Con voz premiosa, don Juan Ramón llamó a su mujer. Tenía ya largo rato sentado a la puerta de su casa, observando hacia la de enfrente. Parecía un gato en acecho. La mujer llegó secándose las manos con el delantal.
—Siéntate aquí, porque yo tengo que ir al patio. Atiende a
lo que hace Quin. En media hora ha ido dos veces a la pulpería, y eso da que
pensar.
La mujer, respetuosa de las manías del marido, obedeció con
resignado gesto, y cuando su cónyuge volvió rindió cuentas de su misión: nada
había sucedido. Él la miró fijamente, y ella advirtió la desconfianza en sus
ojos.
—Te digo que no, Juan Ramón.
Bien, no era cosa de discutir. Su mujer había sido siempre
así, medio burlona, y a su edad no podría cambiar. Aceptó, pues, el resultado,
pero se propuso aumentar la vigilancia para no darle después a la mujer el
gusto de pensar que él no había tenido razón.
Pasado un rato, Quin dejó el martillo sobre un parador, se
detuvo en la puerta, como persona que no sabe a punto fijo qué debe hacer, se
atusó los enormes bigotes grises y se quedó viendo hacia la calle.
¿Qué pensaba Quin? Eso era lo que hubiera querido saber don
Juan Ramón. Tenía allí, a su frente, a ese hombre de pocas carnes, de abultada
y ancha frente, de mirada vaga y sonrisa un tanto maligna; estaba parado a
pocos metros de él y sin embargo no le veía. ¿Por qué Quin no le veía? don Juan
Ramón miraba sus viejos y arrugados pantalones de dril, su saco de paño negro,
sucio y raído. Volvió Quin a pasarse la mano por el bigote y a poco adelantó un
pie. Rompería a andar, seguro que empezaría a caminar.
Pero de pronto Quin dio la vuelta, tomó otra vez su martillo
y se puso a clavar. Don Juan Ramón se desilusionó. Una tristeza indefinible
bajó a los aposentos de su alma y amargó sus rincones más apartados. Si la
mujer hubiera estado allí hubiera visto cómo los redondos y tenaces ojos de su
marido habían perdido brillo. Don Juan Ramón se sintió desilusionado y hasta
pensó levantarse e irse al patio. Pero no podía moverse de allí. Esperaba que
algo sucedería y, además gozaba un poco del sol que entraba por la puerta y
calentaba sus viejos pies friolentos.
Pasaron los minutos uno tras otro, sin descanso y sin prisa;
pasó un cuarto de hora. Don Juan Ramón temía que le entrara sueño y buscaba en
la calle algo en que poner su atención, un papel que volara llevado por la
brisa o una mariposa que pasara con su alocado trajinar. Y de pronto advirtió
que Quin había salido y con su lento andar iba camino de la pulpería. Don Juan
Ramón se sintió traicionado. Aquella endiablada piedra brillante que le llamó
la atención había sido la causa de su descuido. Quin iba subiendo ya la acera
de la pulpería. Don Juan Ramón se puso a dar un paseo frente a su casa. Con las
manos a la espalda y los ojos clavados en la pulpería, trataba de ver qué hacía
Quin en ella, y no podía. Sus viejos ojos no alcanzaban ya tan lejos. ¿Y qué haría
Quin en la pulpería; qué buscaba con tantos viajes a la pulpería?
Quin salió y volvía con la cara más animada. Don Juan Ramón
oyó su voz, ronca y gastada, saludándole, y hasta le pareció que había
levantado una mano en gesto afectuoso. Pero don Juan Ramón no se dejaba engañar
por saludos. Se sentía disgustado. ¡Esa maldita piedra! Su mujer también era
culpable, porque si en vez de estar por allá adentro berreando con la cocinera
se hubiera quedado en la puerta, hubiera visto algo. Es que no se puede hallar
gente que ligue realmente con uno.
Mordiéndose los labios, don Juan Ramón entró y cruzó hasta
el patio. No quería seguir vigilando; sabía que era inútil. Hasta el patio
llegaban los rítmicos golpes del martillo de Quin. Don Juan Ramón esperaría un
rato, media hora más. Pero no pudo esperar tanto. Pues los golpes habían cesado
y él se dirigió a su observatorio, aunque ya sin el interés de antes. Se sentó,
un poco a disgusto, y desde su silla podía ver la sombra de Quin removiendo
baúles y tomando medidas.
Quin trabajaba con animación porque se sentía estimulado.
Cada vez que perdía el ánimo —lo cual le sucedía varias veces en la jornada—
iba a la pulpería, y el pulpero, que conocía su timidez, le servía un vasito de
ron antes de que llegara. Quin se escondía tras una estiba de sal, levantaba el
codo, alzaba la cabeza, abría su enorme boca y se echaba en ella el ron. Se
humedecía siempre los bigotes, cosa que le agradaba porque después iba
remojando los labios con las gotas que pendían de los gruesos pelos, y la
ilusión de que estaba bebiendo le duraba un rato largo. Pero si había gente,
Quin se hacía el desentendido, hablaba con el pulpero de alguna cosa; en
ocasiones hasta compraba algo que no necesitaba, y no se atrevía a echar los
ojos sobre el vasito. Cuando notaba que los presentes no pensaban irse, se
marchaba haciendo al pulpero una seña con la cual indicaba que volvería pronto.
Ese miedo de que la gente supiera que él bebía evitaba que
Quin se emborrachara. Nadie le vio borracho nunca, y don Juan Ramón no había
sospechado de él hasta el día anterior, cuando notó que había hecho cinco
viajes a la pulpería en pocas horas. Don Juan Ramón había hablado varias veces
con Quin, y si era verdad que lo había hallado un poco raro, a veces muy tímido
y a veces más alegre de lo justo, no sospechó de él.
Allá en el taller de Quin se alzó una voz tarareando una
vieja canción. Don Juan Ramón oyó y le pareció estar soñando ¿Cantando Quin,
Quin cantando? No; no era posible.
—¡Ana, Ana! ¿Oyes a alguien cantar? ¿Te parece que alguien
canta?
La mujer se acercó y dijo que sí, que a su juicio Quin
cantaba; estaba segura de que ésa era su voz. Don Juan Ramón no quería creerlo;
se levantó, decidido a averiguarlo todo, y con las manos en la espalda cruzó la
calle. Quin tarareaba acompañándose del martillo. Don Juan Ramón estuvo un rato
en la puerta, observándole, hasta que Quin se volvió y le miró. Algo raro halló
don Juan Ramón en los ojos del baulero. Quin se cortó, dejó de cantar y se puso
a buscar clavos en una cajita. Avisado ya, don Juan Ramón se hizo el distraído.
Para él, lo más importante en ese momento era oler. Toda la vida se le fue a la
nariz. Empezó a hablar, a elogiar los grandes baúles forrados de lata
multicolor que estaban amontonados junto a una pared. Pero en realidad, lo que
hacía era acercarse a Quin para percibir el olor, para cogerle el rastro de su
vicio.
Sin embargo no podía. Allí hedía a todo, y el mismo Quin
despedía un tufo a ropa vieja y a cola que mareaba a don Juan Ramón. Además,
Quín rehuía al visitante.
Habla que habla, pasaba el tiempo y don Juan Ramón no daba
señales de irse. Quin debía tener algo por dentro, porque volvía angustiado los
ojos a la calle y parecía mortificado. Don Juan Ramón observaba esa inquietud
de Quin y disfrutaba el inefable contento de andar tras una buena pista. Pasó
media hora. Quin estaba sintiendo la necesidad de un poco de ron; perdía el
sosiego, buscaba baúles que arreglar, y entre todos los que había allí no
encontraba por cuál empezar. Subió el sol, y solo cuando de enfrente llamó la
voz de doña Ana, diciendo que era hora de comer, decidió don Juan Ramón dejar a
su víctima. Quin respiró como quien sale de un peligro y se fue derecho a la
pulpería.
Quin creía que a un hombre como don Juan Ramón se le engaña
fácilmente. Si al entrar en la pulpería hubiera vuelto la cara, habría visto
que la puerta de don Juan Ramón no estaba cerrada: allí detrás, acechando,
ardían los ojos del vecino, y cuando Quin salió a comer, don Juan Ramón se fue
a ver al pulpero, a quien con fingida inocencia le sacó el secreto de los
viajes de Quin.
Pasada la hora de la siesta, Quin iba a salir en busca de su
primer vasito de la tarde cuando oyó que le llamaban. Su vecino cruzó la calle,
esa vez con pasos enérgicos, y cuando estuvo a su lado le preguntó de buenas a
primeras, con voz tan grave que impresionó a Quin de mala manera:
—Dígame, ¿va usted a beber otra vez?
El baulero no supo qué contestar. Era tímido y no se atrevía
a negar ni se atrevía a decir la verdad. Se quedó perplejo, con los ojos
turbios.
Don Juan Ramón le tomó por un brazo y le empujó hacia
adentro. De súbito lo dejó libre, se echó hacia atrás y empezó a hablar. Lo que
le salía de la boca era un chorro de palabras. Quin estaba alelado. Peroraba el
otro sobre los efectos del alcohol en la naturaleza humana, y el baulero se
llenaba de susto.
—…Los espíritus alcohólicos alojados en el estómago
ascienden a través de las paredes estomacales, se introducen en las venas, se
confunden con la sangre, destruyen las válvulas del corazón, y un día, quizá
hoy mismo, acaso esta noche, mientras usted duerme se queda bonitamente muerto,
sin saber por qué. Y en cuanto al cerebro…
Quin abría la boca y se quedaba inmóvil y frío. El otro veía
su labio caído debajo del gran bigote y sus ojos incoloros. ¿Y era eso así,
Señor? ¿Estaba él realmente en peligro de morir en ese mismo instante? El miedo
empezaba a adueñarse de todo su ser y sentía la columna vertebral blanda, los
pulmones agarrotados y la garganta seca. Abría los ojos cada vez más. Don Juan
Ramón seguía hablando. Hablaba de Dios, de la virtud de la moral, de
fisiología, de economía… Era un torrente de palabras que ahogaba a Quin.
Mientras su víctima se acongojaba y se hundía por segundos
en un mar de tribulaciones, don Juan Ramón paladeaba el delicado placer de
sentir que estaba salvando a una criatura caída en los horrendos antros del
vicio. Veía a Quin asustado y a medida que aumentaba el miedo del vecino crecía
la sensación de seguridad y de alegría que iba ganando el alma suya, su
atormentada alma de hombre virtuoso.
Don Juan Ramón ignoraba de dónde le salían tantos conceptos.
Él mismo se asombraba de lo mucho que sabía, y entusiasmado por su irresistible
elocuencia hablaba y hablaba sin descanso, con los ojos metidos en los
despavoridos ojos de Quin. Este, al fin, no pudo resistir más de pie y se dejó
caer sobre un baúl, y desde allí alzaba la cabeza hacia su vecino con
atribulado gesto de súplica. Pero aquello no ablandaba a don Juan Ramón, que
volvió a martillar sobre lo de las paredes estomacales, las venas y el corazón.
Quin apenas podía pensar ya. Sin duda esa misma noche le tocaría morir. Sus
gruesos bigotes temblaban y sentía frío en los huesos.
Nunca hubiera podido decir Quin cuánto tiempo duró aquello.
A él le pareció una eternidad. Su miedo llegó a nublarle la vista, a hacerle
perder la noción de todo. Sobre él, incansable, don Juan Ramón suplicaba:
—Dígame que no va a beber más; por la salvación de su alma,
por el bien del género humano, dígame que no va a beber más.
Quin no sabía qué responder, y tan pronto aseguraba que sí
como que no. Pensaba en la noche, la horrible noche solitaria y oscura, y él
muerto sobre su catre, muerto, ¡muerto! Ah, Dios, ¿por qué bebía, por qué había
cogido ese maldito vicio? Y tal vez no sería en la noche, si no en la tarde;
quizá sería una hora después, mientras martillaba sobre un baúl.
¿Cómo iba él a beber más; cómo? No. Juraba que no; lo juraba
por sus recuerdos más sagrados. ¡Oh, morir en la soledad a media noche! Era
escalofriante. No podía pensarlo. Sentía el vientre helado y le golpeaban las
sienes. Y la voz de ese señor, esa voz.
Paralizado de miedo, Quin no fue esa tarde a la pulpería y
en la noche no pudo dormir. En la oscuridad veía su cuerpo, con todo y ropa,
con sus viejos pantalones y su saco raído, metido en un ataúd, bajo tierra. Los
gusanos —millones y millones de malignos gusanos— entraban por las cuencas de
sus ojos, trepaban por sus bigotes, destruían en un segundo sus flacas
mejillas. Su corazón recibía de golpe una carga de alcohol y dejaba de
funcionar. Lo espíritus alcohólicos —¿cómo eran esos espíritus, Señor?— subían
en rauda ascensión a su cerebro y allí se metían por cuevas y hendeduras hasta
envenenarlo todo y revolver la masa encefálica tal como él revolvía la cola.
Quin sentía sueño, un sueño pesado que le salía de los
huesos, y hubiera querido poder abandonarse a ese sueño. Empezaba a dormirse y
de pronto abría los ojos, despavorido. ¡No, no! ¿Cómo dormir, mientras la
muerte acechaba? Se le helaría la sangre sin él darse cuenta, se quedaría ahí
sin vida… Era insufrible; él no podía sufrir más.
Los ruidos de la noche crecían desmesuradamente. Las
cucarachas se movían dentro de los baúles y parecían un ejército de gusanos que
llegaba lentamente, en busca de su víctima. El tiempo se retardaba hasta lo
imposible. Allí estaba el pulpero sirviendo un vasito. Quin iba a cogerlo, a
echárselo en la boca, pero surgían los terribles espíritus, aquellos infernales
espíritus, y Quin caía desmayado. La noche era interminable; no tenía fin;
jamás acabaría. Ahí, en su catre, Quin se ahogaba.
De golpe despertó lleno de terror. Se había dormido, y ya
las luces del día clareaban el aposento. ¿Estaba realmente vivo? ¿Y si era su
alma la que había despertado, mientras su cuerpo yacía sin vida? La angustia de
la duda roía el corazón del baulero. Se movió un poco; se llevó las manos al
bigote y lo encontró en su lugar, lacio y abundante. Luego, estaba vivo, porque
un alma no tiene bigote; aunque él había oído decir que el ánima de ciertos
difuntos no quiere admitir, al principio, que no pertenece ya al mundo de los
hombres y siente como si en realidad no lo hubiera dejado. ¡Qué tormento tan
difícil de explicar! ¿Pero estaba él vestido? Pues sí, estaba vestido. Por lo
visto no se quitó la ropa para acostarse. ¿Y vivía? ¿Eran verdaderos esos
ruidos que llegaban de la calle?
Todavía incrédulo, Quin anduvo por su habitación, llenándose
de susto cuando alguna sombra entraba por las rendijas agrandándose en el
aposento. Al abrir la puerta vio a don Juan Ramón sentado enfrente, con los
ojos fijos en el taller.
Quin se puso a trabajar. Estaba pálido, nervioso, y no
acertaba a meter un clavo derecho. A cada momento se sorprendía disponiéndose a
tomar el camino de la pulpería, pero se detenía a pensar un instante en la
fuerza de los hábitos y en las paredes estomacales y los espíritus alcohólicos.
¡Y qué fuerte era eso de la costumbre! El cuerpo le pedía un vasito, uno nada
más; se lo reclamaba la garganta.
Una hora después llegó don Juan Ramón le preguntó cómo había
pasado la noche y volvió a hablar de los estragos del alcohol. Pero Quin no le
oía. Le ardía el estómago, le temblaban las manos, le faltaba aire; le parecía
que estaba perdiendo la vista. ¡Oh, qué falta le hacía un vasito, uno solo!
Aguantó una hora. Don Juan Ramón se fue, pero se sentó en la acera, a
vigilarle. Cuando el sol llegó a mitad del cielo, Quin empezó a sudar y a
sentir náuseas. ¡Un vasito, uno solo! Sabía que si tomaba, aunque solo fueran
dos dedos, se entonaría y se le pasaría aquel vértigo que le aturdía. Pero don
Juan Ramón estaba enfrente vigilando y dentro de su alma estaba el miedo que le
paralizaba. Martilló todavía en un cuadro de madera destinado a un baúl
pequeño. De pronto un frío de hielo subió desde sus pies hasta su frente, y,
cayéndose aturdido, sin vista, se dirigió al catre y se echó en él. Ya no supo
más de sí ni se enteró de que los vecinos —las vecinas, para decirlo con más
propiedad— entraron, arreglaron el aposento, le quitaron la ropa y se hicieron
cargo de él. Cuando volvió en sí, dos días más tarde; entrada la noche, vio
resplandores de luces a sus lados y oyó algo así como una confusa voz lejana
que hablaba de la gracia divina. Después alguien le tomó la muñeca y le abrió
la boca. Enseguida todo volvió a ser vago, distante. Por la mañana, al otro día
—¿o era el mismo día, con otra luz?—, creyó oír decir, con bastante claridad:
—Fue por dejar de beber. Sobrevino una depresión…
La voz pasó a ser murmullo, y ese mismo murmullo se alejaba
más, cada vez más y más y más. En el fondo de su pecho comenzó a formarse una
sensación agradable de tranquilidad, de honda paz. De pronto sintió que no
podía respirar. Una señora dijo que sonreía, y así debía ser, solo que bajo sus
enormes bigotes nadie podía ver si movía o no los labios. Lo que sucedía era
que Quin buscaba gotas de ron en los pelos; las buscaba como en un sueño. Fue
su último deseo.
Don Juan Ramón estaba sentado a la cabecera del moribundo.
Muy serio, vigilaba atentamente la faz de su vecino. De pronto levantó una
mano, indicando que todo había acabado, y dijo solamente:
—Ya.
Sobre el rostro de Quin se había extendido velozmente un
tinte lívido, y a seguidas empezaron los huesos a brotar, a crecer, a querer
salirse de la piel.
Don Juan Ramón se volvió y escudriñó con ávida mirada la
cara del médico. ¿Había dicho que fue por dejar de beber, o había él oído mal?
Fingió indiferencia al preguntarlo.
—Sí —respondió el médico—. No siempre pueden dejarse las
costumbres de golpe.
Don Juan Ramón se quedó mudo de asombro. ¿Era posible que un
médico afirmara tal cosa? ¿Por qué? ¿Por qué?
Súbitamente don Juan Ramón creyó ver algo raro en los ojos
del joven galeno, y de pronto, relampagueante, iluminando los rincones más
oscuros de su alma, sintió la sospecha. Se puso de pie, casi de un salto, y se
acercó al médico. Otra vez volvió a agitarse todo su ser, a sentir la vida
entera alojada en la nariz. El instinto le decía que había dado con una buena
pista, y temblaba de emoción.
Porque sin duda alguna, el médico había hablado así para
calmar su propia conciencia. También el debía ser, como Quin, un desgraciado
vicioso.
Juan
Bosch
(1909-2001)