La
moneda gastada
Sonrió. Instintivamente tocó
el dinero en sus bolsillos. Grande, imprevista y gananciosa jornada. Tal cosa
no sucedía todos los días, claro está. A ver, ¿cómo se le ocurrió? Este parecía
ser un día normal, igual a todos los otros terribles días que se habían
sucedido en los últimos años. Y nada había sido premeditado hoy. ¿Cómo había
llegado hasta allí, hasta el puerto de su ciudad? Las cosas cambiarían en lo
adelante. Sí, esta cadena de hechos fortuitos anunciaba algo. Llegar al muelle
sin habérselo propuesto, bajar hasta aquel almacén donde en ese momento
cargaban aquel camión, el hombre regordete que le preguntó en pleno rostro,
¿quieres trabajar?… Esta cadena de hechos fortuitos anunciaba algo, no había
duda.
La jornada había sido dura.
Tocó los músculos de los brazos doloridos. Miró sus manos, pero sonrió.
Instintivamente las llevó al dinero. Habían valido la pena aquellos grandes
tanques llenos de polvo blanco. Durante más de ocho horas él y varios hombres
cargaron camiones, muchos camiones con estos tanques. ¡Vaya, vaya! ¡Sí que
había valido la pena, sí que había ganado este dinero!
Rozaban las cinco de la
tarde cuando regresaba a su casa. ¿Qué te parece si al pasar compramos una
camisa? Ya no es posible usar esta que traes. Tan remendada está…
-No la envuelva, no.
Se despojó en plena tienda
de su camisa rota y ante el sorprendido vendedor se puso la nueva «guayabera».
Se miró satisfecho. ¡Contra, qué bueno es ponerse una camisa nueva! ¡Vaya,
vaya! ¡Sí que valían la pena aquellos grandes tanques llenos de polvo blanco!
¡Sí que valía soportar el dolor de los músculos, caramba!
Después de la camisa,
¿cuánto dinero quedaba? Lo tocó. Silbó una canción con soltura inaudita:
-¡Una caja e´cigarrillo y
una de fóforo, rápido!
Y ahora, derecho a casa,
¿eh? ¡Qué sorpresa para nuestra mujer! Hoy sí que es un día grande. ¿Y Pegao?
¡Maldito usurero! Le pagaremos esa deuda, ¡cojoyo!, que ya nos tiene cansados
de tanto cobrar. ¿Alcanzará? Tocó el dinero, otra vez. Sí, por supuesto. No dará
para más, pero vale la pena salir de ese condenado hombre. Silbó otra canción.
Golpeó la calle con pasos fuertes, precisos, como muy pocas veces lo hacía.
Ahora bien, ¿qué te parece
si nos tomamos un trago antes de llegar? Esto hay que celebrarlo, no hay duda.
¡Después de tanto tiempo sin ganar un solo centavo! Veamos, ¿un trago de diez?…
¡Caramba, que hoy no somos hombres de tragos de diez!… ¿Qué te parece entonces
una tercia? … ¡Bueno, eso está mejor! ¡Y es justo! No podrías más, porque el
dinero no es tanto.
-¡Una tercia de Cara´e gato!
¡Qué bueno, qué bueno!…
Saboreó el licor. ¡Qué bueno, qué bueno! ¡Cuánto tiempo! ¡Cuánto tiempo!
¿Valdrá la pena sentarse un rato en aquel bar? … ¡Qué bueno, qué bueno! ¡Cuánto
tiempo!
-Ey, ¿me puedo beber eto con
un refreco aquí?
-Siéntese hombre, si no hay
gente todavía.
-Tráeme un refreco.
Ahora sí. Está instalado.
¡Sí que habían valido la pena aquellos tanques llenos de polvo! … La vellonera
desternilló un habanero. Todo su cuerpo se movió al ritmo de la música, por
instinto. ¡Qué bueno, qué bueno! ¡Cuánto tiempo, cuánto tiempo! ¿Y por qué no
elegir entre Pegao y un bastidor y una colchoneta?
¿Qué te parece, eh? ¡Un
bastidor y una colchoneta! No es justo seguir durmiendo así. Si casi te caes
por el bendito hoyo ese y casi se cae ella también. ¡Sí! ¡Eso es! ¡Un bastidor
y una colchoneta! Hombre, hay que dormir cómodamente, así sea por una vez en la
vida. Se oyó otro habanero. ¿Y esa mujer allí tan sola? Quizás quiera bailar… probemos…
¡Qué bueno, qué bueno! ¿Y
cómo no se le habían olvidado aquellos pasos que lo hicieron el mejor bailarín
de su barrio cuando era joven? ¡Qué bueno, qué bueno! Derecha, izquierda,
derecha… ¡Qué bueno! Pero, ¿por qué el bastidor y la colchoneta? ¿Por qué no
mejor un vestido y alguna ropa interior para ella? ¡Cómo ha soportado tantos
remiendos, Santo Dios! … ¡Bébete otro trago! La verdad… Si ni siquiera puede
salir a la calle con los trapos que tiene. Y no alcanza para las dos cosas, el
bastidor, el vestido… ¡Bendito dilema éste! ¿Pagamos la deuda, dormimos bien o
se viste ella? Anda, bebe para que puedas pensar mejor. ¿No te parece que
deberías comprarle su vestido y su ropa interior? Ella ya ha sufrido tanto que
vale la pena premiarla alguna vez.
Sonó otro habanero. Bailó
otra vez. Sí que está mejor el vestido para ella, ¡qué caray!
Y para los hijos, ¿qué?
¡Maldita sea! ¡No se pueden tantas cosas a la vez! ¡Ahora todo el mundo
necesita algo! ¡Pues entonces, el bastidor y la colchoneta! ¡Y Pegao que se
espere, maldito usurero! ¡Y ella que remiende más! ¿Acaso no andas tú remendao
también?
¡Pégame uno macho! -se dijo
a sí mismo. ¡Ajá! ¡El último trago de la tercia! Un poco mareado, ¿eh? Todo el
día sin comer después de una jornada tan dura. Pero, ¡bailemos la última vez!
Ahora esta guaracha… ¡Qué bueno, qué bueno! ¡Cuánto tiempo, cuánto tiempo! ¡Qué
ambiente el de este bar! Y tener ahora que regresar a aquella bendita choza que
se moja por dentro cuando llueve…
-¡Llueve afuera y escampa
adentro, maldito sea el Diablo!
Bueno, ¿y por qué no piensas
en comprar unos cartones y una plancha de zinc para reparar la casa? Sí que es
incómodo estar allí cuando llueve. ¡Caramba!, ¿cómo no habías pensado en ello?
… Pero, ¿y el bastidor? ¿Y la colchoneta, entonces?
-¡No alcanza pa´to!
¿No crees que es mejor
reparar la casa? Pegao que se espere. Tu mujer que remiende. Es mejor
protegerse de la lluvia que dormir bien. ¿Acaso no has enfermado con ese
bendito aire de la madrugada que entra por esas rendijas tan grandes? ¿Acaso no
sufriste tanto aquella gripe que comenzó ese maldito día de lluvia, cuando se
mojó toda la casa por dentro? …
Miró por un momento la
botella vacía en la mesa. ¡Qué Pegao, qué ropa pa la mujer, qué ropa pa los
niños, qué bastidor y colchoneta, qué agua y luz, que el bojío se moja…!
¡Maldita sea, el Diablo! ¡No alcanza pa to!
-¡Ey! ¡Tráeme un Car´e gato
y un chicharrón de pollo!
Ramón
Francisco
(1929-2004)
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