andullo, y dejando ver los pliegues de la camisa
listada y la ancha correa de que pendían el sable truculento, el cuchillo Colin
de luciente y afilada hoja, y su revólver de Mitigüeso, que así lo llamaba. Y
como coronamiento de aquel sagitario tremebundo, de aquel ecuestre Hércules
pigmeo, una cabeza sobre cuello apoplético, con la faz cetrina teniendo por
frente una pulgada de surcos rugosos entre el cabello apretado y las
alborotadas cejas tras las cuales brillaban, emboscados como salteadores, dos
ojillos negros de expresión felina, entrecerrados ahora, mirando paralelamente
a
la nariz de forma cónica, rematada
en trompa y como queriendo zamparse en la espaciosa boca de labios gordos y
negruzcos, que se abría hasta cerca del remate de las quijadas como agallas de
tiburón que, con los pómulos salientes, le cuadraban la cara. De esta, a manera
de velamen, se destacaban una chiva larga y puntiaguda, y dos orejas
espantadizas, desconfiadas, adelantándose en acecho para oír mejor. Y por sobre
todo ese conjunto abigarrado y monstruoso un breñal de cabellera amoldada al
sombrero y al pañuelo que llevaba atado, y afectando las formas de un paraguas
o de un hongo.
Era el general Fico, cacique el
más temido en los alrededores. Machetero brutal y alevoso, holgazán
consuetudinario que vivía cobrando el barato de todo en toda la comarca.
De súbito se irguió como por
resorte, arrendó el caballo, y en todo su ser se reflejó una expresión de
fuerza bruta irritada, de tigre hambriento que olfatea la presa y se alista a
caer de un brinco sobre ella. Aguzó el oído, y creció la ferocidad innata de su
gesto, avivada por la pasión; sus ojos despedían relámpagos, y sus músculos se
marcaban con brusquedad sobre la piel, como las venas hinchadas de sangre. Se
apeó del caballo, sacó su revólver y se lanzó con paso cauteloso hacia la selva
por entre la cual iba el camino. Cinco minutos hacía que andaba así, escudriñando
por entre el claro de los troncos y las malezas, cuando vociferó una
interjección de rabia, y se quedó parado entre dos
ceibas de alto y grueso tronco.
--Ei diablo me yebe. ¡Bien sabía
yo que era beidá! Y me oyén eso do sinseibires, bagamundo je ofisio, y se han
laigao. ¡Si yo cojo ese güele fieta y a esa arratrá!
Aquí se contuvo, y volvió a
examinar los árboles.
-No hay dúa-continuó-. La señai no
manca. Aquí taba ei picando el palo con su cuchiyo, sin atrebeise a miraila y ella
detrá de lotro palo con lo sojo bajo, ei calabazo de agua en ei suelo y
jasiendo un agujero en la tierra con el deo grande dei pie. Eso jueron lo golpe
que oí. Pero ai freí será ei reí. No ar plazo que no se cumpla, ni deuda que no
se pague.
Y regresó mascullando tacos y
maldiciones al camino, donde volvió a enhorquetarse sobre su caballo, y siguió
marcha a la casa del vale Pedro, que se veía sobre un cerrito a distancia de un
cuarto de milla, contrastando su techo pajizo y su maderamen de tablas de palma
con el verde panorama, ondulado de colinas y vallejuelos, que la rodeaba.
Ya no iba cabizbajo. El
pensamiento airado no se refleja mansamente en la fisonomía: es el resplandor
de un incendio que caldea el rostro y se propaga al ademán. Entre uno y otro parpadeo
flameaban sus ojillos como brasas sopladas, y se aventaban sus narices a compás
de las crispaduras de sus puños. De cuando en cuando espoleaba maquinalmente el
rucio, que en la primera arrancada hacía traquetear el sable encabado,
golpeándolo sobre un costado de la silla. Torció a la izquierda y ganó la vereda
que conducía a casa del vale Pedro.
Ideas salvajes de deseos, venganza
y exterminio azotaban el pequeño cerebro del general Fico. Estaba locamente
enamorado de Rosa, hija del vale Pedro, la más linda campesina de los alrededores;
pero la muchacha se resistía a corresponder esa ferviente pasión carnal de
groseras manifestaciones, y desechaba las oportunidades de encontrarse con el
fauno que no le perdía pies ni pisadas, en su empeño de conquistarla a todo
trance. Él había perdido la tranquilidad de bestia saciada con los nuevos
apetitos que le aguijoneaban. Su pobre mujer y sus chiquitines andaban ahora
temblando cuando él estaba en casa, porque se quedaba horas y más horas
meciéndose en la hamaca, con el gesto áspero de mastín en guardia, echando
pestes como si para eso y para hartarse solamente tuviera la boca: cuando no les
llovía una granizada de puntapiés y garrotazos sin motivo alguno. Recordaba en
este momento las facciones de Rosa, dulces como una sonrisa; su lozanía robusta
y graciosa, que parecía que iba a estallar como la concha de una granada y a
avivar el sonrosado de las mejillas; sus ojos negros de miradas acariciadoras,
su pelo reluciente, que de tan negro se tornasolaba, y aquel cuerpo de ondas firmes,
acopio virgen de bellezas tentadoras...
Y que un patiporsuelo que iba a
las fiestas sin chaqueta le disputara la posesión de ese tesoro, a él, al
primer varón de Los Ranchos, al que hacía temblar a hombres y a mujeres y con
su nombre se acallaba a los pequeñuelos traviesos... a él, que disponía de
todo, que cobraba primicias así de las labranzas como de las muchachas
casaderas... ¡No, no podía ser! Aquello acabaría mal si esos tercos no entraban
en razón. Porque no le cabía duda: las negativas empecatadas de Rosa provenían
de que andaba en tejemenejes con ese perdido de Julián, a quien tenía que meter
en cintura haciéndole sentir todo el peso de su autoridad. Había visto sus
cuchicheos en la fiesta del domingo anterior, y aún recordaba que Rosa se puso
como una amapola cuando Julián, con el güiro en la mano, entonó unas décimas cuyo
pie forzado era:
La mujei que te parió
puede desir en beidá
que tiene rosa en su casa
sin tenei mata sembrá.
Y ella también estaba esa noche
más adornada que de costumbre: estrenaba un trajecito blanco con chambra y
falda de arandelas; una mantilla rosada, y un ramito de clavellinas matizadas
en el pelo. ¡Qué muchacha! Olía a gloria y era de chuparse los dedos. Pero
urgía proceder de firme y rápidamente, porque la cosa iba de largo: acababa de
ver la señal de que hablaban en el monte, saliendo ella con pretexto de ir por
agua al río. Y para ganar tiempo resolvía ponerlo en conocimiento del vale
Pedro, cosa de que espantara a Julián y vigilara a Rosa, en lo que él ideaba
algo que le asegurara la posesión de la muchacha.
Al desembocar a un recodo de la
vereda se encontró con aquella.
-Bueno día le dé Dio-le dijo Rosa,
toda asustada. Llevaba su calabazo de agua pendiente, por el agujero, del
índice encorvado. Efectivamente había estado conversando en el monte con
Julián, tranquilizándole de sus celos de Fico, cuando oyeron los pasos de este.
Se le había adelantado, y la turbó encontrarse con él toda sudorosa, jadeante,
temiendo que sospechara algo al verle los colores encandilados y el traje lleno
de cadillos.
-Bueno día le contestó Fico
acentuando mucho las sílabas; y luego añadió:
-¿Qué jeso? ¿Hay arguna laguna en
ei monte, que no ba ja
bucai agua po la berea?
-No, jue que...
-Sí, ya sé lo que… é. Agora memo
iba a desíselo a tu taita, poique esa no son cosa de donseya honeta. Qué
poibení te quea co nese arrancao que no tiene conuco y anda de fieta en juego y
de juego en fieta. Poique yo sor claro: de dai un mai paso se da con quien
deje: con hombre que sean batante pa yebai qué comé y qué betí.
-Pero, general, si yo con
ninguno... -tartamudeó Rosa.
-No me diga na que yo lo sé to. Y
como tengo que mirai poi tojutede, si no acaban eso, bor a jasei que recluten
pa soidao a Julián.
¡Binge santa!, ¿qué dise uté,
generai? A soidao... ¿Y poique? ¿Qué ha jecho ese bendito? Poi Dio... Déjelo
quieto...
-Y te atrebej a intereaite por ei
alante mí. Un vagamundo que no tiene ma sembrao que tre sepe plátano. Cuaiquiea
te coje jata tirria. Mira: si diaquí a trej día no sé con seguridá que lo haj
dejao, ba pai pueblo. Hor é lune. Ei sábado, o me aj dicho que sí o buela ei co
nala de cabuya, camino e Pueito Plata.
La pobre Rosa se deshizo en
lágrimas y ruegos: que no lo persiguiera; que se habían visto por casualidad, y
ella no podía ponerle mala cara a ese cristiano que se había criado junto con ella;
que qué mal le habían hecho ellos para que los tratara como a jibaros...
Pero no alcanzaba nada. Fico al
fin la dejó plantada en medio de la trilla, recordándole al volverse su amenaza:
¿Soy o no autoridad?, se preguntaba él. Vamos, Fico, ¿para qué te ha entregado
el mando el Gobierno?... ¡No faltaba más: perderle así el respeto!...
El sábado siguiente, muy de
mañanita, iba el pobre Julián entre cuatro cívicos, atados los brazos a la
espalda, guiado como un marrano a la fortaleza de Puerto Plata, donde le
meterían en el siniestro cubo con los criminales más atroces, para luego salir
a montar la guardia y quedar condenado a envejecer bajo un fusil.
En aquella mañana tan hermosa
comenzaban sus amarguras. Mientras él ahogaba los sollozos de dolor y rabia, la
naturaleza saludaba la dicha de vivir con la alegría de sus cantos aurorales.
El inmenso azul se teñía de franjas purpurinas que asomaban como cabellera
hirsuta por la cima de los montes negruzcos que se veían al oriente,
despertándolo todo; levantose una brisita fresca y reposada, mensajera del
perfume de la selva; cantando al pasar por entre las añosas ramas, e
inclinándose a susurrar secretos a los inmensos pastos de yerba de guinea,
esmaltados de rocío, que se inclinaban para oírla. El gorjeo de los ruiseñores
se unía a los tiernos arrullos de la paloma, y al suave murmurar del
Bajabonico; cantaban los gallos, sultanes de su harén, y las vacas con la ubre
repleta mugían tristemente llamando a sus becerros. Y el hombre también
comenzaba su labor: hendiendo las nieblas que se disipaban, subían alegres de
las rústicas cocinas densas columnas de humo como matinal incienso al Dios que
hizo del amor el génesis y el impulso de la vida.
Y el infeliz Julián, aquel mozo
robusto como una ceiba, de mirada enérgica y facciones agradables, aquel pobre
muchacho, bueno y fuerte, amante y laborioso, veía todo eso con los ojos
húmedos, y le parecía imposible que a su edad y entre esas lomas, bordes del
inmenso tazón de suelo fértil en que había
vivido, pudiera el dolor
arrancarle lágrimas. Ni se fijaba en los sombríos verdes y olorosos, en los
ganados relucientes y gordos que retozaban a distancia, ni en los bohíos encaramados
como cabras en lo alto de las colinas y picachos. Solamente cuando pasó frente
a casa de Rosa salió del atontamiento en que su
repentina desgracia le tenía
sumido. ¿Perderla?... ¿y por qué? Por el capricho de un asno satiriaco y
omnipotente. ¿Cómo sería posible? ¿Aquel trozo de alma, aquella hermosura como flor
silvestre que se iba derechamente a él para que la recibiera en sus brazos y la
trasplantara a su corazón, no había de ser suya? ¿Por qué andaban las cosas tan
destartaladas en el mundo? ¿Por qué el Gobierno escogía para representar la
autoridad a un truhán como el general Fico? ¿Acaso no había buenos hombres en
Los Ranchos? ¡Ah! Pero los del campo son el ganado humano: les ponen un
mayoral, mejor cuanto más malo, para que arree la manada a votar por el
candidato oficial, o a tomar las armas y batirse sin saber por qué ni para qué.
Nada de prédica, nada de escuelas, nada de caminos, nada de policía. Opresión
brutal. Garrote y fandango: corromperlos, pegarles y sacarlos a bailar. Y en
cambio de eso, que el mayoral haga lo demás. Que estupre, robe, exaccione,
mate... con tal que el día de guerra o de elecciones traiga su gente.
Todo eso le trasteaba confusamente
la cabeza a Julián: creía tener derecho a rebelarse contra tamaña iniquidad.
¿Eso era Gobierno?... Si un toro furioso le embestía en el camino, ¿no se defendería?
¿Y qué toro se igualaba al general Fico?...
Luego pensó en su madre, en la
pobre viejecita que estaría a estas horas hecha un río de lágrimas, sin amparo,
sin auxilio, quizá maltratada por ese malacasta... Estiró los brazos como para quebrar
las cuerdas, y tomó tal impulso que derribó a los dos que lo sujetaban; pero
los otros lo dejaron sin sentido a culatazos, llevándole luego bien seguro y
casi a rastras hasta la población.
Pasó una semana más sin que Fico
se dejara ver por los alrededores de la casa de Rosa; pero a los ocho días la
esperó a la vera del rio, y cuando ella asomó pálida y ojerosa, pintado su
dolor en el semblante, le preguntó que cuál era su resolución. Y ella volvió a deshacerse
en ruegos y protestas: que sacara a Julián de soldado porque no había nada
entre los dos; que si estaba desesperada era
por la idea de que ella fuese la
causa de la desgracia de un prójimo: fuera de ahí nada. En cuanto a lo otro no,
no insistiera, porque primero moriría que tener frutos que no fueran de
bendición.
Él la contemplaba extasiado.
Arrobábale su hermosura, ora grave de mater dolorosa, con la delgadez
semitransparente arrebolada de ideales, y se arrodilló, suplicante a su vez,
implorando un jirón de amor, por el que le ofrecía su poder omnímodo, su brazo
omnipotente, su voluntad que dominaba las otras desde Tiburcio hasta Las Hojas
Anchas, desde el mar hasta La Cumbre. Satanás enamorado debe tener la hermosura
siniestra y tenebrosa que la fiebre del amor creó en Fico. Arrebatado por su pasión
vehemente, como que tenía fuertes asideros en la carne, tomó una de las manos
de Rosa y estampó en ella besos de fuego, que resonaron en la soledad
confundiéndose con el bullicio argentino de la corriente.
-Jesús – gritó Rosa, retirando con
violencia la mano y haciendo un gesto de asco y de desprecio. Miró a todos
lados buscando un salvador, pero allí, fuera del monstruo, solo había pájaros y
peces. Entonces echó a correr por el repecho de la hoya, hasta que salió al
camino. Él se quedó mirándola con los brazos cruzados, torvos los ojos,
meciendo la cabeza sobre su cuello toruno. Estaba sentenciada. La miseria y el
dolor, como círculo de fuego, no tardarían en rendirla.
No transcurrió mucho sin que se
esparcieran rumores funestos en toda la comarca que riega el Bajabonico. Rosa y
el vale Pedro comenzaron a notar aislamiento, vacío en torno de ellos. Se
pasaban los días sin que a su puerta se oyera el ¡Alabado sea Dios! o el ¡Dios
sea en esta casa! de una visita. Rosa decía a veces con una sonrisa de enfermo
que se le estaba olvidando ya el contestar ¡Por siempre! Sospechaba el manejo
oculto. Bien se le alcanzaba que todo era obra de Fico, quien los había
señalado como objeto de su prevención y de su tirria, espantando a los
atemorizados vecinos, que ninguna clase de solidaridad querrían con los
amenazados por el tiranuelo. Así había excomulgado a muchos. Pero Rosa
tranquilizaba a su padre achacándole a lo afanados que andaban en todas las
casas con la madurez de la cosecha.
No sabía nada de Julián, lo que la
traía desasosegada e inquieta. A veces se iba al monte para escapar a las
miradas de su anciano padre, y allí daba rienda suelta a su llanto. Traía a la memoria
las horas de dicha en que bajo los mismos árboles relamía a hurtadillas con la
vista la varonil hermosura de su novio; y ahora se encontraba sola: él quién
sabe cómo; ella bajeada y perseguida por el enemigo de su recato, que tal vez a
cuáles extremos la conduciría.
Una tarde, al regresar del cercano
monte, la encontró siña Nicolasa, y con misteriosos ademanes le indicó que
quería hablarle de algo reservado, y la llevó tras una mata de bambú muy
ahijada, como enorme mazo de plumas gigantescas.
Allí le contó que había sabido lo
que el general Fico quería contra ellos, pues lo oyó hablando a la vera del
camino con tres de sus hombres, mientras ella recogía leña en el monte.
Su plan era reclutar para soldado
al vale Pedro; y cuando Rosa quedara sola, acabar poco a poco con cuanto
tenían, mientras el viejo se pudriera haciendo guardias; hoy una vaca, mañana
un caballo, después otra bestia... Así irían llevándoselo todo, hasta dejarlos
en la inopia y los tres bribones se encargarían de vender a medias en otra
parte lo robado.
Rosa, aunque no le sorprendió la
noticia, pues ya lo venía temiendo, se aterró: Julián era mozo y podía esperar
a que las cosas cambiaran; pero su pobre taita, viejecito que ya miraba al suelo,
se le iba a morir en el servicio. Le debía más que la vida, que cualquiera la
da; le debía una consagración idólatra, con ternuras y delicadezas femeniles;
había sido para ella, desde el mes de nacida, padre y madre al mismo tiempo:
casi ni la había dejado ocasión de notar la falta de la que la echó al mundo. Y
ahora que estaba en sus manos el salvarlo, ¿no lo haría? ¡Pero qué sacrificio
era necesario! Entregar su virginidad como flor a un verraco. Encenegarse con
aquella fiera, y renunciar a la realidad de sus sueños, a la vida de amor
idílico con Julián, que ya consideraba como cosa hecha. Desprenderse de la
riqueza, de los goces materiales, es durísimo trance; pero deshacerse de un ideal,
arrancarlo después que sus raíces profundizaron en el corazón, es la muerte del
alma: sigue existiendo el cuerpo, pero no vive: las piedras crecen también.
Y no daba espera la maldad del
general Fico. A la mañana siguiente iba a empezar la ejecución de sus planes
tenebrosos. Esa noche el vale Pedro notó la aflicción de su hija, y quiso averiguar
la causa: ella estuvo tentada a confesárselo todo; pero previó la amargura del
buen viejo: y quién sabe si su rectitud en materia de honra pudiera llevarlo
hasta a un combate en que de seguro moriría... y quiso economizarle esos
dolores: sonrió forzadamente y dijo que estaba indispuesta... poca cosa...
¡Qué noche! ¡Cuánto ir y venir con
la imaginación, buscando una salida para todos! Pero no había otro remedio:
para salvar a los demás precisaba que ella quedara en prenda.
Cuando asomaron los claros del
día, ya su resolución era firme: se sacrificaba entregándose a aquel hombre
implacable que le causaba horror. Coló el café y salió luego con dos calabazos,
más que por buscar agua para aguardar a Fico en el camino y tratar accediendo a
sus infamias.
No esperó mucho. Desde lejos lo
vio venir cabalgando en su rucio, y rodeado de sus cuatro hombres, los brazos
de sus maldades, que venían a llevarse al vale Pedro. Le llamó aparte, y la
horrible transacción quedó consumada. Ella estaría a media noche en la puerta
tranquera, y él perdonaba al vale Pedro.
Oíase el segundo canto de los
gallos cuando Rosa se deslizó como una sombra y se detuvo en la tranquera,
donde se recostó casi desvanecida. Otra sombra avanzó entonces y empezó a hablarle
en voz baja; pero cuando se disponía a saltar las varas, sonó una interjección
seguida del relampagueo de un cuchillo que se hundió en las entrañas del
general Fico, para salir goteando sangre al caer el cuerpo de este bandido.
El matador era Julián. Se había
escapado de la fortaleza, y venía a ver a Rosa para ocultarse en cuanto
amaneciera cuando reconoció en las tinieblas a Fico, que entraba en la vereda.
Lo siguió andando por el monte sin perderlo de vista, luchando entre los celos
y el temor de alguna nueva infamia y, resuelto a saberlo todo, se apostó en
acecho cuando Fico se detuvo frente a la tranquera del vale Pedro.
Rosa, defendiéndose de las
acusaciones que su amante, tentado de matarla, le imputaba, refiriole lo
acontecido; y cuando el vale Pedro salió a las voces, tuvo que convenir en que era
necesario escapar esa misma noche. Recogieron algunas bestias, y cargando con
cuanto les fue posible, se encaminaron hacia los cortes de Jamao, refugio
inviolable, saldo de cuentas de los que tienen alguna que arreglar con la
justicia.
En La Palma, cuidando la propiedad
del vale Pedro mientras la vendían, quedó la madre de Julián, aguardando a que
su hijo viniera una noche a buscarla.
En cuanto al general Fico, hasta
el Gobierno abandonó su causa cuando dio las espaldas a este mundo, y al cabo
de un mes nadie se acordaba de él sino para bendecir al que libró la comarca de
tan perniciosa alimaña.
JOSÉ
RAMÓN LÓPEZ
(1866-1922)
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