LOS DIAMANTES
(Cuento mitológico)
Plutón, con un humor más negro que
su reino, se paseaba por las galerías de su palacio, gesticulando y hablando,
aunque nadie le escuchaba.
¡Cualquiera se habría acercado a
calmarle en aquellos momentos, cuando su rostro mostraba el sordo furor que
rugía en su pecho!
Plutón tenía mal genio de suyo, y
como su reino no estaba en condiciones de alegrar a nadie, en sus días malos
causaba verdadero pavor verle, como energúmeno, retratadas en sus rudas
facciones todas las durezas de su corazón.
Aquel día parecía ser uno de sus
peores. ¡Y cómo no!
Proserpina, su cara mitad, había
amanecido caprichosa, inconforme, quejándose amargamente de la lobreguez de aquel
reino, por ella compartido.
Y aunque el rostro del marido habría
impuesto respeto al mismo Hércules, ella, una mujercita fina y delicada como
una alondra, se había encarado con él para decirle con sobrada impertinencia
cuanto a la boca llevó su rebeldía.
-¿Por qué estoy en este sombrío
palacio, oh Destino? gemía sin importarle nada las arrugas que se multiplicaban
en la frente de Plutón.- ¡Reniego mil veces de la inmortalidad aquí, que ella
me condena a la eterna contemplación de vuestros sombríos dominios!
-No te quejes, -replicó él con
admirable calma. -Eres reina, tienes una corte a tus pies.
-Valiente corte la tuya -exlamó
ella con sorna. -Tener el Vicio, la Crueldad, la Calumnia, la Envidia a mis
pies! ¡Ver de continuo los feroces rostros de los hijos del infierno, mis
cortesanos, que solo me causan horror! ¡Oh! ¡Mejor quisiera estar en la tierra!
¿Por qué me arrebataste de ella, mi patria?
-¡La tierra! -dijo Plutón con
sorna también. -pero desdichada, ¿no sabes que la tierra es un infierno, y que
si allí fueras reina tendrías a tus pies una corte igual a la mía?
-¡Mentira, mentira! Allí no tienen
rostros tan feroces como los que aquí me rodean.
-¡Tonta! -exclamó él con desdén.
-Son los mismos, pero disfrazados hábilmente y guiados por aquella, la más vil
de mis hijas, la que arrojé de aquí, y allá fijó su residencia: la Hipocresía.
Al escuchar el cruel insulto,
Proserpina puso el grito en el cielo, y como hasta él llegaran sus lamentos y
Júpiter se enterara de la desavenencia, no queriendo Plutón desacreditar su alardeado
temple de voluntad y su poderío y no viendo que de otro modo pudiese calmar a
su mitad, empezó a ceder, y aun a tratarla con cierta dulzura desacostumbrada.
No hay para qué decir que
Proserpina, en vista del terreno ganado, se sostuvo en la ofensiva; no tardando
en declarar que abandonaría su triste mansión para volver a la tierra.
Ahora bien, Plutón no quería
pensar en ello, y tales son los motivos por los cuales le hallamos tan sombrío.
Parece que después de meditar
detenidamente el asunto, el rey tomó el partido de convencer a la reina de que
aún mucho peor que el infierno es nuestro desdichado valle de lágrimas, y dirigiéndose
a su habitación empezó una larga perorata llena de elocuencia, exponiendo por
primera vez desconocidas dotes de oratoria, explicándose con calor, presentando
ejemplos, datos conmovedores; en fin, haciendo verdaderos prodigios de
perspicacia y tacto.
¡Pero cualquiera convence a mujer
de cabeza dura, que no entiende de razones!
Toda aquella alocución cayó en
saco roto, y erre que erre seguía en sus trece la diosa del infierno. Verdad
que a cada razón del marido opuso ella una réplica más o menos oportuna.
No se desanimó él, y continuó
demostrando con irrecusables verdades sus razones, y ella, al verse vencida en
aquel torneo de palabras, comenzó a llorar amargamente quejándose... de que en
la tierra había algo bueno que no tenían en el infierno... las flores.
Nada tuvo que contestar el rey del
Averno a esta verdad abrumadora, y bajando la cabeza, furioso, se apretaba las manos
una con otra.
-Me voy para ese Paraíso que tales
adornos produce- chillaba ella sin el menor respeto a su categoría. -
Desdichada de mí, que con nada puedo realzar aquí mi belleza!
-¡Flores dijiste! -gritó el dios,
o más bien rugió trémulo de ira. -Yo te daré algo mejor para que te adornes,
-añadió metiendo la mano en un horno encendido que por allí había y sacando
algunas brasas que apagó entre sus nervudos dedos.
-Toma mujer-dijo- ya tienes las
flores que aquí se producen.
Te burlas de mí- clamó ella
rechazando la mano de su esposo. Y volvió a gemir sin consuelo.
-No me burlo: abre tus bellos ojos
y mira... Ella por curiosidad miró lo que le ofrecía, lanzando un grito de
sorpresa y placer al ver los apagados carbones convertidos en piedras que lanzaban
cascadas de luz fosforescente de un brillo fantástico,
deslumbrador.
En tanto él reía a más y mejor al
depositar en la falda de su aturdida mitad los brilladores carbones.
Proserpina se dedicó desde ese día
por completo a sus nuevas joyas, que en joyas había convertido un diablillo
inteligente, a las flores del infierno.
Plutón, mohíno, la contemplaba
cada día más vanidosa, más necia, más pagada de su belleza, que sin cesar
adornaba con las fosforescentes luces de sus joyas... Llegó el caso de que el
desdén de la reina alcanzara a su mismo compañero, con menoscabo de su majestad
y exposición de un rompimiento peligroso; pero ello es que la Soberbia y el
Orgullo se habían hecho consejeros favoritos de su Alteza, y la cegaban con
maña.
Sabido tenemos que así sucede...
casi siempre.
Y no es esto solo. La Envidia
había revuelto a los habitantes del Averno promoviendo una verdadera rebelión.
La Perfidia trabajaba activamente en ella, y las delaciones se sucedían ante el
trono, de modo que el rey, desde el malhadado asunto de los carbones, no había
tenido día tranquilo, y empezaba a juzgarse, por primera vez, el más
desdichado.
Las cosas llegaron a su colmo el
día que Proserpina, radiante de pedrería, quiso subir al Olimpo, para lucir en
él sus esplendores. Plutón no pudo resistir su ira, y arrancando los diamantes
a la reina, los arrojó con ímpetu al infinito, con tal fuerza, que por nuestra
desgracia acertaron a caer en los abismos de la tierra.
Proserpina cayó presa del más
espantoso ataque nervioso, librándose así de la furia que aún quedaba en el
pecho de su rey y marido, furia que desahogó él en las desdichadas joyas.
-¡Malditas! -gritó.- Seréis causa
de crueles ambiciones, de infames crímenes, de viles deshonras, de desdichas
sin cuento.
Atraeréis a la Envidia hacia
vuestro brillo funesto.
¡Seréis fuego de infierno para
quien os desee!
A estas voces volvió en sí
Proserpina, y a su vez habló interpelando a sus perdidos bienes:
-Benditas! ¡Ya que no puedo
poseeros, llevad al pecho de la mujer que os posea los encantos que el mío ha
gozado! ¡Embelleced la garganta, el cabello sobre el que os asentéis con fulgores
de aureola!
Y Plutón, calmado su enojo, añadió
burlón:
-¡Brillad, deslumbrando, sobre las
cabezas que queráis perder!
Virginia
Elena Ortea
(1866-1903)
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